Decisiones: renunciar, cargar la cruz, construir, presentar batalla

Para el día de hoy (05/09/10):
Evangelio según San Lucas 14, 25-33

(Ahí estamos, rostros anónimos desdibujados entre la multitud. Algunos, seguidores, otros pasables adeptos, tal vez rigurosos observantes religiosos, quizás simpatizantes del galileo, muchos indiferentes, acorazados inconmovibles.

Pero aún sumergidos en una masa informe, el Maestro se vuelve y nos mira fijamente a los ojos, a todos y cada uno de los presentes.
En esa sola mirada se recupera la identidad perdida, el carácter extraviado.

Se vuelve, fija la mirada en nosotros, y nos habla al corazón, a su mismo centro.

Sabe que llevamos mochilas que hemos cargado -muchas veces adrede- de tanto peso inútil que nos impide el paso firme.
Y se trata de andar ligeros.

Por eso su Palabra de Vida y Palabra Viva llega a un núcleo doloroso, al extremo certero del ego en donde la existencia se decide.

Los signos se nos ofrecen con la misma generosidad y ternura de la Gracia: señales inequívocas que nos conducen a la superación de los límites que nos impone la razón, salto infinito más allá de las fronteras del egoísmo.

El primer paso a dar implica renunciar alegremente a ser centro del universo, romper la dura ilusión de creer que todo orbita a nuestro alrededor, inclusive padre, madre, hermanos, hijos, la vida propia.
La radicalidad es cuestión del Amor que decide nuestra suerte, el mismo que ha soñado la creación: amor que libera, que desata los nudos que oprimen y que nos re-ligan de un modo nuevo y trascendente. Es claro que ha de producir cierta sensación de quebranto, pero esa es la intención primordial que nos sacuda el sopor de la rutina y la comodidad.
Si Jesús no se vuelve centro y raíz de la vida, poco favor y amor relativo se puede tener hacia familia y amigos y, mucho menos, hacia la propia vida que se nos ha dado.

El siguiente paso es cuestión de cruz: cargar nuestras miserias y limitaciones -propias e impuestas- ponérselas al hombro, seguir sin desmayar, pues el destino inexorable es el de resurrección a la que se llega muriendo a todo interés individual en pos del otro.

Otra decisión que es la siguiente baldosa del sendero emprendido: con la previsión del constructor, así la vida debe ser construída en el día a día. La conversión implica un antes y un después que se edifica a cada instante, al igual que el Reino.

Y finalmente, tambores de guerra.
Parece errado y fuera de lugar, claro está: sin embargo, hay una decisión impostergable, y es la de presentar batalla a todo ego acrecentado, a toda soberbia que se aferra como ejército invasor, fuerza brutal de ocupación del alma.
Es el mejor de los combates, y el único que -extrañamente- tendrá un final feliz, sin derrotados ni caídos.
Porque la batalla contra el ego conduce a la victoria inefable que se traduce en vida abundante y plena en primer lugar para el prójimo cercano y lejano. La única sangre pasible caer en tierra y fertilizar al mundo es la que se vierte para que el otro viva.
De cualquier otro modo, significa grito de espanto que sube al cielo y clama el derroche cruel al Creador.

Habrá entonces que levantar el rostro y atreverse también a mirar los ojos de Él.
Será cuestión de decidirse a ser un mero simpatizante, un habitual adepto, un múltiple indiferente... o bien ser discípulo, con ánimo y coraje.

El valor del tesoro propio está en todo lo que se deja y dona desinteresadamente en su Nombre.)

Paz y Bien

2 comentarios:

Salvador Pérez Alayón dijo...

Amén, querido hermano, todo lo que no tiene a JESÚS por lo primero corre el peligro de, también, no poner a los demás lo primero.

Porque cuando JESÚS ocupa el centro y la prioridad máxima de mi corazón, los padres, esposas o maridos, hijos, hermanos y... son amados al estilo de JESÚS, y más amor no se puede dar.

Un abrazo en XTO.JESÚS.

rgr dijo...

Es verad! Cuando Él está en nuestro centro, todo lo demás con lo que nos relacionamos -la gente, el mundo- queda de un modo especial transformado.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

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