Un Dios que nunca se dá por vencido













Para el día de hoy (10/12/18):  

Evangelio según San Lucas 5, 17-26






En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos postrados se transportaban en una suerte de camillas o angarillas que, a su ven, hacían las veces de lecho habitual; es decir, aún cuando se los movilizara así, esa camilla representaba el angosto mundo en el que se había trastocado su existencia.
Así, esos hombres que intentan con empeño sin desmayos llevar al hombre paralizado a la presencia de Cristo, llevan también toda la vida de ese hombre, la existencia del doliente en sus manos.

El Maestro gustaba enseñar en los hogares, tal vez significando que el tiempo nuevo es tiempo de familia grande, de nuevos vínculos para reconocernos y en donde crecer con los demás.
Ahora bien, excepto la nobleza y los comerciantes muy ricos, los hogares comunes se conformaban de una única habitación amplia en la cual transcurría toda la vida familiar. Una puerta y una ventana, no m{as, y un techo compuesto de barro aglomerado y paja entrecruzada que le brindaba consistencia.

Esa vez, había una gran multitud reunida alrededor de la casa, ansiosa de escuchar la voz nueva y plena de autoridad del Maestro. Pero a veces ciertas euforias y ciertos criterios de pertenencia llevan a conductas que, a la larga, son erróneas. 
Quizás cerrar filas no sea tanto amontonarse formando muros infranqueables, sino re-ligarse cordialmente a través de la persona de Cristo. A veces también, en esos andares solemos vedar accesos a los que aún no han llegado; a menudo no prestamos atención al mal que podemos cometer sin darnos cuenta.

El enfermo está postrado por su dolencia y por un criterio religioso culpógeno que implicaba el asumir con resignación la enfermedad como justo castigo por los pecados cometidos. Pero las personas que lo llevan no se dan por vencidos ni aún cuando las gentes se arraciman como una muralla.
Cuando todas las puertas se han cerrado, hay que animarse a entrar por la ventana, y si la ventana pareciera estar también clausurada, es imprescindible procurar novedosas aberturas para que las gentes, especialmente los pobres y dolientes, lleguen a la presencia de Cristo. Nada ni nadie debe impedirlo, ni tampoco debe justificarse jamás la regulación de la misericordia, la tabulación del amor de Dios.

En Cristo despunta y resplandece el amor de Dios en perdón y sanación. Sus signos son señales de ese amor inclaudicable pero también una interpelación que convoca al hombre a la fé y al esfuerzo fraterno de los demás por los hermanos caídos.

Paz y Bien

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