Al fin del día y de la existencia, contará la justicia y la misericordia que seamos capaces de encarnar














Para el día de hoy (17/10/18):  

Evangelio según San Lucas 11, 42-46










Hay detalles que a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, con toda probabilidad se nos escapen.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, consecuentemente con una tradición de siglos, los varones judíos debían pagar una serie de tributos o impuestos: los obligados al ocupante imperial romano, los que se debían al monarca vasallo local -como por ejemplo, Herodes Antipas-y los impuestos religiosos.
Estos últimos se solían destinar al sostenimiento del culto, a la manutención de los sacerdotes del Templo y, a su vez, se engrosaba un fondo destinado al socorro de las viudas y los huérfanos, una suerte de seguridad social que se practicaba a rajatabla.
Sin embargo, los tributos religiosos no eran solamente una ceustión dineraria, sino con fundamentos espirituales, pues implicaba también el reconocimiento de la soberanía de Dios sobre la tierra de Israel y sus frutos, y ello se expresaba en el pago del diez por ciento -el diezmo- aplicado sobre las cosechas, las mieses, el grano.

Con el devenir de los años y el surgimiento de la corriente farisea, el pago del diezmo se extendió también a las hierbas aromáticas, las medicinales y a las legumbres. Las que menciona el Maestro -menta y ruda- crecían silvestres, y las amas de casa sólo debían arrancar algunas ramas para condimentar los alimentos.
La escena es en apariencia ridícula: una madre de familia separando una de cada diez ramitas de menta para cumplir con las prescripciones; aún así, excede por lejos la caricatura. El pueblo estaba agobiado por la multiplicidad de tributos que debía pagar invariablemente y bajo apercibimiento de severos castigos, y aún así se le seguían imponiendo obligación tras obligación. A la opresión constante se le exigía mayor sacrificio, algo tan burdo y bruto como requerir ayunos al que se muere de hambre.

Esa lógica se enmarcaba en un criterio de religiosidad preocupada al extremo por las apariencias y las formas sin transformación interior, sin vínculos con Dios y con el prójimo. Mejor aún, una religiosidad cuyo vínculo con lo sagrado pasaba solamente por los reglamentos y nó por los corazones.
Ello también refería a los dirigentes religiosos, cuyos talantes se veían ofendidos cuando el Maestro les planteaba esa verdad ineludible e inexcusable.

Los detalles son importantísimos. Los detalles sin trascendencia ni sentido son minucias sin valor y obligaciones espúreas del tenor cumplan ustedes, las exigencias siempre exigidas con vehemencia a los otros.
Al fin del día y de la existencia, contará la justicia y la misericordia que seamos capaces de encarnar.

Paz y Bien

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