Una Iglesia samaritana y servidora

















15° Domingo del Tiempo Ordinario  

Para el día de hoy (14/07/19):  

Evangelio según San Lucas 10, 25-37








El talante del doctor de la Ley que le realiza la pregunta a Jesús de Nazareth es quizás más propio de un docente que examina y califica a un alumno de modo inquisitorial que el de un genuino buscador de la verdad. Hay en su discurso cierto tenor de exigencia velada que no es casual: constantemente, quienes detentaban el poder religioso oficial buscaban en las cosas que hacía y en la enseñanza que predicaba el Maestro fallos, errores y aseveraciones heterodoxas que tuvieran la suficiente gravedad para, en primer lugar, desacreditarlo ante el pueblo, y en segundo lugar, obtener elementos para un juicio sumario que anticipaba una segura condena.

No obstante ello, la inquietud que presenta tenía para la religiosidad de la época una relevancia fundamental, pues la Ley establecía 248 mandamientos o mitzvot positivos, y 365 mitzvot prohibitivos o negativos: 248 por lo que se creía eran la totalidad de los huesos del cuerpo humano y 365 por cada uno de los días del año, y así, simbólicamente, englobaban la totalidad de la existencia humana. Por ello, exégesis y casuística buscaban producían hondas reflexiones acerca de la prevalencia de ciertos preceptos por sobre otros, y de allí, tal vez, una de las causas de la pregunta.
Pero por otra parte, la postura farisea exigía la observancia absoluta de la totalidad de los 613 mandamientos, lo cual era causal de opresión de las almas más sencillas, pues sobreabundaba la aritmética piadosa en desmedro del Dios que le otorgaba sentido.
Así entonces Jesús de Nazareth condensa la Ley y los profetas en un mandamiento con dos brazos frutales, el amor a Dios intrínseca e inseparablemente unido al amor al prójimo, y para enseñarlo se vale de una parábola, la llamada parábola del Buen Samaritano.

Aquí es menester hacer un alto para recobrar la atención: no se trata la parábola de una construcción literaria efectista ni de un relato articulado de tal manera que se pueda arribar a una moraleja, es decir, a una conclusión de carácter moral.
Se trata de algo más profundo y raigal, se trata de revelación, se trata de transformación de la propia vida y de la vida de la Iglesia desde la eterna perspectiva del Reino.

El samaritano, a imagen misma de Dios, revela pues los eternos sentimientos del Creador de amor por la humanidad que es bien concreto, y que se detiene en compasivo auxilio hacia el caído a la vera del camino, al costado de la existencia, en la banquina donde se suelen depositar a los descartados de la vida.

El samaritano, a imagen misma de Cristo, es un despreciado, un sospechoso, que a pesar de todo y de todos hace presente y eficaz el amor de Dios que salva, que sana, que restaura y levanta, aún cuando otros pasen de largo arguyendo prohibiciones o apuros vanos.

El samaritano también se compromete con todo su ser -lo que pagará si esos denarios que deja no alcanzan- al regreso. No es una pasada furtiva lo suyo, le importa el ahora y le importa el después, y es el Cristo que regresará al final de los tiempos, a las heridas sanadas, al caído restablecido y pleno que nunca olvidará porque ahora lo alberga en la posada de su corazón sagrado.

El samaritano cuida al herido con óleo y con vino, óleo y vino que ahora son de una Iglesia que tiene, desde el sueño de Dios vocación samaritana, que cede monturas en sus mulas a veces flacas para los que ya no pueden andar.

Una Iglesia que somos todos y cada uno de nosotros, con nuestras pobres moneditas de misericordia, y que por poco que parezcan, son indispensables.

Paz y Bien

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