Zacarías, el silencio más valioso











Para el día de hoy (19/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 5-25





En la lectura del Evangelio que nos brinda la liturgia para el día de hoy, San Lucas nutre el texto con numerosas señales históricas. Su sentido no es historiográfico, pues los Evangelios no son crónicas históricas de precisión científica verificable, sino más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales, y todas ellas significan que Dios teje la Salvación en la historia humana, en tiempos puntuales, que las promesas se cumplen.
La Salvación nunca es abstracta, desencarnada en puras ideas sin tiempo. La Salvación acontece en el tiempo, en la historia, en nuestra historia y en el tiempo santo de Dios y el hombre.
Y cuando se descubre ese tiempo santo -kairós- sobrevienen las ganas de descalzarse los pies y el corazón, como Moisés frente a la zarza ardiente, corazones humildemente arrodillados frente a la eternidad.

La escena está poblada de signos y símbolos de sacralidad: sacerdote, altar, Templo, incienso, tabernáculo sagrado y memorial de la Tienda del Encuentro en el desierto. El pueblo, en oración, aguardando en los umbrales.

Ese sacerdote, Zacarías, según las convenciones de la época un hombre anciano. Diríamos que es prácticamente un abuelo por los años que porta, excepto que tanto él como su esposa Isabel no han tenido hijos por ser estériles, y es la esterilidad de un pueblo que se ha adormecido en el tiempo, que ya no puede florecer. Quizás apellido y linaje que se agota en ellos dos sea también el fin de un ciclo que no tendrá más frutos porque se aferró a la Ley y olvidó a su Dios, y porque las cosas nuevas sólo pueden crecer al amparo de la Gracia.
Pero con todo y a pesar de todo, Isabel y Zacarías han permanecido fieles a las promesas de su Dios, enhebradas a través de los siglos por las voces fuertes de los profetas.
Las mismas convenciones sociales y religiosas que determinan que ese hombre está más cerca de la muerte que de cualquier otra circunstancia, establecen que la esterilidad de la esposa es oprobiosa, vergonzante, producto cierto de algún pecado, castigo perentorio de un Dios vengador.

Un mensajero se hace presente, Dios que se llega a los días, a cada existencia. Y le anuncia una novedad asombrosa: con todo y a pesar de todo, ellos dos tendrán un hijo, y un hijo maravilloso que será una alegría para todo su pueblo, niño pleno de profecía y santidad. Es que los ángeles siempre son portadores de buenas noticias, y hay que confiar, saber esperar, esperar contra toda esperanza vana y aún cuando todo parezca finalizado, sentenciado de manera unívoca y triste. Nunca hay que resignarse.

Todo ello desborda al bueno de Zacarías. No ahondaremos aquí en incredulidad ni, mucho menos, en un castigo por esa causa. Sólo diremos que a veces, muchas veces, es necesario retirarse al silencio para recuperar la capacidad de escucha atenta, silencio valioso y fructífero que permitirá, al tiempo de la  primavera del corazón -tierra renovada, siembra eficaz- decir cosas nuevas, veraces, definitivas.

Porque el Verbo se hace carne para que el hombre recupere la Palabra.

Acontece un éxodo humilde y persistentemente tenaz.
Los hombres sagrados, los reyes y los guerreros no tienen más nada que decir. Es tiempo de que hablen las mujeres y los niños. Desde las entrañas de la delicadeza y la debilidad la vida nueva viene gestándose pujante.

Y el Templo ya no es la sagrada y fastuosa construcción de piedra, Tabernáculo de la fé.
La Tienda del Encuentro ya no será un lugar, un sitio sino una persona, el Cristo de nuestra salvación, nuestras alegrías, nuestras esperanzas, el que nos libera de todos los oprobios, Aquél que quiere nacernos en las honduras de nuestros corazones.

Paz y Bien

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