Retrato de Cristo



Para el día de hoy (31/08/15): .

Evangelio según San Lucas 4, 16-30




Quizás a causa cierta educación deformada o incompleta que hemos recibido, pasamos por alto una cuestión sustancial, y es que Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo, respetuoso de las tradiciones de sus mayores y practicante devoto de la religión de Israel.

No es un dato menor, y está mucho más allá de la superación de cualquier torpe antisemitismo: las raíces judías del Maestro son certeza plena de la Encarnación de Dios, de un Dios entramado amorosamente en la historia humana, en un tiempo concreto, haciendo explícitos los cumplimientos de todas las promesas. La Salvación no es una abstracción, una idea sino la bendición infinita del amor de Dios, don y misterio que nos llega por la persona de Jesús de Nazareth, por su vida ofrecida, hermano y Señor nuestro.

Los datos iniciales que nos brinda el Evangelista Lucas son precisos: Jesús era un practicante habitual de las plegarias propias del Shabbat, y también participante activo del culto, toda vez que la tradición establecía que los varones judíos laicos tenían derecho a leer un párrafo de los Profetas y a comentarlo. No es difícil imaginarlo entre sus paisanos cantando los salmos, recitando el Shema Ysrael, orando las plegarias comunitarias a su Dios, que mucho tenían que ver con la historia y la identidad de su pueblo. No es difícil tampoco ubicarse en la escena: todas las miradas están puestas en ese Cristo que esas gentes decían conocer bien, que se crió entre ellos, en sus calles polvorientas, y que un día se largó a los caminos a anunciar cosas de Dios.

En aquellos tiempos, los textos sagrados se transcribían -para uso del culto- sobre cueros curtidos, los cuales se sostenían con astas de madera que a su vez posibilitaban el enrollarlos. Por ello, Él toma y elige el rollo correspondiente al profeta Isaías. Esta elección no es casual, fortuita, ni se corresponde con una lectura que, quizás le sea más afín que otras a Jesús.
En realidad, lo que Él hace es, mediante la Palabra, hacer una relectura profética de su misión y de la historia de su pueblo. 
Esa lectura en clave profética es crucial para todos los tiempos, pues revela su identidad y su misión en toda su plenitud. Ese tipo de lecturas, interpelar e interpretar la propia historia a la luz de la Palabra viva, tal vez siga encasillada en la columna del debe de nuestra existencias.

Como un manantial inagotable y generoso, en el aquí y ahora, la bendición de Dios es concreta, carnal, profundamente humana. Buena noticia para los pobres, liberación para los cautivos, redención para los oprimidos, luz para los ciegos, consuelo y alegría para los afligidos y dolientes, un año de Gracia y misericordia del Señor para todos los pueblos, un año que se inicia en Cristo y que no tiene fin.
Buenas noticias para esos sitios en donde toda certeza no tiene nada de nueva ni de buena y donde campean las sombras. Buenas noticias por el Espíritu que se encarna en una muchacha nazarena, que sostiene a ese Cristo, que también lo levantará de la muerte, Buenas noticias para toda la creación. Buenas noticias porque contrariando toda razón mundana, la venganza queda lejos de los anhelos de justicia. Buenas noticias porque ese Cristo es de todos pero no es propiedad de nadie, no se deja atrapar, y cada vez que se lo intenta acallar de algún modo, pasa por en medio de los escoltas y dispensadores de la muerte.

Cuando se nos apaga la esperanza y se nos adormece la fé, es menester volver a ese retrato vivo de Cristo.
Mejor aún, siempre hay que regresar a Él, desechando tantas imágenes erróneas que nos forjamos de acuerdo a nuestras necesidades. Volver hoy, ahora mismo, y que vuelva la Iglesia al Ungido, al Cristo de nuestra vida, de nuestra liberación, al Redentor de los oprimidos, al hermano de los pobres, al que consuela todos los pesares.
Porque hoy se cumplen en nuestras existencias todas las promesas.

Paz y Bien





Rituales vanos




Santa Rosa de Lima, virgen, Patrona de América Latina

Para el día de hoy (30/08/15): .

Evangelio según San Mateo 7, 1-8. 14-15. 21-23




El conflicto basal entre Jesús de Nazareth y quienes detentaban la ortodoxia oficial era tan profundo y enconado, que envían desde Jerusalem a la periférica Galilea a un grupo de escribas y fariseos -se presume que expertos en lo suyo- para observar detenidamente al Maestro y sus discípulos. La intención es clara: se trata de encontrar motivos de reproche, infracción y condena respecto de lo que hacen y dicen, lo que viven y enseñan.

Cuando se trata de cuestiones así, cuando el detector de heterodoxias y enemigos está encendido, siempre alarma con señales positivas. En cierto modo, si no fuera por la misericordia de Dios, todos somos camellos imposibles esforzados por pasar por sendos ojos de agujas. Pero además, el detector suele fallar, pues su combustible no es precisamente la verdad, y posee una notoria falla, que es el reconocer al hermano, al prójimo. A veces es necesario apagarlo, y permitir que la Gracia nos encienda.

En la lectura del Evangelio para este domingo, el conflicto se focaliza en las abluciones que, por Ley mosaica, debían de practicar los varones judíos, así como también la preparación de los utensilios de cocina y las camas. Esos recién llegados de Jerusalem se constituyen como un tribunal inquisitorial volante cuyo afán es netamente condenatorio y que no es servidor de la verdad.
Así, airados, reclaman que se cumplan estrictamente, al dedillo, esas prescripciones establecidas hace siglos.

La reacción del Maestro posee la extraña fuerza de la profecía, que puede ser violenta para las mentes que se quedan en la superficie, en lo episódico, fenomenológico. Las cosas hay que decirlas sin ambages, con claridad, sin máscaras; hipocresía significa, literalmente, responder con máscaras.

El afán purista de esos hombres ha acotado la trascendencia del ritual: el ritual es importante en tanto que signo, señal, medio simbólico de trascendencia. Pero ellos han llevado su talante a sentidos finalísticos, es decir, han convertido a los rituales en fine en sí mismos y con ello pretendían determinar el ámbito de lo profano y lo sagrado.
Pero es Dios quien otorga todos los sentidos, es Dios con su presencia quien hace sagrados ámbitos, cosas y especialmente personas. Y el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios que se encarna, que se hace tiempo, historia, vecino, Hijo amado.

Pureza o impureza no son victorias o derrotas que se conquistan mediante rituales vanos. Pureza o impureza se arraigan en las honduras de los corazones, y tal vez sólo se decidan por la aceptación o el rechazo que haga la humanidad del amor de Dios ofrecido generoso, inmenso, incondicional para la Salvación.

Por ello el culto primero es la compasión.

Paz y Bien

Rosa de Lima -una canción-



CANTATA A LOS SANTOS LATINOAMERICANOS

ROSA DE LIMA


En el jardín de la Iglesia brotó una flor

es una rosa muy bella por su color.



Eres tu Rosa de Lima eres fuerza bella flor

Alegra con tu sonrisa el jardín de Dios.



Te desposaste con Cristo nuestro Señor

y te abrazaste a la cruz de la redención.



Tu vida fue de silencio y de ocultar acción

sufriste las injusticias con gran honor.

En el jardín de la Iglesia...



Hay flor de la tierra mía, flor del Perú

miraste tu pueblo humilde llevar la cruz.



Aroma del Evangelio saldrá de un jardín en flor

es el jardín de los pobres donde estás vos.



En el jardín de la Iglesia brotó una flor

es una rosa muy bella por su color.



Eres tu Rosa de Lima eres fuerza bella flor

Alegra con tu sonrisa el jardín de Dios.


30 de agosto - Santa Rosa de Lima - Patrona de América Latina


aquí puede escucharse:

El profeta necesario




Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/15): .

Evangelio según San Marcos 6, 17-29



Creer en la propia misión no es cosa fácil; más aún, ser fiel hasta las últimas consecuencias a eso que llamamos vocación, que otorga sentido pleno a toda la existencia no es tarea para tibios. 
Juan fué fiel, y sobre él Cristo vertiría como un perfume el elogio cordial mayor: era el profeta hijo de Zacarías e Isabel el más grande entre los nacidos de mujer. 

Como una señal de auxilio y advertencia, Juan jamás se buscó a sí mismo ni se reservaba espacios de solaz refugio. Se encaminaba a su horizonte en la docilidad completa al Espíritu que lo guiaba.

Renegado feliz de comodidades, lujos y reconocimientos, Juan destellaba integridad para todo el pueblo.

Un profeta es necesario pues nunca se calla cuando todos, por temor o connivencia, consienten o enmudecen. Un profeta siempre está presto a anunciar con voz clara y fuerte las cosas de Dios, y no se anda con remilgos ni análisis al denunciar lo que se le opone a ese Dios que lo sustenta. Un profeta anuncia y denuncia.

Juan no cede un ápice con la corrupción, pues la corrupción en todas sus formas acarrea la muerte y nos desciende en humanidad, a pesar de todos los artilugios ideológicos. Juan allana el camino del Mesías en justicia y en verdad, la voz que clama en el desierto.

Con la fuerza de una tormenta de verano que está cediendo, la voz de Juan preanuncia un soleado amanecer que será definitivo, el amanecer de la Gracia, de la Salvación.

Por eso suplicamos recuperar la vista y el oído para prestar atenta escucha a los profetas conque hoy el Espíritu nos bendice.
Por eso hacemos memoria de su martirio y del de tantos hermanas y hermanos: no celebraremos jamás la muerte de un inocente, sino la vida que se ofrenda, la fidelidad sin quebrantos, el permanecer en vela para que no se nos apaguen las esperanzas.

Paz y Bien


Único e intransferible




San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/15): .

Evangelio según San Mateo 25, 1-13 




La pregunta quizás sea obvia y se nos presenta con demoledora sencillez: la misma inquiere acerca de cual hubiera sido el fin de las muchachas de la parábola, si las prudentes hubieran compartido algo de su aceite con las otras despreocupadas, imprudentes. Quizás con aceite prestado, con aceite compartido, todas las lámparas se hubieran mantenido encendidas, disipando la noche y aguardando en luminosa vigilia el regreso del Esposo.

Al fin y al cabo, quizás no haya signo más evangélico que el compartir.

Ese modo de interpretación es lineal, superficial, y por ende erróneo, y además poco fiel a la trascendencia de la enseñanza de Cristo que nos llega a través de la Palabra; aquí el Maestro no nos habla del compartir, sino de otro aspecto de la vida de fé y de la existencia que, de ningún modo, se resuelve con aceite prestado.

Ese aceite es único e intransferible, y hace directamente a la identidad, a la raíz personal. Porque la fé, que es don y misterio, crece y germina en comunidad, pero la decisión de vivir la fé con esperanza encendida es enteramente personal, aceite que se enciende solamente cuando libremente se quema. Habrá luz siempre con aceite propio, nunca con aceite prestado.

Allí sí, la pequeña llamita de una vida luminosa puede empujar a otros a que sus vidas se enciendan con la Gracia de Dios.

Porque la historia no es un devenir fortuito, a menudo socavada por el dolor y la miseria. La historia tiene un inmenso sentido trascendente, positivo, luminoso, y se nos está invitando, ahora mismo, a vivir de acuerdo a ello.

Paz y Bien

 
 


Estar en vela




Santa Mónica, memorial

Para el día de hoy (27/08/15): .

Evangelio según San Mateo 24, 42-51




Cierta tendencia religiosa infiere, a partir de la lectura para este día, la espera atenta de la Parusía, del regreso glorioso y definitivo del Señor. Es claro que ello no está nada mal, por el contrario, es uno de los fundamentos de la fé cristiana y de las esperanzas, la certeza de que Él volverá.
El problema estriba no tanto en esta espera/esperanza, sino en imaginarse un regreso difuso, post mortem, un Cristo-idea desencarnado de la historia y de lo cotidiano, un Dios al que se imagina juez y verdugo de los tiempos finales, dispensador de premios y castigos.

Cada uno y todos como comunidad, indefectiblemente, cosechará lo que ha sembrado en el trascurso de su existencia, aún cuando a veces ninguna semilla se siembra. La omisión es la cizaña más tóxica.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la luz artificial era muy valiosa. Se obtenía mediante lámparas alimentadas a aceite, toda vez que las velas -muy caras- se utilizaban solamente en el culto. Y como también el aceite era oneroso, una sola lámpara debía bastar para iluminar a toda la vivienda familiar, que habitualmente constaba de una sola habitación común.
Así entonces, velar, estar en vela, estar despierto en medio de la noche refiere a una cuestión por entero valiosa, importantísima, para no caer en ninguna sombra.

Estar en vela implica reconocer con la propia existencia que Cristo está volviendo ahora mismo, y que se lo encuentra en el rostro de los pobres, en el abrazo del hermano, en los ojos de los que amamos, en el pan santo compartido en mesa de amigos. 
Estar en vela es no adormecerse con las cosas, las ideas, las comodidades, el miedo. Estar en vela es redescubrir a ese Cristo vivo y presente en medio de su pueblo, y su paso salvador, la inefable y asombrosa acción de la Gracia en nuestros días.

Y estar en vela, por su fidelidad mansa y humilde sin estridencias, hace de cada creyente una pequeña lámpara encendida que sostiene la luz de la esperanza, aún cuando campeen las tinieblas del dolor y las sombras de la muerte. Que los imposibles ya no son tales porque Cristo ha resucitado.

Paz y Bien

Como tumbas relucientes




Beato Ceferino Namuncurá

Para el día de hoy (26/08/15): .

Evangelio según San Mateo 23, 27-32




Los fariseos no podían excusarse en la no comprensión de las invectivas del Maestro, pues eran tenaces impulsores de la prescripción tradicional de la Ley, mediante la cual todos los sepulcros se blanqueaban, encalándolos de tal modo que el fuerte sol de Palestina los hiciera destacar por sobre el resto del paisaje. Tocar una tumba implicaba lo mismo que tocar a un muerto, algo prohibido pues provocaba impureza ritual y, por ello, la exclusión de la vida religiosa de Israel.
Pero también las tumbas se volvían a encalar cerca de la celebración de la Pascua, con afanes piadosos, para cambiar su talante tétrico y desesperanzador. 

A su vez, se edificaban majestuosos mausoleos y sepulcros en donde yacían los restos de los profetas y los justos del Pueblo Elegido: sinceramente, allí no había un afán vindicatorio ni un homenaje honesto, sino la velada intención de apropiarse de la gloria de esos hombres, desligándose de su suerte, pues todos ellos fueron despreciados y asesinados por sus mayores. Y esa misma tesitura mantenían a su vez ellos mismos.

Sea cual fuera el caso, hay una cuestión que por obvia no es menos veraz: un sepulcro alberga la muerte, la degradación persistente de la vida en fuga, lo perecedero, lo que se pudre.

Contra esas tumbas relucientes nos vuelve a advertir el Maestro hoy, pues no son únicamente ayes dedicados a los fariseos de su tiempo.
Se trata de tumbas vistosas, que sin embargo sólo alojan corrupción en todas sus formas. A veces esas tumbas son simpáticas, presuntamente agradables y caminan, escondidas tras máscaras de poder.
Se trata también de las tumbas de la justificación de lo injustificable, de la violencia razonada, de los atropellos programáticos.
Se trata del culto sin caridad, de la religión sin Dios.

Con todo y a pesar de todo -y de nosotros mismos- seguimos creyendo en el Dios de la Vida y en el Hijo que nos salva, y por el que toda tumba deviene inútil, pues con la fuerza asombrosa del amor de Dios la Resurrección es más que una utopía, es una realidad y una certeza de que viviremos para siempre.

Paz y Bien

Religiosidad diezmada



San José de Calasanz, presbítero

Para el día de hoy (25/08/15): 
Evangelio según San Mateo 23, 23-26




En la tradición religiosa e histórica de Israel, la ley del diezmo tenía gran relevancia e incidencia en la vida cotidiana. Así entonces, la décima parte de las cosechas, de los frutos de la tierra -de allí diezmo- debían destinarse al sostenimiento del Templo y de los sacerdotes; en cierto modo, se constituía el erario público, pues de allí también salían los recursos que se destinaban a auxiliar a huérfanos y viudas y limosnas para los más pobres.

Sin embargo, con el correr de los años y el aumento de la influencia de la corriente farisea, la estricta puntillosidad de estos hombres extendió la obligatoriedad del diezmo a toda la actividad económica, y de ese modo obligaban a pagar diezmos sobre hierbas silvestres que crecían en el campo, y sobre algunos condimentos. Por eso no es difícil imaginarse a un ama de casa con un puñado de perejil o de menta presta a cocinar, separando una ramita de cada diez para cumplir con el impuesto.

Aquí haremos dos simples llamados de atención: el diezmo significaba, simbólicamente, el derecho de propiedad de Dios por sobre todas las cosas. También, la necesidad de prestar atención a los detalles pequeños.

Lo verdaderamente grave, que desata ayes doloridos y enojados por el Maestro, es que esos hombres, todos ellos religiosos profesionales, en pos de una estricta observancia de la Ley, olvidaban al Dios que le otorgaba sustento y sentido a su fé. Así diezmaban su religiosidad, pues se trataba de un horizonte mezquino sin Dios y sin prójimo, pura práctica externa pseudopiadosa que, necesariamente, conduce a estadios opresivos.

Porque en el tiempo de la Gracia, el amor a Dios se expresa en el amor al prójimo. Ambos son los brazos de una misma cruz, y cuando hay más rigor en minucias sin sentido, no queda lugar para lo que cuenta y permanece, la justicia, la misericordia, la fidelidad. Así filtramos mosquitos y dejamos pasar manadas de camellos, así valdrán más objetos y condiciones que la vida del otro.

Cuando no hay misericordia, la bendición de la Gracia ha sido rechazada. Cuando no hay justicia, sólo hay dolor y opresión. Cuando no hay fidelidad, no hay sitio en los corazones para que se afinque mansamente el Dios que nos busca sin descanso.

Paz y Bien

Hombres sin doblez



San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/15):  


Evangelio según San Juan 1, 45-51




La reacción de Felipe es propia de quienes han descubierto la Buena Noticia que proclama Jesús de Nazareth. El encuentro con el Maestro conmueve, transforma, moviliza, y se hace imperioso comunicarlo a otros, comenzando por los amigos.
En la Palabra del rabbí nazareno hay una fuerza asombrosa que enciende los corazones, y como el llamado de Jesús ha sido personal -porque de Dios son todas las primacías- tamvién el contar esa experiencia fundante será enteramente personal, antes que una abstracta transmisión doctrinaria.

A diferencia de Felipe y Andrés, cuyos nombres traen reminiscencias helénicas, tanto Bartolomé como Natanael son nombres enteramente inscritos en las tradiciones judías. La corrientes exegéticas a menudo entran en conflicto y han sido exhaustivas respecto de la identidad del apóstol Bartolomé o Natanael, especialmente en el hecho de identificar a la misma persona con dos nombres. Aquí sólo diremos que Bartolomé -bar Tholomai, hijo de Tholomai- no excluye al nombre Natanael, siendo perfectamente posible que Natanael sea el nombre de pila y Bartolomé el patronímico, ambos enraizados en plena identidad judía.

El hombre que está bajo la higuera es una figura eminentemente simbólica: es el israelita que bajo el amparo de la higuera de Yahveh -Israel- pone su mente y su corazón en estudiar la Torah, Palabra de Dios y Ley para su pueblo.

Sin embargo, el estudioso Natanael se aferra a ciertos criterios vigentes, que indican que de Galilea, de la misma Galilea a la que él pertenece por nacimiento, y muy especialmente de Nazareth jamás vendrá algo bueno. 
Es una idea fiera tenazmente enquistada, pues en nuestro hoy nos sigue latiendo que de todas las periferias sospechosas nada bueno puede salir.
Por eso Felipe no se embarca en esas discusiones doxológicas, porque la verdad corre por cauces extraños, e invita al amigo a un encuentro personal: el Ven y Verás debería ser bandera cordial de todo esfuerzo misionero, emblema de la Gracia, de un Cristo que restaura y libera, amigo y Señor, hermano y servidor.

Natanael pronto entenderá que el Maestro lo venía mirando desde hace tiempo, antes inclusive que el convite de Felipe. Y en un espacio nuevo y dialógico, que es la oración, descubre que hay un más allá de los criterios mezquinos, que una vida nueva se le ofrece a partir de ese hombre, Cristo Jesús.
Porque Natanael es un israelita que ha permanecido fiel, y es un hombre sin doblez.

Un hombre honesto y recto, un hombre que no se permite estar a la deriva de ideas y tendencias vanas, sino que se afirma en su Dios, y esa firmeza no deviene en rigidez fanática, sino en la capacidad de asombrarse, de permitir que Dios nos descubra y encuentre en cada encrucijada de la existencia, bajo las higueras de nuestros pensamientos, porque Él ha salido en nuestra búsqueda y todo es posible.

Paz y Bien

Nosotros hemos creído



21º Domingo durante el año

Para el día de hoy (23/08/15):  


Evangelio según San Juan 6, 60-69




Disputas y bruscos enfrentamientos entre la novedad de las enseñanzas del Maestro y los escribas y fariseos eran habituales y hasta razonables, pues esos hombres estaban cegados de fundamentalismo, de soberbia y de temor a que el poder que ostentaban se diluyera. Así, ellos devenían en per-versos pues renegaban de toda posibilidad de ser con-versos, de encontrarse con el amor de Dios.
No obstante ello, en la lectura de este día lo que se nos presenta es un conflicto surgido en las mismas entrañas de la comunidad cristiana: son los propios discípulos quienes objetan y discuten la enseñanza de Jesús.

Hay en las honduras de sus mentes un obstáculo en apariencia insalvable, y es que no pueden conciliar que ne la persona de Jesús de Nazareth esté un cuerpo tan humano como el de ellos mismos y, a su vez, que ese cuerpo sea comida de vida ilimitada, alimento de eternidad.
Se trata para ellos de una antítesis escandalosa, que les hace tropezar todos sus esquemas y preconceptos. Por eso tampoco entenderán ni aceptarán lo que el Señor asevera, lo adverso de pertenecer a la carne enfrentado a lo que pertenece al Espíritu.

Aquí no debe entenderse una mención en desmedro de lo corporal, de lo material respecto de lo espiritual. Demasiadas veces hemos caído -y caemos- en esa sugestiva trampa, que banaliza lo creado y allí los cuerpos, como si ellos no fuera también objeto del amor infinito de Dios, obra de Sus manos, templos vivos del Dios de la vida.
Lo que aquí se explicita es la contraposición entre lo que perece y lo que permanece, entre las cosas mundanas y la eternidad de Dios. Para aprehenderlo, para aceptarlo, es menester nacer de nuevo, del mismo modo que el Maestro indicaba a su amigo Nicodemo.
Y se nace de nuevo emprendiendo el camino de la fé, una fé que ante todo es don y misterio de un Dios que nos busca, que nos sale al encuentro, muy distante y diferenciado de los méritos acumulados, a puro impulso de su generosidad y su amor.

Parece entonces como si la contundencia de lo que Jesús de Nazareth plantea espanta a más de uno. Muchos de esos discípulos se van de su lado, semilla sin germinar caída en terreno pedregoso.

Pero Pedro y los otros permanecen, y en nombre de ellos hace una afirmación que aún hoy nos estremece, pues provoca resonancias profundas en todos nosotros.

¿A quién iremos? Tú tienes Palabras de vida eterna.

Signo de que la fé sólo puede madurar y sostenerse en la comunidad apostólica. Señal certera del aferrarse al Cristo de nuestra salvación no por un descarte último, ni por una selección de conveniencia, sino por descubrir que sólo en Cristo, sólo por su Gracia la vida trasciende, encuentra pleno sentido y no tiene fin.

Con todo y a pesar de todo, nosotros permanecemos y seguiremos estando porque hemos creído. Y hemos creído por la inmensa bendición de una fé que se nos recrea a cada instante, a impulsos bondadosos del Espíritu que todo lo fecunda.

Porque hemos creído no nos resignamos, porque hemos creído confiamos en su Misericordia, porque hemos creído vamos en busca del hermano, porque hemos creído estamos famélicos de justicia, porque hemos creído sabemos que emprendimos el éxodo de la tierra de los imposibles.

Paz y Bien 
 


Reina Madre




La Santísima Virgen María, Reina

Para el día de hoy (22/08/15):  


Evangelio según San Lucas 1, 26-38




La piedad popular y el afecto le brindan habitualmente a María de Nazareth rutilantes vestidos, coronas refulgentes, joyas que la ornan. Más allá de cualquier especulación válida, no hay que olvidar que los amores sinceros siempre valen.

Pero la realidad es que la realeza y los lujos están bien lejos de María de Nazareth.
Muchachita judía de aldea ignota y polvorienta, en la Galilea de la periferia siempre sospechosa.
Ella es pequeñísima, casi invisible. Pero un Dios enamorado la elige para que sea la Madre de su Hijo -su propia Madre- en una ilógica extraña que será también signo feliz de un tiempo nuevo de Buenas Noticias.

Es asombroso el trato que le dispensa el Mensajero. Se dirige a ella con sumo respeto, pidiéndole permiso, y el universo entero está pendiente de sus labios.
Su Sí! inmenso y confiado transformará la historia, como se transforma su misma existencia de raíz, haciéndola nueva, plena, feliz, vida en ciernes que puja sin descanso.

El Dios de la vida sale al rescate de su pueblo. La vida se abre paso desde los pequeños, desde los que no cuentan.

María de Nazareth será Madre, será hermana, será discípula, todo en la santa mixtura de la fé y el amor infinito de Dios.

Madre del Redentor, fiel hasta siempre, amada sin medida y por toda la eternidad por ese amor que se hace vida nueva al calor de su seno.

Reina por la Gracia, Reina por el Hijo, alba perfumada y humilde de una nueva humanidad, María es la estrella de la Salvación que destella en medio de cielos nublados, de tiempos oscuros, cuando el día parece que nunca llega, porque todo es posible para los que creen.

Reina Madre, ruega por nosotros.

Paz y Bien

Los maderos de la cruz





San Pío X, papa - Día del Catequista

Para el día de hoy (21/08/15):  


Evangelio según San Mateo 22, 34-40




Los fariseos plantean a Jesús una pregunta teñida de engaños, es decir, una falacia pues necesariamente su razonamiento implica un silogismo que induce a error. No hay hambre de verdad, sólo intención de detectar heterodoxia o blasfemia en el joven rabbí galileo, para poseer así un motivo de condena.

El tema no es menor: los maestro y doctores de la Ley distinguían un total de 613 mandamientos, 365 preceptos de carácter prohibitivo y 248 de carácter positivo, números que a su vez implicaban una profunda simbología: 365 por cada uno de los días del año y 248 por los huesos del cuerpo, con lo cual la Ley brindaba sustento y moldeaba a la totalidad de la existencia humana.
Así entonces tornaba imperativo que los sabios de Israel determinaran cuáles entre ellos eran los más importantes, o bien encontrar una fórmula que los resuma y contenga sin menoscabo, pues de lo contrario  todo se tornaba en un fárrago legal de improbable cumplimiento.

Las diversas corrientes rabínicas se embarcaban en profusas casuísticas en busca de la fórmula perfecta; no obstante ello, la tradición de Israel brindaba cierto fundamento a partir de la plegaria diaria -Shema Ysrael-, en el que se alababa al Dios único, y se expresaba el amor absoluto que se le debía.
Así, algunos maestros como Hillel complementaba ese fundamento, expresando que no hagas a otro lo que no quieras para tí: esto es toda la Ley.

El Maestro no reniega de ello, pero establece, con una originalidad fundante, un principio unificador para toda existencia, puerto seguro para todo destino que quiera edificarse.
Son como los dos maderos de la cruz, esos dos maderos que refieren a la totalidad del amor mayor, a la mansa y definitiva ratificación de la Encarnación de Dios: un brazo que se eleva al cielo, el otro -unido intrínsecamente al primero- que se extiende a los hermanos.
La primacía siempre el amor a Dios -con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma-, pero ello jamás ha de escindirse del amor a los hermanos, al prójimo que reconocemos y que buscamos.
El prójimo no es solamente el cercano, el par, el que es de mi tribu, mi clan, mi religión, mi nación: el prójimo es el hermano que descubro en todas partes, sin limitaciones, como otro hijo bendito de Dios.

Ese amor es clave/llave que abre todas las puertas y que a su vez revela de una vez y para siempre el carácter universal y redentor de la Buena Noticia, Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros.

Paz y Bien

Esencia misionera





Para el día de hoy (20/08/15):  

Evangelio según San Mateo 22, 1-14



Siempre es menester detenernos sobre ciertas cuestiones, en especial aquella tendencia a leer linealmente, por sobre la superficie, los textos sagrados. Toda literalidad conduce a ominosos fundamentalismos, y por tal, a senderos opuestos y ajenos a la Buena Noticia.
Así no nos espanta ni nos indicar conductas a seguir las acciones de ese rey dibujado en la parábola, que preso de sus enojos, sale en tren de venganza a aplastar a los homicidas y a prender fuego a la ciudad. Se trata de un recurso que es a la vez literario y educativo, más hipérbole que parábola, en donde se acentúan y exageran contenidos de un relato con la intención de generar una imagen duradera, que cale hondo en las mentes. Y en los corazones.

Lo que en verdad cuenta tiene más de una vertiente nutricia.

Por una parte, la revelación de que Dios quiere celebrar con la creación las bodas de su Hijo: unas bodas implican amor, celebración del compromiso que perdura más allá de los problemas, fidelidad hasta la muerte y más allá, vida que se re-crea y se expande. Son los sagrados esponsales de un Dios que, ante todo, está enamorado de la creación, de la humanidad. Y todos sabemos que los enamorados son capaces de todas las locuras, de todos los asombros, de romper las costuras estrechas de la lógica.

Por otra parte, la misión de los servidores. Es tarea que se encomienda a la gente cercana, en la que se confía plenamente. Y aunque nos cueste, es preciso identificarnos allí a todos y cada uno de nosotros.
Es preciso salir, largarse a los caminos. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, en las encrucijadas o cruces de caminos se ubicaban, abandonados a su suerte, los paralíticos, los ciegos, los leprosos y todos los indeseables de siempre.  
Hay invitaciones preferenciales al ágape inmenso de Dios que es prioritario entregar de manera clara y efectiva a todos aquellos que languidecen en todas las periferias de la existencia, allí en donde se descarta lo humano como sobrante, como resto, como nada, oquedades en donde toda noticia necesariamente es igual a la anterior, puro devenir de oscuridad continua y resignación.

Tal tarea, tan enorme, revela la esencia misionera de la Iglesia, que porta un mensaje único y universal y que no discrimina entre buenos y malos, feos o agradables, justos y pecadores. Nadie debe faltar a la mesa grande de Dios en donde la vida se celebra, pues la Buena Noticia es savia que corre sin detenerse, fecundando todas las ramas de la existencia humana.

Eso sí, es importantísimo recalcar para todos, sin excepción -incluidos especialmente todos nosotros- la etiqueta especial que se requiere. 
Porque para la mesa del Reino, que es mesa de hermanos y amigos, es imprescindible revestirse de caridad, reflejo perfecto de la Gracia de Dios que todo lo transforma.

Paz y Bien



Ceda el paso



Para el día de hoy (19/08/15):  

Evangelio según San Mateo 19, 30-20, 16



Las parábolas, literariamente, son relatos figurados o comparaciones que conducen desde la verosimilitud de lo que se narra a una realidad que en ellas no está explicitada. Si ello lo trasladamos al modo en el cual Jesús de Nazareth enseñaba, las parábolas son ventanas que nos vá abriendo para asomarnos a la infinita realidad de las cosas de Dios, del Reino. Por ello es muy importante no confundir medios con fines, es decir, las diversas figuras que utiliza en la comparación con la inmarcesible luz que se nos ofrece, con ese Dios absoluto que se hace uno de nosotros.

En el caso de la lectura para el día de hoy, ello aplica a esa persistente tendencia que nos desvía la mirada y que tanto daño provoca, y que es aferrarse a la literalidad, a interpretaciones lineales sin profundidad, a la pura letra. Allí comienzan los fundamentalismos, allí no hay sitio para el Espíritu ni para el hermano.
No debería importar tanto la pura letra como la pura Gracia.

Así entonces el Dios de Jesús de Nazareth no es un rico terrateniente que se ajusta al clásico modelo de clases sociales que someten mediante salarios que, a menudo, apenas alcanzan para la supervivencia luego de deslomarse de sol a sol.
Nada de eso. El Dios de Jesús de Nazareth es muy extraño: pudiendo enviar a mayordomos o capataces, sale al encuentro de los trabajadores muy de madrugada, cuando a éstos todavía no se les ha despejado el sueño de sus rostros, Dios del encuentro en nuestros amaneceres, Dios de nuestras existencias y nuestros esfuerzos, Dios al alba.
Dios que también sale a des-horas, a horarios irrazonables, cuando el trabajo ya está en plena marcha.
Dios que sí, cuando el día finaliza, llama a gente de su confianza para que busque a los que aún no están. 
Dios escandaloso, Dios derrochón que paga generoso con monedas generosas de igualdad a aquellos que han llegado tardísimo, en igual medida a los que llegaron primero.

Volviendo por un momento a la literalidad, no es descabellado imaginarnos entre el grupo de quejosos. Esa espiritualidad retributiva, esa teología meritoria que expresa el reclamo por lo que en más o en menos merecemos de acuerdo a nuestros esfuerzos. Ello estaría de acuerdo a la búsqueda de justicia humana, pero en verdad la Gracia de Dios es escandalosa en su abundancia incondicional, a pesar de lo mucho o poco que nos merezcamos. El Evangelio es cosa de locos.

Quizás por ello, al modo de las señales de las rutas, nosotros deberíamos proclamar y señalar un rotundo ceda el paso. A la manera de la desmesura de la cruz, hacerse último para que las hermanas y los hermanos que languidecen en el olvido final y el descarte humano avancen hacia adelante, hacia la dignidad fraterna de las hijas y los hijos de Dios, para allí juntos celebrar la fabulosa locura de amor del Dueño de la viña, que paga según la escala inmensa de su corazón sagrado.

Paz y Bien



A lomos de otros camellos




Para el día de hoy (18/08/15):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30



Lejos de cualquier parcialización o de cualquier lectura lineal, es muy importante situarnos en el escenario de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, y es la continuidad literaria y sobre todo teológica de la conversación entre Jesús de Nazareth y el joven rico.
Por ello mismo la necesidad de no caer en una perspectiva apológica de cierta clase de pobrismo -especialmente el que se impone y no se elige-, o la trampa de ideologizar y aplicar a la Buena Noticia categorías sociológicas y hasta ideológicas respecto de ciertas clases sociales.

Lo cierto es que en aras del falso dios Dinero se realizan sacrificios humanos pues se aniquila al prójimo. Lo cierto es que no se puede servir a dos señores, a Dios y al Dinero. Lo cierto es que en esas cuestiones se juega nuestra vocación infinita de ser libres, con la libertad de los hijos de Dios.

Los discípulos están más que preocupados. Ellos, si bien han dejado familia y bienes siguiendo los pasos de Cristo, aún se aferran también a determinadas cosas, y ese aferrarse es similar a las limitaciones que se autoimpone el joven rico. Las viejas ideas, los viejos esquemas, un corazón que paulatinamente envejece porque se per-vierte, es decir, que no se con-vierte.

Lo saben en sus corazones, y la razón no puede indicarles otra cosa: la carga de las propias miserias es tal que nadie, desde una lógica mundana, de justicia retributiva, puede salvarse. Nadie.
Y es verdad. A la Salvación no se la adquiere, por ella ya ha pagado con su propia vida, el costo mayor, Cristo en la cruz por todos nosotros.
Porque la Salvación es don y misterio del amor de Dios, y nó fruto de nuestros meritos ahorrados.

Lo cierto es que nosotros vamos montados a lomos de otros camellos. Lo cierto es que en esta monta atravesaremos todos los ojos de agujas.
Porque vamos en la feliz montura de la Gracia, del amor infinito de un Dios que es Padre y que nos sale al encuentro, de un Dios que todo lo puede y para el que no hay imposibles.

Nuestra herencia -inmerecida, generosa, asombrosamente desproporcionada- es la vida eterna, plena, feliz, en los brazos del Dios que nunca se resigna.

Paz y Bien

La buena vida




Para el día de hoy (17/08/15):  

Evangelio según San Mateo 19, 16-22




Ante todo, es importante tener en consideración la honestidad del joven que se acerca a Jesús; más allá de cualquier conclusión, se acerca a ese rabbí nazareno, caminante, sin intenciones ocultas y con el corazón en la mano. Tal cual es, sin disfraces ni máscaras de hipocresía.

Como es usual y hasta razonable, divide las cuestiones de esta vida y de la postrera: las del más acá las tiene firmes y aseguradas, es respetuoso y cumplidor de la Ley y los preceptos, carece de apuros de ninguna índole pues sus bienes lo acorazan. La del más allá lo preocupa, pues no es tan tangible como la actual, la cotidiana. Por eso es que interpela al Maestro para que Él le explique qué debe hacer para conseguir o poseer la vida eterna.
Pero contrariamente a cualquier reproche o invectiva magistral esperada, el Maestro le responde y enseña desde la misma Ley, pero una Ley que cobra sentido en la persona del propio Cristo. Así, la pregunta que le hace acerca de su cumplimiento de los mandamientos entraña una afirmación y una enseñanza.

La confusión del joven era comprensible: la Ley prescribía la observancia de 613 mitzvot o preceptos, 248 de carácter positivo y 365 de carácter negativo, 248 por los huesos del cuerpo humano, 365 por los días del año, simbolizando la totalidad de la existencia, tiempo y materia. La ortodoxia imperante obligaba bajo gravosos apercibimientos de penas exclusivas a la estricta observancia de todos y cada uno de los preceptos, y así la Ley, de instrumento y bendición de liberación, se convertía en yugo intolerable y opresivo. Muchos rabinos a su vez se embarcaban en profusos análisis exegéticos y casuísticas interminables con el fin de señalar los mandamientos o preceptos principales, de allí que el joven quiera que el Señor le diga cuales son los mandamientos a observar.

Respetar la vida, propia y de los demás, respetar el cuerpo, honrar a la esposa, venerar a los padres, no apropiarse jamás de lo ajeno, permanecer fiel a la verdad, amar al prójimo como a uno mismo.

No es casual ni caprichosa la elección. Todos ellos refieren a la ética, es decir, al modo de ser en el mundo y para con los demás: si consideramos esa ética enraizada en mandato divino, esa ética además de ser  trascendente implica que el cielo no está tan lejos, que la eternidad comienza aquí y ahora.
Que asombrosamente Dios ha hecho comunión con el hombre, y que los mandamientos no sólo especifican permisos y prohibiciones, sino el modo de vincularnos con los demás porque en el otro está el mismo Dios. 

El joven ha cumplido con las prescripciones. No ha fallado en ninguna de ellas, y sin embargo intuye que eso no es todo, que algo más le falta, y la respuesta del Maestro es demoledora, absoluta: la perfección -para ese joven y para todos los creyentes- radica en vender todo lo propio, ofrendárselo a los pobres para atesorar lo que verdaderamente permanece, la caridad. Luego, seguir los pasos de Cristo.

La tristeza que expresa el joven frente al reclamo final no es solamente de índole material. Todo encuentra su razón el el co-razón. 
El seguimiento de Cristo implica una radicalidad que no es sencilla ni fácil, toda vez que implica vaciarse de todo, abandonar cosas y seguridades y largarse a los caminos sólo confiando en la inmensidad de la misericordia de Dios.

Es morir, y morir con ganas a todo egoísmo, para vivir plenos, viviendo por y para los otros, sin condicionamientos ni restricciones. Por ello no nos volvemos apólogos de la muerte, sino que reivindicamos que una vida plena, la de Dios, es posible.

Pero por sobre todo, que cielo y Salvación no se consiguen ni se adquieren, aún cuando se traten de vidas en apariencia piadosamente virtuosas. La Salvación es don infinito del amor de Dios, y tratamos de vivir de acuerdo y en correspondencia a ese amor que nos transforma.

La buena vida es la vida a la luz de la Gracia.

Paz y Bien


Pan de vida, pan de escándalo




20º Domingo durante el año

Para el día de hoy (16/08/15):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59





Ellos murmuraban y discutían entre sí acerca de las cosas que decía y enseñaba Jesús de Nazareth. 
El murmurar no es un hablar en bajo volumen para no molestar o interferir: el murmurar, como aquí sucede, implica dar la espalda y esconderse para denostar e injuriar a otro, sin darle la posibilidad de defenderse, la infamia de no decir lo que se piensa -por duro que sea- de frente, mirando a los ojos.

Es importante destacar una cuestión perentoria: cuando los Evangelistas hablan de los judíos se refieren puntualmente a los dirigentes y notables religiosos de la época del ministerio del Maestro, es decir, a la ortodoxia oficial representada principalmente por escribas y fariseos. Cualquier otra suposición, que carecerá de sustento teológico, nos desliza irremisiblemente al pantanoso terreno de un antisemitismo grotesco y peligrosamente ridículo, que además, expresa todo lo opuesto a la Buena Noticia.

Esos hombres que murmuraban estaban presos de sus propios esquemas, encerrados en una tautología infernal de la literalidad y la superficialidad, y su mundo era la exactitud del dogma, sus corazones pétreos en donde Dios no hallaba lugar. Ese Dios, para ellos, era el Todopoderoso distante e inaccesible, entendiéndose el poder como la fuerza descomunal que se impone.
Tampoco puede descartarse cierto desprecio latente: el nazareno era un rabbí sin hogar, pobre y caminante, sin pergaminos que exhibir y con una voz tan fresca y nueva que, además, no pedía autorización.

En esos andariveles estrechos de la literalidad, se ofenden y se escandalizan. Según la Ley, el pan debe comerse con sumo cuidado, con una puntillosidad estricta, y los rigores dietéticos prohíben taxativamente ingerir alimentos en los que la sangre esté presente. Ello es anatema y los asquea.
Porque tampoco son capaces de concebir a un Dios que se acerque así al hombre, que se brinde sin reservas, que se entregue por entero, que haga comunión con la existencia humana fecundándola de eternidad sin méritos previos, a pura generosidad.

El cuerpo es comida, la existencia misma de Cristo que es el pan que sacia el hambre raigal de todo hombre y de toda mujer, la vida sin final.
La sangre es la savia, vital, decisiva, que ratificará esa comunión amorosa de Dios en la ofrenda extrema de la cruz, vida entregada por Cristo como un marginal, como un criminal abyecto en el horror del cadalso para que no haya más crucificados. Grito manso que vuelve a decirnos ahora mismo que no todo tiene precio, que hay cosas que no se compran, y que lo verdaderamente valioso no es lo que se acumula o acopia sino lo que se ofrece generosamente y sin condiciones, la propia vida por pequeña y mínima que parezca, vida que se expande y multiplica como ese pan y esos peces en una tarde de hambre y enseñanza compartidas.

Cristo se nos dá para que nosotros nos hagamos pan para el hermano.
Y quiera el Espíritu que la Eucaristía no sea sólo un rito, sino una mesa fraterna de gratitud y alegría, de Cristo vivo y presente en medio de su pueblo, de escándalo creciente porque se ama, y se ama en serio, con ganas, sin reservas.

Paz y Bien

 

Dichosa entre todos y todos dichosos en Ella




La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/15):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




Ella reconoce en sí misma, en las profundidades de su ser, en su cuerpo transformado de niña a madre las maravillas que Dios ha hecho en Ella, que se sabe pequeñisima. Su Dios no es una idea abstracta ni un juez severo. Anticipando la enseñanza de ese Hijo que tendrá -Hijo de las esperanzas de tantos-, canta fervorosa la Buena Noticia de la misericordia de Dios que se extiende y extenderá de generación en generación.

El Dios de María de Nazareth es un Dios que siempre toma cartas en los asuntos de los hombres, en las cosas de sus hijos. Un Dios totalmente parcial con los pobres y desvalidos. Un Dios que exalta a los humildes. Un Dios que restaura a los caídos y libera a los oprimidos y que, llegado el caso, también derriba a los poderosos de sus tronos. Un Dios que es causa de todas las alegrías y las esperanzas de los pequeños. Un Dios que siempre cumple con sus promesas.

Ella experimenta la presencia real de ese Dios en su mente, en su corazón , en su cuerpo, alegría en todo su ser.
Con Ella y con lágrimas esperanzadas, volvemos a cantarle a ese magnífico Dios -Magnificat!- que no se olvida de los suyos, y que lleva a su amor al extremo a través de esa muchachita judía de aldea ignota, la que se convertirá en Madre del Salvador, la Encarnación que inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, Dios con nosotros.

María de Nazareth, en la pequeñez de su persona, ha vivido toda la bondad y los dones de Dios. Llena de gracia y plena de amor, no se calla ni se guarda nada, entrega todo para que la luz se expanda.

La Asunción es a la vez culminación de una vida terrena plena e inicio de la totalidad eterna: llena de Gracia, inaugura la primacía en su propio cuerpo de la Resurrección del Hijo.
Llena de Gracia. Resucitada.

Feliz por siempre, dichosa entre todos por permitir que la Gracia de Dios la transforme y conduzca a la plenitud del amor de Dios.
Y dichosos todos nosotros porque ella es Madre, hermana, amiga fiel que es estrella guía y puerto seguro para las frágiles barcas de nuestras existencias. Somos dichosos en Ella porque la descubrimos signo cierto de futuro feliz, un comienzo que comienza aquí y ahora.

Paz y Bien

Divergencias




Para el día de hoy (14/08/15):  

Evangelio según San Mateo 19, 3-12





Los fariseos se acercan al Maestro con ánimos más que polémicos, pues no hay búsqueda de verdad en la discusión que pretenden iniciar, pues buscan provocar el error, la trampa que haga fallar en la ortodoxia religiosa a Jesús y, de allí, desacreditarlo frente al pueblo y juzgarlo por medio del Sanedrín.
Sin embargo, entre ellos mismos hay posiciones encontradas; baste como ejemplo la escuela de rabbí Shammai, que atribuía la cuestión de la responsabilidad del divorcio al adulterio o a una conducta inmoral por parte de la mujer, mientras que la escuela de rabbí Hillel aceptaba como motivos válidos o legales también poca capacidad en la cocina, o simplemente que la esposa dejara de atraer o agradar al esposo.

En cualquier caso, el libelo de divorcio era potestad única del varón, dejando en una consideración inferior e infamante a la mujer. Como decía un sabio de estos lares, todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros.

Por eso, la cuestión acerca de la observancia de la Ley iba mucho más allá de intentar hacer tropezar a Jesús de Nazareth. La clave radicaba en un legalismo extremo en donde no había lugar para Dios, en donde el acceso del simple fiel estaba vedado, en donde se antepone el precepto a la propia vivencia pascual del Dios de la vida.
Tras esquemas así, no hay posibilidad de fraternidad ni de -mucho menos- nunguna novedad, y la percepción de lo bueno. Buenas Noticias de nuestra liberación, del amor de Dios.

La cerrazón de esos hombres era tal que el Maestro discurre por los andariveles de su propio lenguaje. Pero no se embarca en casuísticas legalistas ni en literalidades vanas. Sólo les revela y recuerda que todos ellos han olvidado y por ello han renegado del plan de Dios, vida plena y abundante para todos.

Sueño de Dios es la convergencia, el conjugar -cónyuges- la vida de una mujer y un hombre desde el amor, edificando familia, la bendición de los hijos, la alegría de vivir y envejecer juntos, con todo y a pesar de todo, una vida nueva que es mucho más que un pacto societario. Es una bendición feliz de nuestro Dios, aunque los egoísmos y diversos dramas que permitimos germinar coarten esos sueños infinitos.
Y más aún, su acabada comprensión es producto de la fé.

No obstante ello, tenemos una gran deuda de caridad para los que ese proyecto de familia, ese tallo de amor ha quedado trunco. A menudo y aunque sean necesarios, en los estrados tribunalicios el amor se dá de bruces contra el suelo.
Grave error es quedarnos en el reglamento. Los hermanos que han quedado a la vera de sus caminos y que quieren ponerse en marcha al amparo de Dios siguen siendo, precisamente, hermanos, tan hijas e hijos de Dios como el que más. ¿Con qué autoridad estamos revestidos para su juicio, para condenar sus divergencias?

Todos somos mendigos del a Misericordia de Dios, que se nos brinda inconmensurable, abundante, asombrosa y con una maravillosa desproporción respecto a cualquier mérito.

Paz y Bien

Aritmética de la Gracia





Para el día de hoy (13/08/15):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1



Diez mil talentos es una suma inimaginable, mayor aún que la suma total de la deuda externa de un país pobre. Para tener una idea: un jornalero, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, ganaba un salario de un denario por día de labor, y un talento es la moneda equivalente a seis mil denarios, es decir, un jornalero debía trabajar -sin gastar un céntimo- durante dieciséis años para poder ahorrar un sólo talento.
Por lo tanto, diez mil talentos son una enormidad: simbólicamente, refieren a todo aquello que es impagable, para lo que no hay matemáticas que cierren las cuentas.

Lo impagable de la deuda tiene que ver con el pecado y con la misericordia de Dios. Una lectura meramente lineal y literal solamente nos indicaría que nos encontramos frente a un Dios que es un patrón severo que extiende premios y castigos. Es por sobre todo un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, y todos, sin excepción -hasta los deudores más recalcitrantes- somos sus hijos amados.

Porque en verdad lo gravoso de nuestras miserias suele ser imperdonable si lo miramos con los ojos de nuestra justicia.

Pedro está en una sintonía similar. Aún así, las siete veces que propicia perdonar al hermano que constantemente lo hiere y lo ofende es de índole afable y generosa, máxime conociendo el carácter volátil del pescador galileo. Además, siete representa para la simbologia judía la totalidad, por lo cual el perdón que esboza Pedro tiene un larguísimo alcance.
En realidad, no es por allí que se desvía. Su error es aplicar criterios mundanos a las cosas del Reino. Su error es calcular las cosas de Dios, y de allí suponer que meritoriamente debe realizarse una aritmética específica del perdón.
Por eso la respuesta del Señor es tan concluyente: no siete veces, sino setenta veces siete, es decir, setenta veces siempre.

La aritmética de la Gracia es extraña y asombrosa. Nunca hemos de arribar a resultados exactos porque es gratamente desproporcionada y felizmente errónea, fallida en nuestros escasos parámetros. No surge de méritos o tasaciones de culpas varias, sino de la misericordia, esencia del amor de Dios por nosotros.
Y es menester vivir de acuerdo a ello, perdonar de acuerdo a lo que se nos perdona. 

No se opone este perdón a nuestra justicia. La Misericordia está en otro plano distinto que apunta y conduce a la eternidad. La justicia humana refiere a la reciprocidad y a la equidad, pudiendo coincidir o discurrir por distintos senderos.

Hay que salir de pobres, más no de cosas o dineros.
Salir de la verdadera pobreza, la mala, la espúrea, la de no saber reconocer la Gracia de Dios en nuestras existencias, Gracia que puede germinar brotes de bien aún de la tierra más reseca y estéril.
Porque no reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas, cada día, es la auténtica causa de toda des-gracia.

Paz y Bien

Comunidad, perdón y reconciliación




Para el día de hoy (12/08/15):  

Evangelio según San Mateo 18, 15-20



La Iglesia, la comunidad cristiana, comunidad creyente, tiene un distingo que la hace única: es la que se reune en nombre de Jesús, pues sabe que en ese ámbito amplio el Señor se hace presente. 
De allí que el Evangelio que anunciamos y el pan que compartimos es mucho más que la propalación de una doctrina y el cumplimiento de un rito prefijado: vivimos, aprendemos, y agradecemos por Él, con Él, en Él, Cristo vivo y presente en medio de los suyos. 
Esa presencia supera infinitamente cualquier especulación matemática -somos tantos o cuantos cristianos, católicos, tantos millones, tantas personas-, pues la comunidad creyente es mucho más que la suma de sus miembros, es ámbito familiar de justicia y libertad que se fecunda por la presencia de Aquél que la sostiene y protege de las puertas del infierno.

Dentro de ese espacio familiar, cuyos vínculos son mucho más profundos que los otorgados por la biología, se distingue especialmente el perdón y la reconciliación. El perdón que corrige servicialmente los pasos desviados y los desencuentros, porque todos, sin excepción, somos esclavos de nuestras miserias, de nuestros pecados, y sólo por Cristo somos libres. Por el perdón de Dios conferido a puro amor e incondicionalidad se renuevan las esperanzas, se despeja la muerte, renacen las posibilidades de una vida cada vez más plena.

Entonces, reconocidos así como pecadores sanados, prisioneros liberados, desde esa presencia santa de Cristo en medio de su Iglesia nos comprometemos al perdón que restaura y levanta, y que sin aspavientos pero con la fuerza de la verdad ejercemos en nombre de Él.

Lo que importa es que aún cuando un hermano se separe y rompa lazos de manera en apariencia definitiva, todos seguimos siendo hijas e hijos amados del Dios de la Vida. Eso, precisamente, moldea nuestros destinos hacia la plenitud.

Desatar los nudos que el odio impone y que el rencor en su fiereza asfixia.
Atar nuevamente, con nuevos enlaces, las existencias de los hermanos que por diversos motivos se han distanciado y separado.
En su Nombre, que está ahora, aquí mismo mientras estas pobres letras se van.

Paz y Bien

Los niños y los pequeños en el centro de la comunidad



Santa Clara de Asís

Para el día de hoy (11/08/15):  

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14




Los conflictos suscitados acerca de las apetencias de los discípulos por ocupar sitios de relevancia y primacías ocupaban demasiado tiempo y espacio. Era y es un mal que se enquista corazón adentro y que suele recidivar en la Iglesia en la medida en que se percibe el sutil y tentador perfume del poder y del dominio, y también aplica a la vida diaria.

Demasiado mundano es, e inversamente proporcional a la ética del Reino, a la vida que se ofrece sin condiciones, a la sacralidad del servicio. Porque el servicio es amor, esencia misma de Dios.

Los discípulos solían tener duras batallas celosas y dialécticas por estas cuestiones. Todos motivos egoístas, y por ello, todos motivos de división.

Ellos trasladan esas oscuras e inútiles pasiones a la consideración del Maestro, para ver si su palabra autorizada dirime los conflictos.
Pero para sorpresa de todos ellos, el Maestro llama y pone en medio de ellos a un niño, y les enseña que si no se hacen como niños, de ningún modo ingresarán en el Reino de los cielos.

Detengámonos por un momento: en aquellos tiempos, y más allá del circunscripto afecto familiar, un niño carecía de derechos civiles y religiosos. Como apenas un hombre a futuro, por nadie era escuchado ni tenido en cuenta, y es por ello que Jesús de Nazareth los reivindica y los pone como espejo de los corazones, de la propia existencia.
Un niño palpita inocencia, la transparencia misma que refleja el rostro amable de Dios. Un niño tiene una incontaminada mirada capaz de asombrarse y de alegrarse con el alma de fiesta frente a un regalo inesperado. Un niño sabe y no se avergüenza de descubrirse frágil y dependiente de su Padre y su Madre, y a la vez de saberse importante por ese amor entrañable, importante por ser amado sin límites.
Porque desde lo pequeño y lo que no cuenta, la vida se abre paso y Dios se manifiesta. 

Es claro también que no se trata de apologizar la ingenuidad, cierta tendencia a vidas naif rebosantes de sinsentido y sobrecargadas de supersticiones que implican que debo hacer esto para que me vaya bien, para que no se me castigue, la espiritualidad del temor y del miedo que nada sabe de amor.
Y también es una advertencia durísima: quizás no haya tarea más importante en la comunidad cristiana, la Iglesia, que cuidar y proteger a los niños y a los que son como niños. No hay indignación suficiente en el mundo nio furia cabal cuando la inocencia se vulnera y la infancia se atropella, desde el vientre materno o en los primeros años, cuando se vá moldeando con paciencia a las mujeres y los hombres que algún día serán. Más aún en el caso de aquellos que tienen por misión su cuidado. Frente a ello, no puede de ningún modo haber medias tintas.

Por ello mismo el llamado sigue cada vez más vigente. El hacernos como niños -la más fuerte, el más duro- y poner como centro de la atención y la acción a los niños y a los pequeños, con la misma apasionada dedicación del Pastor que sale, incansable, en búsqueda de la pequeña oveja extraviada.

Cada vida protegida es una esperanza renovada, cada vida rescatada es una fiesta en los cielos, un ágape de ternura humilde y generosa.

Paz y Bien


La fuerza escondida de la vida



San Lorenzo, diácono y martir

Para el día de hoy (10/08/15):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26





Una amplia idea instalada y sostenida en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era la de un Mesías glorioso y revestido de poder que imponía la victoria de Israel mediante la derrota militar de sus enemigos, pura fuerza esgrimida y detentada. Si bien esto era reivindicado por la ortodoxia religiosa -escribas y fariseos- era ampliamente compartido por mucha gente, especialmente por los discípulos del Maestro.

Por ello, frente a los anuncios de la Pasión, de la muerte en la cruz como un criminal abyecto y marginal, como un epítome de todas las derrotas, sus discípulos se hunden en el estupor, y los fariseos se escandalizan. En sus estrechos esquemas es inaceptable que la muerte sea algo más que eso mismo, un final, y en este caso un final ignominioso.
Pero Cristo revela el rostro afable de un Dios que es Padre, de un Dios que es amor. Y amor es mucho más que un sentimiento, es ante todo la donación incondicional de sí mismo, de la propia existencia en favor de los demás. Dar la vida para dar vida.

Aún así, es menester que ellos entiendan, y la paciencia del Maestro no tiene límites ni cercenada su tenacidad.
Se vale para ello de una sencilla parábola que se origina en la experiencia campesina, en la semilla.

Semilla que como grano de trigo cae en tierra, y se esconde entre los pliegues fértiles del humus, abrazo cerrado de la tierra. Allí, en silencio se humedece y los procesos biológicos la pudren y deshacen. 
Podríamos quedarnos con eso, claro está. Pero nos quedaríamos con la pérdida, la disolución, la degradación.

Sin embargo, hay más. Siempre hay más, hay que animarse a tener una mirada profunda.
A su tiempo, esa semilla que se deshizo se transforma, pequeñísimo brote oculto que asomará humilde por entre el surco marcado, tallo cimbreante, espiga dorada, pan de bondades.
En un pequeño grano de trigo acontece la plenitud, pues cumple en su totalidad un destino que lo sobrepasa y que está más allá de los escasos márgenes de sí mismo, arribando al pan bendito.

La Encarnación es la imagen primera de ese grano de trigo, la vida que se esconde en la fecunda profundidad de María de Nazareth, Dios que se encarna desde lo pequeño, de lo humilde, de lo que no cuenta.
El Hijo, que tiene los mismos ojos de la Madre, abre caminos ofrendando su propia vida como rescate de muchos. 

Porque la vida, don de Dios, tiene una fuerza escondida en lo pequeño, en la ofrenda generosa, en la entrega incondicional para que un hermano -y un hermano pobre- viva pleno, dé un paso adelante, germine hacia la Salvación.

Paz y Bien

El hijo de José, el Pan vivo



19º Domingo durante el año

Santa Teresa Benedicta de la Cruz -Edith Stein-

Para el día de hoy (09/08/15):  

Evangelio según San Juan 6, 41-51




En todas las culturas, el pan es el símbolo por excelencia del alimento y del sustento y de lo que de ninguna manera puede faltar. Sin pan, hay hambre, y si hay hambre no es posible sobrevivir. 

Israel es un pueblo con una identidad fuerte y única. Luego de un largo tiempo como tribus dispersas y esclavas -mano de obra barata- de Faraón, fueron liberados por su Dios y peregrinaron cuarenta años al duro calor del desierto, que sería crisol de pueblo y nación. 
No es un paseo la vida en el desierto. Así, en los momentos de necesidad extrema, su Dios los proveía de alimento, el maná, que descendía del cielo cual lluvia bienhechora que los mantenía con vida un día mas. Debían consumir el maná cada día, sin acumularlo ni guardar para otro día, en pura confianza para con la bondad de su Dios.

Por ello se consideraban especialísimos, únicos. Sus padres habían sido alimentados por el propio Dios con el maná, y no habría pan mejor que ése.
De ningún modo podría atravesar el espeso muro de sus preconceptos lo que Jesús de Nazareth les afirmaba, que Él era el Pan vivo, bajado del cielo. Mucho menos pues conocían a su familia, su origen, su historia y, a partir de allí, entendían que no mucho más debían esperar. Más aún, se escandalizaban ante la perspectiva que involucraba la sangre de ese hombre, comerse a un galileo, por favor.

Sin embargo para nosotros, por la fé, el Espíritu de Dios nos susurra en las honduras del alma que es Cristo ese pan definitivo para la vida del mundo, pan de vida, pan que vive siempre, pan abundante para todos los pueblos y naciones, pan para el universo.
Y precisamente por ser el hijo del carpintero José y de María de Nazareth, estremecidos de certeza seguimos confiando. Él pasó privaciones, exilio, pobreza. Él conoció bien la dignidad de ganarse a diario con esfuerzo el sustento, sin que nadie le dé ninguna dádiva o lo condicione con dinero. Pan vivo, pan de la familia, pan que es ofrenda de la propia existencia para los demás.

Cada vez que nos reunimos en su Nombre, agradecemos en mansa alegría ese pan vivo que se comparte, reparte y alcanza para todos y para muchos más.

Y aunque nos llegue el turno del camposanto, seguimos confiando. Porque ese pan nos alimenta de eternidad, aquí y ahora. Nosotros nunca moriremos.

Paz y Bien



Como montañas en movimiento




Santo Domingo de Guzmán, presbítero

Para el día de hoy (08/08/15):  

Evangelio según San Mateo 17, 14-20



El Maestro se enoja y se fastidia, y en ese enojo hay un rasgo tan humano que nos acerca y nos hermana, y que denota también que Jesús poseía un carácter fuerte, que no se reprimía a la hora de expresarse.
Pero en ese enojo hay más pesar por el dolor y los sufrimientos causados por el mal en el mundo -y por la resignación-, que por ese hombre que suplica por su hijo.

Es menester recordar que en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, las enfermedades eran consideradas consecuencia directa de los pecados propios o de los padres, y ello a su vez refiere a la idea de un Dios severo y punitivo, juez y verdugo. Así, la enfermedad como consecuencia del pecado implicaba adquirir la condición de impuro ritual y excluido.
Más aún, la situación se agravaba en el caso de las patologías psiquiátricas o de índole neurológica como la referida en la lectura del día: a los duros criterios religiosos se debía añadir cierto grado de superstición, y así un enfermo no es una persona que sufre, sino un endemoniado incontrolable que es mejor mirar de lejos.

Parecería que tras el reproche, Jesús de Nazareth nada más hará allí. Porque Él, Dios con nosotros, jamás descansa en pos del bien para todos sus hermanos.

Sucede que allí hay más de un demonio que oprime, hay gentes que son parte de una generación incrédula y perversa. 
Incrédula por persistir en no creer en el amor de Dios que expresa Cristo.
Per-versa por permanecer tozudamente en las sombras y en la muerte, en la mediocridad, en el fango. Per-versa por no querer la Pascua, por no ser con-versa.

Los discípulos no han podido curar al niño. A pesar del mandato que Jesús les ha conferido, se han descubierto inútiles frente a la enfermedad.
A veces la creencia abstracta, o la pertenencia sin conciencia es casi lo mismo que nada, pues nada cambia, nada transforma. Creencia no es sinónimo de fé, porque creencia es la aceptación racional de una idea.
Y la fé es la confianza en Alguien antes que en algo, en la persona de Cristo.

La fé de los discípulos está presente, pero aún es débil e incipiente. Debe germinar, madurar, crecer, dar frutos milagrosos, y allí sí, se descubre que el amor de Dios todo lo puede para quien se atreve a creer, un maravilloso desfile de improbables montañas en movimiento.

Paz y Bien



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