La humildad de la sal, la tenacidad de la luz









San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (13/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 13-16




Las parábolas que hoy nos ofrece la Palabra se ubican a inmediata continuación de las Bienaventuranzas, del Sermón del Monte, y es en ese contexto en el que adquieren pleno sentido para sus destinatarios, la comunidad de creyentes, la Iglesia, todos y cada uno de nosotros.

En ese monte hay una nutrida multitud, y el gentío es variopinto: están los Doce, hay otros discípulos y seguidores, muchos curiosos sin compromiso, algunos herodianos, una buena cantidad de escribas y fariseos muy atentos a lo que Jesús de Nazareth haga o diga. Pero el Maestro pone un énfasis muy puntual en sus palabras, y al destacar a los discípulos por entre tanta gente los define, les otorga un carácter único, una identidad intrínsecamente ligada a la misión que les ha confiado y que es vivir llevando la Buena Noticia a todas partes.

A nosotros, mujeres y hombres modernos del siglo XXI, algunas dimensiones posiblemente se nos escapen; la sal y la luz en la Palestina del siglo I eran valiosísimas, a diferencia nuestra que o la conseguimos en prácticos envases y la utilizamos en consecuencia -a menos, es claro, que haya indicación médica en contrario- o bien es el producto usual de operar un interruptor.

Pero para aquella sociedad la sal y la luz eran claves.

La sal, en breves y mínimas pizcas brindaba sazón a los alimentos, es decir que éstos adquirían sabor y así las comidas, por humildes y sencillas que fueran, se disfrutaban. Pero también, al no haber refrigeradores ni conservadores, la sal era utilizada para conservar la carne fresca tal como se conoce en varios de nuestros países, charqui o charque. Entonces, la sal era el medio para evitar que la carne se pudra y corrompa, se mantenga fresca.

Por otra parte, el aceite de las lámparas para iluminar en la noche los hogares era carísimo, y no era algo que la mayoría de las familias compraría y usaría a granel, pues las velas se reservaban para el culto y eran aún más onerosas. Así entonces, la única lámpara familiar, al caer la tarde, se colocaba en lo alto de la habitación para que la luz proyectada alcanzara la mayor superficie posible.

En estos dos símbolos Jesús nos revela un misterio profundo, y es que a pesar de que somos pequeños somos muy importantes, todos nosotros, a los ojos bondadosos de Dios.

En la sintonía eterna del Reino, es misión fraterna el hacer que esta vida tenga sabor, que dé gusto ser vivida con un sentido que rumbee a un horizonte cierto. Y también, proteger la existencia de toda corrupción que nos vaya carcomiendo y degradando los días.
Es por ello corazón mismo de la Iglesia volverse prisma, cristal que no tiene luz propia sino que proyecta a todos los sitios la luz de Dios, la Palabra, que no le pertenece pero que le ha sido confiada, para que no haya más tinieblas ni sombras de muerte.

En estos andares, nos queda saber si somos capaces de aceptar este mandato que es invitación asombrosa, pues pocos méritos -o ninguno- tenemos para prolongar a través de los tiempos el ministerio mismo de Cristo.

Paz y Bien

1 comentarios:

FLOR DEL SILENCIO dijo...

Gracias.

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