La casa de oración que debe ser purificada de robos y tráficos es el templo de nuestro corazón















Para el día de hoy (22/11/19): 

Evangelio según San Lucas 19, 45-48







La expulsión de los vendedores y cambistas del Templo suponía un desafío abierto a la autoridad religiosa, y por eso mismo un acto de enorme coraje. 

Una nutrida marea de gente confluía hacia el Templo de Jerusalem durante todo el año pero especialmente en las fiestas solemnes, desde todos los rincones de Israel y también de toda la Diáspora. Ello implicaba que los que no vivían en las cercanías de Jerusalem tuvieran que adquirir animales kosher, es decir, animales cultualmente puros para los sacrificios que se ofrecían, mientras que los peregrinos llegados de sitios distantes tendrían que cambiar el dinero que portaban por la moneda oficialmente aceptada. Todo ello implicaba una enorme afluencia de dinero, de pingües negocios de los que -seguramente- los miembros principales del Sanedrín eran beneficiarios. Ayer y hoy para muchos la religión es un negocio, un tráfico tolerado y aceptado.

Así, la acción rotunda del Maestro nos resulta muy atractiva pues despeja al Templo, ámbito de lo sagrado, de todo foco de corruptela, de lo que no debe estar allí de ningún modo. Pero la realidad es mucho más profunda: en ese lugar se había instaurado una concepción mercantilista de la fé en un Dios al que se le podían arrancar favores y bendiciones a cambio de actos tabulados como piadosos, colocables en la columna del haber religioso acumulable. Ese Dios no es el Dios de Jesús de Nazareth, Padre bondadoso, pródigo en su amor.

Se trata de un tiempo distinto, no alternativo, sino raigalmente diferente, y se ha producido un desplazamiento absoluto, del Templo de piedra a la persona de Jesús de Nazareth. Porque al Padre se le honra y adora en Espíritu y en verdad antes que en lugares específicos.

Nosotros no estamos exentos de ciertas tinciones que nos suelen ensombrecer. También nos perdemos en los afanes del trueque piadoso, y si bien hay un atiusbo de fé, también hay una negación expresa de la Gracia asombrosa, generosa, incondicional.

La casa de oración que debe ser purificada de robos y tráficos es el templo de nuestro corazón.

Paz y Bien

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