Cristo venció a la muerte, Cristo resucitó, Aleluya!





















Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (12/04/20):  
Evangelio según San Juan 20, 1-9








María Magdalena se encamina hacia el sepulcro al alba, cuando aún afirma su fuerza la noche pero, sin embargo, se intuye muy cercano el amanecer. Esa oscuridad refiere a la hora del día y refleja a su vez las sombras que pueblan el alma de María.

Pero a pesar de sus sombras, el amor que profesa es un amor que no se rinde, que no se resigna, que es augurio de que hay otro horizonte posible aunque la razón y los sentidos le indiquen lo contrario.

Probablemente, una lectura lineal nos señale que recién a esa hora se puede visitar la tumba del Maestro Amado, pues las rígidas prescripciones del Shabbat lo impedirían con anterioridad. Pero es menester mirar mas allá de lo evidente. Se trata del primer día de la semana pues una nueva creación acontece, un nuevo éxodo de liberación que no es tránsito sino que se revelará definitivo.

La enorme piedra del sepulcro está corrida, pero no se ha movido para permitir posibles salidas desde su interior; en realidad, es signo y presagio para las almas dolientes que se acercan a esa casa inútil de la muerte.

María de Magdala se horroriza, pues supone que ha sucedido al fin una afrenta postrera por parte de los odiadores religiosos, y es el hurto del cuerpo de Jesús, con el ánimo de borrar de la faz de la tierra todo recuerdo del Maestro, y también evitar que el sitio se convierta en un peligroso sitio de peregrinación para sus seguidores. Es una suposición justificada y razonable, más ella sigue pensando en el Maestro muerto. Aún la Resurrección no ha madurado en su alma, pero igualmente no se queda quieta en sus lamentos, y corre presurosa en búsqueda de Pedro y del Discípulo Amado.

El encuentro no puede ser más desparejo ni más disímil: un discípulo de talante místico, el bueno y voluble Pedro, tan dado a los arrebatos y con una misión tan grande, y la Magdalena, sólo una mujer que casi no tiene derechos ni relevancia. Aún así, con todas esas tonalidades tan particulares que hasta parecen contrastes insalvables, allí hay una comunidad, allí está la Iglesia, y la clave es que todos ellos -todos nosotros- somos amados incondicionalmente y para siempre por Dios, y que los congrega el Resucitado.

Pedro y el Discípulo Amado corren con las prisas de la caridad y la urgencia de la fé; es el segundo el que llega primero, porque no hay distancia que limite o retrase a los que aman. Pero es Pedro el que ingresa al sepulcro, pues deberá confirmar a sus hermanos, que no están presentes, en esa fé en el Cristo que ha regresado de la muerte.

Las vendas están en el suelo, el sudario enrollado con cuidado en otra parte, mortajas inútiles para una muerte que no perdura, ni hay un muerto al que cubrir. Son signos ciertos de que el cuerpo estuvo allí, de que el cuerpo no ha sido robado -el cuidado del sudario depositado lo revela- y trascienden la muerte misma. Poco tiempo atrás, cuando un Lázaro redivivo salía de su tumba, debió ser liberado de vendas y sudario para reasumir su vida normal: Cristo emigra del vientre de la tierra desatado, señal de libertad absoluta, de independencia vital, del Dios Viviente al que no condiciona ninguna atadura.
Ellos ven y creen, y para arribar al puerto de la Resurrección aún deberán navegar un trecho más: todo tiene su tiempo, su proceso, su germinación, don y misterio de la fé.

El éxodo definitivo es esa tumba vacía, señal exacta de que hemos sido liberados de la muerte, Cristo vivo entre nosotros, todas las promesas cumplidas, todas las esperanzas encendidas para siempre.

Muy Feliz Pascua de Resurrección.

Paz y Bien

0 comentarios:

Publicar un comentario

ir arriba