Visitación, encuentro y profecía











Para el día de hoy (21/12/17): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-45







María de Nazareth se pone en camino, y ese caminar es también señal para todas las mujeres y los hombres de fé, porque todo se hace andando, porque creemos en Aquél que es camino, verdad y vida.

La escena estremece: una jovencísima mujer, con un reciente embarazo, que recorre Israel de norte a sur, desde Galilea -Nazareth- a la zona montañosa de Judea, a un poblado que la tradición identifica como Ain Karem. No es trayecto para una mujer sola, para una mujer tan joven, para una mujer encinta; los caminos están plagados de salteadores, ladrones y traficantes de esclavos, y hay veredas rocosas muy peligrosas.
Sin dudas, su embarazo sospechoso arroja sobre su existencia una sombra ominosa, por la rigurosidad de una Ley que ante la duda, mata. Quizás vá a la casa de Zacarías e Isabel a refugiarse, esperando que el denso clima escampe un poco.
Pero a María la impulsan unas prisas que no pueden contenerse. Para los corazones grandes, la compasión es impostergable, e Isabel hace cinco meses que se oculta en su hogar a las miradas de los vecinos: en cierto modo es comprensible, es casi una abuela con una panza espléndida de gravidez, de vida en ciernes, que habilita a almas menores a los comadreos prejuiciosos y humillantes, aunque se digan en voz baja.
Y María vá, socorro cordial a esa prima a la que comprende como nadie, pues Ella misma porta en su seno un embarazo extraño que dá que hablar, y es menester romper ese aislamiento. Pero es mujer, y también está empezando a conocer las cosas no escritas pero sabidas a las que hay que acompañar durante ciertas molestias que se presentan en el embarazo, los cambios del cuerpo, los sueños que se enarbolan nuevamente.
Aún así, hay otro motivo tanto o más fuerte que ése, y es la alegría: la Gracia de Dios ha dejado en su ser una huella indeleble de salvación, de plenitud, magnífico e ilógico tesoro que se acrecienta cuando se comparte, que se pierde si no se dá.

María e Isabel son dos mujeres bien distintas. Una es nazarena, de esa Galilea de la periferia siempre sospechosa, mientras la otra vive en la Judea de la recia y dura ortodoxia -Jerusalem está muy cerca de Ain Karem, a siete km-. Una está desposada con un humilde carpintero, la otra es esposa de un sacerdote del Templo. Una apenas sale de la niñez, muchachita que conmueve por su incipiente juventud; la otra, está más cerca de ser abuela, y quizás la muerte la merodee en poco tiempo.
En esa disimilitud, entre dos mujeres tan diferentes, acontece el encuentro, un encuentro que es encrucijada de la historia humana, es profecía, es buen augurio de un tiempo nuevo y definitivo. Los reyes, los guerreros y los sacerdotes han sido llamados a silencio, pues ahora tienen que hablar las mujeres y los niños.

A partir de esas dos mujeres, se expresa la Palabra.

Y cuando nos juntamos, nos encontramos, nos conocemos y re-conocemos, aún siendo tan diferentes, todo se vuelve posible. Se recupera la capacidad de asombro, la alegría de descubrir al otro, del misterio que bulle en las honduras de cada persona.Y ese encuentro se transforma en bendición.

Toda bendición, bien decir,  siempre de sirige a Dios. Son palabras de gratitud y alabanza, y aquí es la primera palabra fundante en el encuentro que pronuncia Isabel frente a María de Nazareth. Es reconocer, feliz, la presencia de Dios en los demás, y darse cuenta que ese encuentro es un regalo inmenso e inmerecido.

¿Acaso hemos hecho algún mérito, tenemos alguna credencial preferencial, somos mejores que otros para que la Madre de Dios nos visite? Porque donde está la Madre está el Hijo, y este Dios se hace presente en nuestra cotidianeidad, presencia sagrada que nos llega a través de Cristo, de la Madre, de sus amigos.

Que en este Adviento y esta Navidad cercana recuperemos la capacidad de reencontrarnos, de descubrirnos benditos, de agradecer el paso salvador de Dios que nos visita...y se queda para siempre.
Y allí sí, haremos una humilde fiesta, y cantaremos una canción de liberación al Dios Magnífico que siempre cumple sus promesas.

Paz y Bien

1 comentarios:

FLOR DEL SILENCIO dijo...

Gracias, Dios presente en nuestra cotidianidad, Dios con- nosotros, gracias.

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