En Cristo, Dios se revela en toda su plenitud
















Para el día de hoy (05/04/19):  

Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30








A pocos días del Viernes Santo y con la cruz en ciernes, la lectura de este día parece palpitar peligro y nos predispone a la Pasión que acontecerá en breve.

Jesús de Nazareth quería quedarse en la relativa seguridad de Galilea, pues en Judea lo estaban buscando con la abierta intención de matarlo, la supresión del profeta, la violencia como solución religiosa y política. Una orden de arresto se había emitido en su contra.
El Maestro trata de eludir el arresto, pues no es su hora: la Pasión será entera consecuencia de su entrega plena y libre antes que de la eficacia de sus enemigos.

Por aquel entonces se celebraba Sukkot, la Fiesta de los Tabernáculos, una de las festividades más importantes de la nación judía junto a Seder Pesaj -Pascua- y Yom Kippur -Día del Perdón-. Sukkot, también conocida como fiesta de las chozas o tiendas, poseía una doble vertiente, el memorial de los años de liberación en el desierto, y también como fiesta de vendimia y cosechas. Ningún varón judío que se preciara de tal evitaría la celebración, y Jesús de Nazareth, fiel hijo de su pueblo y de las tradiciones de sus mayores, ingresa a la Ciudad Santa de manera anónima, casi clandestina.

Extraños vaivenes y contrapuntos. El Santo de Dios llega a Jerusalem como un proscrito que es necesario evitar, un Mesías incómodo y peligroso. Y está allí, en fiesta de cosechas, Aquél que ratifica con su sangre que es menester que el grano de trigo caiga en tierra y fructifique, en la inmensa vendimia de su sangre.

Aún así, con esa confidencialidad, no pasa inadvertido, y los jerosolimitanos creen reconocerle. Por supuesto, aplican preconceptos y prejuicios y sólo esbozan una caricatura banal.
Cuando a Cristo no se lo contempla con los ojos de la fé no se le reconoce, y sólo podrá observarse un reflejo que se acomode a ciertos narcisismos y necesidades individuales.

En el rostro del Señor descubrimos al Padre que lo ha enviado. En Él Dios se revela en plenitud.

Paz y Bien

Cuaresma: tiempo de recuperar la capacidad de asombro















Para el día de hoy (04/04/18):  

Evangelio según San Juan 5, 31-47










Jesús de Nazareth se encontraba en plena discusión con esos hombres que lo despreciaban y condenaban por blasfemo, por diabólico y por lo que se les ocurriera. Estaban tan enceguecidos que hiciera lo que hiciera o sea lo que pronunciase, su veredicto sería siempre el mismo.


El problema es que se trata de fanáticos, y los fanáticos no toleran a nada ni a nadie que no pase por el tamiz de sus estrechos esquemas. En este caso, uno de los peores fanatismos, el fundamentalismo religioso que se vuelve capaz de la violencia más brutal en nombre de Dios.


Esos hombres que cuestionaban con odio encendido al Maestro son muy devotos y piadosos. Sin embargo, esa piedad es errónea y falaz, y es consecuencia en gran parte de una lectura literal de las Escrituras, a las que añaden sus propios preconceptos, los que adquieren un status dogmático de cumplimiento estricto.

Ello deviene en una religión que oprime, que subordina las existencias a las normas y nó a la inversa, que traza una línea divisoria entre unos pocos puntillosos y el resto que bien  puede execrarse con fervoroso desprecio. Brutos que hieren y matan concienzudamente en nombre de Dios, como si Dios necesitara que lo defendieran, que se esgrimiera poder en su nombre. Nada más lejos del Cristo humilde y servidor.


Todo ello fué, es y será ajeno a la Buena Noticia de Cristo, pues todo sábado ha de ser para bien del hombre y nó a la inversa, y se trata de que siempre se acreciente el nosotros en fidelidad a ese Dios que es familia.


A pesar de que todo asoma como esfuerzo vano, Jesús insiste con la misma tozudez asombrosa que Dios tiene para con cada uno de nosotros y nuestra carga de miserias y pecados. Nadie -ni uno solo- ha de perderse, y por ello sus ganas de hacerles asomarse a la verdad que es liberación.


No hace apología personal: más bien se refiere a aquellos testimonios que refrendan su vida y su ministerio.


La clave está en sus obras, señales y signos de Dios mismo. Él vive y actúa de tal modo que todo lo que hace lo puede realizar porque lo suyo viene de Dios. No hay demasiada teología, ni biblismo, ni razones religiosas.

Es la evidencia que surge de la existencia misma. Un Dios fiel que acompaña a la humanidad a través de toda la historia, a pesar de los quebrantos, a pesar de las miserias, a pesar de las traiciones, un Dios que sale al encuentro de los caídos, que busca a los extraviados, que celebra los regresos, un Dios que nos hermana en el Cristo que nace de una Virgen nazarena.


Esas señales persisten, y nos llegan a través de la Madre y de los hermanos de Cristo, de todos aquellos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Por eso Cuaresma también es recuperar la capacidad de volver a abrir los ojos asombrados frente a tantos testimonios incuestionables de que Dios está con nosotros, y que jamás nos deja solos y a oscuras. Dios fiel.


Paz y Bien

Dios es Jesús y Jesús es Dios
















Para el día de hoy (03/04/19):  

Evangelio según San Juan 5, 17-30







A veces es necesario volver y repetirnos ciertas cuestiones puntuales, para que se despeje cualquier atisbo turbio: cuando los Evangelios mencionan a los judíos, no se refieren a todos los creyentes de la fé de Israel, sino más bien a la dirigencia religiosa del tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, en su violenta oposición a la novedad de la Buena Noticia y del mismo Cristo. Es imprescindible despejar todo brote de antisemitismo, aún cuando pretenda razonarse, pues nada tiene que ver con el maestro, es ajeno a su enseñanza y su mensaje liberador.

Ahora bien, la escena que nos brinda la lectura del día muestra un nivel creciente de enfrentamiento entre esa dirigencia religiosa y el Maestro, una violencia que es cada vez más abierta y furiosa, y que desembocará en los terribles días de la Pasión.
Uno de los detonantes lo podemos encontrar en la lectura del día de ayer: Jesús había osado curar un enfermo en pleno Sábado, en franca infracción a las estrictas prohibiciones del Shabbat. En su crítica feroz, es dable suponer que hay un cierto tono prejuicioso social, pues al fin y al cabo se trataba de un pretendido rabbí de aldea ignota, Nazareth, de la más periférica Galilea, un campesino sin estudios ni pergaminos de antecedentes magistrales o académicos, un don nadie que se atreve a afirmar que Dios es su Padre, un Padre que no descansa jamás en procurar el bien para todas sus criaturas, para todos sus hijos, un Dios que nada se reserva para sí sino que todo lo brinda, un Dios sin sábados ni feriados ni vacaciones.

Entre esos hombres y el Maestro había un abismo insalvable: ellos absolutizaban la Ley, considerándola expresión máxima de la voluntad de Dios, y por tanto rígida e inamovible hasta en los menores detalles.
Para Jesús, la Ley debe observarse pero en su plenitud, es decir, como bendición, como regalo para la humanidad, en la búsqueda del bien, la convivencia, la libertad, todos frutos del amor de Dios. Por ello, cuando la estricta observancia de la Ley produce rictus amargo y una esclavitud encubierta, la Ley se pervierte y se desvía de su sentido primero: esa cuestión implicará, para esos hombres tan severos, que el Maestro es un infractor deleznable y un blasfemo que se equipara a Dios, por lo cual merece la muerte, la ejecución.

La revelación que Cristo tiene profundas implicaciones cristológicas y eclesiales.
Al manifestarse como Hijo de su Padre, tácitamente expresa que Jesús es Dios y Dios es Jesús. Que ese Cristo es el amor mayor del Padre a quien se le ha confiado la salvación de la humanidad. Que Dios no es un juez severo que hace las veces de verdugo eficaz, sino que ante todo es el Padre que siempre está desviviéndose por la felicidad de sus hijas e hijos. Que el juicio final ya está aconteciendo, que somos nosotros -desde la libertad que se nos ha concedido- quienes nos decidimos por senderos de luz o por las tinieblas.

Y muy especialmente, que la creación es un infinito acto de amor que prosigue a través de los tiempos, re-creando a una humanidad que gusta de sumergirse en las aguas turbias del pecado, en los fangales de la muerte, allí en donde la compasión y la misericordia han sido expulsadas.

Cristo, Señor de la historia y su Iglesia, son testigos de ese amor constante y creador de Dios.

Paz y Bien


Cristo levanta la humanidad caída y descartada
















Para el día de hoy (02/04/19):  

Evangelio según San Juan 5, 1-3a. 5-18










La escena nos sitúa en Jerusalem, en las cercanías del Templo, en una fiesta que no se detalla pero que parece tener su importancia para la nación judía. El lugar es la piscina de Betsata o Bethesda, que formaba parte de un sistema de cisternas que proveía miles de litros de agua necesarios para realizar las abluciones rituales y las purificaciones de precepto que se realizaban de continuo en el Templo.
Betsata, que como nos señala el Evangelista se encontraba junto a la Puerta de las Ovejas, se utilizaba puntualmente para lavar todo el ganado ovino, ovejas y corderos, que serían sacrificados luego en el altar. En gran parte por esa causa, por la cercanía a lo sagrado, se le adjudicaba a las aguas de Betsata propiedades milagrosas y curativas, y así solían llevar allí a los enfermos en busca de salud.

Betsata estaba muy cerca del Templo y de las escalinatas en donde los rabinos impartían conocimientos de la Torah a sus discípulos, y por ello la escena es sobrecogedora: las inmediaciones de la piscina parecen un hospital de guerra, una sala de emergencias con sus enfermos tirados en el suelo, mientras que a unos pasos de allí -como si nada pasara- se enseña la Palabra de Dios.

La escena es demasiado habitual, el acostumbrarse al dolor sin misericordia, el razonar sufrimientos, el mirar para otro lado religiosamente, erudición teológica que parece haber desalojado la misericordia.

El agua de las tinajas de Caná, el agua del pozo de Jacob, el agua de Bethesda ya no sirven, devienen estériles, no sanan ni purifican, y las gentes languidecen sin solución.
Ese hombre estuvo treinta y ocho años tirado allí, sin auxilio. Treinta y ocho años era, en ese tiempo, la expectativa promedio de vida, por lo que ese hombre paralizado es la humanidad que transcurre su existencia postrada por el pecado y agobiada por la muerte. La Ley sólo alcanza a señalarle la culpa que se porta como un gravamen ineludible, pero no trae respuestas, sólo más cargas a las cruces impuestas.

Pero pasa el Señor, que ha venido a levantar a esta humanidad caída y doblegada en sus miserias, estos dolientes que somos por las miserias que nos aíslan.
Ya no es cosa de objetos o sitios, sino de una persona, la persona de Cristo del cual brota un manantial de agua vida, Gracia y misericordia, el perdón que nos restablece, el amor de Dios que nos re-crea y nos pone de pié, un Dios tan cercano como un Padre que se llega allí donde solemos plegarnos a esos dolores que nos parecen interminables.
Sólo Cristo es eterno, sólo el amor es definitivo.

Paz y Bien

La vida se comunica a través de la Palabra de Cristo


















Para el día de hoy (01/04/19):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54







La liturgia del día nos presenta una lectura en donde, además del Maestro, podemos reconocer como protagonista a un funcionario real; la precisión del dato que realiza el Evangelista ha de bastar para llamarnos la atención e ir más allá de la simple letra.

A diferencia de los habituales encuentros con fariseos y escribas, el funcionario pertenece a la estructura de gobierno del tetrarca Herodes Antipas. Se trata de un hombre que ejerce autoridad sin cuestionamientos, un hombre del poder político, y ello sobresale en el modo en que suplica la intervención del Maestro para salvar a su hijo gravemente enfermo.

Es un hombre del poder que sólo comprende la realidad desde ese poder que ejerce, y por eso supone que Jesús de Nazareth en persona, taumaturgo poderoso, debe apersonarse hasta su casa en Cafarnaúm en un despliegue evidente y portentoso de fuerza.
El poder comprendido así no tiene nada que ver con Cristo, y el problema supera por lejos al funcionario real. Es menester convertirse a un Dios que es Padre, que ama con un amor tenaz y silencioso, un amor eficaz, un amor que se expresa en la Palabra sanadora de Jesús de Nazareth.

El Maestro no necesita bajar a Cafarnaúm. La vida se comunica a través de su Palabra, y todo es posible confiando y escuchando atentamente esa Palabra.

El funcionario real, ese mismo que se había descubierto inútil preservando la vida de su hijo que ahora parece escaparse, reniega de esas voluntades de poder y emprende un éxodo liberador hacia la persona del Señor, paso primordial de la fé. Así, confía en su Palabra y se pone en camino, metanoia de una existencia que se expande en la existencia restaurada del vástago de sus amores, el hijo por el que la vida se reafirma.
Ha dejado de ser un esclavo del poder para vivir en la libertad de los hombres de fé, descubriéndose él mismo como hijo querido de ese Dios que se manifiesta pleno en Cristo.

El Evangelista San Juan no utiliza el término milagros sino que se vale de signos, y es por ello que la sanación del hijo del funcionario será el segundo signo de siete, siendo el primero el acontecido en unas bodas en Caná. Signos/segno/señales que nos dirigen la mirada hacia la profunda realidad de Dios con nosotros, segundo signo de siete que manifiestan un número perfecto, símbolo de una plenitud que es imposible si Dios no estuviera presente.

Paz y Bien


De una moral sin bondad al jubileo de la misericordia

















Domingo 4º de Cuaresma

Domingo de Laetare

Para el día de hoy (31/03/19)  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32








Un simple análisis literario nos indicaría que, en este texto tan conocido de Jesús de Nazareth, hay dos parábolas y no una como se suele señalar. Son dos los hijos, cada uno con sus características, miserias y deslealtades, y es un grosero error embarcarse en la tarea de mensurar la medida moral de cada uno de ellos.
Porque hay una realidad mucho más profunda que la literaria, y es la centralidad del Padre, cuya traducción teológica -espiritual- es la pura bondad.

Es importante también tener presente quienes son quienes lo escuchan con creciente atención, publicanos y pecadores. Los publicanos son los recaudadores de impuestos del ocupante romano, que a menudo abusaban de su posición para cobrar de más las ya gravosas tasas en beneficio propio, y por ello un publicano es un judío traidor que trabaja a favor del enemigo extranjero que profana la Tierra Santa, y además es un corrupto y un abusador. Así entonces se le odia con fervor, y su estatura moral está por debajo de la adjudicada a las prostitutas.
Por otra parte, los pecadores señalados no refiere a los pecados cometidos en privado por cualquier creyente, sino más bien por aquellos que hacen explícitos sus pecados, pecadores públicos. De allí la feroz diatriba de los fariseos, pues este joven galileo comparte pan y vino con los más indeseables, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a cualquier mesa.
Esos hombres no eran monstruos retorcidos y pavorosos: en realidad, se trataba de hombres piadosos, profundamente religiosos -hombres de Dios- muy respetados por su rectitud y por la estricta observancia de los preceptos instituidos. Ellos estaban convencidos de la necesidad de acumular buenas obras o méritos frente a Dios, tendientes a procurar los favores divinos: de allí que se indignaran por la afabilidad de Cristo para con los que son sus opuestos, sus antípodas.

La parábola que el Maestro les cuenta habla de dos hijos, muy distintos entre sí, pero que al final, por caminos divergentes, coinciden en miserias y en la bondad paterna.

El hijo menor reclama su parte de la herencia paterna en forma inmediata. Así, en sus afanes anticipa en su corazón la muerte de su padre, pues es cuestión de sentido común repartir los bienes familiares entre los hermanos a posteriori del fallecimiento paterno, bienes que son fruto de toda una vida de trabajo, bienes que son para el sustento y para brindar trabajo a muchos jornaleros. Pero el joven se embarca en fútiles aventuras licenciosas y pronto se queda sin nada. La miseria que lo agobia es el dispendio inútil de su joven existencia, el desamparo de abandonar la calidez de la casa y el pan paternos.

El hijo mayor es un exacto cumplidor de las órdenes de su padre, y allí está su error. No se trata de cumplir órdenes, se trata de amar. El hijo mayor, en cierto modo, actúa como esos fariseos enojados, pues ese Padre celebra la vida recobrada del hijo extraviado con una fiesta enorme sin decir nada de los rigores observados por el mayor, que no vé a su Padre como tal sino más bien como un patrón, como un capataz.

Pero a ambos ese Padre los sale a buscar. Por ellos se desvive, se entristece, se viste de fiesta.
Es un Padre misericordioso antes que justo.

Prodigalidad significa, primeramente, derroche, gastar sin cuidado ni medida.

El Padre en realidad es pródigo, pues vuelca sin límites ni condiciones su bondad, maravilloso derrochón de la Gracia a quien Él quiere, con preferencia especial por los perdidos y los enfermos, y es ese escándalo la raíz misma de la Buena Noticia.

Paz y Bien

Confiar sin resignarse jamás, con corazón humilde













Para el día de hoy (30/03/19):  

Evangelio según San Lucas 18,  9-14 







Más allá de cualquier razón o motivo, justo es decir que tenemos un demoledor preconcepto contra los fariseos, asociándolos -quizás de manera cinematográfica- al villano religioso, al personaje execrable sin miramientos.
Sin embargo, los fariseos eran hombres profundamente piadosos y que tenían una importante formación religiosa; el celo empeñado en la observación de la Ley implicó, en los duros tiempos del exilio y frente a las amenazas extranjeras, el resguardo de la identidad nacional judía y el respeto a las antiguas tradiciones. Por ello, en todo tiempo en donde el peligro de cualquier relativismo socava presente y futuro, la figura de los hombres estrictos y rigurosos con los mandatos cobra especial relevancia. ¿Cómo no respetar a aquellos que interpelan la historia desde la fé, o mejor dicho, desde la Torah y la ley de Moisés?.

Los problemas radican en la literalidad y en la absolutización de los reglamentos. La literalidad, origen de todos los fundamentalismos, pierde de vista sentido y trascendencia y, peor aún, suele execrar al otro y al distinto. La absolutización de los reglamentos es el desmedro de lo que importa, el mismo Dios, en pos de aquello que tiene carácter instrumental, es decir, el mutar los medios en fines en sí mismos.

Por otra parte, un publicano recaudaba impuestos a favor del ocupante imperial romano: es menester tener en cuenta que la evasión impositiva, en aquel entonces y siendo Judea y Galilea provincias romanas, se consideraba sedición y se castigaba con la pena capital. De allí que el recaudador de impuestos tenía a favor de su actividad el poder militar y represivo romano como respaldo. Además, los publicanos adicionaban un monto a la carga tributaria establecida que era en la práctica su ganancia y su fortuna; a menudo se valían de prácticas extorsivas.
Si a todo ello añadimos los rígidos criterios de pureza e impureza ritual vigentes en aquel entonces, un publicano era peor que una prostituta, un impuro absoluto vendido al opresor, un traidor que vendió su alma al enemigo, un judío que desprecia cotidianamente la Ley.

A nosotros, en pleno siglo XXI, probablemente se nos pierda de vista, pero para los oyentes de Jesús de Nazareth el escenario era mucho más claro: el respetable es, obviamente, el fariseo, el repudiable de antemano el publicano.

Pero en verdad nadie es bueno o malo por su pertenencia, sino por lo que hace y también por lo que omite.

En la formulación de la plegaria farisea nada hay de objetable. Formalmente es correcta, pero su contenido es autorreferencial, al extremo que Dios queda en un segundo plano, como un fedatario que contabiliza sus buenas obras, su ayuno, su diezmo. Autoenaltecido en su orgullo, desaloja al prójimo en su horizonte pues desprecia a aquellos que no tienen su misma profundidad religiosa.
Quizás su oración exprese esa religiosidad sin Dios, o mejor dicho, la religiosidad de un Dios distante e inaccesible al que se le arrancan favores mediante las prácticas piadosas acumulables.

En cambio, la plegaria del publicano rebosa humildad y pone por delante a Dios. No es difícil imaginarnos la escena, hasta con su propio cuerpo reza de ese modo, quedándose al fondo de todo, sin animarse a levantar la mirada. El publicano se irá justificado porque, aún siendo un pecador público y notorio, desde su real estatura sumida en esos andares turbios suplica y confía en la misericordia de Dios, en su perdón, en su bondad.
Confía sin resignarse, confía con todo y a pesar de todo, confía en que se Dios sea capaz de enderezar ese destino que ha torcido sin remedio aparente.

Todos, en cierto modo, somos mendigos de la misericordia de Dios, portadores de una miríada de miserias que usualmente buscamos y a las cuales nos aferramos sin pensarlo demasiado. Sólo el amor de Dios salva, y en esos desiertos nos bastaría apenas unas migajas de perdón para sobrevivir.

Pero el amor de Dios no se mide, y así, suplicando algo que nos permita perdurar un poco más, se nos vuelca sobre nosotros y con serena alegría canastas llenas del pan de la misericordia.

El amor de Dios todo lo puede.

Paz y Bien

La eternidad se entreteje en lo cotidiano
















Para el día de hoy (29/03/19):  

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34









El escriba que interpela a Jesús en esta ocasión es, si se permite la expresión, sapo de otro pozo. A diferencia de sus pares, se dirige a Jesús con hambre de verdad y revestido su corazón de honestidad, pues quizás sutilmente se rebele contra esa postura de sus congéneres de prejuzgarle, de la falacia constante, de buscar de continuo el error para hallar justificaciones condenatorias. Y esa honestidad y esa sinceridad, para el escriba y para todo creyente es el paso segundo de toda conversión.

Paso segundo porque el paso primordial es siempre el de Dios que sale en nuestra búsqueda, Padre misericordioso al rescate de los hijos extraviados.

Aún así, el buen escriba porta en su mente los estrechos paradigmas de una fé retributiva y aferrada a la observancia estricta de normas y preceptos. Por eso mismo, no está inquiriendo cuál es el primero de los mandamientos dentro de una escala descendiente, sino más bien dentro de la Ley de Moisés, cuál es la Ley de leyes, cual es el precepto que es clave para todo los demás.
Esto debe entenderse en el horizonte de la religiosidad de la época: la Ley judía engloba seiscientos trece mandamientos, trescientos sesenta y cinco -uno por cada día del año- de carácter prohibitivo o negativo y doscientos cuarenta y ocho -uno por cada hueso del cuerpo- de carácter permisivo o positivo. En medio de ese cúmulo de normas, es dable suponer que todos los escribas se sientan inclinados a buscar al que encabeza y sustenta al resto, para así obedecer la Ley con la mayor exactitud posible.

La respuesta de Jesús no se hace esperar, y se dirige al núcleo mismo de la fé de Israel: Shema Ysrael, Escucha Israel, ama a Dios por sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu, con todas las fuerzas.
Pero aquí comienzan las sorpresas: ese mandamiento primordial tiene dos facetas inseparables, que son el amor a Dios y el amor al prójimo.

Como los maderos de la cruz, la mirada hacia el cielo ha de estar indisolublemente unida al abrazo a quien está a nuestro lado. Una sin la otra deja de ser fé, convirtiéndose en teísmo o en una ideología laica sin trascendencia.

Y sobre todo, detenernos a pensar quién ese prójimo. Si es el igual, el cercano, el par, o es aquél hermano al que salgo a buscar.

El buen escriba desde su honestidad asiente sin vacilaciones. El culto primordial es el amor a Dios y el amor al prójimo.

Está muy cerca del Reino, muy cerca.
Sin embargo, a pesar de todo, aún está muy lejos. Le queda un largo trecho cordial por recorrer, pues -como todos- debe arribar a la tierra prometida de la Gracia de Dios, tiempo de Salvación, de eternidad entretejida en lo cotidiano, de desbordante amor de Dios que se brinda sin condiciones a toda la humanidad.

Paz y Bien

Cuaresma: curarnos de mutismos y cegueras



















Para el día de hoy (28/03/19):  

Evangelio según San Lucas 11, 14-23








La palabra significa y expresa el corazón y la interioridad de la gente; es la posibilidad de ir al encuentro del otro, de no encerrarse, del diálogo, de crecer.
La carencia de esa palabra, la imposibilidad de hablar implica anonimato indeseado, soledad impuesta, encierro y opresión. Por ello mismo, devolver las palabras y la Palabra a los mudos de cualquier tiempo, a los acallados de toda la historia es cuestión urgentemente santa, signo certero de que el Reino acontece aquí y ahora.

Ello precisamente es lo que hacía Jesús de Nazareth: pasaba haciendo el bien sin esperas, sin vacilaciones y, especialmente, sin pedir permiso.
Sin dudas, esta actitud del Maestro -y de los que actúen por Él y con Él- es molesta, blasfema y subversiva para los poderosos y para las almas mezquinas y celosas. Así entonces todo argumento descalificatorio se justificará por sí mismo, y proliferarán difamaciones, condenas y rápidas excomuniones sin compasión.

Aún así y a pesar de que todo parezca señalar lo contrario, la fuerza de la Buena Noticia es irreductible porque encuentra su raíz en la gratuidad y en la misericordia ilimitadas de Abbá Padre de Jesús, hermano y Señor nuestro, y el bien ha de florecer en los lugares más impensados, en donde descolla la resignación y acampa la oscuridad.

Quizás la Cuaresma signifique curarnos de mutismos y cegueras.

De esa imposibilidad adquirida del decir, y del decir palabras que hagan el bien a aquel que la escuche, palabra que sea diálogo y encuentro.

De esa ceguera de no reconocer signos del Reino, es decir, de la vida y de Dios en cada acto de liberación, en cada gesto de bondad aún cuando ello signifique doblegar el orgullo y redescubrir que lo bueno puede germinar y crecer en jardines que creemos ajenos.

Porque esa ceguera pertinaz y ese mutismo consecuente que nos resultan tan tristementes habituales son dispersiones, desparramos de vida, desuniones y dispendios inútiles del milagro de estas vidas que se nos han confiado.

Paz y Bien

Todo pasa, menos la Palabra














Para el día de hoy (27/03/19):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 17-19










Este pasaje que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy es muy llamativo, y una lectura superficial puede llevar a un particular estado de confusión, pues las discusiones entre el Maestro de un lado y escribas y fariseos del otro eran cada vez más descarnadas, violentas, que desataban en sus oponentes furia y ganas de acallarlo y suprimirlo, toda vez que cuestionaba la interpretación que ellos hacían de la Ley de Moisés y el modo opresivo que imponían para su cumplimiento.

En ese sentido, parecería que Jesús de Nazareth es un provocador y un infractor constante de normas y preceptos, alguien contrario y opuesto a esa Ley que sus adversarios decían defender y de la que se consideraban intérpretes únicos y ortodoxos.

No obstante todo ello, el Maestro hace una afirmación asombrosa y de consecuencia inmensas: Él no ha venido a abolir a Ley o los profetas, sino a darles pleno cumplimiento.
Ello implica que la Antigua Alianza no ha sido jamás abolida -como bien lo señalaba Juan Pablo II-, que cobra su verdadero sentido en Cristo, y que tanto la Ley como los profetas son expresión en la historia humana de los designios de Dios para la Salvación del hombre.

El sábado es para el hombre enseñaría. Esa Ley y esos despertares que brindaban los profetas fueron dones del Altísimo para que aprendamos a convivir, para edificarnos como comunidad, para levantarnos de la esclavitud como un pueblo nuevo.
Y adquieren su significado definitivo con el Redentor, expresión máxima del amor de Dios.

Ley y profetas, a la luz de la caridad, implican una ruptura con esa nefasta costumbre de fines que justifiquen los medios, es decir, cumplir normas absurdas y opresivas desvirtuadas por caprichos mundanos para que la humanidad pueda erguirse en toda su dignidad de hijas e hijos amados por Dios.

Así, ni una coma ni una tilde han de ser pasadas por alto y debe transmitirse ese amor de generación en generación, en afán generoso e incondicional de servicio y Buenas Noticias.

Paz y Bien

Setenta veces siempre, la desmesura del perdón de Dios

















Para el día de hoy (26/03/19):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-35








El diálogo entre Pedro y el Maestro es fecundo y revelador del modo en que sólo en su amistad y cercanía se nos abren las ventanas a la eternidad.

Pero Pedro es roca y también portavoz de sus hermanos, y por ello la pregunta refleja los cuestionamientos e inquietudes propias de la comunidad cristiana, quizás con mayor énfasis en cómo seguir perdonando a quienes de continuo buscan ofendernos o hacernos daño.

Para las tradiciones de Israel, el perdón se limita en tres ocasiones y referido siempre al prójimo en tanto par, nunca al extranjero, al impar, al gentil y, mucho menos, al enemigo. Pedro con mucha generosidad eleva ese caudal a siete veces, quizás por la grave influencia simbólica del siete en tanto expresión de lo divino, de la perfección. Por ello, en principio, Pedro parece abrirse camino hacia una nueva ética más amplia.

El Maestro afirma que, en realidad, debe perdonar setenta veces siete. No se trata de un factor multiplicador, sino más bien debe entenderse como setenta veces siempre, en la santa ilógica de la Gracia y la misericordia de Dios.

Pedro, aún cuando expresa un corazón más amplio que lo usual, persiste en los viejos esquemas: en el tiempo nuevo del Dios que se encarna, del Reino aquí y ahora no debe tabularse ni cuantificarse el perdón.

El perdón es razón y co-razón de los que han descubierto la asombrosa misericordia de Dios, las deudas impagables que han sido condonadas por pura bondad. Descubrir la misericordia en la propia existencia es un tesoro inmenso.

A través del perdón se desarman todas las terribles vorágines de venganza y retribución violenta, las dinámicas de negación del prójimo y nos acerca, salvando todos los abismos que nos separan. Setenta veces siempre.

Paz y Bien

Anunciación del Señor: todo niño es infinitamente valioso

















La Anunciación del Señor 

Para el día de hoy (25/03/19)  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38









Como en un contrapunto sonoro y armónico parece alterarse el ritmo penitencial de la Cuaresma al ofrecérsenos el misterio de la Encarnación en la proclamación de la Anunciación del Señor.

Hay, ante todo, una hermosa cuestión temporal: se trata de la Encarnación de Dios precisamente nueve meses antes de la celebración de la Navidad, un Dios con nosotros y como nosotros, un Dios que se teje en el silencio cálido y humilde del seno de María hasta llegar al parto de Belén, la urdimbre santa y decididamente humana de un Dios que ha tomado partido por sus criaturas.

Pero además, la Anunciación en Cuaresma significa no perder de vista la trama principal de la cuestión, el hilo conductor de la Salvación, y es el amor de Dios. 
La Gracia de Dios, abundante y generosa como rocío de alivio para las almas, todo lo puede.

El amor del Dios de María de Nazareth se ratifica hasta el extremo sin final de la vida ofrecida por Jesucristo, nuestro hermano y Señor, fiador que salda nuestras deudas a pura mansedumbre y fidelidad a los sueños del Padre.

Proclamar la Anunciación del Señor es volver a decirle sí a la vida, sí a ese Dios de todos los encuentros, sí a que todo es posible para quien cree. Porque la felicidad no es una lejana utopía, sino una bendición que nos nace en el aquí y el ahora.
Proclamar con sencillez y profunda gratitud la Anunciación del Señor es reafirmarnos en la certeza de que Dios elige lo pequeño, lo frágil, lo que no suele tenerse en cuenta para transformar el mundo y cambiar la historia.

La luz de la apacible y polvorienta Nazareth, en los ojos asombrados de una muchachita judía, se proyectan a través de los velos de los tiempos en la mirada del Hijo que atraerá a todas las naciones desde el árbol santo de la cruz.

Paz y Bien

Cuaresma: todavía hay tiempo de convertirse y vivir en plenitud











Tercer Domingo de Cuaresma 

Para el día de hoy (24/03/19):  

Evangelio según San Lucas 13, 1-9





La lectura que hoy nos convoca es una exhortación a la conversión; en ella, podremos advertir las urgencias de los tiempos, la necesidad de estar despiertos y atentos, lo perentorio de resignificar los hechos y las cosas.

Los Evangelios son relatos teológicos, es decir, espirituales. No tienen precisión historiográfica como metodología pues su exactitud pasa por otros caminos, aunque eventualmente haya coincidencias verificables históricas en los diversos textos; tal es el caso de las muertes de los galileos y de los jerosolimitanos descriptas en esta lectura.
En ambos casos, el texto nos sugiere que ambos hechos eran perfectamente conocidos por los oyentes del Maestro, y que han calado profundo en ellos. Parecen ser hechos de conocimiento e impacto públicos, y estas cuestiones relevantes son el surco a través del cual Jesús de Nazareth encausará su enseñanza.
A veces olvidamos estas cuestiones tan importantes, hablar de la Buena Noticia a partir de las cosas que le importan y que le afectan a las gentes de hoy.
No obstante lo expuesto, ambos casos no son verificables por fuentes extrabíblicas.

La violenta muerte de los galileos en el atrio del Templo -lugar de las ofrendas y los sacrificios-, en donde su sangre de sus heridas es mezclada por Pilatos con la sangre de los animales destinados al sacrificio posee indicios altamente probables: la conducta se condice con el brutal antisemitismo del pretor romano, que no despreciaba ocasión alguna de humillar a los hijos de Israel. Para los hombres de aquel tiempo, el horror se combina con un espanto que surge de la ofensa, pues se profanaba así el culto y el Templo. Quizás hubiera en ello una carga punitiva, pues los galileos tenían doble fama negativa: del lado judío, un cariz de impuros y periféricos contaminados con basura extranjera, contraria a la fé de Israel. Del lado romano, un perenne talante rebelde y violento frente al ocupante imperial. Tal vez por ello Pilatos buscara un castigo ejemplificador que desalentara futuras rebeliones armadas.

La mención a otro hecho luctuoso, la muerte de los jerosolimitanos a causa de un accidente -un derrumbe-, tiene una carga simbólica: los galileos del norte y los jerosolimitanos del sur expresan la totalidad del Pueblo Elegido. 

El Maestro se vale de estos dos hechos tan significativos para que aquellos que le escuchan reflexionen acerca de un tema crucial, la doctrina de la retribución. Este principio, especialmente sostenido por los fariseos, sostenía que los impíos, los pecadores, sufrirían en el más acá un castigo ejemplar por sus quebrantos, del mismo modo que los puros, piadosos y justos serían benditos con la prosperidad en premio a los méritos acumulados. 

No estamos demasiado lejos de esos criterios, y también convivimos con ciertos fatalismos a los que accedemos mediante la abdicación de la esperanza en un Dios que nos ama. Fatalismo también es creer en un Dios que impone penas y retribuciones tabuladas, ajenas a la Gracia infinita de Abbá padre de Jesús.
Sin embargo, los males que padecemos no son azarosos. Quizás sean cosecha de siembras malignas aunque no lineales. Antes que preguntarnos porqué Dios permite tal o cual cosa -por espantosa que fuera- es menester preguntarse que hemos hecho, o mejor aún, que hemos dejado de hacer para que ciertas cosas sucedan, en lo individual pero también en lo comunitario.
El mal también tiene su velo de misterio, pero siempre prevalecerán el bien y el amor.


El Señor lo sabía. Ese Dios que se oculta tras esas ideas no es su Padre. 

Su Padre no es un Dios dispensador de muerte, de dolor, de castigos, es el Padre que aguarda el regreso de los hijos extraviados, y que celebra cada reencuentro. Aún así, Él destaca la imperiosa necesidad de conversión, y su lenguaje impacta por su dureza, pero no por ello se desdibuja su veracidad: perecer es quedarse en lo que no trasciende, en someterse a la muerte como frontera, perecer es per-vertirse por no con-vertirse.

Allí se puede comenzar a vislumbrar un sentido a los ejemplos luctuosos descriptos, y a todo hecho doloroso. La conversión -la apertura del corazón a la vida de Dios- motiva a encontrar un sentido profundo que supere esas muertes y todas las muertes, atreverse a la vida con todo y a pesar de todo.

La existencia es a menudo esa higuera que no dá frutos, y que en apariencia sólo sirve de leña. La Pasión de Cristo nos ha procurado un tiempo bondadoso asombrosamente adicional, para florezcan cosas nuevas, para crecer, para que las raíces no se sequen inútiles.

La Cuaresma es un tiempo de Gracia y misericordia, ofrenda infinitamente generosa para volver a estar plenamente vivos. Antes que una obligación tabulada, la conversión es un milagro que se nos ofrece en este tiempo de bendición que nos ha sido concedido.

Paz y Bien

Dios, Padre de infinita bondad y misericordia
















Para el día de hoy (23/03/19)

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32







Las parábolas son el modo en que el Maestro nos abre ventanas para asomarnos al insondable e infinito misterio de Dios, para ingresar como hijos a la asombrosa dinámica de la Gracia, para preparar mentes y corazones al tiempo infinito de la Misericordia.

La parábola que hoy nos ofrece la liturgia del día es conocida como Parábola del hijo pródigo, aunque tal vez sería más correcto llamarla parábola del Padre misericordioso, o simplemente parábola del Padre y los dos hijos.

El hijo menor.
No sabemos con precisión los motivos por los que se vá. Indudablemente, no ama a su padre, y ello queda en evidencia en el reclamo de su parte en la herencia paterna: es cuestión de sentido común que una herencia se reparta entre los herederos luego del fallecimiento del heredante. Aquí el hijo menor reclama su parte con el Padre vivo, y en cierto modo expresa que está muerto en su corazón, o lo que es peor, que le dá lo mismo que está vivo o muerto. Aún así, el Padre no le niega la parte de la herencia que le corresponde.
El país lejano en donde dilapida sus bienes no indica tanto una distancia geográfica sino un abismo ético y cordial entre el calor del hogar paterno y la disolución de una existencia que pretendió ejercer una libertad vana, una libertad de en cambio de una libertad para, una libertad con sentido.
Sumido en los agobios de su miseria, se pone al servicio de un ignoto habitante de la zona perdida, en talante de esclavo, y su tarea será la de apacentar cerdos, que en los criterios de la época es la tarea más baja e innoble por ser el cerdo el animal más impuro. Toca fondo al ansiar una porción del alimento de los cerdos, pero ni eso consigue.

A veces -sólo a veces- es necesario tocar fondo para emprender la subida a la luz, al día nuevo.

Hay en el joven cierto limitado examen de conciencia plagado de interés. Añora regresar a los ámbitos paternos para saciar su hambre, quizás sin darse cuenta que adolece del alimento mayor que ha consuetudinariamente rechazado, el amor entrañable de su Padre. Hasta ensaya en el camino de regreso un discurso en tren de confesión y disculpas, cuyo objetivo es el mismo, ser un jornalero que no pase hambre. La afrenta cometida es demasiado grande para recuperar su dignidad de hijo.

El Padre no se queda en su sitial de honor y gobierno con un rictus severo, dispuesto a impartir la previsible justicia. El Padre sorprende a todos, lo distingue, ansioso, desde lejos, sale a su encuentro, lo abraza como sólo un papá puede abrazar, lo besa, manda a preparar a los servidores una fiesta grande porque el hijo perdido ha regresado, porque hay un esclavo menos, porque la miseria ha retrocedido.
Curiosamente, no lo deja hablar ni le dirige la palabra, como también parece callar cuando le entrega su parte de la herencia. Es un amor silencioso y contundente, desbordante de respeto, de ternura, de bondad, que destierra lo pasado y celebra la vida de los hijos.

El hijo mayor.
Podemos adivinar su ceño severo, su enojo frente al derroche del Padre ante el regreso del hijo extraviado y licencioso. Toda su vida ha obedecido a pié juntillas las órdenes de su Padre, y allí está su error: su Padre es un patrón que no tiene lugar en su corazón, que a pesar de su estricto servicio no le dá ni un cabrito para festejar con sus amigos de vez en cuando.
Ha erradicado al menor de su corazón, y por eso se refiere a él como ese hijo tuyo. No hay amor ni para ese Padre que más que tal es un jefe mezquino, ni para el hermano que le ha tocado en suerte por la biología, pero que debe ser castigado por su libertinaje.
Aún así, no hay recriminaciones del Padre. Sale en su búsqueda, pues el hijo mayor se queda fuera de la casa presa de su enojo, y encontramos allí otra enorme distancia que expresa la lejanía de los afectos. Todas las cosas del Padre están allí para él, por pura ternura, sin que ello sea decidido por obediencia estricta.

Lo que cuenta en la parábola y en todo destino humano es ese tenaz amor del Padre Dios, amor y presencia tenaz sin deserciones ni descansos, un Padre bondadoso y sempiterno que nada se reserva para sí, que todo nos brinda, y que inaugura un tiempo de celebración por cada hijo recuperado para la vida plena.

Es todo un magnífico desafío para ciertas imágenes y esquemas que nos hemos hecho de Dios. Un Padre así, tan bondadoso y cercano, desbordante de Gracia, que derrocha bondad aún sin merecimientos nos hace cuestionar si nuestras actitudes filiales se le parecen. Porque el parentezco viene por la Gracia, por la misericordia y la gratitud que seamos capaces de encarnar.

Paz y Bien

Cuando se edifica con Cristo, nada se derrumba


















Para el día de hoy (22/03/19):  

Evangelio según San Mateo 21, 33-46








El tenor de la parábola es conminatorio, y hará soltar las furias de los dirigentes religiosos de su tiempo. Esos hombres se sienten insultados, aunque sólo les ha dicho la verdad; quizás lo peor de todo es que ha quedado en evidencia su infidelidad, y que usurpan sitios y prebendas en provecho propio argumentando que lo hacen en nombre de Dios.

Para los oyentes del Maestro, la escena era perfectamente comprensible. En aquellos tiempos, la propiedad de la tierra rural de labranza y cultivo se concentraba en unos pocos hacendados o terratenientes que solían vivir en el extranjero, lejos de allí, y que arrendaban la tierra tomando por pago parte de los frutos de la tierra a la hora de las cosechas.
Por ello es que la parábola sigue la línea literaria alegórica: no podemos ser tan literales de imaginar a un Dios opulento que se vale de los esfuerzos de muchos en provecho propio.

Pero Dios es el Dueño de la viña. Aún así, asombrosamente, es un Dios pobre, pues ha enviado a numerosos mensajeros -los profetas-, que fueron rechazados con violencia y muerte. Finalmente envía a su propio Hijo, lo más valioso de sí mismo, pues ha agotado todo lo cercano.

Un Dios tenaz que a pesar de todas las miserias, los quebrantos, nos sigue buscando.

Tanto los dirigentes religiosos de su tiempo como muchos de nosotros actuamos como si Dios estuviera ausente, o peor aún, como si su viña nos perteneciera. Pero somos labradores de los que se espera buenas cosechas, frutos santos.

La ausencia de Dios, antes que lejanía o distancia es confianza. La viña -la vida- en nuestras manos no es abandono sino una confianza infinita, una cuestión de amor.

Es menester edificar con el Hijo para que nada se derrumbe.

Paz y Bien

El tiempo de la caridad es hoy, la justicia no puede posponerse















Para el día de hoy (21/03/19):  

Evangelio según San Lucas 16, 19-31












A menudo ciertas interpretaciones y espiritualidades oscilan desde una abstracción desencarnada hacia una ideologización que habla mucho de inmanencia, de razones demasiado mundanas.
Ése quizás sea el riesgo al que se arribe en la lectura que nos ofrece la liturgia del día.

Pero el rico de la parábola no se adecua a los estereotipos habituales de los opresores clásicos, de los corruptos sin destino que explotan a los demás. Vive en una tranquila indolencia, quizás felicitándose por ser bendito con esta prosperidad que goza a diario. Pero llamativamente el rico no tiene nombre, como si su actitud le fuera disolviendo su identidad y su existencia; una tradición -no bíblica- identifica a este hombre rico como Epulón, pero este nombre de raíces grecolatinas es en realidad un adjetivo que significa banqueteador.

A pesar de los banquetes cotidianos, de los espléndidos vestidos y el lujo, ese hombre no mira ni vé al pobre que languidece en su umbral. Es el epítome de la miseria: contrariamente a la realidad del hombre rico, el pobre está revestido de llagas, y los perros -simbólicamente animales impuros- van a lamer sus heridas, más no en carácter de mascotas, sino dando un tenor ignominioso.
Como si no fuera suficiente, agoniza de hambre y suplica, aunque sea, alguna de las migas que caen de la mesa del hombre rico. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la miga del pan se utilizaba para limpiar la grasa de los dedos, pues no había cubiertos, y por ello, el pobre ansía probar algún residuo de descarte, señal que su vida ha sido descartada.
Pero el pobre tiene un nombre que lo identifica -Lázaro, Dios ayuda- santo indicio de que los pobres tienen nombre y rostro imperecederos en el sagrado corazón de Dios.

Aún así, aún cuando prosiga su estructura con los hechos postreros frente al juicio divino, esta parábola no refiere al más allá sino más bien al más acá.

El aquí y el ahora es el tiempo de la caridad. La eternidad germina entre nuestros días merced a un Dios que se encarna, un Dios que se hace hombre pobre y humilde, hermano en nuestras miserias, Redentor.

Hay un abismo inmenso entre los ricos y los pobres. No se trata de una cuestión ideológica, sino ante todo cordial. Demasiados miran para otro lado. Demasiados razonan miserias y justifican sufrimientos al pueblo. Demasiados dejan morir a tantos Lázaros ahí nomás, a su puerta.

Ese abismo es el de renegar de la fraternidad, el negar la compasión, el de propalar resignaciones frente a la injusticia, cultores abyectos del no se puede.

El tiempo de la caridad es hoy, y la justicia no puede posponerse pues no hay vuelta atrás cuando una vida se pierde por la desidia articulada, por el olvido, por la negación del prójimo.

Paz y Bien

En la comunidad cristiana el verdadero poder es el servicio














Para el día de hoy (20/03/19):  

Evangelio según San Mateo 20, 17-28






La lectura del día nos ubica frente al tercer anuncio de la Pasión que el Maestro les realiza a sus discípulos, a los Doce.
La enseñanza de Jesús de Nazareth es paciente, gradual, tal vez cultura en el sentido primordial pues remite a cultivo, a un cuidado germinar. En las dos ocasiones anteriores, el Maestro refiere a los suyos la Pasión que se avizora con un tenor puramente docente, quizás como un rabino tradicional que transfiere conocimiento a su discipulado.

Sin embargo, en la ocasión que hoy nos congrega, hay un crescendo abismal de intensidad. Quizás sea el paso de un tenor rabínico a un tenor profético: es el hombre que permanecerá fiel hasta el final el que habla, el que no se arredrará aún cuando parezcan prevalecer sus enemigos, el que no se permitirá ni un instante de violencia ni de venganza aún cuando las afrentas e ignominias parezcan hechas sólo para Él.
Pero el mensaje se acrecienta a límites insospechados y asombrosos pues Él anuncia su Pasión y su Resurrección, que tras su derrota aparente y por el amor del Padre se erguirá victorioso sobre la muerte, la afirmación rotunda del Dios de la vida.

El Servidor mesiánico manso y sufriente no entra en los esquemas de los apóstoles. Pedro se enoja con el Maestro, y los hermanos Juan y Santiago piden un lugar preferencial a su lado, como virreyes suyos en una futura toma gloriosa del poder en la nación judía.
De ellos sabemos que eran apodados Boanerges -hijos del trueno- por un carácter irascible y explosivo que solía fundarse en un fundamentalismo religioso. Sin embargo, parecen tener cierto pruritro pues es su madre la que interpela a Jesús y no ellos directamente, y el Señor lo sabe.

Aún así, no hay reproche por parte del Maestro. Como en su enseñanza, todo tiene su tiempo de maduración, y la comprensión y encarnación de la Buena Noticia también. La fé es un éxodo, un camino laborioso hacia la tierra prometida de la Gracia.

Al enterarse, los otros diez discípulos se indignan, y es un conflicto de celos y de ansias de poder. Si los Doce representan simbólicamente a las doce tribus como un nuevo Israel, la postura de los hijos de Zebedeo provoca un cisma en la incipiente comunidad cristiana, del mismo modo que en tiempos del rey Salomón dos tribus se enfrentan a las otras diez y se separa el Reino del Norte y Judá.
Las ambiciones, los egoísmos y las ansias de poder siempre han provocado fracturas y cismas difíciles de remontar -el pueblo de Dios lo sabe bien-

Pero el Maestro no quiere que se quebranto prospere. El Reino es fraternidad, familia creciente, y ellos han de desandar la lógica mundana de dominio, de preeminencia, de interés y codicia.
En el horizonte de la Buena Noticia el poder es servicio, entrega generosa e incondicional, servicio que expresa los vínculos filiales con Abbá, Dios de vida, Dios de amor.

Salvación es también servicio, un Dios que se llega a nuestros arrabales, que se hace servidor de todos, que se anonada humildemente para que el hombre ascienda a las moradas de Dios, en plenitud y libertad.

Paz y Bien

San José: descubrir en todo la mano bondadosa de Dios















Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María

Para el día de hoy (19/03/19):  
 
Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24a









El lugar en el mundo de donde uno proviene -el pago, la querencia, la patria chica-, que no necesariamente es el lugar de nacimiento, suele marcar el carácter de cada persona, e influye en todos los órdenes de la existencia, especialmente en los afectos, en el modo de ser, en la tonada.

Galilea, y en ella Nazareth, estaba varios escalones por debajo en la estimación de la nación judía. Debido a encontrarse en un sitio geográficamente estratégico, fué pasto de conquista para los enemigos de Israel a través de los siglos y muchas veces ocupada y colonizada. Así entonces era sospechosa de cierta impureza racial y por ello de heterodoxia religiosa por la influencia foránea; también es dable suponer cierto desprecio de los habitantes de Judea y especialmente de Jerusalem para con los provincianos galileos.
A tal punto, que los Evangelios lo retratan con precisión: los escribas, los sacerdotes y hasta uno de los discípulos -Natanael- daban por sentado que nada bueno podía salir de Galilea, de esa Nazareth menor, aldea ignota que casi no cuenta.
Ser galileo y, más aún, ser nazareno era ser de la periferia, de donde nada ha de esperarse, casi un marginal, un judío kelper de segunda categoría.

Sin embargo, en esa frontera misma de la existencia, allí Dios comienza a tejer la Salvación. Y toda la historia dará un giro que significará un regreso a la humanidad misma, señal cierta de que Dios elige lo pequeño, lo que no cuenta para que acontezcan los milagros.

Del carpintero nazareno José sabemos, en apariencia, muy poco. Sólo en apariencia, porque lo que nos relata el Evangelio es profundísimo e imprescindible.

Llama la atención de San José su silencio.

Sin embargo, no se debe a la omisión de palabras; el silencio de José es enorme y refulgente a través de los siglos.

Es el silencio de los que viven y respiran la justicia, practicándola en cada uno de los instantes de su existencia, porque ajustan su voluntad a la voluntad de Dios.

Es el silencio de aquellos que, aún con la razón confundida y mareada por el peso de los acontecimientos, jamás se resignan ni reniegan de su confianza en el Dios que los sostiene.

Es el silencio de todos aquellos que ofrecen su pequeñez cuidando y protegiendo la vida de los demás, héroes a menudo anónimos y silentes sin los cuales estaríamos huérfanos de solidaridad.

Es el silencio estruendoso de los hombres íntegros, de aquellos que jamás -por ningún motivo- se corrompen, que aman el trabajo porque sus manos encallecidas son la medalla que refleja la dignidad conquistada a puro esfuerzo.

Es el silencio fructífero de aquellos que se saben plenos, felices frente al deber cumplido. Y que no buscan protagonismos porque quien cuenta e importa es el otro, y a su vez se retiran al silencio porque ya han saboreado la eternidad en estos arrabales, la trascendencia de ofrecer lo que se es para que el otro sea, y sea feliz.

Es el silencio santo de los que creen y aman sin condiciones.

San José de Nazareth ofreció -aún a riesgo de sentirse ajeno y fuera de lugar- el inmenso amor que sentía por la esposa que amaba, esa muchachita judía llamada María.
San José brinda al Redentor un nombre, una identidad, una familia, una ascendencia legal y real, sin la cual el Mesías sería sólo un niño sin importancia ni relevancia, el producto de algún romance prohibido.
San José es el que protege esa vida en ciernes, en el seno de la esposa que ama, en la niñez de ese hijo que es suyo, tanto o más que si fuera continuación de su propia sangre.
San José deja su impronta bondadosa en ese Hijo maravillosa: por eso mismo, ese Hijo -años después- llamaría e identificaría a Dios como Abbá, nombre cariñoso y quizás la primera palabra que pronunció en su infancia primera.

San José intuía lo que su Hijo enseñaría más adelante, y es que Dios se hace familia de toda la humanidad.

San José, con el temor y la fuerza imparable del amor, llamaba Hijito al Dios en el que creía, y ese es el signo de que cosas extraordinarias han sucedido y seguirán aconteciendo si nos atrevemos a creer.

Paz y Bien

Su corazón sagrado en nuestras miserias
















Para el día de hoy (18/03/19)  

Evangelio según San Lucas 6, 36-38







Sinceramente, el Dios de Jesús de Nazareth es misericordioso, es decir, que tiene puesto su corazón en nuestras miserias: si fuera solamente justo según nuestros criterios retributivos, hace un buen rato que hubiéramos sido pasibles de todos los castigos, más que merecidos.

Pero este Dios no es una deidad inaccesible y distante, que rige el universo desde antípodas celestiales. Este Dios está enamorado incondicionalmente de la creación, a tal punto de asumir para sí la condición humana como uno más, Padre, amigo, vecino que nos comparte la vida y los días.

En sus caminos -que no suelen ser los nuestros- esa misericordia se expresa en el perdón, pues Él sigue tenazmente confiando en todos y cada uno de nosotros.
Con el pecado morimos aún cuando el corazón siga latiendo y persista la respiración. Con el perdón se inaugura un nuevo comienzo en donde la vida plena, la felicidad es posible.
No es del todo errado imaginarnos a este Dios como un Dios desmemoriado. No realiza un conteo de las faltas, ni esos presentes a veces tenebrosos, sino todo lo que juntos podemos llegar a ser y a hacer.

Desde esa raíz que nos funda y edifica, el Maestro nos plantea una posibilidad enorme para transformar el tiempo. Para transfigurar la historia, tan cruel, tan inhumana, tan interesada, tan difusa e indiferente con el dolor.

La generosidad y la solidaridad son frutos de esa misericordia, y sólo desde corazones misericordiosos -rasgos filiales del único Padre- puede surgir la verdadera justicia.

Paz y Bien

Escuchar y confiar con encarnada y activa esperanza, en clave de Resurrección


















Domingo 2° de Cuaresma 

Para el día de hoy (17/03/19):  

Evangelio según San Lucas 9, 28b-36








Hay detalles a los que es menester prestarle especial atención, y por ello, cuando en las Escrituras se nos advierte que una escena determinada acontece en las alturas de un monte o en una montaña, redoblemos los esfuerzos. En la montaña -en las alturas- siempre hay revelación, epifanías, abierta manifestación de Dios al hombre.

En la lectura de este Domingo pasa precisamente ello. 

El Maestro conduce a algunos de los suyos a lo alto de un monte; son los hermanos Juan y Santiago y Simón Pedro. La elección de ellos tres no es casual ni azarosa. Tal vez tenga que ver que ellos -junto a Andrés- forman parte del núcleo inicial de discípulos, pero también a que representan, dentro del colegio apostólico, a aquellos en los que persisten los viejos esquemas y les cuesta tanto convertirse a la Buena Noticia. Juan y Santiago son llamados los hijos del trueno, terribles a la hora de querer aplastar disidencias gentiles, y Pedro con su tozudez que intenta hacer cambiar el rumbo al mismo Cristo, obcecado en lo antiguo.
Desde esa perspectiva podemos contemplar la paciencia del Maestro para con sus yerros y su visión cordialmente miope, la misma paciencia que tiene para con nuestras mezquindades.

El se transfigura en las alturas del monte. Sus vestidos se vuelven de un blanco único, imposible de reproducir en este mundo, señal inequívoca de la presencia de Dios. Solemos darlo por sentado, pero es imprescindible orar y contemplar cada día que Jesús es Dios y Dios es Jesús.

Junto al Maestro, aparecen conversando con Él Moisés y Elías. La Ley y los Profetas se subordinan y encuentran significado pleno en Cristo.
Pero hay más, siempre hay más, el Evangelio es manantial inagotable de vida. Moisés es quien conduce a su pueblo a la libertad, lejos de la opresión por el amor inclaudicable de su Dios. Elías es arrebatado de las garras de la muerte, y las tradiciones indican que su regreso marcará el inicio de los tiempos mesiánicos.
Elías y Moisés, Moisés y Elías junto a Cristo son señales ciertas que Jesús de Nazareth es el Mesías que trae vida y liberación para su pueblo.

A veces hay que callar, escuchar, contemplar. No siempre la pura praxis es dable ni es buena. Algo de ello le sucede a Pedro en su afán de edificar tres chozas allí, que perpetúen el instante y el ambiente; seguramente, se aferra a las tradiciones de la fiesta de los Tabernáculos. No obstante ello, expresa el afán de apropiarse del momento, de prolongar cerradamente el instante olvidando que la misión exige volver al llano, allí donde campean las sombras, desertores de vanas comodidades confortables.
Como sea, Pedro se equivoca, y su monólogo sin destino es interrumpido por la voz de Dios, bendita y santa interrupción que concita la atención en lo que verdaderamente cuenta e importa: hay que escuchar siempre al Hijo, y por ese Hijo todos nos descubrimos y reconocemos hijos amados del Creador, Dios Abbá de nuestras esperanzas.

A pesar de los temores, es menester desandar todos los miedos y confiar. Cuando se vayan Moisés y Elías, cuando se disuelvan los momentos, cuando asomen algunas nubes todo pasará. Sólo Cristo permanece.

Escuchar y confiar con encarnada y activa esperanza, en clave de Resurrección.

Paz y Bien

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