24 de marzo, el mismo odio, la misma Patria, la única luz

Para muchos de nosotros al sur de estas tierras latinoamericanas, el día 24 de marzo tiene un significado muy especial y es un decidido llamado a la memoria y a la reflexión.
Es que un 24 de marzo de 1976, ya inmersos en un torbellino de violencia fratricida, hubo algunos que decidieron erigirse en salvadores de la nación, genuinos defensores de un pretenso mundo occidental y cristiano y desde el mismo Estado brindaron una prolífica y planificada dispensa de violencia, de torturas, de terror, de robo de identidad, de niños tomados como trofeos de guerra.

Ellos ejercían ese poder omnímodo que supone eliminar y suprimir -desaparecer- a quien no piensa como ellos, al que se opone a sus dictados aún cuando sea desde la mansedumbre del Evangelio.
Es que vivir con fidelidad y de acuerdo a la Buena Noticia es volverse para estas gentes peligrosamente subversivo.

Estas supuestas virtudes de odio e intolerancia no han sido exclusivas de esta Argentina que nos cobija. Ha sido una estrategia mortal cuidadosamente planificada en estas tierras latinoamericanas que tanto amamos y que, a menudo, tanto nos duelen.

Otro 24 de marzo, pero de 1980, otros personeros del mismo odio pretendieron acallar la verdad y suprimir la justicia arrebatando con sus armas la vida de nuestro hermano Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador.
En su voz vibraba el deseo eterno de liberación de ese Dios que nos ama sin límites, Padre de la plenitud y la vida que reconoce a los suyos cuando se auxilia al caído, cuando se sacia el hambre, cuando se visita al enfermo, cuando los pobres recuperan palabra y derechos.

Pero es claro que la verdad y el compromiso del Padre Obispo Romero -San Romero de América para nuestros pueblos- implicaba una amenaza grave para los poderosos e intolerantes de siempre, los mismos que hoy -con otros modos- hambrean a millones, los que ejercen la torpe y peligrosa violencia armada del imperialismo, los que reniegan de sus hermanos excluidos.

Debería ser un día luctuoso, de rictus amargo y duelo.
Pero esa luz que se ha encendido en nuestra hermana El Salvador no se apagará jamas, iluminando con el amor de la ofrenda a todos estos pueblos al sur del Río Bravo y a toda la Iglesia.
Muchas hermanas y hermanos nuestros han ofrecido sus vidas en el martirio, y otros tantos se sacrifican a diario en humildad y silencio, al servicio de los más pobres y pequeños.

Esa luz nunca se apagará, es el signo cierto de Dios con nosotros.

Paz y Bien


2 comentarios:

E. Baregó dijo...

Gracias por traer a su blog el testimonio de tan laudable obispo de nuestra Iglesia. Monseñor Romero fue matado, pero su espíritu de justicia y amor a los pobres sigue más vivo desde aquel día.

Ricardo Guillermo Rosano dijo...

Querido hermano, que el testimonio de estas luces nuestras como son el padre obispo Romero y tantos otros hermanas y hermanos, señales que viven para siempre, testigos fieles del Resucitado.
Un abrazo grande y una Feliz Pascua de Resurrección
Paz y Bien
Ricardo

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