Lucidez











La Presentación del Señor

Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Para el día de hoy (02/02/17):  

Evangelio según San Lucas 2, 22-40



Por el Templo de Jerusalem circulaban a diario miles de personas llegadas de todo Israel y de la Diáspora, y entre esa abigarrada multitud que discurría como un río se colaban los gritos de los mercaderes y las ofertas de los cambistas, toda vez que en los atrios se cambiaban monedas para las ofrendas y se vendían animales para los holocaustos. 
Los levitas estaban ocupadísimos en observar que se cumplieran a rajatabla los preceptos en ese recinto sagrado; los sacerdotes se concentraban en sus ritos, y el ámbito se poblaba del aroma fuerte del incienso y del humo de la grasa de los animales sacrificados en los altares.

Por entre ese mar de gentes, esa bulla, la magnificencia de las estancias y todo lo que sobrecargaba el lugar de sonidos, llega una joven pareja de provincias con un niño en sus brazos. Son muy pobres -llevan dos pajaritos como ofrenda-, se les nota el acento galileo, se perciben sus ropas sin ostentación, el bebé se adormece.
Son judíos hasta los huesos que llegan a cumplir con sus obligaciones religiosas y con las tradiciones de sus mayores, pero aún así son invisibles. Nadie los tiene en cuenta, una pequeña mota en un cuadro grande pleno de colores y matices.

Pero dos abuelos, entre miles, saben mirar y ver. Han esperado toda una vida, décadas y décadas de esperanza alimentada de oración sin quebrantos, y luego de tanto tiempo han encontrado en ese bebé pequeñísimo, en ese Templo tan grande, a Aquél que esperaban y que colma las esperanzas de Israel y de todas las naciones, y el encuentro se transforma en profecía, en gratitud, en bendición que se contagia y se comparte con voz fuerte a todo el que se anime a escucharles.

En tiempos del culto banal a la instantaneidad y a la imagen aparente, la paciencia de Ana y se Simeón nos controvierte, nos interpela, nos desafía. Nunca, jamás, si nos atrevemos a creer y confiar, hemos de resignarnos.

Ana y Simeón son los abuelos cordiales del Señor, y su cálida lucidez nos lanza un grato convite a redescubrir a ese Cristo que se llega humilde, pobre y silencioso al templo de nuestras existencias, una luz poderosísima que surge de un Bebé Santo, una alegría inclaudicable, una esperanza vigente para siempre.

Paz y Bien


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