Libertad y sanación







Para el día de hoy (31/08/16):  

Evangelio según San Lucas 4, 38-44



La lectura que nos ofrece la liturgia del día posee dos señales distintivas.

Por un lado, Jesús de Nazareth nunca descansa procurando el bien a todos aquellos que piden su auxilio. Su atención hacia los sufrientes es absoluta, no tiene mella, y así se detiene sin reservas para sanar a la suegra de Pedro y para atender y sanar a todos los enfermos que llevan a su presencia. La imagen estremece, una multitud que al atardecer llevan a sus enfermos para que Él los cure; allí se puede percibir sin demasiada dificultad un mar de gente abandonada a su suerte, ovejas sin pastor que sólo encuentran salida y consuelo en Cristo, pues el mundo los ignora y exonera.

Por otro lado, la impresionante libertad del Maestro. Los gritos de los demonios en alta voz que lo reconocen como Mesías, se contraponen con el desprecio de las autoridades religiosas, que sólo son capaces de ver en Él a un blasfemo, un alborotador peligroso o, en el mejor de los casos, a un pobre galileo con ciertas veleidades populares. Pero esos gritos también portan un mensaje tácito, la mixtura de las enfermedades física, psíquicas y espirituales; tal vez esos demonios también expresen los rabiosos criterios que inferían que las enfermedades se correspondían a un justo castigo por los pecados, como si Dios disfrutara los pesares. Cristo, Dios con nosotros, expresa el amor de ese Dios Abbá, y precisamente allí radica la queja de esos demonios que oprimen corazones ante todo.
Sin embargo, ciertos celos y ciertos fervores nacionales -muy mezquinos- pretenden apropiarse de Cristo en modo triunfalista y propietario. No es la necesidad de permanecer junto a quien se ama, sino más bien de restaurar la corona judía, recreación de poderes y famas restrictivas.
A ello el Maestro se niega, pues la universalidad del amor de Dios es también su misión.

Como le sucedía a la suegra de Pedro, otras fiebres suelen apoderarse de las personas y los pueblos. Fiebre de poder, de violencia, de dinero, de consumo, de negación del otro. Todas esas fiebres postran a los más pequeños y débiles y consumen la justicia, avasallando las gentes.

De esas fiebres debemos liberarnos. Mejor aún, hemos de suplicar que Cristo nos sane, y encontrar nuevamente la libertad del Evangelio, que no es una libertad de sino una libertad para, la libertad para servir, para ser en plenitud, la libertad de dar gloria a Dios aún cuando tengamos que peregrinar dolidos por todos los desiertos de la existencia, con la firme esperanza aferrada al Cristo que nunca nos abandona.

Paz y Bien

Purificación







Santa Rosa de Lima, Patrona de América Latina 

Para el día de hoy (30/08/16):  

Evangelio según San Lucas 4, 31-37





Cafarnaúm, por su ubicación geográfica -estratégica-, a orillas del mar de Galilea, nodo y cruce de caminos era una ciudad cosmopolita por el ingente paso de gentes de diversos origen, muchos de ellos tras afanes comerciales. Por ello el ambiente es algo más relajado que en la cerrazón que el Maestro había encontrado en la pequeña Nazareth donde se había criado. Aún así, cada Sábado se dirige a la sinagoga en donde se reune la comunidad para la oración y para el estudio de la Palabra de Dios.

La enseñanza del Maestro -lo que dice y cómo lo dice- enciende todos los asombros. Él no enseña al modo de los escribas, Él enseña con autoridad.
Los escribas, sin dudas, eran eruditos; pero ellos, fundamentados en sus bibliotecas, citaban lo que a su vez habían escrito muchos años atrás otros eruditos acerca de la Torah. Comentaban a los comentaristas, una actividad que requería una especial preparación intelectual pero que, desgraciadamente, había sobreelevado abandonando el corazón y la fé.
Jesús de Nazareth hablaba con la autoridad que no se obtiene desde los libros, sino de su propia y plena experiencia de Dios. Nadie se lo ha contado, Él lo vive a cada instante. 

Pero autoridad, etimológicamente, proviene de auctoritas y ésta, a su vez, de augere que significa hacer crecer. El Maestro hacía y hace crecer cosas nuevas a todo el que escucha con atención su Palabra y la pone en práctica.

En la sinagoga había un hombre enfermo, identificado por el Evangelista según los criterios de la época como un endemoniado. La expresión simbólica refiere a una persona agobiada por el poder del mal, tal vez una persona con problemas psiquiátricos, tal vez un esquizofrénico o un paciente que sufre una enfermedad neurológica, pero tal vez podamos rastrear a una persona alienada, incapaz de pensar y de hablar por sí misma.

Un hombre así es un impuro mayor, muy acotado en su vida familiar y religiosa, condenado a un ostracismo que está justificado por los profesionales de la religión, pues se considera un justo castigo esa enfermedad por los pecados propios o de los padres. Si ese hombre estaba en la sinagoga, en pleno Shabbat, probablemente estuviera allí para cumplir con los rígidos rituales de purificación a fin de ser readmitido.

Parece tarea infructuosa, y además surge la queja del espíritu opresor. El nosotros esgrimido espeja al alma dividida, quebrantada la personalidad, roto el corazón de hijo de Dios. Sin embargo, reconoce a Jesús como Santo de Dios; el Mal reivindica la misión de Cristo, mientras que sus propios paisanos le repudiaron e intentaron matarle.

El Señor conmina a ese espíritu inmundo a callarse y liberar a ese hombre. Es menester desalojar las palabras vanas para dar espacio a la Palabra de vida y Palabra viva.

Pero más aún, siempre hay más.

Los ritos son muy importantes más se produce un tremendo e importantísimo giro en la historia. La purificación no será producto de un ritual esquematizado, escrito y regulado, sino que es Cristo, su persona, el que purifica y libera.
Nada ni nadie puede resistirse a la presencia del Amor de Dios en Jesucristo.

Paz y Bien

Testigo de la verdad







Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/16):  

Evangelio según San Marcos 6, 17-29




Él no buscaba la gloria propia, el reconocimiento público, las loas populares. Creía en su misión porque en su misión servía a Dios, aún cuando ello significaba alejarse de los palacios, la pompa y el fasto. Su palacio era el desierto, sus ropajes eran pieles de animales salvajes, sus manjares, langostas y miel silvestre.

Fiel a su Dios, fiel a su Ley, fiel a la Alianza, con todo y a pesar de todo, a pesar de poner en riesgo la vida.
Jubiloso testigo del Esposo, testigo incólume de la verdad, fidelidad sin medias tintas, total, sin reservas.

La lectura superficial de los hechos que condujeron a su muerte puede enlutarnos, revestirnos de horror, de espanto y tristeza, del mismo modo que cuando se atropella la vida de un inocente. El rencor de una mujer, el temor supersticioso de un hombre del poder que prefiere ser esclavo de las veleidades de la opinión de los obsecuentes y de su propia imagen que vivir conforme a una verdad que percibe pero que a su vez niega en los hechos.
La mazmorra para el Bautista es el torpe intento de silenciar una voz veraz que no se calla.

Pero es posible mirar y ver desde otra perspectiva, el ámbito de la fé. 
La fidelidad de Juan hasta el fin es la señal del comienzo del ministerio de Jesús de Nazareth. La muerte no es la sentencia del bruto opresor, sino el fruto de un hombre enteramente libre, libérrimo a pesar de estar en la mazmorra, mientras que el prisionero es Herodes en el palacio.
La muerte de Juan también preanuncia la Pasión del Señor.

La Iglesia hace memoria hoy del martirio de Juan y, con él, un humilde y grato homenaje a los que no se doblegan ante ningún ídolo, a los que permanecen fieles a la verdad, a su vociación, firmes en la justicia, tenaces en la fé.

Paz y Bien




Etiqueta cristiana








22° Domingo durante el año

Santa Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/16):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-14




Comer tiene en todas las culturas y pueblos una importancia fundamental. 
Se come por necesidad biológica, el sustento, la supervivencia. Cuando se come mal, se vive mal, se resiente la salud. Cuando no se come, la vida está en peligro si la ausencia de comida se prolonga.
Se come también por convenciones, por intereses comunes, con ánimos gregarios o celebratorios y suele establecerse previamente con quienes se comparte la mesa.

En el plano simbólico y religioso, comer tiene a su vez un significado profundo, a tal punto que se determina qué comer, cómo comer y con quien comer.
Para Israel, la comida se vincula a la liberación y a la vida, y así Seder Pesaj es el memorial de mesa familiar que conmemora el paso salvador de Dios por la historia del pueblo judío.
En la fé cristiana, comer refiere a la Cena del Señor, a la vida divina que se ofrece, a la celebración eucarística.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se mantenían ciertas normas, la etiqueta a sostener en la mesa. Ello implicaba una jerarquización explícita, de tal modo que más cerca de la cabecera implicaba una mayor importancia del comensal; sin embargo, la etiqueta es bidireccional por la norma que se respesta y también por el cariz personal. Uno se ubica en la mesa acorde a la propia importancia que se tiene de sí mismo.
Pero al indicar quienes han de ser los comensales, indirectamente se define quienes no participan, de suerte tal que la mesa se estrecha: los comensales, bajo ciertas normas exclusivistas, son demasiado selectos, son muy pocos pues muchos quedan fuera.

Una de las críticas mas enconadas con las que sus enemigos atacaban al Maestro tenía que ver con su mesa y con los que gustaba sentarse a comer, los inviables, los descastados, los que nadie en su sano juicio invitaría a su mesa. Quizás la Pasión, desde esa perspectiva, tenga mucho que ver por el modo de comer de Jesús y con quienes comía.

Él veía las estrictas normas de la mesa de los fariseos, allí donde le había invitado. Mesa chica, mesa angosta que no es tanto una cuestión cuantificable sino de estrechez cordial. Por eso su enseñanza, la necesidad de encarnar la santa ilógica del Reino en la mesa, pan y vino compartidos.
Así la etiqueta cristiana significa invertir prioridades e importancias, sabedores con María de Nazareth que Dios rechaza a los soberbios y exalta a los humildes. Que la mesa de Cristo es amplísima, y que la tarea es acercar a ella -mesa de familia, mesa de hermanos- a todos los que nadie convida, y que no darán señales de reconocimiento a cambio pues nada tienen, nada les queda, los olvidados y excluidos de la fiesta de la vida, abandonados a la vera de todos los caminos de la existencia, languideciendo de compasión, cediendo el lugar para que el último pueda dar un paso adelante, porque en todos ellos resplandece el rostro de Dios.

Paz y Bien

Talentos








Santa Mónica

Para el día de hoy (27/08/16):  

Evangelio según San Mateo 25, 14-30




A lo largo del tiempo ha sido usual, en la reflexión acerca de esta parábola, identificar a los talentos con las capacidades individuales de cada persona, y de allí la necesidad de hacerlas fructificar. Sin embargo, más allá de las apariencias, establecer una reflexión teológica que justifique la desigualdad humana implica, de suyo, razonar que unos puedan dominar a otros por cierta clase de fructífera superioridad, una espiritualidad que iguala para abajo, que se resigna frente a las injusticias y que, en el fondo, tolera una fraternidad formal pero no cordial.

Pero el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios Abbá y no un capitalista especulador, ni tampoco un verdugo punitivo que ejerce venganza con presteza.

En los tiempos del ministerio del Maestro, un trabajador ganaba un denario como jornal diario. Con ese denario debía sostenerse toda su familia. 
Pero un talento equivalía a seis mil denarios, con lo cual estamos frente a algo normalmente inalcanzable, una fortuna. Y esa fortuna inmensa es la que ha confiado el Señor a los servidores.

Se trata de la infinita confianza que se nos ha brindado, a menudo no correspondida. Se trata de ir contra corriente, porque lo seguro, lo razonable es enterrar ese tesoro, a salvo de ladrones y salteadores.
Se trata de involucrarse, de embarrarse en el fango de la historia con la certeza de que se dan los pasos ciertos del Reino, romper el cascarón de todos los miedos y las infidelidades disfrazadas de prudencia.

Los talentos no son tanto las capacidades individuales, sino la Gracia de Dios que se nos ha confiado como comunidad y en el ámbito personal, algo tan valioso que por ella vale correr alegremente todos los riesgos habidos y por haber, y cuando llegue el tiempo propicio, presentarnos ante Aquél que está regresando, cumpliendo con este magnífico mandato de comprometernos y fructificar, a pesar de que a menudo nos descubramos mínimos, apenas un par de escasas monedas.

Paz y Bien

Con luz propia







Beato Ceferino Namuncurá

Para el día de hoy (26/08/16):  

Evangelio según San Mateo 25, 1-13



A nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, sobresaturados de información y recargados de imágenes, la idea de las diez vírgenes esperando al esposo se nos haga, quizás, demasiado ajena, esquiva. Pero en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth se comprendía con facilidad, aún cuando el oyente careciera de la formación de los escribas, un simple labrador, un humilde pescador.
Pero también hay otra perspectiva, la simbólica, la que trasciende la pura letra y se adentra en el significado y la profundidad de la enseñanza del Maestro.

Volviendo al siglo I, la vida era dura y escasa en distracciones y esparcimiento, especialmente en los pueblos pequeños, a lo que debía añadirse la severa rigurosidad religiosa que no admitía demasiadas sonrisas. Sin embargo, había ocasiones en que el tedio se podía romper, como nacimientos, bodas, el paso a la vida adulta -bar mitzvah- o eventualmente funerales, pero de entre esas ocasiones destacaban las bodas, que podían durar varios días. El día de bodas era el más importante de sus existencias para los contrayentes, y  motivo de alegría, baile y brindis impostergables para todo el pueblo.
Precisamente, en esa perspectiva se inscribe la enseñanza de hoy, lo crucial para la vida, el destino de fiesta soñado por Dios, el matrimonio inquebrantable entre Dios y la humanidad.

Tal vez, cierta tendencia bondadosamente ligera nos lleve a imaginarnos los habría y los hubiera, es decir, qué hubiera pasado si las vírgenes prudentes le hubieran prestado un poco de aceite a las insensatas?... Aún así, y a pesar de que en numerosas ocasiones el Maestro nos conmina a la fraternidad del compartir, en esta ocasión no sólo no lo menciona, sino que es terminante al respecto. Ello destaca sin ambages la importancia decisiva de aquello que se procura merced al esfuerzo, y que de no ser así es imposible tener.

El aceite, la luz propia, se enraiza inseparablemente a esto que somos y nos define, y que por ello es único e intransferible.

Pero hay más, siempre hay más. El encomio de mantenerse en vela, con la propia luz encendida, implica una invitación a descubrir que la historia humana no es solamente lo que vemos y que tan a menudo nos agobia. La historia está fecundada por el Espíritu de Aquél que se ha hecho uno de nosotros, un vecino, un amigo, un Hijo queridísimo, y ese valor trascendente sólo puede percibirlo y gratificarse con ello todos aquellos que se mantengan atentos, con la lucidez propia de la esperanza.

Paz y Bien



Servidores fieles








San Luis, rey de Francia

San José de Calasanz, presbítero

Para el día de hoy (25/08/16):  

Evangelio según San Mateo 24, 42-51




Usualmente la reflexión acerca de esta lectura refiere a lo postrero, al estar atentos para cuando llegue el tiempo de irse y de rendir cuentas. No está mal, claro está, pues pone la vida -esta vida tan pequeña y frágil, tan corta- en perspectiva, la teleología de la existencia, saber que todo, apenas, está comenzando.

Pero la encendida apelación a la vigilancia que hace Jesús de Nazareth tiene que ver con un distingo fundamental de la vida cristiana.
Se trata de no adormecerse frente a todo lo que duele, de no mirar hacia otro lado frente a las injusticias, de no sucumbir a los cantos de sirena que nos tira el mundo a cada paso. 

Una clave posible estriba en el término servidor; aunque el sentido común sea el menos común de los sentidos, servidor indica oficio, misión, tarea pero nunca propiedad. El Dueño es Otro, no el servidor, y cuando el servidor pierde esa perspectiva e invierte los roles, todo se trastoca, todo pierde sentido.
El servidor se reviste de nobleza cuando permanece fiel a esa misión, a esa vocación, al servicio de cuidar lo que no le pertenece pero que, extrañamente, se le ha confiado.

Más aún. La fidelidad del servidor, que se expresa en el estar en vela, atento y despierto, es también una invitación y una bendición para ser partícipes de la vida misma de Cristo desde la caridad, el cuidado del hermano, el esfuerzo denodado por derrotar el hambre, el ansia permanente de justicia, la cortesía fraternal, la importancia decisiva de los pequeños gestos.

Servidores fieles de la Gracia de Dios, fieles y felices derrochones de esos bienes santos que no deben mezquinarse. Despiertos y atentos a las necesidades y las vidas de los hermanos, en vela en el tiempo y la historia, encendidos del Espíritu en el aquí y el ahora como señal de auxilio para los más pequeños, porque el Dueño está de regreso a cada instante.

Paz y Bien



Bartolomé









San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/16):  

Evangelio según San Juan 1, 45-51




El asombro de Felipe, el impacto que produce en su existencia el encuentro con Jesús de Nazareth lo moviliza a contarlo, a compartirlo con un amigo. Quizás sea el modo más sencillo y exacto de expresar la evangelización.
Sin embargo, la fé de Felipe es incompleta, aún debe madurar: él se queda con la idea de un Cristo reflejado por las Escrituras -la Ley y los profetas-, pero sigue siendo el hijo de José de Nazareth. No hay todavía en Felipe asomos de la única y absoluta novedad del Reino.

Así Felipe vá al encuentro de su amigo, Natanael. Su imagen remite al símbolo tradicional que tenían los rabbíes para enseñar, bajo la higuera, pero también la higuera representa al pueblo de Israel que permanece fiel a su Dios a través de los tiempos.
Quizás como estudioso de la Torah porte viejos prejuicios, y de allí su mención a que nada bueno puede salir de Nazareth, prejuicios a menudo esgrimidos con virulencia por los enemigos del Maestro.

Pero algo pasa en el encuentro personal con Cristo. Descubrimos que Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos suponemos. Ese encuentro es transformador, más las cosas no son automáticas. No somos robots, intervienen el corazón, interviene la voluntad.
Allí destaca la persona de Natanael / Bartolomé: el que era rabbí, no tiene ahora inconvenientes en ser un feliz discípulo y seguidor, y por haber dejado atrás esquemas y prejuicios, con el auxilio del Espíritu reconoce en ese joven y pobre rabbí de Nazareth al Hijo de Dios.

Aún así, ese encuentro fundamental es sólo el comienzo de un tiempo de maravillas, de cielos abiertos. Cristo, Dios-con-nosotros, es el puente entre la eternidad de Dios y la temporalidad humana, el tiempo santo de Dios y el hombre que supera todas las expectativas e inaugura las maravillas de la Gracia.

Paz y Bien

Guías ciegos







Para el día de hoy (23/08/16):  



Evangelio según San Mateo 23, 23-26



La tradición y obligatoriedad del diezmo se remontaba a las raíces misma de Israel como pueblo y nación: las tribus debían entregar la décima parte de los frutos de su cosecha y sus rebaños para sostener a la tribu de Leví, quienes a su vez tenían por misión el servicio del Tabernáculo, y luego del culto en el Templo; los levitas no tendrían tierras propias -por ello se ocupaban de ellos las otras tribus-, y con la evolución histórica, todo varón judío pagaría el diezmo para sostener a los sacerdotes y al Templo de Jerusalem. 
El impuesto era de carácter anual, y lo recaudado un año de cada tres se destinaba a la protección de los huérfanos y las viudas.

Pero también el diezmo poseía un significado trascendente, y era la soberanía de Dios, la propiedad y el derecho de Dios sobre Israel.

Con el surgimiento de la corriente farisea, el cumplimiento del diezmo se extiende de los frutos de la tierra -cosechas y ganados- a los productos mínimos, incluidas las hierbas silvestres y los condimentos. No es difícil imaginarse a una madre de familia separando una ramita de perejil de cada diez para cumplir.

A pesar de lo ridículo de la escena imaginada, tampoco hemos de caer en el extremo de no prestar atención a las cosas pequeñas. Todo tiene su importancia. Pero esos hombres, extremadamente piadosos -religiosos profesionales- habían absolutizado lo que no lo era, sacralizando nimiedades en desmedro de lo que en verdad cuenta, la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Es una dictadura de la superficialidad, de la apariencia de piedad sin corazón ni Dios que la sustenten, y desde allí el sábado está por sobre el hombre y las abluciones y las rígidas normas de impureza ritual desalojan a la compasión, guías ciegos que llevan al pueblo que doblegan al abismo de la desesperanza y el miedo.

Ésa es la perversión, exigir devociones gesticuladas sin practicar, corazón adentro, la conversión.

Paz y Bien

Reina del cielo








Santa María, Reina

Para el día de hoy (22/08/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38 




A veces por afanes afectuosos, a veces por demasiada carga mundana en nuestra religiosidad, hemos sobrecargado las imágenes de la Madre de Dios con coronas, joyas y lujosos vestidos. Nada más alejado de la muchachita judía nazarena que se deja transformar por la Gracia, que con su Sí inaugura un nuevo tiempo, el tiempo de los humildes y los pequeños, que por descubrirse mínima, esclava del Señor, es la más feliz de entre todos los vivientes.

El Reino del Hijo no es de este mundo, y el reinado de la Madre tampoco, pues no refiere al orden natural sino al sobrenatural, ámbito de la Gracia.

Realeza gloriosa, realeza maternal, realeza mediadora, realeza de todas las esperanzas.

Realeza gloriosa como esclava del Señor, la que se descubre la más pequeña de todas y por ello mismo es la más grande por el amor de Dios que engrandece su alma, el Dios que enaltece a los humilde, que rechaza a los soberbios, que derriba a los poderosos de sus tronos.

Realeza maternal, Teothokos, Madre de Dios, Madre del Salvador y también madre de todos los creyentes desde la cruz y la compañía. Por compañera de dolores, por solidaridad de cruces y pesares, madre de todos los vivientes.

Realeza mediadora, la que busca que nunca se nos acabe el vino de la fiesta, la copa de la vida, Madre en plegaria perpetua de corazón inmenso, un corazón que contiene, cálido, a todos los hijos. Donde está la Madre, está y descubrimos al Hijo.

Realeza de todas las esperanzas. Las primacías del cielo hacia donde es elevada, fueron vividas en la cotidianeidad por María de Nazareth, y esa plenitud es signo de esperanza para toda la Iglesia, destino de salvación, de alegría definitiva para el pueblo de Dios.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos, fieles, tenaces en el servicio, firmes en la esperanza, felizmente obstinados en el amor, genuinos en la justicia.
Ruega por nosotros, Reina del cielo, para que el Reino sea aquí y ahora, para que tu ternura gobierne nuestros corazones.

Paz y Bien 

Una puerta estrecha que se amplía











21° Domingo durante el año

Para el día de hoy (21/08/16):  

Evangelio según San Lucas 13, 22-30





A través de los tiempos y de las distintas religiones y en reiteradas oportunidades se ha tratado de establecer si son pocos o muchos los que se salvan, y tristemente la Iglesia no ha sido ajena a ello. 
Esa clase de censos de los beneficios divinos, merced a las a las angustias que provocaban, fueron utilizados como métodos extorsivos para doblegar corazones mediante el miedo que provoca el no pertenecer al estrecho número de los que serán salvos; hoy en día, cierta interpretación lineal -y mezquina- de las Escrituras provoca que una secta afirme sin ambages que el número de los que se salvarán serán 144.000, dura afirmación para la vida virtuosa de los creyentes. Si todo aparece tan cerrado e improbable, mejor es resignarse y devenir de acuerdo a las variaciones del mundo lo mejor posible.

A veces se plantean preguntas que no merecen respuesta, preguntas que son falaces pues su razonamiento inicial induce a error, y el error es preguntarse si serán pocos o muchos los que han de salvarse. Pedro se equivocaba, más su error no estriba solamente en la cuantificación sino en el mensaje subyacente, y es el de suponer que la Salvación es el producto del propio esfuerzo, o en su defecto, que Dios actúa como un titiritero que mueve muñecos sin voluntad que nada hacen.

El Maestro no ingresa en ese lodazal tramposo. No se trata de meter miedo ni de llevar tranquilidades a unos y otros. Se trata de estar atentos, se trata de la urgencia de la conversión, se trata de reconocer a la Salvación como don del amor infinito de Dios y, por ello mismo, vivir una vida virtuosa, vida de hijos de Dios.
La pertenencia como credencial religiosa, identidad nacional o étnica. El cumplimiento de formalidades sin corazón ni misericordia encarnada en lo cotidiano. La rigurosidad litúrgica que olvida la práctica de la justicia.

La puerta de la perdición es amplia pero se angosta sin remedio. No hay allí destino ni trascendencia, sólo la contundencia de la muerte.

La puerta de la Salvación es estrecha pero se amplía al infinito, santa urdimbre de Dios y el hombre que se ofrece a todos los pueblos en todos los tiempos, católica, universal, fraterna, frutos de esfuerzos humildes y felices fecundos por el Espíritu.


Paz y Bien

Usurpadores








Para el día de hoy (20/08/16):  

Evangelio según San Mateo  23, 1-12



El ámbito es decisivo: Jesús de Nazareth se encuentra en Jerusalem y les habla sin ambages a la multitud y a los discípulos acerca de la ilegitimidad de los escribas y fariseos.
La cátedra de Moisés no es una figura simbólica sino un sitio concreto, una silla desde donde se impartían conocimientos y formación espiritual, revestida de autoridad religiosa. Antiguamente en Israel -y así lo consigna el libro de Deuteronomio- la función de interpretación y enseñanza de la Palabra de Dios se reservaba a los sacerdotes; al afirmar escribas y fariseos que ocupan la cátedra de Moisés, denota abiertamente que esos hombres habían usurpado un rol, una función, una autoridad que no les pertenecía.

Sin embargo, el problema es mucho más grave, y el Maestro no se calla: ellos reemplazaron la escucha atenta y la contemplación de la Palabra por un intelectualismo tan profuso como vano, la obediencia a Dios por la sumisión a reglamentos impracticables e intolerables, una casuística que agobiaba al pueblo y muy especialmente a los pequeños, que demolía la esperanza, que revestía de culpas y miedo los corazones, muy lejos del Dios de amor, Abbá del universo. 
Pero aún cuando detentaban una autoridad de modo espúreo, en ciertos aspectos hablaban de la Ley, y la verdad -provenga de donde provenga- debe ser escuchada, aunque escribas y fariseos se afanaban en la figuración, en la re-presentación, en el reconocimiento público.

Esa búsqueda de fama, a su vez, pone por delante la propia importancia por sobre lo central, el mismo Dios. Les gana el corazón el ansia de dominio y el detentar la autoridad como poder que se impone.

Los usurpadores de todo tiempo son así. No son servidores de la Palabra, sólo acaparadores de poder, voraces detractores de disidencias, incapaces de misericordia, los que se ufanan de los vestidos ampulosos y los gestos de respeto sumiso que le prodiguen, pero en el fondo, no hay corazones que se revistan de justicia.

Por sus frutos se conocen, y esa es la medida de las voces que debemos escuchar.

Paz y Bien

Ágape, filia, eros







Para el día de hoy (19/08/16):  

Evangelio según San Mateo  22, 34-40





Los Evangelios fueron escritos en idioma griego, más cercano al griego del Ática que al actual, y en ese idioma hay varios términos que expresan el amor, ágape, filia y eros.

Ágape es el amor absoluto e incondicional de Dios, un amor de donación sin restricciones. Ágape es el modo en que Dios nos ama.

Filia refiere al amor que se define por los afectos, por las inclinaciones. El amor del querer.

Eros es el amor vinculado a la sexualidad, que habitualmente se lo menoscaba limitándolo a cierta genitalidad. Eros es el amor que se expresa principalmente con el cuerpo, el amor de las pasiones.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, debido -en parte- a ciertos fundamentalismo que se aferraba a la literalidad y a los prejuicios, había varias casuísticas encontradas, toda vez que la ley mosaica establecía 613 preceptos legales o mitzvot, 248 de carácter positivo que simbolizaban los huesos del cuerpo humano y 365 de carácter prohibitivo que, a su vez, simbolizaban los días del año. Ello no es un dato menor y es importantísimo, la ley de Dios que ilumina todos los órdenes de la existencia.
El problema estribaba en que desde ese criterio de don divino se había transformado en un reglamento estricto e intolerable para la mayoría del pueblo.

En ese orden de ideas, no es difícil suponer los esfuerzos de los eruditos / doctores de la Ley, para determinar, por entre esos 613 preceptos, cual era el mayor. Pero esa discusión quedaba en un plano intelectual, tal vez desdeñando su fundamento cordial, espiritual, el Dios que le confería sentido y trascendencia.
Así se acercan ciertos doctores de la Ley sin ansias de verdad ni de conocimiento, sólo buscando que el Maestro se equivoque en sus conclusiones, en parte para desacreditarlo frente al pueblo -la manipulación de la opinión pública no es nada nuevo- y, además, procurar expresiones erróneas en el orden religioso que impliquen una condena.

Volvamos a los postulados iniciales.
El Maestro confiere pleno sentido a la Ley, y por ello enseña que ante todo se debe amar a Dios con todo el corazón, con todo el espíritu, con todo el alma, y en la cultura de aquel tiempo corazón remitía al núcleo de la existencia, a lo que viene del centro mismo de la vida. Precisamente es el amor ágape, el amor sin restricciones ni menoscabos, el amor que es mucho más que un querer acotado a los vaivenes de los estados de ánimo, el amor que transforma, que se deja transformar por la inmensidad de Dios.

En un plano humano, corresponde filia o eros, y está muy bien, afectos y pasiones que pueden sublimarse al reconocimiento del otro, a la generación de la vida nueva. Pero hay más, siempre hay más.
El mandato es ágape, amar con el cuerpo, con la razón, con toda la existencia a ese Dios que sale de sí mismo a nuestro encuentro, que nunca descansa, que nada se reserva, que nos ama con todo y a pesar de todo. Por el amor de ese Dios que es Padre y que nos ha amado primero, se inaugura otra perspectiva inseparable, indisoluble del amor a Dios, el amor al prójimo en donde resplandece el rostro eterno de Dios, brazos de una cruz que mira al cielo pero que se expande hacia los lados, al otro que reconozco como mi hermano.

Paz y Bien

Revestidos de justicia







Para el día de hoy (18/08/16):  

Evangelio según San Mateo  22, 1-14



En la cultura del tiempo en que surge el ministerio de Jesús de Nazareth, cuando una familia celebraba la boda de su hijo mayor se carneaban los mejores animales y se preparaban a las brasas con cuidado especial; se llenaban las tinajas con el mejor vino y se tendían las mesas para esos festejos que duraban varios días. El dueño de casa solía cursar dos invitaciones, una previa que preparaba a los invitados para una fecha determinada, y la otra para avisar que ya estaba lista la cena, que no hubiera demoras. 
La dos llamadas implicaban, en cierto modo, la delicadeza y el gesto de atención del dueño de casa para con los invitados, pero también y especialmente frente a la segunda invitación, no había modo de excusarse.
Pero también la ausencia y las excusas engloban una descortesía rayana en el insulto y en el desprecio a esa invitación a celebrar la vida que se prolonga en el hijo.

A pesar de los que desertan, lo importante es la fiesta ofrecida. Mucho más que la costumbre usual, el Dueño no realiza dos invitaciones sino tres, algo impensado, asombroso. Aunque los invitados originales no participen, serán partícipes con pleno derecho y plenos honores muchos que estaban a la vera de los caminos, en todas las encrucijadas de la vida, quizás aquellos que nadie en su sano juicio invitaría.

La fiesta de bodas -fiesta de la vida, fiesta del amor- es un ofrecimiento infinitamente generoso del Dueño que realiza por el Hijo, y que quiere que muchos, tantos como quieran, participen en esa alegría.

Era costumbre también que el dueño de casa proveyera de ropajes a los asistentes, toda vez que a menudo sufrían los embates de los caminos polvorientos. El vestido significaba ser parte de la familia, la identidad de huésped de honor, y no ponerse el traje ofrecido es una injuria intolerable, cuyo mensaje supone creerse uno mismo más importante que la celebración.

La Mesa del Señor está tendida y se ofrece luminosa, como un faro entre tantas tinieblas, a todos los pueblos, especialmente a los que tantos otros nunca invitan a nada, los que no suelen tener motivos para el festejo.
Para la mesa del Señor es menester ponerse vestidos acorde a la ocasión, revestirse de justicia como parte de la familia y en honor y homenaje al generoso Dueño que nos invita a pura bondad.

Paz y Bien

La justicia del Dueño de la viña






Para el día de hoy (17/08/16):  

Evangelio según San Mateo 19,30- 20, 16




La Palabra debe ser contemplada, escuchada con devoción antes que interpretada según nuestros acotados criterios. Se corre el riesgo de trampearnos en la pura letra y despreciar la profundidad, lo simbólico, el significado eterno de la enseñanza de Jesús de Nazareth.

Así, una lectura superficial se quedaría solamente en los jornaleros que comienzan temprano, en los que se incorporan a medio día, los que trabajan poco tiempo, incorporados a lo último. El salario, un denario, se correspondía con el jornal diario de un labriego o un bracero, indispensable para el sustento de los campesinos sin tierra: invariablemente debían cobrar hacia el fin del día ese denario, pues ello definía si su familia comía o pasaba hambre.

Desde esa misma perspectiva achatada, el Dueño de la viña se comporta de manera injusta, toda vez que paga lo mismo a los que más trabajaron como a los que hicieron pocas cosas. Más aún, pagarle lo mismo a todos a la vez entraña cierta provocación y el conflicto que podría haberse evitado efectivizando el pago a cada grupo por separado.

Pero volvemos al postulado inicial. La viña era el símbolo de Israel, del pueblo cuidado y cultivado amorosamente por Dios. La viña aquí, frente al Dios encarnado -Jesucristo- es el pueblo de la nueva alianza, la Iglesia, la comunidad cristiana.
Y aunque parezca obvio, es imprescindible tener en cuenta que la viña es del Señor, y que es Él quien llama a jornaleros para diversas tareas, aún a horas intempestivas: no es poco, es una inmensa bendición de confianza, de un Dios que convoca al hombre a edificar su Reino en la historia. Por eso es que la misión cristiana y, por ende, la Iglesia, no es producto de los esfuerzos humanos sino una inmensa gracia que se nos brinda de manera generosa, incondicional y sin contar los méritos acumulados.

Extraño Dios que recibe con una enorme sonrisa a los publicanos, a las prostitutas, a todos los descastados, a los que el mundo execra. Extraño Dios que paga a todos con bondad y generosidad el salario de la Gracia, aún cuando no lo merezcan, aún cuando se enojen los que llevan cierta antigüedad en estas lides.

La justicia de Dios es la misericordia y su pago, infinitamente generoso, es el Espíritu Santo que se brinda como rocío bienhechor.

Una pequeña regresión: el Dueño de la viña, según los criterios usuales, paga de manera desequilibrada, salarios que debían ser distintos de acuerdo a los esfuerzos de cada trabajador. Una pequeña llamada para los razonadores de miseria y los aplaudidores del desempleo, este Dueño extraño...iguala para arriba, y aunque alguno se horrorice, unos cuantos de nosotros alegramos cada vez que los pobres suben un pequeño peldaño y se agranda la mesa de los trabajadores.

Paz y Bien




Iglesia pobre






Para el día de hoy (16/08/16):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30



Es preciso situarnos en el contexto evangélico de la lectura que nos ofrece la liturgia del día: el texto se sitúa inmediatamente después del encuentro del Maestro con el joven rico, por lo cual en el ambiente flota la discusión -y la enseñanza- acerca de los peligros de las riquezas.

La expresión que engloba a un camello y al ojo de la aguja es de tipo proverbial, seguramente conocido en esa época, y  refiere al carácter imposible de lo que se trata de explicar. Es menester tener en cuenta que aquí, Reino de los Cielos no remite a lo postrero, al ingreso celestial post mortem sino más bien a la comunidad eclesial, la familia que se reúne por vínculos cordiales alrededor de Cristo.
Ello divide las aguas. Difíclmente quien rinda su corazón a las riquezas tenga espacio en su alma para Dios y para el hermano, y así, la pertenencia de un rico en la comunidad cristiana sólo es superficial, no es real pues no hay comunión. No se puede servir a dos señores, a Dios o al Dinero, y en el altar de ese falso dios acontecen sacrificios humanos, pues en aras del dinero se sacrifica al prójimo, se argumentan las iniquidades, se justifica el hambre de tantos. Dios nos libre de los razonadores de miserias.

-Y muchos aún critican, desde ciertas cómodas posturas fratricidas, el ansia del Santo Padre cuando suplica una Iglesia pobre para los pobres...-

Una Iglesia pobre es una Iglesia que abandona pretensiones materialistas, el perverso encanto de las cosas y el poder y sólo confía en la providencia de Dios. Como oraba San Pío de Pietrelcina, el pasado a la misericordia de Dios, el presente a su amor, el futuro a su providencia. 
Una Iglesia pobre es una Iglesia que se despoja de todo lo vano y se enriquece en la caridad, en el servicio, en hacerse última con los que no cuentan, con los olvidados, con los descartados en todas las periferias de la existencia, que carga la cruz con humilde tenacidad, que sólo se afirma en el amor de Dios y en la misericordia que encarna como señal de auxilio para el pueblo, signo cierto del amor de Dios en estos arrabales oscuros.

Con Pedro, claro está, descubrimos que a menudo, a pesar de no tener demasiado, portamos cosas que no abandonamos, el duro gravamen de nuestras miserias. Y desde allí, en un plano de recíproca justicia humana, no tenemos remedio ni salvación. El peso de las culpas nos hunde, y en esa proporcionalidad justo sería que casi nadie de salve.
Pero la Salvación es don infinito del corazón sagrado de Dios, y su justicia es la misericordia que no admite los no se puede.

Y allí, con todo y a pesar de todo, nos descubriremos pobres camellos felices capaces, de la mano de Cristo, de pasar por todos los camellos de aguja que este mundo interpone, y hacer que pasen todos los hermanos caídos a la vera de la esperanza.

Paz y Bien



Resucitada







La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




En esta vida, todos somos peregrinos. Mejor dicho, estamos de paso, forasteros en camino a la patria definitiva.
En esos andares, los vaivenes del dolor, de la injusticia, del pecado nos trampean los pasos para nunca llegar a destino, añorando las cebollas del Faraón, desertando de la libertad de los hijos en el desierto.

María de Nazareth caminó las huellas de la existencia como cada uno de nosotros, y a pesar de todo y de todos, arribó victoriosa y feliz a la tierra prometida de la vida eterna, resucitada, plena, sin que la muerte le hiciera mella.

Por eso desde María de Nazareth y con ella descubrimos que ese tiempo peregrino no es solamente un tiempo de exilio oscuro: María de Nazareth nos dice que el tiempo está fecundo por ese Dios que es un Padre que nos ama, y que la historia no es un devenir preescrito de carácter definitivo e irremontable, sino que la historia está fecunda por el Espíritu de Aquél que se ha hecho tiempo, carne, vecino, Hijo Amado. 
La historia humana, entretejida de eternidad, se transforma en historia de la Salvación.

La última palabra, la Palabra definitiva la tiene Dios, nó el azar, nó la muerte, nó los perversos. 

María confiaba sin desmayos en su Dios, y desde su Sí! fértil e inmenso comenzó a vivir la eternidad sin mella en su ignota aldea nazarena, en su cotidianeidad humilde que nadie veía y que Dios contemplaba con amor infinito.

Feliz por creer, plena por la Gracia, a su Dios lo llamaba hijito.

Ella lo descubría a cada instante en las entrañas de su ser florecido por la Gracia, paso salvador del Creador por su pequeñez, y cantaba con certeza la inmensa ternura de ese Dios que ama a los pequeños, a los humildes, Dios misericordioso que siempre cumple sus promesas, que rechaza a los soberbios, que derriba a los poderosos de sus tronos, que inclina su rostro abiertamente hacia los pobres, los olvidados, los caídos a la vera de todos los caminos.

Con la Asunción de la Virgen María se renueva nuestra esperanza, pues tenemos la certeza de que pase lo que pase no moriremos, que Ella nos ha precedido en el camino de la eternidad, que la vida prevalece desde esa fé que es don y misterio, el fin de todos los imposibles y los no se puede en los brazos del Dios amigo que siempre nos acompaña y nos espera.

Paz y Bien


Fuego sobre la tierra








Domingo 20º durante el año

Para el día de hoy (14/08/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53





Acaso por la persistente imagen bucólica y pueril de un Cristo dulcificado en ciertas imágenes, se nos puede antojar ajena y controversial la escena que contemplamos en el Evangelio para este día, un Cristo encendido de palabras sin ambages, que habla de fuego, de angustia, de negación de la paz, de división.

Más es necesario superar la pura letra y adentrarse en el significado profundo, en la enseñanza de los corazones. 
El dramatismo explícito que expresa el texto se corresponde con la intensidad del mensaje que se envía, y nos encontramos ante un Cristo que habla y grita en pura profecía, y como en todo discurso profético esa intensidad puede acarrear luces y sombras, emociones y pasiones y algo de sana confusión que nos espabile de todos los adormecimientos mundanos que nos hacen aferrarnos a lo que no cuenta, a lo que perece.

Quizás por ello el fuego que el Maestro trae no se refiera al Espíritu Santo sino más bien a la honda presencia del Reino que no admite medias tintas ni liviandades, que separa las aguas, un fuego que es crisol y que también nos purifica de todo lo que nos arraiga a las oquedades sin luz, el fuego que enciende la existencia de Jesús de Nazareth y que lo moviliza, casi doliéndole en los huesos.
Así avizora en el horizonte los horrores de la Pasión, el terrible cáliz que debe beber íntegramente y que no eludirá. Su angustia es profundamente humana, la angustia de la espera, la ansiedad de que llegue el momento crucial, como un soldado en las horas previas a la batalla.

A pesar de la sangre que se derramará, ese fuego no se apagará y seguirá encendido en aquellos que sigan los pasos de Cristo. 
La fé cristiana, vivida en plenitud, enarbola desde las entrañas ese fuego sobre la tierra, un fuego sin banalizaciones ni excusas ni relavitismos patológicos. De un lado o del otro.

Ese fuego del compromiso divide, separa, acarrea conflictos pues no transige con los vanos floreos dialécticos de poder del mundo, que suelen replicarse especialmente en la cotidianeidad, porque la fé cristiana no es tanto el sostenimiento o la adhesión a un corpus doctrinal sino muy especialmente la unión e imitación de la persona de Cristo. Vivir como Él vivía, amar como Él amaba, en todo escucharle, hacer lo que Él diga, amar, servir.

Quiera Dios que estos fuegos nunca se nos apaguen, para mayor gloria y alabanza suya.

Paz y Bien

Los preferidos de un Dios parcial






Para el día de hoy (13/08/16):  

Evangelio según San Mateo 19, 13-15



Habituados a contemplar a las multitudes que llevan a la presencia de Jesús de Nazareth a sus enfermos y dolientes para que los sane, sorprende un poco que el Evangelista haga mención a que unas madres, en esta ocasión, lleven a la presencia del Maestro a sus niños para que Él les imponga las manos y rece sobre ellos, es decir, confían en que por Él llegará a sus hijos la bendición de Dios, fuerza, gracia, protección y buena ventura.

Los discípulos se enojan y reprenden ese pedido, y a los niños que se acercan al Señor. No son ajenos a la mentalidad de la época que infería que un niño no era un ser humano completo, como tampoco carecía de dignidad la mujer: sólo el varón adulto era digno de la Ley, y por ello, de presentarse orgulloso ante Dios. Tal vez, quizás, porque como todo niño pequeño provocaban alegre bulla y ellos, tan circunspectos, se escandalizaban que un clima así invadiera la solemnidad del magisterio del Señor.
En ese mismo criterio, los niños no tenían otro derecho que aquél que provenía de su padre, ninguno propio.

Pero el Maestro, desde siempre, reivindicó los derechos de las mujeres, tratándolas como hermanas e hijas, con plena atención y delicadeza, aún cuando nadie las tomara demasiado en cuenta. Con los niños también.
De ninguna manera iba a aceptar que se menoscabara la dignidad de los pequeños, tan hijos de Dios como el que más. 
Pero hay más, siempre hay más.

Tal vez los niños deban aprender muchas cosas, crecer, desarrollarse como hombres y mujeres, pero sin lugar a dudas comprenden y viven mejor que muchos la realidad del Reino, la presencia bondadosa de un Dios que es Padre. Ellos pueden disfrutar sin escándalos ni complejidades abstractas el misterio infinito y amoroso de Dios Abbá.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que tiene preferidos, que no es neutral, que inclina su rostro abiertamente a los niños y a los que son como ellos, los pequeños, los que no han perdido su capacidad de asombro, los que se regocijan con ganas frente a la llegada de los regalos -la Gracia-, los que confían sin quebrantos en ese Padre que los ama y no los abandona.

Paz y Bien


Más allá de los legalismos








Para el día de hoy (12/08/16):  

Evangelio según San Mateo 19, 3-12




En la lectura que nos brinda la liturgia del día, es menester considerar ante todo que la intención de los fariseos es falaz; no buscan la verdad, sólo tratan de articular una trampa dialéctica que encierre al Maestro, de tal modo que sea cual fuere su respuesta, éste quede en una mala posición frente al pueblo y a las autoridades.
Porque en realidad no hay un cuestionamiento de esos hombres acerca de la legitimidad del divorcio, pues ya en esa época se consideraba válida la ruptura del vínculo marital en base a la ley de Moisés. 
Sin embargo, podemos realizar algunas distinciones sencillas a partir de las afirmaciones de esos hombres.
Ante todo, destaca la postura favorable al varón por sobre la mujer, la prevalencia de derechos: se le pregunta al Maestro si les lícito al varón divorciarse por cualquier motivo, es decir, que no se consideraba en cualquier motivo el derecho de la mujer.
Por otra parte, se acentúa -en esa línea de razonamientos- la justificación por cualquier motivo, aún por el más insignifcante, y al respecto, diferentes escuelas rabínicas argumentaban proclives a alguno de varios criterios. 

Desde allí, sea cual fuera la respuesta de Jesús de Nazareth podría acarrearle el rótulo de estricto moralista que castiga a las mujeres o, en su defecto, de laxo moral sin remedio.

Pero en realidad, el problema de fondo es otro, y es el del olvido del Creador que ordena y bendice desde el amor. La ley es posterior, y si bien es importante, tiene un carácter instrumental, que no definitivo y teleológico. La ley es medio y no fin en sí misma, y precisamente de ello hablaba el Maestro cuando afirmaba que el Sábado es para el hombre, y no a la inversa.

Es preciso abandonar ciertas posturas oscilantes. Del legalismo acérrimo al relativismo superabundante. Perimitir a Dios ser Dios, reinar en nuestras vidas, en nuestros corazones. Hemos sido creados para el amor, para crecer juntos, para que una vida nueva florezca cuando se conjugan dos existencias, y por ello el matrimonio es indisoluble, porque el amor de Dios no se pierde ni puede romperse.

Los reglamentos cuando pierden corazón, oprimen y nada tienen que ver con la Buena Noticia, moralina sin bondad que no es ética. El Evangelio nos convoca a descubrir las vocaciones como una asombrosa bendición para cada uno de nosotros.

Paz y Bien



Perdón y reciprocidad






Santa Clara, virgen

Para el día de hoy (11/08/16):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1



El perdón es difícil, doloroso y no es cuestión que se acote, solamente, a conceptos razonados. En esa lógica se ubica Pedro, que a pesar de todo tiene un impulso muy generoso, toda vez que quiere en cierto modo emular -a su modo- la magnanimidad que descubre en su Maestro.
Para los criterios de la época y las enseñanzas rabínicas, tres era el máximo aceptado. Probablemente en la mente del pescador se encuentre la enseñanza del Génesis, la marca de Caín por la cual todo aquel que vengara la muerte de Abel en su homicida debía pagarlo siete veces.

Pero el error de Pedro estriba, precisamente, en suponer que el perdón pueda cuantificarse. El registro detallado del perdón tiene cierta similitud con los registros de algunas corporaciones bancarias que se llevan para perpetuar hasta límites absurdos -y crueles- el pago legal de deudas, intereses sobre interés, la usura deificada y tolerada.
Nada de eso. La paciente respuesta de Cristo trata de que Pedro y todos nosotros ingresemos en otro plano, la dinámica de la Gracia, la santa aritmética de la Salvación.

Por ello la parábola. Diez mil talentos es una suma exorbitante, descomunal, impensada -como, quizás, la deuda nacional de un país quebrado-, aproximadamente 125 toneladas de oro. En comparación, cien denarios pueden ser una suma importante y significativa para los pobres o asalariados, pero cuya diferencia fundamental es que puede pagarse.
Lo verdaderamente grave es que el servidor deudor de los diez mil talentos, habiendo recibido un perdón, una misericordia que en verdad no merece, se muestra incapaz de ejercerla en referencia a un par suyo, otro empleado cuya deuda, comparada, es prácticamente insignificante.

Aún así, es menester diferenciar dos ámbitos que pueden a menudo coincidir pero que no van juntos necesariamente, el de la justicia humana y el de la justicia divina que es la misericordia.

La capacidad del perdón debería ser el distingo familiar de los hijos respecto del Padre, de todos nosotros expresando en lo cotidiano que hemos sido perdonados, elegidos con infinita misericordia aunque todo diga que nó, que es una locura, que es imposible.
El perdón transforma los vínculos, pues cierra las heridas, hace mejor al que perdona y restituye en humanidad al ofensor. Quizás el perdón signifique también, a pesar de ofensas y dolores, volver a reconocer al otro como hermano, siempre en esa misma santa ilógica y reciprocidad de un Dios que es Padre y que nos ama sin descanso ni condiciones.

Paz y Bien

Como el grano de trigo







San Lorenzo, diácono y mártir

Para el día de hoy (10/08/16):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26



Desde la comodidad del espectador es relativamente fácil opinar y emocionarse con cuestiones profundas, serias, cruciales. Las emociones, es claro, no están mal; el problema comienza cuando se queda todo en superficialidades banales sin trascendencia ni cambio interior, romanticismo con edulcorante que no es más que ello, emoción sin destino.
Pero esa postura suele, a su vez, conducir a otro fangal que implica el resignarse o revestirse de luto ilimitado frente a los aconteceres dolorosos de la existencia.

Así, en ese plano tan extendido, un mártir es el protagonista de un hecho luctuoso, terrible, antes que un valiosísimo testigo que por su ofrenda vive para siempre en la gloria de Dios, que a pesar de haber muerto está más vivo que otros tantos que andan estos arrabales.
Y la cruz sí, es símbolo de la fé mediante la cual nos identificamos, la cruz de Cristo, pero aún así sigue permaneciendo ajena, distante, no es cosa nuestra.

Sin embargo, la Pasión de Cristo y su Resurrección tiene un profundo significado que excede largamente la fé cristiana. La Pasión del Señor es un hecho fundante para toda la humanidad por la Salvación que se ofrece incondicional y generosa a todos los pueblos desde el sacrificio de Cristo, y porque desde su entrega el sufrimiento adquiere un nuevo sentido, no ya definitivo, no ya irremontable, sino que a partir del amor el sufrimiento se vuelve germen de vida que se expande, precisamente, porque se entrega.

Es desde el amor que el sufrimiento de Cristo -y de toda la humanidad- deja de ser un castigo divino y una consecuencia lógica ineludible.

Por Cristo, la humanidad y muy especialmente los inocentes que sufren todo tipo de injusticias, se hermanan eternamente al Salvador en la humilde afirmación que no hay mayor amor que dar la vida por los demás. Como el grano de trigo que cae y muere con destino de pan, así la existencia se vuelve alimento del hermano cuando se ofrece incondicional y se reviste de esperanza y futuro.

Paz y Bien




Clave de acceso







Santa Teresa Benedicta de la Cruz -Edith Stein-, virgen y mártir

Para el día de hoy (09/08/16):  

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14





Los discípulos de Jesús de Nazareth estaban imbuidos de viejas ideas y prejuicios mundanos: a pesar de tantos caminos y enseñanzas recorridos juntos, no podían ocultar sus ansias de gloria, de poder, de dominio. De ese modo se embarcaban en profusas discusiones con el fin de averiguar quien, de entre todos ellos, era el mayor, el primero, el más importante, y en esos menesteres solían aflorar celos y envidias, flagrantes buscadores de prestigio y preponderancia.

La respuesta del Maestro es asombrosa. No se embarca en vanas disputas que no tienen nada que ver con el Reino de su Padre. Llama a un niño -un sirviente de la casa- y lo pone en el centro de toda atención, como medida de una vida nueva acorde a la Buena Noticia.
Aquí es necesario destacar una cuestión decisiva: un niño, en la mentalidad imperante del siglo I, no es solamente una persona de corta edad, sino que expresa al ser humano incompleto, irrelevante, insignificante, sólo valioso -a veces- para sus padres y para nadie más, alguien que no cuenta para nada y que carece de derechos reconocidos. 
Por ello quedan en un segundo plano la ternura hacia los niños o cualquier voluntarismo de carácter ingenuo, pueril. Implica una opción decisiva por los que no son tenidos en cuenta por nadie, ponerse del lado de los que el mundo execra, una ruptura con ciertos esquemas de exclusión que están lejos de cualquier postura ideológica o social.
Se trata de conversión, de converger hacia los más débiles en fraterna solidaridad y servicial compasión, desertando de toda condescendencia.

Las estructuras son importantes, los reglamentos también. Las fórmulas tienen su relevancia simbólica, claro está.
Pero las claves de acceso al Reino están en otro lado. Se encuentran en las infinitas honduras del corazón sagrado de Cristo, un Cristo plenamente identificado con todos aquellos que a menudo no tienen rostro ni voz.

No se trata de posturas políticas. Se trata de la Buena Noticia.

Paz y Bien


Tributos de concordia






Santo Domingo de Guzmán

Para el día de hoy (08/08/16):  

Evangelio según San Mateo 17, 22-27



El Maestro y los suyos están de camino, en ruta hacia Cafarnaúm; en cierto modo, el caminar los congrega nuevamente a todos, pues sólo tres de ellos han estado con Él en la transfiguración. 
Hay una constante tenacidad en Cristo, en pos de que los suyos aprendan, aprehendan y comprendan. A pesar de todo lo que les ha dicho, a pesar de que ellos a menudo se han demostrado cerrados y obtusos, Él insiste, y así realiza el segundo anuncio de su Pasión: Él será entregado a manos de sus enemigos, será asesinado pero resucitará al tercer día.

Ellos se quedan en vanos umbrales de tristeza y desazón. Un Mesías así, derrotado, no se condice con sus imágenes de gloria y poder terrenal del que aspiran ser parte, y de ese modo -con horizontes estrechos- pasan por alto la cuestión raigal que es profesión de fé y esperanza: al tercer día resucitará.
Pero siguen caminando, y tal vez en el andar se esconda una voluntad de éxodo, de emigrar hacia la tierra prometida de la Gracia.

En las afueras de Cafarnaúm les salen al cruce los cobradores de los tributos del Templo. Este impuesto se había instituido luego del exilio babilónico -en época de Nehemías- e implicaba que cada varón judío mayor de edad debía pagar, anualmente, dos dracmas para el sostenimiento del Templo y del culto: estaban obligados tanto los judíos de Tierra Santa como los de la Diáspora. Invariablemente, debía cancelarse antes del mes de Nisán -abril- pues por esas fechas se celebrara Seder Pesaj, la Pascua, y en nada tenía que ver con los tributos que se pagaban al ocupante imperial y que recaudaban los publicanos. Este gravamen revestía cierto carácter de sacralidad.

Por ello, la interpelación de los cobradores de los impuestos ubica a Cristo y a los suyos frente a una disyuntiva que debe despejarse, pues de no hacerlo quedará como un rebelde provocador que reniega de las tradiciones de sus mayores. Sin embargo, en general su enseñanza relativiza ciertas cuestiones normalmente consideradas inamovibles -por ejemplo el Sábado- y pone por centro el bien del hombre.
Pedro, en esa sintonía, se apresura a afirmar que Él cumplirá con el pago, no es hombre dado a rupturas violentas de las que no se regresa.

Pero con Cristo hay demasiadas cosas que damos por fijas sin pensar demasiado. En realidad, Cristo -como Hijo del Padre- no debería pagar tributo alguno por el sostenimiento de su casa.
Pero se trata de mucho más que eso. Se trata de la libertad de Cristo y el Evangelio frente a las imposiciones humanas.

El pez con dos dracmas en su boca habla del oficio de Pedro, y tal vez sea una sencilla señal de buen humor: no es tan importante el tema. 

Lo clave es mantener la independencia y la libertad propia de los hijos. Y desde allí, pagar tributos de concordia, aportes al bien común antes que rupturas sin sentido, poner por delante lo que verdaderamente cuenta e importa, el infinito amor de Dios.

Paz y Bien

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