La constante realidad de la Salvación






Para el día de hoy (21/04/16):  

Evangelio según San Juan 13, 16-20





La pregunta que sobrevolaba los ambientes era siempre referida a su misión e identidad -¿Quien eres tú?-. La presencia del Maestro suscitaba interrogantes, controversias, no pasaba inadvertido, y es una cuestión también crucial para todos nosotros. Saber quién es. Saber qué significado tiene en mi existencia. Descubrir su Pascua cotidiana, encontrarle allí precisamente en donde lo pasamos por alto, imbuídos en los quehaceres cotidianos, en la locura diaria, montados para peleas que nunca debieron ser nuestras.

Ya en varias oportunidades Cristo se ha valido de la expresión -Yo Soy- para revelar sus raíces divinas, su carácter mesiánico, su absoluta identidad con el Padre: el tempo de la lectura de este día cambia radicalmente pues la revelación se proyecta desde el presente hacia el futuro, hacia todas y cada una de las historias futuras de la Iglesia, de la humanidad, de cada uno de los creyentes.

El énfasis del mensaje se encuentra en los gestos. Esta revelación acontece mientras el Maestro lava los pies de sus amigos,  humilde servidor, casi un esclavo, que se ofrenda sin reservas para la vida de los demás.
El origen mismo de la comunidad cristiana se encuentra allí, afincado en el corazón sagrado del Señor, en dinámica santa del servicio, el otro nombre del amor que es esencia de Dios, amor que es principio, camino, fuerza, método y destino.

Como la zarza ardiente para Moisés -signo inequívoco y santo de la presencia de Dios-, la cruz será elevada como señal absoluta del amor de Dios en Jesucristo. Y se inaugura, digan lo que digan, una nueva generación de privilegiados, aquellos que quieren vivir de acuerdo a la Buena Noticia, los que no se resignan y se revisten de la esperanza que fecunda el Espíritu, los que prefieren morir a traicionar, los que confiesan la fé aún en los ambientes más sombríos, aún frente a la amenaza de violencia más inverosímil, los que reclaman el privilegio de ser últimos, de no figurar, de ceder el paso al hermano..

La Salvación posee una constante realidad pues se ha encarnado en la historia merced al amor de Dios en Cristo y se renueva a diario en sus hermanas y hermanos.

Paz y Bien 



El grito del Señor




Para el día de hoy (20/04/16):  

Evangelio según San Juan 12, 44-50




La Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva que nos habla hoy, nos interpela, nos despierta y con frecuencia nos pone evidencia.
Así el Evangelio es Buena Noticia y enseñanza del Maestro en un presente perpetuo, en el siglo I, en nuestros días y en los días de aquellos que vengan tras de nosotros hasta el retorno final del Señor.

En la lectura que la liturgia del día nos ofrece nos encontramos con un Cristo que eleva su voz, que enarbola un grito dirigido no solamente a esos hombres empecinados en el odio y en la incredulidad en el Templo de Jerusalem, sino a todas las gentes de todos los tiempos, entre los que nos encontramos también nosotros mismos. 
Su grito realza la importancia fundamental de lo que revela, para que no se pase por alto, para que se escuche y no se olvide, y es que quien cree en Cristo cree también en Dios, el Padre. Dios es Jesús y Jesús es Dios, la fé en Cristo y la fé en Dios son indivisibles. El Padre y el Hijo son uno.

Mensaje para los creyentes: la fé en Jesucristo no se agota en una creencia, en una idea abstracta a la cual se adhiere. La fé en Jesucristo es, precisamente, seguir a una persona, a la persona del Resucitado, sacerdote eterno, puente hacia Dios.

En el Templo, unos enormes hachones iluminaban la imponente construcción y su fulgor se distinguía a varios kilómetros de distancia. Justamente allí, el Maestro se presenta como la luz del mundo; la luz no es ya un hecho físico ni una expresión alegórica, sino la persona de Jesucristo que nos tiende desde un amor infinito la voluntad salvadora de Dios para todos los pueblos. Para que nadie se pierda, para que florezca la Gracia y despunte un sol de justicia, para que la muerte no se afinque por todas partes, pues en Cristo se revela el amor incondicional que Dios tiene por toda la humanidad.

Paz y Bien

En la Fiesta de la Dedicación





Para el día de hoy (19/04/16):  

Evangelio según San Juan 10, 22-30 




La lectura que nos ofrece la liturgia del día nos sitúa junto a Jesús de Nazareth dentro del Templo de Jerusalem durante la celebración judía de la Fiesta de la Dedicación o Hannukah/Jánuca, y que tenía un doble cariz nacionalista y religioso.
En el año 167 ac gran parte de la nación judía se encontraba sometida a los dictados del rey Antíoco IV autodenominado Epífanes, apodo que expresaba visos de de divinidad, como si fuera un dios que gobernaba sus dominios entre los que Judea era otra provincia. Además de la imposición de una cultura extranjera, Antíoco Epífanes prohibió expresamente que se practicara la fé judía bajo apercibimiento de aplicar la pena capital; como si ello no fuera suficiente, la humillación se proyectó de modo geométrico al profanar el Templo, estableciendo dentro del santuario ofrendas al dios Zeus.

Un sacerdote judío de un pueblito periférico llamado Matatías -Matityahu ben Johanan- solía prestar servicios litúrgicos en el Templo según su turno, como todos los sacerdotes de Israel; los funcionarios seleúcidas de Antíoco pretendían también que los representantes de la fé del pueblo sometido también rindieran culto al dios helénico impuesto. Matatías se rehusa con violencia y posteriormente, frente a las autoridades que lo quieren arrestar, se refugia en el desierto y desde allí convoca a la resistencia y a la lucha armada contra el invasor: las filas de los combatientes se incrementaban día a día al igual que una violencia demasiado desigual, un grupo de guerrilleros rurales frente a uno de los mejores ejércitos de su tiempo. A la muerte del sacerdote Matatías, la lucha la prosiguen sus cinco hijos entre los que se destaca Judas -el hijo mayor-, llamados todos ellos Macabeos, término que traducido significa martillo o maza.
La lucha no era sólo militar: los Macabeos destruían todos los templos paganos que encontraban, reviven el culto prohibido por los seleúcidas y hacen circuncidar a los niños judíos a los que no se había sometido al precepto legal por temor a las represalias del emperador. 
Finalmente, en el año 165 ac las fuerzas macabeas desalojan a los invasores de Jerusalem: Judas Macabeo -ante todo un hombre de fé- recupera el santuario para su pueblo, lo despeja de toda intromisión pagana y extranjera y ofrece sacrificios para volver a dedicar el Templo al Único Dios vivo y verdadero.
Cada año, desde ese 165 ac, los hijos de Israel celebraban su independencia, su liberación y su paz. Por ello no es difícil imaginar a Cristo, fiel hijo de su pueblo, entre las enormes columnas que guarnecían el Templo y la alegre pompa de las tradiciones renovadas celebrando con lus suyos.

La mentalidad farisea era demasiado rigurosa. Más que su precisa puntillosidad, tal vez lo que moleste es su manifiesta incapacidad de disfrute, de alegrarse con cosas sencillez, de vestirse con el corazón del pueblo.
Ellos valoraban la restauración macabea, pero consideraban que la dedicación de Judas Macabeo -aún con su fé, aún con toda la sangre que se había derramado- no era suficiente, y esperaban que el Mesías prometido vendría a poner las cosas en su sitio, especialmente, a purificar el Templo y la fé de Israel definitivamente, una cierta obsesión por la brecha abismal entre lo puro y lo impuro. En ese orden se inscribe la pregunta que le realizan al Maestro, de un talante similar a la que en alguna oportunidad le remite el Bautista: quieren saber sin ambages si Él es el Mesías, si no tendrían que esperar más.

No se trata de exhibir credenciales ni de reivindicar rótulos. Jesús de Nazareth no rehuye de dar una respuesta, pero nó al modo caprichoso de esos hombres: sus obras hablan por Él, sus signos son claros, su Palabra es escuchada y puesta en práctica por los que en verdad aman a Dios, su pueblo, ovejas fieles de su rebaño.

La Fiesta celebrada tenía un significado simbólico importantísimo para todos aquellos que querían vivir de acuerdo a su Dios y que estaban dispuestos a luchar y morir por ello. Las ansias de que la santidad del Altísimo no sea profanada y todo lo abarque, y muy especialmente, que el Templo vuelva a ser casa de encuentro y oración, faro unificador de toda la nación judía.

Eso no cambia. Lo que se transforma tiene un decisivo rasgo de éxodo: la victoria macabea se hace definitiva en ese humilde rabbí nazareno que camina por entre las columnas del Templo, y la santidad se desplaza desde las joyas, las piedras talladas, las lámparas votivas a la persona de Jesús de Nazareth, templo vivo y latiente que será derribado por la muerte en el sacrificio de la cruz, pero que será restaurado por el amor de Dios en la Resurrección y en el que se celebra la vida y la libertad en plenitud.

Paz y Bien

La puerta abierta de par en par




Para el día de hoy (18/04/16):  

Evangelio según San Juan 10, 1-10



Jesús de Nazareth era un magnífico educador pues a menudo se valía de las situaciones que tenían importancia para las gentes de su tiempo y que involucraban su vida cotidiana; en resumidas cuentas, el Maestro enseñaba a partir del acontecer diario de las gentes de su tiempo, y muy probablemente no se trate solamente de una habilidad metodológica, sino de darle importancia nuevamente a las cosas en apariencia pequeñas pero importantes de las mujeres y los hombres de hoy.

Así entonces, siempre tenemos que tener presente las características de Tierra Santa en el siglo I: antes que ser zona proclive a los cultivos, es más bien área de pastoreo, de cría de ganado ovino que fundamentará la economía junto con la pesca, y que a su vez brindará leche y carne para la alimentación y lana para vestidos y telas. Al ser los rebaños tan importantes, las tareas se organizaban rigurosamente y el cuidado de los mismos no quedaba librado al azar: se confiaba la custodia y el seguimiento a gente capacitada y de confianza, de tal modo que habitualmente los pastores llevaban años trabajando cada uno con su rebaño, de tal modo que se forjaban profundos vínculos entre pastores y ovejas. Los pastores conocían muy bien a sus rebaños y viceversa, los rebaños reaccionaban positivamente frente al silbo de su pastor.

En ciudades y aldeas, por el abrigo nocturno y por la protección frente a los salteadores, los rebaños se resguardaban en un corral común a cada pueblo, el que a su vez se subdividía en rediles menores, uno para cada rebaño particular, al cual se accedía por un hueco sin portón. En esa abertura, el pastor tendía su manta y de ese modo su propio cuerpo se convertía en puerta de las ovejas, por lo que el acceso al rebaño inevitablemente se realiza a través del pastor.
La salida para apacentar los rebaños sigue ese orden de ideas: eran muchos los rebaños y por lo tanto muchas las ovejas en cada pueblo, por lo que se volvía determinante el vínculo entre el pastor y el rebaño: el pastor se ubicaba delante de la salida y a pesar de toda la bulla, la majada no se extraviaba. Ni una. Cuestión de olfato fino, de pastores con un persistente aroma a oveja, el perfume identificatorio y único de su rebaño.

Cristo es el Buen Pastor. se involucra desde siempre con el rebaño. Conoce a sus ovejas por su rostro y su nombre, y los suyos le reconocen y siguen. Con su cuerpo ofrecido en la cruz es la puerta de la Salvación, puerta que se abre de par en par hacia los campos de la vida, de la libertad, de la Gracia. Ovejas plenas, que no borregos sumisos y manejables, considerados por los salteadores cosas de su propiedad a favor de su lucro y su beneficio. El Buen Pastor cuida a los suyos, y nunca antepone ninguna cuestión particular al bien del rebaño.

Quiera Dios concedernos pastores así, pastores con un tenaz perfume a rebaño. Y que no perdamos la capacidad de escuchar la voz de Aquél que nos guía a los buenos pastos de la Salvación.

Paz y Bien

Lo que oímos y lo que escuchamos




Domingo Cuarto de Pascua

Para el día de hoy (17/04/16):  

Evangelio según San Juan 10, 27-30



Hay cosas que se dan por supuestas en el vertiginoso acontecer diario, una uniformidad sin matices, sin detenerse a la reflexión, perdiendo el sentido. Es comprensible, pues en lo habitual se prioriza la pura praxis y la eficiencia por sobre todo lo demás, pero así se extravía cualquier atisbo de orientación. 
Así nos sucede con lo que pasa alrededor, pues es mucho lo que oímos pero quizás poco lo que escuchamos.

Oír remite a una función sensorial, biológica en la que no media la voluntad; a menos que utilicemos algún instrumento hecho para eso o padezcamos alguna patología incapacitante, el oír es una cuestión prácticamente refleja, automática.
Muchos de nosotros, insertos sin remedio en la locura mórbida de la vida moderna en las grandes urbes, solemos estar agobiados de tantas cosas que oímos, y por desgracia se nos hace costumbre, la bulla habitual que no tiene demasiado sentido o que está allí puesta ex profeso para desviar la atención, para mirar para otro lado, para andar siempre distraídos, embarcados en batallas vanas que no son nuestras sino impuestas por los poderosos. Pero lo verdaderamente grave es que perdemos la capacidad de disfrutar el silencio y, más aún, la capacidad de la escucha, de la escucha atenta que puede cambiar todo. Escuchar con atención al hermano, al pueblo, a Dios.

La lectura del Evaangelio que hoy nos convoca se desarrolla en Jerusalem, durante la celebración de la Fiesta de la Dedicación -Hannukah-: en ella se hacía memoria y se renovaba el festejo de la victoria de Judas Macabeo y sus hermanos sobre las tropas invasoras del rey Antíoco Epífanes., quien en el ámbito sagrado del Templo había erigido un altar para adorar al dios Zeus. De allí el nombre de Dedicación: se purificaba el Templo de toda profanación y se lo volvía a dedicar al culto del Dios de Israel.
Como festividad, poseía un doble cariz religioso y nacionalista, pues se restaauraba la fé verdadera y se liberaba al pueblo del yugo extranjero, despejando toda posible contaminación con no judíos o gentiles profanos/paganos. Con el correr de los años, esa fiesta cuyo núcleo era la grata memoria de la liberación devino en una elitista reivindicación exclusivista que rechazaba y expulsaba todo asomo de gentilidad o extranjería, por somero que éste fuera. 
Por ello es que los dirigentes religiosos judíos estaban furiosos con Jesús de Nazareth: su predicación, su enseñanza que Él declaraba producida por su total identidad con el Padre contradecía todos esos postulados. Para ellos, ese rabbí galileo pobretón y sin pergaminos estaba subido a lomos de una blasfemia brava, pues el Dios que presentaba era un Padre que a todos llamaba y aceptaba sin excepciones, un Dios Padre de la humanidad, de todos los pueblos, inclusive esos que ellos despreciaban con fervor. 

Para la cultura de ese tiempo, la imagen del pastor es corriente, y en lo simbólico tiene una carga decisiva. Sin embargo, para esos hombres -tremendamente piadosos, religiosos profesionales- tienen una función de pastores del pueblo de Israel, pero en un sentido de propietarios pastoriles por su lado, y en el escalón del pueblo de una sumisión sin desvíos, manada que se lleva de un lado hacia otro sin cuestionamientos, ovejas que oyen las órdenes y son llevadas según los caprichos y el sometimiento establecido de un lado hacia otro, masa informe de bajo valor.

Nada más opuesto a la predicación del Maestro.

Mientras esos hombres consideraban al pueblo que conducían su propiedad, y le imponían intolerables reglamentos -una Ley interpretada múltiples veces- como medio para acceder a los favores divinos, Jesús de Nazareth se presenta como Buen Pastor, servidor generoso e incondicional de sus ovejas al punto de dar la vida por ellas, ovejas a las que ama y respeta, ovejas que pueden correr el riesgo de extraviarse porque son libres, y que son felices porque la única mediación para llegar a Dios, a su plenitud la encuentran en Cristo.

Puede que tengamos que oír un cúmulo de cosas. Las trampas mundanas, las tentaciones del poder, el egoísmo masificado, las vanidades que desdibujan rostros e identidades.
A pesar de todo, aún con nuestras limitaciones y quebrantos, escuchamos la voz del Buen Pastor y lo reconocemos, pues sabemos que para Él todas las ovejas, sin excepción, son importantes, ninguna vale menos, ninguna ha de perderse, todas han de resplandecer en justicia y caridad frente a ese Dios que nos sale al encuentro en cada encrucijada de la vida.

Paz y Bien


Nosotros no nos iremos





Para el día de hoy (16/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 60-69





La lectura de este día nos refleja con exactitud lo que les sucedía a los discípulos del Maestro en los tiempos de su ministerio, un grupo que era mucho más grande que el de los Doce apóstoles. En ellos persistían los criterios impuestos por la Ley y las tradiciones de sus mayores, quizás de manera más específica, la interpretación que la religiosidad oficial hacía de esa Ley y esas tradiciones; así las enseñanzas y el lenguaje de Jesús de Nazareth les resultaba inadmisible y escandaloso.

Es que no era fácil para ellos seguir sus pasos, asumir en sus vidas lo que Él predicaba, un Dios tan cercano como un Padre, un Dios que se brinda a todos por igual y al que no parece importarle demasiado el origen nacional, racial, el género, las ideas, la religiosidad practicada, y que por ello bendecía a todos los pueblos.
Golpe terrible para su orgullo nacional, no les caía nada bien que un samaritano, que una pagana, que una prostituta los precedieran en las cosas de Dios y pudieran enseñarles cuestiones que ellos, por simple pertenencia, creían tener asegurada. 

Tampoco puede soslayarse la necesidad de sostener una imagen tremenda, gloriosa de poder que se ejerce, de victorias aplastantes sobre cualquier enemigo, más nunca un mesías que se entrega con mansedumbre, que ofrece su vida con una libertad que estremece, un Dios que es derrotado, aniquilado por el odio.
Esa libertad los escandaliza. Preferirían persistir bajo el grave yugo de los dictámenes, de las recetas piadosas seguidas al pié de la letra, de las recompensas obtenidas merced a la observancia de los preceptos. Por eso es tan duro soportar a un Dios que se revela Padre universal, Padre por siempre y por sobre todo, Padre que ama, Dios de la Gracia y la misericordia, y muchos se van, pues les resulta más fácil, quizás menos temerario, regresar a lo viejo, a las costumbres, a lo conocido, una religión de esclavos devotos de un ídolo y nó del Hijo del hombre, Señor de la historia, Hijo de Dios.

Nosotros, junto a Pedro, no nos iremos. No es fácil ni simple batallar contra el ego y la soberbia, pero aún así permaneceremos. No hay respuestas en el dios dinero, ni en los falsos ídolos del poder, en las tentaciones del mundo, en las vanas peleas que nos ofrecen los poderosos. La vida pasa por otro lado, la vida plena, la vida eterna está en Cristo y su Palabra.

Paz y Bien


Tan sencillo y trascendente como el pan





Para el día de hoy (15/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59



A veces es necesario regresar a los recuerdos vívidos que en la velocidad cotidiana suelen olvidarse, gratas y valiosas vivencias que explican lo que somos y lo que podemos ser. Así, en la memoria de muchos de nosotros está el calor familiar de padres y abuelos: los increíbles esfuerzos, las inverosímiles luchas de nuestros mayores para que nada nos falte, aún en momentos críticos, toda una existencia ofrecida en el pan que se nos ofrece en la mesa familiar, un pan amasado con trabajo y silencioso amor incondicional de la madre. Por eso mismo, por más que el pan tenga que ver con la pervivencia biológica, no tiene sentido en sí mismo sino por la vida que se brinda generosa en la mesa de la familia. Cuando compartimos el pan cotidiano también compartimos la vida de todos los que trabajaron para que ese pan llegue a nuestra mesa, nos alimentamos de ese amor, mos nutrimos de ese afecto entrañable y fiel.

Con Cristo en la Eucaristía encontramos también señales similares pero llevadas a su estadio perfecto, absoluto. su vida entera ofrecida para la vida del mundo, para la vida eterna, para sostenernos en este peregrinar hacia la casa del Padre.
Nada más ni nada menos que una convocatoria a todos los pueblos, una humilde invitación a ser partícipes de la eternidad.

Comer su carne no puede comprenderse en el sentido literal, tal como hacían los fariseos, que se horrorizaban ante una imagen de comer trozos de un cadáver. Pero hemos andado algo extraviados, y quizás la Eucaristía se nos haya vuelto demasiado abstracta, confusamente impoluta.
No podemos soslayar a la sencillez del pan ni a la existencia misma de Cristo que se nos brinda desde la cruz, la vida de un Dios que desanda su eterna gloria y desciende a nuestros bajíos de humanidad en el fango, comunión total de amor, de destino, de vida que se ofrece en los altares diarios para que otros vivan, vidas como pan para que nadie desfallezca en un mundo que desciende a pasos agigantados en humanidad y, por lo tanto, en espacios santos.

Paz y Bien

Para la vida del mundo




Para el día de hoy (14/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 44-51





Es preciso recordar el entorno que rodea al discurso del Maestro sobre el Pan de Vida, parte del cual nos brinda la lectura del día: los eruditos judíos y la gran mayoría de la dirigencia religiosa se escandalizaba y murmuraba colérica cuando escuchaban que Jesús de Nazareth se identificaba como pan vivo bajado del cielo. En ellos había una gran carga de literalidad -origen de todos los fundamentalismos-, de desprecio y de prejuicio. Era injurioso que ese galileo pobre dijera que era como el maná cuando ellos presumían conocer sus orígenes nazarenos, su padre y su madre tan pero tan terrenales, tan poco celestiales según sus criterios.

El Maestro no hace en esta ocasión referencia a sí mismo o a sus signos, sino directamente al Creador, al que Él llama y reconoce como Padre. 
Escuchando con atención al Padre, a sus amigos los profetas, aprendiendo de las Escrituras, se llega felizmente al Hijo. Todo lo señala, todo se encamina a Él.
Dios es el Totalmente Otro, infinito, incognoscible, y es el Hijo el único que conoce en verdad al Padre, y es a través del Hijo como conocemos la esencia misma de Dios y podemos ser partícipes felices de su eternidad.

El maná era crucial para la supervivencia del pueblo recién liberado en el desierto, peregrino hacia la tierra prometida; signo certero de la bondadosa providencia divina. Pero ese maná tenía por objeto precisamente el sustento corporal, y revelaba la bondad de Dios, más no revelaba al Padre como vida eterna: quienes se alimentaron del maná cumplieron su ciclo vital y murieron.
Aún así, el Padre es un Dios muy extraño para ciertos conceptos, un Dios inaccesible pero que nada se reserva, que se brinda por entero y sin reservas a sí mismo en el Hijo para la salvación de la humanidad, y el Hijo, en la donación total de su vida en la cruz, revela el amor absoluto del Padre, amor eterno en donde la muerte no tiene lugar ni preponderancia.

Lejos de toda teorización conceptual o de toda abstracción desencarnada, Cristo deja las cosas bien claras: el pan es su carne, ofrenda para la vida del mundo, cordero de Dios de nuestra liberación. Con su sangre pintamos las puertas de nuestros corazones para que la muerte pase de largo.    

Las primacías son de Dios. En Cristo, Dios nos sale al encuentro para que nadie se pierda, para vivir la vida en plenitud del mismo modo que el Hijo, por el cual todos somos hermanos, hijos amados de un Padre que nunca nos abandona.

Paz y Bien

Atreverse a otro pan





Para el día de hoy (13/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 35-40




El sentido común dicta cuestiones fundamentales que tienen que ver con la pervivencia, con las limitaciones existenciales, con la finitud biológica; sin embargo, a menudo es imprescindible su ejercicio desde una perspectiva de madurez y nó tanto desde una ilusoria adolescencia que proyecta imágenes de un modo cinematográfico. A cada cosa su tiempo y su edad.

Así, ese sentido común -el menos común de los sentidos, es claro- indica que el pan entendido como sustento es decisivo a la hora de la supervivencia. Sin sustento no hay nutrientes, proteínas, oligoelementos, vitaminas que respalden al organismo y lo establezcan sano; por ello, sin pan uno se muere. 
No obstante ello, en muchas sociedades y comunidades el hambre no es una urgencia ni una preocupación, pero aún así la muerte es un horizonte cierto al que tarde o temprano se arriba de manera ineludible.

Por eso podemos intuir asombro y estupor entre esas gentes en Cafarnaúm que escuchaban atentamente al Maestro: Él mismo se presenta como Pan de vida, y como si no fuera suficiente, que ese pan generosamente ofrecido es alimento para la vida eterna, para franquear gratamente las fronteras de la muerte.

Ver, venir y creer. Ingresar sin miedos y con valor a esa dinámica que Cristo nos propone, la aceptación de su Persona, muy diferente a la simple adhesión a una idea. Alimentarnos con el pan definitivo de su Palabra para que nadie más languidezca en estos arrabales mundanos. Aceptar con gratitud la vida plena que se nos ofrece, que sólo Cristo comunica, pan que nos vivifica para llegar íntegros y libres a la tierra prometida de la eternidad.

El Dios del universo ha tendido un puente salvando todas las distancias, y ese puente/sacerdote es Cristo, Dios con nosotros, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

Del maná al pan del cielo



Para el día de hoy (12/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 30-35



La lectura del día nos presenta la tensión existente entre tradiciones y tiempos viejos y la novedad del Reino inaugurada y proclamada por Jesús de Nazareth. 
Para las gentes que lo interpelaban había una separación que no podían ni querían franquear: antigua y nueva alianza, tiempo de maduración, de preparación, de promesas y tiempo de cumplimiento y plenitud.

La figura de Moisés para el pueblo judío es incuestionable y es el ejemplo en donde todos se miran. Lo que él hizo por su pueblo es determinante para todas las generaciones, y no debe controvertirse por ningún motivo. Por ello el planteo de exigir un milagro mayor o espectacularmente superador que la distribución del maná durante los años de peregrinación en el desierto, camino a la tierra prometida.

Señal de la divina providencia, de la bondad de Dios para con su pueblo, el maná sostenía la vida, respaldaba la supervivencia de toda la comunidad, buenos y malos, justos y pecadores por igual. No era propiedad de nadie, pan gratuito y generoso para todos, pan equitativo, pan fraterno. No era acaparable ni acumulable, por eso cuando los peregrinos lo guardaban se echaba a perder, y desde ese tiempo, con ellos y con todos los pueblos, suplicamos a Dios que nos dé el pan nuestro y suyo de cada día, porque prevalece la confianza en la bondad de Dios.

El mana sostenía la vida para que el pueblo fuera libre para honrar y vivir según su Dios: al llegar a la Tierra Prometida finaliza su función, su mediación.

Frente a ese Cristo que nos recuerda y hace presente el amor de Dios, que nos regresa siempre a los orígenes frutales -tal es el significado primero del vocablo jerarquía, jer arjé, regresar al origen- volvemos a rogar por el pan bajado del cielo, pan vivo para la vida. 
En cierto modo, nosotros también somos peregrinos como Israel, pero nuestro andar se dirige a la casa del Padre, y es precisamente ese Pan, la Eucaristía, el pan de Dios que  ha sido concedido al pueblo de Dios, a la Iglesia y a todos los pueblos para sostener nuestros pasos, para establecernos firmes en el amor de Dios, para volvernos nosotros mismos pan de servicio y oblación para el hermano, como el Pan asombroso e inagotable que sacia todas las angustias y hambres, Cristo, verdadero pan de vida que perdura por siempre.

Paz y Bien


El pan definitivo




Para el día de hoy (11/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 22-29



La lectura que nos ofrece la liturgia de este día nos presenta una especie de movimiento centrífugo, de la multitud que se sacia hasta el Maestro que llega solo a las inmediaciones de Cafarnaúm, pues los discípulos habían decidido navegar sin Él. 
Cuando vamos más allá de la simple letra, podemos descubrir que este movimiento se corresponde a la profundización en las enseñanzas del Reino, en la trascendente referencia de los signos, en el compromiso que implica el creer, como si a medida que Cristo revele la voluntad de Dios las gentes se alejen, enfrascadas en sus limitados intereses.

La multitud -miles de personas- habían sido saciadas en su hambre. Quizás por el hecho milagroso, quizás porque el Maestro era en verdad el único que se preocupaba y ocupaba de ellos, de lo difícil de sus existencias cotidianas, se encendieron de euforia. Quisieron coronarlo rey, allí mismo, en los arrebatos típicos de esa euforia que a menudo es tan lábil que sólo es la contracara de la depresión y el desánimo. 

Nada peor que vivir atados a los estados de ánimo y no afirmarnos en suelos más sólidos.

Por ello es que cuando lo buscan advierten que el Maestro no está en el lugar que ellos esperan, sus senderos son otros y nó, no pide permiso ni conformidad masiva para permanecer fiel. Ellos se quedaron con la expectativa milagrera y desdeñaron el destino del signo, que es orientar la mirada pues no es un fin en sí mismo. Lo decisivo se encuentra en el corazón sagrado de ese Dios que multiplica los panes, y no en el pan abundante y multiplicado.

En la ilógica del Reino, el pan definitivo no es el que sacia el hambre circunstancial, más allá de que luchar contra el hambre que se impone es santa tarea. El pan definitivo es creer en Cristo, unirse Su persona antes que a un compilado de ideas, vivir como Él vivía, amar como Él amaba, servir sin condiciones, suplicar a diario para que nunca nos falte el hambre de Dios.

Paz y Bien

Las redes de Pedro





Domingo Tercero de Pascua

Para el día de hoy (10/04/16):  

Evangelio según San Juan 21, 1-19




Desde los Doce discípulos iniciales, pasando por la traición de Judas, nos encontramos hoy con siete de ellos, cada uno con sus caracteres puntuales, con su personalidad, con sus lealtades y quebrantos: ello simboliza la unidad en la diversidad de la barca de la Iglesia, mientras el número siete su universalidad.

Varios de ellos, antes de la vocación a la Buena Nueva, habían sido pescadores de ese mar en el cual navegaban, pescadores de oficio, pescadores expertos. 
Habían tenido la experiencia del encuentro con el Señor Resucitado, pero esa Pascua aún no había calado hondo en sus corazones, pues en ellos persistían las viejas ideas, los antiguos esquemas, la vida anterior que ya se había dejado atrás. Por ello, que se embarquen con ganas de pescar implica un regreso a lo anterior, cierto retroceso en pos de buscar la tranquilidad de lo conocido, volver a ser simples pescadores en desmedro del llamado e invitación sagrados a ser pescadores de hombres.
La preponderancia de Simón Pedro, llevando la iniciativa y la voz cantante, intenta destacar a nuestra mirada la importancia de la iniciativa y misión del pescador galileo y de todos los Pedros que a través de los tiempos le sucederán.

La noche refleja sus ánimos confusos y los esfuerzos vanos -la pesca estéril- son signos contundentes de una Iglesia que olvida y que no navega con Aquél que es luz del mundo. Aún así, es imperativo no desesperar y seguir, no aflojar, no bajar los brazos porque el amanecer de la presencia sagrada del Resucitado nos arrima a las orillas de la Gracia, a la tierra firme de la Salvación. Él está allí a pesar de que a veces no seamos capaces de verlo, de reconocerlo desde las lejanías que solemos poner para un resguardo propio sin sentido ni destino.
La ausencia de comida es el alma que languidece sin la Palabra y sin el Pan de Vida. Pero Él está allí, fiel, incansable. Como bien lo sabía María de Nazareth, hay que hacer lo que Él diga.
Así entonces los esfuerzos no devienen inútiles, así las redes desbordan de peces de toda forma y tamaño. Esas redes jamás se romperán: si la Iglesia se mantiene unida y fiel, esas redes tendrán el entramado absoluto de la caridad.

En la lejanía, el Discípulo Amado -la comunidad cristiana- reconoce la presencia del Señor, fé y amor en mixtura de esperanza que no se resigna, y Simón Pedro ha de escuchar siempre a ese discípulo amado que reconoce desde el amor al Cristo Viviente en todas las orillas de la existencia.

Ceñirse los vestidos, en aquellos tiempos, poseía el valor simbólico de alistarse para la batalla. Pedro sólo lleva una túnica, reflejo de una desnudez interior aparejada por las veces que negó con rapidez al Maestro en las horas de la Pasión. 
Aún así, se ciñe lo poco que tiene pues emprenderá la más difícil de las batallas, que es la que se libra contra el propio ego.
Aún así, se arroja sin vacilaciones a las aguas, y mientras nada sucede su bautismo definitivo, las aguas lavan su alma, tiene el coraje de la fé en el Cristo que lo espera y no lo abandona.

La mesa está tendida. Es un desayuno que alivia el luto/ayuno de la muerte, es el ágape cordial del Resucitado, del pan de los hermanos, el pan del servicio, el feliz anticipo de la mesa definitiva.

Las preguntas que el Resucitado le realiza a Pedro parecen demudar de tristeza al pescador galileo; no hay recriminaciones ni castigos, pero al pescador le pesan los quebrantos pasados. Por eso mismo, las preguntas son una enseñanza y también una liberación: a pesar de todo, el perdón hace historia las miserias e inaugura futuro y compromiso que estará signado por el amor a Aquél que nos amó primero, misión de paz para los hermanos, misión de servicio antes que de jefaturas, misión que a menudo es cruz que se asume con serena alegría porque Cristo le confía el cuidado de lo que más quiere, su rebaño, sus ovejas.

Paz y Bien




Pescador de hombres -canción-




PESCADOR DE HOMBRES

Tú has venido a la orilla.
No has buscado ni a sabios ni a ricos:
tan sólo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos.
Sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca.
Junto a ti buscaré otro mar.

 

Tú sabes bien lo que tengo:
en mi barca no hay oro ni espadas,
tan sólo redes y mi trabajo.

Señor, me has mirado a los ojos.
Sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca.
Junto a ti buscaré otro mar.

 

Tú necesitas mis manos,
mi cansancio que a otros descanse,
amor que quiera seguir amando.

Señor, me has mirado a los ojos.
Sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca.
Junto a ti buscaré otro mar.

 

Tú, pescador de otros lagos,
ansia eterna de almas que esperan,
amigo bueno, así me llamas.

Señor, me has mirado a los ojos.
Sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca.
Junto a ti buscaré otro mar.
Junto a ti buscaré otro mar.

 

Cesáreo Gabarain

versión original de su autor:




 

Reverencias





Nuestra Señora del Valle

Para el día de hoy (09/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 16-21





Ya se había alimentado a esa nutrida multitud en el campo, en medio de la nada. Todos se habían saciado y quedaban doce canastas llenas. Los discípulos, entre tanto, se dirigieron a la costa y se embarcaron en una barca -quizás la de Pedro- en dirección a Cafarnaúm que se ubicaba en el otro margen del mar de Galilea, probablemente a la casa familiar de Andrés y Pedro.

El primer dato importante es que ellos van solos. La ausencia de Jesús de Nazareth a bordo es ante todo cordial: la multitud, montada en el potro bravo de la euforia, había intentado coronar al Maestro como su rey, un monarca poderoso que escuche a los pobres y dolientes, un rey de gloria que restaure la nación judía libre de todas las opresiones que la aplastan. Los discípulos estaban muy cerca de esos pareceres, pues también ellos tenían enquistada esa imagen de un mesías que se impondría por la fuerza a los enemigos, un caudillo santo, un jefe incuestionable; no habían comprendido el verdadero y real carácter mesiánico del Señor. Por eso es que van solos y por eso es que el Señor se vá, pues le es ajeno el poder mundano, los rótulos vanos, lo que aquí se considera superior.

Así también cada vez que nos borroneamos un ídolo falso a medida de nuestras necesidades, y no dejamos que Dios sea Él mismo en nuestros corazones. Eso es navegar solos por acción, por elección y también por omisión.

La noche cerrada remarca la ausencia de Cristo en la barca. Las oscuridades y tinieblas que lastiman a tantos desde la frágil barca de la Iglesia indican también el olvido del Resucitado, la indifelidad a quien se ha quitado del navegar hace ya tiempo.
El fuerte viento que agita el mar y las tranquilidades señala que el calado es pequeño, que la barca es frágil, que las tormentas nos superan con facilidad. A veces quizás sean dables y deseables los temporales para recordar lo pequeños que somos, la debilidad que nos constituye.

Un Cristo que camina apacible sobre las aguas turbulentas los reviste de temor, pero no es un miedo a un fantasma ante sus ojos, ni a un espíritu confuso que los confunde. Él expresa sin ambages -Yo Soy-, expresión divina del santo Nombre de Dios, cuya presencia despeja todos los males que aquejan y acosan las existencias de los hombres. 
El temor de los discípulos es reverencial pues son testigos de una teofanía, de una inequívoca manifestación de lo divino, y contra toda especulación llegan a buen puerto, llegan a la costa, una costa que en el maremagnum del miedo les parecía demasiado distante pero en realidad estaba cercana.
A veces en las crisis nos parece que todo termina allí pues se nos disuelven las perspectivas y se nos desdibuja el horizonte.

Pero la presencia poderosa del Señor jamás nos abandona, el mismo Señor que nos sana de todas las dolencias, el mismo Señor que multiplica los panes y nos colma de Dios.

Quiera el Espíritu que recuperemos una honda capacidad de reverenciar esa presencia sagrada y salvadora de Dios en todo nuestro andar, en el pan compartido, en medio de su pueblo.

Paz y Bien  




De pan y hambre




Para el día de hoy (08/04/16):  

Evangelio según San Juan 6, 1-15





Los cuatro Evangelios dan cuenta de la multiplicación de los panes en tierra de Israel; no obstante, sólo el Evangelista Juan es quien nos brinda un dato importantísimo y es que acontece en cercanía a la celebración de la Pascua judía. Es un signo crucial que no podemos pasar por alto.
Las gentes que acudían masivamente para las festividades al Templo de Jerusalem ahora llegan a celebrar la Pascua allí en donde se encuentre Cristo, verdadero templo vivo de Dios, espacio definitivo de Salvación. Celebrar la Pascua era hacer memoria del paso liberador de Dios en la historia de Israel: ahora, la verdadera liberación sólo se encontrará en Aquél que a todos recibe y a nadie rechaza.

El protagonismo del pan en la historia de la Salvación es, cuanto menos, asombroso y extraño. Hay una lista inverosímil de alimentos y comidas, pero para todas las culturas el pan representa el núcleo del sustento sin el cual es imposible la vida. Dios decide y elige la vía del pan para llegar a la vecindad humana, y se hace hombre en Belén -Beth-Lehem, literalmente Casa del Pan-. Dios se hace algo tan sencillo y tan común a todos los hombres como ese pan que se parte, reparte y comparte.
Su Hijo amado es el pan de vida para todos los pueblos.
En un camino cercano a una aldea perdida, es reconocido por los suyos en ese pan compartido, una existencia corporal que se abandona y se hace ese pan bendito, ofrenda divina para la Salvación.

El cálculo de Felipe bien puede ser el nuestro, y expresa el problema desde el lado de los costos, de las imposibilidades razonadas, del cruzarse los brazos resignados frente a la necesidad del otro. Igualmente, doscientos denarios son un dineral para esas gentes en ese tiempo: sin embargo, será Cristo quien pague el precio mayor, su propia sangre derramada generosamente, para que esa multitud se sacie, y haya abundante pan para todos los que vengan, peregrinos de todos los tiempos.

Un niño tiene cinco panes de cebada y dos pescaditos, un almuerzo de pobre, y aún así ofrece al Maestro lo que tiene, que aparenta poco pero es muy valioso, porque allí se juega su existencia. Con el apóstol Andrés, cuando las situaciones nos sobrepasan y la razón nos indica que nada se puede hacer, es menester volver a los gestos de humilde solidaridad, a la mano tendida en silencio, que aunque parezca mínima esconde un tesoro cordial que Dios hará maravillas. Probablemente sea una ingenuidad frente a los terribles problemas actuales, pero si así fuera, es preferible esa pretendida ingenuidad compasiva y solidaria a la razonada aplicación de políticas de hambre. Porque el hambre impuesto y no elegido es una ofensa gravísima a Dios en el rostro del prójimo, y si ese hambre sucede a causa de la corrupción, hay allí una maldición mortal que es imperativo barrer de nuestros patios y nuestros corazones, en manso afán de justicia.

Cristo, Pan de vida, nos compromete con la oblación de su vida entregada por todos, incluidos los que le odian y le persiguen. Porque no debe faltar pan en el plato del hermano, porque solidaridad y inteligencia no se contraponen, y cuando ellas están iluminadas y orientadas por la fé, la mesa de los hermanos se agranda y celebraremos cada vez más, agradecidos, a ese Cristo que se ha ido para quedarse definitivamente como sustento eterno.

Y roguemos, amigos y hermanos, roguemos sin cesar para que nunca nos falte el hambre de Dios, un intenso hambre de paz, una persistente sed de justicia, un hambre sin desmayos por el amor de Dios que restaura, crea, perdona y nos pone de pié frente a Su mirada.

Paz y Bien


Pobreza de Dios




Para el día de hoy (07/04/16):  

Evangelio según San Juan 3, 31-36



Si un aspecto del misterio de Dios revelado por Jesucristo nos deslumbra es su absoluta pobreza, una pobreza que no debe entenderse como carencia sino como entrañable decisión amorosa de no reservarse nada para sí, de brindarse por entero a sí mismo para el bien de sus hijas e hijos, para toda la humanidad.

Pobre sin menoscabo, infinitamente rico en misericordia, Dios que se despoja de su divinidad y se abaja, se hace humano, se hace tan cercano como un vecino, un Padre, un Hijo que amamos y que nos abre todas las puertas y nos despeja todos los horizontes.

Un Dios que todo lo ofrece, hasta su propio Hijo, nuevo Cordero que quita todo el mal que a veces parece enseñorearse sobre el mundo. 
El Dios que se hace un Niño frágil en brazos de su Madre, y que busca nuestros brazos en esa pequeñez que ama y que amará y conmoverá a Jesús de Nazareth.

Es menester, es imprescindible ingresar confiados a ese Reino asombroso que no se rige por la lógica del mundo. El amor de Dios es ilimitado y es también una señal y una invitación para cada uno de nosotros, a no tener límites en la caridad, a romper ciertas fronteras que imponemos y que impiden llegar al prójimo en donde el rostro del Altísimo resplandece.

No hay recetas ni reglamentos prioritarios; en todo caso, éstos tienen un carácter instrumental o de medios. La clave/llave de todo destino radica en seguir los pasos de Cristo, quien tiene todo en sus manos, quien jamás nos abandona, un compromiso que antes que adhesión a una idea implica una cercanía inseparable a una persona, Aquél que es camino, verdad y vida.

Paz y Bien

Vocación universal




Para el día de hoy (06/04/16):  

Evangelio según San Juan 3, 16-21




El ambiente de la lectura de este día nos sitúa, como ayer, en el encuentro nocturno y a escondidas entre el Maestro y Nicodemo, una continuación de la conversación precedente en donde el Señor continúa profundizando en el misterio salvífico, en su misión redentora.
El mensaje es soprendentemente esperanzador, durísimo si se quiere, para determinados criterios religiosos que se basan en amenazar de continuo con terribles castigos. 
En verdad, si somos sinceros y según nuestros criterios retributivos, lo justo frente a un mundo que se perfecciona en crueldad e inhumanidad y por todas nuestras traiciones o quebrantos, muchos nos volveríamos madera seca, alimento natural del fuego, con toda justicia. Pero la revelación de Jesucristo no demuele la justicia, sino que vá más allá, al corazón mismo del Creador: como si por un momento, con nuestro limitado lenguaje, pudiéramos reflejar ese milagro insondable, nos atreveríamos a afirmar su motivo y su objetivo, amor y Salvación.

Dios nos ha concedido el tiempo de más, que no nos merecemos pero que es fruto de su infinita misericordia, de su amor sin límites, un Dios que nada se reserva para sí sino que todo lo entrega, hasta su mismo Hijo Jesucristo para la Salvación de todos.

Sin embargo no es un Dios de ideas abstractas. El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama sin medida, y como tal no actúa con indolente indulgencia, sino mediante un divino y santo sacrificio. La creación es también un acto de amor, de separar la luz de las tinieblas, y esa creación es también perpetua bondad en todos los corazones, para que prevalezca la luz de esa verdad que nos hace libres por sobre todas las sombras que nos suelen merodear, la libertad de las hijas y los hijos de Dios.
No es poca cosa: en esa misma libertad podemos aceptar o rechazar el amor entrañable de Dios, y de allí que podamos embarcarnos hacia la Salvación o hundirnos en la perdición, comenzando aquí y ahora.

Otra vez, rondamos lo concreto. Son las obras, los frutos cordiales, las señales de la luz elegida, de que nada tenemos que esconder, de que andamos -aún con nuestras miserias- confiados en ese Padre que nos cuida, protege y bendice, señales de compasión y solidaridad, de justicia y liberación, de vida ofrecida del mismo modo que la vida se nos ha concedido como un inmenso regalo a agradecer en cada despertar.
Y aunque digan lo que digan y hagan lo que hagan, a pesar de los que siguen eligiendo las sombras, a pesar de los tenebrosos que se juegan la vida de los otros en siniestros altares corruptos, a pesar de todo y de todos seguimos en esos esfuerzos que no son pesada carga, sino camino de Salvación.

Porque la Salvación es vocación universal para todos los pueblos, todas las naciones, una invitación sin fecha de vencimiento e incondicional para levantarnos humildemente en humanidad junto a Cristo, hermano y Señor nuestro.

Paz y Bien



Nicodemo: nacidos a la Gracia




Para el día de hoy (05/04/16):  

Evangelio según San Juan 3, 7b-15



Celebrar la Pascua de manera cabal, trascendente, es afirmar la posibilidad de renacer, de dejar de ser esclavos, seguir confiando tenazmente y contra toda lógica en la vida como don de Dios. El Resucitado, ascendido a la derecha del Padre, nos atrae a lo alto, y esas alturas son cordiales antes que físicas. El Espíritu Santo, viento y aliento de Dios, nos eleva y nos hace partícipes de su vida como hijos queridos, con plenos derechos que no merecemos pero que se nos han brindado desde el amor que es su esencia.

Nicodemo era un hombre importante: integraba como miembro de pleno derecho el Sanedrín, que condensaba el poder religioso, comunitario y político de la nación judía como Tribunal Supremo. Su formación religiosa era farisea, y tenía un gran ascendiente sobre sus pares sanedritas, al punto de considerársele un príncipe o notable de Israel a pesar de su naturaleza laica. Destaquemos también que el único límite del Sanedrín se encontraba en el procurador romano y en las legiones estacionadas en la zona que, a su vez, garantizaban la soberanía imperial en desmedro de la libertad de Israel.
A través del Evangelio según San Juan podemos conocer más datos que nos pintan un retrato de su carácter: en un momento espantoso, el del juicio amañado con el fin de condenar sí o sí a Jesús de Nazareth, Nicodemo alza su voz con valentía reclamando se escuche y respeten los derechos del acusado galileo, un ansia de justicia que no puede pasarse por alto. Luego, en las horas durísimas de la muerte del Señor, cuando los apóstoles estaban dispersos y escondidos y sólo permanecían fielmente en pié las mujeres, Nicodemo y José de Arimatea se hacen cargo de la situación, interceden ante Pilatos para reclamar el cadáver y darle una honorable sepultura.

Ese mismo talante puede intuírse en el modo de las preguntas que le realiza al Maestro.
Nicodemo vá de noche al encuentro de Jesús, una visita clandestina pues él sigue siendo un fariseo y un notable que no puede ser visto en público con el nefasto rabbí de Nazareth. Sin embargo, esa especificación del momento no es solamente horaria, sino simbólica: Nicodemo se encuentra en el atarceder de su vida y su alma oscila entre las sombras de una religiosidad cerrada, aferrada a las normas pero escasa de corazón y lejana, distante al amor de Dios, al que suponen gloriosamente lejano, un verdugo de ceño fruncido, un terrible vengador, caminos en donde todo se racionaliza según convenga, la fé, la religión, la justicia y mucho más la injusticia.

Por eso es tan lineal, tan literal en su comprensión, tan mundano. Nicodemo, sin dudas, aprecia con gran afecto a Jesús, al punto de ser un discípulo confidencial, oculto. Él vé al Maestro como un rabbí de la tradición de Israel y no más que ello; aún así, ha debido hacer un esfuerzo inimaginable, pues sólo podía ser rabbí o maestro aquél que hubiera tenido una formación académica reconocida oficialmente, toda una vida erudita y prestigiosa, una cuestión que no se condecía con la pobreza y humildad de ese joven rabbí de las provincias.
El problema, quizás, que para esa mentalidad cerrada -y para todos nosotros también- un Dios tan cercano y un Mesías tan pero tan humano, humilde y servidor es terriblemente inconveniente, pues pone en entredicho ciertos valores rígidos que no son tales y tradiciones inamovibles que más que tradiciones son traiciones.

Por eso la necesidad de nacer de nuevo.
Renacer en una Pascua perpetua de vida y liberación que inaugura Cristo. Renacer a un Dios que es Padre, que nos ama sin límites. Renacer a ese Hijo tan parecido a nosotros, que es nuestro hermano y nuestro Señor. Renacer a la asombrosa Gracia de Dios.

Renacer al Espíritu, que nos revista de nueva vida, que nos conduzca a la Salvación, que nos haga humildes obreros de un Reino que lleva luz allí en donde campean las sombras, anunciar la magnífica noticia de que la vida prevalece por sobre la muerte, y que tiene destino de felicidad y plenitud.

Paz y Bien

Anunciación del Señor, esperanza de nueve meses




La Anunciación del Señor

Para el día de hoy (04/04/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38




Hoy la liturgia celebra la Anunciación del Señor a María de Nazareth; habitualmente la fecha de la celebración es el 25 de marzo, pero este año se ha pasado a este día pues el 25 coincidió con Semana Santa.
La elección de la fecha no es fortuita ni tiene aristas caprichosas: la Iglesia celebra la Anunciación del Señor exactamente nueve meses antes del Nacimiento del Salvador, una serena afirmación devocional de un misterio que le ha sido revelado como pródiga bendición.

Celebrar la Anunciación del Señor es recuperar para la cotidianeidad que la presencia de Dios entre sus fieles siempre es motivo de alegría, primer palabra que escucha María de Nazareth, Palabra que crea y re-crea, y que escucha con atención desde su corazón humilde y grande a la vez.

-¡Jaire Kejaritomene!- El saludo del Ángel tiene un talante respetuoso, como pidiendo permiso. No es demasiado arriesgado imaginar la reverencia de un súbdito frente a un monarca. Lo que marca la diferencia sustancial es que nos encontramos en medio de la nada, en una aldea ignota -Nazareth- que es apenas un caserío de campesinos y artesanos.
La destinataria del saludo es una muchachita judía, casi una niña, tan pequeña y pobre que nos estremecemos con sólo imaginarla. De ella, de la plena y llena de Gracia, depende toda la historia de su pueblo y de la humanidad, como si el universo se enervara de ansiedad esperando su respuesta.

Su Fiat es respuesta de creyente que confía aún cuando no comprenda, que sabe que Dios hace maravillas, que ha descubierto su infinita misericordia, su fuerza creadora, el poder de su amor.

Su embarazo es la asombrosa revelación de un Dios que se hace historia, que se hace vecino, que se hace pariente, que se hace hijo querido para acunarlo en nuestros brazos, que nos busca para que se geste la Salvación en nuestros días, que asume nuestra pequeñez para elevarla, para poner luz allí en donde campean las sombras.

Dios nos sigue saliendo al paso de nuestra historia, allí en donde transcurre nuestra existencia, con un saludo alegre nos dice que viene empujando la vida desde lo pequeño, lo que no cuenta, lo humilde, y que con todo y a pesar de todo el tiempo está grávido de la Gracia.

Paz y Bien

Tomás el incrédulo, Tomás el creyente



Domingo Segundo de Pascua - De la Divina Misericordia

Para el día de hoy (03/04/16):  

Evangelio según San Juan 20, 19-31



En términos mundanos y usuales, el apóstol Tomás tiene bastante mala prensa. Se asocia su nombre solamente a la incredulidad, de tal modo que la adjetivación deviene en apellido, Tomás el Incrédulo, desde cierta espiritualidad fundada en juicios de valor que no nos corresponden, pues es prerrogativa de Dios.
No no es ajena tampoco esa tendencia a usufructuar ciertos razonamientos ajenos y trasegarlos sin reflexión, sin rumia propia.

Pero es menester ir más allá de las simples apariencias, buscar sentidos y profundidades.

En verdad, hay una cuestión incontrastable: esos hombres estaban encerrados, revestidos de miedo a lo que pudiera pasarles. Tenían evidencias de la resurrección de Cristo a través de María Magdalena y de los peregrinos de Emaús, más seguían aferrados a sus propias culpas por las deserciones de la Pasión. Una Pascua a medias o apenas declamada no es Pascua sino rito sin corazón ni Dios, y la señal de ello es la puerta cerrada que brinda un sucedáneo de seguridad.
Cristo es la puerta verdadera por la cual las ovejas pueden entrar y salir y encontrar refugio y salvación, y ellos han reemplazado esa puerta vital por un portón vano e inmóvil destinado a impedir accesos y salidas. 

En medio de ese mar de miedos se hace presente el Señor. Tal vez no cuente tanto el modo de acceso -estaba todo cerrado- sino que nada hay que pueda obstruir la presencia de Dios, y esa presencia renueva y recrea, despertando de todos los letargos, desatando alegrías, tenaz presencia de un Dios que siempre está junto a su pueblo, en las buenas y en las malas, en tiempos de llanto y en tiempos de sonrisas.

Tomás no se encontraba allí cuando se hizo presente el Señor. No sabemos el porqué, quizás el ambiente era demasiado denso, quizás la angustia de los días pasados comenzaba a desgastarlos.
Si bien no abunda la información, conocemos por el mismo Evangelista Juan ciertos aspectos del carácter de Tomás, rasgos francos y realistas: enterado de la muerte de Lázaro, el Maestro decide ir hacia Betania, hogar de Lázaro, María y Marta. Ello entrañaba enormes riesgos, pues los integrantes del Sanedrín ya habían decidido la suerte de Jesús y lo estaban buscando; la mayoría de los apóstoles, frente a esta situación, sugiere prudencia y, razonablemente, bajar el perfil y no exponerse a peligros innecesarios. 
Tomás es la voz en discordia que se erige con coraje, inclusive con un poco de temeridad: él se ha dado cuenta de que es inclaudicable la decisión de Jesús de estar junto a sus amigos de Betania, y prefiere ir a morir con Él a dejarle sólo o razonarse prudencias que, a veces, esconden miedos y cobardías.

La otra ocasión acontece durante la Última Cena. Los Doce no terminan de entender la verdadera vocación mesiánica de Jesús, no aceptan en su corazón al Señor derrotado, no quieren comprender que sus caminos no son los de Él. Seguramente están todos poblados de interrogantes, pero sólo es Tomás quien explicita la pregunta, ¿cómo podrán saber ellos cual es el camino? Cristo es el camino, la verdad y la vida, respuesta directa a Tomás que se extiende a toda la Iglesia.
Por todo ello encontramos en Tomás un coraje inusual, una franqueza magnífica. Aún así siempre hay que andarse con cuidado, pues el realismo se encuentra a un paso nomás del cinismo, y nunca, por ningún motivo, se debe romper la comunión eclesial.

Como sea, la incredulidad de Tomás no refiere al Señor, de ninguna manera. La incredulidad de Tomás apunta más bien a sus hermanos, algo no cuadra, hay algo que no concuerda, no se lee en esos rostros la Resurrección. Así otra vez en franqueza sin maquillaje, expone que sólo ha de creer en la Resurrección del Señor si puede mirar y tocar las huellas de la Pasión.
La fé no suele ser una acción instantánea, sino un proceso de maduración personal y encuentro que surge del amor de Dios, de las primacías de un Dios que nos busca y nos bendice con el creer. En Tomás, quizás, también se exprese esa necesidad de encuentro personal con Cristo para que todo cambie, comenzando por el propio corazón.

Y a partir de allí, renovados y con la vista recuperada, afirmar con estremecedora contundencia que allí esta Aquél que es nuestro Señor y nuestro Dios porque ha visto llagas y heridas y más aún, porque ha descubierto el amor infinito que Dios nos tiene y que Cristo hace presente. Y vivir de acuerdo a ello, Evangelios vivos que palpitan buenas noticias, creyentes tenaces como Tomás.

Paz y Bien


Todos somos importantes




Sábado de la Octava de Pascua

Para el día de hoy (02/04/16):  

Evangelio según San Marcos 16, 9-15






La escena que nos presenta el Evangelio que nos brinda la liturgia del día, con una rítmica tranquila, es durísima. El grupo inicial de apóstoles -el primer colegio apostólico- oscilaba con flagrancia entre la traición y la incredulidad.

Traición, pues han abandonado con temerosa presteza al Maestro en las horas decisivas de la Pasión. Ellos persistían en los viejos moldes de un Mesías revestido de poder, que aplastara a sus enemigos por la fuerza y que por esa fuerza y ese poder restaurara la soberanía de Israel desde la corona davídica. Pero Jesús de Nazareth nada tenía que ver con poderes terrenales, ni con dominios y violencias. Su reino no es de este mundo porque desde la mansedumbre y el servicio de la vida ofrecida hasta el fin hace presente el amor de Dios y todo lo transforma. El Iscariote fué quien lo entregó a manos de los enemigos, pero ellos se escondieron cuando había que dar la cara, y se callaron cuando, tal vez, había que gritar.

El Resucitado se había aparecido en primer lugar a María de Magdala: ella lo reconoció al escuchar su voz -las buenas ovejas conocen la voz del Buen Pastor-, y había corrido alborozada a contar esa noticia maravillosa al grupo de discípulos demolidos de tristeza y aflicción. Ellos no creen, quizás en primer lugar por ser mujer y luego por no pertenecer a ese círculo tan cercano al Señor.

En segundo lugar, los peregrinos de Emaús reconocieron al Resucitado en la fracción del pan, en la mesa compartida de hermanos, en la Palabra que ilumina los caminos de la existencia. Ellos también van de la aldea a Jerusalem, a comunicar esa magnífica novedad del Cristo vivo. Sin embargo, a ellos tampoco le creen, probablemente por similares motivos a los de María Magdalena: los peregrinos son discípulos pero no pertenecen al grupo estrecho de los Once.

Se nos presenta así cierta tensión fluctuante entre lo institucional y la vida de fé en las primeras comunidades, una tensión que suele perdurar a través del tiempo. Y la verdad es que vocación es ante todo llamado, convocatoria, y son múltiples y frondosos los carismas dentro de la Iglesia que no son, de ningún modo, opuestos entre sí, pues todos se nutren de la misma savia del Espíritu.

Volviendo a la incredulidad de los Once, existen ciertas cuestiones que no podemos soslayar. María de Magdala y los peregrinos de Emaús son testigos veraces y misioneros del Resucitado, misión que ante todo es misión de fé, y esa fé no ha sido suscitada por la acción evangelizadora de los Once. Hay en María y en los peregrinos una fé tenaz y un compromiso que no ha sido encomendado por el colegio apostólico, y aún así no es menos fé ni hay menos veracidad en ellos.

El Evangelista destaca entonces la reprimenda del Señor: esos hombres han hecho ostentación de su incredulidad frente a sus hermanos, cuando se esperaba de ellos capacidad de escucha y discernimiento, pastores serviciales antes que jefes o comandantes.
Aún así, con sus traiciones, su falta de fé, el Maestro les confía una misión específica, sacerdotal, mediadora de la Buena Noticia, y hay otro detalle que no es menor: la reticencia de esos hombres a aceptar el alba de la Resurrección despeja también cualquier intencionalidad pueril o imaginería aleatoria respecto al Resucitado. En una ilógica que es propia del Reino, testimonio y certeza surgen del cabezahuequismo de esos hombres.

Lo importante es que el ministerio apostólico ha sido confiado por Dios, es su decisión y en ella esta su confianza aún cuando los responsables a veces sean traidores y, muy a menudo, hombres de escasa fé.

Todo se decide por el amor de Dios. No hay, desde esa perspectiva, ministerio o vocaciones menos o más importantes en la comunidad eclesial. Todos somos importantes pues todos hemos sido llamados a caminar los caminos de Cristo desde nuestros lugares, que pueden ser muy diversos pero no obstante todos tienen la misma raíz.
Y todos somos esclavos suplicantes del perdón de Dios, que desciende sobre nosotros en canastas llenas y asombrosas de entrañable misericordia.

Paz y Bien
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Pesca milagrosa, redes asombrosas



Viernes de la Octava de Pascua

Para el día de hoy (01/04/16):  

Evangelio según San Juan 21, 1-14





Siempre es necesario estar atentos a los detalles, a las pequeñas señales. Aunque quizás inadvertidas, tienen por objeto dirigir nuestra mirada hacia profundidades que estén más allá de lo evidente, y aquí implica ir mar adentro de la Palabra.

Así nos encontraremos con la primer señal: la escena que nos brinda el Evangelio del día acontece en inmediaciones del mar de Tiberiades. La nomenclatura judía no llamaría a esas aguas así sino Mar de Galilea, Tiberiades es una denominación pagana, y precisamente ese error presunto impulsa a ir más allá de los escasos límites tradicionalmente establecidos, en misión hacia los gentiles. 

Los discípulos presentes son siete, Pedro, Tomás, Natanael o Bartolomé, Juan y Santiago y otros dos discípulos cuyos nombres no se consignan para que allí ubiquemos nuestros nombres. Ellos han disminuido en su conformación primera por un traidor, pero también porque ellos se han dispersado en parte por sus miedos y en parte porque no han creído en el Maestro; la falta de fé inevitablemente hace mella. Sin embargo, lo decisivo aquí es el número siete, que refiere en la tradición bíblica como en el plano simbólico a todos los pueblos de la tierra; ya no será solamente doce por acotarse a las doce tribus iniciales de Israel, su misión debe encaminarse hacia todas las naciones. Pescadores de hombres, pescadores de humanidad en el mar de todo el mundo.

Ellos, siguiendo un impulso de Pedro, van a pescar. Es el regreso a lo viejo, a las antiguas costumbres conocidas sin riesgos ni peligros, desandar los caminos que recorrieron con el Maestro, un regreso al oficio anterior que no es misión vital sino abdicación de su misión apostólica y escatológica; ellos navegan en una noche que no es solamente una cuestión horaria sino el reflejo de sus vidas vacías y lúgubres por el Maestro ausente.
Los esfuerzos vanos, el hambre que se hace presente es el reflejo de una Iglesia que se embarca a menudo en grandes planes pero olvida navegar con Cristo. Sólo con Cristo los esfuerzos fructifican, tienen sentido, se hacen santos y quebrantan las grises rutinas que demuelen esperanzas.

Ese Cristo nos busca desde las orillas de nuestras existencias, santo afán de que nuestras vidas fructifiquen, que se navegue sin naufragios, que todo cambie, que nada sea en vano.
Entonces allí sí, contra todo pronóstico o especulación la pesca será milagrosa, una increíble cantidad de peces mantenidos con vida en redes asombrosas que nunca se romperán, que permanecerán firmes, las redes cordiales de la Iglesia que siempre se reencuentra con el Resucitado en la mesa compartida, en el servicio generoso.

El Discípulo Amado, la comunidad cristiana, es siempre quien descubre la presencia del Señor, y es a ese Discípulo Amado, al pueblo de Dios, a quien Pedro debe escuchar con genuina atención y humilde devoción, para sumergirse con pasión y confianza en las marejadas del mundo, pues el Resucitado lo espera y acompañará en todo su ministerio.

Paz y Bien




 

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