Esperanzas trinitarias


 Santísima Trinidad

Para el día de hoy (31/05/15):  

Evangelio según San Mateo 28, 16-20



En los acotados planos de la razón humana, todo lo que pueda inferirse y declamarse acerca de cómo es Dios es una tarea vana, que mantiene una abismal distancia de su realidad infinita. Más aún, en cierto modo esos esfuerzos descriptivos son a su vez una claudicación en el asombro frente al insondable misterio de Dios.
Ante la inmensidad del Dios del universo nos descubrimos así muy pequeños, acotadísimos y mudos sin vocablos suficientes.
Pero Dios se hace Palabra para que recuperemos el habla, Verbo que se encarna y se nos hermana, Dios con nosotros, Cristo de nuestra salvación que desde las cosas cotidianas nos revela un misterio de amor constante y perpetuo que es la esencia de ese Dios que se comunica, que nos busca, que se entrega y se deja encontrar sin tener necesidad alguna, a puro impulso de amor entrañable que sustenta la vida humana y el universo.

Andando en tinieblas, en mundos estrechos de dolor y miseria, mundos en donde impera la des-gracia, vino Alguien a decirnos que otra vida muy distinta puede edificarse, que es posible romper la dura corteza del egoísmo y perforar el techo bajo de la tristeza y la soledad. Que la justicia será como un rocío bienhechor que nos despierte en mañanas nuevas. Que la misericordia y el perdón transforman la historia. Que el verdadero poder es servicio. Que la muerte no tiene la última palabra.

Que Dios es familia, familia creciente a la que toda la humanidad está invitada. Que no estamos solos. Que la alegría de ser hijos permanece sin desvanecerse. Que es bueno y necesario reencontrarnos en mesas grandes de concordia y fraternidad.

Que todo se renueva porque Dios es Padre dador de vida, Hijo que nos rescata, Espíritu que nos alienta y sostiene.

Que un nuevo tiempo definitivo comienza y que todo es posible en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Paz y Bien

Cuando no se quiere escuchar



Para el día de hoy (30/05/15):  

Evangelio según San Marcos 11, 27-33




Por sobre la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy sobrevuela una cuestión de legitimidad que, a su vez, es una cuestión de poder. Por ello, el síntoma que se discutirá es el de la autoridad de los jefes religiosos de Israel y de Jesús de Nazareth.

Esos hombres estaban acostumbrados a ejercer un poder que sólo estaba limitado por el ocupante romano, de tal modo que su efecto sobre la vida de la nación era casi omnímodo, incuestionable y que, a su vez, exigía obediencia total, sin rechistar. Ejercicio de rótulos y prebendas, estatus de títulos ante los que los demás debían inevitablemente en señal de respeto y sumisión.
Así entonces su autoridad se equipara al concepto de potestas, la facultad legal para hacer cumplir, aunque sea mediante la fuerza, sus decisiones.

En cambio, para el Maestro la cuestión es bien distinta. Esos hombres se mueven sólo en su estrecho horizonte y de allí que cuestionen su autoridad, pues el pueblo le sigue y se asombra con gratitud.
Cristo ejerce autoridad en el sentido primigenio del término: autoridad o auctoritas proviene del término augere, que significa aumentar, hacer crecer. No impone ni dirige como un rey guerrero, sino que señala futuro y destino desde el amor y el servicio, como un esclavo.

Eso los descoloca, los vuelve torpes, los preocupa sobremanera. Ese rabbí galileo no se parece en nada a lo que habitualmente conoce, y sin embargo es tan común... Hijo de carpintero, pobre -se le notan sus raíces en su tonada galilea-, que se larga a los caminos rodeado de gentes sencillas, que hace el bien, que tiene especial dedicación para con los enfermos y para todos aquellos que suelen considerarse irrecuperables.

Son hombres poderosos que temen perder ese poder o, mejor dicho, lo que legitima ese poder sin entender del todo cual es la raíz de la amenaza, y por ello cuestionan a Jesús cual es el origen de esa autoridad que ejerce tan naturalmente como su respirar.

Nunca entenderán el infinito valor de los pequeños gestos de bondad y de las acciones bienhechoras que se realizan en silencio, no aceptarán a un Dios que ama y que es Padre, tan cercano y tan incondicional.

Ellos oyen muchas cosas, pero ni modo. Su gran problema es que no quieren escuchar, y así, aunque lo evidente de la verdad destelle ante sus ojos, permanecerán absortos en su ceguera.

Paz y Bien


Nuestras higueras



Para el día de hoy (29/05/15):  

Evangelio según San Marcos 11, 11-25




Una primera vista de la lectura nos ofrece la imagen de un Cristo movedizo, que no se detiene. Llega a Jerusalem, ingresa y enseña en el Templo, sale de la Ciudad Santa y se encamina a Betania, y luego, sale de la pequeña ciudad de donde eran sus amigos Lázaro, María y Marta.

Así este Cristo inquieto parece que a veces se ha ido, pero siempre lo reencontramos caminando. Él mismo se hace camino para nuestros pasos perdidos, y su andar incansable es signo cierto de un Dios que nos busca por todas partes y en toda ocasión. Es menester dejarse encontrar.

Hay un comienzo, un indicio de principio cuando el Maestro siente hambre: es una señal entrañable de su plena humanidad compartida con todos, pero simboliza sus ansias de justicia y su celo por el Reino. 
Por allí hay una higuera, y quizás, aunque no sea temporada, haya algunas brevas, algunos frutos para ese hambre raigal. Pero sólo ramas frondosas, y hojas abundantes esconden la nada misma, la esterilidad de una apariencia fútil. 

Así también hay higueras rutilantes, hermosas de lejos, de hojas vistosas, pero sin destino pues lo que cuenta -los frutos- hace rato se han desarraigado de su destino, y ésa, precisamente, es una maldición.

El Templo de Jerusalem también es, a su modo, otra higuera estéril. Es hermoso, apabullante en su tamaño, visitado por multitudes. Los rituales son precisos, los sacrificios seguidos al dedillo según la ley de Moisés. Pero allí el corazón está ausente, y los sacerdotes insisten en liturgias que procuran obtener los favores divinos.
Misericordia quiero, que no sacrificios, dice el Señor. El Templo ha olvidado a Dios, ha dejado de ser una casa de oración para devenir en un reducto comercial donde todo se compra y se vende. Por eso es una cueva de ladrones, porque se pretende comercializar lo que Dios ofrece a puro amor, sin condiciones.
Esa higuera estéril será abandonada, pues ahora el Templo es Cristo, y con Él cada hombre y cada mujer tornan en recintos sagrados, templos vivos del Dios de la Vida.

La higuera estéril puede ser nuestra existencia. No hay frutos sin comunidad, no hay frutos cuando rechazamos el amor incondicional de Dios, no hay frutos cuando oímos pero no escuchamos su Palabra.

Hasta que acontece el milagro de la fé, don y misterio, tiempo santo de Dios y el hombre. Allí se inaugura el tiempo de los milagros, de las montañas que se mueven sin dificultad, el tiempo de la confianza ilimitada que Dios ha puesto en nosotros, el tiempo de los hijos frutales.

Paz y Bien

Bartimeo y los que no se callan



Para el día de hoy (28/05/15):  

Evangelio según San Marcos 10, 46-52




Jericó no se encuentra demasiado lejos de Jerusalem, a tan sólo 30 km, y aún en el siglo I, esa distancia la convierte en casi un suburbio jerosolimitano.
Ese estar a las puertas de la Ciudad Santa también tiene su aspecto simbólico, y es que nos ubicamos espiritualmente a las puertas de la Pasión. Aquí, usualmente correspondería decir que la suerte está echada; sin embargo, hay mucho más -siempre hay más- pues la Pasión de Cristo es, ante todo y por sobre todo, fruto primordial de la decisión de Cristo de ofrendar su vida en rescate por toda la humanidad, y esta decisión es de carácter absoluto, libérrimo, pura obediencia y amor a su Padre. Es Cristo quien decide y no hay nada de azaroso, ni tampoco será determinante la acción de sus enemigos. Sólo Él y ante todo Él.

Sutilmente, el Evangelista Marcos nos acerca un nombre, Bartimeo. En todo su Evangelio sólo dos nombres son especialmente recordados como personas receptoras de milagros, del paso del amor de Dios por sus vidas: ellos son Jairo y, precisamente, Bartimeo.
El nombre es extraño, pues combina el patronímico arameo con un nombre helénico, que tal vez signifique hijo de Timeo, o sea, hijo del honor o hijo honorable. La contraposición es evidente: el nombre contradice la situación actual de Bartimeo, encerrado en un mundo de sombras que se acota al manto en donde se ubica a la vera de la ruta, dependiendo de las limosnas de otros para apenas sobrevivir. A la vez, porta el sambenito cruel de que su enfermedad se produce a causa de pretéritos pecados propios o de los padres, por lo que su ceguera lo transforma en un impuro ritual.

Su discurrir a la vera de la ruta es una existencia a la vera de la vida misma, un sobrevivir apenas que se agrava por la actitud de los demás. La gente que vá y viene se ha acostumbrado a esa presencia espectral, como solemos acostumbrarnos al dolor ajeno, acomodando psiquis y morigerando ciertas culpas que nada cambian, que todo dejan igual, sin brindar una siquiera una mano solidaria.

Al paso del Cristo caminante, se despiertan las esperanzas adormecidas. La escena es entrañable: Bartimeo clama el auxilio y la misericordia de Jesús mientras es tratado de silenciar por aquellos que lo tienen como predestinado a su situación, y en la medida en que aumenta la intención reprensiva, aumenta en intensidad el clamor de Bartimeo. Hay voces que no pueden ni deben callarse, nunca.
Su ceguera es física, pero comparte con los que pretenden acallarlo otra ceguera de índole espiritual, y es no reconocer en Jesús de Nazareth al Salvador, Aquél que sólo por su Gracia puede conferir un real sentido a su existencia.

Cuando Cristo convoca, es difícil permanecer indiferente a eso que llamamos vocación, de quien es camino, es verdad y es vida.
El abandono del manto es dejar atrás ciertas seguridades menores para sumergirse en el mar sin orillas del Evangelio, navegando con confianza en la barca de la fé.

Por eso Bartimeo recupera la luz en sus ojos y en su alma, por eso Bartimeo lo sigue por el camino con una vida nueva, la de discípulo, la de quien ha sido restablecido en su humanidad como hombre libre y pleno.

A nosotros, peregrinos de esta vida, nos queda también suplicar el poder volver a mirar y ver. Y bajo ningún punto de vista, acallar las voces de los que sufren.

Paz y Bien


El valor del rescate



Para el día de hoy (27/05/15):  

Evangelio según San Marcos 10, 32-45



Este texto que hoy nos ofrece la liturgia tiene un distingo muy particular, y es que entre los cuatro Evangelios, es el único en donde clara y abiertamente se presenta la misión de Jesús de Nazareth como un rescate.
Cuando mencionamos o utilizamos el término, rescate nos remite -en este siglo XXI- a lo que debe pagarse o darse en pago por la liberación de un cautivo, por lo general la conclusión de un secuestro extorsivo que se realiza precisamente con ese fin, el de obtener un beneficio monetario. También, a una distancia ética extensa, puede nombrarse al precio a pagar para recuperar un objeto valioso o querido que permanece enajenado en una casa de empeños.

Más allá de todo ello y en un sentido primordial, rescate es algo valioso ofrecido para recuperar lo que se encuentra perdido o cautivo, y muy cercano a los afectos.
Sin embargo, a través de la historia y aunque se hayan tenido que pagar diversos tipos de rescates, la humanidad sabe y conoce que hay un rescate imposible de pagar, y es el rescate del abrazo cerrado y aplastante de la muerte. 
Frente a ello, no hay valor suficiente que cubra el pago.   
Frente a ello, es el propio Dios que anuncia que los imposibles sólo requieren un poco más de esfuerzo, y mucha confianza y esperanza. Lo que parecía imposible de franquear, se abre desde una nueva perspectiva.

Dios mismo se pone como rescate.
Es su Hijo Jesucristo quien pagará con su vida, voluntaria y libremente ofrecida, el valor del rescate de toda la humanidad cautiva, de buenos y malos, justos y pecadores, rescate de la muerte al precio infinito de su sangre derramada.

Los discípulos no entienden. Siguen encerrados en lógicas mundanas de poder y de dominio, de glorias vanas, en donde no hay lugar para derrotas y debilidad, y en donde por ello siempre campea la opresión y el subyugar a los pueblos, pues todo ello es la contracara de un mismo pensamiento que, a menudo, se asoma como distinto.
El pedido de los hijos de Zebedeo se ubica en esa ratio; aún así, no saben lo que piden, pues el Hijo del Hombre es servidor de todos, Aquél que se ubica amorosamente último en diáfana solidaridad para que, a su vez, los que están en los fondos totales den un paso adelante hacia la vida plena.

Hay una escena allí que debe imaginarse desde esas mismas cuestiones: la indignación de los otros discípulos quizás -solo quizás- no responda tanto a la naturaleza del pedido de Juan y Santiago... sino a que ellos dos se adelantaron a sus propias y peculiares ansias e intereses, pues pensaban igual que aquellos.

En un mundo en el que parece que todo puede comprarse o venderse, pues establece su cruel tasación de existencias y almas, el testimonio de la ofrenda generosa de Cristo y de aquellos que con fidelidad lo siguen, es la mejor ofrenda, Evangelios vivientes, que podemos realizar.

Paz y Bien

La ofrenda diaria




Para el día de hoy (26/05/15):  

Evangelio según San Marcos 10, 28-31



El ministerio de Cristo alcanza su plenitud en la cruz, acto supremo de amor en libertad. Así, vivir la Buena Noticia implica también un cierto morir a sí mismo para que el hermano viva, en santa sintonía de servicio, de donación de la existencia.

Ciertas riquezas son espúreas, producto falaz de la acumulación, y a veces también de la especulación religiosa, la espiritualidad del trueque de acciones piadosas a cambio de favores divinos. 
Pero la vid verdadera, ésa de destino cierto de vino bueno, reivindica y agradece la poda, porque esa poda permite que crezcan cosas nuevas, que las ramas no se atrofien, que circule impetuosa la savia vital.

Somos pequeñísimos, ínfimos, apenas un grano de arena en la playa. En la lógica del mundo, se crece cuanto más se posee.
En la ilógica del Reino, en la dinámica de la Gracia, el ser se define y expande por el dar incondicionalmente, con el empuje manso del servicio.

En ofrenda diaria transformamos el mundo pues ante todo permitimos que la Gracia de Dios nos transforme en santidad, haciendo de la propia existencia don inagotable de frutos incalculables.

Es imprescindible ir dejando lo que sobra, lo que retiene, lo que nos detiene el andar y el seguimiento de Cristo.

Paz y Bien

Por el ojo de la aguja





Para el día de hoy (25/05/15):  

Evangelio según San Marcos 10, 17-27



Es menester situarnos en un plano amplio: la escena que el Evangelio para el día de hoy acontece durante el ascenso del Maestro a Jerusalem, horizonte de Pasión, de cruz, de muerte y Resurrección. Es decir, se inscribe en total perspectiva de fidelidad y de amor absoluto.

Se trata de la nueva alianza, alianza definitiva entre Dios y el hombre por voluntad de Aquél que sale al encuentro de la humanidad como uno más, niño en brazos de su Madre, Dios con nosotros.
Es un tiempo nuevo, pleno de asombros, el tiempo definitivo de la Gracia, signado por el amor de Dios que es incondicional, infinito, generoso, abundante, y de Dios son todas las primacías.

Ese hombre se larga corriendo a los caminos, pues busca una profunda respuesta a una inquietud existencial. Esos vacíos no se llenan con doctrinas, consejos, cumplimientos o razonamientos. Esos vacíos se completan con una persona, Cristo hermano y Señor, el único que puede brindar el real sentido y destino que se edifique.

La Salvación no se procura o adquiere. La Salvación es don y misterio del amor de Dios.

Parecería que el Maestro hiciera una lectura sesgada de los mandamientos. Pero en realidad, está expresando lo que sugiere la imagen de la cruz: un  madero que se eleva a las alturas de Dios, el otro -inseparable- que se extiende, horizontal, hacia los hermanos.

El amor no es abstracto, y se degrada cuando queda en la declamación vacua. El amor es concreto, cabal, ego que se marchita voluntariamente para dar paso a la familia que puede surgir del nosotros, porque amar es vivir en el otro y para el otro, construir desde la caridad al prójimo, aprojimarse, desprenderse de todo en favor de los pobres, en donde el rostro del Crucificado resplandece y es allí, en el hermano que sufre, en donde se le rinde culto primero de compasión, misericordia y justicia.

Por todas las miserias que portamos, por todas las cosas perecederas a las que nos aferramos con fervor, por la devoción al egoísmo, es dable y razonable observarnos como camellos, imposibiltados de pasar por el ojo de la aguja.

Hay que esforzarse, y animarse a la Pascua. Porque aunque no veamos cerca la salida a tanto laberinto, Dios todo lo puede, y siempre la luz del Espíritu nos puede guiar a la salida feliz de la Salvación.

Paz y Bien

Pentecostés, vida de Dios en nosotros




Pentecostés - Solemnidad

Para el día de hoy (24/05/15):  

Evangelio según San Juan 20, 19-23




En la fiesta que hoy celebramos, llega a su término pleno el tiempo pascual. Es el paso liberador a través de las aguas de la muerte que llega a la tierra prometida de la vida eterna, de la vida de Dios en nosotros, el don absoluto de la propia vida de Dios para los discípulos.

Hoy se perforan los bajos techos humanos, e ilumina todos los recintos el sol infinito. Pentecostés también significa celebración para toda la creación, pues en donde el Espíritu de hace presente acontece la plenitud, la felicidad.

Hoy la Iglesia celebra su nacimiento espiritual. El Espíritu del resucitado congrega como familia universal y como pueblo nuevo a los que se han incorporado a Cristo a través de la fé y el bautismo, Espíritu que nos hace reconocer a Jesús nuestro hermano como Señor, y a Dios como Abbá, Dios Padre que a todos ama sin límites.

Es la fuerza de Dios, Padre de los pobres, causa de la paz y la alegría, germen de todo amor, savia que produce los mejores frutos, fuego que nos enciende en los fríos del miedo y el desánimo, impulso para nuestros pasos cansados, razón y co-razón, justicia que se ansía y se busca sin descanso, coraje y fortaleza, testimonio veraz.

El Espíritu ilumina e impulsa a la misión, una misión que es rescate, es salvación, es nueva creación desde el perdón y la misericordia. Para que el Reino venga y sea entre nosotros.

Para que Dios sea todo en todos.

Paz y Bien

Beato Oscar Arnulfo Romero Galdamez, obispo y mártir




Recién ha acontecido un milagro.

Un pastor y hermano nuestro, Oscar Arnulfo Romero, reconocido por la comunidad cristiana como obispo y mártir, ha sido proclamado Beato, modelo de vida cristiana para ser recordado e imitado. 
Vivió las virtudes cristianas en grado heroico.

Buen Pastor que dá la vida por su rebaño, el amor mayor. Buen Pastor con un persistente aroma a ovejas. 

Muchos lo venerábamos en el altar primero del corazón. Pero es una ofrenda grande que la Iglesia universal lo reconozca. A pesar de todo el dolor y de todos los horrores, la sangre de los mártires fecunda y florece el árbol de la Iglesia.

Padre de los pobres, mensajero de paz y justicia, Romero de El Salvador y de América, con temor y temblor ante la certeza de la bendición de Dios, nos aferramos a tu voz clara que no se apaga, que sigue siendo fuerte y veraz.

Hay quienes, aunque mueran, no se van del todo. Permanecen para siempre, viven con Dios y en el afecto de su pueblo.

Dios bendice a nuestra hermana El Salvador, a toda Latinoamérica, a toda la Iglesia.

Gloria a Dios.

Paz y Bien

Ricardo





La propia historia




Para el día de hoy (23/05/15):  

Evangelio según San Juan 21, 20-25




La lectura que la liturgia nos ofrece para el día de hoy es un claro ejemplo de los niveles de profundidad de los textos sagrados, a los que es menester acercarse siempre -incluso, más allá de esquemas conceptuales- con un talante devocional, con el corazón en las manos. Benedicto XVI y Francisco lo han expresado con gran sabiduría al enseñar que la verdadera teología es la teología de rodillas. Dios se revela con gusto a un corazón humilde, y es un sendero gradual, navegación tenaz y confiada de ir mar adentro, con la tenaz obstinación fiel de la pequeña semilla que poco a poco germina, crece y dá frutos.

Así, en un primer acercamiento nos encontramos con un encendido interés de parte de Pedro por el futuro de Juan; quizás se trate de una cuestión de celos o de envidia semioculta, pues Pedro pregunta  nó como un hermano, sino como un extraño, o un competidor. Pero en realidad su error, que suele ser el nuestro también, es olvidar que es menester edificar la propia historia junto a Dios, un destino que no es inexorable, pues como hijos y hermanos y desde el presente dibujamos los trazos del futuro siguiendo los pasos de Cristo.
Y más aún, que no hay en la comunidad cristiana tareas menores y mayores: todas las vocaciones son importantes, todos los lugares cuentan y las personas que los ocupan más todavía a la mirada bondadosa de Dios, el milagro asombroso de edificar junto a Dios y a los hermanos una historia creciente, plena en libertad y santidad.

Pero también hay otro nivel, no opuesto ni contradictorio, sino simbólico, ventana para asomarnos a la inmensidad de la Buena Noticia. Varios estudiosos y eruditos consideran que el Discípulo Amado no es el apóstol Juan, sino la comunidad cristiana. Así, desde esta perspectiva, la comunidad creyente junto a Pedro, que confirmará a sus hermanos en la fé, tienen por misión y mandato dar testimonio del paso salvador de Cristo por sus vidas, de todo el bien que ha hecho y sigue haciendo, aún cuando se les vaya la vida en ello.

Paz y Bien

Ahora nosotros



Para el día de hoy (22/05/15):  

Evangelio según San Juan 21, 1. 15-19




La escena no es propia de la Última Cena, sino que se desarrolla en la aparición de Jesús Resucitado a siete de sus discípulos a orillas de lago Tiberiades, allí en cuya orilla el Maestro los espera con la comida preparada luego de una pesca en verdad milagrosa.

Esa, precisamente, es la clave de toda la lectura, la presencia del Resucitado en medio de los suyos.

El diálogo se entabla entre el Maestro y Simón Pedro por iniciativa de Jesús, haciendo explícito que todas las primacías son de Dios. Ese diálogo es oración pura, conmueve las raíces de la existencia de Pedro.
 
Seguramente, el alma de Pedro está en ebullición: además de todo lo que ha acontecido en los días previos, él lo ha negado tres veces, veloz en desconocerlo, rápido en quebrantar la promesa de fidelidad absoluta que le había hecho.
Es menester recordar el carácter a veces voluble y a veces arrebatado del pescador galileo, a todas luces imperfecto y hasta criticable. No obstante, precisamente allí radica el misterio del Reino, Dios edifica Buenas Noticias, Iglesia, familia, a partir de hombres y mujeres que tienen sus miserias visibles, pero en los que prevalece la unión que tienen con el Maestro, la Gracia que los transforma.

No es para nada complicado imaginar cierta mirada de picardía en los ojos del Señor. No hay ninguna recriminación en sus palabras, aunque en justicia hubieran correspondido. 
Pero estamos en el tiempo de la misericordia, de los imposibles concretados, de la alegría haciéndose presente.

A cada pregunta de Jesús se incrementa la desazón de Pedro, que supone que Cristo duda de sus afectos.
En realidad, hay para Pedro y para todos nosotros una enseñanza progresiva y creciente y un depósito inmenso de confianza.

Porque el Maestro está hablando de su amor, que es el amor de Dios, ágape, vivir en los demás y para los demás, hasta dar la vida en oblación, mientras que Pedro sólo se queda en el plano de los afectos, el querer.
De allí la consecuencia: amar a Cristo, amar a Dios se expresa en el amor y el servicio generoso y desinteresado a los hermanos, apacentando a los dispersos, conciliando a los separados, floreciendo la concordia.

Así es la conclusión de las tres preguntas que borran las traiciones petrinas: Dios tiene una afable mala memoria a la hora de recordar pecados, porque con todo y a pesar de todo no dejamos de ser hijas e hijos.
Esa conclusión es: ¿me amas? Ahora vos también, ahora tú también.

Ahora nosotros.

Paz y Bien

Sagrada unidad




Para el día de hoy (21/05/15):  

Evangelio según San Juan 17, 1b. 20-26





El Cristo sentado a la derecha del Padre nos permite asomarnos desde la fé al misterio inmenso de Dios, presente perpetuo explicitado en el Yo Soy, zarza ardiente de nuestros corazones.
Por ello y porque sabemos que la Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, Jesús le habla al presente de aquellos discípulos temerosos y también nos habla hoy -ahora mismo- a cada uno de nosotros, a toda la Iglesia.

El núcleo de la súplica del Maestro al Padre es por la unidad de los suyos, la unidad de los discípulos, que se funda en la infinita y trascendente unión entre el Padre y el Hijo, identidad propia de un Dios que es amor. 
Más aún, ese profundísimo vínculo esencial del amor entre el Padre y el Hijo fundamenta la misión de los discípulos, que es dar testimonio de Cristo a partir de eso que saben y conocen desde las entrañas de su ser.
La fé es don y misterio, y así creer es una relación vital que abarca la totalidad de la existencia del creyente, transformando su vida.

Creer es mucho más que adherir a una doctrina: si fuera así solamente, podríamos ser enjundiosos eruditos, profesionales de la religión, pero no más que ello. El creyente se encuentra en verdad unido personalmente al Redentor, y se deja transformar por la Gracia de Dios, y guiar sus pasos por el Espíritu que todo florece.

Como discípulos, hemos aprendido que misión es vivir a cada instante el Evangelio, volvernos Buena Noticia que palpita, y que sólo a veces necesita de palabras. Y no olvidamos la reciprocidad decisiva del amor a Dios que es veraz cuando se expande incondicionalmente hacia los hermanos.

Por ello la unidad de los creyentes es sagrada, pues responderá al grado de unión de los sarmientos con la vid verdadera, Cristo, nuestro hermano y Señor.
Probablemente, y sin afanes simplistas, sigamos desencontrados y resentidos por rencores viejos y propias responsabilidades orgullosas. Quizás debamos dejar en manos del Espíritu la tarea de reconstruir los lazos quebrantados.

Pero nunca debemos resignarnos a celebrar juntos la vida de Dios en nosotros.

Paz y Bien

 

Estar en el mundo sin ser del mundo






Para el día de hoy (20/05/15):  

Evangelio según San Juan 17, 1b. 11b-19



El Maestro partirá, y los discípulos serán su presencia y su ministerio en el mundo, otros Cristos para la salvación de la humanidad.

Ellos se quedan en el mundo sin ser del mundo, sin pertenecer al mundo. Más aún, estarán enfrentados al mundo: serán una presencia perturbadora y extraña, que todo lo cuestionará desde la mansedumbre y la humildad, pero el conflicto será inevitable.

Ellos no olvidarán nunca ese mandato de ser sal de la tierra, de ser fermento en la masa, de ser luz del mundo. Precisamente por esa cuestión de luz, previamente a cualquier transformación, pondrán en evidencia a todas las tinieblas. La sola presencia de la luz conmociona a la oscuridad que se afincado en ámbitos de los que, a la vez, se ha apropiado. 

Pues del mundo es el dominio sobre los demás, el egoísmo en sus múltiples formas, el poder corruptor del dinero, la explotación, la injusticia, el ponerle precio a todo, el deificar lo que no es santo. Santo es Dios, y desde esa santidad que es savia vital, los discípulos pondrán en entredicho a ese mundo pues todas sus acciones se fundamentan en el servicio incondicional y en la gratuidad de un Dios que los amó primero.

Así, la salvación y la condenación acontecen en lo cotidiano. 
Y la presencia plena del Resucitado por el Espíritu que fundamenta y alienta a los suyos será causa de alegría plena, de felicidad. A pesar de los conflictos que puedan suscitarse, la comunidad cristiana se distinguirá por florecer a diario en una alegría que ni los horrores ni la muerte podrán hacer retroceder, porque Dios vive en medio de los suyos.

Paz y Bien

Glorificados



Para el día de hoy (19/05/15):  

Evangelio según San Juan 17, 1-11a.




La liturgia del día de hoy nos ofrece un fragmento de la llamada Oración Sacerdotal de Jesús: se trata de una plegaria elevada por Jesús de Nazareth desde sus mismas entrañas, la súplica de un hombre que está a punto de morir -tiene plena conciencia de ello-, y así ruega por los suyos, por los discípulos que permanecen, por todos nosotros, para que prevalezca en los que Él eligió la Gloria de Dios.

A simple vista, hay una extraña paradoja. La gloria de Dios parece estar íntimamente asociada a la muerte. Y más aún, parece no tratarse del resplandor inmarcesible de un cielo distante.
Respecto de nuestra acotada y mínima humanidad, Dios es el totalmente Otro, inmenso, infinito, inaccesible; pero un puente se ha tendido, Cristo Sacerdote, para que todos traspasen esa frontera en apariencia infranqueable, y puedan llegar a sus atrios, a las honduras de su corazón.

Se trata de la ilógica del Reino.
Hay una asociación con la muerte en tanto que vida ofrecida sin condiciones para que los demás vivan, signo y sacramento del amor mayor que todo lo transforma.
El Dios de Jesús de Nazareth, Abbá, es un Dios que ha decidido tejerse en la historia humana, un Dios que se abaja hasta estos campos yertos para que la vida florezca, Dios que se hace hombre, que se hace historia, que se hace vecino, que se hace niño en brazos de su Madre.

La gloria de Dios es la eternidad que se vuelca sobre esto que somos como rocío bondadoso e ilimitado, sin ningún mérito de nuestra parte. Sólo el amor de Dios todo lo puede.

Ese cielo que se nos abre corazón adentro es don y misterio. La gloria de Dios es que el hombre viva, especialmente el más pobre, en plenitud, en libertad.

Queda en nuestras manos ser fieles a ese amor primero, a esa decisión de rescate, haciéndonos oración palpitante en cada gesto, caridad sin reservas, Evangelios vivos que sólo acuden a las palabras cuando sea necesario, porque todo lo que hay que decir se dice con la vida misma cada día.

Paz y Bien


Compromisos decisivos




Para el día de hoy (18/05/15):  

Evangelio según San Juan 16, 29-33


La afirmación de los discípulos tiene mucho de esa tendencia a envalentonarnos, a revestirnos de una coraza de coraje que no poseemos frente a momentos de gran peligro, y frente a ellos se avecinaba, inminente, el temporal cruel de la Pasión.
Pero por otro lado cometen un error que tampoco nos es desconocido: se reconocen especiales por pertenecer, por ser discípulos, por creer mediante esfuerzos y comprensión.

El Maestro, lector incomparable de corazones de todos los tiempos, sabe lo que se talla. Sabe que se espantarán con el miedo, que lo dejarán solo, que se resignarán a la tristeza y a un demoledor clima de derrota. 
Esos hombres se aferran a méritos que no poseen. Esos hombres suponen que la fé es producto único de su esfuerzo antes que don y misterio, consecuencia de un Dios que los ha buscado primero, de un Cristo que los ha elegido.

El Señor sabe que nunca estará solo. Su identidad con Dios es absoluta. Jesús es Dios y Dios es Jesús.
Allí se deciden los compromisos decisivos para la historia de la humanidad, compromisos que tienen la tonalidad única y rotunda del amor.

El compromiso de Dios con su pueblo. El amor de Dios -su misma esencia- es no vivir para sí mismo, sino ofrecerse por entero, vivir en y para los demás sin reservas ni condiciones, bien continuo, bien mayor, bien absoluto.

El compromiso de Cristo radica en su fidelidad al proyecto de su Padre y a la vida de los suyos, sin condicionarse por las consecuencias, sin amilanarse, sin resignarse nunca. Esa fidelidad es fruto de saber que el Padre nunca lo abandonará en ninguna circunstancia.

La fidelidad, más aún en tiempos difíciles, todo lo decide.

Paz y Bien

Ascensión del Señor, bendición a todo el universo




La Ascensión del Señor - Solemnidad

Para el día de hoy (17/05/15):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-20




Por el simple hecho de depender de nuestras limitaciones racionales, solemos utilizar categorías como arriba, abajo, ascenso, descenso con tenores admirativos y a menudo peyorativos. Es decir, hacia arriba está el cielo, hacia abajo la perdición, la condena, lo que no es de Dios.
Conforme a ello -que no está del todo mal-, solemos caer en cierto vicio religioso esquemático que es el de creer en un Mesías y en un Dios abstracto, que habita en lejanías casi inaccesibles a las que, luego de una vida piadosa y ajustada a la fé, se podrá acceder únicamente post mortem.

Pero la comunidad cristiana celebra al Resucitado que está a la diestra de Dios y que es Dios mismo, y celebra porque su ausencia física implica, extrañamente, una presencia rotunda y definitiva en medio de los suyos.
Y que su Dios no está tan lejos. Su Dios está amorosamente entretejido entre los pliegues de la historia humana, pura donación, ofrenda de sí mismo. Por eso celebramos a ese Cristo que es nuestro rey, nuestro hermano y nuestro Señor en el cielo que se expande en nuestros corazones, pero no perdemos la vista la horizontalidad, al hermano y a la creación, pues todos hemos salido de los albores bondadosos del Padre y a Él todo debe regresar en reencuentro para su realización total.
Porque Ascensión es promesa y certeza de plenitud, de felicidad, de vidas mínimas que vuelan hacia el absoluto del Creador.

El compromiso devengado puede atemorizar con ciertos ribetes lógicos: la tarea es enorme, los obreros pocos. Pero lo aparentemente inverosímil se transforma desde la confianza, matriz de la fé que es don y misterio. Porque con todo y a pesar de todo y de todos, de lo que somos, de nuestros quebrantos y limitaciones, Dios sigue creyendo en nosotros, en asombrosa desproporción con la confianza que solemos depositar a sus pies, en la ilógica de canastos llenos y vino abundante de la Gracia.

La Ascensión del Señor es la confianza de que continuaremos su tarea de bendición, otros Cristo por estos extramuros de la existencia.
Se trata de ser portadores felices de bendición a toda la creación, a todo el universo.
Bendición es bien decir, ratificando a cada paso que seguimos aferrados más allá de toda especulación a la fuerza tenaz y a la vez humilde de la Palabra, una Palabra que todo puede transformarlo para bien, las gentes, la naturaleza, el cosmos.

Lo que el poder utiliza en provecho propio y en desmedro de tantos, puede y debe cambiarse desde el poder de la Buena Noticia.

Por más demonios divisorios -ídolos del miedo- que se multipliquen, por más que quieran imponerse los lenguajes únicos del poder y del dinero, por más que el veneno del desaliento y la ponzoña de la soledad nos recorran, todo puede suceder para bien. Para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien


No hemos pedido nada




San Luis Orione -Don Orione-, presbítero

Para el día de hoy (16/05/15):  

Evangelio según San Juan 16, 23b.-28




Pedir es un rasgo humano característico. Pedimos dinero, pedimos cosas prestadas, a veces pedimos perdón frente a errores y daños cometidos. Pedimos en tono de exigencia seguridad, pedimos instando a la justicia, pedimos a voz en cuello y con los dientes apretados que los poderosos abandonen la muerte y la corrupción. Pedimos amor, cercanía, contacto, tranquilidad, silencio, atención.

En cierto modo, pedir tiene un viso de humildad pues reconocemos que, sin dudas, sólos no podemos, que siempre necesitamos de los demás. Todos nos necesitamos entre sí, los más bravos, las más independientes y firmes. No saber o no querer pedir a veces es cuestión de pudor o vergüenza, de timidez silenciosa. El problema comienza cuando existe el convencimiento, producto de un falso orgullo, de que no tenemos que pedir, de que todo lo podemos por nuestra cuenta; de allí a tomar por la fuerza lo que no nos pertenece hay pocos pasos.

Pedir nos acerca a nuestra estatura real y veraz de mujeres y hombres quebradizos y limitados, todos, sin excepción.

Cuando ello se traslada a los ámbitos de la fé, una fé que transforma la totalidad de la existencia, nos podemos reconocer mendigos de la Divina Providencia, Lázaros malheridos de la misericordia de Dios.

Siempre hay que pedir con confianza. Pan y trabajo, perdón y salud, auxilio, calma, justicia, fortaleza.
La confianza nos la brinda Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor, que nos ha revelado la esencia intrínseca de Dios que es amor, que nada se reserva para sí, que es donación perpetua, eterna, incondicional, infinitamente generosa.
Como niños que se abandonan al amor de su Padre, sabemos que no quedaremos nunca defraudados.

Pero hay más, siempre hay más en nuestros estrechos horizontes. La Resurrección empujó al destierro definitivo todos los imposibles, los no se puede, los nunca y los jamás.

Aún así, no hemos pedido nada.
La plegaria siempre es escuchada, y extrañamente, nuestra oración es ante todo respuesta antes que súplica. Respondemos como podemos y a nuestro modo a un Dios que tiene todas las primacías, que siempre nos está llamando en frutal silencio con mirada de Padre y manos de Madre.

No hemos pedido nada pues en el nombre de Cristo, la eternidad, la vida sin fin, la Buena Noticia, eso que llamamos cielo, se encuentra al alcance de cada corazón creyente.

Paz y Bien


Rescoldo




San Isidro Labrador, memorial

Para el día de hoy (15/05/15):  

Evangelio según San Juan 16, 20-23a




El rescoldo es la pequeña brasita escondida e incandescente que atesora calor y fuego. Cuando sobreviene el frío, hay que remover las cenizas y con un poco de aire ese fuego y ese calor se reaviva con fuerza joven, en declaración de que nunca se ha apagado del todo.

Las enseñanzas de Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, tienen una persistente tenacidad en invitarnos a la alegría, con todo y a pesar de todo y todos. Esa alegría tiene que ver con presencia, con esencia de Dios, con fidelidad sin límites, con permanecer en el amor que se nos brinda de continuo, aún cuando tanta noche nos cerque esta pequeña parcela de tierra que somos, aún cuando el dolor nos inunde las esperanzas, aún cuando tantas cosas y circunstancias parezcan cercenarnos el horizonte.

No es una cuestión patológica, de denegación de la realidad. Se trata de una santa obstinación resiliente, porque desde el amor de Dios todo es posible, todo puede transformarse, la tristeza y el dolor.

El amor de Dios es nuestro rescoldo cordial.
Es el sabernos reconocidos y queridos como hijas e hijos desde siempre y para siempre. Esa pequeña brasa reaviva los fuegos de la mansa alegría del Evangelio en medio de la tormenta más fuerte.
Es menester confiar, creer, permanecer fieles, aferrarse a la solemne certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios.

Paz y Bien

El don del discipulado




San Matías, apóstol

Para el día de hoy (14/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 9-17



Lejos de cualquier escuela o grupo formal, con arcanos, idiomas y rituales peculiares, los discípulos de Cristo -la Iglesia- se saben asombrosamente bendecidos en la invitación a seguir los pasos del Maestro, porque esa invitación es, ante todo, vivir su vida, amar como Él amaba, servir como Él servía a los demás, ser fiel hasta las últimas consecuencias. 
Porque el discipulado -la vida compartida con Cristo y los hermanos- es fruto del amor infinito entre el Padre y el Hijo que se trasmite a todas las hijas e hijos de manera incondicional. El amor de Dios es ágape, vida que se expresa dándose, viviendo por y para los demás, sin excluir jamás el sacrificio si con ello se sorteara cualquier intento de menoscabar o socavar servicio y ofrenda de la existencia.

Discipulado es vida de Dios comunicada a pura bondad.

La gran diferencia, el gran éxodo radica ahora en que los discípulos lo saben, y lo saben porque conocen: Cristo ha revelado todo, nada se ha guardado para sí, fiel al extremo como ese Dios que es donación absoluta, eternidad que se hace historia en un niño en brazos de su Madre.

Y porque los discípulos conocen, a su vez se re-conocen en la mirada del Maestro. La desproporción entre la pequeñez humana y la eternidad de Dios es abismal. Dios es el totalmente Otro.
Pero un puente se ha tendido, Cristo sacerdote definitivo que nos dice que a pesar de todo, de tan mínima nuestra estatura, somos valiosísimos en el corazón sagrado de Dios. Todos lo somos, y es ese amor entrañable lo que confiere sentido y trascendencia a la existencia.

Más aún, ese reconocimiento enteramente personal está revestido de una cualidad primordial, y es la libertad.
Discipulado implica mujeres y hombres libres de toda cautividad, amigos antes que empleados, servidores antes que mercenarios de ocasión. Nuevos vínculos se forjan al calor de la Buena Noticia.

El discipulado también es fecundo. No es solamente un ejemplo fundante de un momento remoto, sino que se actualiza constantemente en el amor de Dios que es presente puro, y en la reciprocidad que nos atrevemos a ejercer y que dá frutos entre los hermanos, porque Dios nos ha amado primero.

Paz y Bien
 

Espíritu de la verdad




Nuestra Señora de Fátima

Para el día de hoy (13/05/15):  

Evangelio según San Juan 16, 12-15





Todo tiene su tiempo de crecimiento, de germinación, su progresividad, y requiere paciencia y el gusto inmenso de vivir en plenitud cada paso dado, porque aunque se peregrine en el desierto, se vislumbra como llegada la liberación, la tierra prometida de las alegrías.
Y aunque nunca -jamás- los medios justifican los fines, el horizonte confiere sentido pleno a todo andar.

La fé cristiana no es la adhesión a una idea, a una categoría filosófica, a un concepto ideológico, sino más bien y ante todo el conocimiento transformador de una persona, Jesús de Nazarerh, Dios con nosotros, nacido de mujer, crucificado y resucitado de entre los muertos.
Así entonces la verdad es Cristo, y la verdad en su plenitud es el conocimiento profundo y creciente de su infinitud, de su eternidad, de su enseñanza reveladora de Dios. Pues el único modo de acceder al Dios del universo es por Cristo.

Regresando por un momento al postulado inicial, es menester desterrar las ansias de instantaneidad, los desvelos por descubrir clicks religiosos que nos resuelvan todo. La sal de la vida, ese descubrir a Cristo, acontece cada día, a cada momento, y no depende tanto de los esfuerzos empeñados sino antes bien de la acción del Espíritu del propio Resucitado, Espíritu de la verdad de Cristo, que es la verdad de Dios, Espíritu que nos conduce de la mano como a niños que apenas comienzan a erguirse en pié y dan sus primeros pasos vacilantes, para enderezarnos como mujeres y hombres plenos hacia la Salvación.
No valen tanto los esfuerzos como el permitirnos escuchar con atención, como el dejarse conducir por ese Espiritu que todo lo vuelve fecundo.

La persona del Redentor no se agota ni en la mejor o más profunda de las teologías o espiritualidades. Mucho menos, en esta vida tan limitada. Mucho menos en afanes individuales. Siempre el conocimiento se expande en comunidad, de allí el carácter sacramental de la familia cristiana.

El Espíritu de la verdad es la fuerza transformadora de toda existencia, y es la clave de todo destino que se quiera edificar, pues fecunda de profunda alegría todos y cada uno de los días de la existencia.

Paz y Bien

Espíritu abogado



Para el día de hoy (12/05/15):  

Evangelio según San Juan 16, 5-11



La tristeza que anegaba los corazones de los discípulos en la Última Cena tiene una terca persistencia oscura. Llega hasta nuestros días, y a veces se expresa en cierto formal y riguroso regodeo con el sufrimiento, la reivindicación del dolor, el quedarse en las lágrimas por el llanto mismo sin purificarse el alma.
Pero el Dios revelado por Jesucristo es ante todo un Padre que ama y cuida. Y ningún padre -más aún, ningún papá- busca ni quiere para su hijo el dolor y los padecimientos, menos todavía el infame horror de la Pasión, en donde el Hijo amado, servidor manso y fiel, es ejecutado como un criminal abyecto.

Por eso el sentido primordial de la Pasión sólo puede explicitarse desde el amor, esencia misma de Dios. La ofrenda de la vida a favor de los demás es el amor como ágape, es decir, amor que se expresa en la vida por y para los otros, sin reservarse nada para sí.
En ese ámbito que nos funda y vivifica, es posible comprender la conveniencia de que Jesús se vaya. Esa conveniencia está en las antípodas de cualquier parámetro razonable, pues ingresamos en la ilógica eterna de la Gracia de Dios.

Conveniencia que es convergencia, pues el Espíritu que vendrá a inhabitar los corazones de sus discípulos y seguidores, sus amigos, es la ratificación de su amor infinito, de su existencia ofrecida: su presencia plena y definitiva, el don de la vida de Dios en cada corazón.

Ese Espíritu será para los discípulos abogado en la acepción latina del término, advocatus, es decir, el que es llamado para ayudar, o mejor aún, el que habla por.
Hablará cuando los discípulos enmudezcan de miedo y soledad. Hablará para que nadie quede sumido en cualquier silencio impuesto a la fuerza. Hablará para que el rescoldo fulgente del Resucitado nunca se apague en las honduras de las gentes.

Pero también hablará con contundencia, sin ambages. Hablará de justicia, y apelará lo pretendidamente definitivo, desenmascarando todas las falacias y argumentos mendaces por el que el Maestro es condenado a muerte, en el tribunal supremo que es el Corazón de Dios.
Porque de Dios es la vida, la verdad, la justicia.

Don mayor de la propia vida, de la eternidad ofrecida sin condiciones, el Espíritu del Resucitado, Espíritu de Dios, nos conducirá a la libertad gloriosa de las hijas y los hijos de Dios, mansa victoria en donde no hay derrotados ni víctimas porque la sólo se acepta la ofrenda de la existencia para la vida del hermano.

Paz y Bien

Espíritu defensor




Para el día de hoy (11/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 26-16, 4



En la Última cena, el Maestro prepara a los suyos pues Él está a punto de morir, a punto de irse. Sin embargo, su partida significará también que Él permanecerá plenamente junto a ellos, para siempre, y es también enseñanza para todos los discípulos a través de toda la historia. 
Vivir la fé, vivir la Buena Noticia sin la presencia física del Maestro sólo será posible por su propio Espíritu defensor -Parakletos, paráclito- que Él les envía, Espíritu Santo que es Dios mismo inhabitando los corazones de los fieles.

El Espíritu del Resucitado encenderá en las honduras de los creyentes la vida misma de Cristo: es el Espíritu que allana y sostiene la fé.
Y serán los discípulos quienes darán testimonio en el mundo de la verdad de Cristo.

Ser testigo es confesar y proclamar con la totalidad de la existencia la verdad, aún cuando ello pueda acarrear consecuencias terribles. 
Ser testigo no es tanto declamar la adhesión o el conocimiento de una idea, sino más bien y ante todo testificar acerca de una persona, Jesús de Nazareth, de su paso salvador, de su Resurrección.

Ese Espíritu defensor sostendrá a los testigos frente a los crueles embates de las persecuciones, frente al acoso del miedo, frente a la oscuridad de cualquier odio. En sintonía demoledoramente triste, la persecución alcanzará niveles casi intolerables de parte de aquellos que harán daño en nombre de Dios, como si Dios necesitara defensores. Como si Dios necesitara algo.

Ese Espíritu defensor los purificará en la verdad que portan como bandera y antorcha humilde. Pero también los defenderá de cualquier ánimo desertor, de mediocridades, de tibiezas circundantes.

Estamos siempre hablando en plural, pues la comunidad cristiana es la que dá testimonio de ese Cristo vivo y presente en ellos.
Y más todavía: cuando las persecuciones a causa de esa fidelidad están ausentes -sinuosas aguas calmas- hay que comenzar a preocuparse. No se trata de ansiar la muerte y los sufrimientos.

Se trata siempre de permanecer fieles.

Paz y Bien


Permanecer en el amor de Dios




Domingo Sexto de Pascua

Para el día de hoy (10/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 9-17




La lectura del Evangelio nos sitúa en la Última Cena. Es un momento tan decisivo y crucial, que su intensidad se prolongará a través de los tiempos: el memorial de esa mesa fraterna congrega hoy a los amigos y hermanos de Jesús, y actualiza la Pasión y Resurrección del Señor.

Es una despedida extraña de un hombre que se encuentra a las puertas de una muerte horrorosa, pero de una muerte que en entera libertad elige para el bien de los suyos, para el bien de todos, para que no haya más crucificados, en total fidelidad a los sueños de su Padre.
La revelación que allí realiza, quizás, aún no ha sido aceptada en su total dimensión, y se trata del insondable e infinito amor que Dios nos tiene.

Su primacía es fundante: el Dios de Jesús de Nazareth siempre tiene la iniciativa. Su amor es ágape, es decir, que hay un abismo frente a cualquier querer, a cualquier veta romántica. Tal vez englobe a ello -philos, eros, cáritas-: ágape implica que el amor es ser para otro y actuar para otro, sin reservas, aún cuando esa carencia de límites implique el sacrificarse por quien se ama.

Ello es fundante, y tan decisivo que quiebra la historia, desalojando toda veta abstracta. El amor de Dios es concreto, real, siempre actual y presente. Descubrirnos hijas e hijos queridos por Dios nos transforma de esclavos o siervos de pautas impuestas por dioses alejados en mujeres y hombres libres. 
El hecho primordial de nuestra libertad no está dado por la ruptura de todas las cadenas que se nos impongan, sino antes bien por reconocernos amigos de ese Cristo que es nuestro hermano y nuestro Dios, idéntico a Dios y tan parecido a cada uno de nosotros.

Esa libertad concedida sin condiciones es dinámica. El amor siempre es movimiento, jamás pasiva quietud, siempre es salir de uno mismo e ir al encuentro del otro. Encontramos sentido y plenitud y la propia existencia en el servicio, vida ofrecida al prójimo, prójimo que se edifica en esa búsqueda cordial.

Permanecer en ese amor sin condiciones es seguir siendo libres y reafirmar nuestra vocación primera de felicidad, destino eterno de alegría para toda la humanidad que sabe celebrar la vida del hermano en cada encuentro.

Paz y Bien

Vivir al revés




Para el día de hoy (09/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 18-21



La caída en el voraz abismo de lo mundano es un peligro que, a veces, parece difícil de sortear. Lo mundano tiene un hálito tentador, sibilante y que a veces, amedrentando, hace que se yerre en el rumbo recto de los pasos.
De cualquier modo, es menester estar atentos y no caer en la trampa.
O se es de Dios o se es del mundo.

Jesús se lo advierte a los suyos antes de su partida, frente a la inminencia de la cruz, y es un llamado de atención para todos los creyentes a través de la historia.
Ser de Dios es ir contra la corriente, es vivir al revés de los rígidos e inmóviles postulados a los que se pretende someternos.

Se vive al revés porque el mundo pretende comprar todo, cada persona -buenos o malos, grises, oscuros, transparentes- tienen su precio y su interés, abierto o tácito. Pero en el tiempo de la Gracia, esa gratuidad, esa incondicionalidad, esa generosidad se enarbola como humilde señal de redención y auxilio en nombre de Cristo. Digan lo que digan, hagan lo que hagan, hay cosas que no se compran.

Se vive al revés porque se detesta con fervor la opresión y la corrupción, pero en esa sintonía de salvación, se tiende una mano fraterna al corrupto y al opresor.

Se vive al revés porque en esta Buena Noticia que nos crece corazón adentro, el poder sólo se entiende como servicio a los demás.

Se vive al revés porque en la cotidianeidad brota como rocío bienhechor la eternidad de un Dios que se hace uno de nosotros. Porque cada hombre y cada mujer es un templo vivo del Dios de la Vida, y se le rinde culto en la liturgia primordial de la misericordia y la compasión.

Se vive al revés porque jamás, pase lo que pase, abandonaremos la esperanza, porque ella se sustenta y afirma en el amor de Dios, en su fidelidad absoluta, en su entrega sin límites.

En la ilógica del Reino, se está en el mundo sin pertenecerle para que la tierra se vuelva un hogar amable para ese Cristo que camina con nosotros, mesa de hermanos, casa de todos.

Paz y Bien

Oración a Nuestra Señora de Luján






Nuestra Señora de Luján - Patrona de la Argentina

Para el día de hoy (08/05/15):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27


¡Salve, Madre de Dios!
En este día que es tuyo y de todos nosotros, y de toda la Iglesia
venimos encendidos de confianza
al altar humilde de tu amor obstinado y tenaz
para poner a tus pies estos corazones nuestros
heridos de desencuentro y doloridos de corrupción
firmes en tu ternura
sin resignarnos a buscar fraternidad y justicia,
en la alegría del Evangelio.

¡Bendita seas, Virgen Gaucha!
porque casi cuatro siglos de tu presencia constante
son la señal certera de que no vamos solos,
librados al azar del mundo.
En tu Dios, que es el nuestro
está nuestra suerte y nuestro destino.

¡Salud, Madre de Luján!
Entre tus manos orantes todo este pueblo quiere crecer
a la luz de la Buena Noticia que te hace feliz
el Espíritu de Dios que nos fecunda y renueva toda la tierra.
Tu manto color de cielo
es la cruz del Sur que guía nuestros andares, y bandera de esta querencia grande.
Te suplicamos por todos nuestros niños
especialmente por aquellos que ya no esperan nada, 
abandonados a pura violencia
Te rogamos por nuestros viejitos,
a menudo tan destratados, 
ninguneados en su sabiduría y en su calidez de abuelos
Y te pedimos con fervor
por todos aquellos que en silencio, 
en el humilde fervor de la integridad,
trabajan sin cesar día a día, 
esforzados y humildes obreros de la integridad
que saben confiarte sus pesares y sus sueños.

¡Alegrate, Llena de Gracia!
Pura y Limpia Concepción
Estrella de la Evangelización
Madre de todos
Hablale a tu Hijo de todos nosotros
Para que la vida del prójimo, don de Dios
sea siempre motivo de celebración
Para que nunca abdiquemos, al igual que Vos
en la búsqueda cordial del hermano, especialmente del más pobre
en donde resplandece el rostro de tu Dios y el nuestro.

¡Ave, María de Luján!
Que sepamos corresponder en serena alegría
a tu fidelidad inclaudicable
para hacer presente el Reino de tu Hijo
aquí, por estos pagos y por todo el mundo.
Y te pedimos con emocionado fervor
que sigas protegiendo a otro hijo de este suelo
que ha sido llamado como obispo de Roma,
vicario de Cristo y servidor de todos,
Francisco, tan tuyo y tan nuestro.
Que el Espíritu de Dios
sostenga y anime su ministerio
y que tu presencia maternal lo siga acompañando.

Amén

Paz y Bien

Ricardo Guillermo Rosano - 08/05/2015






De la alegría como señal



Para el día de hoy (07/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11



El amor de Dios es infinito e incondicional. Jesús de Nazareth lo sabe bien y lo revela: Dios nos ama con amor de Padre y Madre, un amor de dación perpetua, porque el amor de Dios -su propia esencia- es ágape, es decir, es mucho más que un sentimiento o algo con un cariz gustoso, agradable. Ágape es ser para los demás, para una persona en concreto, sin dispersarse en generalidades banales, actuando y obrando por y para los demás sin reservas, aún cuando ello implique abordar la nave del sacrificio, del morir para que otro viva. Nunca mejor utilizado aquí es el término des-vivirse.

Ese amor de Dios permanece con todo y a pesar de todo, a pesar de nuestros quebrantos e infidelidades, a pesar de que bajo parámetros mundanos nuestras miserias no nos conceden escapatoria. La misericordia alimenta los asombros y sostiene al universo, y así sacrificio abandona cualquier pretensión luctuosa y se nos abren las aguas pascuales hacia su sentido primordial: sacrificio es hacer sagrado lo que no lo es, consagrar.

Ese amor entrañable nos revela nuestra identidad primordial e irrevocable, y es la de ser hijas e hijos, y por ello mismo, mujeres y hombres libres.
Sólo las mujeres y los hombres libres actúan de acuerdo a ese amor fundante, pues somos tales porque nos sabemos amados primero por Dios en la mano salvadora de Cristo Resucitado. Por ello mismo seguimos sus enseñanzas, por ello mismo guardamos como un tesoro la Palabra y observamos los mandamientos, por ese Padre que nos ama con amor de Madre.

La observancia de los mandamientos por conveniencia, por pertenencia simple o por miedo es referencia de los esclavos, de los mercenarios. Nunca de los hijos.
El amor de Dios es fuente inagotable de todas las alegrías, por el valor inmenso que cada uno de nosotros -mínimos, quebradizos, invisibles- tenemos a la mirada y a la bondad de Él. Ésa es la Alegría del Evangelio que con voz profética Francisco intenta despertarnos de tantos sopores y angustias.

Porque la alegría con que vivamos es señal de identidad. Signo de que nada ni nadie -ni nosotros mismos- podrá separarnos del amor de Dios. Y que la vida cristiana es plenitud, eso que llamamos felicidad, porque se explaya en los demás, desertores felices de cualquier egoísmo.

Paz y Bien

Madera verde



San Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced

Para el día de hoy (06/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 1-8




En cualquier árbol, pero más especialmente en una vid, es menester quitar las ramas que se han secado, madera seca que sólo sirve para las brasas. En la madera seca se evidencia lo que se ha muerto, y esa esterilidad arrastra a las ramas sanas, roba espacio y quema energías de savia buena, cuyo fin es vivificar toda la vid.

En cambio, la madera verde es bien distinta. En ella se evidencia que por sus profundidades la vida corre como un río caudaloso, madera que palpita, madera que cumple felizmente su destino de ofrecer las mejores uvas, los mejores racimos.
El misterioso destino de vino, vino de la vida celebrada, vino sanguíneo y santo, deja de ser una promesa difusa y uno puede imaginarse a los comensales en el ágape universal de los hermanos.

La madera verde denota otra cuestión primordial, y es su firme unión como sarmiento a la vid que le confiere su presente frutal, la presencia de una savia que no se detiene, que le hace florecer brotes nuevos y buenos en todo tiempo.

El viñador a menudo ha de podar las ramas de madera verde para que se incrementen sus frutos, que ya son numerosos. No es cuestión aritmética, sino más bien de que cada sarmiento pueda brindar todos los frutos que su capacidad primera augura en promesa, aunque la poda a veces sea molesta, dolorosa. Quitar lo que ha muerto, lo que impide crecimientos, es tarea propia de un viñador que no se aferra a productivismos, sino que ama profundamente a esa viña que constantemente vivifica.

Porque el viñador es también savia santa que corre por la madera verde.

La promesa del Señor es asombrosa. Dios con nosotros y Dios en nosotros, templos vivos del Dios de la Vida.

Paz y Bien

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