Sobre las aguas turbulentas




Nuestra Señora del Valle

Para el día de hoy (18/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 16-21



La lectura que nos ofrece la liturgia del día es menester situarla en contexto y cronología teológicas, es decir, espirituales; se desarrolla como continuación inmediata al milagro de la multiplicación de panes y peces y la multitud alimentada en el campo, en las cercanías de Betsaida.

Luego de saciar el hambre de esos miles a partir de cinco panes humildes y dos pescaditos, con la mirada estupefacta de los discípulos, todas esas gentes -los Doce también- comienzan a vitorearle, presos de un estado de euforia por el que quieren arrebatarle y a la fuerza hacerlo rey de Israel.
Pero el Maestro se retira en soledad a la montaña, ámbito simbólico del encuentro con Dios. Su Reino no es de este mundo, nada tiene que ver con los poderes que reconocemos, lejos está de dominios y opresiones.

Se puede advertir, quizás de manera tácita, la decepción de los Doce. Esos planes de coronación, el hambre de cercar a un nuevo rey poderoso han sido derrumbados de golpe ante sus ojos, y ello se refleja en que ellos suben a la barca para dirigirse a la otra orilla del lago, a Cafarnaúm. 
La memoria suele condicionarse por los estados anímicos, y allí hay un puñado de hombres enojados porque se les han frustrado sus planes torpes, y de ese modo se olvidan de su Maestro. Van solos mar adentro.

El lago Tiberiades -llamado mar de Galilea- se encuentra en una especie de olla a doscientos metros bajo el nivel del mar, rodeado de cerros de alturas elevadas, por lo que tal constitución geográfica hace que el paso de los vientos por la zona desate fuertes tempestades sobre la superficie de las aguas.
Así, ese pequeño grupo de hombres se ven sometidos a los cimbronazos de la tormenta, situación por demás peligrosa aún cuando entre ellos hay pescadores experimentados como Pedro y Andrés, Juan y Santiago. 

Quizás no tambalea tanto la barca como sus almas y su confianza luego de que esa imagen de un Mesías glorioso se les cayera de modo tan contundente. No irán por Jerusalem, no impondrán un gobierno al modo que imaginaba en sus ansias su pueblo. Sucede que las aguas se vuelven turbulentas porque sus proyectos no son idénticos a los de Cristo. Sus sueños no se condicen con los sueños de Dios, antes bien quieren un Dios que se les asemeje a la imagen que de Él se han creado.
De allí que les sobrevenga el temor no por el mar encrespado que golpea la frágil barca, sino por ese Cristo que han abandonado por rechazar poderes terrenales, y ahora se les acerca con la majestad del amor salvífico de Dios, un Dios todopoderoso precisamente porque ama, un Dios que siempre tiende la mano para no hundirnos, un Cristo que camina por sobre todas las aguas turbulentas en las que solemos arriesgar la existencia.

Paz y Bien
  


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