Caminantes sin descanso



San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (30/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 57-62



La lectura para este día nos ubica en Samaria, y la escena presagia conflictos: el rabbí galileo, acompañado de esos discípulos tan judíos como Él, atraviesa el territorio de los despreciados samaritanos, cuya inquina era recíproca. Pero hasta en esos sitios en donde nada bueno puede acontecer ni esperarse, allí puede haber también nuevos discípulos.
La enseñanza, tácitamente expresada, se dirige ante todo a los propios discípulos: la convocatoria salvadora del Maestro es universal, no se acota a un grupo o a una comunidad única, ni la Buena Noticia se adjudica exclusivamente a unos pocos. La catolicidad, en el sentido más pleno del término, aquí se refiere.

Pero se trata de la vocación cristiana, del discipulado, de la maravillosa radicalidad transformadora del Evangelio. No son suficientes las buenas intenciones.
Se trata de vivir con Cristo y vivir como Cristo. Por ello los discípulos serán otros Cristos que caminan sin descanso, y nó simpatizantes ni adherentes que por cumplir determinadas pautas religiosas tienen todo resuelto.

El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. La afirmación estremece y esclarece con fulgurante deslumbre: la vida cristiana es dinámica, no debe acomodarse, no es algo acabado a lo que se ingresa y ya no es necesario más. Vida y amor implican movimiento cordial perpetuo, la semilla de la eternidad que germina y cuyos brotes es necesario cuidar para que crezcan y den frutos abundantes por las asombrosas bondades de esa semilla primera.

Se trata de dejar atrás la muerte, se trata de que el pasado sea historia, pues la Salvación acontece en tiempo presente, en el aquí y ahora. No hay que mirar atrás, no hay que aferrarse vanamente a pasados gravosos ni a las opiniones laxas de otros; arar la existencia es el manso esfuerzo esperanzado desde la conversión, que abandona las muertes del hombre viejo, del pecado, y sigue a ese Cristo por los senderos de la Gracia, a la luz de la Resurrección.

Paz y Bien

Mensajeros de esperanza y eternidad



Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Para el día de hoy (29/09/15): 

Evangelio según San Juan 1, 47-51



Los sentidos nos brindan datos limitados, quizás los epifenómenos del acontecer cotidiano. Pero la historia humana tiene una profunda dimensión escondida y viva, que la revelación nos re-vela, es decir, que por la Palabra podemos quitar los velos que nos impiden mirar y ver esa dimensión trascendente, en donde en santa urdimbre se entreteje el tiempo y la eternidad, la Encarnación de un Dios que se hace hombre, vecino, Hijo amado de todos.

Los ángeles son los mensajeros perfectos de esa certeza que nos ha abierto Cristo, cielos abiertos a pura bondad de Dios, la Salvación ofrecida a todos los pueblos. 
Más nosotros solemos adjudicar categorías mundanas y limitadas a estas realidades que la razón intuye pero no puede abarcar; por ello quizás, a los mensajeros -seres espirituales- nos los representemos con rasgos antropomórficos y caracteres específicos. Tal vez apliquemos allí muchas de nuestras ansias y nuestras angustias.

Pero es menester no perder el centro primordial de esta revelación, y es que los ángeles portan mensajes divinos de esperanza y eternidad. En donde se hacen presentes, es Dios mismo que actúa.
Porque no estamos solos, Quien como Dios, la Fuerza de Dios nos anuncia buenas noticias, la Medicina de Dios nos cura los venenos del alma.

Cristo ha abierto los cielos para todos nosotros, cielos que no se ubican necesariamente en una locación superior de carácter espacial, sino en la profundidad de un tiempo humano fecundado por la Gracia, la misma Gracia que es plenitud, la alegría que nos sigue cantando María de Nazareth a ese Dios magnífico que no nos olvida.

Paz y Bien

Signos de grandeza



Para el día de hoy (28/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 46-50




Los discípulos de Jesús de Nazareth, a pesar de todo el camino compartido con el Maestro, a pesar de todo lo que les había enseñado, nunca abandonaron los viejos esquemas, las ansias de poder y prestigio, los criterios mundanos tan distintos y hasta opuestos a la realidad del Reino.

Él los conocía bien, y magnífico lector de los corazones, debe insistirles en romper esas corazas que los atrapan y les impiden crecer en bondad, en humanidad, en eternidad. Porque si continúan en esa tesitura, en ese plano mezquino de ambiciones, sólo llegarán al escalón de los poderosos. Aún declarándose de Cristo, sólo se convertirán en otros opresores, y tristemente, en esta Iglesia que amamos y a la que pertenecemos, es una práctica enquistada y recidivante, que no logramos abandonar.

Por ello es que Jesús toma un niño y lo pone en el centro de la atención de sus desubicados amigos. 
Es claro que la prioridad de los adultos siempre estará en proteger a los niños a toda costa, a costa de la propia vida. Demasiados infames agresiones a la niñez hemos conocido por parte de aquellos que debían cuidarla y protegerla.
Más en este caso Jesús de Nazareth vá más allá, porque hay más. Siempre hay más.

En el tiempo del ministerio de Cristo, los niños carecían de derechos. Eran apenas apéndice de sus padres varones, a los que en todo debe obedecer, sin siquiera comenzar a pensar, a que crezca su conciencia. El Maestro no se refiere tanto a la inocencia y a la ternura que se infieren como identificatorias de la infancia, sino más bien al niño en tanto que dependiente de todo, débil, necesitado en todo de los demás, que no puede ser artífice de su existencia por sí mismo, y que por ello también se enciende de gratitud ante el más pequeño gesto bondadoso, que sabe reconocer el amor que se le brinda, y que no ha perdido la capacidad de asombrarse frente a los regalos, regalos que para esos hombres endurecidos será la asombrosa Gracia de Dios, la vida plena. 

Se trata de ser como niños y de servir a los niños y a los que son como ellos, en el mismo plano espiritual. Los pobres, los excluidos, los olvidados, los descartados de la existencia en un mundo construido para unos pocos privilegiados indiferentes.

Contra toda lógica de intereses mezquinos, el signo de grandeza de la comunidad cristiana será entonces el servicio generoso, incondicional y prioritario que se brinda fraternalmente, con cordialidad familiar, a los que habitualmente no cuentan para nadie, pero que son los primeros a los ojos paternales de Dios.

Y tal vez, franqueada esa frontera cerrada y torpe, descubrir que la familia es mucho mayor de lo que se supone, pues hay muchos hermanas y hermanos que en silencio se prodigan en vidas frutales del Reino.

Paz y Bien

Los otros rebaños



San Vicente de Paul, presbítero

Para el día de hoy (27/09/15): 

Evangelio según San Marcos 9, 38-43. 45. 47-48



La afirmación de uno de los discípulos -Juan, aquél de carácter explosivo al igual que su hermano Santiago- se ubica dentro de la lógica de propiedad y pertenencia, de ámbito exclusivo y cerrado que no es privativo solamente de los primeros apóstoles, sino que tiene una continua persistencia. Han encontrado a otro que no es de ellos, que no pertenece a su grupo, a su pequeña comunidad, y que sin embargo expulsa demonios en nombre de Cristo.
Juan es en esta ocasión vocero de los demás, y expresa el temor al extraño, al que no es como uno, a una posible competencia, sin poner en primer lugar el bien que realiza. Es significativa la construcción discursiva: el énfasis no está puesto en que realiza milagros en nombre de Cristo, sino más bien en que "no es de los nuestros".

Criterio peligroso, pues refleja pensamientos de ser elegidos con exclusividad y portar derechos de gobierno, de poder post Mesías. Ceguera dolorosa que impide mirar y ver el bien y la verdad que puede florecer más allá de los círculos que cada vez cerramos más en pos de espacios que nos han sido dados y que no nos pertenecen.

El misterio trasciende escandalosamente las acotadas fronteras de los esquemas racionales, y es que hay una dimensión escondida del Reino proclamado por Jesús de Nazareth. Mujeres y hombres que no pertenecen a las estructuras eclesiales, pero que son fermento en la masa, que con cada sencillo gesto de cortesía, en cada pequeño servicio, en cada acción de justicia y liberación se convierten en Buena Noticia para los demás. Son esos mismos que pertenecen a otros rebaños del único Pastor, y que a menudo dejan de lado la hipócrita declamación pura de adhesión doctrinaria para proclamar con una existencia frutal su pertenencia cordial a la vida de la Gracia.

En esa comunidad cerrada -en esta comunidad cerrada que solemos ser- hay que abrir puertas y ventanas, especialmente las del corazón. Ventanas y puertas abiertas para que corra libre el viento del Espíritu que todo limpia y renueva. 
No tenemos que dejar de añorar y soñar jamás una Iglesia así, una Iglesia que reconozca hermanos ante que se arrogue la veleidad soberbia de defender los derechos de Dios. La prioridad está en proteger y servir a los pequeños, amor que se encarna como Aquél que nada se ha reservado para sí y se ha hecho uno de nosotros.

A la obviedad la solemos pasar por alto, y es que hay pequeños porque otros se consideran y actúan como grandes, en escalones de superioridad. El mandato amable de la Buena Noticia nos llama hoy, desde el amor mayor de la cruz, a ceder nuestro lugar, un paso atrás para hacerse últimos al servicio del otro, para que el último dé un paso adelante hacia la plena vida de las hijas y los hijos de Dios, en el recinto amplísimo de la mesa compartida de Cristo, Iglesia peregrina de un Reino que es aquí y ahora.

Paz y Bien


Hijo de Dios, Hijo de todos



Santos Cosme y Damián, mártires

Para el día de hoy (26/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 43b-45



Como notas graves y agudas de una sinfonía, se nos desenvuelve ante la mente y el corazón la lectura que nos ofrenda la liturgia para este día. El contraste es arrollador: por un lado, las gentes se admiraban del joven rabbí galileo, estaban maravilladas por todas las cosas que hacía. Sin embargo, los discípulos, aquellos que comparten con Él vida y caminos, callan.

El Maestro, por segunda vez, les anuncia su Pasión, otro color lúgubre en estas notas que se nos van tejiendo. Las gentes se admiran, los discípulos callan, los fariseos lo rechazan y su repudio es violento, al punto de aniquilar su vida en aras de su observancia religiosa.

Lo vemos con dolorosa frecuencia, y tal vez mortalmente nos acostumbramos a que se siga matando en nombre de Dios.  

El silencio de los discípulos es por demás elocuente. Ellos siguen atrapados en sus propios esquemas de un Mesías glorioso que se impone a puro poder victorioso sobre los enemigos de Israel. Este Cristo no encaja en sus moldes, ni lo que dice ni lo que hace, y en cierto modo multiplican el rechazo de otros hombres.
Ellos temen preguntarle. Probablemente esté allí el prurito de cierta vergüenza, o quizás el temor a algunas palabras duras de parte de Él. Aún no lo conocen.

A veces también, es mejor no preguntar si no se tiene el valor de aceptar la verdad que se obtenga por respuesta, por incómoda que esta fuera.  

El Cristo morirá en la cruz como un criminal abyecto y maldito, un varón de dolores en la soledad del abandono y la incomprensión, en el luto que impone la violenta intolerancia del poder. Es un Mesías escandaloso y decididamente controversial si no se contempla su sacrificio libérrimo desde esa fé que nos dice que allí no hay un cadalso ni verdugos ni muerte regidora, sino el acto supremo de un amor que se brinda como el mismo Dios, sin reservas ni condiciones, un Cristo que prefiere morir Él mismo para que nadie más muera violentamente, pero por sobre todo, para que la muerte no tenga la última palabra.

La confusión de esos hombres de seguro al escuchar de su Maestro la identidad que les revela: se define como Hijo del hombre, o mejor aún, Hijo de la humanidad. Allí late ese amor profundísimo, infinito y asombroso, un Dios que se encarna, que se hace tiempo, historia, vecino, amigo fiel, Hijo amado del Padre, pero también Hijo de cada uno de nosotros.

El Dios que se hace niño en la pequeña Belén de María de Nazareth, un Niño que busca refugio en nuestros brazos, es también el Hijo que se nos muere ante los ojos en la cruz voraz.

Hijo de Dios, Hijo de todos, para que cada crucificado sea también nuestro hijo, nuestro hermano, nuestro corazón.

Paz y Bien

Expectativas



Para el día de hoy (25/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 18-22


En la época del ministerio de Jesús de Nazareth, especialmente en Palestina, se vivían tiempos confusos, violentos, un pueblo angustiado en plena ebullición: la opresión romana que hollaba el suelo sagrado de la Tierra Santa, la brutalidad de los tetrarcas -Herodes y Filipos- y una religiosidad que asfixiaba las almas en el abuso de las normas impuestas y el purismo ritual. 
Así, el pueblo se aferraba a expectativas que solían coincidir con sus esperanzas y frustraciones, es decir, expectativas de liberación en las que proyectaban todo lo que les pasaba. 

Por ello el surgimiento del Maestro y su anuncio de Buenas Noticias los confundía, y así le irrogaban al rabbí nazareno identidades diversas. Que es el Bautista, que es Elías, que es uno de los antiguos y nobles profetas que ha regresado.
Porque en realidad, ellos suponían que el Mesías de Israel sería un Mesías glorioso y revestido de poder, que se impondría con fuerza demoledora a sus enemigos y que gobernaría la nación judía por siempre.
Cristo es un profeta, claro está, pero es mucho más que un profeta, y su pueblo aún no ha madurado para comprender su identidad mesiánica. Así entonces el llamado a silencio: Jesús es también un fiel hijo de su pueblo, que sufre con los suyos, pero todo tiene un tiempo de maduración. A las cuestiones espirituales instantáneas es mejor posponerlas o eludirlas en su mayor parte.

Pero el Maestro quiere que los suyos le digan qué piensa de Él. Lector como nadie del corazón humano, sabe de los torbellinos y preconceptos que hay en las mentes de esos hombres, sus amigos, sus hermanos.
Pedro, en nombre de todos, toma la palabra y afirma y confiesa que Jesús de Nazareth es el Mesías de Dios, y la contundencia de la afirmación nos sigue estremeciendo hasta nuestros días. Allí está el Espíritu Santo encendiendo al pescador galileo que ahora es pescador de hombres y roca en donde se confirma la fé de sus hermanos.

No se trata solamente de un acontecimiento histórico, acotado a un momento determinado. La Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva, y Dios nos habla hoy.
Confesar a Jesús de Nazareth como Mesías de Dios, como Cristo libertador sólo acontecerá dentro de la comunidad cristiana en donde ese Cristo se hace presente, la sostiene y la hace florecer.

Aún hoy nuestras expectativas han de madurar. A menudo le transferimos al Señor nuestras inquietudes, angustias, aspiraciones y deseos. Gustamos más de un Cristo a la medida de nuestras necesidades, y así nos dibujamos el rostro del Maestro como una caricatura banal. Un dios aspirina que nos alivia los dolores. Un dios sedante para nuestras angustias. Un dios psicoanalista, terapeuta de nuestras neurosis. Un dios proveedor de las cosas que nos faltan o de las que deseamos. Un dios verdugo severo. Un dios al que se le arrancan favores mediante el trueque de piedades acumuladas.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de Amor, Padre de misericordia que nada se reserva para sí, que se brinda por entero para el bien de toda la humanidad, y por eso el Mesías, Jesucristo, será un varón de dolores, un esclavo entregado a la muerte ignominiosa de la cruz en ese mismo amor infinito, para que no haya más crucificados, para que no prevalezca la muerte, para la Salvación.

Paz y Bien


Madre Redentora



Nuestra Señora de la Merced

Para el día de hoy (24/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 7-9




Al pié de esa cruz en donde su Hijo se moría, Ella permaneció en pié, firme aún cuando todos se escondían o estaban dispersos por el miedo o por la vergüenza. Su puro corazón, traspasado por esa espada cruel de dolores, permanece fiel y porta -a pesar de ese dolor inenarrable- una llama de esperanza que no se apaga ni desvanece a pesar de tanto horror, y en la sintonía de esa esperanza que es fruto primordial de la Gracia, se producirá el reencuentro con el Hijo Resucitado, el fin de los imposibles. La muerte física y todas las muertes no tienen ni tendrán la última palabra.

Al pié de esa cruz, como ofrenda de amor absoluto, el Hijo que entrega la vida para que no haya más crucificados, realiza su despojo mayor, y se desprende de la Madre, que ahora será Madre de todos sus hermanos. Mujer sin casa, su hogar estará allí en donde los hijos la reciban.

Como Madre, sigue permaneciendo fiel y firme al pié de la cruz de todos los hijos, a través de toda la historia. Cuando todos se van, Ella se queda, sufriendo con esas hijas y esos hijos doloridos, pero a la vez encarnando la esperanza, expresión amable y asombrosa de la solidaridad de un Dios que se encarna para hacerse hermano, vecino, Hijo amado, un Dios decididamente parcial, que se vuelca por entero y sin condiciones hacia los pobres, los pequeños, los cautivos.

Dios es misericordia que ha experimentado en su cuerpo y en toda su existencia, vida que se expande, y por ello María de Nazareth canta a ese Dios magnífico que tiene su mirada puesta en los pequeños, que redime a los cautivos y libera a los oprimidos, Dios fiel a todas sus promesas.

En su amor y fidelidad, María es Redentora desde su tenaz ternura de Madre que no tolera las cadenas que se impongan a ninguno de sus hijos. Y por ese amor cálido y eficaz, siempre está atenta cuando el vino de la vida se consume en la lobreguez de la humanidad apisonada, para avisarle al Hijo y para impulsar también a los amigos y hermanos del Hijo a que renueven los fervores y la piedad en el esfuerzo santo e inaplazable de la libertad.

Merced es misericordia. María es el rostro materno de un Dios que siempre escucha los clamores de liberación de su pueblo.

Que María de la Merced siga impulsándonos el corazón y las manos hacia el hermano cautivo, hacia su rescate, al restablecimiento de la dignidad única de ser hijas e hijos de Dios.
Que María de la Merced siga hablándole de todos y cada uno de nosotros al Hijo, para que el vino de la Gracia nunca se nos acabe.

María, Madre Redentora, Madre de la Merced, ruega por nosotros.

Paz y Bien

Evangelios vivos




San Pío de Pietrelcina, religioso

Para el día de hoy (23/09/15): 

Evangelio según San Lucas 9, 1-6




Quizás los Doce no hayan tomado conciencia plena de la misión que el Maestro les encomienda. Tal vez nosotros tampoco. Es que el Maestro, al darles poder y autoridad para sanar y liberar, para proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios deposita en ellos una confianza inimaginable, pues la misión de Cristo será ahora la misión de los discípulos.

En cierto modo, Él tiene en ellos una fé impresionante que, sin dudas, no es recíproca. 

La misión no tiene nada de abstracto. A menudo se ha afirmado que la misión de la Iglesia es la salvación de las almas; sin embargo, esa afirmación esconde visos de abstracción y un énfasis postrero, post mortem, que se aleja con escasa compasión de la insondable ternura de la Encarnación de Dios.

Hay muchos demonios que expulsar. El demonio del egoísmo. El demonio que confunde, que aleja a los hermanos. El demonio que enturbia las miradas para no poder ver a Dios como un Padre bondadoso, y sí como un verdugo punitivo sediento de sangre. El demonio de la exclusión y la soberbia. El demonio que no permite crecer en humanidad y honradez.

Muchos son los dolientes. Enfermedades corporales que hacen sufrir, patologías espirituales que aniquilan las semillas que crecen con vida nueva. Corazones divididos, corazones dolientes, corazones agobiados de miseria y soledad, hijos abandonados de todas las omisiones.
Es misión de paz en donde la violencia no tiene lugar, en donde el poder que se ejerce es el servicio a los demás. Misión de liberación, porque mujeres y hombres han de erguirse mansamente desde los fangos en que están sumergidos.
Misión humilde que confía en la divina providencia antes que en el falso dios del dinero, que se aferra al Espíritu antes que a las cosas.

Pero por sobre todo, y aunque es necesario decir las cosas como son, proclamar la Buena Noticia para todos los pueblos comenzando por los pobres, se trata de ser Evangelios vivos, palpitantes, Evangelios que respiran, Evangelios en donde en cada segundo de la existencia se pueda leer el paso salvador de Dios por la historia.

Humildes obreros para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

La nueva familia



Para el día de hoy (22/09/15): 

Evangelio según San Lucas 8, 19-21




La lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy es breve, consta de tan sólo dos versículos, pero esa brevedad implica también una profunda y decisiva revelación.

Para situarnos en el contexto y ambiente, imaginémonos por un momento la situación: en el siglo I seguía teniendo una influencia decisiva el clan, la tribu, entendidas como familia extensa que otorgaba identidad y además imponía carácter y tradiciones. Era muy infrecuente que ningún varón -las mujeres no contaban- rompiera con esos códigos preestablecidos, y por ello, cuando ya hombre Jesús de Nazareth se larga a los caminos en cumplimiento de su vocación, menudo escándalo se debió desatar entre los parientes.

Seguramente se esperaba de Él que siguiera con la tradición familiar, que fuera carpintero como José, que se casara y tuviera hijos, que viviera su vida bajo la mirada de su Dios en su pueblo, junto a los suyos.
Pero este Cristo no hace lo que se supone que hará, siempre anda sorprendiendo. Curiosamente, no cumple con los planes de los otros, permanece fiel a su misión, y esa misión lo llevará a los caminos, a restaurar en humanidad y en salud a los enfermos y excluidos, en sentarse a la mesa con los que todo el mundo desprecia, a hablar de Dios como Padre y de un modo tan distinto a la enseñanza de escribas y fariseos.

Por ello es lógico que sus parientes crean que enloqueció. Los riesgos a los que se enfrenta son muy grandes, y en cierto modo el oprobio consecuente, tarde o temprano, caerá sobre su clan.
Por eso se quedan a las puertas de la casa en donde se encontraba el Maestro con los discípulos, y en apariencia el motivo que les impide acercarse es la nutrida multitud que busca beber de las palabras del Maestro. Pero es una construcción a la vez simbólica: los parientes se quedan fuera, no son parte de los discípulos, están allí por otros motivos, reclaman quizás una propiedad del rabbí que se entrega a todos sin condiciones.

Es que el Maestro ha inaugurado una nueva familia siempre creciente, que no se limitará a los vínculos de sangre. Se trata de la familia reunida por vínculos que refieren siempre al amor de Dios y al amor al prójimo, vínculos permanente, vínculos definitivos que surgen de la escucha atenta de la Palabra, y de su puesta en práctica.

Así en la comunidad cristiana, en esta nueva familia, a Dios se lo puede llamar Padre, Madre, hermano. Dios es familia en donde todos crecen en solidaridad, en justicia, en libertad, en cielos abiertos que se enraizan en la cotidianeidad.

Por ello el pronunciamiento del Maestro es un profundo elogio a María de Nazareth. A pesar de todas las situaciones confusas, aún cuando luego de treinta años Él parece apartarse de su lado, María sigue atesorando la Palabra en las honduras de su corazón purísimo, encarnando cada día en su ser a ese Dios que la ama, y que es su Hijo y su Señor. Hermana, Madre y discípula, la más feliz, espejo de nuestras existencias, compañera de todas nuestras luchas, siempre atenta a cuando el vino de la vida plena parece apagarse.

Paz y Bien

Nos buscaste




San Mateo, apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (21/09/15): 

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



Para los judíos del siglo I, un publicano es una presona despreciable, ubicado en un mismo escalón moral que las prostitutas. Se trata de otro judío al servicio del opresor romano, que sentados a sus mesas recaudan las tasas o impuestos imperiales: para los estrictos fariseos, un publicano es un hombre contaminado, un impuro religioso por estar en contacto habitual con extranjeros y con sus monedas. Para el resto del pueblo, se trata de un traidor, vendido a los intereses del que somete a la tierra de Israel, y que a menudo abusa de su posición con prácticas extorsivas para con sus paisanos. Desde todas las perspectivas, eran odiados fervorosamente y su vida personal se relegaba a su familia y al contacto con sus pares,un ostracismo difícil de romper.

El encuentro parece casual, un caminante más por las calles y la mesa tributaria como un accidente del terreno que es preferible sortear, pasar de largo, en especial por el indeseable que está allí, con su infame tarea cotidiana.
Pero el Maestro nazareno tiene una conducta extraña, escandalosa para los observantes rígidos e inmisericordes. Se detiene y lo observa, no se anda con cuidados por los potenciales comentarios de otros, seguramente lo mira a los ojos al publicano. 
Las cuestiones importantes siempre son personales, que atañen a la raíz de la existencia, y más aún las cuestiones del Dios de Jesús de Nazareth.
 
Nadie en su sano juicio, en aquel entonces, le hubiera dirigido la palabra a un publicano, no lo convidaría ni a apreciar un leve buenos días.
El Maestro lo convoca, lo llama por su nombre y le indica que lo siga. La respuesta de Mateo -conocido como Leví- es inmediata, audaz, total. Abandona todas las certezas que tiene -su mesa de trabajo, los impuestos que cobra, su mundo reducido- y sigue a Cristo. 

La invitación a seguirle es para compartir su existencia, vivir como Él mismo. La respuesta de Mateo es también simbólica: el ponerse de pié -paso primero antes del seguimiento- es su vida, su humanidad restaurada por el paso salvador de Dios, por sus días re-creados.

La gran noticia, la inmensa y feliz noticia es que nos buscaste, a pesar de nuestras miserias, de nuestros quebrantos, de todo lo reprochable, de todos estos desprecios que nos revisten. Viniste para que nos pongamos de pié, para que abandonemos todas las muertes, para dejar atrás la pleitesía a la muerte, y el tributo que se paga a la nada.

La Gracia no se merece ni se gana. El amor de Dios es absoluto e incondicional, y espera con paciencia nuestra respuesta.

Paz y Bien

Grandes errores




Domingo 25º durante el año

Para el día de hoy (20/09/15): 

Evangelio según San Marcos 9, 30-37



El Evangelista nos presenta un tramo del ministerio de Jesús de Nazareth por Galilea: su caminar es casi clandestino de tan confidencial. La tentación del éxito, de la honra y del poder acosa tan intensamente, que a veces es mejor cambiar de vereda más no de destino.

Junto al Maestro van los discípulos, y aunque hay una cercanía física, la distancia entre ellos es enorme. Así resalta la soledad de Cristo frente a la incomprensión de los discípulos, y que ello sucede mientras caminan destaca la referencia total hacia el anuncio de la Buena Noticia.

En esos hombres prevalecen estrategias mundanas de valores planos, sin altura ni trascendencia, y casi beben de antemano las mieles de las conquistas, de un Mesías glorioso y coronado. Siguen esclavos de una Ley tergiversada, la de los reglamentos, la de las recompensas y castigos, opuesta a la dinámica santa de la Gracia.

Grandes errores que persisten, pétreos, escarificados.
La parodia religiosa de suponer la vida cristiana como alternativa a este mundo. No y no, nada de eso. Se trata de ser sal y ser luz para que todo cambie de raíz, para dé gusto vivir la vida, para que florezca la justicia, para construir la paz. Para que el Reino venga y sea.

Las prebendas, los rótulos, las justificaciones de las atrocidades, el sometimiento del hermano, el poder por el poder mismo, un poder que se expresa desde el gesto pequeño y se extiende a los dominios imperiales.

Los códigos, las normas y las jerarquías por sobre todo, como cenit de precarios corazones.

Pero los caminos de Dios no son nuestros caminos. Nuestros grandes errores siguen replicándose.

Se pagaba un rescate para liberar a un esclavo, se paga un rescate extorsivo para liberar a un cautivo. 
Cristo paga con su vida ofrecida nuestra liberación, para que vivamos la libertad de las hijas y los hijos de Dios. Es el escandaloso anonadamiento del Dios encarnado, un Dios que nada se reserva para sí, que se entrega absolutamente, el amor entendido como donacion total e incondicional.

Desde estas mínimas existencias que portamos, todo debe y puede ser distinto. La Buena Noticia de que hemos sido invitados a edificar el Reino como jornaleros felices, en santa urdimbre de cielo y tierra, ejerciendo el más bondadoso de los poderes, la solidaridad y la compasión. Porque en la ilógica del Reino, el poder -el auténtico poder- es el servicio, y el servicio a los pequeños, a los niños y a los que son como niños.

La verdadera liberación es el paso de la servidumbre de todas las conveniencias al servicio, tierra prometida del amor de Dios.

Paz y Bien



La confianza del sembrador




Para el día de hoy (19/09/15): 

Evangelio según San Lucas 8, 4-15



Diversos son los tipos de terrenos que podían encontrarse en la Palestina del siglo I, que tanto Jesús como las gentes que le escuchaban conocían bien. Terrenos cuidados por labriegos, roturados con frecuencia y con una adecuada rotación de cultivos, para mantenerlos siempre sanos, pero que a menudo están cruzados por rutas y calzadas, con nutridos vehículos y caminantes. Terrenos en los que abundan las piedras, los roquedales y la arcilla que empuja, en donde difícilmente pueda hundirse cualquier raíz. Terrenos abandonados, baldíos, en donde con facilidad la cizaña se mimetiza con el trigo y acaba desalojando al grano que debería ser pan bueno. Terrenos fértiles, humíferos, en donde maravillosamente todo puede crecer.

Y en una zona tan pequeña como esa, a menudo los diversos tipos de terrenos conviven, son parte del mismo país.

Pero todos tienen en común, en mayor medida, tierra, tierra en donde a pesar de las características a menudo complejas y difíciles, siempre está latente la posibilidad de una germinación o un crecimiento.

Sin abundar en análisis ajenos a nuestra capacidad, es importante detenerse en la actitud del sembrador. Parecería despreocupado, quizás algo tonto. Esparcir semillas en terrenos dudosos.

Nada de eso.

El sembrador tiene una confianza enorme e inquebrantable, y aún a sabiendas de los riesgos de esterilidad potencial, sigue sin pausa ni desmayos en su tarea, porque pone sus manos, su esfuerzo y su corazón en la bondad maravillosa de la semilla, una semilla que a menudo es pequeña pero que cae en tierra, germina, crece y produce rindes asombrosos, inesperados, incalculables, en el tiempo de la Gracia, del amor infinito de Dios.

No podemos dejar de sembrar, por ningún motivo y bajo ninguna excusa. La siembra, claro está, no se efectúa siempre con prédicas orales. La mejor prédica es una vida que exprese en cada latido la Buena Noticia.

Es menester atreverse a sembrar, a fuer de adquirir rótulos menores de ingenuidad. La semilla puede germinar en terrenos insospechados, y a veces los pequeños yuyitos pueden transformarse en robustos árboles de sombra bienhechora y abundantes frutos

La semilla es la Palabra de Dios, la tierra es el hombre, y la Encarnación de Dios nos recuerda en su tenaz ternura y en su firme humildad que todo es posible.

Paz y Bien


Discípulas



Para el día de hoy (18/09/15): 

Evangelio según San Lucas 8, 1-3



En la lectura que nos ofrece la liturgia de este día hay una línea de continuidad argumental con lo que leíamos el día de ayer, y es la sorprendente y hasta escandalosa actitud de Jesús de Nazareth para con las mujeres.
Ayer defendía y recibía con amable perdón y misericordia a una mujer públicamente repudiada en la ciudad, hoy el Evangelista Lucas nos cuenta que el Maestro recorría los caminos de Galilea acompañado por los Doce...pero también por varias mujeres que son ellas tan discípulas como los varones iniciales.

Es menester situarse en la cultura y mentalidad del siglo I en la Palestina que conoció el ministerio de Jesús de Nazareth. La mujer sólo tenía los derechos que le concedía, por pertenencia, su padre o su esposo; por sí misma, se encontraba legal y moralmente varios escalones por debajo del varón. De ese modo su participación en la vida religiosa era restricta, y se la suponía limitada a las cosas del hogar, a parir y criar los hijos, un apéndice menor. Hay allí cierta misoginia que llega hasta nuestros días, sesgo duro y peligroso justificado religiosamente.

De acuerdo a ello, ningún rabbí se rodearía de mujeres en su grupo discipular. Era inconcebible y degradante, y por eso los que todo le reprochaban, a los epítetos de endemoniado, borracho y glotón le endilgan también el de mujeriego al Maestro.

Por ello no es casual que el Evangelista recuerde tres nombres puntuales de las mujeres que acompañaban a Jesús. Él veía a varones y mujeres como hermanos y hermanas, todos hijos e hijas del Padre.
Esos nombres reflejan la importancia, mujeres de rostro concreto, discípulas de Cristo porque han escuchado la Palabra, han reconocido el paso salvador de Dios por sus vidas y expresan su gratitud.

Ser discípulo es dejarlo todo y seguir a Cristo al servicio agradecido de la Buena Noticia.

Paz y Bien


El perfume de la misericordia




Para el día de hoy (17/09/15): 

Evangelio según San Lucas 7, 36-50


Simón, fariseo notable, invita a Jesús de Nazareth a comer con él. Probablemente ello responda a varias cuestiones: por un lado, la presencia de un rabbí -de cualquier rabbí- incrementa el prestigio del dueño de casa. Por otro lado, ese rabbí nazareno debe despertar en Simón una cierta incógnita, por todas las cosas que de Él se dicen, por por el revuelo que su presencia, sus acciones provocan en el pueblo y en sus pares religiosos.

Pero también Simón no puede con su genio: prisionero de sus prejuicios y atrapado en unos esquemas harto rígidos que poco tienen de religiosos, está atento a cualquier actitud reprochable o heterodoxa del joven maestro galileo.
En aquellos tiempos, las normas de urbanidad y hospitalidad implicaban lavar los pies del invitado recién llegado, pues los caminos de la Palestina del siglo I eran habitualmente muy polvorientos; se lo recibe al invitado besando sus mejillas, en un símbolico Shalom ofrecido cordialmente, y más aún, a un convidado de relevancia se le ungen los cabellos con algún perfume costoso, realzando el honor que confiere su presencia en ese hogar.

Deliberadamente y como un sutil y tácito insulto, Simón pasa por alto estas acciones. Quizás a su manera está expresando un desprecio a ese Maestro que no tiene pliegos académicos que exhibir, que es pobre de toda pobreza, amigo de todos los despreciados, galileo y por ello sospechoso de religiosidad débil y torcida por ser de las periferias.

Una mesa judía farisea tiene un ritual especial, pasos formales y precisos. Sin embargo, la irrupción de una mujer se asemeja a una tormenta de verano.
El nombre omitido tiene que ver con una clasificación condenatoria: es mujer, por lo tanto tiene menos derechos que un varón, pero además es una pecadora pública, es decir, que socialmente son conocidas sus miserias y pecados. De allí quizás provenga el epíteto de mujer pública cuando se evita el rótulo de prostituta, o de palabras más fuertes, y quizás una lectura superficial y torpe nos haga arribar a esos terrenos pantanosos.
Para colmo de males, irrumpe en la estancia sin pedir permiso, ajena a su no-condición de persona habilitada. Es menester tener en cuenta siempre que se haga lo que se haga, se imponga lo que se imponga -aún cuando se haga bajo pretextos religiosos- no se puede impedir que las gentes se acerquen con el corazón el la mano a ese Cristo que a nadie pertenece porque se brinda a todos.

Ese mismo Cristo permite sin ningún problema que esa mujer, anegada en llanto, bese sus pies, los lave y los seque con sus cabellos, y que unja sus cabellos con perfume. Se ubica detrás de Jesús al modo de los esclavos. A Cristo nunca le importó demasiado el qué dirán, sin embargo los hombres que lo observan con atención -representados por Simón el fariseo- se escandalizan. Si fuera en verdad un Maestro y un profeta, Jesús de Nazareth no lo permitiría, no se contaminaría con una impura total, absoluta.
La tradición manda eso: pero hay tradiciones que son traiciones cuando se olvidan del Dios que les confiere sentido.

El perfume que inunda la estancia por caer sobre los cabellos del Maestro es la respuesta cordial y agradecida de la Misericordia que se encarna en Cristo. Esa mujer despliega la mejor de las hospitalidades, la verdadera, la de recibir al Señor en su corazón que derrama bondad, misericordia, perdón que nos salva.

Paz y Bien

Caprichos y prejuicios



Para el día de hoy (16/09/15): 

Evangelio según San Lucas 7, 31-35



La alegoría que Jesús de Nazareth nos plantea desde la Palabra es una dura invectiva, un lamento y un llamado de atención y una invitación para todos nosotros.

Su invectiva no se expresa de manera abstracta y global, sino que tiene destinatarios claramente identificables: los dirigentes religiosos de su tiempo. Ellos, aferrados a sus esquemas y a sus principios, actúan de un modo pueril y caprichoso con tal de autojustificarse; han edificado una religión plagada de normas que oprime al pueblo y les garantiza poder cuasi absoluto, pero en ese ámbito estrecho no hay lugar para Dios ni para el prójimo.
No son capaces de ver más allá de ellos mismos.

Al Bautista, en su ascética integridad, lo criticaban y repudiaban diciendo que estaba endemoniado, un loco peligroso. Al Maestro, que celebraba la vida como don amoroso de Dios y compartía mesa, pan y vino con todos sin restricciones, y en especial con los excluidos y descastados, lo tratan de glotón y borracho, que se atreve a juntarse con pecadores públicos, con impuros sociales.

Esos prejuicios al Maestro le duelen en las honduras de su alma, pues esos hombres se placen de la ceguera en la que están inmersos.
Y entre esos hombres, en sus actitudes, podemos quizás espejarnos.

Por eso la llamada de atención y la invitación.
Los caminos de Dios, sin dudas, no son los nuestros. Pero lo imposible se trasciende y supera en Cristo.

La Sabiduría es el plan de Dios expresado en el amor infinito de su Hijo, vivir como Él vivía, amar como Él amaba. Nunca, jamás abdicar de la esperanza. Confiar en Aquél que todo lo podemos.
Pero muy especialmente, sabiduría es tener mirada y corazón transparentes para descubrir las huellas del Creador en todas partes, en cada rostro, en los actos de justicia, de liberación, de solidaridad, de bondad, en el don bondadoso de una naturaleza que solemos agredir con nuestra indiferencia.

Que esa Sabiduría que proviene del Espíritu nos conduzca a buenos puertos.

Paz y Bien

Madre fiel



Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/15): 

Evangelio según San Juan 19, 25-27




Esa mujer nazarena, al pié de la cruz, sufre un dolor que no puede expresarse de modo alguno con certeza y precisión.

Hay un cierto ordenamiento natural que se quebranta cuando un hijo muere antes que sus progenitores; sin embargo, cuando esa razón se invierte, son dos los que mueren, el fallecido y con enorme hondura la madre, en vínculo sanguíneo, cordial, espiritual con ese hijo que se ha ido.

Esa mujer nazarena está sometida a algo mucho peor: el Hijo se le está muriendo ante sus ojos, consumido su cuerpo por terribles dolores y por la tortura que se le aplica con siniestra eficacia romana. Seguramente el golpe de la impotencia, de las manos atadas, del no poder hacer nada ni cambiar lugares la agobia, pero sigue en pié, firme, fiel.

Sigue en pié a pesar de que a ese Hijo que también es su Maestro y su Señor lo ejecutan como a un criminal abyecto, despreciable, un maldito para la rigurosa mentalidad religiosa de su tiempo.

La simple observación nos deja en las lágrimas, en esa Madre de los dolores, como si lo luctuoso tuviera que asimilarse en su amargura con carácter definitivo.

Pero hay más, siempre hay más, y la figura de la Madre Doliente nos remite e impulsa más allá del dolor y el sufrimiento. No hay lógica posible. Lo que prevalece es su fidelidad a ese Hijo hasta el final, de pié y firme, sin abandonarle jamás, fidelidad que tiene la misma raíz vocal que la fé, fidelidad que tiene el mismo origen santo de la fé.

Ella nos dice que a pesar del dolor más demoledor no hay que resignar jamás la esperanza. Anawin del Señor, en ese Gólgota plagado de tinieblas cerradas prevalece la luz de su esperanza que no es utopía, pues es la realidad del amor de un Dios que ha de prevalecer siempre sobre el horror y la muerte.

Esa mujer fiel no tiene casa propia. Su hogar, por esa fidelidad, será el hogar de los hijos que la reciban, y a esos hijos, hermanos del Cristo de su vientre santo y de su corazón inmaculado, les brindará su persistente firmeza, su obstinada ternura, su amor fidelísimo aún cuando todos ellos, todos nosotros, estemos agobiados por el llanto.

Que la Madre de Dios, Madre fiel, Madre nuestra, nos enseña a mirar la vida con sus ojos, y a tener un corazón inmenso y esperanzado como el de Ella.

Paz y Bien


La gloria de la Cruz




La Exaltación de la Cruz

Para el día de hoy (14/09/15): 

Evangelio según San Juan 3, 13-17





Para muchos, hoy en día, la cruz sigue siendo un símbolo mortal, de tormentos y horror. Los medios se han encargado profusamente de divulgar la crucifixión como tortura fatal por parte de ciertos grupos que nada tienen de religiosos, y que buscan imponerse por la violencia y por el espanto; para las gentes del siglo I era aún peor.

La cruz era el método de ejecución habitual del Imperio Romano destinado a consumar la pena capital para los criminales más abyectos y marginales, castigo supremo para los subversivos. Y dentro de la estricta legislación mosaica, un crucificado no era solamente un impuro ritual en tanto que cadáver, sino que en grado sumo un crucificado era un maldito.

A simple vista, la cruz de Jesús de Nazareth es muerte, es ignominia, es derrota y final, la permisividad de un dios cruel al que le place la sangre y el dolor.

Pero la cruz es gloriosa, y sólo puede entenderse y enarbolarse como bandera de liberación desde la fé, una fé que es don y misterio.

Cruz gloriosa que se eleva por sobre las miserias del mundo. Cruz altar de la vida ofrecida para que no haya más crucificados, escandalosa cruz del amor supremo. 

La gloria de la cruz es el amor que proclama que la muerte no es herida fatal y definitiva, sino que la vida prevalece.
Cruz que posee dos brazos inseparables, uno apuntando siempre al cielo que la trasciende, otro indisolublemente orientado al horizonte de los hermanos.

Cruz que es árbol de Salvación en donde la vida, con todo y a pesar de todo, florece con un empuje asombroso.

Cruz que enarbolamos. Cruz que portamos. Cruz que nos identifica porque la llevamos al cuello pero signa nuestros corazones con la serena alegría de la esperanza.

Paz y Bien

 


Mesianismos




24º Domingo durante el año

Para el día de hoy (13/09/15): 

Evangelio según San Marcos 8, 27-35





La geografía bíblica es muy interesante e importante a la vez: nos ayuda a situarnos históricamente en aquellos sitios por donde aconteció el ministerio de Jesús de Nazareth, sus variantes culturales, sociales, políticas, las influencias del clima, lo reducido de los espacios físicos. Pero a su vez hay una geografía teológica, el ámbito espiritual y terreno de lo simbólico en donde hemos de abrevar para ubicarnos en la verdad del Espíritu que quiere conducirnos a la tierra prometida de la Salvación.

La mención del Evangelista no es fortuita ni circunstancial: Cesarea de Filipo es en donde reside el poder de un tetrarca tan brutal como su hermano Herodes Antipas, poder que depende en gran medida del respaldo de las legiones romanas pues es vasallo del imperio. La ciudad ha sido edificada en honor al César -de allí su nombre-, el opresor al que se considera un dios. En esos sitios es difícil que germinen las esperanzas mesiánicas, que haya espacios cordiales para Dios, y más aún: con siniestra regularidad se aplasta a aquellos que encienden antorchas de un tiempo nuevo, los profetas. Se mata a los profetas con eficacia y rapidez, con la pura lógica del poder, y es en ese mismo orden de ideas que se presuponga que, precisamente allí, no se espere nada bueno ni nuevo.

Así la pregunta que Jesús hace a sus discípulos en sí misma anticipa una enseñanza que debe golpearnos las resignaciones: hasta en los reductos de las sombras más abigarradas puede hacerse presente la Salvación en la persona del Cristo que siempre llega.

Las respuestas que el Maestro obtiene de los suyos y de lo que las gentes piensan refieren al Bautista, a Elías, a los profetas. En cierto modo es elogioso, pues depositan en la persona del rabbí nazareno las esperanzas tradicionales de su pueblo, toda la historia y las ansias de liberación de su nación. Pero también en ello hay un peligro escondido, pues los viejos esquemas son tan cerrados que impiden reconocer en Jesús de Nazareth al Mesías. 
Peor aún: es ornar al Mesías con los propios colores de sus angustias y proyectos, dejando de lado a la realidad del Cristo pobre, caminante, Dios encarnado. Y así, se explayan los mesianismos mundanos de gloria que se impone, de victorias por el uso inmisericorde de la fuerza, de reemplazos de gobernantes y mutación de poderes sin ninguna trascendencia ni conversión.

Aunque Pedro, con el fuego del Espíritu, se encienda en verdad al proclamar que Jesús de Nazareth es el Mesías, aún es incapaz de hacer su Pascua, el éxodo de esas prisiones interiores.
Terrible tentación la de pretender indicarle con talante reprensivo a Cristo cómo debe ser y actuar, conforme a las estampitas que uno mismo se imprime, y reclamarle con enojos cuando no se adecua a esa caricatura,

Porque el Mesías, Cristo hermano y Señor es el Cristo de la Pasión el de la vida ofrecida como amor mayor, total, definitivo. 
La Pasión, a pesar de todos los preconceptos, está en los planes de Dios. Ello no implica aferrarse al tótem infame de un dios cruel sediento de sangre, sino a un Dios que es Padre, que se hace uno de nosotros, que se entrega sin medida a las garras de la muerte para que todos vivan. La Resurrección trastoca todos los cálculos, la Resurrección reafirma la preeminencia del amor, la Resurrección es la ratificación definitiva de la vida, la alegre y mansa certeza de que la muerte, de que todas las muertes no tienen la última palabra.

Pasión y Resurrección son los dos aspectos absolutos e inseparables del amor infinito de Dios.

Seguir los pasos de este Mesías no es cosa fácil. Es atreverse a ser un marginal en favor de la vida y la liberación del hermano, mansedumbre que no es cobardía, una lluvia de desprecios por mantenerse firme en los brazos de una providencia que se actualiza por la buena ventura del Espíritu que nos sostiene, cargando al hombro todas las miserias propias y de los otros. Aunque seamos mínimos, aliviar la carga del otro es un paso enorme y una señal de maravilloso escándalo de la Gracia de Dios.

Porque aunque todo diga que nó, todo es posible para Dios. Es el tiempo en que se desdibujan los no se puede por el amor generoso, total e incondicional de Dios para con toda la humanidad expresado en el Cristo que siempre nos busca.

Paz y Bien

Los buenos árboles




El Santísimo Nombre de María

Para el día de hoy (12/09/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 43-49



Por lo general no son demasiado vistosos. Tienen, eso sí, las particularidades propias de su origen y entorno, y los hay de diversas longitudes, dimensiones, frondosidades. Pero eso sí, todos tienen en común una particularidad que es su sino y su identidad: los buenos árboles se reconocen por sus buenos frutos.

Es claro que la realidad indica una obviedad: los buenos árboles no rebosan de buenas intenciones frutales. Lamentablemente, demasiadas autopistas a la perdición se han pavimentado con el asfalto falaz de las buenas intenciones. Los buenos árboles son más sencillos, brindan buenos frutos porque en ello les vá la savia.
Árbol sin frutos es savia desperdiciada, vida de balde, destino de leña.

Hay muchos hombres y mujeres así, árboles buenos, árboles de ramas fragantes, árboles de buena sombra en verano, árboles que nos sustentan, árboles firmes en la bondad. Árboles que no andan buscando apologías, agradecimientos: les basta y alcanza con la firme raíz que es la de brindar/se en frutos generosos, sin estridencias, aún cuando en ello se les vaya toda la existencia. Porque sus frutos no están como adorno, sus frutos son buenos para los demás, nutren y engalanan las vidas de los otros.
Esas mujeres y esos hombres, árboles buenos que la vida nos regala a cada paso, acunan corazones grandes en donde el bien que sólo procede de Dios puede germinar, la cosecha infinita y bondadosa del Reino.

Es menester darse cuenta, expandir la mirada y jamás abandonar la gratitud.
Edificando sobre la roca firme de la Palabra, Cristo, Verbo encarnado, Dios con nosotros, la casa existencia permanece firme a pesar de tantas tormentas.
Pero además nos abre los ojos también, para reconocer el amor de Dios en esos árboles cordiales de frutos santos que en todas partes florecen en humildad y silencio, contra viento y marea, a pesar de que a veces parezca mandar la noche, para que no nos resignemos a edificar el día.

Paz y Bien

La mirada de Jesús de Nazareth




Para el día de hoy (11/09/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 37-42




Hay otra manera de mirar al mundo y al otro. 
No es tarea fácil, pues implica dar la más brava de las batallas, la que se libra contra el propio ego, y animarse a tener la mirada de Jesús de Nazareth. 

Se dice con veracidad que los ojos son la ventana del alma; pero también, a través de la mirada el mundo puede adquirir distintos significados.
La mirada de Jesús de Nazareth es una mirada bondadosa, por la que a pesar de todo y todos no se abdica jamás de la esperanza en que el hombre puede ser mejor, puede trascender, puede ser pleno, compasivo, fraterno.

Para nuestros limitados horizontes, puede sonar a ingenuidad. Pero aunque la rítmica del desprecio y del ridículo intente marcarnos el paso, no hay que bajar los brazos. En cada corazón -aún en el más malo, en el más vil- hay una posibilidad de regreso, hay un destello de Dios que puede disipar sombras.
Las gentes así, que se animan a despojarse de preconceptos y arrogancias de dominio que suponen la posesión del derecho absoluto a la crítica. Las gentes así, que a pesar de todo lo tenebroso que a veces nos cerca, siguen siendo tenaces en la esperanza de edificar un nosotros, porque por entre la multitud descubren al tú real y se despojan alegremente del yo. Las gentes así son frutales, imprescindibles, Buenas Noticias que laten.

Eso no implica, jamás, renunciar a la justicia o anegarse en pantanos de indiferencia. La verdad siempre por delante, la verdad ha de hacernos libres.
Dejar atrás la ceguera de no reconocernos tal cual somos, con luces y sombras, y así ir al encuentro del prójimo, en donde nos encontraremos con el Cristo de nuestra salvación.

Paz y Bien

En clave de misericordia




Para el día de hoy (10/09/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 27-36



La superación de la pura letra, el arribo a la tierra prometida del Corazón Sagrado de Dios es convite primordial de la vida cristiana.
Es claro que en el plano de nuestras limitadas existencias y abundantes miserias, necesariamente nos regimos por leyes o normas de convivencia; pero aún cuando éstas tengan su significado, se limitan en aras del mundo, en la cerrazón de su no-trascendencia.

Por ello escuchar al Maestro proclamar la Buena Noticia y en ella destacar que es fundamental a ella amar al enemigo, a quien nos odia o a quien procura nuestro mal es escalofriante. En cierto modo, es elegir morir antes que buscar venganza o, mejor aún, primun non nocere, primero no hacer daño.

Pero hay más, siempre hay más.
En parte, Jesús de Nazareth inaugura un tiempo distinto en donde los pueblos no adquieren significado por sí mismos, es decir, en proyectos en donde se busca únicamente el propio beneficio sin importar otras consecuencias. En el ámbito personal, implica una expresa renuncia al ego, un éxodo del yo para pasar a un nosotros sin exclusiones.
Pero fundamentalmente, viene a despertarnos de todos los sopores con la urgencia del amor, que no es abstracto ni ensueño romántico sino bien concreto, hasta sanguíneo si se quiere. La Pasión del Señor da fé de ello. Aún así, seguimos aferrados a amores rituales y cerrados a los propios.

El apóstol Pablo lo enseña con claridad: tengamos los sentimientos de Cristo Nuestro Señor. Nada se guardó celosamente. Se despojo de su condición divina anonadándose para que estemos vivos, para nuestra Salvación.

Así, el amor a los enemigos sólo adquiere sentido y puede comprenderse en clave de misericordia, que es el amor de Dios con nosotros.
Vivir como Cristo vivía, amar como Él amaba es la magnífica ilógica y la santa invitación a convertir nuestras existencias, a ser hijos dignos de Aquél que nos amó primero.

Paz y Bien


Para no disipar la existencia



San Pedro Claver, presbítero

Para el día de hoy (09/09/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 20-26




En la montaña y en el llano. En los hogares y a la vera del camino. Con los enfermos y los excluidos. Parece que los lugares sagrados no se dejan atrapar tras los muros del Templo y de todos los templos, y que éstos florecen allí en donde se hace presente Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, y que interpela al hombre, lo convida a cuestionarse lo que parece inalterable y definitivo, asumido con el alma en derrota.

La multitud es creciente, han venido de todas partes. En su inmensa mayoría se trata de mujeres, hombres y niños pobres a los que la cotidianeidad agobia de miseria, de gris desesperanza, de un presente horroroso sin futuro y con un pasado que quisieran no recordar.

La linealidad/literalidad es causa de todos los fundamentalismos -de cualquier religión-. De ese modo se pueden aceptar con resignación los dolores de este mundo, pues habrá recompensas postreras, post mortem. Pero también se corre el riesgo de cierto pobrismo erróneo, como si la pobreza no elegida -la que se impone, la que es resultado de la injusticia- deba aceptarse por ser más favorable a una interpretación evangélica en donde el Cristo de la cruz está ausente.

El pobre y el hambriento, el anegado de llanto, el perseguido por su fidelidad al Evangelio, todos viven en dos mundos, en un presente oscuro, inhumano, demoledor. Pero también en medio de esas sombras, contra toda lógica y en esos precisos momentos, el Reino florece en un aquí y un ahora que, en apariencia, parece incontrovertible. Reino de justicia y paz, de alegría, de mansedumbre, de plenitud, de vida gratamente compartida.

En cambio el rico, el que está conforme con lo que impera, el que se aferra no sólo a la comodidad material sino a una vida light sin compromiso y con un horizonte sin prójimo, tiene esa vida acotada a un sólo mundo finito, que se termina sin destino, significado, trascendencia ni justicia. Porque la justicia se enraiza primero en cada corazón.

Las Bienaventuranzas son una señal de auxilio en plena noche para nuestra gente y para todas las gentes.

Las malaventuranzas, esos ayes que tan a imprecación nos pueden sonar, son un grito salado de lágrimas para abandonar la existencia por senderos disipados, mundos sin hermano, sin Dios y sin destino.

Paz y Bien


El motivo de nuestra sonrisa




La Natividad de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/09/15): 

Evangelio según San Mateo 1, 1-16. 18-23




La Iglesia no acostumbra a celebrar el nacimiento terrenal de sus santos: en el mundo antiguo -y contemporáneo también- se suele festejar el nacimiento de reyes, césares, lisonja y sumisión hacia los poderosos de turno. En cambio, la Iglesia celebra lo que denomina Dies Natalis, día del nacimiento, al día en que acontece su muerte, pues se nace para el cielo. 

Por otra parte, el sentido común indica que si bien toda vida nueva es motivo de alegría y milagro, aún no se sabrá si la vida posterior será motivo de celebración o de vergüenza. La existencia se edifica día a día.
Ahora bien, el memorial de la muerte terrena de un santo no debe ser nunca motivo de reivindicación de la muerte o, tal vez, mórbida obsesión por el más allá con desarraigo en el más acá. Por el contrario, en la memoria del santoral elevamos plegarias de gratitud por vidas ejemplares que comienzan aquí pero que no finalizan en el umbral terreno, pues tenemos la certeza de su eternidad en los brazos de Dios que hemos descubierto en su historia. 

De este principio tan importante y caro a nuestros corazones, se establece una sola excepción que es Cristo, cuyo mismo nacimiento es motivo de celebración, gloria a Dios en lo alto y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, de Dios que se encarna, Dios con nosotros, el día definitivo esperado con ansias durante siglos, la Salvación para todos los pueblos.
De ese Cristo que es la luz se iluminan festivamente otros dos nacimientos: uno es el de Juan el Bautista, quien allana sus caminos, quien enciende corazones, quien lo precede con la fuerza de la profecía.
El otro es el de María de Nazareth.

Ella es la puerta agraciada por la que la Salvación ingresa a la historia. Ella, muchachita judía mínima de aldea campesina, con su Sí transforma al universo. 
Theotokos, Madre de Dios por engendrarlo en su cuerpo pero antes en su corazón, al calor de la Gracia que la hace plena, bienaventurada por todos los tiempos.

Por eso, donde está la Madre está el Hijo.
Por eso, María es el motivo de nuestra sonrisa, humilde y confiada, porque con todo y a pesar de todo no debemos temer, porque no estamos solos, porque la vida ha de ser siempre motivo de celebración y de afirmación bondadosa de Dios que trasciende todas nuestras muertes.

Paz y Bien

La verdadera discapacidad




Para el día de hoy (07/09/15): .

Evangelio según San Marcos 6, 6-11




Un hombre con una mano paralizada, especialmente en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, es un hombre imposibilitado de trabajar, de llevar el pan a la mesa familiar. No puede estrechar otra mano con franqueza, no puede acariciar, ni indicar rumbos. No se vale por sí mismo. Para la religiosidad imperante, es un impuro ritual, un hombre venido a menos por el pecado y que por tal debe someterse a su justo castigo, su enfermedad.

La escena que nos brinda la lectura para el día de hoy acontece en la sinagoga durante la celebración del Shabbat, el sábado sagrado. Sinagoga y Shabbat son dos instituciones importantísimas para Israel, para su identidad religiosa y nacional.

Sinagoga significa, literalmente, congregación. A diferencia de una estructura de templos, más que espacio físico sinagoga significa ámbito en donde la comunidad se reune o congrega para reflexionar la Ley, para orar, para reencontrarse con su Dios. Aunque su origen es antiquísimo, adquirió especial relevancia durante los duros y amargos años del destierro babilónico, toda vez que se comenzó en ella a realizar la lectura pública y el estudio de la Torah, impidiendo así que la fé de sus mayores se disolviera por la influencia foránea, y no puede negarse su raigambre comunitaria.

El Shabbat es el memorial sagrado de la vida esclava en Egipto, del trabajo a destajo sin descanso y, por tanto, el paso liberador de Dios. Al establecer un día de guardar consagrado al Dios de Israel, se restablecía la salud por el cansancio agotador de la semana, se restauraban los lazos familiares y más aún, se restauraba el vínculo con Dios de hombres que eran libres, ya no esclavos. Así el Shabbat es tan caro a la tradición única de Israel, la irrupción de un día sagrado en medio de tantas circunstancias profanas.

Con el correr de los años, la ortodoxia religiosa oficial reglamentó con profusas normas la actividad y el desarrollo de ambos institutos, a tal punto de desdibujar su sentido primero. Así, se anteponía la norma al mismo Dios que le confería sentido, la letra por la letra misma sin corazón.

Como se infería que durante el sábado nada debía hacerse en pro del reposo santo, hasta las mínimas acciones estaban estrictamente prohibidas, anatemas condenatorios. Así, la atención de esos hombres extremadamente piadosos -los fariseos-, religiosos profesionales, se centra en el rabbí galileo para ver que hace frente a ese hombre con una mano inútil, buscando intensamente un motivo acusatorio: el infringir las normas, en casos extremos, podría llevar a la pena capital.

Ese hombre es invitado por Cristo a ponerse en el centro de la sinagoga, de la congregación, signo cierto para todos nosotros que en el centro de las comunidades ha de estar siempre el hermano que sufre, signo para esos hombres de que han perdido su centro verdadero, el prójimo y su Dios.

Porque en esa sinagoga hay un hombre con un problema en su mano y muchos discapacitados, los verdaderos, los incapaces de cualquier compasión y que a su vez pretenden impedir que florezca al bien por sobre cualquier normativa.

Dios quiera liberarnos de tantas dolencias cordiales.

Paz y Bien

 


Los que no oyen, los que no escuchan



Domingo 23º durante el año

Para el día de hoy (06/09/15): .

Evangelio según San Marcos 7, 31-37



Jesús de Nazareth ha regresado de su viaje misionero por tierras paganas, extranjeras -Tiro- y atraviesa en su periplo Sidón y la Decápolis. Estamos nuevamente en tierras judías, en donde el Evangelista nos sitúa de manera difusa: en embargo, nos envía coordenadas teológicas -espirituales- para no extraviarnos.

Porque la realidad del Reino de Dios, la Buena Noticia se brinda aquí y ahora para todos los pueblos. Las multitudes se acercan allí al Maestro, inmenso rebaño sin pastor, pequeños peces a la deriva, ávidos de liberación, hambrientos de verdad. Aunque muchos de ellos lo hacen también por intereses personales: su fama de taumaturgo le precede, y son muchos los que lo buscan afanosamente sólo por ello, y es un signo de lo superficial, de lo interesado aún cuando el motivo sea legítimo.
Para muchos, Cristo es un personaje de poderes mágicos, un solucionador instantáneo de problemas que agobian y para los que no tienen solución.

Tal vez esa sea la causa del dolor cordial que le duele al Maestro, cuyos ojos se elevan al cielo, y que como súplica de sus entrañas exhala un suspiro. A ese hombre lo aparta de la multitud: la snación no ha de ser un show, una exhibición impúdica que no tenga en cuenta al doliente. La sanación es un profundo encuentro con el Dios de amor de Jesús de Nazareth, un Dios que no es un feroz vengador punitivo de los pecados, que castiga infidelidades con enfermedad, como dicen los expertos religiosos. Tampoco los enfermos son impuros, rotulados como indignos, excluidos de todo. 
De allí que adquiera mayor relevancia el inmenso gesto de ternura de tocar las orejas de ese hombre con sus dedos, y su lengua con saliva. La impureza que se contagia cuéntensela e impóngansela a otros, amigos, no es cosa del Reino. Ese gesto remite bondadosamente a la creación, al barro fecundo que se pone en pié por el Espíritu creador, barro en el que se insufla la vida nueva.

Pero hay otra cuestión que no es menor: el Maestro no dedica ni un instante a hacer prosélitos o a incrementar el número de seguidores, ni tampoco en este caso impulsa conversiones. Todo en Él habla del amor de Dios que sólo vé hijas e hijos a los que quiere restaurar en humanidad plena.

Posiblemente el sordomudo era ese hombre al que el Señor devuelve la capacidad de oir, de escuchar, de comunicarse. 
Los verdaderos sordos quedamos alrededor, pues hemos perdido la capacidad de oír y escuchar a Dios en la Palabra y en el hermano, la realidad universal de la Salvación. 

Que la bondad de Dios nos regrese la salud de los corazones.

Paz y Bien
      

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