La irrupción de la ternura de Dios
















Para el día de hoy (16/03/19):  

Evangelio según San Mateo 5, 43-48








Desde una mirada histórica, perspectiva de estudio sociológica y filosófica, la irrupción de Jesús de Nazareth en la historia humana no supone, directamente, la institución de una nueva religión.
Es difícil objetivarnos, pues están en juego nuestros afectos, el corazón mismo. Pero una toma de distancia nos descubre a un rabbí itinerante, a un varón judío de origen muy humilde que habla de su Dios de una manera muy extraña, con una confianza y cercanía que ni por asomo se acerca a la ortodoxia oficial, pero que no convoca a derribar templos, a trastorcar estructuras de culto e imponer conceptos ni un cuerpo dogmático. Por el contrario, frente a las polémicas y a las críticas, reafirma que no ha venido a abolir esa Ley que constituye el nodo fundacional del pueblo de Israel, sino a darle su pleno cumplimiento.

Pero por otra parte, esa objetivación intentada nos muestra también una impensada religión humanizada. Quizás y con razón, de tan humana parece desacralizada, extrañamente ajena a lo que solemos entender por trascendencia sacral, peligrosamente secular y cercana al corazón del hombre.

Es que Cristo hace todo lo que hace y enseña y propone el Reino, la Buena Noticia del amor de Dios desde su experiencia única de identificación total con ese Dios al que descubre como Abbá.
Tal vez sea precisamente el saber que el Reino está aquí y ahora entre nosotros, que el cielo comienza en la cotidianeidad por oblación infinita de la ternura de Dios que deviene, a veces, tan utópicamente lejana.

El misterio de la Encarnación supone un tiempo nuevo, un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, una historia nueva urdida en común, desde vínculos familiares. Y solamente desde esos nuevos lazos es posible comprender la postura del Maestro acerca de quien nos odia o nos hace daño.
En la perspectiva de su corazón sagrado no hay propios y ajenos, sólo hijas e hijos, hermanas y hermanos, el horizonte inconmensurable del nosotros con Dios mismo.

Porque el Reino es cosa de locos, de atrevidos, de aquellos que se atreven a amar más allá de cualquier previsión porque primero y ante todo se saben queridos y amados por Dios.

Paz y Bien

Cuaresma: regreso a Dios y al prójimo

















Para el día de hoy (15/03/19) 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26










La Ley que llega a las tribus del desierto a través de Moisés significó un salto ético enorme: al establecer con claridad derechos y obligaciones y la reciprocidad de las acciones, esas tribus abandonan el andar a los tumbos, lo criterioso, los ápices de venganza y subjetividades caprichosas y emergen, lentamente, como pueblo. Es decir, la Ley tiene un rol determinante en el surgimiento de Israel como nación.

Por la memoria de la esclavitud egipcia, por el Dios que los liberó en una noche inolvidable, por la tierra prometida que buscaban a través del crisol riguroso del desierto, Ley sonaba a libertad.

Con el correr de los años y en gran parte por la influencia de ciertas corrientes rabínicas -especialmente fariseas- enfatizaron la obligatoriedad de la Ley en detrimento de la Ley como don de Dios para el crecimiento, para el bien, para la libertad. De allí que el Maestro afirmara que Él no venía a abolir la Ley, sino a darle pleno cumplimiento, es decir, recuperar sentido y trascendencia desde Aquél que concede la vida.

De cualquier modo, no hemos de defenestrar la observación estricta de la Ley, pues hace a la convivencia, a la reciprocidad, a la equidad.

El Maestro no viene a añadir nuevas obligaciones a las preexistentes. La justicia de la comunidad cristiana ha de ser mayor a la de escribas y fariseos pues debe superar lo meramente reglamentario y volver al sentido primordial desde la mirada de Dios, es decir, desde el amor. Así entonces no se trata de observar estrictamente lo que está prohibido sino de vivirlo en perspectiva fraterna, en vínculos cordiales sin esperar nada a cambio. Simplemente vivirlo así en carácter único de hijos de Dios.

Confluir desde el amor de Dios que es perdón y misericordia en una vida cotidiana que se fecunda desde el servicio y la generosidad.

Por ello Cuaresma es justicia desde los ojos de Cristo, justicia que es volver a Dios y al prójimo que edificamos y reconocemos como hermano, la superación del yo para arribar al nosotros.

Paz y Bien

Oración tenaz, oración constante, vidas orantes
























Para el día de hoy (14/03/19) 

Evangelio según San Mateo 7, 7-12










Jesús de Nazareth nos enseña que orar es pedir, buscar, llamar sin descanso, sin aflojar, noche y día sin desfallecer. 
Orar porque Dios siempre escucha, no es un personaje que se incomoda y brinda lo pedido por hartazgo o conveniencia, sino que se brinda por entero, Él mismo, con la alegría y la ternura de un Padre que no descansa por el bien de todas sus hijas e hijos.

La oración, entonces, ha de ser tenaz desde la confianza antes que desde la practicidad, con un corazón enamorado antes que especulador. Orar poco tal vez implique sólo repetir formular y confiar poco, bajar los brazos con rapidez, resignarse con facilidad. Vidas orantes antes que vidas con oración, vidas que sintonicen el asombroso amor de Dios.

Más que por el hombre que reza de manera incesante, la oración es eficaz por la infinita bondad de un Dios Padre que siempre escucha, que atiende, que se deja encontrar.

Pero no se trata solamente de oración, sino de oración cristiana, es decir, una oración que rinde frutos asombrosos merced a la mediación de Cristo.
Cuando oramos nos unimos a Él reconociendo a Dios como Padre y al prójimo como hermano.

Con Cristo finalizan todos los no se puede, los nunca, los jamás, todos los imposibles. Todo lo podemos en Aquél que vive, muere y resucita por todos.

Paz y Bien

Cristo, señal de esperanza y vida plena
















Para el día de hoy (13/03/19) 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32









A una distancia de muchos siglos y diferentes culturas, los signos pueden no tener la misma importancia y contundencia para nosotros que para los oyentes de Jesús de Nazareth durante su ministerio; ello no implica que de ese modo su enseñanza sea para nosotros cosa abstracta. La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, presente perpetuo y eterno para todas las generaciones.
Aún así, es menester indagar acerca de la historia del profeta Jonás y de su importancia para el pueblo judío.

Jonás, al igual que Jesús de Nazareth, era galileo, de Gat-hefer -2R 14, 25-. De entre todos los profetas de Israel, es el único enviado al extranjero, a una nación gentil o pagana, y más precisamente a Nínive, capital del imperio asirio, enemigos enconados de Israel que en numerosas ocasiones habían invadido y sojuzgado la Tierra Prometida. De ese modo, un odio mutuo y profuso enardecía a las dos naciones, y es una cuestión que se magnifica con los criterios de propios y ajenos surgidos en la tradición judía.

Pero Jonás -cuyo nombre en hebreo, curiosamente significa paloma- es enviado a predicar al corazón del enemigo, a la misma Nínive el arrepentimiento, la conversión. Él quiere renegar de ese envío, toda vez que como hijo de su pueblo y de su historia preferiría aplastar al enemigo antes que invitarlos a cambiar, a convertirse bajo el apercibimiento del perecer, y ese perecer no se trata de un castigo divino sino más bien de las consecuencias directas de sus actos.
Y la imponente Nínive, tan grande, majestuosa y populosa se convierte frente a la predicación del profeta judío, porque oyen y escuchan y son capaces de mirarse corazón adentro.

En Jonás también acontece una durísima lucha interior, pues aunque lo ofende el contenido y el destinatario del mensaje que ha de entregar, no puede dejar de escuchar la voz de su Dios que lo convoca, y antes que los ninivitas es Jonás quien se convierte.
Su conversión es un proceso tan profundo y ejemplar que el libro sagrado que relata su conflicto y su bendición es la base primordial utilizada para celebrar Yom Kippur, el Día del Perdón, fiesta clave para nuestros hermanos mayores.

La fuga en una frágil barca preanuncia al Cristo que un día dominará todas las tempestades para los suyos. Los tres días en el vientre de la ballena preanuncian también el cobijo de una tumba que devendrá inútil, signo de Resurreción, señal de que ni la tierra ni nada ha de esconder la muerte, ni que los homicidios de los inocentes permanecerán en silencio y olvido.

En Cristo hay algo más que Jonás, claro que sí. Él no se rebela, más bien se revela universal, mensajero de paz y perdón a todas las naciones, salvación para toda la humanidad.

Y en esta Cuaresma que es una bendición, el mensaje sigue siendo convertirse a la vida que prevalece o perecer en nuestras miserias, en lo que no late, volver a escuchar con atención y regresar a Dios.

Paz y Bien 

La causa de Dios, la causa del prójimo


















Para el día de hoy (12/03/19) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15








Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

El amor se traduce y mensura por las obras













Para el día de hoy (11/03/19)  

Evangelio según San Mateo 25, 31-46










El día del juicio final, el día final, la finalización de la historia suele imaginarse o representarse de diversas maneras, a veces con matices terribles, a veces con fantasías de irrupción impresionante -tal vez algo similar a efectos cinematográficos-. Sin embargo, lo que se suele perder de vista es el significado, la teleología, la absoluta novedad del Evangelio.

El Maestro revela de un modo solemne y definitivo que Dios está presente en los pobres, y que Cristo se identifica absolutamente con ellos.

Nada de ideología o retruécanos de teologías controversiales. Sólo Evangelio.

Los pueblos disolverán sus diferencias, se derrumbarán los imperios, el poder no será siquiera un recuerdo, no contarán razas, religiones o pertenencias. Estaremos vacíos frente a Dios solamente portando el amor que hemos sido capaces de vivir, y por ello, nuestras obras de justicia.

Hemos sido creados para ser hermanos, y precisamente ése es uno de los criterios primordiales del juicio, las cosas que hemos hecho para que este mundo a menudo tan infame tenga espacios fraternos. Aunque suene paradójico, un mundo más humano.

El amor no es una abstracción, ni siquiera un sentimiento de ribetes románticos. El amor se traduce y mensura por las obras, alimentar al hambriento, vestir al desnudo, dar de beber al sediento, confortando al enfermo, haciendo familia al forastero -ay con esos odios migratorios!- visitando al preso. 
Es menester abandonar cierta pretensión que implica todas las cosas que podemos hacer por Dios, como si Él necesitara algo. A Dios se le ama y se le rinde culto en el prójimo, en el hermano, en los pobres donde su rostro resplandece.

Cuaresma es volver a tener esa perspectiva de día final que solemos olvidar, y emprender el regreso a Dios que siempre pasa por el hermano, camino de caridad, de reconciliación, de justicia.

Paz y Bien

Con el corazón en Cristo, nuestro hermano fiel y Señor














Primer Domingo de Cuaresma 

Para el día de hoy (10/03/19):  

Evangelio según San Lucas 4, 1-13 










La cronología del Evangelio lucano indica que la peregrinación de Jesús de Nazareth al desierto ocurre inmediatamente después del Bautismo del Señor a orillas del Jordán por Juan el Bautista. 
Algunos exégetas sugieren que ello implica que Jesús era en sus comienzos discípulo del Bautista, de allí el andar por el desierto; otros, que reedita las experiencias de éxodo de su pueblo, cuarenta días que son simbólicamente los cuarenta años de duro peregrinar hacia la tierra prometida.
Sin embargo, aquí sólo mencionaremos lo más importante, y es que Jesús se dirige y se queda en el desierto guiado por el Espíritu de Dios.

El desierto es árido, de un calor tórrido y a veces insoportable durante el día, y de fríos bravos durante la noche. Es muy difícil sobrevivir tantos días allí en soledad, a menos que seas un beduino o un hombre acostumbrado a sus rigores.
Pero el desierto es también el ámbito propicio en donde se desvanecen las falsas seguridades, las comodidades inventadas, donde sale a la luz lo que verdaderamente se es al igual que sucede en todos los momentos críticos de la existencia. En el desierto se acrisolan vocaciones y sentimientos.

El Dios del universo ha asumido la condición humana en la pequeña Nazareth, merced a la confianza de la aún más pequeña María, llena de Gracia. Aquí en el desierto, asume nuestras debilidades, nuestra fragilidad manifiesta y tantas veces no reconocida, nuestras limitaciones, lo que nos hace vacilar por el miedo y por las dudas.
Es una humilde y definitiva expresión de solidaridad. Cristo es el hermano fiel de toda la humanidad, hermano que aún golpeado, aún sacudido por el duro gravamen de las tentaciones permanece firme, fiel al Reino del Padre y por ello fiel a sus hermanos de todo tiempo y lugar.

Porque el enemigo siempre intentará que busquemos la fácil, la solución individual, la solución egoísta y pasajera en donde el hambre se calma pero no se buscan ni se hallan las causas de ese hambre, la injusticia, antípoda cruel del amor de Dios. Tentación de satisfacer las necesidades de la superficie pero renegar de las más profundas, el hambre de Dios, de su Palabra.

Porque el enemigo ofrecerá las mieles del poder y del éxito, de las cabezas de los otros como escalones de ascenso, del dominio, de la opresión razonada. Pero este Cristo nada tiene que ver con las glorias mundanas ni, mucho menos, con los poderosos de la tierra.

Y el enemigo siempre andará buscando que la fé se convierta en un culto vano y sin corazón, un espectáculo ampuloso que en el fondo en nada cree, la genuflexión frente a las imágenes que convenientemente nos creamos. Pero el culto primero es la compasión y la misericordia palpitadas en lo cotidiano para mayor Gloria de Dios.

Por todo ello, cuando las tentaciones se hagan presentes, hemos de regresar al desierto, ese desierto que aparenta soledades pero que es plena comunión con Dios, con el Cristo que no nos abandona, que nos está recordando siempre hacia dónde hay que rumbear, dónde hay que poner el corazón, y no perder de vista lo realmente importante.

Paz y Bien

Mesa de Cristo, mesa de misericordia y celebración de la vida

























Sábado de Ceniza

Para el día de hoy (09/03/19): 

Evangelio según San Lucas 5, 27-32







Un publicano era un hijo de Israel, un judío que recaudaba impuestos para el ocupante imperial romano. Por las severas normas de pureza/impureza ritual, al estar vinculado de continuo con extranjeros paganos y con sus monedas, era un impuro insalvable, incapacitado para el culto religioso pero también para la vida comunitaria.

A menudo, en las mesas en donde recaudaban los tributos, solían ejercer prácticas extorsivas y corruptas, es decir, cobraban de más en propio beneficio y en detrimento de los pobres y es claro que no tenían mucha oposición, pues las legiones estacionadas en la zona eran garantía de cobro. El no pago de los tributos imperiales era delito de sedición castigado con la pena capital.

Para el sanguíneo nacionalismo judío, un publicano -además de su condición de impuro- era fervorosamente odiado por extorsionar al pueblo, pero muy especialmente por ser un traidor. Por ello sólo tenían vínculos sociales curiosamente endógenos, o sea, se podía vincular a otros publicanos.
Sus paisanos los colocaban en un escalón moral muy por debajo de las prostitutas.

Leví está sentado a su mesa, mesa del cobro del fruto del trabajo de muchos para sostener al imperio opresor, mesa en donde se explota al débil, mesa de la complicidad con el poderoso. Mesa de muerte.
Pero pasa el Maestro, y la presencia de Cristo en la existencia del publicano todo lo transforma.
Precisamente, a quien nadie habla, a quien todos desprecian, a ese Leví acotado a su mundo miserable, a él Cristo lo mira y lo invita a seguirle.

Seguirle es mucho más que ir en una misma dirección, seguirle es compartir vida y caminos, escuchar atentamente su Palabra, permitir que el Reino sea.
Una gran alegría, que Leví sabe inmerecida, ha acontecido en su vida y lo celebra.

Todo ha cambiado, y la mesa de la mezquindad será ahora una mesa de celebración, un banquete que festeja la misericordia de Dios.

Ese Cristo se pone definitivamente de lado de los excluidos, de los que nadie -aún con las mejores razones- aceptaría ni convidaría una cena. Pero es tiempo de rescate, de búsqueda incansable de los enfermos, de los agobiados por ese dolor mayor que llamamos pecado.

Quiera Dios que en nuestras mesas también se celebre la vida, se celebre el paso salvador y misericordioso de Dios por nuestras vidas, y que nadie se quede afuera, que siempre haya lugar para uno más.

Paz y Bien


El primer ayuno: la compasión, el socorro, la misericordia














Viernes de Ceniza

Para el día de hoy (08/03/19): 

Evangelio según San Mateo 9, 14-15










En la mayoría de las religiones podemos encontrar la práctica del ayuno, usualmente modo devocional de dominar el cuerpo y las pasiones e internarse por caminos espirituales, y la religiosidad semítica no era ajena a ello.
Los fariseos ayunaban con frecuencia bajo criterios piadosos y catárticos, es decir, criterios de purificación por los pecados cometidos, ascetismo severo que con el tiempo se convirtió en un fin en sí mismo y no en la oblación humilde de un corazón contrito que busca agradar a Dios, que ansía reconciliarse y suplica perdón. Esa absolutización, necesariamente, implicaba también una exterioridad magnificada, pues el ayunante se mostraba visiblemente como tal, en busca también del reconocimiento ajeno como hombre piadoso y observante de los preceptos.

Luego de la muerte del Bautista, los discípulos de éste -a pesar de toda su prédica- han vuelto a las viejas costumbres, asimilando nuevamente las antiguas prácticas fariseas. De allí la extrañeza que le plantean al Maestro, pues algunos de ellos habían seguido a Jesús, se habían convertido en sus discípulos.

La respuesta del Maestro es novedosa y muy inteligente. No expresa una alternativa más, pues Él mismo ayunaba -lo hizo durante cuarenta días en el desierto-, sino que quiere enseñarles que ha comenzado un tiempo nuevo, un tiempo santo, y que es menester encontrar el verdadero sentido de las cosas, de todas las acciones.
En este tiempo mesiánico, los legalismos religiosos, la fé jurídica debe hacerse pasado, pues el Reino está muy cerca, tan cerca que la presencia del Mesías todo lo resignifica desde la Gracia, desde la alegría de la Salvación, desde la esencia misma de Dios que es el amor.

Por eso el primer ayuno, el ayuno agradable a Dios son la compasión, el socorro, la misericordia, pues es Dios quien purifica por su infinita bondad, y nó las acciones tabuladas que pretendamos emprender como acciones automáticas para adquirir el favor divino.

Paz y Bien

Cruz de fidelidad, cruz de cada día

















Jueves de Ceniza

Para el día de hoy (07/03/19): 

Evangelio según San Lucas 9, 22-25









La lectura de hoy nos presenta en una lontananza no tan distante los hechos terribles y santos a la vez de la Pasión del Señor.

Se trata de una identidad única, la de discípulos y seguidores de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor. Su enseñanza no se acota a revelar la trascendencia y escatología de sus propios padecimientos, sino a advertir a los suyos acerca de los fundamentos de la vida cristiana, es decir, de seguir fielmente sus pasos.

No se trata aquí de una necesidad en un sentido fatalista. El Padre no es un monstruo cruel al que le place el sufrimiento de su propio Hijo o de cualquiera de sus hijas e hijos. Pero la fidelidad de Cristo hasta el final, el amor a su Padre y a sus hermanos lo llevará a asumir en su ser todas las miserias y dolores que imponen aquellos que se autoproclaman poseedores absolutos de la verdad y con derecho a decidir sobre la vida de los otros.

Es menester tener en cuenta que la crucifixión era la pena capital impuesta por el imperio romano para los criminales más abyectos, para los subversivos irrecuperables. Al crucificado se lo torturaba previamente con concienzuda y eficaz técnica, y luego se le exhibía durante horas de cruel agonía, como advertencia disuasoria para aquellos que pretendieran seguir por la misma vía.
Pero para la religiosidad de Israel, un crucificado es un maldito.

Así entonces el Maestro señala que el discipulado -seguir sus pasos- no admite medias tintas, ni es tampoco una alternativa más del vasto menú mundano de opciones existenciales. El seguimiento es radical, absoluto, total en plena libertad surgida de la verdad y del amor de Dios, en la urgencia impostergable del perdón, de la misericordia, de la justicia, de la paz, del servicio. De los obreros felices del Reino de Dios.

Por todo eso cargar la cruz cotidiana no es solamente soportar a diario lo gravoso de la existencia, las miserias propias o lo que nos imponen con cierto grado de resignación. Cargar la cruz es ser considerado un criminal, un abyecto subversivo, un maldito irredimible a causa del amor a Dios y el servicio a los hermanos. Humildemente hacerse el último para que aquellos que están al final de todo -descartados por el mundo- puedan dar un paso adelante.

Se gana lo que se ofrenda, se pierde lo que no se dá. En la ilógica del Reino, vida que se ofrece es vida que crece y se expande para mayor gloria de Dios.

La fidelidad no quedará en opacas intenciones, sino que será ratificada en la Resurrección, el compromiso definitivo de ese Dios por el que la vida perdura más allá de la muerte.

Paz y Bien

Cuaresma: tiempo santo de restauración














Miércoles de Ceniza 

Para el día de hoy (06/03/19):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18











Hoy es Miércoles de Ceniza.

Habrá señales de cruz cenicienta en la frente, signos de la que se porta con humilde y amoroso orgullo en el corazón. Porque se trata del camino de la cruz entendida y asumida en los huesos como el amor mayor, a pesar del horror, a pesar de la muerte.

Ciertas costumbres religiosas persisten, la del rictus amargo, la del duelo perpetuo, la de crespones negros. Más Cuaresma no se trata de luto ni de regodearse en penas, sino de sumergirse en el misterio profundo de la vida y el ministerio de Jesús de Nazareth. Morir en su muerte y asumir con esperanza definitiva su Resurrección. Desalojar del corazón lo que es vano para que sólo lo habite Dios, purificarse de todas las miserias en las que solemos abandonarnos.

Limosna, oración y ayuno nos propone la Iglesia como madre cuidadosa de todos sus hijas e hijos.

La limosna que es mucho más que la acción benefactora prescrita, de algo de dinero para calmar la conciencia propia antes que la necesidad del otro. La limosna es darse a sí mismo, y por ello compartir lo que se tiene con el necesitado, una afirmación profética de una justicia que suele estar a contramano de los intereses mundanos pues se reviste de generosidad y de incondicionalidad.

La oración que es respuesta al susurro de ese Espíritu que nos hace decir Abbá, que nos hace reconocer a Dios como Padre, que nos ubica en la sintonía eterna de la Gracia de Dios, que nos ahonda en el misterio fecundo del amor, tan imprescindible que sin oración -aún cuando la biología diga otra cosa- perecemos.

El ayuno que no es ritual de ciertos días y excepción de ciertos alimentos puntuales, sino la privación propia para que el sustento no falte, al menos, en el plato de un hermano, sonrisa de Dios cuando acontece el milagro del compartir.

Cuaresma es tiempo ofrecido para el regreso a Dios, y por eso mismo regreso al hermano, tiempo santo de perdón y reencuentro.

Cuaresma es una bendición.

Paz y Bien


Sólo en Cristo está nuestra verdadera riqueza















Para el día de hoy (05/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 28-31









En ciertas estratos sociales opulentos, y también en países en donde no se pasa necesidad, es fácilmente verificable el materialismo especialmente en su faz dilettante de consumismo, que literalmente consume la vida pero nunca consuma la existencia. Es claro que esta cuestión no ha de acotarse exclusivamente a un ámbito de análisis socioeconómico, pues su raíz es eminentemente cordial: la verdadera riqueza está donde se pone el corazón, o mejor aún, que es lo que ocupa el corazón, el Espíritu de Dios, las cosas o, en su extremo, el dinero.

Pero hay cierto materialismo más sinuoso, quizás no tan tosco ni directo, que es el de brindar respuestas y explicaciones a las preguntas últimas -y primeras- de la existencia a través de la ciencia y la tecnología. 
En cada ser humano hay una profunda sed de Dios, una angustiante necesidad de trascender aún cuando ello no se reconozca, y se razone mediante lógicas ajenas al espíritu. Hay cosas fundamentales que no pasan primero por la razón, sino por el co-razón.

Así entonces, desde esa perspectiva la promesa de Jesús de Nazareth de recibir el ciento por uno como premio o recompensa se limitará a un cálculo puntual sin arriesgarse a ingresar en la asombrosa dinámica de la Gracia y del infinito e incondicional amor de Dios, y todo desprendimiento se razonará desde perspectivas pseudomodernas de costo/beneficio o bien desde criterios psicologistas.

Es menester dejar atrás todos los materialismos, aquellos producto de la abundancia o aquellos que surgen a golpes de necesidad. Atrevernos, confiados, a dejar atrás todo aquello que nos aplasta esperanzas y nos come trascendencia, corazones que se vacíen de lo superfluo y se enriquezcan por Aquél que quiere hacer morada en esto que somos, corazones amplios para contener hermanos, amigos y enemigos´.

Sólo en Cristo está nuestra verdadera riqueza, la alegría, la vida eterna.

Paz y Bien

La Salvación, don de amor incondicional de Dios

















Para el día de hoy (04/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 17-27








Como un sendero manso, el Evangelio puede compendiarse rastreando con devoción las miradas del Señor, la mirada amorosa e incondicional de Dios que nos busca, nos encuentra, nos identifica, nos redescubre, nos sueña en lo que somos, nos ama a pesar de lo que fuimos y por lo que podemos llegar a ser.

La lectura para este día también habla de una mirada.

Todo acontece en marcha, quizás señal tácita de un Cristo que es camino, verdad y vida. 
El hombre que sale a su encuentro tiene una actitud muy distinta a la habitual que suele plantearle escribas y fariseos, que se plantan desafiantes, ofensivos, brutales y soberbios. En él hay cierta angustia existencial que lo urge -viene corriendo-, y le muestra reconocimiento como Maestro y un respeto infrecuente echándose a sus pies.

El nudo de su angustia es el más allá, la vida postrera. En su propia expresión podemos reconocer cierta postura, pues inquiere como heredar la vida eterna: como poseedor de numerosos bienes, seguramente conoce bien los vericuetos legales referentes a las herencias. Sin embargo, expresa también una mentalidad antigua por la cual la salvación se gana realizando determinadas acciones piadosas y llevando una vida virtuosa. Todo ello, es claro, está muy bien pero no contempla la asombrosa dimensión de la Gracia, don y misterio del amor de Dios.

Aún así, el Maestro lo guía paso a paso por la historia de fé de su pueblo, lo hace ahondar en su propia identidad, reconocer sus huellas por la Ley que Dios brindó a su pueblo para la libertad. No hay allí ninguna doctrina esotérica que se revele a unos pocos iniciados, sino en verdad el modo santo de relacionarse con Dios y con el prójimo. 
Ese hombre había cumplido al pié de la letra con todos los mandamientos desde su juventud, pero le falta todavía dar un paso, realizar un éxodo definitivo, desprenderse de sus bienes y dárselo a los pobres. Soltar el lastre que lo ata y elevarse allí donde se acumulan los tesoros verdaderos, tesoros definitivos de la caridad.

Frente a ello, el hombre se entristece pues tiene muchos bienes. Dejar atrás las falsas seguridades duele, nos quita los confortables puntos de apoyo en los que nos solemos acomodar. 
La Salvación no se adquiere, la Salvación es don de Dios que nos llega por el sacrificio y la resurrección de Cristo, misterio del amor infinito e incondicional de ese Cristo que nos mira y nos busca aún cuando nos empecinamos en aferrarnos a las cosas y a los esquemas, aún cuando recostamos el corazón en cualquier lado menos en Dios.

En el tiempo de la Gracia, nos descubrimos mirados por Cristo, felices camellos que atraviesan todos los ojos de todas las agujas porque con Él todo lo podemos.

Paz y Bien

Con ojos de misericordia, con la mirada de Cristo















Domingo 8º durante el año

Para el día de hoy (03/03/19) 

Evangelio según San Lucas 6, 39-45









La enseñanza que hoy nos trae la lectura del día habla de convivencia, de reciprocidad y fraternidad desde la mirada de Cristo, pero el corazón del Señor es amplísimo, infinito, y sus palabras no se acotan a los pares, a ese prójimo que identificamos desde la pertenencia o semejanza religiosa. Su mensaje siempre es universal pues se dirige al corazón de todos los hombres de todos los tiempos.

El prójimo no se acota solamente a cierta objetividad que implica que está allí, aquél que podemos mirar desde cierta distancia. El prójimo se edifica aprojimándonos/aproximándonos. Por eso la vida cristiana no es un compendio de las cosas permitidas y de las prohibiciones, sino más bien la vivencia plena del amor en todos los aspectos de la existencia. 

Uno de esos aspectos es la mirada que tenemos para con los demás. Es usual que se anuden los prejuicios como eslabones de una pesadísima cadena que nos aleja de los demás, y desde ella se aisla a muchos y se oprime a otros tantos. La brizna en el ojo del hermano es aferrarse a nimiedades y potenciarlas a la totalidad de la vida, es decir, a partir de minucias rotular al prójimo con mil y una etiquetas, pero escasamente como un hermano.

Es claro que no se trata de abandonar criterios propios ni resignar el espíritu crítico, impulsor cabal en la búsqueda de la verdad. Se trata de no usurpar lo que es propio de Dios, de no tomarnos atribuciones que no tenemos, ni tampoco la torpe condescendencia que esconde la soberbia de creernos mejores que otros.

El juicio, en tanto que tribunal cordial de nuestro interior en donde somos juez, jurado y verdugo, atenta contra la Buena Noticia y quebranta la fraternidad, pues enciende ciertos detectores de enemigos e infractores, y reniega de la justicia de Dios, la misericordia.

Paz y Bien

Cristo y los niños, Dios inclinado hacia todos los vulnerables

















Para el día de hoy (02/03/19):  
 
Evangelio según San Marcos 10, 13-16











Distintas disciplinas afirman con un notable grado de veracidad el rol fundamental de la infancia en la vida adulta de las personas. Es decir, tanto la felicidad como los traumas dejarán huellas perdurables en la vida de cada hombre y de cada mujer, y estas escasas líneas probablemente no describan la magnitud de esa importancia.

Jesús de Nazareth había sufrido a causa de sus discípulos, claro que sí. Ellos no terminaban de aceptar la misión del Maestro, un hombre que eligió ser un hombre pobre y humilde, un Salvador servidor de todos, que no ambiciona poderes mundanos, que anticipa espantosas derrotas, y por ello discutirán con fiereza entre ellos e incluso le reclamarán un sitio preferencial a su lado en lo que imaginan será su coronación como rey de Israel.

Las gentes no dejaban de llevarle a sus hijos más pequeños para que se los bendiga -uno siempre lleva y comparte con quien confía a quien es lo más valioso de su vida-. Pero los discípulos discutían y retaban a los padres y madres de esos niños, y es la misma sintonía expuesta. El Maestro está para cosas en verdad importantes, y nó para preocuparse por tonterías pueriles; en la Palestina del siglo I, un niño era un sin derechos, alguien que no cuenta ni tiene la menor relevancia, a medio camino entre un esclavo y una mujer.
Ellos le adjudican a Jesús sus propias ansias, y ése es un error gravoso repetido de continuo a través de los tiempos.

En cierto modo, y aún cuando nos hayan tocado vivir momentos bravos y muy dolorosos, hay aconteceres en nuestras infancia que llevaremos siempre. La capacidad de asombrarnos. La alegría frente al descubrimiento de un regalo que excede nuestras expectativas. La inexistente vergüenza al expresar nuestros miedos y carencias. Pero por sobre todo, esa pureza, esa transparencia del corazón, indispensable para ser felices, para mirar y ver a Dios.

Ese niño se nos ha extraviado en algún momento. Tal vez hemos hecho ingentes esfuerzos para que no salga a luz, para no reencontrarnos. No obstante, es crucial, es lo más importante, y es la disposición cordial para ingresar al Reino infinito de la bondad, el tiempo de la Gracia y la Misericordia que nos ofrece Cristo incondicionalmente, con un abrazo y una bendición.

Paz y Bien

Familia edificada con la mirada de Dios
















Para el día de hoy (01/03/19):  

Evangelio según San Marcos 10, 1-12








Ante todo, contexto e intencionalidad: un grupo de fariseos interpela a Jesús de Nazareth en una postura inquisitiva que sólo busca el error condenatorio, es decir, actúan con siniestras intenciones a lomos de un terrible prejuicio. 
El argumento elegido es el del divorcio: su estricta casuística regulaba esa cuestión en una perspectiva reglamentaria -que no espiritual- y sólo desde el punto de vista del varón. Por ello al preguntar si a un hombre le es lícito divorciarse de su mujer, expresan tácitamente que la mujer no tiene voz ni derechos, que es en algún modo una propiedad del esposo sometida a sus deseos y caprichos.

No ahondaremos en este tema ni tampoco nos internaremos en ámbitos doctrinales, pues tal vez la cuestión pueda contemplarse desde otra perspectiva más profunda.

Los fariseos eran profundamente piadosos, pero su religiosidad -bajo el pretexto de la estricta observancia de la Ley mosaica- se afirmaba en la pura letra, en el reglamento en desmedro y olvido de Aquél que la inspiraba y le confería sentido.
Ellos tenían una mirada severa, como otros tantos, más ella no era la mirada de Dios.

La mirada de Dios es una mirada infinitamente amorosa, que mira con misericordia a todas sus hijas e hijos con ojos bondadosos de Padre. 
Dios es familia eterna, y como hijos adoptivos suyos por Cristo, en la familia crecemos, vivimos, encontramos identidad, germina el Evangelio y se expande la vida. Cuando la familia crece, hacia dentro y hacia fuera, acontece el Reino pues el amor de Dios se encarna en cada historia.

El matrimonio, entonces, como núcleo basal de la familia y espejo santo del amor de Dios, debe ser contemplado y venerado desde esa profunda perspectiva que es un don de fé, y también con su misericordia, una misericordia que solemos olvidar a la hora de sentenciar, de excluir y de relegar al olvido.

Paz y Bien

La humildad de la sal, el sabor de la existencia














Para el día de hoy (28/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 41-50









La lectura que hoy nos convoca tiene que ver con la reciprocidad, con la concordia, con el cuidado del otro y que otra manera de vivir y otro mundo son posibles, lejos de cualquier utopía pues se trata de una fé que se encarna en la cotidianeidad.

El Maestro se identifica plena y absolutamente con los suyos, de tal modo que quien reciba a uno de los suyos en su nombre a Él le recibe, y si le rechaza y desprecia, a Él le rechaza. En los ojos del hermano encontramos la mirada del Señor.

En esa propedéutica de presencia y cuidado tienen un lugar destacado y fundamental los pequeños: con ello no se refiere específicamente a los niños, sino a los que son como ellos. En aquel tiempo, un niño carecía de voz propia y derechos, era poco menos que un humano incompleto y en todo dependía de los demás. Por ello, los pequeños son los débiles, los humildes, aquellos que fé incipiente, un pequeño brote del que se espera a su tiempo propicio buenos frutos.
Él se vale de una hipérbole, que es una figura literaria exagerada tendiente a destacar en el que escucha la idea principal, merced a una imagen fortísima. Sin embargo, la misma hipérbole resalta la importancia de su afirmación: el cuidado de los pequeños implica el evitar convertirse en escándalo -skándalon- piedra de tropiezo para ellos. Mejor es morir ignominiosamente que menoscabar una vida así.

Tal vez no sepamos mensurar las consecuencias del pecado. Lejos de cualquier ánimo punitivo -Dios es un Padre que nos ama-, pecado es quebranto, ruptura, muerte, negación de Dios y del prójimo. De allí el énfasis que Cristo pone para regir nuestras vidas por la Gracia y en la Gracia de Dios.

Aún con las consecuencias gravísimas del pecado, las buenas acciones también tienen consecuencias, a menudo inadvertidas. A veces en los gestos más simples, en las acciones más sencillas resplandece el amor de Dios y brota el Reino.

Ésa es la sal de la vida. Brindarle sabor a la existencia, que dé gusto vivirla en plenitud, y guardarla con afán de toda corrupción, cuidándonos desde el servicio para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Círculos cordiales de caridad














Para el día de hoy (27/02/19):  
 
Evangelio según San Marcos 9, 38-40










Juan, al igual que su hermano Santiago -hijos de Zebedeo, pescadores de profesión- eran hombres de caracteres bravos, personalidades volcánicas, muy dados a las pasiones extremas. De allí que llevaran el apodo de Boanerges, que significa hijos del trueno.
Los caracteres así suelen requerir de mucha disciplina interior, tan dados a las emociones fuertes, tan proclives a actuar irreflexivamente, de un modo violento, precipitado y a veces excluyente.

En el acontecimiento que el Evangelista nos brinda en el día de hoy, tiene como uno de sus protagonistas al mismo Juan. En su peregrinar se han encontrado con un exorcista que expulsa demonios en el nombre de Jesús, pero que sin embargo no pertenece al círculo de los discípulos; es un sanador que hace el bien a partir de su confianza en ese Jesús que pasa, y que no es parte -aparentemente- de la iglesia naciente.
Basta saber ello para que Juan se incendie de indignación, y que junto a los demás trate de impedir el obrar de ese hombre, aunque la redacción del Evangelio sugiere que fué un intento nada más, un intento sin consecuencias.

Quizás la clave radique en la misma expresión de Juan: ese exorcista/sanador no está con ellos -el grupo que conforman los discípulos y Jesús de Nazareth- antes que afirmar que ese hombre no sigue al Maestro.
Juan ha puesto en un mismo plano ontológico el seguimiento a los discípulos que el seguimiento a Cristo, y en realidad, lo que expresa de modo tácito es una mentalidad sectaria que divide aguas entre unos pocos -escasos- nosotros y una miríada de ellos.
Juan es uno de los tres discípulos privilegiados -junto con Santiago y Pedro- que han sido testigo directo de la resurrección de la hija de Jairo y de la Transfiguración de su Maestro.
Pero ninguno de los tres, obcecadamente, acepta ni alcanza a comprender el abismal panorama que Jesús les refiere respecto de su Pasión; por ello, en cierto momento su madre intercederá ante Jesús para que ambos, Santiago y Juan, obtengan una posición prebendaria y privilegiada en cuanto se establezca el reino que ellos, en su mundana mentalidad, imaginan.

Esos exclusivismos tristemente perduran hasta nuestros días.

Suele ser muy atractiva la idea de una Iglesia pequeña, de unos pocos elegidos, un círculo de cristianos certificados y oficiales que separa las aguas respecto del resto, que se reivindica como especial, como pura, como mejor por lo que profesa antes que por el Espíritu que la congrega. Y así, muchos otros discípulos del Señor a los que no conocemos pero están alli, haciendo silenciosamente el bien sin pedir permiso, quedan en un afuera falaz.

Pero Cristo ha trazado para los suyos -para toda la humanidad- un círculo cordial, amplio, tan grande como la red de los pescadores que no se rompe, el árbol que cobija a todos los pájaros del cielo, la mesa para todos, a pesar de las diferencias, aún con nuestras mezquindades y la saña que nos gusta enarbolar a la hora de diferenciarnos.

Pues lo que cuenta es el bien que se ofrece, y ese Dios que es el que nos congrega a un nosotros del que Él mismo es centro y parte.

Paz y Bien

En los pequeños resplandece el rostro de Dios















Para el día de hoy (26/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 30-37







La reserva que impone el Maestro a los suyos se corresponde con las otras expectativas mesiánicas que tenían las gentes de su tiempo: la idea de un Mesías sufriente, derrotado, sometido a escarnio por sus enemigos era escandalosa, incomprensible e inaceptable.
Los discípulos no eran ajenos a esos esquemas, e implicó un duro camino cuesta arriba desprenderse de ese lastre que impedía que su fé creciera y madurase.

Aún hoy, la imagen de un Dios que se nos muere como un criminal es causa de desprecio e incomprensión para el mundo...pero para nosotros también, afanosos como a veces nos descubrimos, entendiendo el poder como fuerza que aplasta.

Más que un contrapunto, es como un anti-eco la postura de los discípulos. Él les enseña acerca de su misión y de lo que acontecerá en su Pasión, mientras que ellos se afanan por determinar primacías, disputas de poder interno, de prebendas, de dominio.
Advierten que algo no está bien, y ante la pregunta del Maestro callan, quizás avergonzados por reconocer que no querían entender, que los caminos de Cristo no son los suyos.

Aún así, Él no los reprende ni descalifica. A veces, la enseñanza y el aprendizaje consiste en abrir las ventanas luminosas de una perspectiva nueva y distinta.
Una cuestión crucial es que esto sucede en la casa de Cafarnaúm, casa que es hogar de amigos, imagen de Iglesia y comunidad: allí es el ámbito propicio para aprender, para crecer, para conocer y re-conocerse corazón adentro.

No se trata, pues, de determinar quien es el primero, sino en el cómo de llegarse a ese sitial, tácito indicativo de trabajo y esfuerzo. Es imperioso desandar toda tentación e ínfula de privilegios, pues en la sintonía del Reino, grandeza significa servicio y generosidad incondicional al prójimo, un prójimo que es par e impar, un prójimo al cual edifico porque me aprojimo/aproximo.

El Señor toma un niño, lo abraza y lo ubica en medio de ellos. El abrazo de Cristo es vocación y bendición a todo destino, pero es menester comprender el porqué de ese niño allí, al centro de la atención de los discípulos.
En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, un niño carecía de voz y derechos, considerado un humano incompleto al que cuidaban las mujeres, al que prácticamente no se tenía en cuenta hasta su ingreso en la edad adulta, del todo dependiente de los demás.

Precisamente ése es centro de todos los afanes de la comunidad cristiana, el servicio y la recepción fraterna de aquellos que nadie vé, que no tienen voz, que no pueden valerse por sí mismos. En ellos resplandece el rostro mismo de Dios.

Paz y Bien

Orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla















Para el día de hoy (25/02/19):  

Evangelio según San Marcos 9, 14-29






Al llano nuevamente.
Jesús de Nazareth se ha transfigurado frente a sus discípulos en la cima del monte Tabor; lo han visto resplandeciente, conversando con Moisés y con Elías, y la voz de Dios les ha dicho que es el Hijo amado al que deben escuchar. Pedro quiere perpetuar ese momento armando unas tiendas, pero el Maestro se niega. Es menester regresar al llano, descender de la montaña allí en donde la luz no abunda, donde campea el dolor, donde tanta falta hace la esperanza.

Allí mismo -destino inmediato de la misión- se encuentran al resto de sus discípulos en franca y encendida discusión con algunos escribas. El motivo: la incapacidad de esos discípulos de sanar a un niño que sufría los terribles golpes de lo que se consideraba posesión por un espíritu maligno, y que hoy -de acuerdo a la precisa descripción del Evangelista- identificaríamos como epilepsia en alguna de sus duras variantes.
En cuanto a la cualificación médica, quizás no sea tan importante: lo que cuenta, ante todo, es el que sufre. Pero la carga es aún mayor si nos ubicamos en la perspectiva de un concepto religioso que justificaba la enfermedad como causa directa del pecado -propio o de los padres- y a su vez desemboca en una condición de impureza ritual, de exclusión absoluta. En esa mentalidad todo está dicho y no hay retorno, y el doliente ha de quedar relegado a su suerte y su penar, y es por ello que los escribas discuten con varios de los discípulos.

Unos, enojados porque las fórmulas empeñadas no le han servido esta vez, a diferencia de los éxitos pretendidos de la misión anterior. Se descubren impotentes frente a la posesión del niño, y es una gran verdad que no terminan de entender ni de aceptar: de Dios proviene el bien, la salud, la Salvación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, y apenas confían en sí mismos, cuando en realidad deben fiarse de Otro.
Los otros, con otra clase de enojo. Escribas rigurosos que no pueden tolerar que no se les solicite autorización, que haya gentuza galilea -kelpers judíos-actuando en nombre de Dios, que no aceptan que pueda trastocarse ese orden cruel que ellos imponen y que creen de origen divino.

El Maestro se enoja. Es un enojo magnífico, porque la mansedumbre no es cobardía ni una reducción temerosa. Su enojo no se debe solamente a la falta de fé, a esa incredulidad que puede respirarse en ese sitio, sino también a la compasión que está ausente. Y es un enojo frutal, pues no se queda en la pura crítica abstracta, sino que pone manos y corazón a la obra: para el amor de Dios que se revela en Jesús de Nazareth -que se revela y se rebela- nada ni nadie puede anteponerse al que sufre.

El papá de ese niño vacila en su confianza en Jesús, pero aún así le suplica su auxilio. Porque es mucho el dolor -es dolor de un hijo, es un sufrir doble- y es de larga data. Pero esa vacilación no es una mancha, sino es signo de un alma que busca y no se resigna, y de nuestro peregrinar de fé esas dudas son bendición y crecimiento.
Porque la fé es don y misterio, y todo es posible desde esa fé que es totalmente personal. Porque no se trata de adoptar una religión, ni adherir a un sistema de ideas, sino y ante todo, de confiar en Alguien, en Jesús de Nazareth. Si queremos y confiamos, los imposibles ya no serán tales.

Y la oración opera milagros, desaloja demonios, es río santo de salud y liberación. Porque orando no repetimos fórmulas, orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla, y que es Todopoderoso porque ama sin límites ni condiciones.

Paz y Bien

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