Resurrección y servicio




Para el día de hoy (08/02/15) 

Evangelio según San Lucas 1, 29-39




La liturgia nos brinda hoy un texto de Evangelista Lucas que, si bien aparenta simplicidad, es maravillosamente profundo en su sencillez.
La escena se despliega en la casa familiar de Andrés y Pedro, y alrededor de la familia, de la vida en común, del hogar se edificará la Iglesia, familia creciente de hermanas y hermanos ligados por vínculos nuevos.

Ha de tenerse en cuenta que Jesús de Nazareth era considerado por gran parte de sus contemporáneos como un rabbí, un maestro itinerante aunque extraño, y cualquier rabino de aquella época, en su sano juicio, jamás se hubiera dignado a dirigirle la palabra a una mujer que no fuera su esposa o su hija, ni tampoco enseñarle. Mucho menos tomarle la mano en momentos de enfermedad y aunque tuvieran la intención de restablecer su salud, pues adquiriría de ella el estado de impureza ritual del que siempre era mejor escapar. 
Por último, un rabino que se preciara de tal jamás dejaría que una mujer le sirviera.

La actitud de Jesús frente a la suegra de Pedro -tan plena de humanidad y ternura- no sólo trastoca los supuestos rabínicos de su tiempo sino que establece un nuevo horizonte y paradigma infinito para las relaciones sociales, desde la justicia y la fraternidad.
En la sanación de esa mujer no sólo se libera un cuerpo derribado por las fiebres, se restituye también con esa mano bondadosa e incondicional que Cristo tiende, la humanidad de la mujer plena, íntegra. Ella se levanta y es preanuncio de la Resurrección de Jesús que se levantará de entre los muertos, por eso no es solamente una acción sanadora, por eso es una acción salvadora, por eso salud y salvación son términos muy pero muy cercanos.

Salvación es liberación.
En el tiempo recreado de la Gracia el servicio, que era considerado indigno y propio de esclavos o siervos, es ahora signo primordial de ese tiempo nuevo, re-creado. El servicio es propio de aquellos que han reconocido en ellos mismos el paso salvador de Dios por su existencia, y lo cuentan a sus hermanos a pura ofrenda. Generosidad y desinterés son los perfumes definitivos de la Gracia, diaconía de los resucitados, los liberados por la bondad de Cristo.

Paz y Bien

La extraordinaria disponibilidad de Cristo





Para el día de hoy (07/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 30-34



Los Doce habían regresado de la misión que el Maestro les había encomendado: habían hecho todo lo que Él les había mandado, sanado enfermos, enseñado las cosas de Dios. Será la primera vez que el Evangelista los llama apóstoles, es decir, enviados, que tienen la misma estatura ética y autoridad por Aquél que los ha enviado, y nó por mérito propio.

Es claro que regresan muy cansados: es algo nuevo para ellos, y la empatía con las gentes -tantos dolientes, tantos excluidos, tantos agobiados de miseria- les pasa factura. La compasión es asumir en el corazón y en los huesos el dolor del otro, que no es una abstracción romántica y agradable, es santamente concreta.
Es muy necesario el descanso, restablecerse, rehacerse de sentido, reponer fuerzas. Con gran veracidad, san Vicente de Paul observaba acerca de la necesidad de cuidar la salud, pues es trampa del Maligno engañar a las almas dedicadas a que hagan más de lo que pueden, y acaso así lleguen a una instancia de no poder hacer nada por querer hacer todo.

El Maestro lo sabe, conoce bien las necesidades y debilidades de los suyos. De los Doce, las tuyas, las mías, las nuestras, y se preocupa y ocupa, y es necesario prestar atención.

Es de imaginar la situación que se les planteaba: esos hombres agotados, de repente se encuentran rodeados por una multitud que busca a Cristo por todas partes, con confianza a veces, con desesperación muchos más. No tienen un segundo de calma ni pueden comer, y sucede -fruto de la extenuación- que no siempre campea la paciencia frente a instancias tan extremas.

Pero Cristo tiene una disponibilidad extraordinaria. Lo conmueve y moviliza el padecer de esa multitud a la deriva, ovejas perdidas sin pastor que las proteja, que las reconozca, que se ocupe de ellas.

No hay hora, ni momento ni circunstancia alguna que sea inconveniente para acudir a Él. Con nuestras necesidades, con mochilas de miserias, con tantos dolores, con todo lo que hay que llevar a su presencia.
En todo momento y en todo lugar, Él está siempre atento y dispuesto a la escucha y al auxilio, y allí está nuestro refugio y nuestra esperanza.

Paz y Bien



Un hombre íntegro




Para el día de hoy (06/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 14-29




Un profeta es una persona que tiene cosas de Dios para decir, cuestiones de parte de Dios que se dicen claras, fuertes, sin ambivalencias ni sofismas. Un profeta anuncia ese mensaje de Dios pero también denuncia todo lo que se opone a Dios, es decir, todo lo que es contrario a la vida, proyecto infinito de Dios.

Juan, hijo de Isabel y Zacarías era un profeta. Su integridad era humildemente incandescente e incuestionable, de tal modo que su sola presencia pone en evidencia a las gentes y ámbitos sombríos, tenebrosos.
Pero Juan no se callaba. Las mujeres y los hombres del Espíritu no deben callar, no pueden callar, es un fuego intenso y es una cuestión de destino. Los profetas son mujeres y hombres de palabra y de la Palabra.

El pueblo judío escuchaba con creciente agrado la voz rotunda del Bautista, aún cuando su lenguaje solía ser durísimo, a veces amenazador. Él siempre fué fiel, pero no había ingresado al espacio infinito de la Gracia, y persistía en su corazón la imagen de un Dios severo y punitivo.
Aún así, ello no impidió que reconociera al Salvador que se acercaba por entre la multitud, ese galileo joven y humilde que es el Mesías esperado por su pueblo.

Un hombre íntegro, un profeta que no se calla es mucho más que un incordio para los poderosos: un hombre íntegro es una peligrosa amenaza pues no puede ser comprado ni corrompido ni lo amilanará la prisión, la tortura o cualquier violencia.
Por eso es tan opuesta la figura del Bautista encerrado en la mazmorra del palacio y su ejecución sin proceso ni defensa frente a la torpe brutalidad del tetrarca Herodes, de sus mujeres y del corifeo de poderosos y notables que lo acompañan en una mesa que nada tiene de ágape, que es pura ansia de poder, corrupción, superstición.

Aún con los riesgos que son consecuentes a la vocación, hemos de suplicar que el Espíritu de Dios nos siga suscitando profetas, mujeres y hombres que no se callen, que sin otro interés que el ser fieles a la voluntad de Dios digan lo que nadie se anima a decir, hablen con claridad, anuncien buenas noticias y denuncien sin vueltas ni eufemismos todo aquello que no debe ser tolerado ni asumido con tanta naturalidad.

Paz y Bien

Sacudirse el polvo de los pies




Para el día de hoy (05/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 7-13



La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva. 

La Palabra actúa y nos transforma misteriosamente; sin embargo, la reflexión como una rumia humilde y tenaz nos hace ahondar en su mar sin orillas, sumergiéndonos en la infinitud. Así entonces todo aquello que nos sirva para ubicarnos en el tiempo de la predicación del maestro, todos los elementos que nos ayuden en esa reflexión, bienvenidos y benditos sean.

En Medio Oriente por las secas condiciones geográficas y climáticas era y es usual que persistentes capas de polvo se adhirieran a las ropas, al rostro, a las manos y especialmente a los pies, toda vez que el calzado usual era sandalias compuestas por una suela basta con tiras para adherirse a las extremidades.
Así, al llegar al hogar era menester higienizarse: más aún, la limpieza de los pies al recién llegado era un gesto de hospitalidad y cortesía impostergable, que en general lo realizaban los servidores menores de la casa o los esclavos, por eso también el escándalo que supuso para los discípulos que el Maestro lavase sus pies en la Última Cena.

Para un pueblo como el de Israel, tan firme en sus tradiciones pero a su vez con una historia tan dura, el plano simbólico es decisivo, muy fuerte pues es allí en donde se reafirma su identidad frente a los peligros de la disolución por las invasiones extranjeras. Por ello, todo varón judío que regresara de tierras gentiles -extranjeras-, apenas cruzaba la frontera se sacudía el polvo de sus pies para no contaminar la Tierra Santa con polvo foráneo. Hecharse cenizas o polvo en la cabeza significaba, gestualmente, un signo de duelo y de contrición por los pecados cometidos.

Pero volvamos a la acción de sacudirse el polvo de los pies: significa dejar atrás lo extraño, lo ajeno, lo que no pertenece y librarlo al juicio de Dios.

Esas instrucciones de austeridad y confianza que Jesús de Nazareth les encomienda a los Doce tienen que ver con ello. Cuando son rechazados, el símbolo del polvo que se quita de los pies en el sitio de la negación implica, en parte, que esas gentes que rechazan la Buena Noticia se quedarán con lo que han elegido, y no será tarea de los misioneros su juicio o su crítica, porque ello es prerrogativa de Dios.

Pero estamos en tiempo de la Gracia.

Quitarse el polvo de los pies no es aviso de castigo, significa también la gratuidad absoluta del mensaje bueno y nuevo que se anuncia: los auténticos misioneros no tienen otro interés que el de la fidelidad a la misión y al servicio, carecen de apetencias de poder y dinero, ni siquiera quieren llevarse, aunque sea al descuido, la tierra que se pega a sus pies, y se porta un tesoro incalculable en estas toscas vasijas de barro que somos, y es esa Salvación que se proclama lo único que importa.

Paz y Bien



Ese Cristo que nos asombra




Para el día de hoy (04/02/15) 

Evangelio según San Marcos 6, 1-6





Jesús ha regresado a su patria chica, a su querencia, a esa Nazareth que lo ha prohijado por treinta años, y seguido de sus discípulos, en pleno Shabbat, se pone a enseñar en al sinagoga.

Sus paisanos no salen de su asombro.
Conocen a su madre María, conocen su oficio artesanal, conocen a sus parientes. Quizás la omisión de José de Nazareth es deliberada, un velado insulto referente a un nacimiento irregular.
Sucede que esas gentes lo han visto crecer, desde niño de pecho hasta ese hombre hecho y derecho que ahora contemplan. Ha jugado con sus hijos, ha participado de los actos religiosos de su pueblo como todo varón judío. De Él esperan que continúe su oficio, que lleve una vida apacible aún en la pobreza, que no genere conflictos ni escándalos, que se case y tenga una amplia y bulliciosa prole.

Pero este joven los descoloca por completo. No es para nada aquel que ellos esperan, o mejor dicho, no encaja en el molde que le han destinado, y tal vez el escándalo es mayúsculo precisamente por eso, por no adecuarse este Cristo a la imagen que se han forjado de Él. A todo ello, el temor de su enfrentamiento abierto con las autoridades religiosas, la sanación de tantos enfermos, y que les predicara a un Dios bondadoso, cercano, rico en misericordia, Papá, tan distinto al que pretender conocer, en las antípodas de ese Dios lejano, severo y castigador que enseñan los escribas.

En su querencia no podrá realizar signos / milagros por la falta de fé de los nazarenos, y esto no puede pasarse por alto: los milagros son urdimbre santa entre la fé del hombre y el amor de Dios, espejo cierto de la Encarnación.

Quiera Dios que este Cristo siempre nos desconcierte. Que jamás deje de asombrarnos. Que nos cimbree las estanterías piadosamente banales que nos hemos fabricado en pos de una comodidad sin compromiso.
Que cada día nos vuelva a sorprender el misterio de su presencia y su compañía, de esa Salvación que no nos merecemos pero que se nos brinda florecida en bondad, incondicional, infinitamente generosa.

Paz y Bien


Fuente de vida




Para el día de hoy (03/02/15) 

Evangelio según San Marcos 5, 21-43


Jesús regresa desde la otra orilla, siendo ese lugar el ámbito extranjero, pagano, signo de la universalidad de su ministerio, de que el anuncio de la Buena Noticia no está atado a límites impuestos por consideraciones limitantes y discriminadoras.

Todo el capítulo quinto del Evangelio según San Marcos, en cierto modo, parece una sala de hospital por los muchos enfermos de diverso origen, condición y dolencias que se encuentran a ambas orillas del lago, es decir, del lado de Israel y del lado gentil, e inevitablemente a todos la presencia del Maestro trae el bien sin condiciones, la restitución de la salud es también una resurrección, humanidad nuevamente de pié íntegra y libre.

Es necesario detenernos un momentos y observar la situación de los enfermos en el siglo I, en la Palestina de la predicación de Jesús de Nazareth. Todo pasa por el tamiz de los esquemas religiosos imperantes: la religión define todos los órdenes de la vida personal, social, política, cultural y comunitaria, y así el no participar de las actividades cultuales, de los hechos religiosos establecidos implica a su vez una mortandad civil, un ostracismo impuesto, un ser menos o un no-ser.
El parámetro se funda en un Dios distante y castigador, y en un cúmulo de leyes y preceptos de origen indudablemente piadoso, pero que en afanes de celo por una fidelidad tradicional, impone criterios de pureza/impureza, de inclusión/exclusión. La enfermedad como castigo por los pecados propios o de los padres, la enfermedad como condena por un hecho pasado que acuña límites expresos hacia cualquier atisbo de futuro.
Esa impureza es la que excluye al enfermo de la participación ritual, y por ello, el enfermo debe soportar su propio padecimiento y languidecer en soledad. Es más gravosa esa condición de impureza, la que se comprende contagiosa, que se esparce a los que franquean los rigores restrictivos, que el devenir doloroso de la patología. Pacientes terminales por dolencias, pacientes terminales también los que los dejan solos.

En el Evangelio para el día de hoy a la par de la enfermedad nos habla de dos mujeres. Para las sociedades semíticas de ese tiempo, la mujer es sólo un accesorio del varón, sin derechos ni revelancia, acotada a parir hijos y a obedecer sin cuestionamientos. Lamentablemente ciertos aspectos aún persisten, y más lamentable aún es el surgimiento de una ideología de género que es el reflejo de una mentalidad de ghetto, de discriminación positiva.

Las dos mujeres se ubican en los extremos de la existencia. 

Una de ellas,  padeciendo desde doce años atrás intensas metrorragias sin médico eficaz y sin remedio, una mujer a la que la vida se le escapa paulatina y constantemente en la sangre que pierde, una mujer imposibilitada de tener intimidad y de ser madre, y peor aún, una mujer condenada a vivir en soledad, a no poder dirigirse a su Dios rodeada de los suyos -la religión, como decíamos, lo es todo-, una mujer que debe autorestringirse para no transmitir de manera cuasi viral esa impureza a cualquier otra persona a la que contacte.
La otra es una niña, pero es una mujer recién florecida a la mentalidad de la época, tallo joven truncado sin sueños a concretar, sin ilusiones, sin proyecto, una vida sesgada antes de tiempo. Quizás se ha dejado morir aunque no sepamos la causa, y quizás sea alguna clase de anorexia, toda vez que el Maestro indica luego de que la regrese a la vida que le den de comer. Las estridencias del llanto son signo de una muerte que duele mucho, que acrecienta el luto interior.

Pero hay más, siempre hay más.

La Encarnación de Dios es un misterio insondable de amor, de un Dios que en nada se reserva, que se brinda por entero, que se hace tiempo, historia, padre, hermano, hijo, vecino. Se inaugura un tiempo santo y propicio -kairós- de Dios y el hombre, y si hay un distingo es aquél que dice que ya no se puede ser espectadores pasivos de un destino predeterminado, a sufrir con resignación. La vida se edifica, y requiere corazones atrevidos, que se animen a llegarse a ese Cristo que es fuente de vida, que a todos recibe, que siempre se acerca, Cristo caminante por nuestras existencias, Cristo que pasa y se detiene allí en donde la vida ha sido menoscabada, en donde la humanidad se ha visto reducida en menos por ciertas imposiciones crueles, y más cruelmente aceptadas y toleradas como si nada.

El padre de la niña, Jairo, es un jefe sinagogal: es un laico de gran relevancia y prestigio que ordena y organiza el culto allí en donde la vida de Israel se centra cada sábado. Por ello mismo está en una vereda opuesta a la predicación de ese joven rabbí galileo pobre y sin antecedentes, nazareno revoltoso que les quiere hablar de un Dios que ellos no quieren ni mirar, un rechazo que en un crescendo brutal culminará en la condena a la cruz.
La mujer sabe que está restringida a la soledad, que su condición es viral: contagia su impureza -que no su enfermedad- a ese Cristo que toca su manto y a la multitud abigarrada también.

En ambos, hay un salto enorme de ruptura, un hecho de fé en ese Cristo que es liberación. Por ello es que los Evangelistas, con infinita sabiduría inspirada, hacen sinónimos a salud y a salvación, humanidad que se restituye, preanuncio cierto de la Resurrección que es la afirmación definitiva por parte de Dios de una vida que persistirá.

¡Talita Kum! es la expresión aramea para que la niña despierte, y sea también para nosotros un llamado de atención a tantas cosas que toleramos y en las que nos hemos adormecido, y una invitación a acercarnos, a confiar, a celebrar una vida que, con todo y a pesar de todo, es sueño de ágape y plenitud.

Paz y Bien
 

La luz de las naciones



La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/15) 

Evangelio según San Lucas 2, 22-40




Jesús de Nazareth es llevado por sus padres al Templo de Jerusalem para cumplir con las tradiciones de su pueblo y con sus obligaciones religiosas. Son judíos galileos, se les nota en el acento, y son muy pobres: como ofrenda sacrificial llevan un par de pajaritos, pues no pueden adquirir nada más. Han de realizar dos rituales: la purificación de la parturienta y la consagración o rescate del primogénito.

Es extraño, muy extraño. La más pura acude a purificarse, el Redentor acude para ser rescatado, el Santo se acerca a ser santificado.
En realidad hay una señal cierta y un símbolo latente: el Salvador no es una abstracción, sino una persona concreta, enraizado en la cultura y la memoria de su pueblo. La Presentación del Señor es la ratificación de un Dios que se entreteje amorosamente en la historia humana, levadura humilde que fermenta toda la masa para un destino de pan bueno.

El Templo al que han llegado es enorme, imponente en sus ornamentaciones, en sus lámparas votivas, en el oro que refulge. Y ese niño es tan pequeño que parece perderse en la mera comparación. Pero está aconteciendo un éxodo profundo, silencioso, definitivo.
A Dios no se lo encontrará en la pompa y en los rigores cultuales, ni será su morada única y exclusiva ese Templo de piedra. 

Dios se revela en una persona, en un bebé pequeño, templo latiente floreciente de sencillez por el que cada hombre y cada mujer se transformarán a su vez en templos vivos del Dios de la vida. Porque a Dios no se le encuentra en doctrinas ni se procura su favor mediante la piedad: a este Dios que se revela y se comunica se lo encuentra en Cristo, Palabra que se hace carne, persona, historia, niño en brazos de su Madre.

La luz de las naciones resplandece allí, pero la multitud abigarrada está ocupada en demasiadas cosas. Sólo los corazones fecundados por la fé saben mirar y ver, erguidos en plenitud y esperanza.

La tradición rememora a Joaquín y Ana como los padres de María, y el Evangelista Mateo a Jacob como el padre de José, pistas de abuelos de ese niño presentado en el Templo.
Pero es un tiempo nuevo, y los vínculos familiares no se definen por la sangre o el clan sino por el espíritu, en las honduras de los corazones. Allí, en medio de ese mar de gentes, con el incienso que todo lo perfuma y el humo de los sacrificios que tiñe el aire, dos pares de ojos mayores son capaces de la gran maravilla del encuentro.
Son los dos abuelos de ese Cristo en la sintonía de la Gracia, Ana y Simeón, tan cercanos a la muerte para muchos, tan vivos y plenos para nosotros. Y cada vez que acontece un encuentro en el que nos reconocemos tal cual somos, florece una serena alegría y el aire se purifica a pura profecía.

Luz de las naciones es ese Bebé Santo, amor de un Dios que revierte la historia, la fecunda, la transforma, la renueva y rescata desde los pequeños, los que no cuentan, tiempo de niños o, mejor aún, tiempo de mujeres y hombres con corazón de niño que portan en sus almas las llaves del Reino que nos sucede aquí y ahora.

Paz y Bien



Autoridad y alienación




Domingo Cuarto durante el año

Para el día de hoy (01/02/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28


Asombrarse de Cristo, asombrarse con Cristo, cada día, todos los días.

Las gentes aquella tarde no lo podían creer: ese joven rabbí galileo no tenía ninguna atadura ni se demoraba en auxiliar a los dolientes, en curar enfermos, aún cuando eso le traía graves problemas con las autoridades religiosas. 
Pero no era solamente eso, claro que nó: este hombre hablaba con una voz nueva que no era solamente distinta. Él hablaba con la autoridad propia de quien lo que dice lo vive hasta sus mismas entrañas. Él les hablaba de un Dios cercano, un Dios Abbá, un Dios que ama, rico en misericordia y en perdón, un Dios inclinado totalmente hacia el corazón humano, y con una decidida parcialidad afectuosa para con los pequeños, los sufrientes, los extraviados.

Era muy diferente la autoridad pretendida que esgrimían los letrados: ellos fluían a pura opinión a partir de lo que otros han comentado acerca de la Ley, y desde allí estructuran una casuística y un corpus legal que imponen y que doblega las almas, pues predican a un Dios lejano, vengador, cruelmente punitivo, un Dios al que se le arrancan favores mediante la acumulación de méritos religiosos y la práctica de normas piadosas. Y eso nada tenía que ver con el Dios generoso, el Dios de la Gracia de Jesús de Nazareth.

Jesús de Nazareth es Dios y Dios es Jesús de Nazareth, y de esa identidad que es amor absoluto surge su poder. Es el amor, no el poder que nos imaginamos, el poder de imponer, de oprimir, de la fuerza ejercida contra otros.
Desde ese poder y desde esa autoridad expulsa al espíritu maligno, el mal que atenaza la existencia de ese hombre. 
Es un hombre enajenado, alienado, que no es dueño de sí mismo, razón y corazón fragmentados y dispersos, una humanidad menoscabada.

La Buena Noticia es anuncio y es bondad que se propaga como rocío bienhechor. Ese exorcismo, esa sanación es signo del amor infinito de un Dios enamorado de su creación, un Dios que no descansa por el bien de sus hijas e hijos.

Entre nosotros, entre estas miríadas de gentes a la deriva hay muchos así. Quizás nosotros también lo padezcamos, ese mal que nos vá socavando, despersonalizándonos, quizás cosificándonos. No se trata solamente de psicopatologías, sino antes bien de corazones oprimidos y resignados, corazones sin esperanza y habitados por oscuridades crecientes.

Hay que hacer acallar esos espíritus malvados. Nadie puede arrogarse el derecho a hablar por los demás si ese derecho no es concedido. Quizás un primer paso de justicia sea devolver la voz propia a tantos hermanos nuestros que languidecen en silencio, más bien silenciados.
Es tarea del Evangelio. Es muy Buena Noticia.

Paz y Bien
 


Hasta el viento y el mar le obedecen



San Juan Bosco, presbítero

Para el día de hoy (31/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 35-41




La multitud los rodeaba con una presión muy fuerte, que no era solamente física. Es la presión de una fama tergiversada, a la medida de cada una de las expectativas que allí palpitan, ansias y frustraciones, deseos políticos, una religiosidad que cree en un Dios que castiga, que se resigna a determinismos. De allí a configurar un Mesías a medida, un caudillo nacionalista, un rebelde porque sí sólo hay un pequeño paso. 
Quizás por esas cuestiones el Maestro los hace embarcar y dirigirse a la otra orilla.

A veces es necesario tomar distancia, a pesar de cualquier riesgo. Tomar distancia de mesías falsos, de planteos inverosímiles aunque seductores, romper el cerco de cualquier elitismo o exclusividad. Y recuperar la capacidad de mirar y ver -verse también- para regresar a caminos de fé y verdad.

Pero en esa travesía, para la que es imprescindible la guía clara de la fidelidad, entraña ciertos peligros. Irse a otra orilla cargados de lastre inútil nos hace cimbrear esta frágil barca que somos. Irse a la otra orilla sin dejar de aferrar lo inútil, lo pernicioso, lo viejo, nos sitúa en un tironeo insostenible.

Es claro que allí sobrevendrán las tormentas bravas, chubascos de miedos, temporales de sinsentido. Y todo esfuerzo deviene en vano, y Dios parece haberse adormecido a pesar de nuestros clamores.

La voz fuerte y clara de ese Cristo que descansa a popa, y que restaura la calma del viento y del mar en realidad está dirigido a esos discípulos atemorizados, presa fácil de esos miedos que ellos mismos generaron, fruto de una Buena Noticia que aún no es no Buena ni Nueva en sus corazones, una Palabra que no se ha hecho existencia en cada uno de ellos.

Muchas tormentas, seguramente, tendremos que atravesar en esta frágil barca que es nuestra vida y que también es la Iglesia. Y cuando parece que todo termina, que perecemos, que nos hundimos, un Cristo que en nuestras miserias suponemos adormecido nos vuelve a poner en camino, viento y mar obedientes a una Palabra que está vida entre nosotros.

Paz y Bien

La fuerza imperceptible




Para el día de hoy (30/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34



Parece mentira, pero una de las enseñanzas que se revelan a través de las dos parábolas de Jesús de Nazareth que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece, implica el renegar con decisión de todas esas tentaciones de realizar acciones ostentosas, arrolladoras, espectaculares en su esfuerzo descomunal y en su concreción pretendidamente apabullante.

El Reino de Dios crece desde la humildad y el silencio con una fuerza que nada ni nadie puede detener.
Así, semilla que germina, tallo, espiga, copa frondosa, no son tanto etapas que deben cumplirse a rajatabla sino más bien certezas cordiales de crecimiento constante y de asombrosas cosechas.

Deslumbra que esa semilla de fuerza imperceptible pero infinitamente tenaz crezca con independencia de los esfuerzos del sembrador. Una lectura nimia y lineal nos conduciría a una pasividad de meros espectadores de un destino prefijado.
Sin embargo, los esfuerzos del sembrador -los de todos nosotros- encuentran su origen y su plenitud en el corazón sagrado de Dios, es un misterio amoroso de comunión, de tiempo santo, de invitación generosa e incondicional a edificar la vida.

Las buenas semillas, inevitablemente, ofrecen buenos frutos.
Quizás sea necesario apagar el detector de semillas malas y cizañas, y recuperar la capacidad de fé de poder agradecer que entre nosotros y de continuo, el Reino crece y siempre hay frutos de los mejores.

La pequeñísima semilla de mostaza lleva escondida una pujanza que la hace convertir en árbol frondoso, cobijo y ámbito vital para una incontable variedad de pájaros.
Pero a su vez otra virtud esconde: desde un brote muy pequeño se rompen las piedras más duras, y la vida sigue floreciendo, y es el motivo de nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien

Lámparas vivas



Para el día de hoy (29/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 21-25



En el tiempo en que Jesús de Nazareth predicaba por los pueblos y ciudades de Palestina, las viviendas faniliares por lo general estaban constituidas por un solo ambiente en donde transcurría la vida familiar; era toda una cuestión iluminar esa habitación cuando el sol caía, más en invierno cuando los días se acortaban.
Para ello se utilizaban lámparas, pues las velas eran carísimas y solían utilizarse en el culto. Esas lámparas eran pequeños recipientes de barro cocido con una boca y dos orificios, uno para colocar una mecha y el otro para que ingrese el oxígeno, y por la boca se cargaba aceite de olivo -no se conocía el petróleo-; ese aceite a su vez era prácticamente un artículo suntuario.
Y para que tuviera mayor efectividad, la lámpara encendida se colocaba en pequeños salientes elevados que tenían los hogares para que iluminaran toda la habitación, es decir, a todos los presentes. Con esa luz, literal y simbólicamente se disipa la noche y se prolonga el día.

Los que lo escuchaban lo entendían perfectamente. A nadie se le ocurriría poner una lámpara con algo tan valioso como la luz bajo la cama o debajo de una caja o un canasto. La luz ha de ubicarse siempre allí en donde ilumine a todos.

La comprensión de la parábola es profundamente sencilla, pero en esa misma sencillez se contiene su contundencia inequívoca y taxativa. 

Somos todos nosotros pequeños recipientes de barro que albergan algo precioso, valiosísimo, la Palabra, la Gracia de Dios. Esa luz no puede ni debe ocultarse, y extrañamente se propaga y expande cuanto más se la comparte, como esos pequeños cirios encendidos que, a su vez, encienden a otros.

Somos lámparas vivas, y es misión, es deber y es, por sobre todo, un tesoro que se nos ha confiado.

Paz y Bien

Sembradores tenaces




Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/01/15) 

Evangelio según San Marcos 4, 1-20



A veces es un buen ejercicio imaginarnos ubicados allí, en medio de la multitud cuando el Maestro enseñaba.
Allí podemos observar a pescadores del mar cercano, a jornaleros, a labriegos, quizás algunos fariseos y escribas atentos esperando algún fallo o error por parte de Jesús, muchos esperando la sanación de un ser querido, muchos más a la deriva en un mundo agobiante.

Esos oyentes no necesitaban demasiadas explicaciones: ese joven rebbí galileo les hablaba de Dios a partir de las cosas que vivían a diario. Ellos sabían bien lo difícil que era arrancarle frutos a su tierra, pedregosa en su gran mayoría excepto en algunos valles fértiles. Ellos conocían del esfuerzo del campesino y del rinde de las cosechas, pues en ello les iba la supervivencia de su familia.
Hemos de detenernos por un momento e insistir en este punto: la Iglesia a menudo olvida esta virtud de dialogar con las mujeres y hombres de hoy a partir de lo cotidiano de sus existencias.

El sembrador de la parábola que les narra es bastante tonto. A ninguno de ellos se le ocurriría dispersar valiosas semillas en cualquier lado, sólo lo harían en terrenos que ellos consideraran seguros de brindarles buenos brotes.  Aún así, no puede negarse que este sembrador es obstinado, que no ceja en seguir esparciendo por doquier la siembra.
Y es de imaginar las sonrisas cómplices y alegres que entrecruzarían frente a ese impresionante rendimiento de la semilla, treinta, sesenta, ciento por uno.

Todo misterio, por autonomasia, desborda el acotado marco de la razón. Por eso mismo el Maestro les enseñaba en parábolas, amistosas ventanas para asomarse al infinito. Así esos hombres sencillos pueden ingresar a la asombrosa dinámica de la Gracia, a la magnífica desproporción del amor de Dios.

A nosotros, pecadores todos y a la vez discípulos y seguidores de Cristo, se nos revela también una misión, y una confianza a menudo ausente. Y es que la Palabra de Dios, semilla del infinito, invariablemente es eficaz. Siempre dará frutos, frutos buenos, frutos santos, en silencio y con una fuerza que no puede detenerse.

Por eso es menester volvernos sembradores tenaces. A veces no son necesarias predicaciones, basta con el testimonio de una vida fecunda en el Espíritu. Muchos no leerán otro Evangelio que aquel que nuestras propias existencias les relate.

Paz y Bien



La fuerza de la familia




Para el día de hoy (27/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35



Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.
El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.

Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.

Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.
Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.

Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.

La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.
Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.

Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.

Paz y Bien

Trabajadores para la cosecha




Santos Timoteo y Tito, obispos

Para el día de hoy (26/01/15) 

Evangelio según San Lucas 10, 1-9



Mucho se ha reflexionado y especulado acerca de los setenta y dos misioneros elegidos y designados por Jesús de Nazareth, especialmente por la gran carga simbólica que suelen conllevar las menciones numéricas en los textos bíblicos. Probablemente, refiera a aquella alegoría del Génesis post diluvio, cuando la tierra es repoblada a partir de los tres hijos de Noé, pues allí se identifica a setenta naciones como la totalidad del mundo.
De este modo, mientras los Doce apóstoles están directamente vinculados a la memoria de Israel, a las doce tribus primeras, los setenta y dos enviados son símbolo y señal de la universalidad de la misión, a todos los pueblos, a todas las naciones. Y porqué no imaginar a todo el universo, pues el cosmos es creación, acto infinitamente amoroso de Dios.

Pero este envío tiene dos distingos especiales: primero, irán de dos en dos. Según la legislación judía de aquel tiempo, hacen falta al menos dos testigos para que un testimonio sea veraz, por lo tanto, la misión es una tarea veraz, mensajeros totalmente fiables. 
Segundo, el fiarse de Dios en ellos. Los misioneros preceden al Maestro, son portavoces de Aquél que está muy cerca, que viene para quedarse, que es nuestra liberación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, lo que cuenta es lo que se anuncia y más aún, a quien se anuncia.

Cristo los urge pues es tiempo de cosecha. El Reino está aquí y ahora floreciendo en silencio, con humildad y una asombrosa pujanza. Hay mucho trabajo para hacer, muchísimo, y tan grande es la tarea que más de uno puede amilanarse frente al enorme desafío.

La misión es para corazones valientes por la fé que los impulsa.

No hay que detenerse en discusiones vanas, ni preocuparse por las cosas. Manos bondadosas de Padre nos prodigan en cuidados, pues se lleva el tesoro más valioso, la Gracia de Dios, motivo de la paz, causa de la justicia.

Hemos de rogar, con tenaz confianza y abandono. Hacen falta trabajadores para esta tarea que es impostergable, obreros y labriegos que saben que Cristo es el que edifica, pero en un misterio insondable de confianza, una fé depositada en nosotros inconmensurable y desproporcionada respecto de de la fé que ponemos en ese Dios que nos invita a cada uno de nosotros a compartir su vida, y a que muchos más se sienten a la mesa grande de una humanidad fraterna y creciente.

Paz y Bien


 

La iniciativa de Cristo, el tiempo propicio





Domingo tercero durante el año

Conversión de San Pablo, Apóstol


Para el día de hoy (25/01/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20



En toda las enseñanzas y anuncios de Jesús de Nazareth impresiona su concepción del tiempo: para Él, el tiempo no es una convención de cronología, aconteceres secuenciales y mensurables, sino más bien de un tiempo santo, fecundado por ese Dios que se entreteje Él mismo en la historia humana, misterio amoroso de la Encarnación.

Ese tiempo propicio, kairós, es tiempo de promesas cumplidas, de el arribo que sostendrá las esperanzas por siempre. Porque Dios está con nosotros, el Reino está cerca, muy cerca, tan cerca de cada corazón, el hoy de la Salvación. Aquí y ahora.

La primacía de Dios se ratifica contundente en el ministerio del Señor. De Cristo son todas las iniciativas, y el encuentro con Él implica una profundidad que conmociona la totalidad de la existencia, frente a la cual no se puede permanecer indiferente. Debe haber una respuesta, aún cuando esa respuesta sea negativa.
Sin embargo, decir sí es atreverse a transformar de raíz el devenir de esta pequeña parcela vital que somos, y edificar un destino junto a Aquél que siempre vá por delante de nosotros, encabezando esta gran peregrinación que es la vida cristiana, el coraje de ser sal de la tierra, la confianza de volverse luz en medio de tantas sombras de muerte.

El Maestro busca a los suyos, a sus amigas y amigos, a su familia allí mismo en donde transcurre su cotidianeidad.
Hay un éxodo desde los lugares considerados sagrados, aquellos en donde se los presupone únicos recintos en donde permanece Dios. En el tiempo de la Gracia, cada mujer y cada hombre es templo santo y latiente del Dios de la Vida. Por ello la vida es sagrada, por ello el culto primero es la compasión, fruto santo de la caridad.

Esos hombres son pecadores como nosotros, pero aún así viven una Pascua de pecadores a pescadores de hombres, misión de rescate para que muchos pequeños peces a la deriva permanezcan con vida.

Esos hombres tienen un nombre que el Evangelista nos recuerda: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y junto a esos nombres están también los nuestros y muchos más, pues todos hemos sido invitados desde la profunda mirada de insondable amistad de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

 

La locura del Evangelio




Para el día de hoy (24/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 20-21




La lectura del día de hoy es en apariencia muy corta, consta sólo de dos versículos. Sin embargo, tiene una enorme trascendencia y nos proyecta a la dimensión del Reino.

Nos encontramos nuevamente en Cafarnaúm, la ciudad donde estaba el hogar familiar de Pedro y Andrés, y en donde Jesús solía hospedarse. En un plano simbólico y a la vez pleno de significado, hay un desplazamiento desde la sinagoga en donde ya no se lo acepta ni tolera hacia la casa, hacia el hogar en donde se recibe a Cristo como un miembro de la familia.
La Iglesia, allí comunidad naciente, hoy creciente, se edifica alrededor de Cristo y se moldea al fuego del Espíritu como familia de vínculos mucho más profundos y trascendentes que los que indican la biología o la raza.

En esta ocasión, Jesús y los suyos regresaban de uno de sus peregrinaciones misioneras, el anuncio de la Buena Noticia. Hablamos de una época en que es infrecuente el traslado en vehículos a tracción de sangre o en montas de diverso origen: los viajes dentro de Israel y las zonas adyacentes solían realizarse a pié, y si a eso sumamos las demandas en aumento de tanta gente desamparada, ello implica para ese rabbí y para sus discípulos un cansancio demoledor, y con ello la necesidad de volver a centrarse, de descansar, de comer y recuperar fuerzas.

La imagen de un Cristo cansado es importantísima, tan decididamente humano y a la vez tan santo, un cansancio sagrado que proviene de una caridad sin límites.
Pero los padeceres de las multitudes parecen no agotarse nunca, y rodean la casa, y ellos ni siquiera pueden comer. Hay allí la desesperación de un nutrido rebaño sin pastor, presa fácil de la miseria y las enfermedades librados a su suerte, castigados por ciertos criterios que, preventivamente, los clasifican como impuros y les presentan un Dios severo e inaccesible.
Pero también en ese cúmulo de pesares y angustias hay una prevalencia de la fama sanadora del Maestro. Aún así, a pesar de ese error, no es óbice para el inmenso corazón misericordioso del Señor.

Pero tanto el conflicto frontal con las autoridades religiosas como su vida itinerante descoloca a sus parientes, y como siempre deberíamos actuar, es menester ponerse en el lugar del otro.
Desde su punto de vista, lo han conocido desde niño, lo han visto crecer y aprender el oficio paterno. Esperan que como todo varón judío, se case, forme una familia, crezca en las tradiciones y en la fé de Israel.

Jesús de Nazareth no hace nada de lo que se espera de Él. A nosotros también nos sorprende, y es menester suplicar que nunca nos acostumbremos, que siempre estemos dispuestos al asombro. 
Los parientes no sólo están confundidos por este joven que creen conocer tan bien, y que de golpe se larga a los caminos, permanece tenazmente célibe, habla de Dios y, para colmo de males, no tiene ni un ápice de temor ni de vergüenza en enfrentar a la ortodoxia religiosa que comienza a proyectar una sombra ominosa sobre su existencia, y que se consumará en las horas de la Pasión.

Lo creen exaltado, enajenado, por ello lo buscan.
Pero es la locura del Evangelio, que no puede contenerse ni acallarse, mansa locura de Buenas Noticias, de Salvación, de un Dios enamorado de su Creación.

Paz y Bien


Un pueblo nuevo



Para el día de hoy (23/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 13-19


El proyecto de Dios nunca se detiene.
Desde una mirada de fé, podemos afirmar sin vacilaciones que hemos recorrido un largo camino desde las tiendas en el desierto del viejo pastor de Ur.

Una amorosa promesa de amor, que es rescate y liberación es entretejida por Dios en la historia. Un pueblo nacido en tribus esclavas, peregrino hacia tierras nuevas, es portador de esa promesa, a pesar de sus quebrantos, aún con sus infidelidades.
Porque ese Dios es un Dios de una fidelidad infinita e inquebrantable. Es el Dios de una alianza que perdurará por los siglos, alianza que lo une para siempre con los suyos, alianza que también es símbolo de sus esponsales con la humanidad.

Ese pueblo elegido y bendito madura y al tiempo propicio de los frutos cosecha al Salvador.

El Cristo de la Encarnación, Dios con nosotros, inaugura un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, y funda un pueblo nuevo que no estará definido por la raza, por la cultura, por las banderas o ideologías. 
Se trata de un pueblo que se afirma y establece a partir de vínculos trascendentes de caridad y fraternidad, pero por sobre todas las cosas, por su unión a Cristo, pueblo que es familia como el mismo Dios.

Las grandes cosas, los grandes aconteceres en el tiempo de la Gracia comienza con humilde pujanza, con la fuerza silenciosa de una mínima semilla. 
Así este pueblo se edifica a partir de unos pocos hombres elegidos por el Maestro, que serán enviados con una misión asombrosa, pero que ante todo son precisamente eso, elegidos por Él, sus amigos, sus hermanos.

El pueblo nuevo crece y se edifica, árbol santo que ha de dar frutos, árbol firme que nunca perecerá pues su savia es el Espíritu Santo, pueblo nuevo que camina hacia todos los encuentros, Iglesia y comunión.

Paz y Bien


Alfarero del hombre



Alfarero del hombre, mano trabajadora
que, de los hondos limos iniciales,
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto, los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,
de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;
tus manos son recientes en la rosa;
se espesa la abundancia del mundo a mediodía,
y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro
ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro
Tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte
dejar tanta hermosura en tanta guerra!
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra.

Amén.

Himno de Laudes

Desde las orillas




Para el día de hoy (22/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 7-12





Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo -judío hasta los huesos como sus padres-, y por ello es dable presuponer que su predicación y su ministerio se encamine con razonable preferencia hacia los suyos, hacia el pueblo de Israel en rotunda exclusividad justificada por toda una historia nacional.

Pero la fama del Maestro se extendía con inusitada rapidez, y lo buscaban no sólo sus paisanos galileos, sino también los más tradicionalistas y ortodoxos de Judea y de la misma Jerusalem del Templo. Sin embargo, trasciende fronteras y por entre las multitudes que lo requieren se pueden identificar también gentes de Idumea o Edom, de Transjordania, de Tiro y Sidón, todos territorios rebosantes de gentiles y extranjeros, símbolo de la catolicidad/universalidad de la Buena Noticia, que no se deja encerrar ni se acota a nada. Ni a nadie. 
El Evangelio es Buena Noticia para todas las naciones.

Tal como lo expresa la lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy, Jesús debe dirigirse a espacios abiertos, espacios públicos, pues ha sido excomulgado de las sinagogas por la furia de los dirigentes religiosos que le consideran un blasfemo que quebranta el Shabbat y se arroga cuestiones que ellos consideran exclusivas de Dios.
Pero el Maestro no se detiene. Tiene una misión y, fiel hasta el fin, asumirá todas las consecuencias que esa fidelidad absoluta le atraigan sobre su persona.

Aún así, esa multitud expectante está atraída en gran parte por la fama de ese joven rabbí galileo. Unos, por los signos de sanación, por lo que lo identifican como un milagroso taumaturgo. Otros, encendidas sus pasiones nacionalistas, creen que es un Mesías que liberará a Israel y restaurará la dinastía davídica aplastando militarmente a sus enemigos, todas imágenes desdibujadas, un Cristo a la medida de las necesidades de cada uno. Esa fama es peligrosa pues es nociva para los corazones.
Por eso el Maestro se aparta de ese abrazo peligroso que en realidad amenaza con aplastar su ministerio antes que a su propio cuerpo.

Pero el Señor no ceja ni se resigna ni huye. Así, se sube a una barca y desde la orilla, a una cierta distancia, continúa enseñando a las gentes. A pesar de sus errores, no abandona a las gentes a su suerte.

Así es nuestra existencia. Nos solemos sumergir en caricaturas convenientes de un dios con minúsculas, arremetiendo contra todo lo que no se condice con nuestras expectativas.
Pero Cristo anda por nuestras orillas, paciente y compañero, esperando que madure en nosotros las ganas de hacerle espacio a la Gracia de Dios, las puertas abiertas a la Salvación.

Paz y Bien 


El hombre de la mano paralizada




Para el día de hoy (21/01/15) 

Evangelio según San Marcos 3, 1-6



Un hombre con una mano reseca, paralizada -especialmente en la Palestina del siglo I- tiene serios inconvenientes. Está incapacitado para el trabajo, el que en ese tiempo es casi en su totalidad manual, y por ello no puede ganarse el sustento; así, el fantasma ominoso del hambre y la miseria lo acosan a él y a su familia.
Un hombre con ese problema tampoco podrá comunicarse bien, pues tendrá menoscabada su capacidad afectiva, pues no podrá acariciar a sus hijos, abrazar, estrechar esa mano en honesta confianza. Si nos vamos a otro extremo, tampoco podrá defenderse frente a una agresión violenta.

Pero en los estrechos y severos criterios de ese tiempo, un hombre con una mano paralizada es también un hombre impedido de participar de toda celebración religiosa de su comunidad: su enfermedad -toda enfermedad- lo encasilla y excluye como impuro. La atrofia de su extremidad, antes que una cuestión médica, es la consecuencia directa de un pecado propio o de los padres, justo castigo de un Dios vengativo.

Escribas y fariseos tenían criterios exegéticos que fundamentaban esa conducta, que a su vez tenía su correlato en la observancia del Shabbat: si existiera la posibilidad de aliviar o sanar ese padecer, por ningún motivo debía realizarse en ocasión de las restricciones propias del sábado. 
Ello entraba en conflicto flagrante con el anuncio de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth, que sin ambages proclamaba que el sábado es para el hombre, y por ello jamás debe ser causa de opresión. Ese día, día del Señor, ha de ser una bendición, ámbito para el reencuentro con Dios, el descanso y el restablecimiento de los vínculos familiares: cuando se antepone una norma establecida como fin en sí misma por delante, inclusive, del Dios que le confiere sentido, sólo campean tinieblas inhumanas.

Por eso el Maestro hace pasar a un hombre con esa dolencia al frente, y lo ubica en medio de las gentes congregadas para el culto en la sinagoga. Los dolientes, los que sufren y muy especialmente los excluidos han de estar en el centro de la comunidad. 
En el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo de mesa grande de hermanos convidados a un ágape bondadoso y eterno por ese Dios que es Padre y Madre, nadie ha de faltar. Por ningún motivo y sin excusas.

Esos fariseos y esos herodianos que se enfurecen con Cristo traen una gravosa carga simbólica.
Ese hombre tiene su mano impedida. Esos hombres tienen paralizado el corazón.

Paz y Bien

Profundamente humano




Para el día de hoy (20/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 23-28



Desde una perspectiva fenomenológica, la fé cristiana es secular y extrañamente profana pues no se condice con los parámetros usuales de divinidad, de escisión de lo sagrado, de alteridad absoluta.

La clave es el misterio de la encarnación de Dios, un Dios que se hace humano en Cristo -el más humano de todos- que se hace finito, que se hace tiempo, que se hace historia para que la historia se transforme, fermente y florezca.
El Dios de Jesús de Nazareth es el Totalmente Otro que se encuentra muy cerca, y que no es uno habita en un cielo inaccesible y desde allí aplica parámetros de subordinación, de obediencia militarizada, Dios de premios y castigos.

La discusión con los fariseos plantea un abismo infranqueable. Ellos todo lo subordinan a una casuística establecida a partir de parámetros que deificaron y que anteponen a la misma Palabra, un fundamentalismo tan proclive a detectar malos e impuros, a señalar con fluidez prohibiciones y a separar a muchos mediante yugos agobiantes, todo en nombre de Dios.

Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, sabe que cada mujer y cada hombre es un templo viviente del Dios de la vida. Que en cada hombre y en cada mujer resplandece el rostro de Dios, y hay  que saber mirar y, especialmente, tener el deseo de ver, con una persistente hambre de verdad.

Ese corazón sagrado en llamas por el Espíritu que lo anima no puede abdicar de las necesidades humanas, ni subordinarlas a la observancia de normas, por importantes que ellas fueran.
Es claro que no es una mera cuestión material o biológica: es el paso mayor de una razón que deviene en co-razón, que se conmueve frente a la necesidad, a las ausencias, a las injusticias, a los sábados impuestos que han dejado de ser santos y restauradores de almas y familias para convertirse en carga de rictus amargo y gravamen intolerable.

Porque en verdad nos aferramos a esos sábados que hemos inventado, y soltamos la mano bondadosa que Dios, a cada paso y cada momento nos tiende.

Paz y Bien
 

Esponsales de Dios





Para el día de hoy (19/01/15) 

Evangelio según San Marcos 2, 18-22




Los fariseos son considerados como el epítome de la negatividad, de la enemistad flagrante con Cristo, todo lo reprobable religiosamente, al punto de elevar el sustantivo fariseo como adjetivo descalificativo por autonomasia. 
Pero en realidad, los fariseos eran hombres profundamente religiosos. Ellos eran muy piadosos y, a su vez, estudiaban profusamente la Torah, la Palabra de Dios, en su idea de permanecer fieles y puros ante su Dios. 
Dos cuestiones fundaban su espiritualidad: por un lado, una lectura literal de la Palabra, en desmedro de todo nivel de profundidad y significado, olvidando quizás a Aquél que la inspira y dá sentido. Y la literalidad es madre de todos los fundamentalismos, que necesariamente son exclusivistas y violentos con el distinto o disidente. Por otro lado, se afirmaban en una religiosidad retributiva, es decir, una religiosidad que obtendría los favores divinos mediante la acumulación de acciones piadosas y cumplimientos preceptuales.
El término fariseo significa separado -perusim-, y ése, probablemente, sea su color distintivo: se suponían separados de los demás por criterios de pureza y rigurosidad ortodoxa; en ese talante, no hay espacios para la Gracia de Dios. Ni tampoco para el prójimo.

En cierto modo, los discípulos del Bautista compartían varios de esos criterios que implicaban también un Dios del toma y daca, un Dios vengativo y castigador, una fé de rostro amargo y severo, una vida que debe purificarse mediante el esfuerzo ingente del ritual prescrito, del ayuno que doblegue al cuerpo, de ciertas ofrendas que convenzan a ese Dios tan lejano.

Por todo ello, la incomprensión y el reclamo frente a la aparente dejadez de los discípulos de Jesús de Nazareth frente al ayuno. Ellos no lo desprecian: por el contrario, cuando el ayuno se hace ofrenda, es una acción de piedad inigualable, pues está fecundada por la Gracia.
Ellos viven en un tiempo distinto, en el tiempo mesiánico, el tiempo de los esponsales de Dios con la humanidad. Los esponsales refieren al amor que confiere el sentido último a toda existencia, la donación sin reservas de todo el ser, y en el tiempo inaugurado por Cristo se revela el rostro de un Dios que se ofrece sin límites para la salvación de la humanidad.
En estos esponsales, el novio es Cristo, y por ello los suyos celebrarán siempre estos amores, promesas que invariablemente se han de cumplir, fidelidades hasta el fin.

A pesar de los dolores, a pesar de las propias miserias y pecados, nuestra vida ha de ser una celebración constante de ese Dios con nosotros que nada ha reservado, que se ha brindado en su totalidad para la plenitud de todas sus hijas e hijos.

Paz y Bien
 

El lugar donde vives




Para el día de hoy (18/01/15) 

Evangelio según San Juan 1, 35-42




La clave de todo es el Cordero de Dios. 

Cordero Pascual, Cordero perfecto para celebrar la liberación y la vida. Pero también Cordero Servidor sufriente, que se ofrece como víctima propiciatoria para el perdón de los pecados, Cordero manso y sin mancha que a pesar de la cruz triunfará sobre la muerte a pura vida. Cordero dado por Dios para la salvación del pueblo.
El joven galileo que pasa, para asombro de muchos, es reconocido por el Bautista como Cordero de Dios: sólo Juan lo reconoce entre la multitud, sólo Juan se reconoce mínimo frente a su persona, y por esa humillación Juan es tan grande.
Es la misma humildad que desoye cualquier tentación de poder, de edificar imperios, sus discípulos no le son de su propiedad, han de seguir al Cristo que pasa, y así es el ejemplo perfecto del servidor de Dios que no requiere nada para sí, que todo lo encamina hacia la verdad.

Hay un detalle sorprendente: en el colegio apostólico, en la comunidad naciente de los Doce hay discípulos que también han sido discípulos del Bautista, hombres acostumbrados a tener un maestro que los vaya formando, un sitio donde reunirse, unas características propias que los identifican.
Es también distingo de la unida diversidad de los discípulos: hay pescadores galileos, hay publicanos, hay celosos zelotes, discípulos del Bautista, cuerpo vivo multicelular que es congregado con cordial firmeza por el Cristo que los congrega. Porque si Cristo no es el centro de todos ellos y de todos nosotros, comienzan a aflorar los intereses parciales, mezquinos y particulares.

Uno de los discípulos joánicos es Andrés, no se demora en contarle a su hermano Simón lo que le ha sucedido, a quien ha conocido. Nada menos que al Mesías. El testimonio a menudo tiene pequeñísimos pasos de gorrión, pero provoca movimientos que por nada ni nadie han de detenerse.

Los discípulos que pasan del Bautista a Cristo quieren saber el lugar donde vive Jesús de Nazareth, donde enseña, cual es el lugar en donde se forman lo suyos.
La invitación es inequívoca: se trata de ir con Él, de caminar sus caminos, de vivir con Él, de amar como Él, de hacer huella en su compañía. Su lugar es el camino, porque Él mismo es camino, verdad y vida.

El encuentro con el Cordero de Dios tiene un carácter definitivo, tan fundante que hasta hay un nuevo nombre para una nueva vida. 
Cefas y Cristo se encuentran, y producto de ese encuentro Cefas pasará a llamarse Pedro, nombre que revela identidad y misión.

Seguir al Cordero es atreverse a reconocer al Salvador que se nos acerca por entre la multitud, y compartir su vida, aún cuando ello implique persecuciones y cruz. El Cordero de Dios prevalece más allá de toda muerte.

Paz y Bien



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