Oración a Nuestra Señora del Adviento






Nuestra Señora del Adviento
Madre de todas nuestras expectativas
Tú que sentiste tomar carne en tu seno
La Esperanza de tu pueblo,
la Salvación de Dios,
Sostiene nuestras maternidades
y paternidades, carnales y espirituales.

Madre de todas nuestras esperanzas,
Tú que acogiste el poder del Espíritu
Para dar carne a las promesas de Dios,
Concédenos encarnar al Amor,
Signo del Reino de Dios,
En todas las acciones de nuestra vida.

Nuestra Señora del Adviento,
Madre de nuestra vigilancia,
Tú que diste un rostro a nuestro futuro,
Fortifica a los que dan a luz con dolor
Un mundo nuevo de justicia y de paz.

Tú, que contemplaste al Niño de Belén,
Haznos atentos a los signos imprevisibles
De la ternura de Dios.

Nuestra Señora del Adviento
Madre del Crucificado,
Tiende tu mano a los que mueren
Y acompaña su nuevo nacimiento
En los brazos del Padre.

Nuestra Señora del Adviento, icono pascual,
Concédenos esta gozosa vigilancia que discierne,
En el tejido de la vida cotidiana,
En el paso y en la venida de Cristo el Señor.

P.Michel Hubaut, ofm

Dejar las redes




San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/15): 

Evangelio según San Mateo 4, 18-22



La lectura del día nos hace presente al Maestro caminando a orillas del mar de Galilea; esta ubicación es geográfica y teológica, es decir, espiritual. 

El mar/lago de Galilea es la frontera marítima entre la nación judía y las tierras paganas: por esa cercanía, los galileos son mirados habitualmente con recelo y desconfianza. Quienes viven en esas orillas se mixturan en lo cotidiano, y para una religiosidad como la imperante en aquel entonces el contacto con lo extraño, con lo foráneo impurifica, excluye de la deseada y obligatoria pureza ritual. 
Sin embargo, se trata de un nuevo tiempo que surge desde los bordes de la existencia, en esas periferias en donde nada bueno ni nuevo se espera. La pureza no estará dada por los orígenes raciales o nacionales ni por la observancia de los preceptos: es Dios quien purifica, quien transparenta, quien hace nuevas todas las cosas en los asombros inmensos de la Gracia.

Los convocados son pescadores de oficio y experiencia. En el entrevero constante de las aguas, todos los peces son parecidos, y no hay peces judíos de un lado y peces paganos del otro. La convocatoria entonces será la de pescar hombres, rescatar humanidad por entre el oleaje que pierde y tan a menudo confunde y asusta. Se ha de pescar por igual en ambas orillas, en todos los mares.

Andrés y Simón son hermanos. Su vínculo filial es biológico pero, más aún, es simbólico: este oficio nuevo de pescadores de hombres está signado desde sus propios orígenes con la rúbrica indeleble de la fraternidad. La pesca es tarea de hermanos, ámbito y esfuerzo comunitario en donde todo se comparte, en donde se crece en común, en donde se agradece ante todo la vida del otro, del hermano que es también compañero de caminos.

Ellos dejaron las redes y siguieron a Cristo. No hubo retrasos, ni convenientes esperas; la presencia del Maestro es tan decisiva que transforma el aquí y el ahora.
Ellos dejaron las redes, dejaron el pasado, dejaron todo lo que perece para quedarse con lo único que importa, compartir la vida eterna de Dios en la persona de Jesús de Nazareth. No hay adhesión doctrinaria, ni siquiera declamación de pertenencia, sino profesión vital de seguir sus pasos. Seguimos a una persona antes que a una idea.

Dejamos atrás las redes en tren de ruptura mansa, un cambio total para vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba, servir como Jesús servía, en la sagrada misión de compasión y liberación.

Dejamos atrás la noche porque está cerca el alba del pesebre de todas nuestras esperanzas.

Paz y Bien

Adviento y liberación




Domingo 1º de Adviento

Para el día de hoy (29/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 25-28. 34-36




Hoy celebramos el primer Domingo de este tiempo litúrgico denominado Adviento.

Con una causalidad que tiene mucho de asombroso misterio, el idioma nos brinda hermosos indicios para la celebración de este día de la venida del Señor: en griego, venida se dice Parusía -parousia-, mientras que en latín se pronuncia Adventus -Adviento-. 
Se trata del mismo amor entrañable de Dios, de un Cristo que regresará para consumar la historia, el reencuentro final de Dios con la humanidad, y la llegada humilde del Salvador a través de una muchachita judía fiel y creyente, el Dios encarnado que se hace tiempo y se hace vecino, un Dios que ingresa a la historia a través de la frágil condición humana.

Adviento entonces es la llegada del Señor a través nuestro, mujeres y hombres creyentes. Y así suplicamos en este día el estar atentos y vigilantes, despejados de miedos y sopores, firmes en la esperanza, porque el Dios de la justicia y el derecho acampa entre nosotros, porque nuestra liberación está muy cerca, aún cuando nos acosen las sombras de la muerte, los abismos deprimentes en que suelen caer nuestras existencias, aún cuando todo parezca indicar que nó. El Dios de Jesucristo no se desentiende de la historia, madera de cuna y madera de cruz.

Madera, materia, mater, Madre de nuestra alegría, venida de un Dios que se acerca con la ternura y fragilidad de un Niño en sus brazos.

Ese Dios que se llega en silencio, como pidiendo permiso, es el mismo Dios que regresará en Cristo cuando el tiempo madure, cuando acontezca la plenitud absoluta, cuando Dios sea todo en todos.

Permanecer atentos, con la mirada encendida y las manos dispuestas, Buena Noticia que vive y palpita para nuestra gente, para todas las gentes.

Feliz y santo Adviento para todos.

Paz y Bien

Con el corazón ligero



Para el día de hoy (28/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 34-36




La lectura del día de hoy es la última del año litúrgico: al atardecer de este día recibimos esperanzados la llegada de un nuevo año que se hace presente en la promesa de un Niño Santo, Salvador de todos los pueblos.

En la Palabra el Maestro realiza una invitación que es también una advertencia sobre los peligros de embotarse mente y corazón, los agobios de una cotidianeidad que a menudo nos sobrepasa con sus cargas y miserias, todo un sistema estructurado para la distracción, para la dispersión que en estadios superiores se denomina alienación, la disolución de la propia humanidad.

Tantas sobrecargas que se portan. Tantas víctimas de la propaganda. Tanto sopor asumido desde el egoísmo como paradigma brillante. Tantas ansiedades desbocadas.
El peso de la carga doblega el andar, y así cada paso es infructuoso. La historia, por importante que sea, no es un tesoro experiencial y memorial de lo vivido, sino un pasado que resurge constantemente acosándonos las estabilidades. El futuro se desdibuja por el miedo o las fantasías, y por todo ello, el presente se nos escapa de las manos.

Pero la Buena Noticia, el hoy de la Salvación, siempre es en tiempo presente, tiempo santo de Dios y el hombre.

Es menester entonces andar con el corazón ligero, y el modo es la oración, y la oración en la comunidad creyente, la Iglesia. Sintonía espiritual que fecunda la existencia, es diálogo confiado y familiar, de Padre con los hijos, en donde se dice y, sobre todo, se escucha.

Porque de diversos modos, todos somos peregrinos guiados por la estrella inquieta y amiga de la Gracia, que queremos llegar allí donde se mece nuestra Salvación, en la ternura infinita de un Niño pequeño en brazos de su Madre.

Un excelente y santo año para todos.

Paz y Bien

Como la higuera




Para el día de hoy (27/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 29-33 




Como en los días previos, continuamos contemplando el discurso apocalíptico de Jesús, un discurso con un lenguaje muy peculiar en el que a pesar de sus tonalidades, se dibuja un contorno de esperanza y plenitud.

Es menester tener en cuenta que en la lectura de este día el Maestro hace hincapié en cuando acontecerá el Reino de Dios, en su cercanía, y nó en el Día del Hijo del Hombre, la Parusía, que es una referencia teológica distinta.

El Reino de Dios no implica lo subrepticio, lo abrupto e inesperado: el Reino de Dios es una realidad que florece a través de la historia humana, siempre con colores de tiempo presente.
Aún así, es imprescindible descubrir los signos de su llegada, de su presencia humilde y tenaz que es la certeza de un Dios profundamente tejido en la historia de la humanidad, misterio inmenso de amor expresado en la Encarnación.

El Maestro se valía de ejemplos sencillos, de cuestiones que sus oyentes comprendían pues eran parte de su cotidianeidad, y desde allí les abría ventanas de eternidad. Así toma el ejemplo de la higuera: cuando asoman las brevas, los primeros frutos, es señal/signo inequívoco de la llegada del verano. Y hay signos profundamente humanos -y por ello, divinos- que son señales del Reino aquí y ahora.

Esa actitud de discernimiento, de atención permanente es característica propia de los discípulos. Hace a la identidad de los seguidores de Cristo, a su hambre constante de verdad y trascendencia, a su necesidad de ir más allá de cualquier apariencia.
Como siempre, la clave es ir hacia donde el signo nos dirige la mirada; de cualquier otro modo, nos quedaríamos en el color de la señal y nó, en cambio, en su orientación primordial.

Pero hay otra cuestión que no es menor. Así como es impostergable buscar los signos, también tenemos una humilde vocación de higueras santas, de brindar signos que indiquen al otro la alegre y mansa llegada del Reino entre nosotros, frutos buenos de compasión y solidaridad, de justicia y liberación, de servicio fecundo, generoso y desinteresado.

Que la Palabra nos siga suscitando frutos nuevos de santidad.

Paz y Bien




Se acerca nuestra liberación




Para el día de hoy (26/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 20-28





El lenguaje apocalíptico no es sencillo ni digerible especialmente para nosotros, mujeres y hombres que oscilamos culturalmente entre dos siglos, dos mil años después de escritos los Evangelios.
Un indicio interpretativo es el significado de Jerusalem para las gentes del siglo I: tanto para judíos como para las primeras comunidades cristianas, era la Ciudad Eterna, faro seguro y presencia de Dios que los nutría de identidad nacional y religiosa y una certeza inamovible en la que se afirmaban frente a los horrores de la ocupación romana.

Jesús de Nazareth, en tenor profético, les preanuncia a sus oyentes las calamidades que sobrevendrán, una guerra extensa y brutal de ocho años, el asedio de Jerusalem, la destrucción del Templo y de la Ciudad Eterna y la dispersión de los pocos sobrevivientes por las legiones imperiales de Vespasiano y Tito en el año 70.
Ello implicó el colapso de toda una cosmovisión, y que quedaran arrasadas todas las esperanzas. Sin destino ni horizonte, la noche parece no tener fin, las desgracias una constante inagotable.

Así es posible proyectar ese escenario a cada uno de los tiempos históricos en donde acontezcan desgracias y calamidades que arrasen los cuerpos y demuelan las almas. Cada tiempo tenebroso tiene, por lo general, la misma característica, y es su aparente perennidad, su enquistación definitiva en la cotidianeidad de las personas, como una maldición del presente y una negación del futuro.

Con todo y a pesar de todo, aún cuando señales cósmicas indiquen lo contrario, la esperanza sigue viva como el humilde y tenaz rescoldo que no se apaga. Dios no nos ha abandonado. Dios está tan amorosamente implicado en la historia que se ha hecho tiempo, vecino, pariente, un Niño en brazos de su Madre que desafía mansamente a los poderes, a los imperios, a todas las opresiones desde la fidelidad y la ternura.

Dios con nosotros. Está muy cerca nuestra liberación.

Paz y Bien

Perseverancia




Para el día de hoy (25/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 10-19




Parece un despropósito que acercándonos al tiempo de la ternura y la esperanza, el Adviento, la Iglesia nos ofrezca en la liturgia del día esta lectura con un lenguaje tan violento, que puede descorazonar y hasta atemorizar: en los días precedentes advertía sobre las desgracias que sobrevendrían sobre el Templo y la nación judía, especialmente por apartarse de la paz que Dios les ofrecía en la persona de Jesús de Nazareth. Ahora el Maestro se dirige a sus discípulos y seguidores, con la abrumadora certeza de que serían perseguidos, tratados como delincuentes abyectos, torturados, aniquilados en su honra y dignidad, entregados a los verdugos como malhechores para pagar con su vida crímenes sin nombre.

Esa certeza demuele las seguridades religiosas añoradas por toda comunidad, la calma, la ausencia de conflictos, el transcurrir tranquilo de una vida sin sobresaltos, la agradable piedad de la misa dominical y las fiestas de guardar, las oraciones cotidianas, la devoción sincera.

En cambio, no hay utopía ni tranquilidad en las palabras del Maestro. Él señala con su enseñanza ratificada con su propia sangre que la fidelidad al Evangelio implicará directamente el riesgo de la persecución, de poner en riesgo la propia vida. Quizás por ello la medida de la fidelidad de la Iglesia a la Buena Noticia sea precisamente -aunque nos duela y espante- las persecuciones que sufra por su compromiso indeclinable para con los más pequeños, para con la justicia, para con la paz, para con la honradez, para con la vida defendida y promovida en libertad.

Pero a pesar de todo, de todo ese horror en ciernes, hoy mismo está germinando un futuro venturoso, aunque las urgencias cotidianas nos impidan mirar y ver más allá del dolor.
La clave está en la perserverancia, la tenacidad en permanecer fieles porque de ningún modo quedaremos librados a nuestra suerte incierta. 
En Dios está nuestro destino, nuestra suerte, nuestra esperanza.

Paz y Bien

Mediación



Para el día de hoy (24/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 5-9





Es dable imaginar la mirada de espanto de los oyentes del Maestro cuando Él les preanuncia la destrucción del Templo.
Ese Templo era motivo de orgullo nacional por su imponente construcción, por las bellas ornamentaciones, por la pompa y el boato que lo engalanaban, pero muy especialmente para esas gentes era el recinto en donde se encontraba su Dios. Como núcleo y faro de la fé de Israel, su destrucción cerca del año 70 por las legiones romanas implicó un quebranto emocional e identitario para toda la nación, y murieron por miles y otros tantos sufrieron los rigores de la diáspora, quedando el Pueblo Elegido sin patria, sin nación, sin un Templo que los congregara.

En cierto modo, el derribo primero es conceptual: en la Buena Noticia no hay mediación entre Dios y el hombre a través de las joyas, ni se acota casi de manera pagana el ámbito de lo sagrado a un espacio específico -un Dios encerrado-. Es un tiempo nuevo en donde la mediación absoluta acontece en la persona de Jesús de Nazareth, el Cristo, pascua del pueblo desde el templo de piedra hacia la persona santa, misterio asombroso de la Encarnación de Dios.

Así todas las seguridades se caen como castillos de naipes al viento, y brota con furia paralizante el miedo. De allí que a menudo lo escatológico implique para muchos cuestiones horrorosas, finalísticas.
Consecuentemente con esos parámetros, cuando acontecen miserias y desgracias, hecatombres humanitarias, violencias sin sentido, la rebelión de una naturaleza maltratada, se asocian esos pesares al panorama oscuro del final.

Pero la peor de todas las calamidades es renegar del presente y abdicar de toda esperanza, aún cuando campeen las sombras.
El Cristo de nuestra Salvación y sus hermanos fieles siguen tendiendo puentes de bondad para el reencuentro con Dios.

Paz y Bien 


Un Dios pobre



Para el día de hoy (23/11/15): 

Evangelio según San Lucas 21, 1-4



El Maestro sabía mirar y ver como nadie, superando todas las apariencias y superficies. Árboles y bosques, o mejor aún, árboles dentro del bosque.
Así puede descubrir la verdad más profunda por entre la multitud que discurre, por entre las estruendosas ofrendas de los ricos, por entre el palabrerío de las plegarias repetidas que tan a menudo desdicen su sentido de oración: allí, en la sala del Tesoro del Templo destella ante sus ojos, como una diadema muy valiosa, el gesto infinito de la ofrenda de una viuda pobre.

Durante su ministerio, Jesús de Nazareth planteó en numerosas ocasiones una antítesis escatológica entre el Reino y las riquezas, entre la inminente liberación de ese Reino y la esclavitud del dinero, entre el aferrarse a lo que perece o afirmarse en lo que trasciende, aunque a los ojos del mundo sea algo menor, ínfimo, irrelevante.

Sin embargo, no se trata únicamente de una enseñanza moral. Hay más, siempre hay más, manantial inagotable es la Palabra.
La humilde ofrenda de esa mujer conmueve al Maestro: mientras los ricos dan lo que poseen y lo que les sobra -y por eso son poseídos por las cosas-, ella se brinda a sí misma en esos dos shekels menores, su subsistencia consagrada para los demás, sin limitarse ni menguarse en precauciones, pues abandona toda cautela arrojándose por entero a un presente que engalana con su ofrenda y con su fé. 
Ellos dan lo que poseen, mientras que ella posee lo que dá, su vida misma ofrecida.

El Maestro se conmueve porque en el profundo gesto de esa mujer encuentra el rostro amable de su Padre, un Dios pobre que no se limita, que se brinda incondicionalmente desde una indigencia asumida por amor a sus hijas e hijos, sin reservarse nada, en la alegría absoluta del vivir por y para los otros.

Que el Espíritu nos abra los ojos para reconocer los gestos eternos que redimen nuestros días, imágenes santas del Dios de la vida.

Paz y Bien

Cristo nuestro Rey



Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (22/11/15): 

Evangelio según San Juan 18, 33b-37





El ámbito en donde se desarrollan los acontecimientos que nos brinda la lectura de este día es el pretorio, es decir, la residencia del gobernador romano -aquí, Poncio Pilato- cuando éste se encontraba en Jerusalem; el pretor habitualmente residía en Cesarea, pero se constituía en la Ciudad Santa para las fiestas más importantes, o por circunstancias políticas muy especiales.

Pilato es el delegado del César en la provincia vasalla, y como tal detenta la soberanía imperial sobre personas, territorios y bienes. Esa potestad absoluta también refiere a la autoridad de ejecutar o nó a los condenados a muerte.
Al pretorio llevan entonces al rabbí galileo maniatado como un criminal, entre sombras, pues las autoridades religiosas temen un levantamiento popular en favor del Nazareno. Sin embargo, hay otros motivos importantes: por un lado, el Sanedrín ha condenado a muerte a Jesús por encontrarlo culpable del delito capital de blasfemia, en un proceso amañado y virulento de odio. Como ese consejo superior carece de facultades ejecutorias, lo envían donde el procurador romano. Pero además, han de apurarse: al prisionero lo dejan a las puertas del pretorio, pues la sola presencia extranjera supone un contacto con lo impuro que evitan a toda costa, y el horario no es fortuito. Las prisas radican en el cercano inicio del Shabbat.
La antinomia es dura. Hombres que se afanan por igual en permanecer rigurosamente observantes de los preceptos religiosos y puntillosos en sus deseos de muerte de un inocente.

La escena estremece. Ese Cristo es un hombre solo, abandonado por sus amigos, frente al pretor que representa el poder omnímodo y brutal de Roma, de la opresión, de la brutalidad de las legiones estacionadas allí cerca. Un hombre solo frente al pretor, frente al imperio, frente al mundo.
Y Pilato vacila: la línea políticamente correcta le indica que debe ejecutar sin más trámites a los culpables de sedición, y nó a los condenados por juicios religiosos. A Roma le importa y compete la sumisión, no la religión. Sus dudas surgen porque ese humilde galileo reivindica un reinado extraño, y no sabe si ello supone una amenaza al poder imperial...y a su propio status de pretor; Pilato, con un antisemitismo que no oculta, desprecia con abierto fervor a los acusadores de Jesús, pero al igual que ellos está atrapado por los preconceptos y la ideología, y así relativiza la fuerza liberadora de la verdad, en la búsqueda de un sucedáneo que aquiete su conciencia.

En esa estancia hay dos hombres, pero Cristo no es el prisionero aunque esté maniatado. La libertad fiel con la que enfrentará el horror de la cruz es absoluta. Pilato es el verdadero cautivo, aunque pueda moverse con libertad.
Así entonces Cristo será ejecutado como un subversivo, como un criminal marginal por no reconocer como Dios al César, por ser testigo íntegro de la verdad de Dios, por renegar de toda violencia e imposición, por desertar alegremente de toda ansia de dominio, por reivindicar al verdadero poder que es el servicio.
Su reino es veraz, cósmico, universal, pero su Reino no es de este mundo. Su Reino es el de los que entregan su vida para bien de los demás, su Reino es el territorio fértil de las almas, su Reino es el de los edificadores de paz y justicia, su corte se compone de los pobres, los pequeños y los sencillos, y su palacio se encontrará en la calidez de los corazones que guarden su Palabra.

A Cristo nuestro Rey volvemos a dejarlo solo frente a los caprichos de los poderosos, cuando cedemos al cenagal tentador del relativismo, cuando abdicamos de hacer pié en la verdad, cuando renegamos del hermano.

Que el Espíritu del Resucitado nos conduzca nuevamente a honrarlo en espíritu y en verdad, en ofrendas diarias de mansedumbre, en tributos generosos de compasión para con el hermano, en la humilde alabanza de la gratitud.

Paz y Bien


Discusiones banales



Presentación de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (21/11/15): 

Evangelio según San Lucas 20, 27-40





En la época del ministerio de Jesús de Nazareth, los saduceos -tsedduquim, descendientes del Sumo Sacerdote Sadoq-, conformaban una élite de importante influencia política, religiosa y económica en Israel, al punto de actuar de un modo similar al de un partido político. Aunque en su gran mayoría integraban la nobleza laica y los espacios del poder político, aún con la dominación romana, algunos de ellos a su vez pertenecían a los estratos curiales superiores del clero que servía en el Templo de Jerusalem, y así en su historia podemos encontrar varios sumos sacerdotes, siendo los más notorios Caifás y su suegro Anás.

Su influencia se correspondía también con profusas fortunas y un bienestar sin precedentes. Aferrados a una vida desbordante de privilegios, elaboran un pensamiento religioso sistemático -una teología- que la fundamenta, y por ello en gran medida niegan la Resurrección: la respuesta simple es que no tiene sentido preocuparse por el más allá, cuando se está tan bien en el más acá. Sin embargo, subyace en estos criterios cuestiones más profundas: para ellos la buena fortuna, las riquezas son bendiciones divinas en premio o recompensa por una vida piadosa meritoria, observante a su modo de la Ley mosaica. Inversamente, la pobreza y los sufrimientos son los castigos lógicos de un dios espantoso y punitivo que castiga con miserias y dolores las vidas religiosas mediocres o abiertamente involucradas en pecados públicos o afrentas a la Ley.
Así entonces, los saduceos conforman -desde lo político y lo religioso- un grupo extremadamente conservador al punto de llevar sus reservas a la paranoia, pues cualquier atisbo de novedad o cambio es percibido como una amenaza a suprimir rápidamente por todos los medios posibles.

Negaban la Resurrección, y por ello con mayor énfasis, rechazaban la Buena Noticia: en su horizonte es imposible el alba de un Dios que sea Padre, que sea amor, que sea incondicionalmente generoso, que sea Gracia pródiga, Salvación para todos, sin excepción.

En esta perspectiva es que le plantean al Maestro una especulación dogmática sobre la llamada Ley de Levirato, la cual era una antigua institución legal de Israel, de carácter estrictamente endogámico, por la cual se pretendía que si una mujer enviudaba sin tener descendientes varones, debía ella contraer nuevas nupcias con el hermano del difunto para garantizar la continuidad de la tribu, del clan, de la raza pura y sin contaminaciones. En el tiempo del ministerio del Señor la obligatoriedad de esta norma había caído en desuso, limitándose al consentimiento previo de los involucrados, pero es dable comprender su reivindicación por los saduceos en su elitismo cerrado.

El problema es que el argumento no es inocente, carece de intención veraz, pues busca hacer tropezar a Jesús de Nazareth haciendo que se expida contradictoriamente en cuestiones propias de la ortodoxia religiosa, a tal punto de banalizar la discusión llevándola a un extremo ridículo, en idéntica proporción al insulto velado que le imparten: se dirigen a Él como Maestro pero lo tratan como a un  imbécil.

Nada eso amilana a Cristo. Ni las banalizaciones, ni los insultos, ni los desprecios. Aún desde enmarañadas madejas se pueden tejer buenos lienzos, y es menester estar atentos, pues en su respuesta están también todo el precioso tiempo que malgastamos en torpes juicios y absurdas e interminables discusiones bizantinas sin sentido ni destino.

Porque lo que importa es que el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de vivos, que nó de muertos, Dios dador de vida y plenitud, de perdón y Salvación, incansable en su afán de que la vida -que es don y misterio- sea para todos un regalo infinito, interminable, que comienza aquí y ahora y que no tiene fin.

Paz y Bien




Tu casa de oración




Día Internacional de los Derechos del Niño

Para el día de hoy (20/11/15): 

Evangelio según San Lucas 19, 45-48



La expulsión de los vendedores y cambistas del Templo suponía un desafío abierto a la autoridad religiosa, y por eso mismo un acto de enorme coraje. 

Una nutrida marea de gente confluía hacia el Templo de Jerusalem durante todo el año pero especialmente en las fiestas solemnes, desde todos los rincones de Israel y también de toda la Diáspora. Ello implicaba que los que no vivían en las cercanías de Jerusalem tuvieran que adquirir animales kosher, es decir, animales cultualmente puros para los sacrificios que se ofrecían, mientras que los peregrinos llegados de sitios distantes tendrían que cambiar el dinero que portaban por la moneda oficialmente aceptada. Todo ello implicaba una enorme afluencia de dinero, de pingües negocios de los que -seguramente- los miembros principales del Sanedrín eran beneficiarios. Ayer y hoy para muchos la religión es un negocio, un tráfico tolerado y aceptado.

Así, la acción rotunda del Maestro nos resulta muy atractiva pues despeja al Templo, ámbito de lo sagrado, de todo foco de corruptela, de lo que no debe estar allí de ningún modo. Pero la realidad es mucho más profunda: en ese lugar se había instaurado una concepción mercantilista de la fé en un Dios al que se le podían arrancar favores y bendiciones a cambio de actos tabulados como piadosos, colocables en la columna del haber religioso acumulable. Ese Dios no es el Dios de Jesús de Nazareth, Padre bondadoso, pródigo en su amor.

Se trata de un tiempo distinto, no alternativo, sino raigalmente diferente, y se ha producido un desplazamiento absoluto, del Templo de piedra a la persona de Jesús de Nazareth. Porque al Padre se le honra y adora en Espíritu y en verdad antes que en lugares específicos.

Nosotros no estamos exentos de ciertas tinciones que nos suelen ensombrecer. También nos perdemos en los afanes del trueque piadoso, y si bien hay un atiusbo de fé, también hay una negación expresa de la Gracia asombrosa, generosa, incondicional.

La casa de oración que debe ser purificada de robos y tráficos es el templo de nuestro corazón.

Paz y Bien

El llanto por la ciudad



Para el día de hoy (19/11/15): 

Evangelio según San Lucas 19, 41-44



Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo, de las tradiciones de sus mayores, de la historia de su nación. 
Se encamina decidido hacia su Pasión, en absoluta libertad a pesar del horror ominoso que se asoma. Lo acompañan los discípulos y, junto a ellos, una multitud que le sigue por diversos motivos, la mayoría de ellos conceptos erróneos de su misión redentora, de su identidad mesiánica.

Pero con Jerusalem a la vista, sus ojos están anegados por la tristeza en un mar de lágrimas. La escena es sobrecogedora: aún con los Doce, aún rodeado de la multitud, se trata de un hombre que llora ante el destino terrible que le espera a su patria.
Como todo profeta -y más que un profeta- tiene una mirada profunda y distante, y lector excelente de los signos de los tiempos, sabe lo que la historia le depara a la Ciudad de David: años después de su muerte y Resurrección, por el año 70, las legiones romanas de Vespasiano y Tito aplastarán brutalmente el conato de rebelión contra la opresión romana que encabezarán los severos zelotas.
Las legiones no se limitarán a combatir a los insurrectos: pasarán por las armas a miles, combatientes o pacíficos ciudadanos, y a otros tantos los venderán como esclavos, y arrasarán la ciudad comenzando por el Templo, del que sólo quedarán algunas lajas de una pared externa -el Muro de los Lamentos-, condenando así al pueblo judío a siglos y siglos de una Diáspora harto dolorosa, un pueblo que se quedará sin tierra, sin Estado, sin nación ni símbolos propios que los identifiquen.

La Ciudad Santa lleva por nombre Jerusalem, que es la mixtura de dos términos: Yherushalaim, Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz.
Pero la paz no se obtiene enarbolando nombres adecuados, a pura declamación. La paz es una labor cotidiana, se edifica con muchísima paciencia, desde la tolerancia y a partir de sólidos cimientos de justicia.
Y para los creyentes, la paz es un don de Dios que se confía a nuestras manos y que debe cuidarse como un tesoro muy valioso que no puede perderse de ninguna manera. O peor aún, rechazar ese regalo que se nos ofrece sin condiciones, a pura generosidad.

A veces parecería que no sabemos llorar. O que no hemos llorado lo suficiente, para purificarnos de demasiados espíritus malos que permitimos se nos alojen dentro del pecho. Demonios de creernos mejores que otros. Demonios infames de ejercer la violencia en nombre de un dios espantoso. Demonios de la opresión, del descarte humano, las aves negras del narcotráfico y las esclavitudes que parecen perennes. Los demonios habituales de una niñez olvidada y los demonios cultores del dios dinero.
Todos cultores de sacrificios humanos, pues en las aras solemnes de la soberbia y el egoísmo se sacrifica al prójimo.

Quiera Dios que sepamos llorar de verdad, y a partir de allí, poner manos a la obra, como simples operarios en la edificación de otro tiempo y otro mundo, el Reino entre nosotros.

Paz y Bien 

Los dones que se nos han confiado


Para el día de hoy (18/11/15): 

Evangelio según San Lucas 19, 11-28




La liturgia del día de hoy nos ofrece una lectura ubicada dentro de un contexto específico: los discípulos y las multitudes en su mayoría no comprendían -o no querían comprender- la verdadera naturaleza mesiánica de Cristo. Ellos seguían encasillando todo en términos de poder, gloria, dominio, y por ello no aceptaban al Servidor de todos que el Maestro les iba revelando a lo largo del camino y que hallaría su plenitud en la Pasión. 
A su vez, en esos menesteres ansiosos los urgían las prisas por restaurar el trono de David, la liberación de Israel del dominio extranjero, y ese acontecer imaginado lo asociaban con el surgimiento inminente del Reino de Dios bajo los mismos criterios. Cuando la mirada carece de profundidad, se opta por el árbol y se pierde de vista el bosque.
Pero en un tiempo de Buenas Noticias es importantísimo saber mirar y ver el árbol en su ámbito boscoso.

Por eso la necesidad de una parábola que despeje los nubarrones de la conveniencia. Y de la necedad también. No sólo aplicamos a las cosas de Dios chatos criterios antropomórficos sino que intentamos vanamente imponer medidas mundanas a lo que es de suyo inconmensurable, y que se nos brinda a pura bondad, incondicionalmente, a cada uno de nosotros en esta familia creciente que llamamos Iglesia.

Se nos han confiado muchos dones, a veces obviados, a veces menospreciados. Pero todos son valiosos, aunque a menudo se nos parezcan moneditas de escaso valor.
Tienen todos ellos una característica asombrosa: si se empeñan, si se gastan pródigamente su valor se multiplica por diez, por cien, por mil. En cambio, si se esconden por temor, en la caja fuerte aparentemente segura de una prudencia que es el disfraz de la cobardía, esos dones se malgastan, se disipan. O peor aún, se quebranta la confianza del Dueño real de esos dones concedidos.

Todos los servidores fieles poseen un rasgo que los identifica: su prodigalidad y su alegría. 
Se trata de la serena alegría del Evangelio que nos rejuvenece el corazón en todas las etapas de la existencia, y cuyos síntomas primordiales son el servicio y el buen humor. Los rictus amargos suelen ser señales de una vida des-graciada.

Porque, nada menos, se nos ha confiado la Gracia de Dios en estos cántaros de barro que somos, para que seamos derrochones tercos del amor de Dios.

Paz y Bien

San Roque González -una canción-

San Roque González de Santa Cruz, SJ

SAN ROQUE GONZÁLEZ

Hermano Roque González,
nuestra tierra te conoció,
semillas del evangelio
sembraste de corazón.

Y nunca tuviste miedo
de andar por tierras lejanas
llevando a todos los hombres
la cruz que los liberara.

“Aunque me maten yo no me muero”,
fue tu ultima canción;
has muerto, pero es tu sangre
semilla de resurrección. (Bis)


Hoy todo un pueblo te canta
y te pide con devoción
que traigas para estas tierras
justicia y liberación.

Hermano Roque González,
ojalá yo te pueda hallar
en cada pobre que llora
en la Argentina y en el Paraguay.

“Aunque me maten yo no me muero”,
fue tu ultima canción;
has muerto, pero es tu sangre
semilla de resurrección. (Bis)

Cantata a los Santos Latinoamericanos


Aquí se puede escuchar:

Zaqueo en las alturas




Santos Roque González de Santa Cruz, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, presbíteros de la Compañía de Jesús y mártires

Para el día de hoy (17/11/15): 

Evangelio según San Lucas 19, 1-10



En el día de ayer la liturgia nos ofrecía la sanación de un hombre ciego en las afueras de Jericó; la ciudad es prácticamente un arrabal de Jerusalem, y teológicamente nos ubica en el umbral de la Pasión del Señor. En ella se alojaban los sacerdotes y levitas que regían y servían el culto en el Templo, pero también es un importante centro económico, pues por la confluencia de rutas bullían comercio y riquezas.

Jericó además es la segunda ciudad en importancia, luego de la Ciudad Santa, de toda Palestina; pero además es muy importante para la memoria histórica de Israel. Al mando de Josué, los israelitas ingresan a la Tierra Prometida franqueando en primer lugar a Jericó y sus murallas.

En una ciudad así, necesariamente hay toda una estructura impositiva, los recaudadores de impuestos o publicanos. Algunos de grado inferior como Leví/Mateo, y otros de rango superior como Zaqueo, jefe o mayor de toda una zona.
Los publicanos -empleados judíos- recaudaban los durísimos tributos imperiales gravados por la Roma ocupante; por esa sola razón, eran detestados por sus paisanos como traidores a la nación judía. Eso no era todo: la posición de algunos como Zaqueo permitía además prácticas corruptas y extorsivas que le permitían amasar pingües fortunas, otro motivo por el cual el pueblo los ubicaba en un mismo escalón moral que las prostitutas, y así eran odiados con fervor, limitándose su vida social a sus pares publicanos.
Para la severa mirada de la religiosidad imperante, los publicanos son impuros irremisibles pues el contacto con el extranjero y con las monedas prohibidas los inhibían de toda participación comunitaria del culto.

El dato que nos ofrece Lucas es significativo: ante la llegada de Jesús de Nazareth, Zaqueo quiere ver quién és ese rabbí galileo del que todos hablan. No es un mirón, un espectador menor de un fenómeno popular, hay una inquietud cierta que inquieta su alma. Parece que una multitud abigarrada, combinada con una escasa estatura le impiden mirar y ver al Cristo que pasa.
Es dable suponer que Zaqueo sea bajito, pero no todo es lineal, literal. Quizás la praxis diaria -dolorosa para los demás, corrupta, infame- lo ha hecho descender en su estatura moral, y sólo puede elevar su mirada apenas por encima de un fango que es reflejo de su corazón.

Ese sicómoro, ese árbol que está allí es casi un hermano que le permite subirse a sus hombros. Sus ansias de mirar y ver a Cristo reflejan una esperanza de una vida distinta que no le brindará ni su oficio, ni sus riquezas, ni el poder ni la religión que le prohíben.
Y el Maestro lo sabe.
Anda con las prisas de mesa fraterna, de mesa de amigos, anticipo cordial de una Eucaristía que se prolongará hacia la eternidad, mesa de acción de gracias por el paso salvador de Dios en la existencia.

No basta la declamación, ni son suficientes las buenas intenciones mencionadas. La conversión conlleva reparar los posibles daños que se han cometido con los demás, y de allí la aceptación explícita de su corrupción que desde ese momento será historia, será pasado, porque Cristo se ha alojado en su casa, ha encontrado hogar en su corazón.

Zaqueo finalmente alcanza las alturas de un cielo cercano, y ya no necesita subirse a ningún árbol pues su vida ha sido restaurada por el perdón y la gratitud, por ese Cristo que viene a reunir a los perdidos.
Porque todos tenemos, con todo y a pesar de todo, un lugar en su mesa.

Paz y Bien

De la miseria a la misericordia



Para el día de hoy (16/11/15): 

Evangelio según San Lucas 18, 35-43




San Lucas nos sitúa en los alrededores de Jericó, y esa localización implica una ubicación específica pero más aún una geografía teológica, es decir una localización espiritual.

Jericó es una ciudad antiquísima -de las más antiguas de Palestina- y se encuentra a escasos kilómetros, unos treinta, de Jerusalem. Es decir, Jericó es prácticamente un suburbio, umbral y antesala de la Ciudad Santa y a su vez umbral y antesala de la Pasión y Resurrección del Señor, y de allí su relevancia.

Además, en Jericó se alojan los sacerdotes y levitas del Templo, y allí hay un contraste demoledor entre esos expertos servidores del culto y el ciego que languidece a la vera del camino, ignorado y acallado por los paseantes. Tal vez es el signo de una religiosidad que se seca en su infertilidad, que se ha quedado sin corazón pues es incapaz de la compasión del samaritano de la parábola, que cree que a Dios se lo ubica y acordona en un lugar concreto -el Templo-, paganismo e idolatría de otro signo pues ningún lugar es santo ni a Dios se le puede encerrar en ningún lugar: la santidad la concede la Presencia del Santo entre los Santos, y a Dios se le encuentra en todas partes, comenzando por Jesús de Nazareth y siguiendo por los ojos del hermano.

Hay un desplazamiento sin retorno del Templo estático de piedra y ornamentos a la persona de Cristo, que asumirá en su cuerpo los males del mundo, que se brindará como pan de Salvación, y que por ello hará de la compasión el culto primero y veraz. Es la Pascua definitiva que se esboza en ese camino, a las puertas de Jericó.

La ceguera no es infrecuente en la Palestina del siglo I: las tormentas de arena y el sol bravo que se refleja en el suelo rocoso lesiona las córneas de muchos, pero además, el criterio imperante es que toda enfermedad es causada por un Dios vengador y punitivo que castiga con dolencias los pecados propios o de los padres. Así entonces un ciego no puede valerse por sí mismo, no puede ganar el sustento de los suyos y además es un impuro ritual absoluto al que hay que evitar.
Por ello, cuando se entera que por allí pasa Jesús de Nazareth clama por piedad, por misericordia a partir de lo que sabe y conoce: el Mesías de Israel -notificaban los antiguos profetas- restituiría la vista a los ciegos, y así ese hombre suplica y llama al Hijo de David.
Al Maestro mucho no le gustaba ese rótulo, pues encerraba conceptos erróneos de un mesianismo terrenal, referido a las aspiraciones nacionalistas y de poder político de su pueblo. Su Reino no es de este mundo. Pero aún así, aunque no haya demasiadas precisiones o inexactitudes nominales, lo que cuenta es la fé, la confianza que se profesa.

Los gritos que se elevan por sobre las voces que pretenden acallarle son maravillosos. Se trata de la fé que se empecina en Aquél en quien confía, la fé que no se resigna, la fé que sabe que todo se resuelve en el encuentro con Aqué que salva y sana.

El contraste surge nuevamente, como un contrapunto doloroso. Los apóstoles caminaron por tres años con el Maestro pero no querían aceptar la evidencia del plan de Salvación, ni el verdadero rostro mesiánico del Señor. Ese hombre descartado al costado de la vida sabe y cree más en Cristo que ellos mismos y por ello, restituída su mirada, su vista límpida, se erguirá como hombre pleno de gratitud, alabando a Dios y seguirá los pasos del Maestro, imagen exacta y fiel del discípulo.

Porque se trata de una Pascua que es paso salvador de Dios por la existencia, paso redentor de las miserias a la misericordia que libera y restaura, el amor de Dios que no se esconde en abstracciones sino en gestos concretos de ternura y justicia.

Paz y Bien


Convergencia




Domingo 33º durante el año

Para el día de hoy (15/11/15): 

Evangelio según San Marcos 13, 24-32





La lectura del día nos ubica en el penúltimo Domingo del año litúrgico, y sabiamente, la Iglesia nos ofrece desde la Palabra una reflexión acerca de la Parusía para intentar obtener una imagen paralela referente al la conclusión de la historia.

Numerosas corrientes teológicas y filosóficas imaginaron un porvenir escatológico sombrío, cataclísmico, el Apocalipsis no en su sentido fundante como Revelación sino como fin terrible. Esto también tiene que ver con las diversas circunstancias graves que cada época conlleva consigo, en especial los tiempos harto difíciles de opresión, de persecuciones, de horrores continuos que parecen no terminarse.

Pero también ese criterio se utilizó con fines pseudoreligiosos: el miedo suele ser una herramienta bastante eficaz para someter corazones, para atenazar las voluntades de las personas. 

Sin embargo, el Maestro no lo vivía ni entendía así, y hacia otro horizonte se dirige su enseñanza.
Los símbolos cósmicos destacan su importancia, y es que no estamos solos. La historia humana se encuentra fecunda de eternidad, la Encarnación no es un misterio abstracto sino la concreción absoluta del amor de Dios con nosotros.

Por ello, más que fin del mundo es más cierto y veraz pensar en la plenitud de los tiempos. En que algo importantísimo está creciéndose en silencio, humilde y pujante como el grano de mostaza.
Que el regreso de Cristo no es un final abrumador sino un luminoso comienzo, la convergencia definitiva entre Chronos y Kairós, entre el tiempo humano y el tiempo santo de Dios.

Es el Cristo Resucitado y glorioso que regresa para congregar a sus hermanas y hermanos de todos los tiempos. No hay imperio que no caiga si el pueblo lo decide, no hay tiniebla que prospere si es firme la esperanza, y el motivo de nuestra alegría es que podemos edificar un destino de plenitud, porque habrá un alba de plenitudes conjuntas, del cumplimiento de todas las promesas.

Paz y Bien

La viuda tenaz



Para el día de hoy (14/11/15): 

Evangelio según San Lucas 18, 1-8




La literalidad no es sana, ni es fiel a la Palabra. Es menester sumergirse en las honduras de ese Dios que nos habla hoy, y no quedarnos en la superficie de la pura letra.

Así el juez injusto de la parábola nada tiene que ver con el Dios Padre de Jesús de Nazareth: por el contrario, representa a todos los poderosos de este mundo que no les importa Dios ni mucho menos las personas, opresores fatales por omisión y por corrupción.

La viuda que reclama, en cambio, simboliza a los pobres, a los pequeños, a los indefensos, a los que nadie escucha. Como mujer, en la escala social de su tiempo está muy por debajo del varón, y carece de derechos. Por ser viuda, no tiene un esposo que la defienda, y por ello está a la deriva de cualquier aprovechador o acaso de algunos que usufructúan la Ley en beneficio propio.

Pero esa viuda es tenaz, y su tenacidad marca la diferencia. Anawin del Señor, jamás se resigna ni baja los brazos aún cuando todo diga lo contrario, aún cuando todo señale que vá a seguir igual, sin cambios, la contundencia abrumadora de los imposibles que se aceptan.

Ella es la imagen de los creyentes añorada por Cristo: aquellos que confían y esperan en Dios con confianza inquebrantable, y que a su vez se obstinan, invencibles, en su hambre perpetuo de justicia.
Oración y justicia son las flores mejores del Reino.

Es dable señalar también que el juez injusto fallará a favor de la viuda no tanto por el cansancio que le provoque la súplica constante de la mujer, sino porque su tenacidad incansable lo pone en evidencia.
La búsqueda de justicia desenmascara a los opresores, a los corruptos, a los indiferentes. Es un bofetón espiritual a sus conciencias anquilosadas.

Dios siempre escucha con amorosa paciencia de Padre y no permanece indiferente a las súplicas de justicia que se elevan desde los corazones firmes en la fé.

Paz y Bien


Tiempo santo




Para el día de hoy (13/11/15): 

Evangelio según San Lucas 17, 26-37 



En la época del ministerio de Jesús de Nazareth y durante las primeras comunidades cristianas, las expectativas por el fin de los tiempos estaban altísimas, y ello provocaba encendidas discusiones, pues además de prever catástrofes inmensas, muchos pretendían saber o establecer la fecha exacta de de la Parusía entendida como el final de la historia y nó como su plenitud, como si las acciones de Dios pudieran programarse en algún calendario o agenda.

El tiempo humano es chronos, aquél que se mensura por relojes y dispositivos, finito, limitante, acotado a la materia.
El tiempo de Dios es kairós, tiempo santo que no puede medirse al igual que el tiempo humano, pues es esencialmente infinito, totalmente presente.

El tiempo de Dios atraviesa en silencio la historia humana y la fecunda, de tal modo que este tiempo que nos toca vivir, desde la Encarnación de Dios, es el tiempo santo de la Gracia, el tiempo santo de Dios y el hombre, y la fidelidad a esa bendición asombrosa pasa por saber reconocer el paso salvador de Dios por nuestras existencias.

Honrar la memoria, pero a su vez hacer que el pasado sea tal, es decir, sea historia.

Edificar con mirada de futuro pero floreciendo este presente que somos, sin mirar atrás pues hemos nacido a la vida nueva de la Salvación. Quedarse atado a lo que ha muerto nos petrifica en deshumanizaciones, vivir como si nada pasara, con talante de más de lo mismo, es resignarnos a que nada pueda cambiar, comenzando por nosotros mismos.

Cristo volverá de manera definitiva, es una promesa y una certeza, para que la historia y el cosmos lleguen a su plenitud en Dios.
Pero Cristo está de regreso en la Palabra, en la Eucaristía y en el prójimo.

Allí, en los ojos del hermano, en la Palabra viva, en la mesa compartida, el tiempo santo de Dios nos vuelve a bendecir a diario con albores de esperanza, justicia y liberación

Paz y Bien

El Reino de Dios entre nosotros



Para el día de hoy (12/11/15): 

Evangelio según San Lucas 17, 20-25




Lo rezamos a diario, y suplicamos ¡Venga a nosotros tu Reino!, la oración que el mismo Cristo nos enseñó, rostro bondadoso de un Dios que es Padre.
Pero ese Reino a veces es, para muchos, una circunstancia post mortem, un ideal o utopía a realizarse siempre en el más allá de la vida terrena, que no en el más acá. 
Para otros, anquilosados en viejos conceptos mundanos, reino equivale a poder que se impone, a gobiernos, a jerarquías, a una Iglesia en desmesura de poder, directamente proporcional a la ausencia de corazón.
Otros tantos levantan banderas de miedo, de escenarios terriblemente apocalípticos de fines demoledores, especulando a veces fechas, señales en el calendario y escenarios propicios, confundiendo una Parusía gloriosamente ampulosa como poder definitivo y no como un supremo acto de amor, el regreso definitivo de Cristo, la plenitud de los tiempos y el cosmos.

Mientras tanto, en ciertas veredas intermedias se vincula exclusivamente al Reino con la interioridad, relegándolo a un plano espiritualista, quizás abstracto en una piedad que no se encarna.

Sin embargo, para Jesús de Nazareth el Reino de Dios es una realidad palpable, perceptible en el aquí y el ahora, como el rocío bienhechor que renueva la vida al alba, bendición asombrosa e inconmensurable, milagro constante del amor que Dios nos tiene.

Dios sigue interviniendo el la historia humana a través de Cristo salvando, liberando, sanándonos de pecados y dolencias, redimiéndonos de todas las cadenas, haciéndonos plenos. Allí precisamente está el Reino de Dios entre nosotros.

Y cuando los seguidores y discípulos de Jesús -la comunidad cristiana- en su Nombre ofrece la vida en sintonía evangélica, allí también florece el Reino.

Que el Espíritu del Resucitado nos conceda restituirnos una mirada profunda para advertir, descubrir y agradecer este don, esta Gracia, esta Salvación que se nos ha dado y se nos ofrece generosa en cada instante de nuestras existencias, Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien
  

El regreso a Jesús de Nazareth




San Martín de Tours, obispo, patrono de la Ciudad de Buenos Aires

Para el día de hoy (11/11/15): 

Evangelio según San Lucas 17, 11-19




El peregrinar de Jesús de Nazareth nunca es fácil, sencillo y siempre, e inevitablemente abre surcos. El Evangelista Lucas nos brinda datos puntuales que exceden la mera geografía del siglo I, pues -siempre es menester volver a ello- los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien crónicas o relatos teológicos.
Así entonces estas coordenadas ofrecidas nos conducen, como una suerte de Gps cordial, a una geografía teológica, a un ámbito espiritual específico.

Lo importante es que el Maestro se encamina decidido y sin vacilaciones, a pura fidelidad y amor, hacia Jerusalem, al encuentro de la Pasión, de la cruz, de la vida ofrecida. Pero parece tomar cierta ruta contraindicada: atraviesa Samaría y Galilea, zonas bajo conflicto y sospechas continuas.

Los samaritanos son odiados con fervor por el pueblo judío: ellos se consideran a sí mismos descendientes verdaderos de las doce tribus iniciales -más específicamente de Efraím y Manasés-. Adoran a Dios a su modo, tienen la Torah por Libro Santo y la Ley por guía, y no reconocen la autoridad que emana del Templo de Salomón. Ellos tienen su propio templo y monte santos en Garizim. El odio y el desprecio que reciben de los judíos es correspondido y retribuido de su parte.

Los galileos, debido a las invasiones enemigas y a las sucesivas colonizaciones producto de antiguas derrotas militares de Israel, son siempre mirados con cierto desprecio y sospecha por parte de la ortodoxa Judá, y la muy observante sociedad jerosolimitana: es el contacto histórico con los extranjeros y los matrimonios mixtos -la impureza de sangre- los que los hace descender en el valuación que se hace de ellos, y por ello también se encasilla despectivamente al rabbí nazareno, por su origen y nó tanto por lo que dice y hace. Aún así, observan la Ley según los rigores fariseos, y simultáneamente desprecian a esos samaritanos, tan parecidos a ellos.

Por desgracia, a menudo las miserias nos igualan, nos emparejan. Diez leprosos languidecen a la vera del camino, y no importa tanto su origen natal tanto como su condición. Una Ley estricta e inmisericorde los condena a la soledad, los estigmatiza como impuros absolutos por designio divino, caricatura grotesca de un Dios vengativo, castigador, dispensador de males.
A Cristo su fama de sanador y la amplitud de su corazón lo precedían. Aún así, ellos se mantienen a la distancia prescripta por las normativas, que son mayormente motivos ético-religiosos antes que sanitarios. Es significativo también que ellos mantengan esa distancia: ello indica su sumisión a esa trama injusta, su resignación ante lo que es inhumano y está mal.

Cristo no hace oídos sordos al clamor de los dolientes. Toda súplica se escucha siempre, pero a veces no queremos o no estamos capacitados para recibir una bendición.
Sobre esos hombres acontecen dos milagros: primero, el de ser aceptados como hijos y hermanos, desde el puente tendido de la compasión que supera todos los abismos de la injusticia. El otro milagro es su cuerpo restablecido, los estigmas que se limpian en la superficie de su piel y en las honduras de su alma. 
El Maestro sabe bien el porqué de sus sufrimientos, y por ello los envía a presentarse ante los sacerdotes: el sistema que los expulsó ahora deberá readmitirlos como sujetos de pleno derecho. Ello implica todo un desafío a una religiosidad edificada para unos pocos puros y una multitud de impuros que deben subordinarse a ser meros espectadores sufrientes y pasivos de una fé que no libera ni hace plena a la gente.

La resignación de esos hombres, su internalización de los procedimientos los hace correr hacia la puerta segura de lo conocido, y que de una buena vez le quiten el rótulo gravoso de la lepra.
Pero uno de esos hombres no es partícipe de los mismos criterios y además, en cierto modo, es desobediente. Es un samaritano, y es señal que no siempre desde la ortodoxia y desde la masividad está la verdad, no siempre desde allí se esgrimen las razones únicas.

El samaritano regresa pleno de gratitud, y es precisamente esa gratitud un camino de Salvación. Reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas, que nos hace libres, plenos felices.
Nuestro centro y nuestra vida no pasa por los reglamentos ni por las estructuras que nos imponen y que aceptamos sin cuestionar, maquinalmente: nuestro centro es ahora una persona, y nuestra vida y nuestra alegría está en el regreso desobediente, floreciente en libertad y en gratitud a Jesús de Nazareth, quien nos purifica de todas las llagas, quien nos espera siempre para el reencuentro y la paz.

Paz y Bien

Siervos inútiles




San León Magno, Papa y Doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (10/11/15): 

Evangelio según San Lucas 17, 7-10



El saber popular lo afirma de manera rotunda: de imprescindibles están llenos los cementerios. 

Esa consciencia incrementada de la propia valía suele traer aparejada una creencia cuasi mercantil que poco tiene de fé; se trata más bien de la acumulación piadosa de méritos, de un Dios que troca bendiciones por piedad o promesas cumplidas, que premia o castiga según corresponda. Y así, esa creencia pretende una Iglesia legalista y absurdamente jerárquica -algunos grandes, y el resto pequeños-, en donde no hay espacio para la mesa compartida, para la fraternidad, para la Eucaristía, la Iglesia de la Gracia, del Espíritu del Resucitado.

La eficacia y la importancia de la misión no radica en la capacidad y el esfuerzo del sembrador, sino en la asombrosa vida de la más humilde de las semillas.
El absoluto, el horizonte de la vida cristiana es Dios, y nó el espejo aumentado del propio ego.

La comunidad cristiana entonces será reconocida en su fidelidad en tanto ofrezca su vida en el servicio a los demás, en cada pequeño gesto generoso y desinteresado, en ceder el paso, en brindar frutos desde el humus manso de la humildad.

Que el Reino crezca por obra y gracia de Aquél que nunca nos abandona. Porque el Reino acontece aquí y ahora.

Y cuando dejemos estos arrabales, cuando nos toque el tiempo de la partida, irnos como José de Nazareth, en silencio y sin estridencias, felices siervos inútiles que hemos hecho lo que debíamos hacer, plenos por cumplir, felices por ser fieles a nuestro destino ofrecido.

Paz y Bien

Edificados por Dios




Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/15): 

Evangelio según San Juan 2, 13-22



Hoy la Iglesia celebra una fiesta poco conocida, la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán o Lateranense. 
Finalizadas las brutales persecuciones contra los cristianos por parte de los emperadores romanos, Constantino dona al papa San Silvestre los terrenos en donde se levantaría la Basílica Catedral de Roma, la que se termina de construir y se consagra en el año 324, dedicada primero al Salvador y luego a San Juan Bautista. Durante bastante tiempo fué celebración exclusiva del pueblo romano, y luego se extiende a toda la Iglesia, honrando el signo que irradia, y es que la Iglesia de Roma, de la cual el Papa es obispo, es la Iglesia madre del urbe y del orbe, primus inter pares en la caridad, señal de la universalidad/catolicidad de la Iglesia por el amor.

Desde los primeros tiempos -aún en los más difíciles- los cristianos edificamos templos y sitios de oración para que la comunidad se reuna para el culto, la alabanza y la oración, todos ellos lugares de respeto y veneración.
Hay que navegar en la historia que nos nutre: un joven judío de Nazareth al que llamamos Señor y Dios fué presentado en el Templo de Jerusalem a los pocos días de nacido. Sus padres, honrando la tradición de sus mayores, lo llevaban para las fiestas más solemnes, y Él asimilaba como propio todo ello, quedándose sólo alli en ese Templo inmenso a los doce años, ocupado en las cosas de su Padre, revestido de un fuego amoroso por el Templo que se había profanado por los mercaderes y cambistas pero también, por aquellos que abusaban de su poder y mostraban el rostro de un Dios violento y vengativo, inaccesible excepto para ellos.

Jesús de Nazareth lo sabía bien, y lo expresaría en su propio cuerpo en su Pasión y su Resurrección. Antes que en los edificios consagrados, a Dios se le adora en Espíritu y en verdad. 
En el tiempo de la Gracia, la comunión de dos o más hermanos reunidos en su Nombre garantiza la presencia de Cristo, Hijo de Dios que santifica.

Tenemos una persistente tendencia pagana, que es la de confinar la presencia de Dios a determinados recintos. Pero sabemos por la Buena Noticia, por el asombroso misterio del Dios que se encarna, que cada hombre y cada mujer es Templo vivo y latiente del Dios de la vida, por el Espíritu que nos habita.
Más aún, a pesar de tantas miserias, la tierra y el universo se santifican por el paso salvador de Cristo en la historia.

Los discípulos somos, por el bautismo, también templos dedicados a Dios. Templos vivos, y cada mujer y cada hombre también pues allí palpita la imagen infinita de un Dios que es Padre sempiterno.

En estos tiempos de cultos extraños, hay otros tipos de templos restrictos. Cines, estadios, tarimas políticas, la televisión y los medios, los palacios del poder.
Los templos en donde nos reunimos en nombre y memorial del Redentor merecen respeto, afecto y veneración. Pero debemos preguntarnos si honramos con la compasión y la misericordia a todos esos templos que somos y a los que caminan junto a nosotros, el templo de la propia existencia, el templo santo del hermano, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien


Dentro del Reino



Domingo 32º durante el año

Para el día de hoy (08/11/15): 

Evangelio según San Marcos 12, 38-44




Este domingo la liturgia nos plantea un nuevo desafío de introspección, de profunda meditación, para conocer y re-conocer actitudes y valores, quizás sobreentendidos, quizás anclados a las costumbres.

El horizonte siempre será la Pasión y la Resurrección del Señor, y el Evangelista lo sabe bien. La escena nos sitúa físicamente en el Templo de Jerusalem y teológicamente en los atrios del Templo definitivo que es el mismo Cristo.

Es el ámbito propio de los escribas, de aquellos que detentan el poder religioso, poder que amplifican sobre las espaldas y los corazones oprimidos del pueblo, inescrupulosas aves de carroña de los que no pueden defenderse, ansiosos cultores del prestigio y el reconocimiento, que a su vez son pródigos en los rezos. Rezos extensos -y simulados- que poco tienen de oración verdadera.
Mucho palabrerío para intentar acallar la Palabra, mucha ostentación -la pura exterioridad- sin substancia, sepulcros fulgentes que sólo son hogares seguros de la muerte y refugios de corrupción.

El Templo de Jerusalem era imponente en su tamaño, en sus ornamentos, en los ritos establecidos. A su vez, multitudes recorrían a diario las distintas estancias, pues era el centro de la fé y la nación judías. Es fácil quedarse en el bosquejo y pasar por alto los detalles, el bosque y nó los árboles. O mejor aún, mirar y ver en toda su profundidad cada árbol en el ámbito global del bosque que lo enmarca.

Frente a una de esas estancias el Maestro toma asiento, con esa mirada suya única. Sabe leer como nadie los corazones, y no pierde de vista lo esencial, a pesar de la bulla, las gentes, las ornamentaciones y el humo del incienso y los sacrificios.
La sala es el Tesoro del Templo que poseía trece alcancías o cepillos -gazofilacios- en los que se volcaban las limosnas para el sostenimiento del culto y los sacerdotes, y para auxiliar a los más pobres, una suerte de asistencia social primitiva pero eficaz.
Muchos arrojan grandes sumas en las alcancías, y las monedas reverberan sonoramente en su caída; es dable suponer que esos donantes también busquen el reconocimiento de los demás. Más ruido, más monedas, más riqueza e influencia que se interpreta como bendición divina por una vida virtuosa.

Pero hay alguien que nadie advierte. Se trata de una mujer pobre y viuda, y porta varios gravámenes intolerables. Es mujer, y por ende está varios escalones por debajo de la estatura moral del varón; es viuda, y por ello no tiene un marido que la proteja. Es pobre, y casi seguro será también una dependiente de esas limosnas ostentosamente arrojadas a los cepillos.

Ella arroja dos leptas, dos moneditas de cobre, el coste de un almuerzo pequeño. Esas moneditas no hacen ruido, pero son valiosísimas.
El Maestro se conmueve, porque esa mujer, en ese humilde gesto, honra en plenitud el mandamiento mayor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Confía toda su existencia a su Dios, y se olvida de honras, de alabanzas a sí misma, de una fé declamada y no practicada.
Esa mujer, merced a su confianza en Dios, dió su sustento y por ello, es ella misma la que se hace ofrenda, imagen del Cristo de nuestra liberación que nada se guardará para la Salvación de todos los pueblos.

Es mujer no está cerca del Reino, como cierto joven rico que una vez se encontró con Jesús de Nazareth. Esa mujer está dentro del Reino, aquí y ahora, y resplandece más que cualquier lámpara votiva.

Que el Espíritu de Dios nos auxilie y sane para tener la mirada del Maestro, la capacidad de mirar y ver a esos gestos redentores que a diario, en todas partes, sostienen la vida.

Paz y Bien

ir arriba