Cada niño es una bendición, un regalo de Dios, un milagro asombroso
















Para el día de hoy (23/12/19): 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66






El Evangelista Lucas, con la maestría literaria a la que nos tiene acostumbrados, nos vuelve a situar en las montañas de Judea, en casa de Zacarías e Isabel: ciertas tradiciones antiguas vindican el sitio como Ain Karem, a unos siete kilómetros de Jerusalem. 
Se trata de un pequeño poblado, casi una aldea; en la estructura social de la época, sin dudas tenía su gravitación la tribu, su conceoción gregaria que confería identidad, de tal modo que se conoce más a las personas por su lugar de origen que por el apellido o patronímico -el primer ejemplo es Jesús de Nazareth-. Pero también, como podemos encontrar en algunos de nuestros pueblitos más pequeños, la cercanía de los vecinos implica una familiaridad vital, de la vida compartida con todos sus vaivenes.

Zacarías e Isabel estaban entrados en años. No habían podido tener hijos, y esa esterilidad, además de significar que el árbol familiar moría con ellos, implicaba además una desgracia, una maldición punitiva causada por pecados cometidos, por ellos o por sus padres. En el polo opuesto, todo hijo es una bendición.

No hay imposibles para Dios.

La que era casi abuela sin hijos ni nietos está con una panza que provoca estupor. Será madre, y madre primeriza a sus años. Llegado el tiempo del parto, se desata una serena alegría entre el pueblo: los vecinos festejan la gran misericordia que Dios ha tenido para con ese matrimonio piadoso, transformando la maldición en una asombrosa bendición, un regalo infinito. Ese hijo es un poco hijo de todos esos paisanos judíos de las montañas de Judea, porque en ese niño de maravillas también se reafirma su vocación por la vida.
Con cierto celo afable y amistoso, se arrogan alegremente ciertos derechos sobre el niño. Como decíamos, es un poco hijo de todos ellos. Por ello quieren terciar en el nombre que ha de llevar, debe llamarse Zacarías como el papá, deben seguirse las tradiciones, qué es eso de andar cambiando costumbres.
Pero Isabel no ceja en una tenacidad propia del amor materno y del Espíritu que la anima: el niño ha de llamarse Juan, que significa Dios es misericordia.

El padre, Zacarías, ratifica la decisión de la esposa, y recupera el habla que había perdido a comienzos del embarazo. Ha pasado su tiempo de silencio, y vuelve a hablar porque se ha reencontrado con la Palabra.

Esos vecinos no se enojan, claro que no. Importa el niño, que haya salido todo bien, que la mamá esté bien, imaginar juntos un futuro manso y venturoso. Sin embargo, hay cosas que no cuadran con este niño: ellos intuyen que hay algo más que un simple nacimiento. La mano de Dios está con él, y por eso se preguntan sin rechazos, que llegará a ser ese bebé que es bendición y asombro en sus ojos campesinos.

Ese niño abrirá caminos para Aquél que será, Él mismo, camino, verdad y vida.

Cada niño es una bendición, un regalo de Dios. Por el Dios que se hace niño, todos los niños son sagrados, y no deberían ser motivo de especulaciones, sino de gratitud por la vida que se renueva en cada vida que se nos regala.

Nosotros celebramos el nacimiento del Precursor, niño santo que anticipa la inminencia de otro Niño Santo, Dios con nosotros, que será todo en todos.

Paz y Bien

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