Palabra de vida, Palabra viva



Para el día de hoy (31/12/15) 

Evangelio según San Juan 1, 1-18






Durante siglos y siglos Dios se comunicó con su pueblo por medio de los profetas y de los Mensajeros -sus ángeles-, para que la promesa madurara como un árbol fuerte, para que su gente no quedara abandonada a su suerte. Esas palabras se guardaban con devoción en las Escrituras Sagradas, en la Palabra. 

Cuando los tiempos fueron propicios -tiempo justo, tiempo santo- ese Dios envía a su propio Hijo, que al nacer de una mujer en el pesebre de Belén se hace hijo de todos los seres humanos, Hijo del Hombre, Hijo de la humanidad, Dios con nosotros, Dios entre nosotros.

Durante ese largo peregrinar hacia la Tierra Prometida definitiva, hacia la plena liberación, ciertos hombres se volvieron intérpretes expertos de las voces proféticas y de la Palabra, apropiándose de lo que no es de ellos, y así crearon una imagen de un Dios distante e inaccesible, un Dios violentamente vengador y punitivo, un ser totalmente distinto y lejano.

Insondable misterio que rebosa ternura, pleno de asombros: con una cercanía humilde y estremecedora, Dios se ha hecho un Niño, un Bebé Santo para nuestra Salvación, Dios que se hace pariente, vecino, Hijo amado, Dios que quebranta cualquier distancia.

Dios nos habla, hoy mismo, y es menester saber oír y escuchar. Dios es Palabra de vida y Palabra viva, Dios que se expresa en nuestro presente, Verbo que se encarna en Jesucristo y acampa entre el arrabal que somos, extramuros de cualquier existencia.

Un año que comienza es, en cierto modo, un niño pequeño que se nos confía, como ese Dios que nos ha nacido. Es menester cuidarlo, protegerlo, tener paciencia, alegrarse con cada paso nuevo y no desanimarse con los tropiezos. 
Dios se hace Palabra para que recuperemos el habla, para decir la verdad, para volver a escucharnos.

Desde esa Palabra, en ansias de fidelidad y esperanza, muy feliz año nuevo para todos.

Paz y Bien



La profetisa Ana, la bendición de una abuela




Para el día de hoy (30/12/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 22. 36-40





No era fácil la vida para las mujeres en tiempos del nacimiento y ministerio de Jesús de Nazareth, carecían de derechos legales y religiosos, y se encontraban -para la religiosidad imperante- varios escalones morales por debajo del varón. En parte por ello, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, acotadas a la plegaria externa sin posibilidad de aprendizaje formal de las Escrituras, ni voz para comentar la Palabra, ni modo de reivindicar sus derechos.
En cierto modo, la mujer dependía en un todo del varón, es decir, como hija de su padre, como esposa del marido y, las que llegaban a la vejez, de la protección de los hijos. Por eso mismo es que las viudas sin respaldo estaban consideradas a la misma altura de los huérfanos, frágiles y desprotegidas, hijas seguras de la miseria y el abandono.

Teniendo en cuenta lo precedente, el personaje que nos presenta el Evangelista Lucas es tan extraño como entrañable: se trata de una mujer llamada Ana, de ochenta y cuatro años de edad y viuda, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.
Su edad avanzada la exponde a las debilidades de salud propias de una abuela. Su condición de mujer no le facilita las cosas, y además es viuda, lo que amplifica la precariedad de su vida. Sin embargo, un tiempo nuevo y asombroso ha dado comienzo en Belén de Judea: Ana es una profetisa que sirve a Dios en el Templo con ayunos y oraciones. Aunque no tenga reconocimiento oficial, humildemente tiene un rol sacerdotal del que nunca reniega ni tiene mella en su constancia. Pero ante todo es profetisa, es decir, que escucha atentamente la voz de Dios en su corazón y de parte de ese Dios tiene cosas para decir a los demás.

Ochenta y cuatro años de edad, setenta y siete de servicio y esperanza. Y se encuentra, al igual que Simeón, con la Sagrada Familia que se hace presente en el Templo. Sus ojos ancianos se encienden frente al niño santo, y quizás todas esas décadas no ha sido tanto tiempo; sí en cambio, es el tiempo preciso, exacto, tiempo maduro de Salvación.
Como mujer sencilla, como abuela del corazón, seguramente sus caricias sean una bendición para ese Bebé que la engrandece y plenifica con su presencia. Y habla a todo el que quiera escucharle, a todo el que espera la Redención de Israel acerca de ese Niño, puente santo de abuela eterna entre Dios y el pueblo que sigue en pié, que sigue esperando fiel, un pueblo que busca a su Dios en ese Templo inmenso y lo encontrará en ese Niño pequeño y frágil.

En la cotidianeidad y en los gestos bondadosos de los humildes encontraremos nuevamente al Dios que se nos ha perdido. Hay entre nosotros muchas profetisas, muchas abuelas sagradas que sostienen, con su piedad y su servicio a toda esta familia que es la Iglesia, y que aún tienen muchas cosas valiosas para decirnos.

Paz y Bien


La mirada de Simeón



Para el día de hoy (29/12/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 22-35



El Evangelista Lucas nos presenta nuevamente a la Sagrada Familia, nombre que nosotros utilizamos desde la fé y la devoción. Sin embargo, para una mirada casual, se trata de una joven pareja con un niño pequeño en brazos que se dirigen al Templo de Jerusalem a cumplir con sus obligaciones religiosas. Son muy pobres -sus vestimentas así lo indican- y son provincianos de la Galilea de la periferia -el acento los delata-.
Pero con todo y a pesar de todo son judíos hasta los huesos, y además de los preceptos obligatorios, hacen partícipe a su bebé de las tradiciones de su pueblo.

Han de cumplir con rituales rígidos. Respecto de la madre reciente, debe ofrecer un sacrificio en las cercanías del Patio de las Mujeres como purificación de la parturienta. Respecto del niño, han de consagrarlo para el servicio del Templo y, a su vez, pagar un tributo o rescate, pues todos los primogénitos de Israel pertenecen a Dios, y esto tendrá mayor sentido luego de la predicación de ese Cristo que está en brazos de su Madre: todos los niños son sagrados.

Extraño tiempo acontece: la más pura acude mansamente a purificarse, el Redentor del mundo paga una ofrenda de pobre como rescate de sí mismo.

Todo ello no obsta para que sigan siendo una familia de gente pobre, invisible, circunstancial.

A ese Templo acudían durante todo el año -y mucho más durante las fiestas de guardar- miles de personas de toda Judea y de  la Diáspora. El Templo es el centro de la vida religiosa y núcleo de la identidad nacional, y es como un faro sagrado que irradia sentido a todo Israel; pero por sobre todo, el Templo es el sitio por excelencia en donde su Dios habita y en donde se manifiesta.
A las multitudes que van y vienen, hay que añadirle los sacrificios que ofrecen los sacerdotes y los diversos rituales: el humo es espeso, producto de la grasa que se quema de los animales ofrecidos en sacrificio, y también se combina con el incienso del Tabernáculo.

Esa pequeña familia pasa inadvertida por entre el gentío, que mira y vé lo que quiere, pero nunca más allá de las apariencias.

Había en Jerusalem un hombre anciano llamado Simeón. Lo sabemos un hombre justo, y por ello entendemos que ajusta su voluntad a la voluntad de Dios. Hombre piadoso -hombre de oración frondosa- esperaba sin desmayos, firme en la esperanza a pesar de todos sus años, el consuelo de Israel de todos sus pesares. Es un hombre de Dios, hombre del Espíritu que sustenta esa esperanza que destella sin apagones, y es ese mismo Espíritu el que lo conduce al Templo.

Un pequeño alto: el Espíritu lo conduce, pero Simeón se deja conducir, santa obediencia de los que escuchan atentamente la voz de Dios en las honduras de su alma y actúan en consecuencia.

No hay casualidades, hay causalidades tejidas santamente entre Dios y el hombre, y en el Templo se encuentran el anciano Simeón y la familia de Nazareth.
Eso es posible porque Simeón es hombre de mirada profunda y transparente, y sabe mirar y ver por entre el gentío en quien vale la pena depositar la mirada y la vida misma. Ese Bebé que sostiene con amor de abuelo y piedad de discípulo es el culmen de todas sus esperanzas, es quien completa lo que faltaba a su existencia para ser plena.

Simeón no llega hasta el Templo para cumplir con un precepto ni para efectivizar un rito. Desde el Espíritu que lo conduce, se vuelve profeta que anuncia un tiempo nuevo, un desplazamiento que es éxodo: Dios no está acotado a un ámbito exclusivo, Dios está ahora en ese Niño que se duerme en sus brazos viejos.
Simeón es un profeta porque habla desde Dios, y con sus ojos gratos puede ver a través de los velos del tiempo: sabe que ese Niño es el Mesías, el Salvador que a su vez será signo taxativo de contradicción para muchos, pero que por sobre todo será luz de las naciones y gloria de Israel. En el corazón agradecido de ese hombre ya germina la universalidad de la Buena Noticia que acuna en ese Bebé Santo, cuya Madre jovencísima de ojos grandes no deja de asombrarse, pues Ella también será parte fundamental de ese tiempo nuevo, creciendo con el Hijo, aprendiendo del Hijo, sufriendo con el Hijo.

Quiera Dios concedernos profundidad en la mirada y tenacidad sin fisuras en nuestra esperanza.

Paz y Bien

San José protector




Los Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/15) 

Evangelio según San Mateo 2, 13-18



Cuando llega esta fecha vuelve a plantearse la antigua discusión de la exactitud histórica del pasaje que la liturgia de este día nos presenta, y que trata la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Razones a favor y en contra podremos encontrar con sólidos sustentos y argumentaciones, y con toda seguridad se trate de investigaciones que realicen mentes y plumas sabias que verdaderamente conozcan el tema en cuestión, lejos de las limitaciones de estas pobres líneas.

No obstante ello, es menester dejar constancia y recordar siempre que los Evangelios no son crónicas históricas sino teológicas, es decir, espirituales, por lo cual ciertas vetas historiográficas -si bien importantes- quedan en un segundo plano. El primero es la Palabra, ámbito de los corazones, de las almas de los creyentes.

Aún así, podemos destacar algunos puntos con cierto grado de certeza; en primer lugar, el brutal ejercicio del poder que realizaba Herodes el Grande. Cualquier disidencia, cualquier asomo de menoscabo a su poder omnímodo era aplastado con violencia extrema y un grado de paranoia elevadísimo, el que incluyó el homicidio de esposas e hijos. Por ello es más que razonable que se sindique al monarca como el autor de la masacre de los niños belenitas. 
Por otro lado, Egipto era el destino usual elegido para todos aquellos que debían exiliarse por motivos políticos; al sur de Judea, era la frontera más amistosa de la zona.

Pero lo verdaderamente importante se encuentra más allá de la superficie, en el plano simbólico.

En Jerusalem, los eruditos realizan una exégesis de las Escrituras, validando lo expresado por esos magos llegados de tan lejos. Es la autoridad religiosa sustentando el poder político, fedatarios de acciones horribles que, sin embargo, hallan su raíz en la Torah. La verdad se deja encontrar hasta por las almas más oscuras, y esos hombres determinan que en el anuncio de los magos se cumplen antiguas promesas, antiguas profecías.
La partida hacia el país egipcio se vincula con el regreso en tiempos mejores, y representa a Jesús como el nuevo y definitivo Moisés, el que llevará al pueblo, desde Egipto, a su verdadera liberación.

En todos estos trajines, destaca como una zarza ardiendo en la noche la figura de José de Nazareth.

Los sueños son, en la tradición bíblica, el ámbito de trascendencia, del encuentro pleno con lo divino, quizás porque la absoluta alteridad de Dios desborda la estrechez de la razón. Y José de Nazareth es un hombre que, aún en los momentos de mayores dudas o dificultades, no deja de soñar: el Dios de la vida brinda una sonrisa amable a todos aquellos que no abdican de sus sueños.
Y es en los sueños de José en donde un Mensajero deja un mensaje urgente, noticias de Dios: es imperioso que tome al Niño y a su madre, y parta sin demoras hacia Egipto, un exilio que le brindará seguridad, lejos de los puñales crueles de Herodes.

No ha debido ser una decisión fácil. Dejar todo atrás, morir un poco por abandonar su patria, lo poco que se tenga ganado a costa de inenarrables esfuerzos, el extraño parto tan reciente, el Niño tan pequeño para una travesía riesgosa a través de un desierto que parece interminable. Partir de modo clandestino, como un delincuente que huye de las autoridades en plena noche, justo él, un hombre bueno como el pan.
Pero José de Nazareth es obediente, y obediente en el sentido primigenio del término: ob audire, escucha atenta, y José, en su fructífero silencio, sabe escuchar y actuar en consecuencia, sin demoras ni excusas.

No es tan complicado imaginarse la escena que compone la Sagrada Familia exiliada. Vivir en un país que no es su patria, idioma y cultura distintos. Ellos son galileos y pobres, y sus ropas y el acento los delatan, y hasta quizás tengan que aguantar unas cuantas miradas de soslayo. Como en toda nación grande que se precie de tal, Egipto tiene memoria y seguramente recuerda a los antiguos esclavos hebreos, a la mano de obra sin costo de Faraón que un día, por designo de su Dios, partieron hacia la libertad.
En ese cuadro, no estará ausente el joven carpintero de Nazareth trabajando de lo que fuera, peón golondrina que se agotará con tal de que a los suyos nada les falte.

Una Sagrada Familia que se hermana para siempre a todos los desplazados de todos los pueblos.

Hoy realizamos memorial de la matanza de los Santos Inocentes, y junto con ellos tal vez también el grato recuerdo vivo de San José protector, sombra bienhechora frente al sol calcinante de todos los desiertos de la existencia, esos hombres y mujeres de Dios que cuando todo parece disolverse en el horror y la muerte permanecen firmes como robles santos, protectores silenciosos de la vida, de una vida que siempre es amenazada por los poderosos, las bestias que se llevan por delante la vida de los pequeños e indefensos.

Más aún: San José protector es signo para toda la Iglesia de quien nos acompañará desde su frondoso silencio, compañero fiel, amigo imperecedero, y signo también de que el Dios Todopoderoso se ha hecho un niño pequeño y frágil, que ha puesto la vida a nuestro cuidado, un Mesías que no lo logrará si no nos involucramos.

San José de Nazareth, ruega por nosotros.

Paz y Bien





Sagrada Familia, Dios pariente


La Sagrada Familia de Jesús, María y José

Para el día de hoy (27/12/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 41-52




Usualmente, se utilizan conceptos actuales para mensurar acontecimientos de otras épocas, y esos anacronismos poco tienen de veraces y, mucho menos, de justos. Así entonces, cuando abordamos la reflexión de la lectura que nos ofrece la liturgia de este día, nos quedaríamos solamente con una imagen pueril, infantil, del Jesús que junto a sus padres sube a Jerusalem, al Templo.

La religiosidad judía tenía tres fiestas insoslayables para el pueblo: la Pascua, la Fiesta de las Semanas -Pentecostés- y la Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos -Sukkot-. En las tres, todos los judíos estaban obligados a participar con presencia personal, aún cuando no vivieran en Jerusalem o en sus cercanías. La presencia de la familia de Nazareth indica que eran fieles a las tradiciones de sus mayores, judíos hasta los huesos, continuadores de una historia que se enraizaba en siglos.
Pero la mención que realiza el Evangelista a la edad del Hijo no es circunstancial, y aquí regresamos al párrafo inicial: a los doce años, todo varón judío alcanza la mayoría de edad, con los derechos y obligaciones propias de un adulto, y es por ello que Él también participa como un hombre de las celebraciones de la Pascua junto a María y José.

En las tradiciones talmúdicas que perduran hasta nuestros días, el varón entre los doce y los trece años es considerado un hijo de la Ley, hijo de los Preceptos, y hay un rito de iniciación y plegaria hacia esa vida adulta y comprometida que se espera del joven -Bar Mitzvah-.

Pero en tiempos de Jesús, a esa edad se consideraba que el joven estaba debidamente formado para asumir sus responsabilidades familiares, comunitarias y religiosas, todas ellas recíprocas entre sí. Y en la vertiente familiar, se ubicaba la continuación del oficio paterno: ya a los doce años, los jóvenes varones judíos eran aprendices avanzados del oficio de su padre, y el no seguimiento del mismo significaba una ruptura con la tradición difícil de remontar -algo de ello podemos observar con Juan el Bautista-. Por lo tanto, la edad de doce años señalada es crucial, decisiva: Jesús de Nazareth asume su condición de Hijo y las cosas de su Padre en el lugar propio para ello, el Templo de Jerusalem. Ello se ubica en la pura tradición de Israel, como un Hijo fiel de su Padre.
Su tarea no será sacerdotal, cultual, eso le corresponde a otros, y por eso enseña a doctores de la ley que lo escuchan estupefactos. El ministerio del Maestro comienza mucho antes de lo que solemos considerar, y asoma humilde desde su infancia madura.

En ese aspecto, su compromiso es absoluto, y parece olvidarse de todo excepto de aquello que concita su atención y toda su existencia, las cosas de Dios. 

Para sus padres, José y María, aún cuando respeten a ultranza la Ley y las tradiciones, ese Jesús sigue siendo su niño, el niño de los asombros, el bebé de Belén, no todavía un adulto. La pérdida o extravío del hijo durante tres días es simbólica, y refiere a un futuro no tan distante, que es parte de la misma fidelidad que encarna: implica el tiempo de muerte y tumba, de luz incontenible en la Resurrección al tercer día.
El joven matrimonio galileo también anda perdido y sin comprender, pero al tercer día no caben en sí de asombro, y surge el discipulado cristiano: aunque la razón no pueda darle respuestas, María -madre y discípula- atesora en las honduras de su corazón la Palabra del Hijo.

El joven Jesús -que ya no es niño- regresará a su Nazareth con sus padres. Allí vivirá sujeto a ellos, obediente y trabajador como el padre, creciendo en Gracia y en sabiduría a los ojos de Dios y de las gentes, un Dios tan cercano que se hace pariente, parte de la familia, que vive y crece con nosotros, que bendice nuestros días, que santifica lo cotidiano.

En la calidez del hogar podemos contemplar al niño y al joven que regirá el universo desde la caridad.

Paz y Bien

La otra cara de Belén



San Esteban, primer mártir

Para el día de hoy (26/12/15) 

Evangelio según San Mateo 10, 17-22




Como un contrapunto de notas graves y agudas, la Iglesia nos propone a través de la liturgia del día la contemplación del martirio de San Esteban, protomártir -primer mártir-, y en apariencia, se derrumba la imagen bucólica del pesebre de Belén que tanto nos gusta, y que suele estar tan alejada de la infinita fidelidad del Dios que nos nace. 

Porque del pesebre de Belén surge una luz incandescente que poco tiene de folklórica o romántica: ese Niño Santo es también un Niño frágil que por ese amor que se encarna, será perseguido con saña, sin compasión. Ese Niño lleva inscrito en las honduras de su corazón sagrado una fidelidad que, a su tiempo, lo conducirá al Gólgota, a los horrores de la cruz.

Amar a ese Niño implica involucrarse, comprometer toda la existencia tras esa vida que nos amanece hasta las últimas consecuencias. 

La otra cara de Belén entonces es, precisamente, permanecer fieles frente a las persecuciones. El amor es peligroso para los déspotas de todos los tiempos. Y signo de salvación es la fidelidad que se mantiene y no se resigna.

Esteban lo comprendió en lo profundo de su existencia. El Niño de Belén, el que sería su Maestro y Señor, eligió la pobreza, los márgenes, la bondad y la mansedumbre. Y Esteban, frente al embate cruel de los poderosos, frente a la persecución enardecida, no abdica en su fidelidad, testigo de la vida en medio de la noche de la violencia.

Que el Espíritu nos mantenga en pié en los momentos difíciles.

Paz y Bien


Navidad, glorioso descenso




La Natividad del Señor

Para el día de hoy (25/12/15) 

Evangelio según San Juan 1, 1-18




El término descenso no suele tener connotaciones positivas. Refiere a venirse abajo, a derrumbes, a degradaciones, a lo que es menos.

Pero estamos en un tiempo nuevo, en el que todo adquiere nuevo sentido.

Usualmente, los pensamientos religiosos reafirman una imagen de la divinidad escindida de lo humano, en gloriosos ámbitos inaccesibles e invisibles, dada la absoluta alteridad de Dios. Ello es claro y, con las limitaciones de la razón, es comprensible.

Pero estamos en un tiempo nuevo, en el que todo se mira desde otra perspectiva.

Hoy acontece un descenso glorioso. Dios se hace uno de nosotros, asume la condición humana para que alcancemos los umbrales eternos. La eternidad se hace historia, se hace tiempo, se hace Niño santo que se duerme en nuestros brazos, Hijo Santo que es Redentor y Señor pero que también es hijo de todos y cada uno de nosotros, una vida en ciernes que hay que cuidar y contemplar con serena alegría su crecimiento y su expansión.

Desde la perspectiva de Dios, perspectiva del amor absoluto, este descenso es glorioso para todas las gentes, para todos los pueblos. La vida eterna nos florece aquí y ahora.

El Verbo de Dios acampa entre nosotros. Dios se hace Palabra en nuestros arrabales para que recuperemos el habla, para poder decirnos cosas y conversar con Él, para volver a escucharnos entre nosotros, y escuchar a todo un universo que declara la inefable presencia de Dios.

Un Dios que es amigo del silencio frondoso, pero que también es Dios de la justicia y el derecho, Dios que se hace Palabra para que nadie más sea acallado.

Dios de todas las ternuras que resplandece en los brazos de su Madre y por el que todos los niños son sagrados.

Un Dios que se hace tan humano como el que más, pobre y humilde, Navidad que es esperanza y es rostro amable de un Dios que nunca nos abandona.

Muy Feliz Navidad

Paz y Bien

Dios en pañales




Vigilia de Navidad - Misa del Gallo

Para el día de hoy (24/12/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 1-14





Esta es la noche, la noche primordial, la noche definitiva pues todo se inicia, y todo puede recomenzar.

Noche extraña. 

El trasfondo es un pequeño poblado judío llamado Belén, cuyo nombre -Beth Lehem- significa literalmente casa del pan
Como a veces hacen los poderosos, hay un censo obligatorio para contar cuantos se subordinan al emperador, cuantos son los obligados al pago de los tributos, cuantas legiones harán falta para mantener el orden. 
Un joven matrimonio de Nazareth -él carpintero y artesano, ella casi niña y campesina- casi no cuentan en ese censo puntilloso. Son galileos, es decir, son de la periferia, y son muy pobres. El acento los identifica, y quizás en parte por ello no hay lugar para ellos en la posada del lugar, a pesar de que los apuros de un parto inminente requieren urgencia u atención -es preciso no estar nunca en los huesos de ese posadero, jamás-.

Finalmente, esa muchachita nazarena dá a luz en un refugio de animales, y acuesta al Bebé en el pesebre.
La expresión no puede ser más certera: Ella dá a luz. Ella dá luz.

Con el cielo por cobija, en la zona había unos pastores cuidando sus rebaños. No tienen buena fama: por la tarea que realizan, se vuelven impuros rituales para los rigores religiosos imperantes. Pero además, habitualmente se los mira con mirada torcida, vindicados como amigos de lo ajeno. 
Quizás su pobreza y su marginalidad los vuelve partícipes imprescindibles de esa noche: el Dios que se manifiesta es un Dios parcial, que se inclina cordialmente hacia los pequeños, hacia los que no cuentan, hacia los descartados.

Un Mensajero, voz y presencia de Dios, les trae una noticia asombrosa. Los ángeles siempre portan buenas noticias. Y el notición es que ha nacido un Salvador, el Mesías esperado, una enorme alegría para todo el pueblo, y no sólo para ellos.

La señal es exacta, y se trata de un Niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Dios en pañales, Dios frágil como un Niño, Dios que asume nuestras debilidades y miserias para que todo el pueblo ascienda a la vida plena, a la divina.

Un Niño que expresa la Gloria de Dios, Niño de la paz, Niño de esperanzas y luces para los que no pueden más, para los caídos a la vera de todos los caminos, para los que languidecen en soledad, para los doblegados de miseria y abandono, para los que creen sin resignaciones, para los que se mantienen fieles, con todo y a pesar de todo.

Un gallo muy distinto al de la Pasión nos convoca al alba, gallito de la fidelidad y las sonrisas que se contagian. En esta noche se disipan las sombras. El Pesebre, más que un refugio, es una amable invitación plena de ternura para todas las mujeres y todos los hombres de buena voluntad, para edificar la vida misma desde los mismos comienzos, de parte de un Dios que nunca nos olvida ni nos deja librados a nuestra suerte.

Dios es nuestra suerte y nuestro destino, nuestro Dios en pañales, comienzo compartido de Dios y el hombre, tiempo santo de magnífica urdimbre entre la eternidad y el tiempo.

Muy Feliz Navidad.

Paz y Bien




Ternura de Navidad -una canción-




TERNURA DE NAVIDAD
Un niño berrea en la noche oscura,
la historia madura se ha partido en dos,
y un buey y un burrito retienen su aliento
frente al Dios con hambre que recién nació.

Y una Madre Virgen le ofrece su pecho,
ofrece su leche al Verbo de Dios,
y acuna en sus brazos el misterio inmenso,
al Dios que en su seno rostro le tejió.

 
Rosado entre pajas, sonríe el niñito,
regalo de carne que Dios nos dejó.
Y un buey y un burrito contemplan absortos
al Dios que se duerme después que mamó.

Y una Madre Virgen lo vela en sus sueños,
aparta las pajas que puedan pinchar:
“Conserva tu sangre, ser de mis entrañas,
hay tiempos y tiempos, mejor no pensar”.

El puente de carne dormita en pañales,
amor hecho abrazo entre el hombre y Dios;
la estrella, cansada, concluye su viaje
con guiños de luces al verlo al Señor.

Reyes y pastores, tomadas las manos,
bailan una ronda con María y José.
No hay ricos ni pobre juntito al pesebre,
todos son hermanos del Dios de Belén.

Letra y música: Alejandro Mayol

Intérpretes: Misioneras Diocesanas

Aquí puede escucharse:

El cántico de Zacarías



Misa propia del día

Para el día de hoy (24/12/15) 

Evangelio según San Lucas 1, 67-69




El viejo sacerdote Zacarías estaba recluido en el silencio. A veces, es menester callar hasta que puedan decirse cosas nuevas, veraces. O mejor aún, hasta renovarse para la Palabra.
Zacarías era un hombre entrado en años, casi un abuelo; pero por un extraordinario y bondadoso designio de Dios, se había convertido en un novel padre, y quizás podamos imaginar cierta torpeza al cargar en brazos al bebé -eso se aprende de a poco-, y una profundísima emoción y el asombro por esa vida nueva, renuevo jovial de la existencia. Tener a un hijo en brazos no puede relatarse con facilidad, tan hondo, tan fundante, tan transformador resulta.

Ese hijo era asombroso, fruto del amor que se profesaban con Isabel y de la infinita misericordia de su Dios. 
Llegado el tiempo de la circuncisión del bebé -brit mila- es importantísima, es el recuerdo en el propio cuerpo de la alianza eterna entre Israel y su Dios. El momento es solemne, y los vecinos aseveran que el bebé debe llamarse al igual que el padre, Zacarías: es preciso mantener las costumbres y observar las tradiciones, y esos paisanos también imaginan un futuro sacerdotal para el niño, siguiendo los pasos paternos.
Sin embargo, la mamá se obstina: el niño ha de llamarse Juan, que significa Dios es misericordia, y esa declaración es firmemente ratificada por Zacarías. 
Esa certeza sin vacilaciones conmueve e inquieta a los vecinos del poblado, pues intuyen que tras esa tenacidad hay una predestinación divina, un signo cierto de la mano de Dios en la criatura. Porque ese niño será una gran alegría para sus padres pero también para todo el pueblo, y Zacarías -con voz nueva, potente, joven a pesar de sus años- canta bendiciones a su Dios.

El cántico de Zacarías es un cuidadoso seguimiento piadoso de la fidelidad y la misericordia de Dios a través de toda la historia de Israel. En cierto modo, en las honduras de su corazón agradecido, Zacarías recorre todo el Antiguo Testamento y se queda exactamente en la frontera del Nuevo: como un Moisés, conduce corazones hasta las fronteras de la Gracia, y es imperioso que sean otros quien den el paso hacia la tierra prometida que es Cristo.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros amigos, de nuestros hijos, que nunca abandona a su pueblo, que siempre fecunda nuestra historia, interponiendo su mano en favor de los pobres y los pequeños, en alba de Salvación, que cumple siempre lo que promete, que se hace tiempo, se hace vecino, rescatándonos de la muerte, para vivir en santidad y justicia por todos los días que nos toquen vivir. Un niño santo, Juan, prepara los caminos para que lleguemos al que trae todas las respuestas.

Con Zacarías, con la integridad de Juan, nos adentramos en silencio en el misterio absoluto del amor de Dios, luz en medio de la noche, un Niño en brazos de su Madre, tierra santa de nuestra liberación.

Feliz y Santa Navidad

Paz y Bien

El otro nacimiento




Para el día de hoy (23/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66




El Evangelista Lucas, con la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados, nos vuelve a situar en las montañas de Judea, en casa de Zacarías e Isabel: ciertas tradiciones antiguas vindican el sitio como Ain Karem, a unos siete kilómetros de Jerusalem. 
Se trata de un pequeño poblado, casi una aldea; en la estructura social de la época, sin dudas tenía su gravitación la tribu, su conceoción gregaria que confería identidad, de tal modo que se conoce más a las personas por su lugar de origen que por el apellido o patronímico -el primer ejemplo es Jesús de Nazareth-. Pero también, como podemos encontrar en algunos de nuestros pueblitos más pequeños, la cercanía de los vecinos implica una familiaridad vital, de la vida compartida con todos sus vaivenes.

Zacarías e Isabel estaban entrados en años. No habían podido tener hijos, y esa esterilidad, además de significar que el árbol familiar moría con ellos, implicaba además una desgracia, una maldición punitiva causada por pecados cometidos, por ellos o por sus padres. En el polo opuesto, todo hijo es una bendición.

No hay imposibles para Dios.

La que era casi abuela sin hijos ni nietos está con una panza que provoca estupor. Será madre, y madre primeriza a sus años. Llegado el tiempo del parto, se desata una serena alegría entre el pueblo: los vecinos festejan la gran misericordia que Dios ha tenido para con ese matrimonio piadoso, transformando la maldición en una asombrosa bendición, un regalo infinito. Ese hijo es un poco hijo de todos esos paisanos judíos de las montañas de Judea, porque en ese niño de maravillas también se reafirma su vocación por la vida.
Con cierto celo afable y amistoso, se arrogan alegremente ciertos derechos sobre el niño. Como decíamos, es un poco hijo de todos ellos. Por ello quieren terciar en el nombre que ha de llevar, debe llamarse Zacarías como el papá, deben seguirse las tradiciones, qué es eso de andar cambiando costumbres.
Pero Isabel no ceja en una tenacidad propia del amor materno y del Espíritu que la anima: el niño ha de llamarse Juan, que significa Dios es misericordia.

El padre, Zacarías, ratifica la decisión de la esposa, y recupera el habla que había perdido a comienzos del embarazo. Ha pasado su tiempo de silencio, y vuelve a hablar porque se ha reencontrado con la Palabra.

Esos vecinos no se enojan, claro que no. Importa el niño, que haya salido todo bien, que la mamá esté bien, imaginar juntos un futuro manso y venturoso. Sin embargo, hay cosas que no cuadran con este niño: ellos intuyen que hay algo más que un simple nacimiento. La mano de Dios está con él, y por eso se preguntan sin rechazos, que llegará a ser ese bebé que es bendición y asombro en sus ojos campesinos.

Ese niño abrirá caminos para Aquél que será, Él mismo, camino, verdad y vida.

Cada niño es una bendición, un regalo de Dios. Por el Dios que se hace niño, todos los niños son sagrados, y no deberían ser motivo de especulaciones, sino de gratitud por la vida que se renueva en cada vida que se nos regala.

Nosotros celebramos el nacimiento del Precursor, niño santo que anticipa la inminencia de otro Niño Santo, Dios con nosotros, que será todo en todos.

Paz y Bien

María de Nazareth -una canción-



MARÍA DE NAZARETH


Dulce muchacha humilde de Palestina
a vos por Madre suya Dios te eligió,
y cuando desde el cielo te mandó un ángel
para pedir tu consentimiento
vos le dijiste -Tu esclava soy-

Por eso voy a darte mi corazón
y cantando repetiré tu nombre
María de Nazareth

 
Fue tu materna espera luz de esperanza
hasta que el gurisito nació en Belén,
y vinieron los pobres y peregrinos
para adorarlo y Él sonreía
Dios con nosotros, el Emmanuel

En aquel tallercito de carpintero
Dios aprendió el oficio del buen José,
y vos yendo y viniendo de la cocina
guardabas cosas dentro del alma
que te sirvieron para después.

Viendo morir a tu Hijo sobre el Calvario
te hiciste nuestra Madre junto a la cruz,
y quedaste esperando porque sabías
que volvería resucitado
de entre los muertos el buen Jesús.

Ahora que en cuerpo y alma estás en el cielo
sentimos tu plegaria junto al Señor,
y que vas caminando con el que sufre,
con el que llora, con el que sueña,
con la justicia, con el amor.


Juan Dieuzeide

Grupo Pueblo de Dios

aquí puede escucharse:

Magnífico Dios




Para el día de hoy (22/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 46-55



Producto de los afectos y de una religiosidad que a menudo se abstrae, solemos encaramar la imagen de María de Nazareth en imponentes altares, revestirla de lujosos vestidos, coronas refulgentes, reina del universo. Y lo es, claro está, pero ese modo devocional se extravía en abstracciones, y así perdemos de vista el inmenso valor de María como joven mujer judía de aldea menor, como mujer de fé, plena y feliz por creer. 
Porque es la Madre del Señor en su cuerpo, pero ante todo la Palabra se ha encarnado definitivamente en las honduras de su enorme corazón, tierra sin mal.

Los estudiosos mencionan que, probablemente, el Magnificat sea una construcción piadosa, una plegaria de las primeras comunidades cristianas. Pero sin dudas, expresa con carácter único su fé sin quebrantos, su esperanza cimentada en su Dios, su amor que no se resigna, y muy especialmente la profunda experiencia del paso salvador de Dios en su existencia, en la de su pueblo, en la historia humana.

María de Nazareth canta a ese Magnífico Dios, y al hacerlo, retrata de manera única al Dios Padre de Jesucristo, su Hijo y Señor.

Un Dios Salvador a partir de su experiencia personal, y sabiendo mirar sus huellas en la historia de su pueblo. Una Salvación que es concreta como es concreto el amor, porque ante todo y por sobre todo, María de Nazareth es una mujer que ama.

Un Dios que hace maravillas, dador infinitamente generoso de felicidad, de vida, de liberación.

Un Dios magníficamente parcial, cuyo rostro se inclina hacia los pobres, los pequeños, los humildes, los que no cuentan.

Un Dios que dispersa a los que piensan que son algo, que desarma los planes de los arrogantes, y que llegado el caso derriba a los poderosos de sus tronos, Dios que es amor, Dios que es justicia y derecho, Dios que es misericordia que se extiende de generación en generación.

Un Dios que que siempre cumple lo que prometió.

Un Dios que florece la vida, como ella comienza a experimentarlo en su propio cuerpo luego de conocerlo en las honduras de su alma.

En el Magníficat oramos alegres y confiados a un Dios que nunca se desentiende de la historia de sus hijas e hijos, que se hace tiempo, que se hace tan cercano como ese Niño que acunaremos en el silencio de nuestros corazones.

Magnífico el Dios de María de Nazareth que ratifica para siempre el amor con su pueblo en ese Cristo que nos está llegando a través de la Madre.

Paz y Bien

María, estrella de la Navidad



Para el día de hoy (21/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45




En las mentes y corazones de todos está presente esa estrella amistosa e inquieta que guía el trabajoso y extenso andar de los magos de Oriente hasta los pies del Niño añorado y esperado, rey de las naciones nacido de mujer en un portal. Es indicio también de las implicaciones cósmicas de la llegada del Redentor, y por sobre todo, que cuando la vida nos arroja a callejones sin salida, el buen Dios nos abre caminos, nos dirige los pasos inciertos hacia rumbos seguros.

De un modo más sencillo, en la espesura oscura de la noche Dios siempre hará destellar una estrella para que no se nos caigan las esperanzas.

En nuestras existencias, también solemos ser peregrinos distantes en busca del Redentor. 
Las diversas circunstancias de la vida, los preconceptos, las comodidades y conveniencias nos van alejando de esa profunda humanidad del Dios encarnado, de ese Bebé Santo en donde Dios mismo se revela y en donde encontramos nuestra Salvación, nuestra plenitud.

Andamos mal rumbeados, gastando suelas sin ton ni son, agotados de nada, y ese Dios nos vuelve a ofrecer una estrella para recuperar el sendero, los pasos ciertos y ligeros, sin cargas vanas que nos desvíen andares.

Esa estrella es María de Nazareth, Theotokos, la Madre del Señor.

El misterio de la Navidad tiene un amable rostro de mujer, joven y humilde. Por Ella y con Ella nos encontraremos, felices de sentido, en el pesebre de Belén, con la silenciosa humanidad de Dios en Cristo, Dios que se hace tiempo, que se hace historia, que se hace vecino, amigo, hijo queridisimo que se adormece en nuestras manos, un Dios que asume nuestra fragilidad haciéndose Él mismo frágil y dependiente de los demás.

Tiempo extraño, tiempo maravilloso, tiempo de que esa estrella nos sale al encuentro, en nuestra búsqueda, Visitación cordial de esa Mujer que es madre, discípula y amiga y en cuyos ojos nos encontramos la raíz de todas las alegrías, la Gracia de Dios que todo lo transforma.
Porque donde esté la Madre, nos encontraremos al Hijo.

Paz y Bien



Visitación, encuentro y bendición



Domingo Cuarto de Adviento

Para el día de hoy (20/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45




María de Nazareth se pone en camino, y ese caminar es también señal para todas las mujeres y los hombres de fé, porque todo se hace andando, porque creemos en Aquél que es camino, verdad y vida.

La escena estremece: una jovencísima mujer, con un reciente embarazo, que recorre Israel de norte a sur, desde Galilea -Nazareth- a la zona montañosa de Judea, a un poblado que la tradición identifica como Ain Karem. No es trayecto para una mujer sola, para una mujer tan joven, para una mujer encinta; los caminos están plagados de salteadores, ladrones y traficantes de esclavos, y hay veredas rocosas muy peligrosas.
Sin dudas, su embarazo sospechoso arroja sobre su existencia una sombra ominosa, por la rigurosidad de una Ley que ante la duda, mata. Quizás vá a la casa de Zacarías e Isabel a refugiarse, esperando que el denso clima escampe un poco.
Pero a María la impulsan unas prisas que no pueden contenerse. Para los corazones grandes, la compasión es impostergable, e Isabel hace cinco meses que se oculta en su hogar a las miradas de los vecinos: en cierto modo es comprensible, es casi una abuela con una panza espléndida de gravidez, de vida en ciernes, que habilita a almas menores a los comadreos prejuiciosos y humillantes, aunque se digan en voz baja.
Y María vá, socorro cordial a esa prima a la que comprende como nadie, pues Ella misma porta en su seno un embarazo extraño que dá que hablar, y es menester romper ese aislamiento. Pero es mujer, y también está empezando a conocer las cosas no escritas pero sabidas a las que hay que acompañar durante ciertas molestias que se presentan en el embarazo, los cambios del cuerpo, los sueños que se enarbolan nuevamente.
Aún así, hay otro motivo tanto o más fuerte que ése, y es la alegría: la Gracia de Dios ha dejado en su ser una huella indeleble de salvación, de plenitud, magnífico e ilógico tesoro que se acrecienta cuando se comparte, que se pierde si no se dá.

María e Isabel son dos mujeres bien distintas. Una es nazarena, de esa Galilea de la periferia siempre sospechosa, mientras la otra vive en la Judea de la recia y dura ortodoxia -Jerusalem está muy cerca de Ain Karem, a siete km-. Una está desposada con un humilde carpintero, la otra es esposa de un sacerdote del Templo. Una apenas sale de la niñez, muchachita que conmueve por su incipiente juventud; la otra, está más cerca de ser abuela, y quizás la muerte la merodee en poco tiempo.
En esa disimilitud, entre dos mujeres tan diferentes, acontece el encuentro, un encuentro que es encrucijada de la historia humana, es profecía, es buen augurio de un tiempo nuevo y definitivo. Los reyes, los guerreros y los sacerdotes han sido llamados a silencio, pues ahora tienen que hablar las mujeres y los niños.

A partir de esas dos mujeres, se expresa la Palabra.

Y cuando nos juntamos, nos encontramos, nos conocemos y re-conocemos, aún siendo tan diferentes, todo se vuelve posible. Se recupera la capacidad de asombro, la alegría de descubrir al otro, del misterio que bulle en las honduras de cada persona.Y ese encuentro se transforma en bendición.

Toda bendición, bien decir,  siempre de sirige a Dios. Son palabras de gratitud y alabanza, y aquí es la primera palabra fundante en el encuentro que pronuncia Isabel frente a María de Nazareth. Es reconocer, feliz, la presencia de Dios en los demás, y darse cuenta que ese encuentro es un regalo inmenso e inmerecido.

¿Acaso hemos hecho algún mérito, tenemos alguna credencial preferencial, somos mejores que otros para que la Madre de Dios nos visite? Porque donde está la Madre está el Hijo, y este Dios se hace presente en nuestra cotidianeidad, presencia sagrada que nos llega a través de Cristo, de la Madre, de sus amigos.

Que en este Adviento y esta Navidad cercana recuperemos la capacidad de reencontrarnos, de descubrirnos benditos, de agradecer el paso salvador de Dios que nos visita...y se queda para siempre.
Y allí sí, haremos una humilde fiesta, y cantaremos una canción de liberación al Dios Magnífico que siempre cumple sus promesas.

Paz y Bien

Zacarías y el silencio




Para el día de hoy (19/12/15): 

Evangelio según San Lucas 1, 5-25




Sin perder de vista el carácter de Revelación, de Libro Sagrado, hemos de mencionar que el estilo literario del Evangelio según san Lucas es maravilloso, bellísimo, pleno de signos y símbolos que nos nutren.
Siempre es menester sumergirnos en los diversos niveles de profundidad de un texto.

De manera magistral, Lucas nos brinda coordenadas históricas y geográficas que brindarán al relato un contexto específico; de allí la mención política a Herodes -el Grande, padre de Antipas-, por aquel entonces rey de Judea, que es la especificación geográfica. Pero hay más, siempre hay más, y se trata de otras coordenadas presentes y no tan evidentes, las coordenadas teológicas o espirituales: toda la lectura habla de un Dios comprometido con los suyos, que interviene decisivamente en la historia de su pueblo.

Así, en ese marco amplio, el Evangelista nos presenta a Zacarías, sacerdote de la clase o casta de Abdías: era uno de los tantas castas sacerdotales que prestaban servicios cultuales en el Templo en turnos rotativos, de tal modo que estos sacerdotes, por lo general, podían acceder al santuario a ofrecer el incienso sólo una vez en su vida, pues eran muchísimos -a diferencia de los sumos sacerdotes-. También Lucas señala que Zacarías y su esposa Isabel son descendientes de Aarón, es decir, descienden de la esencia religiosa misma de Israel.


Zacarías e Isabel son, para los parámetros de la época, ambos de edad avanzada. Su vejez quizás delate una religiosidad que se ha anquilosado, envejecido en la rigurosidad de las formalidades vacías de corazón y de fé, abdicación de la esperanza. Ambos son estériles, no pueden tener hijos, el apellido, la familia morirá con ellos, y tal vez sea esa misma religiosidad que se está secando sin frutos. Pero además, la esterilidad también era considerada una desgracia y un castigo divino por pecados inexcusables, en contraposición con la llegada de los hijos, siempre una bendición.

A Zacarías le llega el turno de inciensar el santuario del Templo: la unicidad de la oportunidad, lo sacrosanto del lugar nos revelan la importancia sagrada y la solemnidad del momento, cuando se presenta un Mensajero, Gabriel, voz y presencia de Dios, portador siempre de buenas noticias.
Y la noticia que le trae no puede ser mejor: contra todo pronóstico, contra toda lógica, Isabel y Zacarías -más cerca de ser abuelos, bordeando quizás la muerte- serán padres de un hijo maravilloso, que será una antorcha de esperanza y reconciliación para su pueblo. 
Ese hijo no se parecerá en nada a su papá, a diferencia de otro hijo de un carpintero galileo: ese niño no llevará el nombre paterno -se llamará Juan, Dios es misericordia-, no será sacerdote pero igual tenderá puentes y allanará caminos, desertará alegremente del Templo pues su Dios está en todas partes y muy especialmente en los corazones, y llevará una vida ascética e íntegra, confiado sólo en la providencia divina.

Zacarías permanece aferrado a los ritos viejos, a las doctrinas y a un culto que ha perdido sentido. De allí su incredulidad: no tanto por ser viejo su cuerpo, sino por haberse envejecido su alma, sin renuevo, sin esperanza.
Casi al mismo tiempo, una muchachita judía de Nazareth, ante un mensaje también extraordinario y aunque no comprenda, se confía con todo su ser a Dios.

Zacarías se quedará mudo. Esa mudez es la imposibilidad de pronunciar palabras que ya son vacuas, que no dan respuestas, pura fórmula sin Espíritu.
Su silencio no es tanto castigo, sino más bien una bendición. A veces es necesario exiliarse por un tiempo a las tierras del silencio para permitir/nos que germinen humildemente cosas nuevas, para que se despejen los espacios interiores para lo que permanece y no perece. Irse por un tiempo al silencio para regresar, plenos, con la Palabra.

Es un tiempo maravillosamente extraño, en donde el pueblo -con todo y a pesar de todo- permanece expectante. Cuando todo asoma perdido, hay que buscar en el pueblo los rescoldos de esperanza.
Es un tiempo santo en donde los reyes, los sacerdotes, los guerreros callan, pues no tienen más nada que decir, y donde cobrará nuevo y definitivo impulso la voz de las mujeres y de los niños.

Quiera Dios regalarnos silencios así, para que nos nazca la Gracia corazón adentro.

Paz y Bien

Anunciación de San José



Para el día de hoy (18/12/15): 

Evangelio según San Mateo 1, 18-24




Durante mucho tiempo, desde la reflexión teológica y desde la catequesis, se nos ha hablado acerca de las angustias de José de Nazareth que nos hace presente la lectura de hoy desde una perspectiva legalista, es decir, desde la óptica del cumplimiento de la Ley, para allí inferir los fundamentos de su decisión de repudiar a María en secreto.
Quizás ello actúe en desmedro de la importantísima y enorme figura del carpintero belenita como hombre de una fé frutal, hombre justo porque su voluntad -todo su ser- se ajusta a la voluntad de Dios.

Hay algo que solemos pasar por alto, como si no fuera posible en el ámbito de la Sagrada Familia, y es que María y José de Nazareth estuvieran profundamente enamorados, y que como tales no pudieran esperar el encontarse y compartirlo todo, aún cuando no fuera el tiempo de la convivencia marital.
Por eso mismo las dudas: al enterarse del embarazo milagroso de la mujer que amaba, un niño que vendría producto de la intervención divina, José de Nazareth vacila y teme, pero no por su esposa. José duda de sí mismo, se descubre menor, mínimo, indigno de estar junto a esa mujer bendita a la que le crece una vida nueva en su seno a puro amor de Dios. La santidad y el amor que le profesa a María lo hacen buscar una salida, una fuga silenciosa y sin escándalos, porque él no puede estar allí.
Humildad es raíz de justicia.

José de Nazareth se adormece. Es el cansancio del cuerpo demolido luego de una dura jornada de trabajo, en donde procuró el sustento familiar, en donde se acrecentó su dignidad desde la integridad, la honradez y el esfuerzo. Pero ese adormecerse es también símbolo de todos aquellos que no se rinden, que no se resignan, que frente a un cerco de sombras presentes no dejan de imaginar, esperanzados, un futuro diferente. Porque Dios acompaña con buenas noticias a todos los soñadores.

Un Mensajero -voz y presencia sagradas- le ordena las ideas, le clarifica las angustias, lo pone en marcha hacia su misión que es un destino que deberá edificar con la ayuda de Dios.
Su tarea no es menor: al convertirse en padre legal -no padre adoptivo- del Niño que habrá de nacer, José de Nazareth posibilitará que el Bebé Santo tenga historia y familia, que no sea un bastardo sin arraigos, que en el árbol frondoso de Israel puedan seguirse sus raíces hasta David y Abraham.

Más aún: será José quien le ponga un nombre al Niño. Un nombre es mucho más que un capricho o una moda pasajera: un nombre revela carácter y destino, y el Niño se llamará Jesús -Yehoshua-, que significa Dios Salva, porque ese Niño salvará a su pueblo de todos los pecados.

Magnífico padre,y padre con todas las letras José de Nazareth. Seguramente el Niño que ya hombre se convertirá en Maestro, te llamaba de pequeño abbá, y desde tu silente y frondosa figura reveló a las naciones el rostro amable de un Dios que es Padre. Y a tu Dios le llamabas con ternura y confianza hijito.

La Anunciación de San José es llamada para aclararnos las cosas a cada uno de nosotros. Para Dios no hay imposibles, pero es tiempo de la Gracia, del milagro eterno de la Encarnación, Dios con nosotros, tiempo santo de Dios y el hombre. Y ese Dios nos busca, pequeño y frágil, para hacerse tiempo, historia, un Hijo amado que duerma en nuestros brazos, que crezca ante nuestros ojos, que se haga Salvación para todas las gentes.

Paz y Bien

De urdimbre silenciosa




Para el día de hoy (17/12/15): 

Evangelio según San Mateo 1, 1-17




Para muchas culturas antiguas, la relevancia de una persona estaba directamente asociada a su linaje, a sus antepasados famosos. Así entonces, se elaboraban extensas genealogías para destacar el carácter y también el destino de esa persona partiendo de la familia que lo precedía.
En ese modo procedural es que el Evangelista San Mateo establece en el Evangelio la genealogía de Jesucristo: refiere a su carácter único y a su misión de salvación, Mesías de Israel y de toda la humanidad, en base a toda una nutrida historia que lo precede.

Mateo no se afirma en la rigurosidad histórica, pues su intención no es desarrollar una crónica histórica, sino una crónica teológica o espiritual, y por ello incurre en aparentes errores o confusiones.

A diferencia de las tradiciones de los pueblos semíticos, en donde la voz cantante la llevaban los varones; en este caso, las que serán decisivas en la historia de Jesús de Nazareth serán cinco mujeres, María de Nazareth junto a cuatro extrañas compañeras. Extrañas, pues no hay ninguna matriarca, ninguna reina, ninguna figura femenina heroica de Israel: Tamar, Rahah, Rut y Betsabé -la mujer de Urías- son todas ellas extranjeras e infringen por ello las severas normas imperantes de pureza ritual. Todas presentan embarazos extraños, sospechosos, pero todas tienen un sagrado denominador común: por ellas y en ellas se mantiene viva la esperanza y la promesa de redención del Dios de Israel a su pueblo. Y este Dios parece conducirse desde los márgenes de la historia.

Mateo agrupa lapsos en tres grupos de catorce generaciones cada uno. La carga es simbólica: mientras que el número tres refiere a la divinidad, el número siete refiere a la perfección. Aquí, entonces, se nos presentan seis septenarios o seis lapsos de siete años previos al nacimiento del Señor. Por lo tanto, por la mano de Dios, en el nacimiento de Jesús comienza el séptimo año, el definitivo, el de la plenitud humana.

La genealogía está presentada de manera descendente, es decir, desde Abraham, pasando por el rey David, hasta Jesucristo. El Cristo de nuestra salvación es heredero de las promesas hechas a toda la humanidad por Abraham, padre de todas las naciones, y también heredero del rey David, y por ello en Él se cumplen las esperanzas de Israel.
Aunque quizás, lo más importante es que el Salvador ha nacido entre nosotros, como uno más, urdimbre silenciosa de Dios en la historia de un pueblo y bendición para todos los pueblos, y es el mismo Cristo que quiere humildemente ser parte también de nuestra historia, nuestro tiempo, nuestras alegrías y esperanzas.

Paz y Bien





El Mesías que esperamos




Para el día de hoy (16/12/15): 

Evangelio según San Lucas 7, 19-23




Juan el Bautista tenía discípulos que seguían sus pasos y enseñanzas; los datos que encontramos en los Evangelios y en los estudios historiográficos indican que este discipulado tenía las características de un movimiento religioso y nó de un pequeño y cerrado grupo. Esa extensión del ministerio de Juan, por ello, lo volvía cada vez más peligroso para los poderes político y religioso, por su influencia notoria sobre el pueblo.

En la lectura del día de hoy, y aunque no lo menciona explícitamente -lo sabemos por el Evangelio según San Mateo-, el Bautista está preso en las mazmorras de Herodes, en correspondencia con ese peligro percibido y suprimido. Sin embargo Juan no se resigna y permanece fiel a su vocación profética, es la voz en el desierto, el que allana los caminos de Aquél cuya llegada es inminente. Pero intuye que su tiempo, a causa de los violentos e intolerantes, se está por terminar, y ha descubierto con su profunda mirada al Cordero de Dios caminando por entre la multitud que acude a bautizarse con él a orillas del Jordán.

Aún así, envía a dos de sus discípulos al encuentro de Jesús de Nazareth: el dúo es garantía simbólica de veracidad según la legislación tradicional judía: la pregunta es crucial, y refiere a si deben seguir esperando o si Él, Jesús de Nazareth, es el Mesías esperado.
Varias cuestiones se tejen aquí: las vacilaciones propias del terror de estar encerrado, a oscuras, despreciado sólo por llamar a los corazones a la integridad y a la conversión, con la sombra de una muerte ominosa aflorando por todas partes. También, ese Mesías intuido no se condice con los antiguos esquemas de un Mesías glorioso y vengador de su pueblo, que restauraría el Reino de Israel. Ese joven galileo, humilde y pobre, parece no adaptarse a los viejos moldes.

Más allá de todo, más que dudas, hay en Juan una confianza que todo lo sobrepasa. Sea cual fuera la respuesta, Juan confía en el rabbí galileo, pues sabe que no quedará defraudado.

La respuesta no se hace esperar: el tiempo es hoy, éste es el tiempo.

No se trata de una afirmación doctrinal, sino profundamente vivencial, decididamente enraizada en lo humano.
Para la religiosidad de la época, pobreza, enfermedad y muerte son marcas indelebles, ante las que hay que agachar la cabeza. Las dolencias como consecuencia directa del pecado, una acción punitiva de Dios que impurifica al enfermo con doble castigo, como doliente y como pecador condenado. La pobreza como como desgracia producto de una vida disipada e impía, pues la bendición de la prosperidad sólo alcanza a los que se atienen a los rigores preceptuales. La muerte como frontera infranqueable, irreversible, frontera definitiva.
Todo el ministerio de Jesús de Nazareth revierte estos conceptos crueles y hace presente el amor de Dios sanando a los enfermos, resucitando a los muertos, anunciando la Buena Noticia a los pobres, a todos aquellos para los que nunca hay ninguna noticia nueva ni buena. Ello es lo que llevan los discípulos al Bautista como credenciales de identidad del Salvador presente en medio de su pueblo.

Adviento es un regalo inmenso, es el tiempo ideal para volver a preguntarnos -aquí y ahora- si Cristo es el Mesías que esperamos, nuestro Salvador nacido de mujer en la pobreza de un pesebre, o si debemos esperar a otro.
La respuesta no debe hacerse esperar, pues la Salvación, que es alegría plena, que es felicidad, está al alcance de todos y es impostergable.

En el Niño Santo nos encontraremos nuevamente para que la vida se ponga de nuevo en movimiento pascual.

Paz y Bien

Los dos hijos




Para el día de hoy (15/12/15): 

Evangelio según San Mateo 21, 28-32




La discusión entre el Maestro y los saduceos continúa en el Templo de Jerusalem. La religiosidad de esos hombres estaba revestida de gestos ampulosos, de estricta observancia de las regulaciones, en la práctica de ritos exactos, una piedad sin corazón ni misericordia que renegaba abiertamente del prójimo.
Esos hombres -sumos sacerdotes y la nobleza laica- representaban el poder religioso, económico y hasta político dentro de la nación judía: su posición privilegiada -todos ellos poseedores de importantes fortunas- era considerada una profusa bendición de su Dios por una vida virtuosa, una fé en beneficio de unos pocos, pues todo el resto fuera de ellos era objeto de su menosprecio.

En corazones y mentes así, no hay lugar para la justicia del Reino, que es la misericordia de Dios.

Es lo que el Maestro intenta hacerles entender cual es la verdadera mirada bondadosa del Padre, cual es su voluntad.

De buenas intenciones se pavimentan las carreteras que conducen a la perdición. Lo que cuenta no es la declamación, las voces vacuas y vanas. Lo que cuenta es la Palabra que se encarna y se hace vida, porque se ha escuchado con atención. Y la señal primordial es la gratitud y la bondad que se practica para con los demás, que es donde resplandece el rostro de Dios. Por eso, para escándalo y espanto de esos hombres de corazones rocosos, las prostitutas y los publicanos los preceden en el camino de la Salvación por creer, por los frutos que brindan a partir de esa fé, aún cuando hayan tenido un tiempo de negación, de rechazos, de sombras.

Aunque quizás ellos y nosotros aún no aceptemos dos cuestiones primordiales que surgen en la parábola de los dos hijos: que siempre hay tiempo para el regreso, porque un Dios que es Padre siempre nos aguarda ansioso y feliz con la vuelta al hogar.
Y por sobre todo, que todos -buenos y malos, justos y pecadores- somos por Cristo, sus hijos amados.

Paz y Bien

Privilegios y preconceptos


Para el día de hoy (14/12/15): 

Evangelio según San Mateo 21, 23-27




En las lecturas que nos van nutriendo estos días, es menester tener siempre por horizonte una Navidad cada vez más cercana. Ello le brinda un nivel de profundidad inusual, y claves de lectura muy útiles a nuestra reflexión.

En esta oportunidad, nos situamos en Jerusalem, precisamente en el Templo, y con el Maestro enseñando: ello brinda a todo el texto un aura de solemnidad que no podemos pasar por alto.
Se acercan a Jesús los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, y no se trata solamente de una identificación positiva por parte del Evangelista: los sumos sacerdotes y los ancianos/senadores -la nobleza laica- pertenecían a la secta saducea, y detentaban tanto el poder religioso como el económico, y eso, en una sociedad como la judía del siglo I, implicaba también el poder político.

Ellos se perciben a sí mismos como depositarios de la confianza y el poder divinos. Por ello, el surgimiento de ese joven rabbí galileo los descoloca, los reviste de pánico que se convierte en acciones concretas para tratar de reducirle, de suprimirlo, de acallarlo de una buena vez. Su influencia sobre el pueblo crece día a día, y para colmo se mueve por los bordes, por la periferia y por fuera de los estratos de poder habituales.
Se puede simplificar de modo veraz afirmando que esos hombres esbozan preconceptos descalificadores porque sienten bajo amenaza directa toda una vida de honras y privilegios a la que se creen con derecho por sobre los demás, las cabezas y corazones de los otros como escalones para ascender.

El preconcepto queda evidenciado en requerirle a Cristo que indique de dónde le surge esa autoridad -exousía- que ejerce sin vacilaciones a favor de los pobres, dolientes y pequeños. Es claro. Ellos mismos son los que libran cédulas, otorgan pergaminos y reconocen solamente una fracción de autoridad por ellos delegada o autorizada. La pregunta es falaz, tramposa. La pregunta correcta -aún cínica- debería ser quién te autorizó a hacer y decir lo que dices y haces

Más en ellos no hay casuística, ni búsqueda de la verdad. Sólo un juego dialéctico que esconde desprecio, y por eso también rechazaron la autoridad del Bautista.

Es el tiempo ideal si ciertos privilegios e intereses propios obstan una apertura cordial frente a la Gracia de Dios. Si nos enredamos en absurdos juegos de palabras para no escuchar la Palabra. Pero muy especialmente, a no reconocer la evidencia del paso salvador de Cristo por nuestras vidas.

Paz y Bien




Escuchar al profeta




Tercer Domingo de Adviento - Domingo de Gaudete

Para el día de hoy (13/12/15): 

Evangelio según San Lucas 3, 2b-3. 10-18




Un profeta es un hombre que habla en nombre de Dios, y Dios habla a través de él. Un profeta anuncia futuro y denuncia los quebrantos presentes que se oponen a los deseos de Dios, la vida misma.

A un profeta el mensaje le quema por dentro, y no puede callar.
Por eso también un profeta proclama las cosas de Dios, y no se detiene en declamar. Toda declamación suele ser la verbalización de buenas intenciones, apenas un mensaje vacuo sin respaldo existencial: así entonces un profeta ratifica la veracidad de su proclamación con la total coherencia entre su mensaje y su vida cotidiana.

Juan parece ir a contramano de su tiempo. Ya su nacimiento es asombroso, sus padres están más cerca de ser abuelos que de la paternidad, y el nombre que le ponen no se condice con las tradición paterna, es decir, no se llamará Zacarías ese niño asombroso: en cambio se llamará Juan -sin que nadie en su familia se llame así- que significa literalmente Dios es misericordia.

Juan rompe también con la tradición familiar, y no será sacerdote como su padre Zacarías. Rechaza los pomposos vestidos sacerdotales, y se vestirá con pieles de animales salvajes. No participará de fastuosos banquetes, su alimento principal será la miel silvestre y algunas langostas.
Hay toda una señal que será llevada a su plenitud por Cristo: a Dios no se lo encuentra en lugares específicos y limitados como el Templo, sino en las honduras del corazón y muy especialmente en la persona del Mesías.

La integridad de Juan es enorme, deslumbrante, humildemente demoledora. Por ello atrae a un pueblo hambriento de verdad y liberación, y a su vez desata las iras de quienes detentan el poder religioso y político: esos hombres suponen que el joven profeta es una grave amenaza por su creciente influencia sobre el pueblo. Aunque quizás la verdad sea más sencilla: la probidad, la honradez, la entereza ponen en evidencia, con su sola presencia, todas las corrupciones y miserias.

Esas gentes, ese pueblo oprimido por el poder imperial romano y por una religiosidad asfixiante, le pregunta a Juan qué deben hacer. Es la misma pregunta que cualquier comunidad o cualquier persona se hará frente a tiempos gravosos, frente a las tinieblas, frente al sentido último de la vida, frente a una plenitud que se ansía pero a la que no se puede acceder, tal vez en semejanza a una imagen difusa de un Dios lejano e inaccesible, severo y punitivo.

Es menester volver a escuchar al profeta. La perfección, la plenitud, se despliega y acontece en lo cotidiano, en todas las cosas y oficios que desempeñamos, en justicia, solidaridad y honestidad, todos frutos cordiales de la Misericordia. Volver a Dios es volver al prójimo.

Hoy es Domingo de Gaudete, el Domingo de la Alegría, pues celebramos un nuevo despertar por la voz fuerte del profeta, porque el Señor está cerca, porque la felicidad no sólo es posible sino que es la vocación primera de todos los hijos de Dios.

Paz y Bien


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