Éxodo de temores




Para el día de hoy (20/01/14):  
Evangelio según San Marcos 2, 18-22


Con motivos a veces fundados, pero también con ansias descalificatorias, se ha encasillado a la secta de los fariseos en la absoluta negatividad y fiera religiosidad enemiga de Cristo. Sin embargo, hemos de señalar que los fariseos eran, ante todo, hombres muy piadosos que procuraban por todos los medios permanecer fieles al Dios de Israel, hombres de plegaria constante, de estudio y reflexión de la Palabra, de reordenar toda la existencia en base a esa fé que profesaban. Con el tiempo, ello se fué tergiversando y devino en un grupo cada vez más sectario que rechazaba cualquier novedad o heterodoxia.
Dos eran los problemas que aquejaban sus almas: por un lado, eran totalmente literalistas, es decir, leían la Torah y la interpretaban en forma literal, olvidando los niveles de profundidad y, especialmente, a Aquél que le daba pleno sentido a esa Palabra.
La literalidad es madre y causal de todos los fundamentalismos, y éstos suelen ser violentos, sectarios y excretan del ámbito de lo propio al distinto, al que no se aferra a cosas que tradiciones a menudo dudosas le han impuesto.

Por otra parte, estaban firmemente establecidos en una religiosidad retributiva, y ello implica que sus actos de culto y pìedad estaban destinados a ganar los favores divinos. Al seguir los preceptos establecidos -sin dudas- obtendrían la bendición de su Dios.

En cierto sentido, Juan el Bautista y sus discípulos también estaban imbuidos de esa mentalidad: de allí que ayunaran con notoria frecuencia, para la obtención del perdón de sus pecados mediante la mortificación del cuerpo, en un perpetuo rictus amargo y de temor por la venganza de su Dios para con los pecadores.

Con Jesús de Nazareth, todo cambia. El Dios que revela es un Dios que ama, un Dios Padre y Madre también que se dona por entero, asumiendo en Cristo a la humanidad frágil y quebrantada para levantarla, para que pueda mirar al sol.
En los albores del Reino que nos ofrece, se encuentra la Gracia, asombrosa e inefable, un Dios que perdona y ama incondicionalmente. Porque la condenación y la muerte son bien nuestras, no son para nada de Dios.

No está para nada mal el ayuno, claro que no. El problema estriba en el sentido que se le otorga, máxime cuando su motor primordial es la caridad, la misericordia y la solidaridad, el encuentro amoroso con un Dios inquebrantablemente fiel que no distingue entre propios y ajenos. Ello es nuestro, esa divisoria fronteriza de aguas nos pertenece. 
Para el Dios de Jesús de Nazareth todas son hijas y todos son hijos.

Con este Dios con nosotros habrá buenas noticias que serán siempre nuevas y renovadoras. Porque la Gracia de Dios nos está re-creando y resucitando a diario, a cada instante.
Cristo es la tela nueva para vestirse el alma de fiesta, Cristo es el vino que nunca se avinagra, que nos enciende las almas, que nos impulsa a celebrar. Toda esta novedad concedida por pura bondad no admite remiendos, ni parches de viejas costumbres.
Siempre hemos de estar dispuestos a ojos de niño -miradas de asombro- porque de continuo todo nos está renaciendo.

Por este Cristo hermano y Señor, con todo y a pesar de todo, la vida ha de ser celebración perpetua de estar vivos, felices de este don y misterio que es la existencia, con la segura certeza de que Él vá con nosotros.

Paz y Bien




Testigos del Cordero



Para el día de hoy (19/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 29-34

La escena estremece: Aquél que era esperado con ansias a través de los siglos, que traería la redención definitiva, la liberación plena, aguardaba anónimo entre la multitud, esperando ser bautizado por Juan.
Viste ropas sencillas, de artesano galileo, y su acento nazareno lo delata. Quizás, por imágenes erróneas de realeza y poder mundanamente victorioso, no ha de esperarse mucho de ese hombre joven, provinciano.
Es un perfecto desconocido, pero los que saben mirar y ver, y sus corazones y sus mentes se encienden por el Espíritu de la Vida -el Espíritu de Dios-, logran identificarlo por entre la marea de gente.

Así Juan el Bautista, y su testimonio es clave y magnífico: es el más grande de todos los hombres, enorme en su integridad y en su fidelidad, pero aún así es el más pequeño del Reino que el Señor inaugura.
Porque Juan es capaz de descubrirlo y de señalarlo en voz alta, es quien trae la plenitud, es quien quita el mal que agobia e impide la plenitud, la alegría, la felicidad.

Ese hombre joven es de Dios y es Dios, y Juan quiere disminuir su notable influencia para que las miradas no se detengan en él mismo, sino que se dirijan a Aquél que trae la salvación.

Juan se vuelve transparente, y es ejemplo para todas las generaciones postreras de mujeres y hombres que no quieren protagonismo egoísta, sino que se vuelven señales de auxilio para el pueblo que anda en tinieblas y sumido en la desesperanza: entre nosotros, entre los que van y vienen, humilde y casi desconocido en nuestra cotidianeidad se encuentra ese Cristo que nos dá sentido a nuestras pobres y acotadas existencias, Él mismo que toma en sus hombros nuestras miserias y nos transforma, Aquél que hace que la vida tenga sabor y merezca ser vivida. 
Porque con Cristo la vida amanece y no habrá jamás un final.

Paz y Bien
 

Seguirte, Señor



Para el día de hoy (18/01/14):  
Evangelio según San Marcos 2, 13-17



Seguirte, Señor, es tener la maravillosa certeza de que nos has buscado, que has salido a nuestro encuentro, en nuestros quehaceres cotidianos, en esos presentes a veces tan insípidos de rutina, y les diste un sentido nuevo. Nos brindaste junto a tu amistad incondicional un horizonte seguro hacia donde ir, una razón para vivir -que no sobrevivir-, tu respaldo perpetuo más allá de nuestros quebrantos.

Seguirte, Señor, es descubrir corazón adentro que nunca se nos apaga el rescoldo de eternidad que se nos ha concedido, imagen de ese Dios que se ha llegado hasta aquí y se ha quedado entre nosotros.

Seguirte, Señor, es esa confianza de que sos el mejor médico, ese mismo que jamás abandona a sus pacientes, todos nosotros, tan doblegados por el peso de las miserias que elegimos, la ceguera de nuestras fugas, las camillas de nuestras comodidades, las llagas del egoísmo, la crueldad de ignorar al hermano.
A veces la carga que portamos libremente es tan gravosa... pero aún así, tu invitación sigue firme y constante a pesar de los escasos méritos. Todo es Gracia.

Seguirte, Señor, es saber también que tu mesa es amplia, enorme, y que tienen asientos preferenciales todos aquellos a los que ni soñando invitaríamos a nuestras mesas restringidas. Tu mesa es donde la vida se comparte, la vida se celebra, la vida se agradece, la vida se expande y multiplica.

Seguirte, Señor, es enarbolar humildemente la bandera de tu tenacidad. Desde nuestras mínimas y modestas existencias, seguir, siempre seguir, jamás rendirse ni bajar los brazos, a pesar de tantos rostros circunspectos, agrios árbitros de lo correcto pero jamás de lo justo, lo que se ajusta a la voluntad de Dios.

Seguirte, Señor, es manifestar tu confianza en nosotros, porque creés en nosotros mucho más que lo poco que nos aferramos a tu esperanza. Porque no te importa tanto lo que somos, sino lo que podemos llegar a ser, la vida que podemos acrecentar, la plenitud que siempre está allí, al alcance de cada corazón, esa alegría que no se agota.

Seguirte, Señor, es andar a paso firme sabiendo que nos andás resucitando de tantas muertes con tu perdón y tu misericordia que nos sanan y liberan. 

Paz y Bien

Manos solidarias



Para el día de hoy (17/01/14):  
Evangelio según San Marcos 2, 1-12



Jesús de Nazareth regresa a Cafarnaúm, a la casa familiar de Simón y Andrés, una casa que considera hogar propio, una casa que es Iglesia en donde todos son tenidos en cuenta y respetados, en donde se comparte la Palabra, la vida y la salud. La suegra de Pedro lo sabe bien.

Ha regresado y debe de estar bastante cansado: ha recorrido toda Galilea enseñando, y ha tenido que pasar largos períodos de soledad en el desierto: por los criterios religiosos imperantes, y por haber tocado a un leproso, se había vuelto impuro ritual y social, por ello el ostracismo obligado.
Jesús considera a esa casa como propia, como hogar, y es símbolo de esa Iglesia que ansiamos, un recinto de bondad y justicia en donde Cristo se halle a gusto.

A pesar de su cansancio, no desoye el llamado interior de su vocación, y se pone a enseñar. Y las multitudes, hambrientas de una Palabra buena y nueva -esperanza en ciernes- se agolpan a las puertas de la casa. No cabe ni un alfiler y no se puede pasar por la puerta.
Sin embargo, a pesar del gentío, se encuentran los severos escribas en primera línea, cómodamente instalados. Silenciosos y a la vez juiciosos, ocupan como en todas partes los primeros sitios, y su voluntad no es la de aprender: por el contrario, tienen encendido el detector de heterodoxia, el sensor de blasfemias, los celos por ese joven rabbí galileo que parece querer socavarles su poder y su prestigio.

Pero para otros no es fácil acercarse al Maestro, arrimarse a la vida. Hay muchos postrados por enfermedades, por criterios inhumanos, sometidos por la culpa, incapaces de levantarse por sí mismos, impedidos de movimiento.
Entre el impedimento físico y la marea de gentes, ese hombre derrengado en una camilla se enfrenta a un imposible, a un no vá a poder ser.

Pero los no se puede, esos imposibles que sobreabundan y parecen inamovibles, finalmente aflojan cuando hay manos solidarias dispuestas al auxilio, al ingenio, al escandaloso atrevimiento de la solidaridad. Lo urgente se diferencia de lo importante, y es la comunidad que se involucra con la mirada y las manos puestas en ese Cristo al que todos deben llegar.

Cuando la comunidad de fé -la Iglesia- se enciende de solidaridad, con Cristo por horizonte y destino, los imposibles ceden y acontecen los milagros. Y es tan necesario, a menudo, volverse pies, manos, brazos, piernas para tantos caídos, paralizados en sus almas y en sus cuerpos, camillas de comodidad y de temor.
A veces, aún bajo ciertos apercibimientos de insolencia, es menester abrir ciertas brechas y boquetes en los techos de la Iglesia.

Porque el perdón y la bondad que trae Jesús de Nazareth, Dios y hermano nuestro, sana, salva y restaura la existencia.

Paz y Bien
 


Un apóstol improbable




Para el día de hoy (16/01/14):  
Evangelio según San Marcos 1, 40-45



Como un signo cierto de los tiempos, a partir de la injusticia obrada contra Juan el Bautista, Jesús de Nazareth regresa a Galilea y se larga a los caminos. Lleva a todas partes el anuncio de la Buena Noticia, por los poblados, las ciudades, en donde las gentes trabajan, en las sinagogas en donde se reunen a orar y a hablar de las Escrituras.
Es muy diferente a Juan, que se queda en el desierto, bautiza a orillas del río y allí recibe a muchos. Jesús es dinamismo, es la imagen misma de Dios que sale al encuentro del hombre, y tiene un terrible hambre de enseñanza. Nada ni nadie puede detener su vocación docente, la revelación de ese Dios que es Padre y ama a todas sus hijas y a todos sus hijos.

Como contrasigno, ese hombre agobiado por la lepra es el opuesto total. Es un cuerpo doliente y un alma sometida. En aquel entonces, la lepra era una cuestión sanitaria, una cuestión social, una cuestión económica y una cuestión religiosa, siendo ésta última la principal que subsumía a todas las otras.
Sanitaria, pues no se tenían respuestas médicas que aliviaran las terribles consecuencias degenerativas y contagiosas.
Social, pues al no tener respuesta médica, al enfermo es menester aislarlo de familia y comunidad.
Económica, pues el ostracismo obligado impide que el enfermo se gane el pan diario y permanezca sumido en la miseria, apenas subsistiendo por una ocasional limosna.
Y religiosa, pues los sabios y eruditos habían determinado que la lepra era señal de impureza ritual absoluta, por lo que -además del lógico contagio- era considerado en el escalón espiritual más bajo, todo ello producto del castigo divino frente a pretéritos pecados. Tal es así, que quienes determinaban la presencia o ausencia de la enfermedad eran los sacerdotes. Una vez colocado el terrible sambenito, el leproso no podía vivir en las ciudades, ni acercarse a ningún judío que pasase cerca, exclamando a viva voz su condición de impuro, vestido de harapos y revestido de suciedad. Muerto en vida -pues los casos de remisión eran casi inexistentes- es apenas un cuerpo a la vera del camino.

Y sucede lo impensado. Ese hombre, contra todas las normas estrictas de contacto y segregación se acerca al Maestro, lo aborda y le ruega. Es un hombre que tiene su mente conquistada por ese ideario religioso imperante, pero a la vez es un hombre que no se resigna, y que seguramente ha oído maravillas de ese joven rabbí nazareno que a nadie rechaza, que habla con autoridad, que expulsa espíritus malos. Por ello mismo suplica ser limpiado, purificado, si tal es la voluntad del Maestro, y en esa plegaria hay un reconocimiento de Jesús como Señor: sólo Dios puede purificar, es decir, sólo Dios -para esa mentalidad- puede quitar la pena que ha impuesto. Aún así, su atrevimiento porta una fé grande, y una confianza ilimitada en la persona de Jesús de Nazareth.

Jesús no está cómodo. Él está de camino, de camino misionero, peregrino de enseñanzas nuevas, y no quiere ser presas de multitudes atadas a los fenómenos -que lo consideran un sanador nomás- ni tampoco quebrantar porque sí las normas. La Ley no es mala, la Ley se ha desviado y ya no sirve al hombre.
Jesús está alterado por la interrupción y por esa condena cruel. Por ello se conmueve, y por ello quedan en un plano muy posterior sus enojos eventuales. La compasión ha de signar todo su ministerio, y no vacila en en demoler la costumbre instaurada: así tocará al intocable, al prohibido, y el hombre se ha purificado desde su misma raíz. Ese contacto bondadoso le ha restituido su humanidad plena, su identidad única e irreductible.
El antiguo leproso recibe instrucciones precisas: ha de presentarse al sacerdote, para que éste certifique su estado de salud y pureza. Ha de ser readmitido en la vida comunitaria y religiosa por los mismos que lo han execrado, con la estricta instrucción de no revelar nada de lo que ha sucedido, Cada cosa tiene su tiempo, y si hay alguien que no es amigo de propaganda alguna es, precisamente, el Maestro.

Pero el ex-leproso desobedece, y vá por todas parte contando lo que le ha sucedido. El Maestro caminante se ha impurificado -se contagió esa impureza condenatoria- y por eso debe retirarse a un lugar solitario. El hombre ya sano, es un misionero sorprendente, un apóstol improbable, que anunciará el paso salvador de Dios por su existencia, y eso es lo que llamamos Evangelización: contar la Buena Noticia que nos ha acontecido por nuestros encuentros personales con Jesús de Nazareth.

Paz y Bien


La casa Iglesia



Para el día de hoy (15/01/14):  
Evangelio según San Marcos 1, 29-39



Siguiendo el modo en que el Evangelista Marcos realiza su relato de la Buena Noticia, Jesús de Nazareth comienza su ministerio al enterarse de los terribles hechos acaecidos contra la persona de Juan el Bautista, un hecho político que tiene su raigambre netamente espiritual.
Él ha sabido leer la impronta de los tiempos, y todo indica que la historia está grávida, a punto de parir la Gracia, el Reino.

Luego, Él se encamina a la cotidianeidad del trabajo de unos pescadores galileos, Simón y Andrés, Juan y Santiago, y los convoca a seguirle. Porque el llamado es personal -con nombre y apellido, nada abstracto- y porque la vocación cristiana es seguir a Alguien, a ese Cristo que siempre se acerca primero.

Posteriormente, lo encontraremos enseñando en las sinagogas y expulsando el mal de almas y cuerpos atormentados. Es un ambiente complicado y peligroso, pues a causa principalmente de los escribas -y en parte de los fariseos- cierto fundamentalismo fué enquistándose en la institución sinagogal, un fundamentalismo que al igual que todos reacciona con violencia frente a lo distinto, y busca la expulsión de la heterodoxia, que en este rabbí galileo es manifiesta.

Al fin, llegamos a Cafarnaúm. Jesús de Nazareth se ha afincado allí, muy probablemente en el hogar familiar de Simón Pedro y de Andrés. El Evangelista lo señala con inusitada precisión, y entendemos que su intención no es determinar un ámbito público -como puede ser el de la sinagoga o el de las multitudes que lo buscan- confrontado al ámbito privado de una vivienda común. La intención profunda es teológica, es decir, espiritual.
Porque en el ámbito del hogar, por esa misma intervención de un Dios que se llega, lo considerado profano se transforma en espacio sagrado, lejos de los fulgores del Templo, distanciada de la rigurosa sinagoga.

Las primeras comunidades cristianas lo sabían: al calor cordial del hogar, crece sencilla y silenciosamente la comunidad.

Muy modestamente, y con una renuncia expresa a imágenes pueriles o románticas, es dable atreverse a afirmar que esta Iglesia que amamos -y que a veces tanto nos duele- suele tener una deuda pendiente de casa, de hogar.
Una casa en donde todos son valorados y tenidos en cuenta, en donde se corre en auxilio del que sufre -como las prisas puestas al Maestro por la salud de la suegra de Pedro-. Un ámbito en donde a veces bastan los gestos afectuosos para poner de pié a los que han caído, en donde no falta la cordialidad.
En donde se comparte con los demás con la alegría de encontrarse y de ser mejores por renunciar a ciertas comodidades. En donde los que se han liberado de condenas cadenas se ponen de pié al servicio del otro, sin importar género o status, sino que cuenta el amor y la compasión.

Una casa en donde Jesús se encuentre a gusto junto a su familia, todos nosotros.

Paz y Bien

Libertad y responsabilidad



Para el día de hoy (14/01/14):  
Evangelio según San Marcos 1, 21-28




Contrariamente a la creencia usual, las sinagogas -en especial, en la Palestina del siglo I- no eran templos: Templo había uno solo, y las sinagogas eran recintos, a veces simples hogares de los vecinos, en donde se reunía la comunidad preferentemente en el Shabbat y se celebraba el culto al Dios de Israel, un culto que incluía la oración, la lectura de las Escrituras y una predicación pública en carácter homilético que refería al pasaje leído -también y con el tiempo, las sinagogas fueron centros educativos-.
Por no ser templo, en una sinagoga preponderaba la asistencia laica y masculina: uno de los fieles cumplía un rol símil presidente de la asamblea, que a su vez distribuía las diversas funciones.

En aquellos tiempos, los escribas eran tenidos en alta estima, y así ocupaban sitios preferenciales en los primeros asientos de la sinagoga. Ellos eran eruditos en el estudio e interpretación de la Torah, y solían exhibir credenciales de mayor o menor graduación de acuerdo a los grandes doctores con los que hubieran estudiado. Su método era una exégesis redundantemente conservadora, con profusión de citas que referían a otras autoridades en la Torah anteriores a ellos, y a mayores citas de otros, mayor es la relevancia de lo que enseñan, convirtiéndose en la ortodoxia de la fé de Israel. Sin embargo, ese exceso de erudición no implica necesariamente sabiduría, y solían transitar por la superficie formar de la Palabra, ignorando o dejando de lado al Espíritu que la sustenta e inspira. Por ello una fé así se vuelve o bien una ideología, o bien un cúmulo de preceptos a cumplir en donde el corazón no tiene lugar, y la piedad es práctica acumulativa, nunca amorosa.

No obstante ello, todo varón judío mayor de treinta años tenía el derecho a leer la Palabra y a comentarla. Sin dudas, una voz nueva como la del rabbí nazareno iba a ser bien recibida en esa sinagoga de Cafarnaúm. Y Jesús se pone a enseñar.

Los asistentes no pueden dejar de escucharle, ni le quitan un ojo de encima. Están asombradísimos: este galileo no enseña al modo de los escribas, sino con autoridad propia. No requiere citar a otros comentaristas. Al fin y al cabo, eso quedará para los escribas: ahora tienen, entre ellos, la voz perfecta del mismo autor de esa Palabra.
Y esa autoridad no se limita a una función docente. Auctoritas en su sentido primordial, vocablo asociado al latín augere, que implica promocionar, hacer crecer cosas.
Los escribas requieren lo que otros ha dicho para fundar su enseñanza represiva, la creencia que se impone, que suprime libertades y existencias. El surgimiento de este rabbí galileo los cuestiona en sus cómodas existencias y prebendas, y por eso se volverán sus enemigos mortales.

Jesús de Nazareth enseña lo que eternamente será bueno y nuevo, no lo que se ha ido anquilosando a través de la repetición irreflexiva desconocedora de cualquier rastro humano. Jesús de Nazareth habla de libertad.

En el sitio en donde el pueblo elegido se reune para el recto culto a su Dios, con sabios entendidos en la Ley, han ignorado a un hombre atormentado. En la reunión de los puros, florece una impureza que oprime y no es tenida en cuenta.
Pero a la presencia de Cristo ningún mal se le resiste. Es esa misma autoridad: el poseso es liberado de los fantasmas gravosos que acosan su mente, su alma, y es nuevamente un hombre pleno, total, capaz de vivir, de amar, de ser feliz.

En ello consiste también la libertad traída por el Maestro: que nos purifica para ver lo que solemos pasar por alto, el dolor del hermano sometido, los quejidos del que sufre. Esa libertad no es libertad de, sino más bien libertad para. Como sabía decir un santo mártir obispo nuestro, la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.
Libertad para servir, para la compasión, para el amor, para la vida. 

La fé cristiana no otorga privilegios de Salvación, sino responsabilidades solidarias con el hermano y con ese Dios que se hermana en nuestra humanidad.

Paz y Bien 


Tiempo bendito



Para el día de hoy (13/01/14):  
Evangelio según San Marcos 1, 14-20




La lectura de los signos de los tiempos, es decir, de una realidad mucho más profunda que el mero acontecer y que remita a una trascendencia definitoria. Esa lectura precisa y veraz conlleva a la toma de decisiones que cambian los rumbos de toda existencia hacia su consumación, hacia su plenitud.

Jesús de Nazareth era un lector exacto de estos signos. En todo descubría el trazo bondadoso de Dios, que junto al hombre quiere reescribir la historia, un Dios que se aproxima -se aprojima-, que acampa entre los pueblos, que se hace tiempo, que se queda para siempre. Ya no es el tiempo del puro transcurrir, del devenir constante, sino que es el tiempo propicio, el tiempo justo, el tiempo bendito, kairos, el hoy de la Salvación.

Probablemente, la señal sea la entrega a manos crueles y vorazmente corruptas del enorme Bautista. Jesús se dá cuenta que la luz que portaba Juan ahora debe llevarla Él mismo, pero con otro sentido que se dirige a su misma plenitud.

Parece una contradicción, pero se trata de la ilógica del Reino. Cuando campean las sombras, cuando parece que sobreabunda el horror -la mazmorra herodiana, la ejecución de un hombre bueno- el Dios de Jesús de Nazareth transforma esas noches densas en asomos tenaces de luz.

Siempre es posible que renazcan noticias mejores, una Buena Noticia que nos cambie de una vez y para siempre.

No es casual, tampoco, que el anuncio de esta Buena Noticia comience en Galilea. Tendrá que ver seguramente que era terreno bien conocido por Jesús; posiblemente, habría allí menos peligros y hostilidades que en Judea y en Samaria, zonas del ministerio de Juan el Bautista.
Pero sin lugar a dudas, tiene que ver que Galilea es periférica, que está siempre bajo sospecha de estar contaminada por extranjeros, bajo escrutinio de impureza y de otros tantos estigmas adjudicados. Y tiene que ver que de allí nada bueno ni nuevo se espera. Galilea es la periferia misma de la existencia, Galilea es el margen de la vida, es el campo de los pobres, es el sitio en donde nadie es escuchado ni tenido en cuenta.

La Buena Noticia de la llegada del Reino -Dios mismo entre nosotros- se abre paso desde los márgenes hacia los centros que solemos establecer como primordiales. Este Reino no se condice con nuestras ambiciones, con nuestros esquemas, con cualquier expectativa razonable.

Es un tiempo de locos, y para ello hace falta gente simple, gente común, gente cotidiana.
Los primeros llamados son pescadores galileos, y el descubrimiento de su vocación primera acontece en su tarea diaria. Porque el llamado de Dios se descubre en la cotidianeidad, y florece en esas rutinas que a menudo nos adormecen.

El tiempo bendito es aquí y ahora y convoca a mujeres y hombres concretos, con nombres e identidades reconocidas, navegantes tenaces de mares inciertos que han de llegar a buenos puertos.

Paz y Bien

Bautismo del Señor, cielos abiertos



El Bautismo del Señor

Para el día de hoy (12/01/14):  
Evangelio según San Mateo 3, 13-17



La práctica ritual del bautismo no era desconocida para la fé de Israel; se bautizaba a los prosélitos -es decir, a los gentiles/extranjeros- conversos al judaísmo. Esto se realizaba en la mikve o piscina ritual, que solía ubicarse primordialmente en el Templo; la inmersión en sus aguas -aguas corrientes, nunca estancadas- suponía parte fundamental de ritos de purificación.

Pero en un momento determinado, surge un hombre recto e íntegro como Juan, hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, que comienza a bautizar en pleno desierto, en las aguas del Jordán. Es grave, es controversial y es muy peligroso. 
Juan es un hijo de un sacerdote del Templo y no desconoce la ortodoxia. El desplazamiento del Templo hacia el desierto supone cierto grado de profanación, es decir, pasar del ámbito sagrado al espacio profano de un río. Pero lo verdaderamente riesgoso es que Juan está bautizando judíos, que se llegan a Betania en un número cada vez mayor.
Es inconcebible que un judío se bautice: como miembro del Pueblo Elegido, como hijo de Abraham, tenía asegurada la Salvación y no requería ningún bautismo, y quien se arrogara ese derecho, derecho de Dios, -como Juan lo hacía- era pasible de ser considerado blasfemo, y por tanto condenado a muerte.

Como si no fuera suficiente, el Bautista presiona más todavía: el bautismo es imprescindible como señal de conversión y arrepentimiento para no perecer, para reconciliarse con el Dios al que han ofendido con una miríada de pecados. 
Simbólicamente, bautizarse es en cierto modo morir bajo las aguas para emerger con una vida nueva, renovada. Juan es un hombre del Espíritu, un hombre con capacidad de leer los signos de los tiempos y poseedor de una mirada lejana, y sabe que su bautismo es necesario pero insuficiente: tras de él vendrá Alguien que es más poderoso, el más fuerte, y que re-creará los corazones -la existencia misma- con un bautismo de fuego, la perenne bendición del Espíritu Santo.

Por entre los ríos crecientes de gentes que se dirigen al río para ser bautizados, camina un hombre joven, galileo de Nazareth. Silencioso entre la multitud, aguarda pacientemente su turno como uno más entre tantos.
Desde lejos, Juan intuye quien es. Y en su presencia, se incomoda violentamente y se resiste: es Juan quien debe ser bautizado por el joven nazareno, y nó a la inversa.

Ese Cristo que se llega a bautizarse es señal inequívoca de las primacías bondadosas de Dios, que siempre se nos está acercando humilde y sencillo, sin estridencias.

 Más Jesús de Nazareth persuade al magnífico Bautista de que lo bautice: se trata de una primordial cuestión de justicia, una justicia que no ha de representarse con una señora de ojos vendados y que porta una balanza en perfecto equilibrio, cuyas platinas se inclinan hacia uno u otro lado según la carga de méritos o pecados.
Lo justo referido por el Maestro es aquello de ajustarse a la voluntad de Dios.

Y la voluntad del Dios de Jesús de Nazareth es ponerse del lado de los pecadores, entre los marginales, en medio de los portadores de cualquier estigma, caminar lentamente con la humanidad quebrantada para que todos levanten la mirada.
Pues los cielos están abiertos y todos -todos, sin excepción, creyentes e incrédulos- somos hijas e hijos predilectos y amadísimos por el Dios del universo que se ha llegado hasta nuestros arrabales existenciales y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien

Creer en Alguien



Para el día de hoy (11/01/14):  
Evangelio según San Lucas 5, 12-16



Jesús de Nazareth, según podemos rastrearlo en los Evangelios, tenía un carácter fuerte, capaz de profundas emociones, de asumir como propio hasta el dolor y las lágrimas el sufrimiento ajeno, de rebelarse ante la injusticia establecida, de que se le conmovieran sus mismas entrañas cuando se encendía de compasión. Y es claro que ello también resalta su actitud de Siervo manso, desdeñoso de toda violencia. Un carácter así hay que tenerlo bien sujeto a la mente y al corazón.
En el Evangelio para el día de hoy, aunque no explícitamente, podemos intuir algo de ello, y es la indignación que parece ganar el alma del Maestro frente al hecho del leproso que le suplica.

Hemos de considerar el status de la lepra en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús: lepra refería no sólo al llamado Mal de Hansen sino a una multiplicidad de afecciones dérmicas, y se le tenía un verdadero pánico: en su etapa bacilar, la lepra -en ausencia de terapia antibiótica- es altamente contagiosa, produciendo deformaciones progresivas en la piel, en las extremidades, en el rostro y necrosis en los tejidos, es decir, la piel literalmente se vá pudriendo y muriendo. Por ello mismo, y frente a ninguna alternativa posible, la única práctica sanitaria que se había encontrado era aislar al enfermo, y alejarlo de la vida comunitaria. Pero es claro que no es una mera cuestión de salud, y la lepra -o lo que aparecía como tal- tenía su correspondencia religiosa. El leproso era un impuro máximo y absoluto según la Ley mosaica, y se interpretaba que era el debido castigo a pretensos pecados del enfermo o de sus padres. Tal era el grado de implicación religiosa, que los fedatarios de la condición de salud o enfermedad eran los sacerdotes o, eventualmente, los escribas o rabinos. Además de vivir en soledad, fuera de las ciudades, el leproso había de vestir harapos y proclamar a los gritos su condición de impuro.

Un leproso era un muerto en vida. Al gravamen terrible de la enfermedad, debía sumarle el ostracismo social y comunitario y el repudio religioso que lo considera irrecuperable, un impuro justamente condenado por sus culpas, una ideología que lo doblega y demuele.
Tal era el peso de la carga impuesta, que el mismo enfermo acepta la tumba andante que se le ha impuesto. Sin embargo, no se resigna del todo a ese no-vivir, y es por eso que ruega auxilio al Maestro aduciendo su condición que lo condena: no pide ser sanado, sino purificado. Es esa purificación ansiada la que lo devolverá a la vida comunitaria, al contacto con su Dios, a vivir como un hombre pleno aún cuando, quizás, su piel siga lesionada.

Modestamente, creemos que Jesús estaba enojado por esta situación tan cruel, tan religiosamente lógica y a su vez tan inhumana.
El milagro no es la limpieza de las dolorosas llagas: eso es signo de otra realidad mucho más profunda, y es que ha llegado el Reino de Dios, y que no hay mal que a Cristo se le resista.
Milagro es ese Jesús que no vacila en tocar al leproso, al impuro mayor, aún cuando ello estuviera taxativamente prohibido -impureza contagiosa-, algo tan grave como tocar un cadáver. En santa rebeldía, a Jesús no le importa transgredir lo que se opone a los sueños de su Padre, la plenitud del hombre.
Milagro es la bondad incondicional de Dios que se hace historia, tiempo, gestos concretos, el fin de los imposibles.

El leproso vuelve a ser un hombre entero y vivo. Por eso Jesús, fiel a las tradiciones de su pueblo en la justicia del Espíritu que inspira la Ley, lo envía a presentarse al sacerdote, para que obtenga formalmente la certificación de su sanidad. La misma religión que lo expulsó ahora debe readmitirlo ante la contundencia de la verdad. Y más aún: el que ha sanado debe callar, no contar a nadie lo que ha sucedido.
Por otro lado, el Maestro debe retirarse a lugares solitarios: es por su necesidad de orar a solas, pero más aún porque Él mismo se ha impurificado al extremo de perder su derecho a habitar cualquier ciudad o poblado.
 No es el tiempo justo, y las gentes tenderían a afincarse en esas soluciones mágicas e instantáneas, lejanas a la Salvación.

Porque la Salvación, don y misterio, no es la adhesión a doctrinas, ideas y hasta la consecuencia directa de pertenencia religiosa. La Salvación es Gracia, y es el éxodo de liberación que comienza por creer en Alguien antes que en algo, en Jesucristo, hombre y Dios, Señor y hermano nuestro.

Paz y Bien



Un profeta incómodo, un Mesías peligroso



Para el día de hoy (10/01/14):  
Evangelio según San Lucas 4, 14-22a


Era una costumbre arraigada en el siglo I en la Palestina judía, reunirse durante el Shabbat en la sinagoga para el culto y la oración. La liturgia de ese día principal tenía pautas muy específicas: la recitación del Shema Ysrael -oración de identidad del pueblo de Israel-, las plegarias o súplicas de la asamblea, y la lectura de la Palabra de Dios. Es por ello que podemos afirmar que la liturgia sinagogal constaba de una liturgia de la oración y una liturgia de la Palabra.
En esta última, se leía con carácter estricto un pasaje de la Ley de Moisés, que realizaba un lector especialmente preparado y designado a tal fin que, a su vez, realizaba una homilía vinculada. Luego, se proseguía con la lectura de un pasaje de los profetas. En esta instancia, todo varón judío mayor de treinta años tenía derecho a leer un breve pasaje de los Profetas que, a su vez, podía elegirlo libremente y comentarlo para todos los presentes.

Jesús había regresado a su querencia nazarena, al sitio que lo vió crecer y hacerse hombre, un vecino querido y conocido que ahora posee cierta fama y renombre a causa de su ministerio. Tiene ya treinta años, y por eso ejerce ese derecho prefijado, y elige el rollo de los Profetas correspondiente a Isaías. Pero o se limita a reproducir verbalmente lo escrito cientos de años atrás, sino que lee proféticamente, es decir, actualiza qué es lo que tiene Dios para decirle a los suyos en el tiempo presente. Y al finalizar, toma asiento y comenta la lectura.
Sin embargo, no es un pasaje más. Es una lectura que define su misión y caracteriza la totalidad de su existencia, y es por eso que deliberadamente omite un fragmento relativo al año de la venganza del Dios de Israel.

Esta lectura profética que realiza lo tornan un profeta incómodo, molesto. Inaugura una antigua tradición casi olvidada, el jubileo, el Año de Gracia que es un año de condonación de toda deuda, de recuperación de la libertad para los esclavos, de que la tierra descanse y sea para todos.
Y así, deviene en un Mesías peligroso, pues desplaza la sacralidad de un Templo habitado por un Dios lejano e inaccesible -del que se obtienen favores mediante una piedad estricta- hacia los arrabales humanos de los que sufren, de los olvidados, de los que viven en sombras, de los presos de toda cautividad. El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de liberación extrañamente profano, y esa novedad magnífica que es la Buena Noticia comienza a anunciarse desde los márgenes mismos de la existencia, al borde de toda humanidad en donde campea el olvido y la resignación.

Porque el tiempo nuevo tiene el color primordial del hoy de la Salvación.
La Salvación es aquí y es ahora, y es don y es ofrecimiento también, invitación a acompañar incondicionalmente a Aquél que es nuestra liberación y nuestra alegría, y que rinde culto y amor a su Padre en todos y cada uno de sus hijos.

Paz y Bien

Las aguas turbulentas del miedo



Para el día de hoy (09/01/14):  
Evangelio según San Marcos 6,45-52



Varios de los discípulos eran pescadores de oficio, es decir, navegantes expertos del llamado mar de Galilea; quizás eso explique, en parte, el porqué de esa llamativa señal que brinda el Evangelista acerca de que el Maestro había obligado a los suyos a embarcarse y a dirigirse a la otra orilla. Estos hombres que tanto sabían de aguas y mareas tal vez rechazaban navegar en una hora inadecuada -en plena noche- y el peligro de los vientos bravos. Pero también, porque a todo ello intuían que sus problemas recién comenzaban, pues el Señor no iba a bordo.

Es menester mantenerse en perspectiva: momentos antes Jesús de Nazareth, frente al estupor de sus discípulos, había alimentado a una multitud de varios miles de personas a partir de cinco panes y algunos pescados. Y ellos no habían comprendido nada, se habían quedado solamente en el episodio asombroso, y no quisieron ir más allá, hacia una comprensión profunda de lo que en verdad sucedió.

Esa incomprensión hacia los hechos inevitablemente conduce hacia una incomprensión acerca del mismo Jesús de Nazareth, su enseñanza y su misión. Es por ello que cuando Él se acerca sobre las aguas turbulentas, los navegantes gritan desaforados pues creen ver a un fantasma.

Estos gritos y estas borrascas peligrosas en esa frágil barca -que parecen no cesar- son una metáfora exacta de la Iglesia.
Siempre y en todos los órdenes de la existencia es imprescindible saber discriminar entre lo importante y lo urgente.
Cuando la comunidad cristiana abandona la urgencia del socorro al necesitado, la barca cimbrea. Se navega mal en las aguas erróneas de una vocación no cumplida.
Y cuando la comunidad cristiana, vaya a donde vaya, no lleva a bordo a Aquél que le dá sentido y destino, queda a la deriva, sin rumbo cierto, librada a las tempestades de sus propios miedos que la amenazan y paralizan.

Sólo cuando Cristo viene a bordo, toda tormenta desaparece, y el miedo será un mal recuerdo pues deja de ver fantasmas, y navega a los puertos ciertos de su vocación y su destino.

Paz y Bien

Comensalía


Para el día de hoy (08/01/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 34-44



Las primeras comunidades cristianas consideraron al relato de la multiplicación del pan como un signo principal de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth, y en un talante tan relevante que los cuatro Evangelistas -testigos inspirados que escriben la memoria colectiva de Cristo- lo mencionan.

Es que el Dios de Jesús de Nazareth, asombrosamente, no se parece en nada al Creador severo y alejadamente castigador que sus tradiciones les habían inculcado, ni menos a los varios dioses de algunos pueblos extranjeros y vecinos.
Este Dios se manifiesta -Epifanía- en un compromiso decidido con las necesidades humanas, sin desentenderse jamás, sin excusas, a pura compasión. Es el misterio de la Encarnación que transforma el devenir histórico -chronos- en kairos, tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre eterna de tiempo e infinitud.

Se trata de una multitud muy numerosa, aún para los parámetros de la época. Se trata de varios miles de personas, libradas a su suerte, una masa de gente hambrienta del sustento y necesitada del pan que no perece, de algo más que la mera supervivencia, una masa informe cargada de olvidos y, en cierto modo, resignada y abandonada a su suerte.

Hemos de mencionar que los discípulos se comportan con razonabilidad, con una lógica impecable. Se encuentran frente a una necesidad mayor que los excede y desborda, pero no miran hacia otro lado.
Pero su gran error está en buscar improbables soluciones por fuera, y menoscabar todo lo que podemos hacer juntos, a pesar de estos mínimos panes y pequeños pescados que somos, y en quedarse en la superficie, es decir, en la carencia del pan que aplaca el hambre solamente.

Hay que atreverse a ir más allá, a navegar mar adentro de los corazones, a implicar las manos en la historia, a estar dispuestos a embarrarse alegremente los pies.

Este Cristo que expresa la entrañable ternura de Dios que llamamos misericordia sabe que el hambre impuesto es una afrenta terrible, que a los hambrientos no hay que despedirlos librados a su suerte. Pero que mucho más grave es suponer que alcanza con llenar los estómagos. Hay más, mucho más, siempre hay más.

Raíz de la Eucaristía es su voluntad eterna de saciar la carencia de sustento con el milagro y el escándalo del compartir, pero desde otra perspectiva mucho más profunda, y es la comensalía. Comensalía es compartir casa común y mesa, en donde todos se descubren parte de una misma familia, en donde todos y cada uno se reconocen valiosos. Son los gestos y acciones concretas y nutricias que enfrentan con decisión todas las necesidades de pan y de Pan de Vida e común, de existencia compartida, de ágape.

Dios se manifiesta en cada acción de compartir la propia existencia.

Y no está nada mal, para nada mal, organizar la solidaridad. La realidad es mucho más gravosa que ciertas presunciones románticas -cierto hippismo religioso- y además del pan, suele escasear el sentido común, el menos común de los sentidos.

Es por eso que todo hambre ha de resultarnos intolerable, y hay que mirarlo de frente, enfrentarlo, resolverlo, jamás resignarse.
El nacimiento en Belén es el comienzo del fin del no se puede, la eterna decisión del final de los imposibles.

Paz y Bien

La luz que surge en medio de la oscuridad



Para el día de hoy (07/01/14):  
Evangelio según San Mateo 4, 12-17.23-25


A simple vista, pareciese que el arresto injusto del Bautista -automáticamente- impulsa la misión de Jesús. Él, que no estaba con Juan, se retira a Galilea y abandonando la pequeña Nazareth en donde se ha criado, se establece en la populosa Cafarnaúm.
Sólo a simple vista. La Palabra no es lineal, ni establece una secuencia mecánica, sino que destella una dinámica asombrosa, la del Espíritu que hace eco en los corazones.

Por ello mismo, es dable intuir que el Maestro sabe que el tiempo de la preparación está maduro, y que se viene la estación de las cosechas y la nueva siembra. Es también el signo cierto de que Dios, aún en medio de la cerrazón más ominosa viene abriendo resquicios para que nos llegue buena luz.
El Dios de Jesús de Nazareth siempre está inaugurando cosas nuevas, vidas re-creadas, y nos está naciendo otra vez, cada vez, cada día, a pesar de tanta muerte que nos imponen.

La elección de Galilea no es casual, ni obedece a una planificación para la captación de adeptos. Tiene mucho de astucia, pues ser manso no implica abandonar la inteligencia.
Los galileos, en ese siglo I de nuestra era, era mirados con seria circunspección y desagrado por los habitantes de Judea, autopretendidos puros y ortodoxos en la raza y la fé de Israel, cierto grado de desprecio, ciudadanos de tercera en la nación judía.
Es que esa Galilea de los gentiles, por su ubicación estratégica al norte de Palestina, fué históricamente el territorio por donde gran parte de las invasiones extranjeras se canalizaban; ocupada militarmente en reiteradas oportunidades, se la intentó transformar de raíz transplantando colonos de otra religión, otro idioma, otra cultura. Al llegar ese tiempo, judíos galileos y gentiles convivían en un pié de igualdad, y por eso mismo se volvían sospechosos de cierta tinción hereje, y no es arriesgado pensar que los citadinos jerosolimitanos respiraran un aire de execrable superioridad, la misma que observamos hoy desde las grandes metrópolis hacia los habitantes de los arrabales y los campesinos.

Esa elección de Jesús de Nazareth es la elección de Dios. Allí, en donde nadie ni nada bueno ni nuevo ha de esperarse, allí dá comienzo a todo. Bendita Galilea de todos los inicios, de las periferias que todos desprecian o no tienen en cuenta, extramuros de la existencia en donde la vida nos comienza a amanecer pujante, imparable en su luminosidad que disipa toda tiniebla de opresión, de exclusión y de olvidos.

Ambos, Juan y Jesús, utilizan las mismas palabras en su llamado a la conversión, pero el sentido es muy distinto. 
Juan convoca a convertirse bajo apercibimiento de castigos, e instala un sencillo rito de bautismo, en las aguas del Jordán.
Jesús de Nazareth invita a la conversión -metanoia- porque hay un tiempo nuevo que se ha inaugurado, tiempo de liberación y bendición, tiempo de fiesta que requiere nuevos vestidos a los corazones.

En una cueva belenita, Dios se manifiesta en la fragilidad de un Niño Santo que es reconocido por aquellos que lo buscan con un corazón sincero.
En la periferia galilea, ese mismo Niño -ya un hombre pleno- renueva esa manifestación amorosa de un Dios asombroso. 
Las epifanías se suceden en todos los gestos de Jesús de Nazareth, gestos de compasión y bondad, de sanación, de liberación, de servicio y solidaridad.

Allí en la frontera en donde dirimimos diferencias y extranjerías, allí mismo Dios vuelve a salir al encuentro de toda la humanidad, a pura fuerza de amor.

Paz y Bien


Epifanía, día de reyes



Solemnidad de la Epifanía del Señor

Para el día de hoy (06/01/14):  
Evangelio según San Mateo 2, 1-12


Hoy la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Epifanía, que etimológicamente significa manifestación. Por ello, es la celebración y memorial del gran acontecimiento de Dios que se manifiesta, que se dá a conocer.

Ciertas tradiciones inciertas y erróneas -cuando no, también, con aspiraciones comerciales- se han inmiscuido profanamente en la profunda santidad de la celebración, y por ello devino una persistente falacia, es decir, un argumento que induce a error. De allí que se vindique la fiesta como día de reyes, o reyes magos.

Sin embargo, no sería tan desacertada la afirmación de que se trata de un día de reyes, más no de magos de los que no sabemos con certeza sus nombres, sino de dos reinados bien diferentes, mucho más que opuestos. Hablamos del rey Herodes y del rey Jesús de Nazareth.

De Herodes, llamado el Grande -quien fué padre de Herodes Antipas, de Herodes Arquelao y de Herodes Filipos- sabemos que gobernó la tierra de Israel desde el año 40 a.C. hasta el año 4 d.C.. Vasallo absoluto del poder imperial romano, su misma corona fué producto del reconocimiento de Roma y del apoyo militar de las legiones estacionadas en la zona; a su vez, reconstruyó el Templo de Jerusalem con un inusitado esplendor, y a pesar de la opresión romana, la nación judía conoció una época de estabilidad y ausencia de conflictos bélicos, y durante su reinado grandes ciudades se edificaron, y se fortaleció la devoción al Dios de Israel mediante el sostenimiento expreso del culto y los sacerdotes.
No obstante ello, era considerado por gran parte del pueblo como un intruso y un usurpador, toda vez que traicionaba todas las tradiciones judías su origen idumeo y su formación helénica, por eso extranjera e impura.
A la hora de la praxis, carecía de escrúpulos y límites. En un alarde simplista, podríamos inferir el carácter paranoico de Herodes; en ese talante, ordenó sin vacilaciones la ejecución de su esposa y de tres de sus hijos, de quienes sospechaba iban a disputarle el poder y el trono.

Es un rey que gobierna imponiendo su voluntad desde el uso irrestricto del poder, cultor desaforado de toda violencia, que se afinca en los palacios y en sus intrigas, que le conviene mantener al pueblo en sombras y que no vacila ni duda en matar a los que se opongan a su poder o los que lo cuestionen. Epítome de los poderes nefastos de este mundo, Herodes se llevará por delante la vida del justo e íntegro Juan el Bautista.

Jesús de Nazareth inaugura otro reinado, un reinado muy extraño. No es reconocido por los sabios y eruditos, por los propios. Sólo unos extranjeros -plenos de ajenidad- lo buscan afanosamente, y en su búsqueda franca y veraz lo encuentran, como estos magos de Oriente. Este rey se deja encontrar por aquellos que lo buscan con un corazón capaz de todos los asombros.
Nace es un aprisco, un refugio de animales. Tiene por madre una muchachita adolescente, por padre un carpintero judío de aldea ignota, por cortesanos a unos pastores del campo poco recomendables, los últimos de los últimos. Tiene por palacio los brazos de su madre.

Es Dios que se manifiesta, y quizás se nos haga difícil de aceptar a un Dios que reina desde la fragilidad, desde la debilidad, un Dios que depende del hombre, del esfuerzo golondrina de un carpintero judío para sobrevivir, de una madre niña que lo cuide, de unos extranjeros que se atrevan a buscarlo sin desmayo, de tus manos y las mías. Dios se ha puesto en nuestra manos. Dios se revela desde lo que el mundo desprecia y no tiene en cuenta, está muy lejos de todos los poderosos y se hermana en carne y corazón a los más pequeños.

Jesús el Cristo, rey de universo, se deja encontrar y se manifiesta humilde y frágil para que la humanidad se enaltezca.

Paz y Bien

Totalmente humano, totalmente nuestro



Para el día de hoy (05/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 1-18



No sólo malos recuerdos, sino catástrofes de proporciones cósmicas.

Portamos -a veces sin asomo de vergüenza- la marca de Caín. Al hermano lo demolemos sin hesitar, violentamente, por habernos vuelto incapaces aceptar al otro tal cual es, de permitirnos envidias y odios, de creernos voz única y con licencia de silenciar violentamente la divergencia. Decididos tomadores de vidas ajenas, sendero oscuro de los exterminios, de los terrorismos, de la maldición de una existencia estéril en su pretendida unicidad.
Aún así, esa marca indeleble es señal cierta de que no sirven ni están permitidas las venganzas, porque amplifican y prodigan a muerte.

En Babel enmudecimos. No tanto por la multiplicidad de lenguas, sino por esa sordera espiritual que nos volvió, en nuestra soberbia, incapaz de escucharnos, de comprendernos, de aceptar la diversidad que enriquece. No podíamos convivir y comunicarnos entre nosotros, mucho menos con el Creador.

Entre esta efímera y pequeña humanidad que somos y la inmensidad de Dios hay un abismo insalvable para nuestras acotadísimas capacidades. Sordos a cualquier escucha, mudos de decir aunque sea un vocablo que nos fuera común, que nos permita con-vivir. Sin palabras, concordia, justicia, paz y amores devienen imposibles.

Aún así, ese Dios expresamente rechazado e ignorado tomó la iniciativa. Siempre las primacías, los pasos iniciales y decisivos son de Dios.

Todo el que ama quiere conocer al amado, darse a conocer y re-conocerse, y el modo es a través de la comunicación. 

Esos abismos que ahondamos entre nosotros y que ontológicamente nos separa de Él ha sido salvado por pura bondad, en insondable expresión de afecto. Dios es Palabra que se dona, que brinda todo de sí mismo incondicionalmente para que recuperemos el habla, para que nada vuelva a separarnos, para convivir a diario con lo eterno, con lo que no perece, la asombrosa y santa convivencia de Dios y el hombre.

El puente ha quedado tendido y es Jesús el Cristo, nuestro hermano y Señor.

Dios ha venido a acampar, a vivir en nuestros arrabales escasos. Ha venido y se ha quedado, la Palabra se ha hecho carne, totalmente humano, el más humano de todos, y por eso mismo -sin ser propiedad de nadie- se ha vuelto totalmente nuestro, de todos sin excepción, y no hay otro motivo mejor para convertir en manso vergel estos campos yertos que asolamos con la sangre vertida de los hermanos que es plegaria constante que clama y reclama justicia.

Paz y Bien 
 

El lugar donde vives



Para el día de hoy (04/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 35-42


El Bautista se reconoce pequeño, y ante la presencia del Redentor descubierto quiere empequeñecerse aún más. No quiere que nada propio se interponga a los ojos de los que buscan al Mesías, y eso, junto a su integridad que no podrán quebrantar ni con los horrores de la prisión y la muerte, lo hace grande, enorme.

El Evangelista San Juan nos brinda un dato sorprendente, y es que Juan tenía un formado e importante grupo de discípulos, discípulos que perdurarían aún luego de su muerte y de la muerte de Jesús, discípulos que podían hallarse en Israel y también en la Diáspora. De ello dan fé tanto Pablo de Tarso en sus cartas como el historiador Flavio Josefo.
Esto es muy importante: implica que un grupo de hombres aprendían y a la vez difundían lo que enseñaba el Bautista, compartían su llamada a la conversión, a la inminencia de la llegada del Mesías, de un Mesías glorioso que aplastaría a los enemigos de Israel.

Pero siempre que interviene Dios en la historia humana suceden cosas asombrosas, magníficamente inexplicables. Juan es un hombre del Espíritu, y por eso, al ver pasar a ese Jesús de Nazareth que se acerca a bautizarse -humilde y silencioso, incógnito entre la multitud- no vacila ni un segundo y declara sin ambages a sus propios discípulos y a todos aquellos que quieran escucharle que allí está el Cordero de Dios.

No es un tema menor. Es una imagen muy cara a los afectos judíos: es el cordero que Dios brinda a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac. Es la sangre del cordero de la primera noche la que salvó a los israelitas de una muerte segura en Egipto y dió comienzo al proceso de liberación, a la peregrinación a la Tierra Prometida. Es el cordero de Seder Pesaj, de la noche de Pascua, memorial de celebración de esa liberación. Es el cordero que los sacerdotes sacrifican en el Templo como ofrenda perfecta.

Reconocer en Jesús de Nazareth al Cordero de Dios es, verdaderamente, un salto al infinito, un salto sin redes. Es revolucionario, pues se afirma con toda certeza que ya o se cree en ideas, en conceptos, en una religión específica: se cree en Alguien, en una persona.
Eso es asumido por los discípulos del Bautista: dos de ellos, inmediatamente, se van con Cristo. Uno es Andrés, y el otro presumiblemente es el mismo Juan, aunque el Evangelista lo mantiene innominado para que allí mismo coloquemos nuestros nombres.

Esos discípulos parecen tener ciertos criterios escolares: por Juan, reconocen a Jesús como otro maestro, y por eso mismo lo llaman rabbí, y quieren saber en donde vive, donde le pueden encontrar habitualmente, quizás adivinar en su respuesta el modo en que Él enseña.
Pero nada será lo mismo, y todo es nuevo.

Porque ser discípulos no es el estudio de una doctrina propia del rabbí galileo. Ser discípulos es ponerse en marcha, compartir la misma vida de Cristo, vivir como Él vive, amar como Él lo hace, ser manso como Él, descubrir con estremecido asombro las maravillas de la Gracia.
El lugar donde vive Cristo no es un espacio físico -aún en el templo más importante- sino que ese Cristo habitará en los corazones por el misterio infinito de la fé, y así cada mujer y cada hombre que se atreve a creer es templo santo de Dios.

Dar un paso así es todo un éxodo, un peregrinar definitivo, y Simón/Cefas lo vivirá hasta sus mismos huesos. De allí a que cambie hasta el nombre, y pasará a llamarse Pedro, carácter y misión de su existencia.

Ir al lugar en donde Él vive es seguir sus pasos, es animarse a amar incondicionalmente, es atreverse al escándalo de la compasión, a la no resignación, a una mansedumbre inquebrantable.

Seguir al Cordero de Dios es asumir su vida en su totalidad.

Paz y Bien

El rostro del Cordero



Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/14):  
Evangelio según San Juan 1,  29-34



La fama de integridad y santidad del Bautista se había extendido por todo Israel, y las gentes acudían a recibir su sencillo bautismo de agua, bautismo de conversión y de purificación.

Por entre la multitud que acude a orillas del río Jordán, haciendo pacientemente la fila a la espera de su turno, se encuentra un varón judío. Tiene ropas humildes -casi campesinas- y habla en arameo con tonada galilea. Sólo es uno más para los que miran sin ver.

Pero Juan tiene la profunda mirada de los hombres de Dios, y lo sostiene y anima el Espíritu que todo hace germinar. 
Si él se hubiera quedado aferrado a sus tradiciones y a sus esquemas antiguos, sin dudas nada habría sucedido; este Cristo que se le acerca silencioso, casi de incógnito, nada tiene que ver con la imagen que porta de un Mesías glorioso y vengador del pueblo de Israel. Pero Juan es grande por su entereza y más grande aún por su disponibilidad para con la verdad, y afirma sin ambages -una escena que emociona y conmociona- que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El símbolo del Cordero era muy cercano a los afectos y a la historia del pueblo judío.
Es el cordero que ofrece Dios a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac.
Es el cordero cuya sangre salvará a los israelitas de una muerte segura, y dará comienzo al éxodo de liberación, a ponerse en camino hacia la tierra prometida y la libertad.
Es el cordero manso de Isaías, es el cordero sin mancha y sacrificial que sacrifican en el altar a diario para la redención de los pecados, y sin dudas Juan lo sabía bien; su padre Zacarías era sacerdote.

Así entonces afirmar que ese Jesús de Nazareth presente es el Cordero de Dios implica una fractura violenta con todas sus creencias de un Mesías glorioso, de caudillo militar y revestido de realeza. Sin embargo, Juan se mantiene firme y fiel.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios es llamar poderosamente la atención hacia una persona, pues creemos en Alguien, no en algo, no en una idea o un concepto.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el aserto de que el Redentor carga sobre sí toda muerte para que nadie más muera, pues morirá por los otros, por nosotros. Que el Mesías es manso como un cordero, que nada impone, que es un servidor pacífico y sufriente. Que es la señal definitiva de cadenas rotas, de liberación.

Hay dos hechos que no hemos de pasar por alto: Juan refiere a que el Cordero quita el pecado el mundo así, en singular, antes que los pecados, y no se trata de la sumatoria de los pecados individuales, sino que el pecado del mundo es todo aquello que se opone a los sueños de Dios, una vida plena y abundante para todos.
Y por otra parte, al afirmar que ese Jesús es el Hijo de Dios, Juan se juega la vida. Para la religión oficial, es una blasfemia que conlleva la pena capital, y es necesario volver a reflexionar que en cada palabra pronunciada -por banal o relativa que parezca- también nos estamos jugando la vida, pues cada palabra expresa nuestra fidelidad a la verdad.

Juan es un experto lector de los signos del tiempo, y por ello sabe que debe disminuir, achicarse, para que los demás vean a quien es realmente importante ver.
Ello es nuestra misión también: cuando la Iglesia se agranda y no señala, no orienta las miradas a Aquél que es nuestra vida y nuestra liberación, sólo habla de sí misma, y carece de trascendencia, sólo deviene en un club de amigos medianamente grande que busca adeptos.

En el Cordero de Dios se decide toda suerte.

Paz y Bien





La estatura de un testigo



Para el día de hoy (02/01/14):  
Evangelio según San Juan 1, 19-28


Los sacerdotes y los levitas tenían la exclusividad en el manejo de objetos sagrados y en la realización, conducción y orientación del culto que se realizaba en el Templo. Los levitas -especialmente por tradición tribal- también devenían en jueces y escribas, por lo cual la enseñanza de la fé de Israel pasaba necesariamente por ellos, y por ello mismo eran la voz única y autorizada de la ortodoxia.
Estos hombres eran religiosos profesionales, muy piadosos y celosos en el ejercicio de su función.

Juan, aún siendo hijo del sacerdote Zacarías, se desplaza desde la imponente Jerusalem al poblado de Betania, al otro lado del Jordán. Ese desplazamiento no se solamente geográfico: es espiritual y es decididamente religioso, y el contrapunto que se puede entrever muestra aristas únicas.
A la pompa y la sacralidad del culto de Templo se opone el aparente ámbito profano de un río. A los objetos del culto, sólo un poco de agua. Pero quizás lo peor de todo es que Juan está bautizando judíos, hijos de Israel, cuando el bautismo era la práctica acotada a los gentiles conversos, y para ello no había pedido autorización a quienes detentaban el poder real.

Que se lleguen desde la misma Jerusalem a ese vado del río sacerdotes y levitas indica problemas, problemas serios, una progresiva y creciente nube ominosa que comienza a cernirse sobre el Bautista y que proseguirá sobre Jesús de Nazareth.
Y el interrogatorio que le realizan no está destinado a despejar sus potenciales dudas, tiene una cadencia hostil que tantea buscando un hueco por donde colarle un golpe que demuela a Juan. Ellos se han visto desafiados y amenazados en su poder y su autoridad.

Ese momento hubiera sido ideal para que Juan exhibiera antecedentes familiares y pergaminos varios. Sin embargo, prefiere mantenerse fiel a la verdad que lo sostiene y le brinda su identidad más raigal. Juan sabe bien cuál es su misión, y no se callará, aún cuando esa fidelidad lo lleve al borde mismo del abismo, un abismo al que lo empujará violentamente Herodes.
Sabe que no es el Mesías, y lo declara sin ambages: el preanuncia y prepara los caminos/corazones al Redentor, por ello mismo querría empequeñecerse hasta desaparecer para no ser objeto de atención, para que todas las miradas se concentren en ese Cristo que ya está entre el pueblo, humildemente mezclado e incógnito, que se deja ver y encontrar por los corazones que se atrevan a la transparencia.
Esa transparencia es también exigida por el Bautista en su llamado a abandonar toda corrupción.

Juan se yergue enorme en su integridad, pues la estatura de un testigo, acaso, puede mensurarse por su fidelidad a la verdad que encarna.

Pues lo que cuenta es que el Salvador está ahora, ya mismo, entre nosotros aunque aún no lo veamos.

Paz y Bien

Madre de Dios, Madre de la paz




Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/14):  
Evangelio según San Lucas 2, 16-21



Ellos no son compañía conveniente ni recomendable. Viven a campo raso, son vindicados habitualmente como amigos de lo ajeno, y por su contacto habitual con animales poseen un persistente grado de impureza ritual que los vuelve indignos de toda participación religiosa, litúrgica. No es nada sensato eso de andar invitando a gentes así, tan marginales, al lugar en donde se halle a un recién nacido.

A la vez, de ellos puede esperarse cierta desconfianza razonable, y el anuncio que les realiza el Mensajero es, cuanto menos, insólito y por supuesto, inesperado. A ellos -justamente a ellos- se les dá parte de una noticia asombrosa, y se les realiza un convite impresionante: han de ser testigos preferenciales del nacimiento de Aquél que todo un pueblo, a través de los siglos, esperaba y esperaba en germen de alegría y liberación.

La vida se abre paso desde los márgenes, desde la periferia de la existencia.

La escena es extrañamente profana, pues no acontece en el Templo, sitio por excelencia de lo santo. El lugar es un aprisco -apenas un refugio de animales en la noche- pero en esa noche ellos son testigos del día, del sol que nace de lo alto empujando todas las oscuridades, de lo sagrado que se expresa en lo cotidiano. Allí, en el sitio menos esperado, está el carpintero, está la Madre y está el Niño anunciado. Y esa noticia es tan maravillosa que debe, inexorablemente, ser contada a los demás.

Ternura inexpresable de Dios que elige a los que el mundo descarta como fedatarios de la verdad. Ellos son anónimos para la mayoría, pero tienen nombre, apellido y rostro para ese Dios que los busca y se deja encontrar.
Ternura infinita de Dios, que por esa mujer pequeña e ignota el frío utilitario del pesebre se transforma en hogar cálido, cuna para el Niño, sitio en donde todos son bien recibidos, parte de la familia.

Luego del parto y cumplidos los plazos legales, Ella y el carpintero permanecen fieles a la historia de su pueblo y a la fé de sus mayores, y es por eso que llevan al Niño a circuncidar. Es mucho más que una pequeña intervención quirúrgica y ritual, es sobre todo reivindicarse como parte de un pueblo, y cantar la fidelidad del Dios de la Alianza. Es dar un nombre al Hijo, es nombrar a Dios.

Ella es Madre de Dios y Madre de la Paz.
En donde está la Madre, seguro está el Hijo.

Ella madura todas las cosas en las honduras de su corazón grande, el sitio fértil que todos tenemos para que nos nazcan cosas nuevas, Ella es capaz de hacer de toda su existencia un altar en donde se ofrenda lo que se es y nada se impone, y por ello mismo la paz -don y misterio- es posible, prestando atención a los ignorados de siempre, haciéndolos familia, en la escucha atenta de la Palabra que se le hace vida, tiempo, existencia, un Hijo mismo que es nuestra liberación y nuestra alegría.

Muy Feliz año para todos.

Paz y Bien

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