La compasión, signo del cielo















Para el día de hoy (18/02/19)  

Evangelio según San Marcos 8, 11-13 







Él recibía a todos por igual, sin excepciones. Curaba a los enfermos, tendía su mano a los descastados e intocables, a todos los excluidos, a los impuros rituales. Les hablaba a las gentes de un Dios bondadoso, Padre cercano lento a la cólera, rico en misericordia. Como epítome decisivo, alimenta milagrosamente a la multitud en el desierto, y de ese modo se erige como el nuevo Moisés.

La situación se vá tornando cada vez más densa entre Jesús y aquellos que detentan el poder religioso, la ortodoxia oficial. Él es un joven rabbí de la periferia galilea sin pergaminos que acrediten sus conocimientos, sin eruditos que respalden su enseñanza, y aún así es un profeta de voz clarísima y potente cuya influencia sobre el pueblo crece día a día, momento a momento. En Él hay una autoridad asombrosa que no logran determinar de donde proviene, pero que sin dudas han de cercenar. Es menester acallar de cualquier modo a ese peligroso carpintero galileo itinerante.

Por eso mismo discuten con Él cuestiones doctrinarias, para provocar un equívoco condenatorio, o bien para que esa autoridad quede en entredicho frente al pueblo. Es una práctica usual entre los poderosos de todos los tiempos históricos, el menoscabo y la difamación de quien se opone, sin importar la verdad que pueda soslayarse.

En la ocasión que hoy nos relata el Evangelista, la acción es sutilmente insidiosa. Le requieren y exigen un signo del cielo, y ello implica que desprecian todo lo que Él ha hecho, señales del amor de Dios.
Pero al requerirle un signo del cielo, a su vez, tácitamente declaran que Él es demasiado terrenal, absolutamente humano y con ello, ajeno a cualquier voluntad de Dios.

El profundo suspiro del Maestro expresa el dolor de su alma. Esos hombres -religiosos profesionales, expertos en la Ley- no aceptarían nada que no se adaptara a sus esquemas preestablecidos. Miradas opacas que se deducen de corazones pétreos jamás se rendirían ante la evidencia de Dios con nosotros, la sagrada humanidad de Cristo -totalmente humano, totalmente Dios- cuya señal mayor será la cruz, para algunos horror y muerte, para las mujeres y hombres de fé el amor mayor y la vida que prevalece sobre la muerte.

Paz y Bien

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