Mesa de Cristo, hospitalidad amplia y cordial
















Para el día de hoy (19/09/19) 

Evangelio según San Lucas 7, 36-50









Como en muchas culturas, la comida no es el mero acto de alimentarse sino que conforma una ceremonia compleja y de gran relevancia social, con una carga simbólica que no ha de ser pasada por alto; en una mesa se comparte lo que se es y también cómo se es con los demás.

Ahora bien, en la Palestina del siglo I -época de la predicación de Jesús de Nazareth- ciertos aspectos estaban particularmente acentuados, y evocan con exactitud el mapa social instaurado. Por eso la reciprocidad, es decir las invitaciones a otros a la propia mesa, se sustanciaría entre pares, entre iguales; en las mesas de las clases sociales pudientes no habría invitados de rango social inferior, pues ello restaría ante sus iguales relevancia y por lo tanto poder y negocios.

Así también sucedía algo similar en la mesa de los religiosos, entre ellos especialmente los fariseos. El término fariseo significa, literalmente, separado: en su rigurosa y particular observancia de los preceptos religiosos se consideraban a sí mismos separados tanto de los gentiles/no judíos como así también de aquellos judíos que no observaban la Torah estrictamente. Su influencia era determinante, toda vez que se los consideraban los intérpretes veraces de la doctrina judía, es decir, ellos representaban la ortodoxia y la permanencia de las tradiciones.
Ellos no tenían un gran poder económico; no obstante ello, detentaban un gran prestigio entre toda la sociedad, y simultáneamente se consideraban a sí mismos en el escalón más alto de la honorabilidad. Por ello, no cualquiera se sentaría a su mesa.

La escena que nos pincela el Evangelio para el día de hoy en casa de Simón, un relevante fariseo, no es tan contradictoria como puede aparecer a simple vista. Uno puede suponer que por las críticas feroces que encarrilaban los fariseos contra el Maestro, jamás -por ningún motivo- quebrantarían esos aspectos excluyentes de mesa compartida con un réprobo como Jesús de Nazareth. A pesar de ello, por gran parte de la población Jesús era tenido por rabbí y por profeta, y como hombre religioso, de alguna manera, su presencia confería cierto prestigio a la mesa de Simón. Hay una pauta interesada allí, y aún así prevalecen los prejuicios: por eso mismo, las reglas de hospitalidad usuales en ese tipo de mesa se incumplen al modo de un sutil insulto: no se lavan los pies del recién llegado, no se besan sus mejillas como bienvenida formal, no se ungen sus cabellos con perfume para destacar su honor e importancia.

La irrupción de una mujer en la formalidad de esa mesa es como un vendaval. No se menciona su nombre, pero sí que es una pecadora: ello define un repudio incipiente, y más allá de cual fuera el motivo del epíteto, es claro que sus pecados son de conocimiento público -de allí quizás, el cruel sambenito de mujer pública-. En las mentes más obtusas, se la asocia rápidamente con la prostitución, y ello tiene que ver con cierta misoginia persistente. Pero lo que realiza es aún mucho peor.
Tiene el coraje de entrometerse en donde no le corresponde ni donde jamás se le invitaría. Es una mesa de varones, y de varones portadores de honor y prestigio. Se sitúa específicamente tras del Maestro, al modo de los esclavos o sirvientes, y mientras llora sin parar, lava y besa a la vez los pies de Jesús, los seca con sus cabellos y los unge con perfume. Ninguna mujer en aquellos tiempos soltaría sus cabellos en presencia de cualquier varón que no sea su esposo, y ello la vuelve aún más reprochable, más sospechosa.

Toda esta actitud se transfiere también a Cristo, pues Él permite ser tocado por esa mujer, de esa manera, y en ese momento y lugar. Ese es el escándalo que aterroriza cizañero el corazón de Simón el fariseo.

Pero al Maestro jamás se preocupó por el qué dirán, y le restaba importancia a todas esas convenciones que, aunque tradicionales, deshumanizaban a las personas.
Esa mujer sabe que en el Cristo se encuentra la liberación que se logra por el perdón otorgado generosamente, de manera incondicional y abundante. Sus lágrimas lavan cualquier mancha, y en su humildad y en el amor que profesa está presente, de manera valiente y explícita, la hospitalidad que el anfitrión le niega a Jesús.
Esa mujer, por la talla de la verdad que se permite, por la misericordia de Dios y por el amor que respira es mucho más honorable que multitudes enteras.

Porque en el tiempo nuevo de la Gracia la mesa compartida es también una mesa de pares, pero de pares porque son hermanos, hijas e hijos maravillosamente dispares de un mismo Dios que es Padre y es Madre. No es una mesa restricta, sino que es amplia, en donde nadie, por ningún motivo ha de faltar, y en donde importa más celebrar la vida que guardar ciertas formas sin sentido.

Paz y Bien

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