Somos apenas un pequeño tramo de tierra que anda, tierra que debe cultivarse, cuidarse, hacerse fructificar

















Para el día de hoy (24/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12,  39-48







La vida cristiana es un tiempo de espera confiada en el regreso cierto del Señor, de un Cristo que se ha ido personalmente para quedarse de un modo más profundo, su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, su eternidad que nos comunica su Espíritu. Pero no hay tabla ni calendario prefijado que indique la fecha exacta del retorno final; aún así, la certeza de su regreso nos reviste de esperanza.
La historia tiene un sentido, un destino, un horizonte de consumación y plenitud.

Sin embargo, al igual que el mayordomo o administrador de la parábola tenemos un distingo ético fundamental, y es que no somos los dueños de casa. Somos trabajadores a los que se ha brindado, eso sí, una gran confianza y responsabilidad, pero es imprescindible recordar que no somos dueños ni señores, sólo servidores.
Por eso la fidelidad implica, ante todo, permanecer firmes en el lugar que nos corresponde -no en el que se nos impone por capricho-, honrando esa confianza, haciendo lo que se debe, tal vez cuidando más lo ajeno que lo propio.

En la espera, no puede ausentarse la justicia en relación con el prójimo, los bienes que se administran, el trigo que es del Dueño y que de ninguna manera puede faltarle a ninguno de los hijos. No hay excusas ni razones.

Habrá un tiempo final, el reencuentro definitivo, el regreso del Señor. Ése será también el tiempo de rendir cuentas, a mayor confianza mayor exigencia.
 
Tal vez sea menester comenzar a pensar esa responsabilidad desde los frutos: somos apenas un pequeño tramo de tierra que anda, tierra que debe cultivarse, cuidarse, hacerse fructificar. Y a pesar de ser tan poco, somos hijos dilectos del amor de Abbá.

Paz y Bien


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