El hijo de José




4º Domingo durante el año

Para el día de hoy (31/01/16): 

Evangelio según San Lucas 4, 21-30




La liturgia, siguiendo la lectura del domingo anterior, nos mantiene la mirada en la sinagoga de Nazareth, en pleno Shabbat. Allí, leyendo el libro del profeta Isaías, Jesús asume en sí mismo, en la totalidad de su persona el cumplimiento de las antiguas profecías, todos los sueños de su pueblo.

Con una autoridad única que es fruto de su plena identidad con el Padre, Él inaugura un tiempo santo y definitivo, el jubileo infinito de la Gracia, tiempo propicio de justicia y liberación sin espacios para la venganza.
Lo que para muchos es motivo de alegría y celebración, para algunos es ocasión de queja por el orgullo malherido, por viejos esquemas derribados. Porque el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que se inclina con ternura y decisión hacia los olvidados y oprimidos, buena noticia para los ciegos y para los cautivos, liberación para los pobres y los olvidados.
Esa justicia no se mide según los criterios mundanos de retribución, de poder ejercido y de privilegios, sino que surge del amor absoluto e incondicional de ese Dios que ofrece su bendición a todos los pueblos, comenzando por los descartados a la vera de todas las veredas de la existencia.

Como en una tormenta de verano, los asombros ceden paso  a un vendaval de críticas furiosas. Lo que esas gentes suponían propio y exclusivo, el Maestro lo ha hecho extensivo a todas las naciones. Así vecinos y parientes se sienten ofendidos en ese privilegio de saberse únicos receptores de los favores divinos, y el primer paso de acallar las disonancias que las palabras de Jesús les provocan es menoscabar su figura, roer sin compasión su talante.
Por eso es que quieren disminuir su estatura aduciendo que ese Cristo no es nada más que el hijo de José. Tal vez haya un insulto escondido, pues muchos recordarían el embarazo sospechoso de su Madre. Sin embargo, con ello pretenden inferir que Jesús no es más que otro vecino más, alguien a quien conocen y por ello, tan común que no puede esperarse de Él nada especial ni novedoso; por el contrario, al nombrar al carpintero nazareno, tácitamente indican que esperan que Él siga las tradiciones familiares, que se deje de molestar con cosas nuevas, que se limite a lo que de Él se espera.

Pero no se dan cuenta, porque la cuestión primordial es una cuestión de fé: sin advertirlo, al nombrarlo como hijo de José, lo honran sin quererlo. El hijo de José sigue la humildad y la integridad del hombre que lo ha criado y cuidado como padre del corazón, padre en donde de niño descubrió en los gestos mansos de trabajo y ternura el insondable misterio de ternura del Padre Celestial, y tal vez en esas primeras palabras aprendidas halló el modo de revelarnos el rostro de su Dios, Abbá, Papá como el carpintero nazareno.

Para nosotros también es una esperanza que a diario se nos renueva, un Dios encarnado en la historia, que se hace tiempo y vecino, que hunde sus raíces infinitas en la historia humana para fecundarla y re-crearla.

Porque ese Cristo es ofrenda de Salvación para toda la humanidad. Porque ese Cristo es de todos, no de unos pocos, y cuando algunos pretenden apropiárselo mediante criterios, razones o religiones, ese Cristo pasa de largo y sigue su camino, no se deja encerrar y nadie podrá hacerle daño, porque la Pasión es decisión absoluta de su amorosa voluntad y no capricho de los violentos, motivo y persona que fundamenta nuestro alegre hambre de libertad y que nos germina a diario la esperanza.

Paz y Bien

Tempestades obedientes




Para el día de hoy (30/01/16): 

Evangelio según San Marcos 4, 35-41



El mar de Galilea se encuentra en un valle -por debajo del nivel del mar- rodeado por montañas y peñascos, es decir, en una especie de olla natural, por lo que es usual que fuertes vientos agiten sus aguas de manera inesperada, violentos aluviones que encrespan las aguas normalmente tranquilas.

Varios de los discípulos de Jesús de Nazareth eran pescadores de profesión, es decir, eximios navegantes y expertos conocedores de esas aguas. Las investigaciones arqueológicas más recientes indican que las barcas de pesca de aquel entonces medían, aproximadamente, ocho metros de largo por dos metros de ancho y un calado de algo más de un metro: no es difícil imaginarse dentro de una barca así, tan pequeña y llena de gente, que se moverá principalmente por el viento, haciendo a menudo infructuosos los esfuerzos con los remos.
Y no es tampoco difícil representarse la situación de esos hombres, aún con su experiencia, a los bandazos incontrolables en un espacio pequeño que parece achicarse más por la fiereza del viento que parece querer engullirse la pequeña barca.

La escena remite a un peligro inmediato, tangible, efectivo, y quizás tenga una carga de imágenes arquetípicas a nivel inconsciente, las aguas turbulentas como un monstruo al que no se puede dominar ni contener, la desprotección total y azarosa. 
Pero esos hombres no son hombres comunes, citadinos, son pescadores expertos. Para ellos a menudo el viento es una bendición que los hace navegar de orilla a orilla y al centro del lago en donde la pesca es más efectiva. En este caso, perciben al viento como un vector de muerte.

A veces, a causa de lo limitados que somos, percibimos las tempestades de la existencia tanto como un regalo de Dios como también una maldición. Y quizás sólo se trate de viento, y de que esta barca que somos es muy frágil.

El Cristo adormecido en el lugar del timonel es una imagen profundamente humana, un Cristo cansado por los trajines incesantes que como cualquier otro necesita reposo. 
Pero para esos hombres -apresados por el miedo- más que un amigo cansado, les parece un Mesías indiferente. En las tormentas que nos suelen acaecer solemos preferir la queja antes que la confianza, una Iglesia que se somete a los zarandeos de los temporales históricos pero que no se afirma en el poder del amor de su Dios, y que cuando reniega cree perecer.

Porque como una imagen indeleble, esos hombres eran profundamente religiosos, y persistía en ellos el Creador que ordena el caos de las aguas primordiales, un acto infinito de autoridad y creación.
Así entonces, la transición del caos al cosmos se refleja en ese Cristo al que las aguas encrespadas obedecen, y por eso no salen de su asombro: las tempestades calmadas son una teofanía, una manifestación de Dios en el Mesías.

Más aún: a ese Cristo todas las tempestades le obedecen. Cuando nos exiliamos de la queja y arribamos a la tierra santa de la plegaria, tierra sin mal de la Gracia, ese Dios que se nos antojaba dormido o esquivo se nos despierta, haciendo que todo se vuelva a encauzar en la calma de Su presencia.
Hay que seguir confiando.

Paz y Bien

Pájaros del cielo





Para el día de hoy (29/01/16): 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34



El ministerio de Jesús de Nazareth, cuyo epicentro fué su Galilea natal, se desarrollaba en un contexto predominantemente agrícola y Él se valía de de imágenes provenientes de ese ambiente para enseñar a las gentes, quienes lo escuchaban con grata atención, pues aún en parábolas, les revelaba cosas de Dios a partir de cuestiones que vivían a diario.
Algo -mucho tal vez- hemos perdido, no sabemos dialogar con la mujer y el hombre de nuestro tiempo a partir de las cosas que acontecen en su cotidianeidad.

Las dos parábolas refieren a los aspectos personales y comunitarios de la vida cristiana. Si bien, como se señalaba en el párrafo anterior, se despliegan en un contexto agrario, tienen mucho que decirnos en nuestro tiempo, a pesar de los avances científicos, del conocimiento de aquel entonces que se ha superado ampliamente: aún con toda la ciencia, flota en la enseñanza del Maestro el misterio insondable de la gratuidad vida, una vida que es don y misterio y que puja, germina y crece más allá de cualquier esfuerzo.

La humildad de la semilla y el esfuerzo del sembrador no condicionan la asombrosa cosecha que ofrecerá en el tiempo propicio.
El grano de mostaza tiene mucho de ironía, y seguramente arrancó algunas sonrisas a los oyentes de Jesús: el mínimo grano de mostaza se convierte en un arbusto que nada tiene de majestuoso, en franca y alegre contradicción con las imágenes de los cedros del Líbanos, del ébano de los instrumentos y los muebles suntuarios, de la entereza noble del roble. Este arbusto demuele mansamente las expectativas mundanas de gloria y grandeza, pero aún así, tal vez insignificante, tal vez demasiado común, cobra relevancia por convertirse en hogar y refugio de tantos pájaros del cielo.

Pájaros del cielo: todas las mujeres y hombres de buena voluntad que ansían libertad, y que quieren confluir en ámbitos amplios de justicia, de fraternidad, en una familia creciente cuya raíz es la bendición divina, la Gracia de Dios, familia santa que llamamos Iglesia.

Paz y Bien 

Luz de misericordia



Para el día de hoy (28/01/16): 

Evangelio según San Marcos 4, 21-25




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth para la gran mayoría del pueblo las viviendas familiares constaban de un sólo ambiente amplio que hacía las veces de comedor, cocina y dormitorio; la vida nocturna era muy acotada y en las familias más pobres prácticamente inexistente por la falta de luz natural.
Los que podían, y dado que vivían en un tipo de monoambiente, utilizaban una lámpara de barro cuyo combustible era el aceite. Este aceite era caro, por lo cual las familias poseían una o a lo sumo dos lámparas que se colocaban en lo alto de la habitación, para que la luz llegue a todo el ambiente y nadie quede a oscuras: a nadie se le hubiera ocurrido poner la lámpara bajo un cajón o debajo de la cama.
La opción de las velas estaba vedada: eran carísimas, y por lo general se utilizaban para los rituales religiosos o, eventualmente, en los palacios de los poderosos.

Los que escuchaban al Maestro no se mareaban con abstracciones inaccesibles ni con casuística teológica incomprensible para el hombre o la mujer común. Ellos comprendían que Jesús de Nazareth se estaba refiriendo a algo muy valioso e importante, pues lo vivían a diario.

Lo novedoso, lo asombroso de su enseñanza es que esa luz que no debe ocultarse señala sin ambages que ya no habrá arcanos ni formulismos esotéricos para los hijos de Dios. 
Su Dios, su Padre, ha salido definitivamente al encuentro de las gentes asumiendo su humanidad en Cristo, un Dios asombrosamente cercano, un amigo, un vecino, un pariente, un hijo queridísimo. Nada ha de ocultarse, nada ha de permanecer escondido pues el mismo Dios se muestra y ofrece generosamente tal como es, amor infinito e incondicional.

La luz que ha de alumbrar a todos los pueblos es la luz de la misericordia, y es la lámpara que por ningún motivo hemos de ocultar, luz que no es exclusiva de nadie ni a nadie excluye.
Con el mundo como una gran casa común a la que cuidar y en la que todos convivimos, hemos de llevar como bandera y blasón cordial esa luz del Evangelio, que no nos pertenece pero que se nos ha confiado.

La calidad de esa lámpara se medirá por lo que se ofrece sin reservas ni acepciones, en la tranquila alegría de sabernos ricos porque hemos compartido lo más valioso que tenemos, el amor de Dios.

Paz y Bien

Sin desperdicio



Para el día de hoy (27/01/16): 

Evangelio según San Marcos 4, 1-20




El oscilante dilema entre el éxito y el fracaso ha ganado demasiados espacios, sociales, culturales, políticos y religiosos. Lo podemos percibir en la continua información que nos compele a ponernos del lado de los winners que nó de los losers, y quizás sin darnos cuenta esas categorías que refieren en principio a la pura praxis se han convertido en epítomes éticos.

Tal vez, en determinados aspectos sociales sean variables interesantes o válidas, pero su universalización es peligrosa; en cierto modo, son categorías clasificatorias de los aceptables y de los descastados, cuyo rótulo varía con el tiempo y las modas imperantes.
Lamentablemente también tienen una grotesca incidencia en la vida cristiana.

Ciertos criterios siguen aferrados a las viejas ideas de la acumulación de acciones piadosas en busca de la bendición eterna, con toda probabilidad en el más allá; ello, es claro, en principio no es malo, el error estriba en desalojar del corazón a la insondable Gracia de Dios.
Otros, sin embargo, suponen que detrás de todo fracaso habrá, en tiempo futuro -final, escatológico- una suerte de justa revancha de Dios que revierta esas derrotas.
Finalmente, otros se sumergen en una vida dual, aceptando sin cuestionamientos los fracasos y los éxitos, ambos parte del mísmo círculo de la existencia.

Todas esas posturas tienen visos veraces, pero se resuelven y deciden con parámetros exclusivamente mundanos, renegando inadvertidamente de toda trascendencia.
Por ello la enseñanza del Maestro: el Reino, que ya está presente entre nosotros, es infinito y no se deja circunscribir por nuestros limitados esquemas. 
Como humildes labriegos de extrema confianza, estamos invitados a ser partícipes de la siembra de ese Reino.

Pero la vida cristiana requiere sembradores que se confíen plenamente en la asombrosa y escondida fuerza de la semilla. Cuando se siembra el Reino, cuando se vive el Evangelio -predicándolo en silencio con la propia existencia- no hay desperdicio a pesar de las piedras del camino, de los pájaros hambrientos, del aparente terreno estéril.
Inevitablemente e inesperadamente, la cosecha será abundante, asombrosa y vital.

No hay que desanimarse, ni resignarse, ni dejarse ganar el corazón en vanas perspectivas. La buena semilla del Reino siempre dará frutos santos en todos los terrenos.

Paz y Bien


De dos en dos



Para el día de hoy (26/01/16): 

Evangelio según San Lucas 10, 1-9




El Maestro envía por delante de Él a setenta y dos mensajeros, por fuera del círculo primordial de los Doce. 

El número tiene una trascendencia simbólica que supera la mera cifra: en la tradición del Génesis, guardada en la memoria de Israel, setenta y dos refiere a la totalidad de las naciones paganas conocidas en los tiempos primeros, y por lo tanto, el Señor decide así la universalidad de la misión, no acotada a fronteras, etnias o culturas. También encierra un mensaje cristológico y eclesial, y es que la vocación cristiana no se acota a los discípulos más cercanos, sino a todos los cristianos, a todos los bautizados de todos los tiempos, renacidos a la Gracia y a la Buena Noticia.

Sigamos con los números. Según el derecho, es decir, según los criterio jurídicos judíos, la validez de un testimonio ha de estar avalada por al menos dos testigos; por lo tanto, la misión encomendada es una misión que será ante todo testimonio veraz e inequívoco de una verdad que es mucho más grande y distinta de ellos mismos, la verdad del amor de Dios, la verdad de Cristo.
En esos pares de enviados hay a su vez un germen de la Iglesia, una comunidad en ciernes, pues la vida cristiana a la que Cristo nos invita no es una acumulación de individualidades, sino un crescendo de fraternidad.

La misión urge, porque el Cristo que se anuncia ya está allí, muy cerca, inmediatamente luego de ellos. La misión no admite demoras, ni cuestiones superfluas. Es menester ubicarse: la tarea es enorme pero no imposible, y hay que sumar manos y brazos empeñados en en la santa labor que será amenaza peligrosa para algunos, indiferente para otros, luz y bendición para muchos, pero sin embargo un deber impostergable de paz y de bien.

Tarea insondable de sembradores, depositarios de una confianza infinita por parte de Aquél que nos ha enviado, que tiene puesta en nosotros una esperanza ilimitada a pesar de nuestras miserias y nuestros quebrantos, porque de la mano de Dios no hay imposibles.

Paz y Bien

Mandato misionero




Para el día de hoy (25/01/16): 

Evangelio según San Marcos 16, 15-18




La principal clave de lectura del día de hoy se encuentra en el primer versículo: los testigos, los enviados, son testigos y mensajeros del Resucitado.
No encarnarán en su existencia una misión por el simple hecho de adherir a doctrinas ni a ideas específicas; antes que todo eso -que no está mal, claro está- su escapulario distintivo será su confianza y su vida compartida con Jesús de Nazareth, vivo y presente en medio de su pueblo.

Su mandato misionero es, nada más ni nada menos, que el anunciar una Buena Noticia, el hecho asombroso del amor de Dios, raíz y clave de todo destino. No son palabras, pura declamación, sino de dar un testimonio veraz, que será ratificado con signos que serán fedatarios de su credibilidad y su veracidad.

Signos de liberación, desalojando a todos los demonios que anidan en mentes y corazones de los hombres, alienando sus vidas, reduciendo en estatura espiritual su humanidad tantas veces socavada.

Signos de comprensión, en un lenguaje nuevo y comprensible por todos los pueblos, para que las gentes vuelvan a comunicarse y a escucharse, dejando de lado los gritos de guerra y de desprecio, paso esencial en la búsqueda de la fraternidad.

Signos de la Divina Providencia, pues al vivir la vida de Dios el misionero, pase lo que le pase, jamás serán acallados ni derrotados, ni la muerte misma apagará su luz.

Más que artilugios o acciones milagreras, esos signos son signos del mismo Cristo y señales de conversión a a una vida impulsada sólo por el amor de Dios, en afable desdén por el poder, en alegre rechazo al renombre, al reconocimiento, a la fama. 

Hay muchas manos que imponer, mano sobre mano para volver a la confianza de la palabra que se empeña, manos amigas, manos fraternas, manos del trabajo, manos que se unen en oración para que la inmensa tarea siga realizándose, porque no es imposible, nada es imposible.

El último no se puede ha sido borrado con la Resurrección del Señor.

Paz y Bien

Raíz de toda esperanza




3er Domingo durante el año

Para el día de hoy (24/01/16): 

Evangelio según San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21




Todo comienza en Galilea. 
No es solamente una correlación, una secuencia cronológica, sino un cruce de caminos e hito teológico: en la periferia sospechosa, en los extramuros de un mundo que se tiene por bueno y mejor que los otros, comienza a darse vuelta ese mundo, porque las antiguas profecías se concretan, porque Dios se hace presente en la persona de Jesús de Nazareth.

No hay utopías en el sentido estricto del término -u-thopos, no-lugar-. Hay sueños que se hacen realidad, que se hacen historia, tiempo, carne. El ámbito del Shabbat en la sinagoga nos sugiere un entorno solemne y sagrado, más veremos que no se trata de un acartonamiento sumido a las formas, sino del profundo misterio de la eternidad que se involucra directamente en la humanidad, el infinito que viene habitar estos seres mínimos que somos.

Los libros elegidos y desenrollados del profeta Isaías no son elección fortuita: demasiado tiempo el pueblo anduvo por rumbos de sombra, por vías obscuras sin alba cercana.
En Jesús de Nazareth se cumplen todas las promesas, y en su persona hay un presente perpetuo que se extiende a todas las generaciones. La Salvación siempre es hoy, y es justicia, salud, liberación, alegría para los doblegados por los golpes de la existencia, luz para los cegados, esperanza para mi gente, para los tuyos, para todas las naciones.

Se inaugura un año de misericordia en el que no hay lugar para la venganza, sino sólo para la gloria de Dios, que es el bien del hombre, la vida plena.

Nosotros no buscamos respuestas en la Palabra, más bien es la Palabra del Maestro la que nos interpela, la que nos despierta, la que nos vuelve a ubicar en el camino de la felicidad.

Cristo siempre, raíz de toda esperanza.

Paz y Bien

Ese loco de Nazareth




Para el día de hoy (23/01/16): 

Evangelio según San Marcos 3, 20-21






La tarea misionera, si bien circunscrita a una zona no demasiado grande según los criterios actuales, era de una intensidad tal que a menudo el Maestro y sus amigos ni tiempo de comer tenían. Las multitudes seguían llegando hasta Cristo como un mar incesante, un caudal interminable de dolientes y de almas abandonadas a su suerte, de tierras judías tanto como de tierras paganas.

Ello suponía cierto éxito misionero, pero el Maestro escapaba a esas trampas. Las cosas no se resuelven en éxitos o en fracasos, sino en la fidelidad que se practica. A la vez, junto con esa fama creciente, el enfrentamiento cada vez más peligroso con la ortodoxia y el poder religioso, fariseos y escribas, a veces aliados con los herodianos y saduceos.
Este conflicto no era menor: se lo sindicaba como un blasfemo a veces, o como un endemoniado otras, por la forma en que hablaba de Dios, por su autoridad, por la ruptura con ciertas tradiciones que suponen traiciones y porque no vacilaba en brindar una mano bondadosamente solidaria con el excluido y el enfermo, los impresentables e intocables de siempre. Poco a pòco quienes lo criticaban buscarían defenestrarlo publicamente y luego acallarlo mediante una muerte violenta escondida tras formalismos legales.

Jesús había establecido su hogar en Cafarnaúm, en la vivienda familiar de Andrés y Pedro. 
No tiene casa, su hogar está allí en la casa en donde sus amigos le reciben.
Pero Cafarnaúm no se encuentra tan lejos de Nazareth: parte de la misma Galilea, está a una jornada de viaje, unos 47 km. Hasta allí se llegan sus parientes, pues se han enterado de todo lo que sucede desde que Jesús se ha largado a los caminos a hablar de Dios.
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Aquí destacaremos que parientes refiere no solamente a los vínculos biológicos -padres, hermanos, primos- sino es la terminología de la época para señalar a los integrantes de la tribu o clan. 
Se puede comprender la actitud de estos parientes que se lo quieren llevar porque está fuera de sí, un exaltado, un loco. Él se ha vuelto un marginal por las amistades que lo circundan, por los contactos habituales con indeseables, impuros según la religiosidad imperante. Él no ha querido tener esposa e hijos, una familia, ni seguir la tradición de su padre en pos de seguir los pasos del Padre del Cielo.
Pero ellos también se sienten fuera de foco y amenazados, porque ese loco nazareno atrae desgracias sobre el clan con ese enfrentamiento abierto con las autoridades, y su valentía sin menoscabo los deja demasiado en evidencia. Por eso se lo quieren llevar, para hacerle entrar en razones, porque infieren que Él les pertenece a ellos y debe actuar en consecuencia.

Quiera Dios que este Cristo de nuestra Salvación nunca deje de asombrarnos, de desconcertarnos de todos los prejuicios. Y que sus amigos sigan siendo tan fieles y tan santamente locos como Él por la vida, por el amor, por la justicia, por la libertad.

Paz y Bien



Presencia, anuncio y misión




Para el día de hoy (22/01/16): 

Evangelio según San Marcos 3, 13-19



El monte, la montaña tiene en las Escrituras la significación simbólica de lo sagrado, del encuentro con Dios. 
El monte Sión, el surgimiento de la Ley dada por Dios y del Templo como ámbito sagrado, perenne tienda del encuentro en donde Israel rendía culto a su Dios.

La convocatoria a los apóstoles -enviados- sucede en el monte, es decir, es una cuestión sagrada. Es Dios quien convoca por Cristo, pero ahora ha habido un éxodo, un desplazamiento definitivo: un pueblo nuevo se constituye, no aglutinado por la Ley sino por la Gracia, y se reune alrededor de la persona de Jesús el Cristo, Hijo de Dios, Señor y hermano nuestro. Del templo de piedra pasamos al templo vivo, a la persona de Cristo.

La convocatoria la realiza el Maestro, en certeza plena de que todas las primacías son de Dios, y esa convocatoria tiene tres facetas: presencia junto a Cristo, anuncio de la Buena Noticia y misión de sanación y liberación de un mundo enfermo, de todo lo que agobia a las gentes, las que los menoscaba en humanidad.

La precisión en los nombres no es fortuita ni circunstancial: allí hay personas concretas, de carne y hueso, de a pares quizás para tener siempre presente que el seguimiento de Cristo no es una cuestión individual, sino fraterna y comunitaria, y que sobre todo acontece por decisión y confianza de ese Cristo que camina por la periferia de nuestras existencias, allí mismo en nuestros días, en donde la cotidianeidad se despliega, y nos vuelve a invitar a seguir sus pasos, porque Él nunca nos abandona.

Paz y Bien

Tomar distancia




Para el día de hoy (21/01/16): 

Evangelio según San Marcos 3, 7-12




El ministerio de Jesús de Nazareth crecía robusto y no se acotaba a las tierras judías; prueba de ello es que convergían a Su persona multitudes de Galilea, de Judea, de la misma Jerusalem pero también de las tierras paganas de Tiro, Sidón, Idumea y Transjordania. 
Hay allí símbolos cristológicos y eclesiales que implican que la misión cristiana no conoce otra frontera que la de los corazones que le reciben, y que las gentes tienen un punto de encuentro universal, un sitio común a todos en Cristo, cuyo cuerpo es esa familia que crece a través de la historia y de los pueblos y que llamamos Iglesia.

Sin embargo, ello no significa que todo fué un momento de pacífica e ingenua época primordial sin problemas. Sin dudas, significó un antes y un después, sin dudas también eran momentos de luz resplandecientes, pero la misma claridad del Maestro ponía en evidencia un mundo ensombrecido, plagado de tinieblas, multitudes oprimidas hermanadas precisamente en ello, en el dolor antes que en su origen, su religión, su identidad, multitudes como ovejas sin pastor a las que nadie presta demasiada atención, que aceptan con mórbida complacencia el sufrimiento y el dolor impuesto a los otros, con nefasta docilidad, con terrible acostumbramiento.

Como un principio de acción y reacción espiritual, la multitud se pone en una postura peligrosa. Sus ansias, sus necesidades y sus angustias los llevan a arrojarse sobre Él buscando sanidad, liberación, ese rabbí galileo tiene poderes. Y es allí cuando el Maestro les indica a sus discípulos que preparen una barca, para tomar algo de distancia y continuar con su ministerio sin quebrantos ni descanso.
Esa toma de distancia puede aparecerse a simple vista como una razonable medida de seguridad, por el riesgo de una avalancha humana, de ser aplastado por una masa informe de gentes que en su desesperación casi ha perdido su rostro. Aún así, hay otra intencionalidad en el Evangelista, señalando la trascendencia de la enseñanza del Maestro, y es no dejarse jamás llevar por la corriente que impere, a pesar de que ella surja como un válido río caudaloso. 

A menudo cuestiones que se reivindican como populares no son más que falacias masivas en beneficio de unos pocos pícaros, que imponen criterios ajenos al pueblo bajo slogans atractivos pero que en verdad nada tienen de populares, otras herramientas más de dominio y sumisión de los que pocos consideran como su hermano más allá de la pura declamación.
A menudo hay que tomar distancia sin abandonar la compasión y la solidaridad, en resguardo de la identidad que nos constituye.

Así, ese Cristo ordena silencio a los espíritus malos, pues no hay un reconocimiento veraz, sólo rótulos pasajeros productos de la necesidad, de la euforia o de alguna tendencia pasajera.
Porque al Hijo de Dios se le reconoce desde la fé, don y misterio de Aquél que nunca nos abandona.

Paz y Bien

El bien no se pospone





Para el día de hoy (20/01/16): 

Evangelio según San Marcos 3, 1-6





Volvemos a estar con el Maestro un sábado, en la sinagoga. La presencia entre los asistentes de un hombre con una mano paralizada -o cualquier enfermo- aparece como improbable dadas las rígidas normas de pureza ritual, y es por ello que ese hombre, en ese momento sagrado y con la presencia prejuiciosa de cierto número de fariseos, implique una provocación deliberada. Ello se ratifica por la postura atenta de esos fariseos, que buscan solamente la infracción, la acción delictual contra la ley sabática.

Puede aducirse un profundo y piadoso celo por guardar las normas, que en verdad estaba, pero los problemas pasaban por otro lado: en el afán de la estricta observancia de unas normas absolutizadas, dejaron de lado la caridad, el socorro, la compasión. Importaba más si Jesús de Nazareth infringía esas normas que si ese hombre enfermo sanaba de su dolencia.

Un hombre de una mano paralizada era un hombre con muchos problemas. No puede trabajar en los empleos de la época, por lo cual no puede llevar el sustento a los suyos. Una mano paralizada es una mano incapaz de expresar afectos, o en situaciones terribles, empuñar las armas de su nación en la batalla. Un hombre de una mano paralizada es, bajo la casuística imperante, un impuro cuya dolencia es producto de pecados cometidos por sí mismo o por sus padres.
Un hombre de una mano paralizada es un hombre venido a menos.

Pero si ese hombre tenía una extremidad carente de movilidad, peor aún era la dureza que exhibían los corazones de esos hombres indignados. 
El bien nunca se pospone, por ninguna razón ni por ningún motivo.

Como colofón, el Evangelista señala una confabulación de fariseos y herodianos para acallar el Maestro. Más crudamente, para acabar con Él. Es la asociación del poder religioso con el poder político cuando, en tren de prorrogar dominios, buscan aplastar a los hombres y las mujeres de Dios, sin importar las consecuencias ni las bendiciones que se coartan.

Paz y Bien


Sábados



Para el día de hoy (19/01/16): 

Evangelio según San Marcos 2, 23-28



El Shabbat era importantísimo para la fé del pueblo de Israel: día sagrado para el reposo y el descanso, para honrar a Dios, para renovar vínculos religiosos y familiares.
En pocas líneas no es posible sintetizar su relevancia, no obstante ello, durante el exilio de Babilonia garantizaba a los deportados un reencuentro con sus raíces, la persistencia de las tradiciones. El Shabbat refería por entero a lo sagrado pero también a la identidad nacional.

Con el correr de los años, su obligatoriedad fué paulatinamente recubierta de preceptos nominativos, de cánones impuestos al modo en que hoy se promulga una ley, y luego se reglamenta su implementación al punto de desdibujar su sentido primero. La casuística imperante había transformado un día de luminosa esperanza en una jornada de agobiante cumplimiento.

Más aún: el Maestro entendía desde lo profundo de su corazón sagrado, que el Shabbat, más que una obligación taxativa, era una bendición, un regalo que su Dios había brindado a su pueblo en el beneficio de éste. Él entendía que la gloria de Dios se correspondía con el bien, con la vida del hombre, y por eso afirmaba sin ambages que el sábado era para el hombre y no a la inversa, el hombre esclavo de la norma.
Y por sobre todo, su señorío, el Cristo que es Señor del Sábado, de todos los sábados.

El hambre, esa necesidad tan primordial que sus amigos engañan arrancando algunas espigas de trigo en pleno Shabbat, despierta la crítica de los fariseos: es claro, entre las diversas prohibiciones, la cosecha no estaba permitida, y ese gesto menor de quitar algunas espigas y frotarlas entre sus manos suponía una infracción grave a sus criterios sacralizados, criterios que impedían ver la necesidad que allí golpeaba las puertas.

Todos tenemos unos cuantos sábados a los que gustamos subordinarnos. La libertad nos cuesta tanto como saber mirar y ver más allá de la letra, en la búsqueda del sentido, en el grato descubrimiento de la Buena Noticia, del paso salvador de Dios por nuestras existencias, sábados que deberían ser momentos de encuentro y sin embargo se nos vuelven torpes obligaciones sin gozo ni esperanza, puertas que cerramos a la misericordia, al reencuentro con Dios y con el hermano.

Paz y Bien

El vino nuevo del Reino




Para el día de hoy (18/01/16): 

Evangelio según San Marcos 2, 18-22





Los discípulos del Bautista y los fariseos tenían en común la misma sujeción a la Ley, expresión de un tiempo que finaliza. Ellos persistían en una religiosidad de rictus amargo, de temor, de los gestos piadosos que procuran bendición divina; la piedad, claro está no está mal, sino el concepto erróneo de suponer que hacemos una serie de cosas por Dios, y nó lo que el Creador hace por nosotros.

En ese espíritu, la Ley como criterio organizador y rector es más que válida; los problemas comienzan cuando se la plantea como un absoluto, y quizás sin darse cuenta, se pretende desalojar a Aquél que la inspira, sustenta y brinda sentido.

Dentro de esas obligaciones emanadas de la Ley estaba el ayuno. Se practicaba dos veces a la semana, con gestos visibles penitenciales, preparando y anticipando la llegada mesiánica. Pero el Cristo ya ha llegado, ya está allí, y entonces el ayuno pierde ese sentido de triste preparación. Es el tiempo de celebrar el amor de Dios, la presencia de Dios en Cristo, Dios que se hace hombre, el Verbo que se hace carne y habita entre nosotros.
El ayuno será importante pero desde otra perspectiva, pues lo decisivo es la presencia del Salvador.

El Reino ya está aquí entre nosotros, vivificando las existencias apagadas, las esperanzas mustias. Es el vino nuevo de la Salvación, con el que siempre hemos de brindar, aún en los momentos más duros.

La Buena Noticia de Jesucristo no es una alternativa más, ni una reforma religiosa, ni tampoco una modalidad de poder diferente. Es tan fundante y santamente desmesurada que no puede ser contenida en moldes predeterminados, en conceptos ni ser propiedad de unos pocos.

Es un vino nuevo que exige odres nuevos. Posee una fuerza imparable que todo parche que se coloque, sin cambiar de raíz la totalidad de los viejos odres, hará que estos estallen.
Todo ha de ser nuevo, comenzando por los corazones.

Paz y Bien

Tinajas de piedra




 2º Domingo durante el año

Para el día de hoy (17/01/16): 

Evangelio según San Juan 2, 1-11





El Evangelista Juan brinda una precisión contundente: el milagro en Caná de Galilea es el primero de los signos de Jesús de Nazareth. Más que un hito cronológico, se trata de la señal cierta de un nuevo y definitivo comienzo, del tiempo de la Salvación, del tiempo de buenas y nuevas noticias.

Todo acontece en la celebración de una bodas. Unas bodas se festejan porque la vida se reafirma, porque hay dos que se aman, por la promesa de los hijos, porque ese amor trasciende la mera acumulación del uno más uno. En medio de tantos camposantos, un banquete para celebrar unas bodas es más que propicio.
Pero unas bodas tienen también una profunda connotación mística, espiritual, y refiere a los esponsales de Dios con la humanidad.

Primer signo, primera señal de un Cristo que viene a hablarnos de ese compromiso inquebrantable del amor de Dios.

María, la Madre del Señor se encuentra allí. Caná de Galilea se encontraba relativamente cercana a la Nazareth de la Divina Familia, con lo cual es probable que María fuera conocida por las familias de los esposos. Pero también Ella está allí por ser Madre y por ser discípula, una tranquila presencia que brinda certezas que no se disuelven en coyunturas o reglamentos.
La Madre del Señor está allí acompañando a los hijos en esa vida que se festeja, atenta a todo lo que les pasa, silenciosa y feliz de sus alegrías pero presta a contarle al Hijo de los otros hijos, de cuando el vino de la alegría parece que se les acaba y la esperanza se les agota.

Había allí seis tinajas de piedra. Seiscientos litros de agua utilizada para las abluciones religiosas, para purificarse según los ritos establecidos. Pero es un tiempo nuevo, y es menester saber que no serán las acciones piadosas las que purifiquen corazones y existencias, sino que es Cristo el que purifica.
El amor de Dios transforma el agua sin destino en el vino de la alegría, en el vino de la vida que no se apaga, abundante vino bueno para todos los presentes y para toda la humanidad de todos los tiempos.

Nosotros somos esas tinajas de piedra, con nuestras posibilidades -escasas a veces, numerosas otras- como agua simple, que se transforma en el vino santo de la vida plena, vino de misericordia que sólo Cristo puede transformar en las honduras de nuestras almas, vino de alegría, de compasión, de misericordia y de justicia, vino que se escancia con los demás en la celebración cotidiana que se reafirma haciendo lo que Él nos diga, haciendo presente la vivencia de su Palabra.

Que la Madre del Señor le hable siempre de todos nosotros, para que no se nos adormezca la fé ni se nos apague la esperanza.

Paz y Bien



Es Cristo que pasa



Para el día de hoy (16/01/16): 

Evangelio según San Marcos 2, 13-17





Dentro de la sociedad judía del siglo I, los publicanos estaban ubicados en un estrato complicado: siendo judíos, recaudaban impuestos para el ocupante imperial romano, para el invasor, para el opresor. Ello implicaba, claro está, una indignidad insoportable, un publicano es ante todo un infame traidor; pero además, para las rigurosas leyes de pureza ritual, su contacto habitual con extranjeros -y con el dinero foráneo- lo volvía un impuro absoluto, con lo cual el publicano estaba segregado de toda vida social, comunitaria y religiosa.
Pero eso no era todo. Algunos publicanos se aprovechaban de la autoridad delegada que detentaban, y mediante prácticas extorsivas, abusaban de su poder en desmedro de sus propios paisanos, lo que les valía un odio generalizado de sus compatriotas, y una vida limitada a sus pares, a otros publicanos. La conciencia general los ubicaba un escalón moral por debajo de las prostitutas.

Jesús de Nazareth ha salido a los caminos, a los pueblos y ciudades a proclamar la Buena Noticia. Las gentes acuden a Él como una marea constante.
Sin embargo, Cristo no se deja atrapar por ciertas mieles del éxito, ni permite que algunos se apropie de su persona. Él, que es camino, verdad y vida, sabe como nadie que hay que moverse, salir de sí mismo, esencia del amor de Dios que sale al encuentro de la humanidad.

Es Cristo que pasa por la orilla, el Salvador que pasa por la existencia, en lo cotidiano, porque de Dios son todas las primacías, la iniciativa redentora que todo lo transforma.
El Cristo que pasa sabe mirar y ver en las honduras de los corazones. Sabe quién es y qué hace Leví, cual es la realidad de su presente pero más aún, tiene una mirada creadora para comprender que puede haber un futuro distinto, nuevo y santo en su compañía.

Para Cristo no influirán los antecedentes de Leví, sino la misericordia de Dios que se expresa en una invitación asombrosa a seguirle, a dejar las mesas en donde se tributa la muerte y la corrupción.
Luego habrá mesas, mesas fraternas de gratitud, eucaristías por ese Cristo que tanto bien ha hecho, aunque almas mezquinas se deshagan en críticas furibundas, pues presuponen que nadie puede cambiar, que todo está escrito y es definitivo, que rechazan a un Mesías que ha venido a buscar a los extraviados, a sanar a los enfermos, a congregar a los dispersos en la mejor de las noticias, el amor que Dios nos tiene.

Paz y Bien


Perdón gratuito




Para el día de hoy (15/01/16): 

Evangelio según San Marcos 2, 1-12




En su ministerio, el Maestro ha recorrido caminos, pueblos y ciudades de Galilea sanando enfermos, recibiendo excluidos y afligidos, anunciando la Buena Noticia. Su fama se ha diseminado rápidamente por todas partes, y a su regreso a Cafarnaúm, a la vivienda familiar de Andrés y Pedro que era también su hogar temporal, las multitudes se reunen dentro de la casa y alrededor de ella, cada uno con sus ansias y deseos, pero con el principio que todo lo vincula y unifica, el Cristo presente allí mismo.
Aún así, esa fama también tiene otro cariz intranquilizante: entre las gentes se entremezclan escribas de la corriente farisea, inspectores puntillosos de la ortodoxia, celosos defensores de la religiosidad oficial.
El contraste es inequívoco, simbólico, entre el esfuerzo solidario de esos hombres que portan al paralítico, que abren un boquete en el techo, que bajan al enfermo delante del Maestro y los escribas, espectadores pasivos a los que parece no importarle nada más que su enjundia judicial, su quietud en tren de magisterio.

Es menester tener presente que los escribas y los fariseos eran hombres profundamente religiosos, religiosos profesionales y celosos defensores de su Dios. Allí comienzan los problemas: no hay que preocuparse por lo que somos capaces de hacer por Dios -¿acaso algo podemos hacer, mínimos como somos?- sino más bien descubrir todo hace por nosotros. Pero la piedad acendrada de esos escribas se nublaba, pues inferían una fé acotada a unos pocos puros, un Dios inaccesible del que sólo ellos podían ser los portavoces autorizados. La enseñanza de Jesús de Nazareth los ponía nerviosos, los sacaba de eje, los enojaba. Su poder, su dominio sobre el pueblo inevitablemente se encontraría en entredicho, pues ese humilde rabbí galileo hablaba de un Dios de amor que se brindaba a todos sin condiciones. Allí, en esa casa de Cafarnaúm, se desataría abiertamente un conflicto que iría in crescendo y que desembocaría en la Pasión del Señor en la cruz.   

Hemos de observar detenidamente al enfermo: nada dice, se halla completamente postrado, inmóvil. Es su dolencia que le impide moverse, es una religiosidad que doblega almas mediante el miedo, los castigos pretendidamente divinos, la resignación rente a las enfermedades consideradas como justa retribución por los pecados cometidos. Más aún, en todo depende de otros.

A veces, cuando la fé y la esperanza del hermano se derrumban, hay que ponerse al hombro la existencia del herido de la vida. Y si hay recintos que se cierran, por los motivos que fueran, abrir mansamente boquetes en los techos. No importa tanto el cómo, sino el llegar a la presencia de ese Cristo que no es de nadie porque es servidor de todos.

Cristo de nuestros asombros. Cuando todos esperaban quizás una acción de taumaturgia, Él ofrece al hombre postrado un perdón gratuito, incondicional, infinitamente generoso, un perdón que restaura y levanta, un perdón que sana y salva. Una humanidad recuperada, un hombre en pié sin menoscabos. Y por sobre todo, ese hombre de pié que camilla en mano vuelve, nuevo, con los suyos, como signo cierto de la eficacia del perdón de Cristo que es el perdón de Dios.

Los escribas parecen descontrolarse en el fondo de su alma. Sólo Dios puede perdonar a través de ellos y de sus complejos ritos. No ese galileo alborotador, que ellos entienden que comete un delito mayor y capital, la blasfemia.

Pero el pueblo lo reconoce y se admira. Y hay que volver esperanzados a casa, a lo cotidiano, allí en donde la vida transcurre y se decide día a día, con esta bendición que nos hace nuevos, mujeres y hombres re-creados a pura bondad de Dios.

Paz y Bien
 

Lepra y ruptura




Para el día de hoy (14/01/16): 

Evangelio según San Marcos 1, 40-45




En en siglo I, padecer lepra implicaba un panorama horroroso pues el enfermo quedaba totalmente segregado y aislado de la vida familiar, comunitaria y religiosa. 
Sin los avances médicos del presente, el mal de Hansen -degenerativo, implacable- carcomía los cuerpos deformándolos hasta lo irreconocible, y lógicamente producía un gran temor por la virulencia del contagio. Pero a la cuestión sanitaria debía añadírsele el aspecto religioso: para la religiosidad imperante, la lepra era la peor de las impurezas, en la teología que comprendía las dolencias como castigos por los pecados propios o de los padres, y así el leproso debía vivir lejos de cualquier asentamiento humano, en soledad o a lo sumo con otros leprosos, vestirse con harapos y declamar a los gritos su condición de impuro para evitar el doble contagio de otras personas: la enfermedad y la impureza ritual, ambas altamente contagiosas.

Seguramente la escena que nos brinda el Evangelista Marcos se sitúe en las afueras de alguna ciudad, por las razones que se exponen en el párrafo anterior, pero además el Maestro no quiso quedarse atrapado en vanos éxitos en Cafarnaúm, impulsando a los suyos a anunciar la Buena Noticia por todas partes.
Sin embargo, hay en el leproso una fantástica osadía y una confianza que estremece; cualquier leproso mostraría los síntomas propios de los excluidos que se han resignado a su condición, aceptando sus miserias sin rechistar, doblegando la voluntad a lo que se le impone. Pero este hombre no abdica en su esperanza, lo moviliza la confianza en ese joven rabbí galileo que pasa por el camino, un camino que es su misma existencia, y que no lo rechaza ni espanta.

Las cadenas impuestas perduran, y por eso el leproso suplica ser purificado si es la voluntad del Cristo. Además de las llagas de su piel, lo doblegan las llagas de su alma.
El Maestro se conmueve, y será esa compasión la que signará y definirá todo su ministerio, signo cierto del Padre: por eso extiende su mano y no vacila en tocarlo, purificándolo de la enfermedad que sufre su cuerpo, liberando su corazón del durísimo gravamen que le han impuesto.

Las acciones de Cristo son actos de ruptura con cierto orden inhumano que se establece y se acepta. Pero por sobre todo, son canales perfectos del amor de Dios que descubre a cada instante en su interior, y que sabe es la esencia de la Buena Noticia.

El silencio que trata de imponer a ese hombre nuevamente sano y pleno se debe a los tiempos de los corazones. Aún no han madurado para reconocer la extraña gloria del Salvador.
Pero para ese hombre se ha descubierto el rostro amable del Mesías, que es el mismo rostro bondadoso de un Dios que sana y salva.

Habrá pues que preguntarse qué cosas nos conmueven, cuales nos movilizan, y si con mansedumbre y humildad estamos dispuestos a propiciar santas rupturas con todo aquello que degrade la condición humana.

Paz y Bien

Un nuevo tiempo desde el servicio




Para el día de hoy (13/01/16): 

Evangelio según San Marcos 1, 29-39




El Evangelista Marcos nos brinda una transición que vá desde los ritos del Shabbat en la sinagoga local hasta el hogar familiar de Pedro y Andrés en Cafarnaúm. Considerando lo que sucederá, el ambiente es extrañamente secular.
Ess transición a la que sutilmente nos introduce el Evangelista teológicamente implica un éxodo fundamental: a Dios no se lo encontrará en los templos o en sitios específicos, sino en la persona de Jesús de Nazareth, Cristo y Señor.

Él no se comportaba como usualmente lo haría un rabbí: jamás un rabbí se dirigiría a una mujer que no fuera de su familia inmediata, ni permitiría ser servido por una mujer. Pero especialmente, ni en sueños tocaría la mano de una mujer enferma; las rígidas normas de pureza ritual se lo impedirían, pues toda enfermedad implicaba un grado de impureza a evitarse a toda costa, y porque la mujer se encontraba varios escalones jurídicos y religiosos por debajo del varón.

Todo parece invertirse: se trata de la suegra de Pedro, de donde se puede inferir que es una mujer que ha vivido una buena cantidad de años aunque no sea anciana, una mujer con la vida hecha pero postrada, demolida por las fiebres que la consumen. Volvemos a lo expresado anteriormente, en el ámbito del hogar y la familia suceden milagros, pues la familia es imagen de un Dios que es amor, en el hogar suceden revelaciones, en el hogar acontece el Reino, porque la Iglesia que Cristo edifica es familia y es hogar creciente.

En ese ámbito, el Maestro -sin demoras- acude en auxilio de esa mujer que mucho más no podía esperar, por sus dolencias pero más por ciertas costumbres instauradas que hacen descender en condición humana.
La secuencia de la acción de Cristo se nutre de gestos de ternura, signo cierto de la bondad de un Dios que se acerca, que restaura, que levanta al caído.
Y esa ternura habla de fraternidad, de hermana, de que la pureza pasa por lo que ocupa el corazón y no por lo que viene de fuera como la enfermedad. Pero por sobre todo, que el amor de Dios es amor que libera, que sana, que salva de los oprobios que han condenado a la soledad y a la postración de su alma a esa dama mayor.

La respuesta es asombrosa: ella se pone de pié e inmediatamente se pone a servirles, y ese servicio no se acota a una tarea pretendidamente femenina de mesa y platos, ese servicio es diaconía, el signo del Reino aquí y ahora, la expresión de gratitud por el paso salvador de Dios por la existencia. Porque la liberación es el paso de la servidumbre al servicio.

Al atarceder parece brotar de las piedras las gentes que llevan a la presencia de Cristo a sus seres queridos enfermos. Ese atardecer no es casual, pues implica el final del Shabbat y la finalización de las restricciones de movimiento que imponían las normas, el hombre esclavo del sábado y no el sábado para el hombre, al servicio del encuentro con Dios.
Nadie que acude confiado a Cristo quedará defraudado. Pero el Maestro no se aferra a los éxitos aparentes, o a una fama creciente que quiere entronizarlo, y por ello, en medio de las mieles de los sucesos se retira a orar al desierto, en sintonía perpetua con el Padre.

Pedro y los otros salen en su búsqueda, quizás por celos y por apropiarse de lo que no les pertenece. Pero el Evangelio es Buena Noticia que no se acota a hechos puntuales ni a grupos específicos, es la novedad del amor de Dios que debe llegar a todos los pueblos, misión de Cristo, servicio de la Iglesia.

Paz y Bien
 

 

Una enseñanza nueva, una cuestión de autoridad




Para el día de hoy (12/01/16): 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28




Todo varón judío tenía el derecho de leer un pasaje de las Escrituras y comentarlo según su leal saber y entender, aún cuando no tuviera una formación académica, a diferencia de los escribas, los que predicaban cuestiones referentes a la Torah a partir de los comentarios de maestros -rabinos- acreditados, y en numerosas ocasiones se utilizaba los análisis de reputados estudiosos respecto a comentaristas precedentes. Es decir, el comentario del comentario, con claras referencias autorales, más nunca arriesgarían, por ello mismo, una opinión personal, surgida de sus vivencias más profundas.

Pero la erudición no implica necesariamente sabiduría. 

Un sábado, en la celebración comunitaria del Shabbat sinagogal, Jesús de Nazareth hace uso de ese derecho respecto de la Escritura, y desde allí comienza a enseñar. Los asistentes estaban asombrados y estupefactos: Jesús no ostenta ningún pergamino académico -es galileo, hijo de carpintero-, y sin embargo habla con una autoridad muy distinta de la que esgrimen los escribas.
Los escribas argumentan a partir de los profusos estudios de reputados maestros, mientras que el Maestro habla de lo que vive hasta sus huesos, su vivencia plena de Dios Padre. En Él cobran sentido y plenitud la Ley y los profetas.

El endemoniado en medio del Shabbat probablemente sea una construcción simbólica: la realidad es que las rígidas normas de pureza ritual hubieran impedido la presencia de cualquier enfermo en la congregación -tal es el significado de la palabra sinagoga-. Quizás responda a una religiosidad enferma, a corazones desviados y poseídos por la imagen difusa y caricaturizada de un Dios violentamente exigente, rápido para los castigos y totalmente lejano del pueblo, un dios que nada tiene que ver con el Padre de Jesús.
Una religiosidad así oprime los corazones de los pequeños, doblega las almas, y de allí la queja airada de los demonios: la presencia del Señor desaloja todo mal, libera los cuerpos, las mentes, las almas. No hay abstracciones ni buenas intenciones pretendidas, sino hechos concretos en Cristo, hechos de humanidad restituída, en camino hacia la plenitud.
La presencia del Señor aleja todos los demonios de la opresión.

Hay allí cierta adulación zalamera más que un reconocimiento veraz: el tiempo de la revelación como Mesías debe ser el tiempo propicio, de fruta madura, y no el instante decidido por quienes hacen daño. Por eso esos demonios deben callar, pues han hablado demasiado durante demasiado tiempo. Es menester hacer silencio, volver a amigarse con un Dios que fructifica corazones en las honduras de un silencio en donde crece humilde el germen de la Palabra.

La enseñanza de Jesús de Nazareth entonces es enseñanza nueva no por adecuarse a secuencias cronológicas, sino por una novedad escatológica: se ha cumplido el tiempo santo de Dios y el hombre, la grata novedad de un Dios que asume la condición humana para restaurarla y salvarla.
En esa novedad, la autoridad de Cristo es basal desde su concepto primordial, augere, hacer crecer. El Maestro no utiliza el poder para aplastar, silenciar, oprimir, sino para hacer crecer, como santo viñador cosas nuevas, el vino nuevo de la Gracia.

Paz y Bien


Redes de humanidad



Para el día de hoy (11/01/16): 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20



El arresto de Juan el Bautista parece ser un detonante del ministerio de Jesús de Nazareth: cuando Juan es detenido, el Maestro se dirige a Galilea y allí comienza a proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios.
Hay una continuidad entre ambos, en Juan la voz de la Antigua Alianza que llega a su fin, que ha cumplido su cometido, su misión. En Cristo, se inaugura la plenitud de los tiempos.

Aún así, es imposible soslayar una cuestión por demás evidente: en cierta forma, el ministerio del Señor transcurrirá entre dos injusticias, entre dos hechos de violencia, entre dos testimonios plenos de fidelidad, el arresto y la ejecución del Bautista y la Pasión del Señor.

Pero hay más, siempre hay más, y es menester no quedarse en la superficie, en la pura letra. El tiempo se ha cumplido es la aseveración determinante, fundante de todo lo que comienza y de todo lo que vendrá: contra el tiempo sucesivo, cronológico, el devenir contiguo -chronos-, surge kairós, el tiempo propicio, exacto por la maduración de la historia, tiempo santo de Dios y el hombre. Una espera de siglos ha concluido, el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que puede tocarse con el corazón.
Ese Reino no es un nuevo orden jurídico, político, social o religioso, no es una alternativa a lo existente: el Reino es la vida de Dios entre los hombres, que no se procura ni se adquiere por rituales o méritos, sino que es don absoluto de amor de ese Dios que nada reserva para sí.

Y el Reino es la mejor de las noticias, pues es la vida plena, la felicidad de sabernos hijas e hijos sin merecimientos, por puro afecto y ternura insondables.
La vida de Dios en la propia existencia, por lo tanto, implica un cambio profundo que llamamos conversión, converger desde las mismas raíces hacia la voluntad de Dios, converger hacia Dios y hacia el hermano.

Hay mucho por hacer y la tarea es enorme; sin embargo, no se trata de una suma de individualidades, sino de que germine una comunidad. Por ello el Maestro convoca, de dos en dos, a hermanos de sangre para que sean hermanos en la fé, vínculos santos e indisolubles sostenidos por el Espíritu. 

La convocatoria acontece allí en donde las mujeres y los hombres discurren en su cotidianeidad, en sus oficios, en las cosas de todos los días.
Los pescadores galileos, expertos en su oficio en el mar de Galilea, son ahora invitados a perfeccionarse a otro nivel, tendiendo redes de humanidad para que la vida prevalezca y se eleve hacia los atrios del Altísimo.

Paz y Bien

Hijos de Dios, herederos de la esperanza




El Bautismo del Señor

Para el día de hoy (10/01/16): 

Evangelio según San Lucas 3, 15-16. 21-22




La integridad y la veracidad profética que emanaba de la persona de Juan el Bautista suscitaba emociones encontradas entre el pueblo, agobiado de opresión y sin expectativas a la vista. Él era un profeta, voz de Dios en el desierto, pero muchos creían -querían, mas bien- ver en él al Mesías ansiado, el que restauraría al antiguo y esplendoroso reino de Israel.

El propio Bautista se ocupa de despejar cualquier error: él sólo es la voz, el mensajero que anuncia a Aquél que ha de venir y que ya está entre las gentes, aunque no le conozcan. Por ello impulsa al bautismo allí, a orillas del Jordán, un bautismo de carácter ritual que quiere purificar corazones y reconciliar las almas con Dios, allanando los caminos para el que ha de venir. 

La multitud que concurre es nutrida: hay mucho de temor a un castigo de Dios por los pecados. La fila es larga, y se trata de gentes sobrecargadas de culpas que buscan purificarse: no están en esa hilera los doctos, los sabios, los sacerdotes, sólo los pecadores.
La escena emociona: como uno más, entre ese mar de personas culposas, se encuentra Él, Jesús de Nazareth, que camina en silencio. Justamente Él, el que viene a purificar al mundo con el Espíritu concurre a ser bautizado en las aguas del Jordán.
Es la solidaridad de un Dios que asume la totalidad de la existencia humana menos el pecado.

La clave nos la brinda el mismo Evangelista: al momento de ser bautizado, Jesús se encontraba en oración. Ello es señal de la trascendencia del momento, del vínculo indisoluble con el Padre.
El Espíritu que desciende sobre Cristo como una paloma y la voz del Padre es una teofanía que nos reviste de esperanza.

Allí está el Mesías, el Salvador, el Hijo Amado.
Los cielos -cerrados por el pecado y el dolor- se han abierto para siempre, y por ese Hijo todos nos descubrimos hijos amados de ese Dios que es Padre por siempre, conciencia plena del amor de Dios, trascendencia de la condición humana, herencia infinita de bondadosa esperanza.

Paz y Bien

El buen viento en contra




Para el día de hoy (09/01/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 45-52




La multitud ha quedado saciada, del pan del sustento y del Pan de Vida, la Palabra de Cristo. Es hora de ponerse en marcha y no aferrarse a lo que ha salido bien, pues los parámetros éxitos/fracasos no deben condicionar el anuncio de la Buena Noticia. Y allí había un germen de restauración de Israel, de coronar rey a Jesús de Nazareth, de desviar erróneamente la mirada del signo ofrecido, el amor de Dios.

Por eso llama poderosamente la atención que el Maestro obligue a los suyos a que se suban a la barca y naveguen hacia la otra orilla, a Betsaida. Hay una señal allí, y es que los discípulos hubieran preferido quedarse entre esa multitud exultante, ejerciendo cierto tipo de tutela o gobierno. Además, Betsaida se encuentra en la zona de la Decápolis, es decir, en tierra extranjera, tierra pagana, y es indicativo de la universalidad de la misión. La Buena Noticia no se acota a Israel, la luz del Evangelio ha de llegar a todas las naciones, y abandonar en el pasado ciertas categorías de una religiosidad que oprime.

La contraposición es evidente: el Maestro orando en el monte, en soledad. Los discípulos en la barca, remando penosamente sin avances. El viento en contra está antes en sus corazones y en sus mentes que en el clima que impera en el mar de Galilea. El viento en contra es su disgusto por ir a tierras paganas, el viento en contra es seguir aferrados a los viejos esquemas en donde no hay lugar para la Buena Noticia.
Como un nuevo Moisés, el Maestro los ha conminado a emprender un nuevo éxodo, pero ese éxodo parece haber quedado suspendido, entre paréntesis, expresado en esa barca que no se mueve por más que se esfuercen.

El Maestro entonces se dirige hacia ellos, caminando por sobre las aguas, símbolo de los pasos divinos por sobre el dorso del mar, un Cristo que se acerca a la barca de la Iglesia cuando ella se estanca en sus enredos orgullosos y torpes, en sus soberbias infidelidades.
Él parece que pasa de largo, como Dios pasa de largo por sobre el pueblo infiel en el desierto. Es un hombre íntegro -totalmente hombre, ellos lo conocen- pero ahora se revela como totalmente Dios, y por ello, por esos criterios vanos, creen ver a un fantasma, porque ese Dios no encaja en el molde de sus esquemas, una imagen que es más una caricatura que un retrato fiel del Dios que los ama sin desmayos.

Con todo y a pesar de todo, no hay recriminaciones. Palabras de paz, palabras de aliento son la bendición que ese Maestro, que es su Señor pero también es su hermano y es su amigo, les brinda. Con Cristo a bordo, el viento en contra cede indefectiblemente.

Tal vez -sólo tal vez- sea menester desear que nos sobrevengan esas dificultades, esos buenos vientos en contra. Darnos cuenta que no vamos a ninguna parte sin el Maestro. Y por sobre todas las cosas, que Él jamás nos dejará varados, librados a nuestra suerte, presos de nuestros fantasmas.

Paz y Bien
 

El nuevo Moisés. el verdadero maná




Para el día de hoy (08/01/16): 

Evangelio según San Marcos 6, 34-44




Como continuador de la memoria viva de su pueblo, el Evangelista Marcos nos presenta a Jesús de Nazareth como el nuevo Moisés.
Al igual que el viejo caudillo de Israel, la preocupación es similar y es no dejar al pueblo librado a su suerte, buscando afanosamente un sucesor que lo conduzca a los buenos pastos de la libertad en la Tierra Prometida. Porque Moisés, sabemos, no llegará.
Cristo, nuevo Moisés -Moisés definitivo- profundamente enamorado y comprometido con su pueblo hasta los huesos, los llevará hasta los pastos definitivos de la Gracia y los alimentará con el verdadero maná, su Palabra, que permanece y no perece, que conduce a la eternidad, que sostiene los corazones.

Varias serán las escenas de multiplicación de panes que nos brindan los Evangelistas: en el ejemplo de hoy, nos encontramos en tierras judías, y el indicio serán las doce canastas sobrantes, símbolo de las doce tribus iniciales.

Cuando superamos lo episódico y nos sumergimos en los distintos niveles de profundidad que nos ofrece la Palabra, podremos advertir varias cuestiones. En primer lugar, que el Maestro nunca realiza signos en sentido exhibicionista, ostentoso o milagrero: su intención es revelar la trascendente verdad de un Dios que se acerca al hombre, de un Reino que está aquí y ahora. 
En segundo lugar, esa multitud que está allí con Él significativamente no pide alimentarse; al lado del Señor, y aunque pasen muchas horas, el tiempo parece no discurrir. Esas gentes se siguen alimentando de su Palabra, verdadero maná.
En tercer lugar, quizás los que en verdad estén hambrientos de verdad por no haber sabido mirar y ver, abrir sus ojos a la realidad del Reino, son los discípulos. Ellos pretenden aparecer como propietarios exclusivos de las enseñanzas del Maestro, y por ello quieren que finalice de una buena vez la docencia, y que ese Cristo vuelva a ser sólo de ellos: hay que despedir a la gente, y son sólo ellos los que se preocupan por la comida, atados a los limitados esquemas de la razón, plenos de excusas a la hora de los problemas.

En el tiempo nuevo del Reino, será la compasión -amor de Dios encarnado- el motor que transforma la historia. Serán entonces los discípulos los que deberán involucrarse, como levadura en la masa, diáconos sin resignaciones servidores del pueblo, apóstoles de la misericordia y la Eucaristía.

Quedarán doce canastas, porque el banquete no se limita a esa multitud allí reunida. Las doce canastas refieren al misterio bondadoso de la Divina Providencia, de los que aún no han llegado y que -sin dudas- un día llegarán, pan siempre abundantes para todo el pueblo, para todas las naciones.

Paz y Bien
 

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