Anunciación, Dios enamorado














Para el día de hoy (20/12/17)

Evangelio según San Lucas 1, 26-38






Los hombres y las mujeres cuando se enamoran suelen hacer locuras, acciones desproporcionadas. Se juegan toda la existencia a ese sentimiento. Se vuelven maravillosamente imprudentes a los cálculos de la razón, y es una imprudencia que tiene que ver más con no guardarse nada para sí, con darse sin medidas, con descubrir la vida con ojos renovados y a través de los ojos y la mirada de quien se ama, y por eso no es sólo una cuestión alegórica imaginar a las nubes como los escalones primeros de un ascenso que no tiene límites.

En el siglo I, Nazareth es apenas un caserío que no tiene mayor relevancia, algo menos que una aldea perdida en los mapas. Para colmo, se encuentra en la provincia Galilea, región de la periferia que habitualmente se ha ubicado en la ruta de las conquistas militares de los enemigos acérrimos de Israel. En numerosas ocasiones, además de conquistada por tropas enemigas, ha sido colonizada por los extranjeros, los que han dejado allí su cultura, sus dioses, sus idiomas, sus hijos.  Para una nación como la judía, tan feroz en el arraigo a sus tradiciones y su identidad, Galilea siempre está bajo sospecha de contaminación, de mezcla estéril. Nada bueno se espera que surja de esos parajes.

También en ese siglo, por imperativos socioculturales y religiosos, las mujeres no tienen voz, importancia ni derechos, excepto aquellos que puede llegar a concederle -en tenor propietario- su padre o su esposo. A las mujeres no se las escucha porque nada tienen que decir.

Por eso, que las promesas que cobijan con ansias todo un pueblo -y que son espejo de toda la humanidad- comiencen a cumplirse en donde nunca pasa nada ni nada se espera, y a través de quien nadie mira ni escucha, es una locura mayor.

Sin embargo, en el calor del villorrio y del corazón de una muchachita campesina -casi una niña- se decide el destino del universo.

El nombre Mensajero que lleva la novedad es revelador: Gabriel significa, literalmente, Fuerza de Dios.
Por eso y siendo la voz del Todopoderoso, estremece que se dirija a la muchacha con un respeto y una delicadeza que no encajan en ninguna previsión. Se trata de una desproporción inconmensurable -él, espejo del infinito, ella tan pequeña-.
Es una imprudencia que descoloca a los ojos severos de los que se han apropiado de la historia y que sólo comprenden y viven los enamorados.

Porque Dios se ha enamorado de esa mujer, y es el mismo amor que tiene para con toda la creación.

La vida nueva se abre paso desde los más pequeños, los que no cuentan, las mujeres y los niños, porque es ante todo cuestión de amores, el sinónimo cabal de la Salvación.

Paz y Bien

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