La resurrección acontece en la comunión con Dios












Para el día de hoy (24/11/18):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-40










El problema planteado por los saduceos no se corresponde con ciertas dudas respecto a la Ley de levirato ni al matrimonio, ni tampoco a una encendida búsqueda de verdad. En realidad, se trata de una dialéctica tramposa que busca el yerro de Jesús de Nazareth, desacreditarle frente al pueblo y, eventualmente, procurar una condena religiosa que lo silencie de una buena vez.

El tono conque se dirigen a Él no es respetuoso: lo llaman Maestro para maximizar el probable error frente a una casuística insoluble y ridícula.

Tengamos presente que los saduceos conformaban la nobleza laica y política, tenían una notable preponderancia en los círculos de poder y comercio y poseían las fortunas más notables de Israel. A pesar de su carácter principalmente laicista, de sus filas salieron varios sumos sacerdotes del Templo -tales como Anás y Caifás-, con lo cual su influencia se extendía también al ámbito religioso, a diferencia de los fariseos cuya influencia destacaba por entre las clases medias y bajas.

Ellos aceptaban de manera exclusiva y restrictiva la Torah, en desmedro de los libros de los Profetas y la tradición oral que rechazaban de plano. Como su lectura era lineal, literal, rechazaban cualquier idea de resurrección pues allí no estaba explícitamente mencionada: ante ello, inferían que toda doctrina que afirmara la resurrección se apartaba de la Torah y por ello era anatema.
Pero no finalizaba allí su pensamiento: las vertientes escatológicas también eran razonablemente defenestradas con importantes argumentos teológicos, aunque suponemos que la explicación es más sencilla.
Ellos disfrutaban su status, su poder, sus riquezas sin menoscabo, a las que además consideraban una bendición divina por su pertenencia virtuosa: hombres preocupadísimos por prolongar el más acá, a los que no les interesa el más allá. Más aún, la idea de un Mesías les resultaba, en ese contexto, espantosamente inconveniente.

Sin embargo, y aunque su intención primordial es el tropiezo del Maestro, cometen varios errores garrafales, terribles.
Primero, su soberbia interpretativa, pues sus mismos silogismos ponen en evidencia que leen y comprenden lo que quieren bajo pretexto de unicidad de la Torah.
Segundo, y más grave, es suponer -desde el argumento de las múltiples bodas de la mujer varias veces viuda y sin hijos- que la vida tal cual la conocemos se prolonga y regula lo que acontezca más allá de la muerte.

La resurrección no es cosa natural ni lógica ni razonable.

La resurrección surge de la filiación divina. Resucitaremos por ser hijos amados por Dios, porque Dios interviene en la historia, porque el Eterno se hace tiempo, vecino, Hijo querido de todos.

Es menester ir más allá de las trampas de la psiquis, la natural tendencia a perdurar a como dé lugar, y ciertos visos de inmortalidad que suelen esgrimirse.

La resurrección sólo puede acontecer en la comunión con Dios, y es este Dios Abbá de Jesucristo quien ha celebrado esponsales con toda la humanidad, de una vez y para siempre.

Paz y Bien

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