El perfume de la misericordia




Para el día de hoy (17/09/15): 

Evangelio según San Lucas 7, 36-50


Simón, fariseo notable, invita a Jesús de Nazareth a comer con él. Probablemente ello responda a varias cuestiones: por un lado, la presencia de un rabbí -de cualquier rabbí- incrementa el prestigio del dueño de casa. Por otro lado, ese rabbí nazareno debe despertar en Simón una cierta incógnita, por todas las cosas que de Él se dicen, por por el revuelo que su presencia, sus acciones provocan en el pueblo y en sus pares religiosos.

Pero también Simón no puede con su genio: prisionero de sus prejuicios y atrapado en unos esquemas harto rígidos que poco tienen de religiosos, está atento a cualquier actitud reprochable o heterodoxa del joven maestro galileo.
En aquellos tiempos, las normas de urbanidad y hospitalidad implicaban lavar los pies del invitado recién llegado, pues los caminos de la Palestina del siglo I eran habitualmente muy polvorientos; se lo recibe al invitado besando sus mejillas, en un símbolico Shalom ofrecido cordialmente, y más aún, a un convidado de relevancia se le ungen los cabellos con algún perfume costoso, realzando el honor que confiere su presencia en ese hogar.

Deliberadamente y como un sutil y tácito insulto, Simón pasa por alto estas acciones. Quizás a su manera está expresando un desprecio a ese Maestro que no tiene pliegos académicos que exhibir, que es pobre de toda pobreza, amigo de todos los despreciados, galileo y por ello sospechoso de religiosidad débil y torcida por ser de las periferias.

Una mesa judía farisea tiene un ritual especial, pasos formales y precisos. Sin embargo, la irrupción de una mujer se asemeja a una tormenta de verano.
El nombre omitido tiene que ver con una clasificación condenatoria: es mujer, por lo tanto tiene menos derechos que un varón, pero además es una pecadora pública, es decir, que socialmente son conocidas sus miserias y pecados. De allí quizás provenga el epíteto de mujer pública cuando se evita el rótulo de prostituta, o de palabras más fuertes, y quizás una lectura superficial y torpe nos haga arribar a esos terrenos pantanosos.
Para colmo de males, irrumpe en la estancia sin pedir permiso, ajena a su no-condición de persona habilitada. Es menester tener en cuenta siempre que se haga lo que se haga, se imponga lo que se imponga -aún cuando se haga bajo pretextos religiosos- no se puede impedir que las gentes se acerquen con el corazón el la mano a ese Cristo que a nadie pertenece porque se brinda a todos.

Ese mismo Cristo permite sin ningún problema que esa mujer, anegada en llanto, bese sus pies, los lave y los seque con sus cabellos, y que unja sus cabellos con perfume. Se ubica detrás de Jesús al modo de los esclavos. A Cristo nunca le importó demasiado el qué dirán, sin embargo los hombres que lo observan con atención -representados por Simón el fariseo- se escandalizan. Si fuera en verdad un Maestro y un profeta, Jesús de Nazareth no lo permitiría, no se contaminaría con una impura total, absoluta.
La tradición manda eso: pero hay tradiciones que son traiciones cuando se olvidan del Dios que les confiere sentido.

El perfume que inunda la estancia por caer sobre los cabellos del Maestro es la respuesta cordial y agradecida de la Misericordia que se encarna en Cristo. Esa mujer despliega la mejor de las hospitalidades, la verdadera, la de recibir al Señor en su corazón que derrama bondad, misericordia, perdón que nos salva.

Paz y Bien

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