Dios está escondido entre los que no cuentan

 


 

 

 

 

 Para el día de hoy (15/10/20):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-30

 

 

No se trata de realizar comparaciones, muy pocas veces tienen validez o legitimidad.
Pero mientras que muchos buscaban a sus dioses en construcciones imponentes, en rituales arcanos y exactos, en una trascendencia inaccesible -lógica alteridad-, el Dios de Jesús de Nazareth es, cuanto menos, un Dios extraño.
Porque ante todo, es un Dios que sale al encuentro de la humanidad, aún antes de que lo busquen.

Este Dios se despoja de todo, al extremo de dar hasta lo último de sí mismo, su Hijo, y se hace hombre, se hace historia, se hace tiempo.
La Encarnación es un milagro insondable de bondad, un puente definitivo al que aún no nos atrevemos a cruzar.

Un Dios que se hace historia y tiempo es un Dios al que se lo encuentra decididamente en lo humano, y al que allí mismo se le rinde culto y veneración.

Sin embargo, para escándalo de muchos y confusión de otros tantos, este Dios es un Dios parcial, para nada un aséptico portador invisible de balanzas, un ídolo de ojos vendados. Este Dios se pone abiertamente del lado de los pequeños, y en ellos se manifiesta.
Estos pequeños no son solamente una idea que remite a la primera infancia, a los niños: los pequeños son los pobres, los que siempre sufren los yugos de cualquier signo, los que soportan todas las cargas, los que agonizan en silencio porque hasta la voz le han quitado, los que nada son ni son tenidos en cuenta -sólo apenas un voto, alguna limosna populista y mil y una imposiciones y desprecios-, los que no pueden defenderse, los más débiles, los desamparados.

Por ello la caridad que se expresa en la compasión y en la solidaridad es culto, es plegaria, es liturgia.
Dios está escondido entre los que no cuentan, su Rostro está allí, en cada esquina, en cada encrucijada que por varios motivos solemos eludir, y el Reino por el cual suplicamos en la oración amanece allí mismo, en donde parece que sobreabunda la noche.

Paz y Bien

Fé sin conversión se transforma en creencia común, sin trascendencia

 

 


 

 

 

 

Para el día de hoy (14/10/20) 

Evangelio según San Lucas 11, 42-46

 

 

 

Si dejamos en suspenso por un momento las circunstancias históricas y religiosas del surgimiento de los fariseos y su particular influencia en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús de Nazareth, nos queda para nuestra reflexión su ética y su religiosidad.
Y tristemente podemos percibir que no es una corriente o actitud religiosa acotada a una época determinada, sino más bien que persiste y que tiene raíces en nuestros corazones, a menudo con una conformidad feroz.

Es que ese fariseo que nos persiste es la minuciosidad en el cumplimiento de los preceptos y normativas, cierta puntillosidad ritual y una rigurosa adhesión dogmática. Todo ello, claro está, no está mal: en un tiempo como el nuestro, oscilante entre lo banal y lo relativista, afirmarse en esas cuestiones puede ser necesario y útil. Los problemas comienzan cuando esas actitudes y posturas devienen en lo único a ser tenido en cuenta, y así la fé traduce en la creencia en un Dios de premios y castigos, un Dios punitivo con la gran mayoría y premiador de unos pocos, un Dios alejado cuya voluntad se manipula mediante las prácticas piadosas.
Junto a ello, y en esos afanes fundamentalistas, surgen también las mentes críticas. Pero no se trata de un espíritu crítico, en el esfuerzo fraternal de buscar la verdad que libera, sino antes bien de señalar las briznas en todos los ojos ajenos. Jamás las vigas en los propios.
Es el vayan y hagan, es la declamación de lo que deben hacer los otros, es la fé sometida solamente el domingo, templo adentro, fé sin conversión que por ello se transforma en creencia común, sin trascendencia.
Es la religiosidad que reniega del prójimo pues sólo es capaz de encontrar algunos pares.
Es un corazón en donde está ausente lo que cuenta y decide, la compasión, la misericordia, la justicia, frutos mejores de la Palabra.

La postura del Maestro hacia fariseos y otros dirigentes religiosos siempre fué demoledoramente crítica. Pero es menester no perder de vista que no se trataba solamente de una tala que derriba, sino la angustia de ese Cristo que suplicaba la conversión de esos hombres de corazones petrificados.

Es imprescindible que el Maestro vuelva a repetir con voz fuerte esos ayes. Para despertarnos, y que nos duela, nos moleste, nos conmueva, para regresar y converger -convertirnos- a Dios y al hermano.

Paz y Bien

El rito primero es la compasión

 







Para el día de hoy (13/10/20) 

Evangelio según San Lucas 11, 37-41




Uno de los grandes motivos de controversia entre Jesús de Nazareth y los fariseos radicaba en la estricta observancia que realizaban estos últimos acerca de las normas y preceptos religiosos, establecidos por tradiciones y, muy a menudo, definidos por ellos mismos.

Esto implicaba la repetición a ultranza de gestos y ritos con exactitud y precisión, sin reflexionar demasiado -o nada- por su sentido o trascendencia: había que hacerlo y punto, cada uno era un rito reconocido y establecido que se cumplía a rajatabla.


En realidad, escondían tras de esa rigurosidad la creencia de que la Salvación, la bendición de Dios, era algo a obtenerse por los méritos acumulados, por las acciones piadosas. Y no está mal, claro está, llevar una vida piadosa en todos los ámbitos de la existencia.

El grave problema es suponer que la Salvación se obtiene a través de una matemática religiosa, y eso conlleva a afincarse en la pura exterioridad, descuidando la tierra fértil de los corazones.


Porque con Cristo se ha inaugurado el tiempo de la Gracia, de lo gratuito, de lo dado a pura generosidad y bondad, tiempo de amores, tiempo de la Salvación sin fronteras.


El conflicto entre el Maestro y el fariseo extrañado porque Él no realiza las abluciones previas a la cena habla de ello, y refiere a las formas perimidas, formas agotadas no tanto por antiguas sino porque se quedan en la superficie y no involucran un cambio profundo.

Porque el rito primero es la compasión.


Lo que cuenta y decide es todo lo que se hace con el fin de purificar el corazón de las cizañas del egoísmo, del yo antes, yo primero, yo sin prójimo. El modo es a través de la limosna, es decir, del darse a sí mismo, y no dispensar lo que sobra.


Pero más aún, no preocuparse demasiado por todo lo que suponemos que hacemos por Dios, sino antes bien, descubrir agradecidos todo el bien que Dios hace y hará por nuestras existencias.


Paz y Bien

Felices por creer

 








Para el día de hoy (12/10/20): 
Evangelio según San Lucas 11,27-28




La voz de la mujer se alza por sobre la multitud, admirada por las acciones y palabras de ese rabbí galileo, y como es razonable, bendice sus orígenes, alaba a su madre.
Pero en cambio, Jesús redobla la bendición de un modo inesperado: la clave de felicidad de su nueva familia naciente es la escucha atenta y la puesta en práctica de la Palabra de Dios.

No es que el Maestro reniegue de su familia, especialmente de su Madre: por el contrario, María de Nazareth es especialmente elogiada, pues ella -como nadie- ha escuchado la Palabra y la hecho vida, ella es la más feliz por esa Pälabra que se le crece en su alma antes que en su seno.

Allí está nuestro horizonte, aquello para lo que toda la humanidad está predestinada: la alegría, sueño perpetuo de Dios para todas sus hijas e hijos.

Quizás se trate de mucho más que doctrina o cumplimiento sincero de preceptos propios de la pertenencia: es más bien dejarse transformar por esa Palabra de Vida y Palabra Viva que se ha atrevido a acampar entre nosotros.
Se trata de volverse cada día eternamente más y más humanos.

Paz y Bien


Mesa del Señor, faro que ilumina a todos los pueblos

 







Domingo 28º durante el año

Para el día de hoy (11/10/20):  

Evangelio según San Mateo  22, 1-14



En la cultura del tiempo en que surge el ministerio de Jesús de Nazareth, cuando una familia celebraba la boda de su hijo mayor se carneaban los mejores animales y se preparaban a las brasas con cuidado especial; se llenaban las tinajas con el mejor vino y se tendían las mesas para esos festejos que duraban varios días. El dueño de casa solía cursar dos invitaciones, una previa que preparaba a los invitados para una fecha determinada, y la otra para avisar que ya estaba lista la cena, que no hubiera demoras. 

La dos llamadas implicaban, en cierto modo, la delicadeza y el gesto de atención del dueño de casa para con los invitados, pero también y especialmente frente a la segunda invitación, no había modo de excusarse.

Pero también la ausencia y las excusas engloban una descortesía rayana en el insulto y en el desprecio a esa invitación a celebrar la vida que se prolonga en el hijo.


A pesar de los que desertan, lo importante es la fiesta ofrecida. Mucho más que la costumbre usual, el Dueño no realiza dos invitaciones sino tres, algo impensado, asombroso. Aunque los invitados originales no participen, serán partícipes con pleno derecho y plenos honores muchos que estaban a la vera de los caminos, en todas las encrucijadas de la vida, quizás aquellos que nadie en su sano juicio invitaría.


La fiesta de bodas -fiesta de la vida, fiesta del amor- es un ofrecimiento infinitamente generoso del Dueño que realiza por el Hijo, y que quiere que muchos, tantos como quieran, participen en esa alegría.


Era costumbre también que el dueño de casa proveyera de ropajes a los asistentes, toda vez que a menudo sufrían los embates de los caminos polvorientos. El vestido significaba ser parte de la familia, la identidad de huésped de honor, y no ponerse el traje ofrecido es una injuria intolerable, cuyo mensaje supone creerse uno mismo más importante que la celebración.


La Mesa del Señor está tendida y se ofrece luminosa, como un faro entre tantas tinieblas, a todos los pueblos, especialmente a los que tantos otros nunca invitan a nada, los que no suelen tener motivos para el festejo.

Para la mesa del Señor es menester ponerse vestidos acorde a la ocasión, revestirse de justicia como parte de la familia y en honor y homenaje al generoso Dueño que nos invita a pura bondad.


Paz y Bien


Elogio a la Madre, alabanza al Hijo

 


 

 

 

 

 

 

 

Para el día de hoy (10/10/20):  

Evangelio según San Lucas 11, 27-28

 

 

 

Jesús de Nazareth sorprendía a propios y a ajenos y suscitaba reacciones encontradas, a menudo destempladas, pero nunca pasaba inadvertido.
Entre las gentes más sencillas, el pueblo raso que no tenía distinciones para los poderosos, no dejaban de asombrarse: Él sanaba a todos, se sentaba a la mesa con los excluidos y olvidados, hablaba de un Dios de amor, un Dios Abbá.
Ese Cristo era tan pero tan parecido a ellos que también era motivo de alegre orgullo.

Precisamente ese sentimiento es expresado por una mujer, levantando su voz por sobre la bulla de la multitud, profundo elogio femenino -de una madre a otra-, una mujer que se regocija por el hijo magnífico de otra. Los varones, claro está, apenas podemos ser meros cronistas ajenos de un hecho así; sólo las mujeres pueden comprenderlo y vivirlo en su plenitud.
Aún así, aún con el gozo genuino que enarbola esa mujer, se trata de un ámbito que se agota en la cercanía física, en la biología.

El Maestro no desaira ese clamor cordial, pero invita a ir más allá, a las tierras fértiles de la fé, ámbito de Dios, espacio de la salvación. Los benditos, los felices, los plenos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica, Evangelios vivos y palpitantes: ésa es la condición filial que identifica a la nueva familia y al nuevo pueblo que se congrega en torno al Señor de la Historia.

Elogio a la Madre, feliz por creer, bienaventurada por rumiar la Palabra en las honduras de su alma y encarnarla en su existencia, fecunda como madre, hermana y discípula.

Paz y Bien

La verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio

 


 

 

 

Para el día de hoy (09/10/20) 

Evangelio según San Lucas 11, 15-26

 

 

 En el ámbito de la lógica clásica, las falacias son argumentos que tienen apariencia de validez pero que de ella carecen, a la vez de ser razonamientos que inducen -deliberadamente en muchos casos- a error.
Dentro de las distintas falacias, una de las más distintivas y usuales es la llamada argumentum ad hominem, en donde se cuestiona  la veracidad de una afirmación o postulado o enseñanza atacando moralmente a quien sostenga tal postulado. Su trampa estriba en no verificar la veracidad primordial o su evidencia, y es una constante en los submundos políticos y religiosos.
Para muchos, desacreditar a una persona es un pingüe negocio y una herramienta cabal, hasta necesaria, sin importar el bien que haga o pronuncie.

Jesús de Nazareth no fué ajeno a estas manipulaciones crueles. Escribas, fariseos y doctores de la Ley preferían endilgarle todo tipo de rótulos terribles antes que inclinar sus corazones ante la evidencia del bien que brindaba en abundancia, y así buscaban dos objetivos: desacreditarlo ante el pueblo e instalar un argumento necesario y suficiente para condenarle. De ese modo lograrían que el Maestro estuviera aislado y pudiera ser suprimida su voz profética, su voz nueva de Salvación.

Pero en general las falacias no son tan sutiles, y alcanza con tener la mirada atenta para derribar esas edificaciones fútiles y estériles. Es lo que hace el Maestro con el carácter demoníaco que le adjudican a su ministerio salvador.

Quizás, más grave aún es la telaraña que se enquista en los corazones de esos hombres falazmente juiciosos. Pues sólo la verdad nos hace libres, y en el nuevo tiempo de la Gracia, no importa tanto ser libre de como más bien ser libre para.
Porque la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.

Paz y Bien

Oración, escucha atenta a ese Dios que nos habla

 


 

 

 

 

Para el día de hoy (08/10/20): 

Evangelio según San Lucas 11, 5-13

 

 

 La Palabra de Dios requiere de nosotros una escucha atenta, una disposición cordial, y la capacidad de ir más allá de la letra, hacia el centro del corazón sagrado que la inspira. Es por ello que nunca nuestra lectura debe ser lineal: toda literalidad afecta esa escucha fundamental, y peor aún, es causa primera de todos los fundamentalismos, de cualquier laya o tendencia.
Es por ello que un acercamiento ligero nos indicaría que, al modo del personaje de la parábola, Dios atiende por cansancio o hartazgo. O solamente a los que insisten.

Nada de eso. Dios atiende porque es bueno, porque ama con cuidado de Padre y ternura de Madre.
El Dios de Jesús de Nazareth no actúa ni obra de acuerdo a que ha llegado a estar harto, o a egoísmos específicos, para quitarse los problemas o las molestias. El Dios de Jesús de Nazareth a nadie se quita de encima.

Este Dios siempre está en nuestras antípodas.
Nosotros solemos hacer cosas forzados por las coyunturas y las conveniencias individuales. Este Dios es infinitamente generoso, de modo incondicional.
Nosotros cuidamos a nuestros hijos del mejor modo posible; este Dios cuida a todos los niños, a todos los seres vivientes, sin límites ni exclusiones.
Este Dios es amor, donación perpetua, comunicación perfecta. Este Dios de continuo está amando, se está brindando, nos llama sin cesar.

Así entonces la oración cristiana será eficaz no tanto por las cosas o sucesos que obtenga, sino más bien por la tenacidad y el coraje en responder. Porque el paso primero, las primacías son siempre de ese Dios que nos llama, y el fruto es Espíritu Santo, persona y plenitud, la eternidad que se nos entreteje en nuestra historia, nuestras existencias fecundas por la presencia de Aquél que hace nuevas todas las cosas.

Paz y Bien

Santo Rosario, salterio de los pobres

 


 

 

 

 

 

Nuestra Señora del Rosario

Para el día de hoy (07/10/20): 

Evangelio según San Lucas 11, 1-4

 

 

 Suele suceder como en el ejemplo de Marta de Betania: la vorágine cotidiana, las múltiples ocupaciones, los devaneos de las batallas perdidas contra el propio ego, hacen que nos descentremos, y así dispersos perdamos de vista lo verdaderamente importante, lo que permanece y no perece.

El Santo Rosario, con su humilde cadencia nos restituye el andar hacia el centro valioso de la existencia, misterio cordial de una Palabra que se escucha, se reflexiona y se reza.

Salterio de los pobres al que los pequeños se aferran con tenaz esperanza, y que se corresponde con ese aferrarse a la memoria materna aún siendo viejos, porque desde la Madre nos reencontramos con el niño primordial que anida en nuestro corazón, que nos hace entrar al Reino, que nos recupera con asombrosa bondad de las heridas que la cotidianeidad nos impone, y que a menudo aceptamos con resignación.

En las pequeñas cuentas que se desgranan paso a paso por nuestras manos, se deshacen viejos odios y nuevas cadenas, y se produce el reencuentro con los misterios de la Salvación, la alegría insondable de Cristo encarnado, de Dios con nosotros, los dolores de la Pasión que no disminuyen la infinita intensidad de la vida ofrecida en clave de amor mayor, la certeza de que la muerte no tiene la última palabra sino el Resucitado, la luz que prevalece por sobre cualquier sombra.

Tan necesario e imprescindible como el respirar, el Santo Rosario es un grato pronunciar eternas palabras de ternura a una Madre que permanece de pié ante todas nuestras cruces, que jamás nos abandona -rostro materno de Dios-.

Pero ante todo, el Santo Rosario es una divina ofrenda que se nos ofrece a todos y cada uno de nosotros para volver a descubrir la mirada de María de Nazareth en nuestras pobres e ínfimas y existencias, para recordar que donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

El Señor no tiene casa, su hogar está precisamente en la casa de sus amigos

 

 


 

 

 

 

 

Para el día de hoy (06/10/20) 

Evangelio según San Lucas 10, 38-42

 

 

 

 Jesús de Nazareth no tuvo casa propia: de niño su hogar era el de José de Nazareth. Ya hombre e inmerso en su misión, su hogar estaba en Cafarnaúm, la vivienda familiar de Pedro y Andrés, adonde regresaba con sus amigos en busca de reposo, calidez, volver a enfocarse, aunque a menudo las multitudes suplicantes de consuelo y auxilio no lo dejaban ni comer.

En otras ocasiones a sus anchas en sitios insospechados, mesa de publicano y fariseo, pan compartido con miles en el campo.
La escena que nos ofrece el Evangelio para este día sigue esa tonalidad: nos encontramos en Betania, en la casa familiar de Lázaro, Marta y María. No debemos perder de vista que el Maestro está camino a Jerusalem, a su Pasión, a la cruz, y que Betania es prácticamente un arrabal de la Ciudad Santa dada su cercanía, unos pocos kilómetros.
El Evangelista Lucas omite la mención a Lázaro, quizás en aras de destacar que al Maestro no le importaban demasiado ciertas convenciones férreamene instaladas, como aquella que definía que ningún rabbí entablaría diálogo con mujeres, ni mucho menos ingresaría a una estancia en donde sólo estuvieran ellas.

Parece mentira que veinte siglos después sigamos discutiendo estas cuestiones.

Pero allí, en casa de Marta y de María el Maestro se encontraba a gusto, en casa, y es sorprendente la familaridad en el trato.

María, sentada a los pies del Señor, representa al discípulo de Cristo que escucha atentamente su Palabra, que medita y guarda sus cosas en su corazón, lo que prevalece y no perece. Por eso nada ni nadie podrá quitárselo. Cristo es Palabra que llega a las honduras de cada corazón para quedarse.

Marta se afana en las tareas de la casa, en el servicio generoso y amplísimo al recién llegado, en trascendente clave de hospitalidad. Esa hospitalidad es clave: hace al viajero sentirse en casa, al caminante le descubre hogar cordial desde la caridad, desde un amor afectuoso, incondicional.
Marta no se equivoca -para nada!-, su servicio es imprescindible, pero a menudo hay que suplicarle que se detenga un rato, que haga una pausa en donde ese amor no falte, que beba nuevamente la Palabra, el verdadero reposo, el auténtico descanso. No hay reproche en el Maestro, sólo palabras afectuosas a una amiga entrañable que se ha dispersado en pos de los demás.

Hospitalidad es la clave. El Señor no tiene casa, su hogar está precisamente en la casa de sus amigos que le reciben con afecto y atención.

La Iglesia es hogar de Cristo, hogar del servicio y de la escucha que recibe al Señor y, por eso mismo, tiende una mesa grande para todos los viajeros de la vida.

Paz y Bien

Oración. siempre hay Alguien que escucha y responde

 







Para el día de hoy (05/10/20):  

Evangelio según San Mateo 7, 7-12




Este pasaje del Evangelio según San Mateo ha sido caratulado, por sobradas razones, con el nombre de la eficacia de la oración; es siempre imprescindible tener presente y hacer vida que todo lo podemos de la mano de Aquél que nos ama sin límites, y ese amor se nos acrecienta -como todos los amores- en la medida que madura y se profundiza la escucha y el diálogo con la persona que amamos, en este caso la oración con la que nos confiamos a Dios. Desde la fé y por esa Gracia inconmensurable y asombrosa no quedaremos abandonados a nuestra suerte.


Pero hay más -siempre hay más- y quizás otro aspecto fundamental de la palabra para el día de hoy sea su carácter decididamente personal.

Jesús de Nazareth revela el rostro bondadoso de un Dios trascendente e infinito pero que no es lejano e inaccesible; Él nos habla de un Dios cercano a cada mujer y cada hombre, preocupado y ocupado en todas sus necesidades, aún en las que puedan aparecerse como nimias o irrelevantes. A este Dios todo le interesa, para este Dios todas las cuestiones de sus hijas e hijos cuentan.


Por ello, cuando pedimos nuestros ruegos no devienen en una fórmula abstracta y repetitiva: siempre hay Alguien que escucha y responde, la búsqueda sincera jamás es estéril, y cuando con confianza llamamos a una puerta, es Él mismo quien sale a recibirnos. 


Tal vez, entonces, nuestra oración se vuelve verdaderamente eficaz cuando redescubrimos la mejor de las noticias: que Dios es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida y más aún, jamás se olvida de nosotros a pesar de nuestros quebrantos y nuestras miserias.


Paz y Bien 

Humildes y felices servidores del Cristo que nos congrega y de los hermanos con que se nos bendice

 






Domingo 27° durante el año

Para el día de hoy (08/10/17) 

Evangelio según San Mateo 21, 33-43




Es menester hacernos una pequeña semblanza del ambiente socioeconómico del siglo I en Medio Oriente, y especialmente en Israel. Existían enormes latifundios en manos de unos pocos, los cuales solían vivir en el extranjero, especialmente en las grandes ciudades romanas; de esa manera, una inmensa cantidad de campesinos y labriegos no poseían tierras sino que las arrendaban a precios inverosímiles, deslomándose para apenas ganar el pan, y esa desigualdad palmaria era también causa de resentimientos profundos y persistentes.


A su vez, la viña era el símbolo de Israel, y su Dios el dueño que la cuidaba y hacía fructificar a través de su historia.


Los que escuchaban al Maestro no necesitaban sumergirse en intrincada palabrería ni en fárragos discursivos. Todos los comprendían claramente, pues en sus palabras fluía lo que conocían, lo que aprendieron de niños, lo que vivían a diario, y ello valía tanto para los más humildes como para los dirigentes religiosos de Israel.


Las parábolas de Jesús de Nazareth revelan los misterios del Reino de Dios pero también interpelan. Interpelan sobre el ser y el hacer, sobre derechos y obligaciones, nos hacen sincerarnos, y ese espejo de la realidad que somos puede ser muy doloroso. 

Esta parábola, en principio, parecería dirigida a aquellos que tienen responsabilidades pastorales sobre el pueblo de Dios. Aún así, nadie escapa a su fulgor ni está exento de lo que se inquiere.


La viña, mis hermanos, esta tierra que se nos ha legado, esta Iglesia con la que se nos bendice, el prójimo que nos rodea, los que están lejos aunque anden cerca, nada nos pertenece. 

Quizás sean bien nuestros los pecados, los quebrantos, las miserias que portamos.


Una señal de alerta para los que se erigen en defensores de los derechos de Dios. Nada de eso. Sólo somos servidores, sea cual fuere el lugar que nos ocupe tocar. Como decía Agustín, involucrados como si todo dependiera de nuestras manos pero orando de modo que todo dependa de Dios.


Y las arrogancias, sutiles o nó, de llevarse por delante a los demás. Todo lo que se siembra tiene su cosecha, tarde o temprano.

No es cosa de venganza, sino de fidelidades y caridad.


El Reino seguirá floreciendo, a pura Gracia de Dios. Queda en nosotros ubicarnos como humildes y felices servidores del Cristo que nos congrega y de los hermanos con que se nos bendice, nos agraden o nó.

O fieros apropiadores de aquello que no nos pertenece.


Paz y Bien

Misión: el éxodo de la euforia a la alegría que no se disipa

 

 


 

 

 

 Para el día de hoy (03/10/20):  

Evangelio según San Lucas 10, 17-24

 

 

 

Los setenta y dos enviados regresaban de la misión que el Maestro les había encomendado oscilando entre el asombro y la euforia; con una pobreza total de medios, cumplieron con todo lo mandado y nada ni nadie implicó un obstáculo insalvable.
Llevan en sus corazones la certeza del poder de Cristo, pero los viejos esquemas persisten y por eso mismo les gana espacios la euforia.
La euforia suele ser superficial, se queda en las apariencias olvidando lo que en verdad cuenta, lo más importante; además es hija dilecta del exitismo, la pura praxis sin ética ni trascendencia que mide resultados, scores, en donde la vida y las personas quedan en segundo lugar. Por esa misma superficialidad la euforia es tan volátil y pasajera, y por ello, en un plano psicológico, sea la contracara de la depresión.

Así el Maestro, a pesar de todos los milagros que han obrado en Su Nombre, los insta a valorar como bien mayor la plenitud vivida en Dios, la Salvación que el Padre les ofrece por el Hijo. Allí está la raíz de toda esperanza y de toda alegría, que ellos -y nosotros también, aún sin merecerlo, aún con todas las miserias a cuestas, en Él y con Él´podrán hacer retroceder el mal en todas sus formas, y eso se transforma en misión, misión de liberación, de paz, de sanación, de justicia.

Sanando heridas, rompiendo el aislamiento y la soledad, revirtiendo los egoísmos con fraterno servicio, auxiliando al que tiene la mirada nublada por ideas vanas, reconociendo al Cristo de nuestra Salvación en el rostro de los más pequeños, en los ojos de los pobres.

Pascua de la euforia a la alegría que permanece y no se disipa, con todo y a pesar de todo, porque el mismo Espíritu la sustenta.

Paz y Bien

Las consecuencias de aferrarnos a una vida opaca, sin conversión

 


 

 

 

Para el día de hoy (02/10/20):  

Evangelio según San Lucas 10, 13-16


 

 

Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm eran ciudades bien conocidas por Jesús de Nazareth: todas ellas galileas, fueron objeto de sus desvelos, de su esfuerzo misionero, de su cercanía. En ellas realizó una multiplicidad de signos, se acercó a todos -especialmente a los dolientes-, llegando a instalarse en la misma Cafarnaúm, en la casa familiar de Pedro y Andrés, en una suerte de centro de su ministerio mayor incluso que su Nazareth natal.
En esas ciudades, especialmente en Corozaín y Betsaida, había escuelas rabínicas que a su vez eran reconocidos de estudios religiosos: a pesar de todo ello, en Cristo sólo hallaban a un revoltoso, a un rabbí pobre e irrelevante sin pergaminos o, en el mejor de los casos, al hijo del carpintero.

Aún así, y a pesar del duro lenguaje con el que el Maestro se expresa, no nos encontramos frente a una promesa de inminentes y terribles castigos sino más bien frente a las consecuencias necesarias frente a la ceguera, frente a la negación de lo que prevalece, de lo que no perece, de las cosas de Dios plenamente reconocibles en el actuar de Jesucristo.
En cambio de gratitud solemos desbordar apatía, soberbia y una pertinaz tozudez de aferrarnos a una vida sumergida, sin conversión.

El paso liberador de Dios por la existencia, paso bondadoso, generoso e incondicional implica que hemos sido elegidos como hijos, con amor de Padre, sin contar los méritos acumulados, pero también supone una responsabilidad, la responsabilidad de actuar de acuerdo a ello, con alegría, con entusiasmo, con la gratitud de quien, a pesar de todos los enormes problemas, descubre en cada amanecer una bendición.

Paz y Bien

Mensajeros misioneros: lo sagrado es el Cristo al que anuncian y preceden

 


 

 

 

 

 Para el día de hoy (01/10/20):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-12

 

 

 

 

 El Maestro hace un envío de setenta y dos mensajeros, que tiene características específicas, peculiares y asombrosas.
Ante todo, el número mismo. Con esa necesidad de ir más allá de la pura literalidad -germen malsano de todos los fundamentalismos- hemos de encontrarnos con lo simbólico que se nos ofrece. Mientras que los Doce apóstoles remite, necesariamente, a la memoria colectiva de las doce tribus y, por ello, a Israel mismo, la cifra de setenta y dos así remite a todas las naciones, a la universalidad de la misión, un eco lejano de la tierra que se re-puebla por los descendientes de Noé post diluvio. La misión del Reino no reconoce fronteras físicas, raciales, sociales, políticas, religiosas, nacionales...

Más jamás se debe renegar de los orígenes, de aquello que nos constituye. Entonces Jesús de Nazareth los envía de dos en dos, porque los enviados saben por lo que aprendieron desde niños -la tradición legal judía- que la veracidad de un testimonio ha de estar refrendada por dos testigos. Por eso y ante todo, esos mensajeros son mensajeros de la verdad, y mensajeros enteramente veraces, fedatarios de algo que los excede por completo, pero que a su vez deviene incuestionable en su certeza.
Además, tiene una característica delicadamente humana y trascendente: cuando vamos solos, estamos librados a nuestra suerte. Cuando vamos acompañados, vamos andando porque nos cuidamos, y si bien estarán acechando mil peligros, el temor que se haga presente tendrá las cosas complicadas.
La misión no es tarea que tienda al individualismo, es tarea de la comunidad, una comunidad que se asoma de dos en dos.

Los mensajeros portan una magnífica noticia, la mejor de las noticias, que el Reino está aquí y ahora entre nosotros, de la mano de Dios-con-nosotros, Reino de justicia, de paz, de libertad, de alegría, de plenitud. Ellos lo saben bien, esa Buena Noticia ha calado hasta sus huesos mismos, esa novedad maravillosa ha transformado sus vidas, y por ello sus prisas. La tarea, por tanto, es urgente, esas ganas de comunicar y sembrar vida nueva sin guardarse nada. El tesoro que llevan en sus mínimas vasijas de barro es un tesoro que se agiganta y multiplica cuando se comparte.

Los mensajeros tampoco son ingenuos. Saben que van revestidos de paz y mansedumbre, pero allí afuera hay voraces manadas de lobos. Pero aún así no se resignarán ni bajarán los brazos, ni se detendrán en banalidades, ni se aferrarán a las cosas que perecen, ni sacralizarán medios e instrumentos. Lo sagrado es el Cristo al que preceden y que, sin dudas, vá con ellos.

Sin embargo, no son suficientes. Hay mucha tierra por cubrir, muchos surcos que abrir, muchos campos yertos a los que volver fecundos.
Será cosa de animarse, de atreverse a este convite inmerecido pero real, y a rogar para que haya cada día más compañeras y compañeros de camino, pues aún hay muchísimo por hacer.

Eso que llamamos cielo comienza y se edifica desde ahora mismo

Paz y Bien


Vida y amor implican movimiento cordial perpetuo

 

 


 

 

 

 Para el día de hoy (30/09/20): 

Evangelio según San Lucas 9, 57-62

 

 

La lectura para este día nos ubica en Samaria, y la escena presagia conflictos: el rabbí galileo, acompañado de esos discípulos tan judíos como Él, atraviesa el territorio de los despreciados samaritanos, cuya inquina era recíproca. Pero hasta en esos sitios en donde nada bueno puede acontecer ni esperarse, allí puede haber también nuevos discípulos.
La enseñanza, tácitamente expresada, se dirige ante todo a los propios discípulos: la convocatoria salvadora del Maestro es universal, no se acota a un grupo o a una comunidad única, ni la Buena Noticia se adjudica exclusivamente a unos pocos. La catolicidad, en el sentido más pleno del término, aquí se refiere.

Pero se trata de la vocación cristiana, del discipulado, de la maravillosa radicalidad transformadora del Evangelio. No son suficientes las buenas intenciones.
Se trata de vivir con Cristo y vivir como Cristo. Por ello los discípulos serán otros Cristos que caminan sin descanso, y nó simpatizantes ni adherentes que por cumplir determinadas pautas religiosas tienen todo resuelto.

El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. La afirmación estremece y esclarece con fulgurante deslumbre: la vida cristiana es dinámica, no debe acomodarse, no es algo acabado a lo que se ingresa y ya no es necesario más. Vida y amor implican movimiento cordial perpetuo, la semilla de la eternidad que germina y cuyos brotes es necesario cuidar para que crezcan y den frutos abundantes por las asombrosas bondades de esa semilla primera.

Se trata de dejar atrás la muerte, se trata de que el pasado sea historia, pues la Salvación acontece en tiempo presente, en el aquí y ahora. No hay que mirar atrás, no hay que aferrarse vanamente a pasados gravosos ni a las opiniones laxas de otros; arar la existencia es el manso esfuerzo esperanzado desde la conversión, que abandona las muertes del hombre viejo, del pecado, y sigue a ese Cristo por los senderos de la Gracia, a la luz de la Resurrección.

Paz y Bien

San Arcángeles: Quién como Dios, Fuerza de Dios, Medicina de Dios


 

 

 

 Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Para el día de hoy (29/09/20): 

Evangelio según San Juan 1, 47-51

 

 

 

 Los sentidos nos brindan datos limitados, quizás los epifenómenos del acontecer cotidiano. Pero la historia humana tiene una profunda dimensión escondida y viva, que la revelación nos re-vela, es decir, que por la Palabra podemos quitar los velos que nos impiden mirar y ver esa dimensión trascendente, en donde en santa urdimbre se entreteje el tiempo y la eternidad, la Encarnación de un Dios que se hace hombre, vecino, Hijo amado de todos.

Los ángeles son los mensajeros perfectos de esa certeza que nos ha abierto Cristo, cielos abiertos a pura bondad de Dios, la Salvación ofrecida a todos los pueblos.
Más nosotros solemos adjudicar categorías mundanas y limitadas a estas realidades que la razón intuye pero no puede abarcar; por ello quizás, a los mensajeros -seres espirituales- nos los representemos con rasgos antropomórficos y caracteres específicos. Tal vez apliquemos allí muchas de nuestras ansias y nuestras angustias.

Pero es menester no perder el centro primordial de esta revelación, y es que los ángeles portan mensajes divinos de esperanza y eternidad. En donde se hacen presentes, es Dios mismo que actúa.
Porque no estamos solos, Quien como Dios, la Fuerza de Dios nos anuncia buenas noticias, la Medicina de Dios nos cura los venenos del alma.

Cristo ha abierto los cielos para todos nosotros, cielos que no se ubican necesariamente en una locación superior de carácter espacial, sino en la profundidad de un tiempo humano fecundado por la Gracia, la misma Gracia que es plenitud, la alegría que nos sigue cantando María de Nazareth a ese Dios magnífico que no nos olvida.

Paz y Bien

El signo de grandeza de la comunidad cristiana será el servicio

 






Para el día de hoy (28/09/20): 

Evangelio según San Lucas 9, 46-50



Los discípulos de Jesús de Nazareth, a pesar de todo el camino compartido con el Maestro, a pesar de todo lo que les había enseñado, nunca abandonaron los viejos esquemas, las ansias de poder y prestigio, los criterios mundanos tan distintos y hasta opuestos a la realidad del Reino.


Él los conocía bien, y magnífico lector de los corazones, debe insistirles en romper esas corazas que los atrapan y les impiden crecer en bondad, en humanidad, en eternidad. Porque si continúan en esa tesitura, en ese plano mezquino de ambiciones, sólo llegarán al escalón de los poderosos. Aún declarándose de Cristo, sólo se convertirán en otros opresores, y tristemente, en esta Iglesia que amamos y a la que pertenecemos, es una práctica enquistada y recidivante, que no logramos abandonar.


Por ello es que Jesús toma un niño y lo pone en el centro de la atención de sus desubicados amigos. 

Es claro que la prioridad de los adultos siempre estará en proteger a los niños a toda costa, a costa de la propia vida. Demasiados infames agresiones a la niñez hemos conocido por parte de aquellos que debían cuidarla y protegerla.

Más en este caso Jesús de Nazareth vá más allá, porque hay más. Siempre hay más.


En el tiempo del ministerio de Cristo, los niños carecían de derechos. Eran apenas apéndice de sus padres varones, a los que en todo debe obedecer, sin siquiera comenzar a pensar, a que crezca su conciencia. El Maestro no se refiere tanto a la inocencia y a la ternura que se infieren como identificatorias de la infancia, sino más bien al niño en tanto que dependiente de todo, débil, necesitado en todo de los demás, que no puede ser artífice de su existencia por sí mismo, y que por ello también se enciende de gratitud ante el más pequeño gesto bondadoso, que sabe reconocer el amor que se le brinda, y que no ha perdido la capacidad de asombrarse frente a los regalos, regalos que para esos hombres endurecidos será la asombrosa Gracia de Dios, la vida plena. 


Se trata de ser como niños y de servir a los niños y a los que son como ellos, en el mismo plano espiritual. Los pobres, los excluidos, los olvidados, los descartados de la existencia en un mundo construido para unos pocos privilegiados indiferentes.


Contra toda lógica de intereses mezquinos, el signo de grandeza de la comunidad cristiana será entonces el servicio generoso, incondicional y prioritario que se brinda fraternalmente, con cordialidad familiar, a los que habitualmente no cuentan para nadie, pero que son los primeros a los ojos paternales de Dios.


Y tal vez, franqueada esa frontera cerrada y torpe, descubrir que la familia es mucho mayor de lo que se supone, pues hay muchos hermanas y hermanos que en silencio se prodigan en vidas frutales del Reino.


Paz y Bien

Los patios inmensos de la Gracia

 






Domingo 26° durante el año

Para el día de hoy (27/09/20) 

Evangelio según San Mateo 21, 28-32



Jesús de Nazareth se encuentra casi al final de su peregrinación. Está en Jerusalem, la Ciudad Santa que sólo ha sabido mostrarle un rostro cruel, que le ha hecho derramar lágrimas de tristeza por presente y por el futuro que avizora, que incuba entre sus muros un odio irrefrenable que desembocará en los espantos de la Pasión. La aversión que suscita su presencia entre la dirigencia judía enrarece tanto el ambiente con su cruda hostilidad, que podría cortarse con un cuchillo.


Pero el Maestro no retrocede ni vacila, convencido de su misión, firme y fiel. 


La liturgia nos ubica, precisamente, en el centro simbólico y real del odio que le profesan, el Templo de Jerusalem, ese templo enorme y fastuoso, orgullo de generaciones, característica primordial de todo un pueblo.

Ese segundo templo llevó mucho tiempo edificarlo, y su construcción responde ante todo a motivos teológicos -espirituales- antes que a concepciones arquitectónicas, las que se subordinan a esas ideas fundantes, y los patios que ostenta son símbolo y señal exactos de las ideas religiosas imperantes así como de la imagen de un Dios que domina.


En ese Templo nos encontraríamos con el amplio patio de los Gentiles, es decir, el recinto que casi no es parte del Templo y que aloja a los extranjeros y a los no creyentes. Un segundo patio se destina a las mujeres y a los eunucos, de los que no cuenta su fé ni su piedad. Están allí porque las mujeres carecen de relevancia y no tienen derechos, están los eunucos por ser hombres defectuosos, impuros, falsarios.

En el tercer patio podríamos encontrar a los varones -un criterio específicamente genérico y sexista-, pero muy especialmente a los varones puntillosamente observantes de la Ley y los profetas, siempre y cuando esa observancia se atuviera a la minuciosidad opresiva de los fariseos.

Y casi como una consecuencia lógica, el cuarto patio está restringido a los sacerdotes encargados del culto.


En ese ambiente tan cerrado y sofocante para los corazones, la Palabra viva y libre del Maestro ha de resultar, seguramente, como una bofetada, una falta de respeto a los acartonamientos instaurados, a la precisión de un dios que castiga con eficiencia y velocidad, y del que se obtienen premios mediante la acumulación de méritos por unos pocos selectos.

Él les está diciendo que su Dios tiene por preferencia cordial y bondadosa a todos aquellos que usualmente no tienen siquiera la posibilidad de asomarse a ninguno de esos patios exclusivistas.


Él ha venido a buscar a los perdidos y extraviados, a sanar a los enfermos, a rescatar a los oprimidos, los excluidos, y que se inaugure el tiempo definitivo de la Misericordia.

Y que la vida y la Iglesia tenga un sólo espacio, un único e inmenso patio, el patio de la Gracia en donde todos se congregan afablemente y nadie queda fuera, porque es un patio del encuentro con un Dios que se revela Padre y Madre, patio de hijos, patio de hermanos, recinto de Salvación y libertad.


Paz y Bien


En la plena humanidad de Cristo resplandece su divinidad

 






Para el día de hoy (26/09/20):

Evangelio según San Lucas 9, 43-45



La aseveración del Maestro es contundente y dura: será tomado prisionero, torturado, entregado a manos de los verdugos.


Los discípulos no son capaces de entenderlo: en su limitado horizonte no entra un Mesías humillado, ajusticiado, aparentemente vencido, muerto...

Aún así, no se atreven a preguntarle para que aclare sus dudas. No sólo tienen miedo de mostrar su ignorancia: quizás su mayor temor sea encontrar una respuesta que les resulte inaceptable.


Nosotros somos tristemente parecidos: hay preguntas que se nos vuelven tan difíciles que preferimos no realizarlas. No tanto por la vergüenza posible del no saber, sino por el temor que nos suscita la respuesta.


Las respuestas de las preguntas que le hagamos a Jesús necesariamente comprometen y transforman; son tan vinculantes, que nada será igual. Implica una gran dosis de confianza y coraje que, verdaderamente, no abunda.


Sin embargo, Él persiste y no nos abandonará.

Jesús, nuestro hermano y Señor, se nos revela como el Hijo del Hombre.

El más humano de todos, tan pero tan humano que por ello mismo, muestra en esa humanidad plena su divinidad.


Bendito sea Dios que se ha hecho uno de nosotros.


Paz y Bien

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