Templos derribados









Santa Cecilia, virgen y mártir

Para el día de hoy (22/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-9




En la ocasión que nos presenta la liturgia del día, el Maestro no se encuentra como en otras oportunidades acompañado de una multitud, sino apenas por algunos de sus discípulos. Varios de ellos eran zelotas, es decir, combinaban una estricta religiosidad con un celo abiertamente antirromano, llegando a propugnar la lucha armada contra el opresor; sin embargo, todos ellos -en mayor o menor medida- estaban orgullosos de la belleza y opulencia del Templo de Jerusalem que en ese momento contemplaban, orgullo nacionalista que a su vez les brindaba seguridad y reafirmaba su identidad.

No es complicado adivinar el estupor que las palabras del Maestro les habrían de ocasionar: les habla de la destrucción de ese sitio sagrado, les preanuncia lo que sucederá tiempo después, alrededor del año 70, con las tropas romanas de Tito y Vespasiano.
El golpe sería tan demoledor que pondría en gravísimo riesgo la misma identidad judía.

Aún así, Jesús de Nazareth sí es un profeta, pero más que un profeta. Su enseñanza no se acota a una crónica futura de hechos puntuales y verificables, sino a los aconteceres teológicos -espirituales- que han se sobrevenir.

En mayor o menor medida, todos tenemos templos sagrados que nos brindan seguridad y certeza, templos hermosos edificados en piedra y enjaezados con todas nuestras ansias, nuestras expectativas.
Pero esos templos carecen de rocas vivas, y peor aún, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo.

Adormecidos en esos recintos escasos, hemos olvidado el carácter misionero de la fé cristiana, de puertas y ventanas abiertas, de Iglesia peregrina, samaritana, servidora. Y cuando llegan los momentos difíciles, las épocas bravas de persecuciones y peligros, nos amurallamos allí dentro.
Pero el Señor es nuestra roca y nuestra fortaleza, baluarte en donde nos ponemos a salvo.

Quiera el Espíritu que sea otro el templo que nos convoque, otro el fundamento de nuestra seguridad y nuestra certeza. Desertores felices de los tramposos, de los lobos hambrientos del poder y la sumisión sin cuestionamientos ni fraternidad, hemos de volver al Cristo pobre y servidor, el grano de trigo, Dios del pan, del vino y de la vida.

Paz y Bien

Mirar sin ver








La presentación de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (21/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 1-4





Por el Templo de Jerusalem pasaba a diario una multitud llegada desde toda la nación judía y desde la Diáspora; ese número se incrementaba notablemente en las fiestas importantes como la Pascua.
En la llamada sala del Tesoro se encontraban grandes alcancías metálicas llamadas gazofilacios que tenían una amplia boca que se iba angostando hasta desembocar en el reducto reservado donde se guardaba el dinero que allí se colocaba producto de las limosnas.

La tradición de la limosna estaba profundamente arraigada en la nación judía, y merced a ella se constituía un fondo destinado a socorrer a las viudas sin parientes y a los huérfanos, una seguridad social eficaz en estadíos históricos tempranos. Lógicamente, al ser metálicas las bocas de las alcancías las monedas caían con un repique estridente. Los ricos, con afanes de figuración, dejaban caer sus ofrendas y el clanc! que se oía era proporcional a sus ansias de ostentación.

El Evangelista Lucas nos presenta a una mujer viuda y pobre, en donde viuda no es tanto una condición civil o marital sino una adjetivación contundente.
En aquellos tiempos, una mujer sólo tenía los derechos que le otorgaba el varón que la protegía y sostenía económicamente: cuando niña, su padre, cuando adulta el esposo, al enviudar sus hijos varones. Sin embargo, una mujer -por sí misma- era alguien a quien no se tenía demasiado en cuenta, no se escuchaba y se relativizaba; en el mejor de los casos, se la trataba con torpe condescendencia.
Por ello, en ese mar de gente que viene y que vá, a una mujer así, sola y pobre se la mira pero no se la vé. Es parte del paisaje, algo menos que una cosa.

Pero el Señor la mira y la vé. Ella pone dos moneditas mínimas en la alcancía, y seguro que al caer ni hacen ruido. Aún así, en esos dos cobres se le vá su sustento. Aún así, ella confía y sin medir consecuencias brinda todo lo suyo en pos de otras viudas y otros huérfanos que la pasan mal en verdad. En esas dos monedas -que parecen tan poco pero que son un tesoro- se ha brindado ella misma por entero.

Ella es tan parecida a Abbá de Cristo... Un Dios que nada se reserva, un Dios que no hace gala de su poder, un Dios que se brinda por entero para socorrer a la humanidad que languidece en el pecado, en la miseria, en el olvido.

La ofrenda de esa mujer, anawin del Señor, es liturgia santa de la compasión en un Templo purificado de ladrones por la presencia de Aquel que es la luz, la paz y la justicia.

Paz y Bien

Rey crucificado










Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (20/11/16):  

Evangelio según San Lucas 23, 35-43



En la Fiesta que hoy celebramos nunca faltan las imágenes imponentes de Christus Rex, Christus Imperator, corona con diademas y cetro de poder. Seguramente, en esas imágenes hay mucho de afectos y piadosa devoción; pero justo es decir que no se condice con la profunda realeza de Cristo, que no es de este mundo, que no se adapta a los criterios y razones mundanas. Sin irnos demasiado lejos, ello también expresaba los deseos de poder temporal de ciertos sectores de la Iglesia.

Pero en el siglo I, la cruz era el preciso y estudiado castigo, la pena capital que imponían los romanos sobre los delitos más graves; a su vez, la tradición judía infería que un crucificado era un maldecido, un abandonado por Dios a causa del pecado.
Es decir, decir crucificado es decir criminal abyecto y maldito.

La liturgia tiene cosas extrañas, y a menudo nos embiste alegremente en nuestras comodidades: con el tempo propio del tiempo ordinario, y asomándonos a la luminosa ventana del Adviento, la contemplación de la lectura de la crucifixión nos desestabiliza, alabado sea Dios, pues aparenta estar totalmente fuera de lugar.

Así también un rey crucificado, una desubicación imposible de conjugar. Un rey que se precie muere en combate, o en su lecho rodeado de sus cortesanos luego de una extensa vida.

Este pretenso rey tiene por corte a ciegos, a leprosos, a lisiados, a publicanos penitentes, a descastados y descartados, a los irrecuperables e impresentables de siempre. Sus huestes no se imponen a la fuerza aplastando a sus enemigos; los suyos se revisten de esperanza y sólo están armados con la fé en Aquél que los envía y no los abandona, misión de liberación desde la vida ofrecida cada día.

El procurador romano pone un rótulo en su patíbulo, que es identificatorio pero también una provocación para con los dirigentes judíos: allí se lee Jesús Nazareno Rey de los Judíos. 
Rey de los judíos es burla pero también amenaza velada, como aseverando el opresor que éste es el destino horrible de cualquier asomo de soberanía judía, de corona restaurada.
Pero al destacar nombre y gentilicio, reafirma sin saberlo el núcleo de la historia de la Salvación, un Dios que se encarna, que se hace hombre y vecino desde la periferia galilea. 

Hay burlas y afrentas para con ese rey quebrantado y derrotado.
Muchos, plenos espectadores inmóviles; no hacen nada pero esa omisión los vuelve partícipes del crimen.
Otros se burlan con un -sálvate a ti mismo-, la injuria del egoísmo mayor, de abandonar al inocente a su suerte, de regodearse con la miseria y el sufrimiento del otro.

El Gólgota parece enmarcarse con las dos personas que crucifican junto al Maestro, dos malhechores -dos hombres habituales en el mal antes que dos ladrones-. Uno de ellos, agonizando, advierte en su corazón la terrible injusticia de ejecutar a un inocente, y que en ese Cristo que muere a su lado hay algo más que un simple galileo enemistado con las autoridades, o que un rabbí itinerante, y en ese reconocimiento hay conversión.
Como señal inequívoca, la misericordia no se demora aún en los tiempos más duros y difíciles. La Salvación acontece aquí y ahora, en tiempo presente.

Como felices malhechores salvados por la entrañable bondad de Aquél que ha vencido a la muerte. nosotros celebramos y rendimos humildes honores al rey crucificado.
Rey por servir, por entregar su vida sin medida ni reservas, Dios parcial que se hace hermano fiel de todos los crucificados de toda la historia, Todopoderoso porque ama y seguirá amando con todo y a pesar de todo.

Cristo nuestro hermano y Señor, Cristo nuestro Rey, Cristo nuestro Dios.

Paz y Bien

Esponsales









Para el día de hoy (19/11/16):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-40





El problema planteado por los saduceos no se corresponde con ciertas dudas respecto a la Ley de levirato ni al matrimonio, ni tampoco a una encendida búsqueda de verdad. En realidad, se trata de una dialéctica tramposa que busca el yerro de Jesús de Nazareth, desacreditarle frente al pueblo y, eventualmente, procurar una condena religiosa que lo silencie de una buena vez.

El tono conque se dirigen a Él no es respetuoso: lo llaman Maestro para maximizar el probable error frente a una casuística insoluble y ridícula.

Tengamos presente que los saduceos conformaban la nobleza laica y política, tenían una notable preponderancia en los círculos de poder y comercio y poseían las fortunas más notables de Israel. A pesar de su carácter principalmente laicista, de sus filas salieron varios sumos sacerdotes del Templo -tales como Anás y Caifás-, con lo cual su influencia se extendía también al ámbito religioso, a diferencia de los fariseos cuya influencia destacaba por entre las clases medias y bajas.

Ellos aceptaban de manera exclusiva y restrictiva la Torah, en desmedro de los libros de los Profetas y la tradición oral que rechazaban de plano. Como su lectura era lineal, literal, rechazaban cualquier idea de resurrección pues allí no estaba explícitamente mencionada: ante ello, inferían que toda doctrina que afirmara la resurrección se apartaba de la Torah y por ello era anatema.
Pero no finalizaba allí su pensamiento: las vertientes escatológicas también eran razonablemente defenestradas con importantes argumentos teológicos, aunque suponemos que la explicación es más sencilla. 
Ellos disfrutaban su status, su poder, sus riquezas sin menoscabo, a las que además consideraban una bendición divina por su pertenencia virtuosa: hombres preocupadísimos por prolongar el más acá, a los que no les interesa el más allá. Más aún, la idea de un Mesías les resultaba, en ese contexto, espantosamente inconveniente.

Sin embargo, y aunque su intención primordial es el tropiezo del Maestro, cometen varios errores garrafales, terribles. 
Primero, su soberbia interpretativa, pues sus mismos silogismos ponen en evidencia que leen y comprenden lo que quieren bajo pretexto de unicidad de la Torah.
Segundo, y más grave, es suponer -desde el argumento de las múltiples bodas de la mujer varias veces viuda y sin hijos- que la vida tal cual la conocemos se prolonga y regula lo que acontezca más allá de la muerte.

La resurrección no es cosa natural ni lógica ni razonable.

La resurrección surge de la filiación divina. Resucitaremos por ser hijos amados por Dios, porque Dios interviene en la historia, porque el Eterno se hace tiempo, vecino, Hijo querido de todos. 

Es menester ir más allá de las trampas de la psiquis, la natural tendencia a perdurar a como dé lugar, y ciertos visos de inmortalidad que suelen esgrimirse.

La resurrección sólo puede acontecer en la comunión con Dios, y es este Dios Abbá de Jesucristo quien ha celebrado esponsales con toda la humanidad, de una vez y para siempre.

Paz y Bien



Cueva de ladrones









Para el día de hoy (18/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 45-48



Jerusalem era el centro físico, político y espiritual de la nación judía, y el Templo era, precisamente, el corazón de la Ciudad. Normalmente era atravesado por miles de personas venidas de toda la nación y también de la Diáspora, y su número se incrementaba geométricamente para las fiestas, Séder Pesaj, la Fiesta de los Tabernáculos, Purim y otras tantas. 

En la religiosidad imperante en el siglo I, eran de riguroso cumplimiento las ofrendas destinadas a los sacrificios que realizaban los sacerdotes, el impuesto para el sostenimiento del Templo y la donación de limosnas -diezmos- que se destinaban al sostenimiento de viudas y huérfanos, una forma de temprana y eficaz seguridad social.
Pero esa misma religiosidad consideraba aceptables determinados animales sacrificiales -se regulaban hasta las ofrendas de los pobres- y sólo se aceptaban determinadas monedas o shekkels. Sin embargo, los peregrinos no provenían sólo de las cercanías sino a menudo de sitios muy distantes; lógicamente, traían consigo sus monedas y no viajaban con animales para el holocausto. Por eso en los patios del Templo y con la anuencia de las autoridades religiosas se había instalado una suerte de bazar o mercado en donde los vendedores de animales permitidos y los cambistas de monedas hacían su agosto, permitiéndose toda clase de abusos monopólicos y extorsivos para con los creyentes.

Cuando el Maestro derriba las mesas de los cambistas y espanta a los animales de los corrales comerciales fué motivo de grato asombro para el pueblo. En verdad, el comercio había ganado espacios que debían ser de oración y recogimiento.
Como un siniestro contrapeso, a la alegría del pueblo se correspondía el odio de los dirigentes. Lisa y llanamente, buscaban el modo de matar a Jesús de Nazareth, pues su acción tenía una doble vertiente que los ponía en evidencia y los desafiaba.
En evidencia pues esos negocios -seguramente eran parte y beneficiarios- sólo podían estar allí por su causa y con su venia. En desafío, porque lo verdaderamente grave era que bajo el imperio de la autoridad que esgrimían, imponían criterios mercantiles al hecho milagroso de la fé, como si el favor divino pudiera adquirirse siguiendo procedimientos específicos, olvidando al amor, desdeñando la oración, ignorando que a Dios se le adora en espíritu y en verdad.

Aún así, el Maestro seguía enseñando cotidianamente. Él hablaba con autoridad aunque no estuviera autorizado.

A veces, es necesario abrir la válvula de la indignación. Decir las cosas como son y por su nombre a pesar de que eso no caiga bien, que sea formalmente inconveniente, religiosamente incorrecto.
Es claro que no se trata de la torpe apropiación de la defensa de los derechos de Dios, esa soberbia de suponer que Dios deba ser defendido por la fuerza y aplastando enemigos a diestra y siniestra, dejando encendido el detector de apóstatas y herejes. En esos andares, el amor y la compasión se duelen dejar de lado.

Es menester purificar todas las cuevas de ladrones, comenzando por las que anidan en nuestros corazones, en donde todo tiene su precio, en donde todo puede trocarse, desoyendo el manso y paterno llamado de la Gracia.

Paz y Bien
 



Nuestra Jerusalem









Para el día de hoy (17/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 41-44





El Maestro está a las puertas de Jerusalem, a un paso de su Pasión, a instantes de consumar su vida en fidelidad y amor al Padre. Está acompañado de los Doce y rodeado de una multitud de seguidores y curiosos, el pueblo ansioso que lo busca.

Aún así, la imagen marca un contrapunto estremecedor: a pesar de estar rodeado de tanta gente, Jesús de Nazareth se encuentra sólo, y en esa soledad llora por Jerusalem.

La Ciudad Santa será primero cercada y asediada por las legiones de Tito y Vespasiano, y luego -tocando a degüello- ingresarán en ella y arrasarán con todo a su paso. Primero profanarán y demolerán el Templo, del cual sólo dejarán en pié sólo una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-. Como si no bastara, matarán a miles y otros tantos serán capturados y vendidos como esclavos.
Jerusalem y su Templo era faro, orgullo y fundamento de la nación judía; su pérdida y destrucción implicó que ese pueblo, durante siglos, no tuviera nación, estado, tierra y símbolos inamovibles.

Jerusalem / Yherushalaim significa Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz de Dios. Pero la paz de Dios ha sido rechazada por aquellos que no han querido reconocer a Jesús de Nazareth como Salvador, porque se afincaron en el poder, en el dominio y en la especulación. La paz no implica la ausencia de guerras o conflictos -esa pax romana que se impone- sino que se edifica a diario desde el servicio, desde el amor, desde la misericordia, desde la paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz. La paz es don de Dios que ha de cultivarse para que no se seque, para que dé frutos.

Jesús de Nazareth, ese hombre solo rodeado por muchos, llora por el rechazo violento a su mensaje de paz y de bien. Pero llora también porque ama profundamente a su patria, a su historia, a las tradiciones de sus mayores.

Nuestra Jerusalem no es física, sino más bien cordial. La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem, con vocación de humilde faro que desaloje las tinieblas y compromiso de sal para que esta vida dé gusto vivirla.
Pero también nos pasa que no sabemos llorar, que nos quedamos en la emoción vana y superficial. Y acontecen tantas cosas, que es menester llorar, llorar fuerte y con ganas suplicando misericordia, para volver a ponernos en el camino de la Gracia.

Paz y Bien

Creatividad









Para el día de hoy (16/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 11, 28



Una clave de lectura: Jesús de Nazareth está cerca de Jerusalem. Esa cercanía -nosotros ahora lo sabemos- implican los terribles días de la Pasión pero también la consumación de su existencia, en fidelidad y amor absolutos al Padre. 
En cambio, para varios de sus discípulos y muchos de sus seguidores, la cercanía a la Ciudad Santa preanuncia la toma del poder y la restitución por la fuerza de la antigua gloria, la restauración de la corona real de Israel.

Por ello el tenor de la enseñanza que nos refleja el Evangelio para este día, y el estilo literario se corresponde más con una alegoría que con una parábola. 
El Reino de su Padre no es de este mundo, no se condice con los parámetros de dominio y poder usuales.
Suplicamos que el Reino venga y el Reino sea, que en la plenitud de los tiempos sea definitivo.

Pero hay un mientras tanto, un tiempo de espera atenta y por eso mismo de esperanza, una esperanza que desoye todo llamado a la pasividad, a la conformidad, al retraimiento mórbido so pretexto de no correr riesgos. Justamente, no correr riesgos, hijos, hermanos y amigos del Buen Pastor que dá la vida por las ovejas, y que no duda en arriesgar la seguridad de las noventa y nueve por rescatar a la que se ha extraviado.

No entraremos aquí en el tortuoso andurrial de cierta espiritualidad que justifique desigualdades. A todos -sin excepción- se nos han concedido dones, potencias, posibilidades. Todos somos pequeños terrenos, tierra que anda bendita por Dios, que a pura confianza pone en nuestras manos aquello que le es propio. El hombre, merced a esa confianza y ese amor entrañable, es co-creador con el Dios de la vida.

Cuando llegue el tiempo del regreso del Señor, tiempo del comienzo definitivo que exige estar atentos, será tiempo de rendir cuentas.
Allí la creatividad marcará la diferencia, qué hemos compartido, qué hemos reservado, en qué cosas hemos florecido y brindado frutos buenos. 
La creatividad no es cosa de arrebatos o torpezas instantáneas, sino como todo lo bueno, ha de tener su tiempo de maduración, su proceso, su crecimiento, más su ausencia nos desmerece.

Cabe preguntarse si el miedo o el temor paralizan y nos vuelven tan estériles e indiferentes como nos pasa con el pecado.

En esos andares, es menester no perder nunca las raíces -de donde provenimos- y seguir andando junto a Aquél que es camino, verdad y vida. Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz.

Paz y Bien


Zaqueo y la multitud










Para el día de hoy (15/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 1-10





A menudo las multitudes son peligrosas, pues el riesgo de la masificación la suele merodear. Así se disuelve cualquier atisbo de comunidad y reflexión y, peor aún, se despersonalizan rostros y voluntades.

Por todos los lugares en donde pasaba el Maestro se agolpaban las gentes, pues suscitaba no sólo interés genuino sino también lo acuciante de las necesidades, el abandono a su suerte como ovejas sin pastor, un desprecio condescendiente por parte de aquellos que debían orientarlos en la fé, y que sin embargo le imponían cargas cada vez más pesadas y opresivas, angostura de las almas.

Sin embargo, en esa multitud persistían viejos esquemas y prejuicios que salían a la superficie con la ponzoña de las murmuraciones. La multitud se creía con derechos de determinar quien era santo y quien era réprobo, arrogándose un derecho que no tenían. Suele suceder cuando el detector de heterodoxos, herejes y apóstatas permanece demasiado tiempo encendido en desmedro de la fraternidad y la compasión.

Zaqueo -cuyo nombre proviene del hebreo antiguo y significa puro- era jefe de publicanos, es decir, mandaba sobre un grupo de funcionarios recaudadores de impuestos que estaban al servicio del Imperio. Su mismo rol a menudo se aprovechaba para maniobras extorsivas que enriquecían su patrimonio.
Por ello eran fervorosamente odiados por sus paisanos, por abusivos y también por traidores, pues trabajaban para el opresor que hollaba la Tierra Santa de sus padres.

Es muy importante no perder de vista que Zaqueo, además de tener un nombre totalmente judío, se sigue considerando a sí mismo otro hijo de Israel, heredero de las promesas de su Dios. En gran parte por ello lo moviliza la llegada de ese rabbí galileo joven y pobre del que tanto hablan, y que tantas cosas suscita pues a todos recibe.

La multitud, como una pared rígida, parece bloquear todos los accesos, pero hay un impulso mayor en Zaqueo, una decisión personal que vá más allá de la curiosidad y por ello mismo toma la delantera a todas esas gentes y se sube a un sicómoro. Aparentemente era bajito, y quizás ello refiera no tanto a una cuestión de longitud sino más bien a su estatura ética y moral. Aún así, él busca a Cristo, quiere encontrarle, quiere verle.
Pero es Cristo quien lo mira y lo vé, lo conoce y reconoce y le realiza un pedido de hospedaje. La fé es, ante todo, la unión a la persona del Resucitado antes que una adhesión doctrinaria. Ese pedido expresa el insondable amor de Dios que quiere hacer morada en los corazones de los hijos.

Todo en Zaqueo es vocación y respuesta a la convocatoria a la conversión, a una nueva vida, a pesar de que la multitud diga que nó, condene de antemano, suprima en mente y corazón cualquier posibilidad de ingreso a la bendición de Dios, a la santidad, a la plenitud.

La respuesta se traduce en hechos. No hay tanto blablá de lo que se declama pero no se encarna, sino que Zaqueo dá la mitad de sus bienes: el tiempo verbal presente es taxativo y no deja lugar a dudas.
Pero hay más, siempre hay más. La retribución cuadruplicada frente a eventuales conductas dolosas está claramente especificada en la Ley, puntualmente en Ex.22, 1. Zaqueo, el jefe de los publicanos, el pretenso corrupto y traidor, vive con sinceridad la fé de sus mayores pues pone en práctica los mandatos sin perder de vista al prójimo.

El Maestro lo sabe, y por eso lo reconoce hijo de Abraham. Todos aquellos quienes profesamos la ffé lo somos, pero en casa de Zaqueo, aún con las rabias de la masa, acude, se hace presente y permanece la Salvación de un Cristo que viene a recuperar a los perdidos, a sanar a los enfermos, a hacerse hermano y pariente en nuestras existencias.

Paz y Bien

Cristo viene









Para el día de hoy (14/11/16):  

Evangelio según San Lucas 18, 35-43




Jericó se ubica a unos treinta kilómetros de la Ciudad Santa, por lo que es prácticamente un suburbio o arrabal de Jerusalem. Más aún, allí suelen alojarse sacerdotes y levitas que prestan servicios en el Templo.

Extraña y dura disonancia.
Hogar y refugio de los expertos en lo sagrado y en el culto, y sin embargo a la vera del camino, como un accidente del terreno, languidece un hombre ciego que debe suplicar limosna y mantenerse bien callado, resignado y sin molestar en su sufrimiento.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la ceguera no era infrecuente, toda vez que la arena en movimiento por los vientos y el reflejo del fuerte sol contra las rocas lesionaba las córneas. Ello implicaba que los ciegos o disminuidos visuales debían mendigar para la mera supervivencia, pues no podían ganarse su pan cotidiano. 
Pero además, los rígidos criterios de impureza ritual suponían que toda enfermedad era consecuencia directa de los propios pecados o de los padres, un tenebroso silogismo de un Dios dispensador de miserias y castigos frente a infracciones. 
Tal vez desde allí se comprenda mejor el enojo de aquellos que mandan acallar los ruegos del hombre: está bien que esté así, que le pase lo que le pasa, está plenamente pensado, razonado y justificado y por ello cállese y aguántesela sin molestar. Es así, silencio.

Pero este hombre no se doblega. A los reproches intensos corresponde con gritos aún más fuertes, con una tenacidad en su súplica que no tiene tanto de sufrimiento psicológico como de confianza en el Cristo que pasa. No hay arrebato pasajero, sino la claridad de lo que está pidiendo: ver.
Ver más allá de las sombras que aquejan sus ojos, mirar y ver a pesar de las tinieblas razonadas, mirar y ver la vida con los ojos de Aquél que viene, que se detiene, que lo escucha y siempre reconoce. Rogar sin desmayos, suplicar con tenacidad, salmodiar a los gritos si hace falta.

Cristo viene para que se dispersen las sombras, para que la Iglesia no se encierre en cegueras exclusivistas y se encienda de misericordia.
Cristo viene para que nadie más esté abandonado a la vera de todos los senderos de la existencia, para que sus amigos escuchen a todos los dolientes, para que nunca más se acalle la voz de los más pobres. 
Cristo viene para que recuperemos la vista, la esperanza que no cesa, la santidad de los días, sin imposiciones ni aplastantes condicionantes. Sólo un niño pequeño en brazos de su Madre.

Paz y Bien



Tenaz esperanza









Domingo 33° durante el año

Para el día de hoy (13/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-19





El Templo era el centro de la fé de Israel y clave en su identidad nacional: todo judío estaba orgulloso de su imponencia, de su talante fastuoso, de su engalanada belleza. En cierto modo y aunque a veces -por la Diáspora- no pudieran peregrinar, siempre tenían sus miradas orientadas hacia Jerusalem y más precisamente hacia el Templo pues era la certeza de lo perenne, de lo inmutable y de la firmeza de sus tradiciones.

Justamente allí, en las inmediaciones del mismo Templo, Jesús de Nazareth preanuncia su destrucción. La comunidad cristiana primera tndrá certeza de ello y lo recordará hacia el año 70, cuando las tropas romanas de Tito y Vespasiano, luego de un prolongado asedio, ingresan a sangre y fuego a la Ciudad Santa y arrasan con el Templo sagrado.

Pero en realidad el Maestro advierte a los suyos acerca del futuro, pues respecto del Templo y su trascendencia ya les ha enseñado bastante. El futuro como horizonte de toda la vida, el futuro como realización de la existencia, el futuro pleno de Dios.

A continuación, la descripción de los acontecimientos que han de vivir los suyos nos trae ecos desoladoramente cercanos: los falsos profetas que engañan, revoluciones y guerras, terremotos y plagas. Hoy, en este presente tan crítico en el que se juega a diario la supervivencia y todo transcurre con mórbida normalidad, podríamos decir las falsas profecías de las ideologías y la propaganda, la violencia extrema que se planifica en siniestros escritorios y se razona en los medios, los descalabros ecológicos porque no cuidamos la casa común, esta tierra, esta naturaleza de la que somos parte.

Más aún, en las persecuciones implacables, el acoso del hambre y el desempleo, las difamaciones continuas, la incomprensión de los cercanos a los afectos, en esas noches cerradas no hay que perder de vista por quien andamos, por quien somos lo que somos y como somos. Quien nos acompaña sin dejarnos librados a nuestra suerte.

Permanecer firmes en lo que prevalece y no perece, aunque todos los templos que nos edificamos como refugio tranquilo se derrumben o nos los derriben, tenaces en la esperanza en Aquél que nos impulsa, que camina con nosotros y que nos espera en un final que es el comienzo definitivo de la eternidad.

No hay noche cerrada que no deserte cuando la luz se hace presente.

Paz y Bien

Hacer justicia








Para el día de hoy (12/11/16):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8




En la parábola correspondiente a la lectura que nos ofrece la liturgia del día, predominan dos personajes.

Por un lado, el juez injusto. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los jueces tenían una relevancia fundamental en una sociedad en donde se mixturaban lo religioso y lo civil sin diferenciarse; por ello, un juez decidía, a menudo, no sólo en pleitos civiles o comerciales, sino también en la referencia de esos conflictos a la Ley de Moisés. 
Un juez, entonces, debe ser un hombre piadoso, incorruptiblemente probo y que nunca demorará el hacer justicia a los más débiles de la comunidad, porque en última instancia la justicia es cosa de Dios, no de los hombres, y de ese modo, un juez actúa en nombre de Dios porque Dios es Dios de la justicia y el derecho.

Pero en el ejemplo que nos convoca, nos encontramos a un juez que no teme a Dios ni a los hombres. Es un juez inicuo que sólo tiene en su horizonte a él mismo. Ni Dios ni prójimo, y se ufana de ello. Por aquello que se planteaba en el párrafo anterior, es un infame enemigo de Dios y del pueblo, vive sin Dios, sin Ley y sin comunidad a pesar de su responsabilidad, y para colmo de males hace aspavientos.

Por otro lado, se nos presenta la viuda. En aquellos tiempos, las mujeres carecían de derechos propios, y los mismos -aunque mínimos- los garantizaba de niña su padre, ya como mujer adulta el esposo y, en el caso de enviudar, el varón más importante de la familia. Sin varones, quedaban terriblemente desprotegidas, a merced de cualquier abusador, sin nadie que las escuche; en la tradición de Israel y los profetas, las viudas y los huérfanos -los más débiles y vulnerables- tenían notables consideraciones dentro de la Ley de Moisés, indicando las preferencias de Dios para con aquellos que, habitualmente, nadie ayuda y son dejados de lado.
Por eso, el talante inicuo del juez se agrava, toda vez que una viuda que sufre una injusticia debería concitar su atención y arribar sin demoras a un proceso justo, que garantice sus derechos.

Aunque hayan pasado tantos siglos, los clamores dolientes de millones de viudas y de tantos que son como ellas siguen subiendo al cielo, al corazón sagrado de Dios, pues sigue habiendo jueces y sistemas infames que razonan miserias y atropellan derechos sin despeinarse ni pestañear. Quizás por ello la imagen de la justicia como la de una dama de ojos vendados a veces se nos haga ajena: más real y ansiada es la imagen de una madre de familia que abre bien los ojos, que no se abstrae en tecnicismos, que pone por delante a la persona, objeto primordial y sujeto preferencial del derecho. Hoy, al igual que ayer, el profeta Amós tendría palabras durísimas de parte de Dios para todos los opresores.

Sin embargo, y contrariamente a cualquier lógica o previsión, la viuda que nos ocupa no tiene nada de dócil, de resignada a su situación y doblegada por su condición. Ella es obstinada y hermosamente tenaz, no baja los brazos ni abdica su corazón en la búsqueda de la justicia. El juez inicuo, finalmente, hace lo que debería haber hecho sin demoras ni especulaciones, pero es dable suponer que no lo hace por hartazgo, porque la viuda se ha vuelto una gran molestia.
En realidad, el juez corre peligro porque la tenacidad de la viuda lo pone en evidencia: es un hombre que debe hacer justicia, y que se ufana de no hacerlo, y precisamente allí está el riesgo mayor. No nos es del todo desconocido: los poderosos suelen revestirse de pavor cuando los pobres y los pequeños ganan las calles con gritos destemplados que claman por paz, pan y justicia, más allá de cualquier razón.

Esa viuda es muy parecida al Dios Abbá de María y Jesús de Nazareth, que se anima sin vacilaciones a pelearse con todos los jueces injustos, que interviene en la historia derribando a los poderosos, que inclina su rostro decidido en favor de los pobres y los pequeños.

Es esa mujer la que hace justicia porque jamás abandona la esperanza, porque nunca baja los brazos, porque con todo y a pesar de todo sigue confiando en cambiar las cosas, es decir, que el Reino venga y sea.

Hacer justicia es hacer las cosas que Dios ama, mirar con su mirada, actuar como Él actúa sin demoras, atento a todos sus hijos comenzando por los más pequeños.

Orar sin desmayos, tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarna en lo cotidiano, Evangelios vivos, sal y luz.

Paz y Bien


Irresponsables








Para el día de hoy (11/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 26-37




El texto que hoy nos convoca se caracteriza por un lenguaje que a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, nos puede resultar duro y extraño, toda vez que se trata de un lenguaje apocalíptico habitual en el siglo I. 

Pero su misma intensidad no tiene por objeto el suscitar miedos ni el acosarnos con temores; ello nada tiene que ver con la Buena Noticia. En cambio, es una palpitante llamada de atención para no estar sujetos a chronos -el tiempo consecutivo y mensurable-, y en cambio permitirnos vivir en el kairós, el tiempo propicio, el tiempo santo de Dios y el hombre.

El memorial es imperioso y acuciante, el reconocimiento del paso bendito de Dios por la historia humana y por nuestras mismas existencias.
Algunos, andan por la vida como si nada pasara, como si nada importara, vidas sin futuro ni sentido que sucumben frente a las pequeñas tormentas, y ni hablar frente a los diluvios.
Otros, con una fé incipiente y sin raíces, tal vez escuchen la llamada urgente, pero vuelven su mirada atrás, nostálgicos de comodidades y seguridades pasadas, estatuas de sal que se aferran a infiernos habituales pero nó cielos por conocer.

Es claro que entre esos ejemplos también solemos oscilar.

La vida es demasiado corta y muy valiosa para andarse de manera irresponsable, derrochando el tiempo en el sinsentido, un tiempo que en Cristo se ha inaugurado como tiempo de bendición, era de Salvación desde el mismo corazón bondadoso del Padre.

Contra toda lógica y a pesar de las especulaciones mundanas, es preciso perder la vida. Dilapidarla con alegría en el servicio a los demás, volcarla sin vacilaciones en la compasión, robustecernos corazón adentro en el amor, lo que prevalece y no perece, la identidad única y distintiva de las hijas y los hijos de Dios.


Paz y Bien
 

Entre nosotros








Para el día de hoy (10/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 20-25




La pregunta que le hacen los fariseos al Maestro acerca de la llegada del Reino de Dios tenía, como era usual, una intencionalidad oculta que era la búsqueda del desprestigio suyo y, también, verificar su ortodoxia: en caso contrario, obtendrían pruebas que refirieran a una probable blasfemia, delito religioso capital.

Sin embargo, es un interrogante que se ha repetido a través de los siglos. Puede ser que haya un interés genuino. Tal vez responda al cansancio frente a los reinos de este mundo que aplastan las almas, la fuga piadosa de la realidad. Un calendario de fechas precisas que indiquen el arribo espectacular del reinado divino, dando lugar a especulaciones de catástrofes, imposición del miedo y coerción frente a lo terriblemente inevitable, sin atisbos de esperanza.

Aún así, otro desvío trastoca las miradas, y es el de suponer que la expresión Reino de Dios se acota únicamente a un ámbito de interioridad. Ello es un error pues implica, solamente, que el Reino es una cuestión espiritual individual.

Pero el Reino es una realidad tangible, palpable a una mirada de fé, oculto a ojos mundanos.

El Reino está entre nosotros en la Iglesia, en su predicación, en la Eucaristía, en los sacramentos, en cada gesto de caridad que se hace realidad en nombre de Cristo, en cada signo de justicia, en los pobres y los pequeños, en la misericordia que se encarna y no se declama, en la compasión, en la fraternidad generosa e incondicional. En la Gracia.

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar.

Paz y Bien
 

Templos vivos









Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/16):  

Evangelio según San Juan 2, 13-22



Hoy la Iglesia hace memoria de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán: en el año 324 el emperador Constantino donó al Papa San Silvestre un palacio imperial situado sobre el monte Celio, en Roma, el palacio imperial de Letrán. En ese solar se edificó luego la primer basílica de la cristiandad, en cuyo frente puede leerse hoy Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la ciudad y el mundo.
El obispo titular, cuya cátedra se sitúa en esa basílica, es el obispo de Roma, primus inter pares, primero entre sus hermanos obispos en la caridad, el Santo Padre.

Además de una historia tan rica y del profundo simbolismo involucrado, la celebración nos convoca a la reflexión. Volver a preguntarnos que significa para nosotros un templo, su sacralidad, su importancia.

Lo hemos contemplado en numerosas ocasiones: al Dios que Israel encontraba en la imponente fastuosidad del Templo de Jerusalem, ahora se lo encuentra en la persona de Jesucristo. 
El Maestro nos lo enseñó: al Padre se lo adora en Espíritu y en verdad, y por los frutos se conocen la identidad. Por ello el culto primero es la compasión. Abbá Padre de Cristo quiere misericordia antes que sacrificios.

Por eso a Dios no se lo sitúa en un lugar específico, en un templo de piedra. A Dios se le encuentra en Cristo y en sus hermanos, porque la Santísima Trinidad hace morada en todos los hijos, templos vivos y latientes del Dios de la vida.

Innumerables templos andantes que no son cuidados, ni tratados con el debido respeto, templos cuya liturgia primordial es la caridad.

Pero los templos/edificios también tienen su importancia: es la casa en donde la comunidad se reune a orar, celebrar, agradecer, y a una familia se la reconoce por lo que hace y por el talante de su casa.

Que el celo empeñado en los templos de piedra se nos vuelva también un celo inquebrantable en la defensa de la vida, la justicia y la libertad.

Paz y Bien

 

Trabajadores del Reino








Para el día de hoy (08/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 7-10



Nuestra fé a menudo se disuelve en criterios mercantiles, una pretendida religiosidad comercial en donde se trocan piedades acumuladas por beneficios divinos.
Y suelen brotar, claro está, rotundos ataques de importancia en donde suponemos que Dios debe actuar de un modo específico, acorde a lo que inferimos, como si en ese plano mundano imaginemos a Dios como un mero deudor de nuestros días. Una fé que se per-vierte porque no se con-vierte.

Esa postura tiene también severas consecuencias en nuestra relación con el prójimo, consecuencias directas y contundentes. Si Dios es nuestro deudor, ¿qué esperar del hermano?.
La humildad ausente reniega de la Gracia e impide la fraternidad y la justicia.

Vivimos en un tiempo santo -kairós- tiempo propicio de Dios y el hombre. Hemos sido invitados a trabajar, a ser partícipes de los andares de Salvación, simples trabajadores del Reino aquí y ahora, merced a su infinita bondad y misericordia, pues mérito alguno tenemos.

Ser trabajadores del Reino implica ser considerados con asombrosa confianza, parte de su familia. Todo lo que hacemos bien, precisamente, tiene su origen allí, o mejor dicho, tiene su origen en Él.

Siervos inútiles, trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.

Trabajadores como los santos, sencillamente felices por hacer lo que debían, sin la búsqueda de aplausos o reconocimientos, en paz en el tiempo del regreso pues han hecho lo que se les ha mandado y por eso han sido plenos, felices para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Escuchar a la Madre







Santa María, Madre y medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/16):  

Evangelio según San Juan 2, 1-11



En el texto que hoy nos ofrece la liturgia del día, llama poderosamente la atención que el Evangelista Lucas mencione que el Maestro y sus amigos fueron invitados a unas bodas en Caná de Galilea, pero que la madre de Jesús estaba allí, como si hubiera llegado primero...

Por supuesto, quedarnos en la mera descripción implica un severo error y desairar el universo simbólico que se nos ofrece. Nada es casual, y es menester buscar con empeño las causalidades, la mano silenciosa de Dios que escribe una nueva historia junto al hombre.

Por una creciente banalización de los afectos -y quizás también por los intereses comerciales que suelen imponerse- las bodas son, apenas, una fiesta más, un complejo entramado de cosas a organizar y de fuertes gastos que se deben afrontar.
Sin embargo, aún no se han perdido las ganas de celebrar esa afirmación de la vida y el amor, imaginar un futuro venturoso y bendito con los hijos que vendrán, la permanencia fiel a pesar de todas las tormentas de la existencia.
En la memoria de Israel, Dios se desposa con su pueblo, imagen de la fidelidad y el amor para con los suyos de generación en generación.

La Madre del Señor está allí, en la celebración de unas bodas, la afirmación desde la ternura de un Dios que quiere la felicidad de todos los hijos, que ha soñado la vida como una celebración.
La Madre del Señor está allí, atenta a todo lo que les acontece a los hijos.

Había en el lugar unas tinajas, unos enormes recipiemtes de piedra colmados de agua , la cual se destinaba a las abluciones rituales y a los ritos de purificación de la religiosidad de aquel tiempo. Pero ha surgido por la misericordia de Dios un tiempo nuevo y distinto: no son los ritos específicos los que nos purifican, sino el Hijo, nuestra liberación, nuestra claridad.

A menudo se nos apaga la vida, se nos agota el vino de la existencia, mordidos por la rutina, la resignación y el desconsuelo, el no se puede.

Hemos de volver a escuchar a la Madre. Ella siempre está, ternura y fidelidad: hay que hacer todo lo que el Hijo nos diga. 
Y no tener temor de suplicarle. El Hijo nunca dirá que nó a la Madre.

Y allí donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

Abbá Dios de la vida









32° Domingo durante el año

Para el día de hoy (06/11/16):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-38




El hipotético escenario planteado por los saduceos al Maestro es tan improbable como ridículo, una exacerbación en la interpretación de las Escrituras en pos de sustentar sus intenciones, que en este caso es menoscabar la figura de Jesús de Nazareth.

Los saduceos integraban la nobleza laica y, a su vez, desde sus filas salían varios Sumos sacerdotes como Anás y Caifás. Poseían las fortunas más importantes de Israel, y por ello una gram influencia política que se sustentaba por sus pactos y su amistad con el opresor romano. 
Los fariseos, a pesar de todo, gozaban de una alta estima por el pueblo; por el contrario, los saduceos solían ser despreciados precisamente por su talante colaboracionista, cuasi traidor de las tradiciones.

Otro aspecto a tener en cuenta era su religiosidad: sostenían que la prosperidad era el producto de la bendición divina, y la pobreza originada en el justo castigo impuesto por pretéritos pecados. Desde allí, la consecuencia indirecta es su no creencia en la Resurrección.
Es claro: la opulencia en la que viven les hace desdeñar cualquier más allá. Sólo cuenta su confortable más acá.

La tergiversación a niveles absurdos de la antigua Ley de Levirato -por la cual una mujer que enviudara sin descendencia debía casarse con su cuñado- reafirma esos criterios, y manifiesta el desprecio que sienten por ese rabbí galileo, humilde y pobre. Viven su bienestar como si Dios dispensara prosperidad a algunos y miserias a muchos, viven como si el futuro no contara, viven sin pensar que un día morirán y han de presentarse a rendir cuentas al Creador. Un horrible mundo en donde los ricos festejan su opulencia y los pobres han de resignarse y languidecer en su miseria porque todo está así establecido, el siniestro determinismo en donde no hay espacio para la conversión, en donde la Gracia no echa raíces.

Pero Abbá, Padre de nuestro Señor Jesucristo es el Dios de la vida, un Dios que ama sin descanso, obstinado en la plenitud de sus hijas e hijos, el Dios que fecunda la historia y los tiempos con su amor entrañable, que ha abierto los cielos aquí y ahora, que edifica el Reino junto al hombre, y que asombrosamente nos ofrece una vida que no se termina, que no se acota por la muerte, una esperanza en esa Resurrección que no se encuentra en la rítmica opaca de los reglamentos, sino en un profundo encuentro personal con el Señor Resucitado, en cada calle, en cada esquina de la existencia en donde Él nos sale al paso.

Paz y Bien

Señores







Para el día de hoy (05/11/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 9-15



La postura de Jesús de Nazareth frente al dinero era clara y sin ambages. O ser sirve a Dios o al Dinero, ídolo cruel que genera esclavos y parte corazones, que ocupa espacios con su miseria para que Dios no sea en las existencias.

La dureza y contundencia de su expresión nos conmina a preguntarnos qué lugar ocupa el dinero en nuestras vidas, y en verdad, a cual Señor servimos.
El dinero se ha hecho imprescindible en las relaciones humanas, regulador y medida de aspiraciones, éxitos y fracasos. Es la medida de las relaciones internacionales y del signo positivo o negativo de las naciones, perdiendo su carácter instrumental para transformarse en algo con valor propio que se comercia, trafica, valúa, en una extraña y nefasta liturgia laica sin trascendencia, el mercado, con un cielo brumoso de cierta libertad que no es tal.
El problema del capitalismo -al igual que el de todos los materialismos de cualquier signo-, además de la sustitución de valores, quizás estribe en su pátina de buenas formas, de aparente civilidad, del acostumbramiento resignado a su terrible normalidad.

Sin embargo, en verdad no somos hippies desencajados alegremente de los tiempos, ni sagaces observadores tras de un teclado. La Buena Noticia implica siempre un paso más, porque hay más, siempre hay más, y en pos de la plenitud humana -sueño santo de Dios- hay que animarse a desandar todos los no se puede, los no, los jamases.
Más aún porque en el esfuerzo cotidiano de muchos tiene una preponderancia crucial el hecho de procurar un salario digno -dinero, claro está- para la mera supervivencia. Las pensiones de los abuelos. El sostenimiento de la Iglesia.

Por ser hijas e hijos de Dios hemos de desertar alegremente de cualquier resignación, fieles en lo pequeño, en lo que no cuenta, fieles en lo grande, fieles en las crisis, fieles hasta las últimas consecuencias, fieles al igual que Aquél que nos ama sin desmayos no descansos.

No se puede servir a dos Señores, a Dios o al Dinero. A Dios o al poder. A Dios o a la ideología. A Dios o al propio ego. Sólo un Señor, sólo un Padre, sólo un Espíritu que vivifica y sigue soplando.

Allí donde esté nuestro corazón está nuestro Dios.

Paz y Bien

Astucia








Para el día de hoy (04/11/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 1-8




Esta parábola es bastante compleja, y su reflexión ha dado lugar a numerosas interpretaciones.

Como elemento de ayuda, es menester tener en cuenta que en Oriente medio, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, el mayordomo o administrador era a menudo un esclavo o en ocasiones un liberto que se encargaba puntualmente de todas las transacciones comerciales de su amo: cuando se entregaban bienes a terceros, se escribía un cartular o documento mercantil en donde constaba el valor de dichos bienes y, allí mismo, se adicionaba una suma que correspondía a la comisión que ganaba el administrador. Es decir, esa comisión conformaba en gran medida su salario y cualquier atisbo de prosperidad.

El texto de San Lucas nos indica que hay en el ambiente ciertos rumores y acusaciones, tal vez infundadas, de corrupción, de administración deshonesta; sin embargo, si tomamos en cuenta lo expresado en el párrafo anterior, se nos abre otra perspectiva.
El administrador no corrompe los bienes de su amo, sino que altera los boletos de deuda modificando la parte propia, la comisión que por derecho le corresponde. 

Sin dudas, eso le granjea gratitudes y amistades, y desde ese aspecto, la aparente maquinación de este administrador se reviste de una astucia que elogia el Maestro. El hombre, con sagacidad e inteligencia renuncia a unos bienes y beneficios actuales en pos de procurarse un futuro, enriqueciendo de ese modo su porvenir.

No haremos mención de lo que Cristo enseñaba acerca del dinero, la esclavitud que produce, su carácter de falso dios.
Pero los hijos de la luz -los hijos del Evangelio- a menudo desechamos la astucia, la perspicacia, la sagacidad en la vida cotidiana de la Buena Noticia, en nuestro humilde oficio de obreros del Reino, un Reino que suplicamos venga y sea, aquí y ahora.

Implicarse con inteligencia significa también renunciar alegremente a todos los no se puede, a los nefastos pensamientos únicos, planos, sin trascendencia, impuestos para sojuzgar y resignar.

Nosotros también hemos de dejar de lado bienes y beneficios actuales menores, acumulando tesoros en el cielo para un futuro eterno que se nos crece en este presente.

Paz y Bien

Alegría de Dios








Para el día de hoy (03/11/16):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-10




Escribas y fariseos murmuraban, escandalizados, el horror que les suscitaba que Jesús de Nazareth se juntara con publicanos y pecadores públicos. Como representantes de la religiosidad oficial, habían aplicado un filtro de ortodoxia a través del cual se discriminaba lo religiosamente correcto de lo incorrecto, e iban más allá: sus criterios suponían que la misericordia de Dios estaba acotada por las razones teológicas de esos hombres, profundamente piadosos.

Tan nefastos eran los murmullos, esos corrillos críticos, como el pensamiento a través del cual se establecía lo santo, sus alcances y limitaciones. Un Dios a la medida de sus razones, que no se sus co-razones, Dios severo de unos pocos, puros y pretendidamente buenos.

Frente a ello, la enseñanza de Cristo supera cualquier expectativa, porque la misericordia de Dios no se limita a nuestras restricciones ni se adapta a nuestra teología ni, mucho menos, depende de nuestras ambiciones. 
Pero, por sobre todo, el Maestro revela la alegría de Dios, que es quizás lo que hemos dejado de lado, aferrándonos a dolores y rictus severos, quedándonos en la Pasión pero no en la Resurrección, un Dios quizás abstracto y distante, inaccesiblemente bondadoso pero no más.

Dios es fervorosamente alegre, y su alegría se contagia a todas sus hijas e hijos, como buen Padre que es. Es importantísima la búsqueda de la oveja que se pierde, aún a riesgo de poner en peligro a las otras noventa y nueve, como el esfuerzo de la mujer -rostro materno de Dios- que busca incansable la monedita y le avisa a sus vecinos. Pero por sobre todo ello y muy especialmente destaca la alegría de Dios.

Alegría de Dios que siempre es celebración de la vida nueva cada vez que hay conversión, cada vez que se rescata a un hijo perdido, cada vez que un Dios incansable interviene personalmente en la historia humana y en cada existencia personal.

Paz y Bien




Desde el dolor, hacia la esperanza








Fieles difuntos

Para el día de hoy (02/11/16):  

Evangelio según San Lucas 24, 1-8




Hoy es un día de recuerdo y oración. Seguramente algunas lágrimas y asomos de tristeza, y la nostalgia de la ausencia de los seres queridos, aquellos que amamos y que nos precedieron en el camino de la vida.

Hoy los cementerios en muchos lugares se pueblan de visitas piadosas, se revisten de flores y plegarias, todas cuestiones de amores.
Aún así, la muerte nos dispone con ciertos talantes. La resignación frente a lo inevitable. Los ritos mortuorios que se exacerban, y quizás el estado culposo del sobreviviente. Los símbolos culturales que tienden a ahondar el dolor.
Habrá sucedáneos, claro está, porque demasiado dolor no es fácil de sobrellevar como tampoco la soledad y el desconsuelo.

Sólo desde la fé podemos emigrar desde el dolor hacia la esperanza.
Mejor aún, con el dolor al hombro seguir andando hacia otros campos más luminosos.

Frente a esa seguridad de finitud inevitable, Cristo responde con la cruz y la tumba vacía, sepulcro inútil para una muerte que no tiene la última palabra.

En el Resucitado la humanidad encuentra la certeza de que nunca moriremos, que todos tenemos un destino soñado por el Creador de vida eterna. Todos resucitaremos y nos reencontraremos en el día final que es el comienzo definitivo.

Paz y Bien



Todos los santos: una multitud creciente









Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/16):  

Evangelio según San Mateo 4, 25- 5,12




En verdad, santo es Dios, el tres veces santo, el Padre Santo, Jesucristo Santo de Dios, el Espíritu Santo aliento divino. Pero por un insondable misterio de amor -ámbito propicio de la fé- Dios comunica la santidad a su pueblo.

Pero santo también, por ese amor, es el que vive con Dios.
Cierta religiosidad difundida acota la santidad a aquellos que han sido elevados al honor de los altares, los que la Iglesia, luego de un largo proceso, reconoce en ellos las virtudes cristianas en grado heroico, su intercesión milagrosa, su ejemplo como un faro de luz para todo el pueblo de Dios.
Sin embargo, santidad es un convite y un mandato que no se acota a la vida eclesiástica, sino que se amplía a todos los pueblos. 

Nada más ni nada menos, es la invitación de Cristo a ser felices desde el reverso mismo de la historia, en la santa ilógica del Reino.

Celebramos hoy la memoria de Todos los Santos, los que siguen presentes en comunión con los que aún peregrinamos por estos arrabales a menudo tan oscuros, los que son parte de una multitud creciente que no se acota a unos pocos buenos, perfectos, exactos.
La santidad es silenciosa, oculta, humilde pero a la vez imprescindible, la luz y la sazón sin la cual la vida sería una carga insoportable.

Hombres y mujeres tan vulgares porque no han dejado nunca de ser parte del pueblo, del vulgus, y que inmersos en el devenir del tiempo se han vuelto excepcionales al desandar todo lo que perece, felices por creer, felices por vivir las cosas de Dios que prevalecen, felices porque Dios ha hecho grata morada en las honduras de sus existencias y desde allí se vuelven felices señales de auxilio y gracia para nuestra gente.

Paz y Bien

ir arriba