Corpus Christi, Dios ofrecido




Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (22/06/14) 

Evangelio según San Juan 6, 51-58




Esos hombres estaban desconcertados y ofendidos, tan cautivos de esa literalidad a la que se sometían, tan presos de una religiosidad retributiva, tan dados a las abstracciones. 

Todos ellos eran muy religiosos, hombres profundamente piadosos y, a su modo, férreamente arraigados en la fé de sus mayores. Así entonces, si fueran invitados a una celebración en donde se sirviera carne como gran manjar exclusivo, ellos se preguntarían primero si ese plato es kosher/kashrut, es decir, si cumple con los preceptos de la Ley mosaica respecto de los alimentos permitidos, de aquellos alimentos considerados puros, entre lo que destacará también el modo en que el animal debe sacrificarse, sin que implique consumir sangre bajo ningún punto de vista, y ello tiene que ver, simbólicamente, con que la sangre representa la savia de la vida misma en la biología.

Ellos se sienten confundidos, ofendidos y escandalizados frente a ese rabbí nazareno que se ofrece Él mismo como alimento para la humanidad, de un modo tan explícito, tan carente de figuraciones, y el escándalo que los sobrevuela está originado por varios factores.

Que el mismo Cristo, a partir de un antiguo y venerado ritual de pastores, se ofrezca como alimento concreto sin mediación de la pura simbología es terriblemente conflictivo y horroroso. Hablamos de carne y de sangre, de biología y existencia, de la vida toda como plato principal para desterrar todos los hambres.

Lo sacrificial no puede pasarse por alto: nuevo cordero pascual que salva al pueblo, este Cristo se señala a sí mismo como sacrificio generoso, y es menester regresar a su significación primera: sacrificio implica hacer santo o sagrado lo que no lo es, y Él se ofrece para que el mundo, la vida, cada persona sea santa, permanezca con vida, sea de Dios y para Dios en Dios.

El ofrecimiento primero devengará en rotundo rechazo en la cruz: el rabbí galileo morirá en la cruz como un marginal, como un maldito, nada kosher, opuesto a todo lo que conocen y sostienen, carne repudiada, alimento que no es tal.

Sin embargo, lo que más molesta y que flota tácitamente en ese ambiente tan cargado es que Dios mismo, en ese Cristo de pan y vino, de carne y sangre, se ofrezca a la humanidad sin condiciones previas para que todos vivan para siempre. 
Un Dios ofrecido destierra cualquier idea de méritos acumulables que puedan trocarse por beneficios o bendiciones divinas, balances positivos que habiliten el acceso a cielos postreros.

Concreto y real, Dios ofrecido, Cristo sacrificado por todos y por cada uno, mesa inmensa tendida en donde nadie debe faltar, vida compartida que celebra la vida ofrendada, Eucaristía que compromete con un para siempre en la abnegada y humilde oblación de estas pequeñas existencias que somos, y que hacen que la vida se expanda pues, en cada mujer y en cada hombre hay un templo vivo del Dios de la vida.

Paz y Bien

O hijos, o esclavos



Para el día de hoy (21/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 24-34




En el mismo seno de la fé cristiana, siempre ha estado presente -como fuente de conflictos no deseados- cierto tipo de temporalidad adjudicada, que refiere a las secuencias temporales que atribuímos a las cosas de Dios. Así, la providencia poseería cierta cualidad actual pues está directamente relacionada al sustento, a la pervivencia, y el Reino de Dios a lo postrero, un cielo post mortem. Tristemente también, y aún a menudo sin darnos cuenta, tomamos las enseñanzas del Maestro con cierto tenor utópico y romántico, como si lo vivido y predicado por Cristo fuera anacrónico o bellamente imposible.

Pero los tiempos de Dios no son los nuestros, y el Reino está aquí y ahora entre nosotros.

La disyuntiva que nos plantea el Maestro es taxativa, sin medias tintas, y tiene que ver con la plena libertad de los hijos y las hijas de Dios, de reaíz enteramente amorosa y filial, o la esclavitud de los que rinden culto al falso y tramposo dios del dinero.
Quizás una hermenéutica de la economía aquí no sea posible, por las limitaciones de quien escribe y por no ser el espacio adecuado para ello. Sin embargo, la evidencia tangible estriba en que el dinero hace demasiado tiempo que ha perdido su carácter instrumental y por eso deviene en su absolutismo actual, en su generación sagazmente brutal y continua de miseria y de inhumanidad.

Si nos atrevemos a una fenomenología rudimentaria, el ídolo es el Dinero -Mammón en las Escrituras-, su cielo el mercado y su liturgia se esboza en los centros financieros que reniegan tenazmente de los pobres, crueles aras del sacrificio humano porque en sus altares se inmola al prójimo.

No hay espacio ni tiempo para mixtura justificadas. La justicia es la misericordia que Dios nos concede a diario y que replicamos cordialmente en el servicio al hermano, desde la generosidad, la abnegación y la solidaridad.

Podrán argüirse mil y un motivos, razones bien fundadas, cuestiones nacionales y lógicas de estado. Pero el principio es invariable, y el horizonte no se desdibuja en las ansiedades de la cotidianeidad.
Porque es cosa propia de los hijos la libertad, y esa libertad implica el compromiso rotundo de toda la existencia en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia.

Paz y Bien


Tesoro cordial



Para el día de hoy (20/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 19-23




En otros tiempos y no demasiado lejanos, la reafirmación abierta y explícita de los derechos de los pobres suponía un automático encasillamiento ideológico, especialmente hacia el flanco izquierdo, aún cuando ese clamor de justicia naciera de la enseñanza de Cristo en los Evangelios. Más aún, en varios países de estas doloridas tierras latinoamericanas que tanto amamos, ese compromiso podía lisa y llanamente costar el exilio, el ostracismo o la vida misma; con dolorosa tristeza, hemos de convenir que también esos golpes fueron asestados con la anuencia de cierta jerarquía eclesiástica que poseía la misma mirada esquiva y la misma infidelidad evangélica.

Si bien los tiempos han cambiado, los miedos y las críticas permanecen. Hoy, con burda torpeza, cuando se reclama y se trabaja por la justicia para los agobiados por la pobreza y la miseria, y se denuncia con voz profética las crueldades cometidas en nombre del falso dios mercado, se otorga sin hesitar el sambenito de pobrismo.

Nada más alejado de la verdad, y nada más contrario a la Buena Noticia como el culto al dinero y la devoción al materialismo, cualesquiera sea su color ideológico.

Siempre que las sociedades se aferran a esos ídolos, surge imparable un torrente de esclavos y de graves lesionados por la exclusión, que no tienen otro horizonte que el de la supervivencia cotidiana, almas condenadas aquí y ahora a penas inhumanas porque en los corazones de algunos no hay espacio para nada más que cosas.
Acontecen sacrificios humanos, y no es una alusión menor ni una figura literaria, pues en el altar del egoísmo sacrificamos al prójimo.

Pero lo cierto es que todos, invariablemente, a la hora de nuestra partida sólo nos llevaremos aquello que hemos sido capaces de dar. Comenzando por nosotros mismos.
Si jugamos con los sentidos -tan limitados y limitantes- y conferimos a la vida eterna el nombre de un cielo ubicado en un determinado estrato superior, todo lo que no tiene valor y que causa tanto mal es lo que nos aferra al aquí abajo, lo que nos retiene y detiene.

Los corazones ligeros, capaces de volar y pervivir para siempre, por la infinita y asombrosa misericordia de Dios, son aquellos que han sabido acumular lo único que jamás perece y que se acrecienta en la medida en que se brinda, y es el amor, Dios mismo entre nosotros y en nosotros.

Paz y Bien


Por la causa de Dios, por la causa de los hermanos








Para el día de hoy (19/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15




Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

Del oportunismo a la caridad




Para el día de hoy (18/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18




En la tradición del pueblo de Israel, tres eran las prácticas básicas piadosas, la limosna, la oración y el ayuno. Más aún, con un profundo sentido metafísico, la limosna era a menudo llamada también justicia.

Jesús las asume como propias, y a la vez las hace extensivas a todos los suyos en principio, fundamento de una nueva humanidad. No está demás pensar que el Señor también soñaba con un mundo mejor, más justo y fraterno a partir de la irrupción del Reino aquí y ahora entre nosotros, y de cómo Él podía contribuir a ese mundo para su humanización.
No obstante ello, la perspectiva es nueva, es distinta y, si se quiere, humildemente revolucionaria.

Se trata de un éxodo cordial, de un peregrinar de los corazones que abandonan los lúgubres desiertos del oportunismo y la conveniencia, de una espiritualidad mercantilizada que supone la acumulación de méritos piadosos para la consecución de bendiciones y cielo, negando tácitamente la asombrosa dinámica de amor de la Gracia de Dios.
Se trata de arribar a la tierra santa de la caridad, de la abnegación, del servicio desinteresado, de la fraternidad.

Porque, siguiendo una antigua pero vigente idea, los justos de las Escrituras son los que ajustan su voluntad a la voluntad de Dios. Así entonces limosna, oración y ayuno son nítidas y evidentes acciones de justicia.

La limosna que socorre sin demoras al necesitado, porque todos somos hijas e hijos de Dios, brindándonos ante todo a nosotros mismos y no tanto lo que viene sobrando.
La oración que es escucha y es diálogo filial, que nos ubica en la misma sintonía eterna de un Dios encarnado, uno más entre nosotros.
El ayuno que nos disciplina deseos, y que por amor implica privarse de alimentos para que otros no pasen privaciones, no adolezcan de dolosos platos vacíos.

La caridad no busca reconocimientos ni esgrime alardes vanos.
EL deber ser, desde Cristo, es fruto necesario del descubrirse amadísimos hijas e hijos de ese Dios que se desvive por nosotros.

Paz y Bien





Una religión extraña e imposible



Para el día de hoy (17/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48



Desde una mirada histórica, perspectiva de estudio sociológica y filosófica, la irrupción de Jesús de Nazareth en la historia humana no supone, directamente, la institución de una nueva religión. 
Es difícil objetivarnos, pues están en juego nuestros afectos, el corazón mismo. Pero una toma de distancia nos descubre a un rabbí itinerante, a un varón judío de origen muy humilde que habla de su Dios de una manera muy extraña, con una confianza y cercanía que ni por asomo se acerca a la ortodoxia oficial, pero que no convoca a derribar templos, a trastorcar estructuras de culto e imponer conceptos ni un cuerpo dogmático. Por el contrario, frente a las polémicas y a las críticas, reafirma que no ha venido a abolir esa Ley que constituye el nodo fundacional del pueblo de Israel, sino a darle su pleno cumplimiento.

Pero por otra parte, esa objetivación intentada nos muestra también una impensada religión humanizada. Quizás y con razón, de tan humana parece desacralizada, extrañamente ajena a lo que solemos entender por trascendencia sacral, peligrosamente secular y cercana al corazón del hombre.

Es que Cristo hace todo lo que hace y enseña y propone el Reino, la Buena Noticia del amor de Dios desde su experiencia única de identificación total con ese Dios al que descubre como Abbá.
Tal vez sea precisamente el saber que el Reino está aquí y ahora entre nosotros, que el cielo comienza en la cotidianeidad por oblación infinita de la ternura de Dios que deviene, a veces, tan utópicamente lejana.

El misterio de la Encarnación supone un tiempo nuevo, un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, una historia nueva urdida en común, desde vínculos familiares. Y solamente desde esos nuevos lazos es posible comprender la postura del Maestro acerca de quien nos odia o nos hace daño.
En la perspectiva de su corazón sagrado no hay propios y ajenos, sólo hijas e hijos, hermanas y hermanos, el horizonte inconmensurable del nosotros con Dios mismo.

Porque el Reino es cosa de locos, de atrevidos, de aquellos que se atreven a amar más allá de cualquier previsión porque primero y ante todo se saben queridos y amados por Dios.

Paz y Bien


 



De la sociedad a la comunidad




Para el día de hoy (16/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 38-42



Acerca de la llamada Ley de Talión, es menester no pasar por alto un detalle, y es que en las Escrituras nunca es mencionado con ese nombre el corpus legal adoptado por numerosos pueblos de la antigüedad, quizás comenzando por los babilonios en la dinastía de Hammurabi, y asumido también por el reino de Israel.
Se la llama así por la expresión latina lex talis, es decir, ley del tal como. Su importancia no es menor: implicaba en primer lugar moderar los efectos de la venganza, igualar los derechos entre el ofensor y el ofendido y, especialmente, establecer normas de derecho -aquí derecho penal- aplicables a toda una nación.

En la ley del talión o del ojo por ojo y diente por diente encontramos los orígenes de todo orden social en tanto reglas explícitas de convivencia, y a la vez los fundamentos del derecho que hoy conocemos en todas sus variantes. El derecho actual presupone, en cierto modo, el cariz de talión pues es un derecho y una justicia retributivas, que adjudica una pena proporcional al delito o infracción cometidos.

Jesús de Nazareth no embiste contra ello. Nosotros podemos encontrar visos censurables o críticas profundas a sistemas que nos imponen o que nos pertenecen; sin embargo el Maestro propone e invita a ir más allá, a trascender porque otro mundo y otra vida es posible.

Probablemente los ejemplos que Él nos brinda en la Palabra nos sean muy gravosos. Pero la vida cristiana implica decisiones definitivas, la radicalidad del Reino que no tiene otro sentido que el insondable amor de Dios.

Cristo propone superar la ley del talión por su experiencia absoluta de Dios como Padre, y de cada mujer y cada hombre reconocidos como hermanos por ese único y asombroso vínculo filial que es Gracia y salvación.  

Más allá de cualquier proyecto ideológico, el Señor convida al atrevimiento de pasar de sociedades inmanentes a la comunidad, a la común unión en donde sucede una de las cosas más difíciles para nuestros egoísmos, el reconocimiento del otro, la edificación del prójimo, el Reino aquí y ahora.

Paz y Bien



Santísima Trinidad, comunión de vida



La Santísima Trinidad

Para el día de hoy (15/06/14) 

Evangelio según San Juan 3, 16-18




En verdad, somos muy limitados. Las mujeres y los hombres más sabios y eruditos lo entienden bien, y cuanto más profundas y profusas son sus reflexiones y sus escritos, más grande intuyen el abismo que los separa de explicitar la eternidad. Nuestros lenguajes abundan en términos más no son Logos, Palabra infinita de Dios.

Por eso, frente a la inmensidad del misterio a veces es mejor callar, acallar tanta bulla y escuchar con atención, dejarse imbuir toda la existencia por ese infinito que tiene nombre y rostro, volvernos nuevamente niños capaces de asombros, corazones ligeros de tantas maravillas.

Aún cuando el abismo -para nuestros medios escasos- es imposible de atravesar, un puente se nos ha tendido.
Jesucristo, sacerdote absoluto, es camino, es verdad y es vida desde y hacia Dios. Porque hay cuestiones en las que no se navega con la razón, sino que es preciso sumergirse con el co-razón.

Por Jesús de Nazareth sabemos que el Dios del universo es amor, vida que se comunica a perpetuidad, común unidad de vida, de afectos, de ternura, de liberación y justicia. Un amor tan grande que sale al encuentro de la humanidad en sus mismos huesos y sangre para acampar en estas soledades, para que la historia se transforme de una vez y para siempre.

Porque el Dios de Jesús es un Dios que salva, que sólo vé hijas e hijos, que rescata a los extraviados, sana a los enfermos y libera a los cautivos. No es el dios severo, juez y rápido castigador que por un lado nos manda amar y por el otro, con admoniciones duras como látigos, reparte sin vacilaciones infiernos constantes.
La Salvación se nos ofrece en bondad extrema pero también en total libertad. Porque es ese amor el que ante todo nos quiere íntegros, libres, y este Dios es Padre y Madre que nos cuida y protege, es Hijo y hermano mayor que nos salva, es Espíritu que nos enciende y sostiene.

Celebrar la Santísima Trinidad no puede tener otro signo que el de la alegría de sabernos reconocidos siempre, destinatarios de abrazos sinceros, degustadores de trascendencia en lo cotidiano, de eternidad en el aquí y ahora, de vida que se nos brinda y que a su vez proyectamos y compartimos porque, aún no perteneciéndonos, se nos ha confiado a nuestras torpes manos, con una confianza asombrosa que no tiene parangón con la poca fé que a menudo depositamos en su corazón sagrado.

Dios por nosotros, Dios con nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien



Estas palabras que somos



Para el día de hoy (14/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 33-37


El Maestro no vino a abrogar la Ley de Moisés, sino a darle cumplimiento pleno. Ello no implica solamente una variable heterodoxa interpretativa, sino más bien una profunda lectura de sentido a partir de su experiencia profundamente personal de Dios como Padre.
Sólo desde allí la Ley deja de ser norma escrita a cumplir y se transforma en proyecto de vida, en auxilio y brújula de la existencia.

En el Evangelio para el día de hoy, Jesús de Nazareth pone el énfasis y el corazón en la veracidad de las palabras, en no perjurar, en no abandonarse a las sombras de la mentira.

En cierto modo, la palabra empeñada parece carecer de valor y trascendencia en los tiempos que corren; pero aún así, esa palabra es decisiva y debería ser motivo de confianza recíproca.
Porque en verdad, somos nuestras palabras. Somos lo que decimos, somos lo que callamos, somos las verdades que ratificamos y las mentiras que destilamos, y por ello es dable y razonable afirmar que en cada palabra -escrita, pensada, pronunciada- nos estamos jugando la vida, pues la verdad es libertad, y su ausencia configura el peor de los escenarios.

Así entonces el Señor nos impulsa a la sencillez, y esa sencillez no es simpleza superficial. Antes bien, implica una profunda honestidad, un valor tan ausente en nuestro mundo.

Más aún: tenemos el mandato de ser veraces para ser libres, desde la verdad primera que es Cristo, y a la vez el destino de hacernos Palabra para el prójimo cercano y lejano, Evangelios vivos que aunque permanezcan en silencio, dicen todo lo que hay que decir desde el testimonio de vidas santamente coherentes.

Paz y Bien



Corazones transparentes



Para el día de hoy (13/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 27-32



La contraposición matrimonio/divorcio suele ser motivo de nutridos análisis; también, desde el Magisterio, se suele definir taxativamente qué es lo que se puede o está permitido y qué es lo que no. Ello, razonablemente, responde a la vocación profética de la Iglesia, que anuncia la Buena Noticia y denuncia todo lo que se opone a ella, a la vida, a la humanización plena.

Sin embargo, a veces solemos adolecer de una cuestión fundamental, y es la raigalidad de todo el obrar humano. Todo encuentra raíz en los corazones, todo, sin excepción.
Lo que cuenta es lo que se cobija en las honduras, la cizaña que impide otras germinaciones, las sucesivas capas o costras de egoísmo con las que nos revestimos para alejarnos del otro, priorizando el yo antes que el nosotros, y en donde Dios no tiene sitio.

Ello se evidencia en el matrimonio, y se debe a que para Jesús es una cuestión en la que detenerse, a la cual prestarle toda la atención. Pues la costumbre se quedaba en la linealidad de la letra escrita -pura moralina- pero olvidaba al Espíritu que la había inspirado.
En cierto modo, ese Espíritu alienta una ética trascendente, un modo de ser en el mundo y ser con y para los demás a partir de la misma esencia de Dios, el amor.

La familia es el camino por el cual adquirimos identidad, cultura, fé, afectos, cuidados y crecemos. Y los cimientos de toda familia se encuentran en el matrimonio, en el amor profesado y practicado entre el hombre y la mujer, un amor que es abnegación, vida ofrecida en su totalidad, corazones transparentes que nada se reservan y se brindan al otro por completo.

Más aún, son corazones que generan vida aún antes de la llegada y bendición misma de los hijos.

Todo es cuestión de corazones que se dejan iluminar y cuidar por el Dios de la Vida.

Paz y Bien

La justicia de escribas y fariseos




Para el día de hoy (12/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26




Mucho se dice e imagina acerca de los escribas y de los fariseos. Con términos anacrónicos y limitados, es dable afirmar que tienen muy mala prensa, a veces razonablemente fundamentada.

Lo que suele pasarse por alto es que todos ellos eran hombres muy piadosos, férreamente atrincherados en la religión y en las tradiciones de sus mayores, de su pueblo. Se consideraban a sí mismos hombres puros, separados -tal es la traducción literal de fariseo- del resto del pueblo al que por su labilidad y sus vaivenes consideraban impuros y poco serios. Quizás ese, precisamente, fuera su error primero, el suponerse puros, hechos, completos, hombres de Dios y que por eso mismo Dios les pertenecía más a ellos -estrictos cumplidores de los mandamientos y de la Ley- que a los demás.

Así pues, la irrupción en su rutina religiosa de un hombre como Jesús de Nazareth los desestabiliza y los reviste de miedo. Presienten que la seguridad del mundo que han edificado se tambalea, y por ello tal vez reaccionan con tanta rabia; no hay nada tan violento como un hombre temeroso.

Más aún: además de su piedad estricta, ellos también eran fieles practicantes de las obras de caridad prescriptas en la Ley, es decir, la limosna, la oración y el ayuno.
Pero el conflicto no discurre por la adecuación a una ortodoxia doctrinaria, sino que vá más allá, es una actitud fundamental en sus existencias.
Ellos conciben a la Salvación como un mérito adquirido, ganado mediante virtuosos esfuerzos y no como don y misterio de amor. En su horizonte y en sus corazones no han dejado espacio a la Gracia asombrosa de Dios, y el cielo es el premio procurado mediante la acumulación puntillosa de obras piadosas, la contabilización exacta en el haber de lo que consideran buenas acciones, y es por eso que ayunan, es por eso que dan limosna, es por eso que oran.
En el fondo, su idea de justicia es bien conocida, es el concepto de retribución. 

Se trata de una fé comercializada, del trueque de piedad por bondades divinas, de un Dios que hace lo que ellos quieren y no a la inversa, de considerar prójimo al par, al que es parecido en pensar y obrar execrando al resto, fundándose con desolador orgullo en una lectura lineal y literal de las Escrituras, causa de todos los fundamentalismos que inflama egos y no deja lugar a Dios.

El tiempo santo de Dios y el hombre, inaugurado en la Encarnación, ratificado en la Cruz y la Resurrección y plenificado en Pentecostés es el tiempo de la Gracia, de Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros, Dios en el hermano, y la Salvación como acto infinito de amor de ese Dios que no descansa buscándonos. Todos -buenos y malos, santos y pecadores, la humanidad en su conjunto- somos hijas e hijos, y la justicia del Reino se traduce como misericordia, como generosidad, como gratuidad que es parte de esa identidad filial. Actuamos así porque nuestro Padre es también así.

Paz y Bien

Gracia y misión



Para el día de hoy (11/06/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 7-13



Ante todo, la confianza.
Jesús -Dios mismo- pone en sus amigos, sus enviados toda su confianza, que es infinitamente mayor que la que ellos tienen en Él, una confianza que no es recíprocamente proporcional. Ellos serán sus pies y sus manos, Él mismo en su ministerio a todos los confines de la creación.

Todo acontecerá en clave de gratuidad, de Gracia. 
La misión surge de la confianza de Dios, y los misioneros no carecen de instrumentos ni tampoco andarán inermes ni librados a su suerte por los caminos. La tarea primordial es anunciar que el Reino está cerca, tan cerca que está al alcance de todo corazón de buena voluntad que tenga la capacidad de amar, la tarea es dar aviso que la vida plena, la felicidad, la eternidad ya está aquí y que es posible, real, concreta. Todo se les ha dado a los misioneros como un regalo enorme, incondicionalmente, a pura generosidad, y por eso ellos también han de respirar esa generosidad para con los demás.
El dios dinero y su culto, la lógica del mercado, no deben tergiversar ni un punto ni una coma, ni siquiera un instante, de la misión que se les ha confiado y encomendado.

La misión es tarea de rescate.
No hay límites ni fronteras para la misión, pero los primeros destinatarios han de ser los excluidos, los estigmatizados, los marcados con las llagas de la opresión y el desprecio. Así entonces los golpeados por la enfermedad, los derribados por la muerte, los agobiados por las impurezas que adquieren en sus existencias, los corazones doblegados por demonios fieros y tristes han de despertar a un nuevo día, el día definitivo de Cristo, día de liberación que por eso mismo es día de celebración, de celebración compartida.

La misión es misión de vida, de vida plena, de vida solidaria, de vida que se expande humilde y acrecienta cuando la familia que llamamos Iglesia crece.

Paz y Bien


En clave de sal y de luz



Para el día de hoy (10/06/14) 

Evangelio según San Mateo 5, 13-16



Las parábolas que hoy nos ofrece la Palabra se ubican a inmediata continuación de las Bienaventuranzas, del Sermón del Monte, y es en ese contexto en el que adquieren pleno sentido para sus destinatarios, la comunidad de creyentes, la Iglesia, todos y cada uno de nosotros.

En ese monte hay una nutrida multitud, y el gentío es variopinto: están los Doce, hay otros discípulos y seguidores, muchos curiosos sin compromiso, algunos herodianos, una buena cantidad de escribas y fariseos muy atentos a lo que Jesús de Nazareth haga o diga. Pero el Maestro pone un énfasis muy puntual en sus palabras, y al destacar a los discípulos por entre tanta gente los define, les otorga un carácter único, una identidad intrínsecamente ligada a la misión que les ha confiado y que es vivir llevando la Buena Noticia a todas partes.

A nosotros, mujeres y hombres modernos del siglo XXI, algunas dimensiones posiblemente se nos escapen; la sal y la luz en la Palestina del siglo I eran valiosísimas, a diferencia nuestra que o la conseguimos en prácticos envases y la utilizamos en consecuencia -a menos, es claro, que haya indicación médica en contrario- o bien es el producto usual de operar un interruptor.

Pero para aquella sociedad la sal y la luz eran claves.

La sal, en breves y mínimas pizcas brindaba sazón a los alimentos, es decir que éstos adquirían sabor y así las comidas, por humildes y sencillas que fueran, se disfrutaban. Pero también, al no haber refrigeradores ni conservadores, la sal era utilizada para conservar la carne fresca tal como se conoce en varios de nuestros países, charqui o charque. Entonces, la sal era el medio para evitar que la carne se pudra y corrompa, se mantenga fresca.

Por otra parte, el aceite de las lámparas para iluminar en la noche los hogares era carísimo, y no era algo que la mayoría de las familias compraría y usaría a granel, pues las velas se reservaban para el culto y eran aún más onerosas. Así entonces, la única lámpara familiar, al caer la tarde, se colocaba en lo alto de la habitación para que la luz proyectada alcanzara la mayor superficie posible.

En estos dos símbolos Jesús nos revela un misterio profundo, y es que a pesar de que somos pequeños somos muy importantes, todos nosotros, a los ojos bondadosos de Dios.

En la sintonía eterna del Reino, es misión fraterna el hacer que esta vida tenga sabor, que dé gusto ser vivida con un sentido que rumbee a un horizonte cierto. Y también, proteger la existencia de toda corrupción que nos vaya carcomiendo y degradando los días.
Es por ello corazón mismo de la Iglesia volverse prisma, cristal que no tiene luz propia sino que proyecta a todos los sitios la luz de Dios, la Palabra, que no le pertenece pero que le ha sido confiada, para que no haya más tinieblas ni sombras de muerte.

En estos andares, nos queda saber si somos capaces de aceptar este mandato que es invitación asombrosa, pues pocos méritos -o ninguno- tenemos para prolongar a través de los tiempos el ministerio mismo de Cristo.

Paz y Bien

Madre, hermana y discípula





María, Madre de la Iglesia

Para el día de hoy (09/06/14) 

Evangelio según San Juan 19, 25-27





Para la mentalidad judía del siglo I, la cruz -instrumento romano de ejecución criminal- suma al horror y al sufrimiento la ignominia de los malditos. La Ley era explícita al respecto, y se reservaba el cruel privilegio de la crucifixión para los criminales más abyectos.

El Cristo crucificado, Mesías derrotado ejecutado como un reo marginal, hubo de atemorizar a los discípulos, pues las acciones punitivas públicas siempre tienen por objeto, además del castigo, el amedrentar y desalentar a las gentes para que no realicen conductas similares a las del condenado. A la confusión de sus amigos -ellos imaginaban un Mesías glorioso y victorioso- se sumaba el miedo en estado de ebullición, pues temían correr la misma suerte.

En ese clima de grosera brutalidad, la gran mayoría pasa por alto los sentimientos de la madre de Jesús.
Como madre, ese hijo amado que lleva su sangre y que llevó en sus entrañas agoniza en la cruz, luego de torturas varias, y ella sufre por dos. Seguramente, cambiaría sin vacilaciones de lugar, ella por ese hijo que se le está muriendo ante sus ojos empañados..

Pero ella, además de madre es hermana y es discípula de ese Cristo que es Hijo y es Maestro. Ella, como nadie, ha escuchado la Palabra, la ha dejado germinar en las honduras de su corazón inmenso y se ha dejado transformar, obediente y feliz. Ella sabe bien que el Crucificado es inocente, es un hombre bueno y manso, es príncipe de paz y servidor de su pueblo, y a pesar del estupor que conlleva todo crimen, intuye certeramente que la condena es producto de su fidelidad absoluta a su Dios, un Dios torturado allí mismo delante de su mirada.
Con todo y a pesar de todo, Ella se mantiene en pié, con la fortaleza que sólo tienen los que son capaces de amar hasta los extremos, y que por ese amor reivindican en doloroso silencio la esperanza.

Ella es una mujer judía, la misma muchachita palestina a la que Dios eligió por Madre. Como tal, no tiene casi derechos ni relevancia. Nunca ha tenido casi nada; de niña ha vivido en la casa paterna, ya desposada en la casa nazarena del esposo.
Ahora, Madre doliente, tampoco tiene casa propia. Su casa estará allí en la casa de sus hijos, en la casa de los hijos que la reciben como Madre, y esa casa con su presencia deviene en hogar cálido por sus cuidados, en donde todos tienen su importancia, su reconocimiento, su identidad, ámbito para crecer con los demás, para no estar jamás solos ni a la deriva.

María hace hogar en donde los hijos la reciben. María, por eso mismo, Madre de la Iglesia que la quiere y la ama con afecto entrañable, a la lumbre del Espíritu del Resucitado que es el Crucificado.

Paz y Bien


Pentecostés, irrupción de Dios




Domingo de Pentecostés

Para el día de hoy (08/06/14) 

Evangelio según San Juan 20, 19-23



Ellos estaban encerrados por temor a los judíos, y esta expresión debe entenderse por el miedo patente a los dirigentes religiosos. La transición es evidente: si esos jefes de Israel se llevaron por delante sin hesitar a la vida del Maestro, qué no podría suceder con ellos, como amigos suyos abiertamente conocidos por todos. 

El miedo ata y paraliza, corroe fidelidades. En cierto modo, ellos están terminados; son un grupo menor sin su líder, sin su cabeza, al que sólo le resta disolverse en el olvido, y es símbolo de esa Iglesia que a menudo se encierra en sí misma -torpe e infiel- por temor a contaminarse, a perder exclusividad e identidad, a no dejarse conducir a todos los desiertos, que no se atreve a hacerse profecía audible y visible.

Pero con todo y a pesar de todo es la comunidad cristiana que, aún escondida, se reune alrededor del pan compartido y la Palabra, y esto es decisivo. Cuando hay común unión de los hermanos, hay presencia segura del Resucitado allí, en medio de ellos. La certeza son los estigmas que han dejado su marca pasionaria, en las manos y el costado, horrorosas heridas que son señales del amor mayor.

No hay encierro posible ni resignación que perdure. Dios siempre irrumpe en la historia de la humanidad, porque de Dios son las primacías, todas las iniciativas en salir al rescate de sus hijas e hijos.

Es el momento teológico, el ámbito espiritual representado en el primer día de la semana, para memorial perpetuo de la vida re-creada, de ese Dios que siempre está haciendo nuevas todas las cosas.

Esas gentes, ateridas de miedo, ahora se despiertan de su letargo mortal. Porque se puede estar bien muerto aún cuando se ande como cualquier persona. 
Ellos reciben el Espíritu del Resucitado y todo se renueva, ya no hay lugar para los no se puede ni para los jamás. Pero es tiempo también inesperado, y esas esperanzas renovadas se convierten en misión definitiva, misión de perdón y de paz.

La comunidad eclesial se define a partir de este momento con un rostro alegre que no se difuminará con la rutina o el devenir de los espantos mundanos. Y su misión implicará pecados perdonados y pecados retenidos, y es el símbolo perfecto de la co-responsabilidad del creyente en la creación de Dios.
De la mano del Espíritu, conducidos con brújula cordial por bravos mares y solitarios desiertos, los cristianos como otro Cristo cada uno de ellos no puede quedarse en lamentos, sino ir y seguir en los andares de Salvación de Aquél que nos salvó y amó primero.

Vaya aquí un humilde deseo compartido de que el Espíritu del Resucitado continúe irrumpiendo siempre, cada día, cada instante, en nuestras existencias para que la vida se haga plena y se expanda a todos los confines de la creación.

Paz y Bien

El inagotable misterio de Cristo



Para el día de hoy (07/06/14) 

Evangelio según San Juan 21, 19-25



Sobre la identidad del autor del cuarto Evangelio -tradicionalmente atribuido a San Juan- se han escrito innumerables obras por parte de importantes estudiosos y exégetas, estudios que al día de hoy continúan, muchos de ellos con singular piedad y sabiduría.

Desde estas limitadas y magras líneas, nos atreveremos a señalar un aspecto: quien ha dejado por escrito el testimonio de la Buena Noticia de Jesús siempre estuvo muy cercano y vinculado en la profundidad de los afectos al Maestro. Esa imagen del Discípulo Amado inclinado sobre el pecho del Señor en la Última Cena es símbolo y señal certeros de las maravillas de las que somos capaces de lograr si permanecemos unidos a su corazón sagrado.
Porque la fé cristiana, antes que la adhesión a una doctrina, es el vínculo inquebrantable que nos re-liga a Alguien, el Crucificado que es el Resucitado.

El Discípulo Amado es Juan, es también Pedro, tu y yo, la comunidad cristiana, la Iglesia, pues las primacías de amor entrañable son siempre de Dios. Es Dios quien se acerca, es Dios quien dá el primer paso, es Dios quien se desvive por todos, por toda la humanidad.

Los últimos versículos son de una gran belleza literaria, y a la vez son importantísimos, pues nos recuerdan a perpetuidad que los Evangelios no son una crónica ni una narración sino más bien relatos teológicos -espirituales-, don y misterio suficiente para la Salvación.
Y que el misterio de Cristo es enorme, inagotable; no hay modo de escribir y describir todo lo que hizo Jesús de Nazareth durante su ministerio y todo lo que ha hecho y sigue haciendo a través de los siglos, la luz de su Espíritu alumbrando y vivificando a cada mujer y cada hombre.

Paz y Bien

Oficio de pescador, misión de pastor




Para el día de hoy (06/06/14) 

Evangelio según San Juan 21, 15-19




Quizás por cierta modalidad formativa, o tal vez por cierta tendencia imperante en la Iglesia durante mucho tiempo, nos cuesta imaginarnos a un Cristo capaz de sonreír, de alguna broma amistosa, de unas buenas carcajadas. La importancia decisiva de su misión, su gravedad fundamental para la salvación de la humanidad no implica necesariamente un rostro permanentemente severo, de ceño fruncido, de acartonamiento pomposo.
El Señor es Dios hecho hombre, enteramente Dios y enteramente hombre, el más humano de todos, y nos solemos olvidar que el buen humor -aún en los momentos más difíciles- es una señal exacta de salud, de alma en paz.

La liturgia hoy nos ofrece el personalísimo diálogo entre el Maestro y Simón Pedro.
En el alma de Pedro seguramente aún hay un torbellino de imágenes y emociones yuxtapuestas, un Mesías derrotado en la ignominia de la cruz que ahora está vivo nuevamente, aunque con una diafanidad distinta a la que supo conocer, que comparte con ellos la comida, que aconseja y escucha. Pero especialmente porta la carga de esa triple culpa que lo demuele: él mismo, a pesar de sus encendidos juramentos, la noche de la detención de Jesús lo negó y renegó de de Él con la velocidad de un gallo del amanecer. Esa traición lo sojuzga y carcome por dentro.

Tal vez por eso Jesús quiere llevarlo paso a paso de regreso al perdón que es sanación y liberación. En parte por ello le hace tres preguntas similares, que se corresponden con esas tres negativas de Pedro. Más aún, comienza nombrándolo con su antiguo nombre -Simón- como sugiriéndole que ha regresado a lo viejo, a lo antiguo, a lo que ya no se es.
Pedro se entristece pues infiere una reconvención culposa. Pero el Maestro sólo le pregunta acerca de su capacidad de amarle, porque es ése y no otro el fundamento de la fé cristiana, el amor y el amor a Cristo que se expresa en el cuidado de los hermanos.

Aquí hagamos un alto: es dable imaginarse un brillo de maravillosa picardía en la mirada de Jesús, pues a cada pregunta hay escondida una respuesta tácita: ¿me amas? se corresponde a un ¡pues ahora tú también!.

Simón ben Jonás era galileo, pescador de oficio que es invitado por Jesúis de Nazareth a realizar un viaje de confianza mar adentro de las aguas turbulentas y oscuras del mundo. En esa confianza, en esa fé naciente, Simón tendrá un oficio nuevo, transformado, el de pescador de hombres. Porque la vocación comienza a partir de lo que somos y se dirige hacia lo que podemos ser y hacer con el auxilio de Dios. Y así entonces Simón será un hombre nuevo con un nombre nuevo también, Pedro, piedra o roca sobre la cual se fundamentará la fé de sus hermanos, se edificará la comunidad naciente y creciente que es la Iglesia.

Pedro confirmará a sus hermanos en la fé, es un hombre peligroso pues es un hombre que tiene horizonte y misión, una misión de paz, de rescate, de cuidado, de servicio que no tiene otra lógica santa que la del amor que aprendió de Jesús, su amigo y Señor.

Paz y Bien


Aspectos de unidad



Para el día de hoy (05/06/14) 

Evangelio según San Juan 17, 20-26


La unidad de los cristianos debería ser reflejo de la Trinidad, es decir, vínculos indisolubles e inquebrantables de amor que implican el conocimiento y reconocimiento del otro y la reciprocidad en el cuidado, el respeto y el afecto, el salir de sí mismo e ir al encuentro del otro sin reservas.

Sin embargo, a través de la historia hemos truncado, a menudo con violencia y resentimientos perdurables, ese sueño primordial del Creador. A veces con palpables y explícitas razones doctrinarias, a veces con una soberbia militante, a veces por celos y por ansias tóxicas de poder y dominio.
Pero por más fundamentos que puedan argumentarse, el Maestro encomienda a los suyos a su Padre desde otros aspectos.

Esos aspectos tienen que ver con la esencia de Dios, el amor, de cómo guardamos en nuestras profundidades la Palabra y la ponemos en práctica, de cuanta caridad somos capaces de sembrar, pero también y muy especialmente de volvernos capaces de descubrir a Dios en el rostro y en la existencia del hermano.

Ese Dios que resplandece en el otro -tan hijo y tan amado como el que más- nos conduce también a la fé.

Es menester volver a creer en el hermano, con la misma intensidad que profesamos nuestra fé en Dios
Porque el signo de la Buena Noticia es la comunidad de los creyentes, familia creciente, ámbito de paz y de justicia que llamamos Iglesia.

Paz y Bien


Consagrados en la verdad



Para el día de hoy (04/06/14) 

Evangelio según San Juan 17, 6a. 11b-19




La vehemencia y el fervor de la plegaria de Jesús de Nazareth por los suyos -por los Once, por la Iglesia, por todos nosotros- revela su preocupación primordial ante la inminencia de la Pasión y su partida. Pero es una partida extraña, pues Él, yéndose, se quedará con los suyos de manera más plena.

Como reflejo mismo de su amada Trinidad, son tres los aspectos de un único sentido en los que insiste: implora que los suyos permanezcan en la verdad, permanezcan unidos y, especialmente, que permaneciendo en el mundo no sean mundanos, no le pertenezcan más que a Dios.

Permanecer y vivir en la verdad es la fidelidad a la Palabra de Dios que se escucha con atención y se pone en práctica, una Palabra que es el Logos eterno de Dios revelado por Jesucristo, la eternidad vivida en la día a día, el infinito como don y bendición que se entreteje en la cotidianeidad. Esa verdad encierra el absoluto de que Dios es amor, es Padre y Madre que nos ama hasta extremos asombrosos, más allá de cualquier mérito, es vivir la plenitud y transmitirla, y reflejar esa luz primordial.

Esa verdad no es cosa de individualismos, de esoterismos a escondidas. Como reflejo de ese Dios que es familia amorosa, los discípulos han de vivir en la unidad, alrededor de Cristo, fundamentados en su amor. Porque cuando la unidad se quebranta, cuando la familia se dispersa, la verdad se vá pues no encuentra hogar ni cobijo cálido.

La santificación que es el horizonte de los seguidores del Maestro acontece en el mundo, en el aquí y el ahora cotidianos. Sin embargo, bajo una aparente paradoja que es la santa ilógica del Reino, los discípulos están en el mundo sin pertenecer al mismo pues pertenecen a Dios y esa pertenencia es mucho más que una simple propiedad, pues es un vínculo filial que nada ni nadie puede borrar ni eliminar. Podrán haber hijos perdidos o hijos renegados, pero nunca ese Padre reniega de la ansiosa espera del regreso.

No es fácil, nada sencillo y sin embargo es simple. Permaneceremos consagrados en la verdad si permitimos que el Espíritu Santo obre en nosotros y nos transforme de raíz.

Paz y Bien

Gloria de Cristo, gloria del mundo



Para el día de hoy (03/06/14) 

Evangelio según San Juan 17, 1-11a



La liturgia nos regala hoy la llamada oración sacerdotal de Jesús. El Maestro, a las puertas de su Pasión, es un hombre a punto de morir que suplica por los suyos, porque prevalezca en Él y en los que son de Él -los Once, todos nosotros- la gloria de Dios.

Contrariamente a lo que se supone, la gloria de Dios no implica una alteridad tal que se pueda inferir al resplandor de un cielo inaccesible para nuestra limitadísima humanidad. Más bien la plegaria de Jesús tiene que ver con la acción bondadosa de Dios en la historia de la humanidad, ese Dios desconocido que se revela y manifiesta en Jesús de Nazareth, en todas sus enseñanzas, en sus gestos, en sus acciones y, por sobre todo, en su modo de amar hasta las últimas consecuencias. Paradójicamente, esa glorificación está asociada a la muerte en tanto que ofrenda libre de su propia vida, amor supremo.

La gloria de Dios se explicita en la eternidad que se vuelca generosa y abundante en la finitud de la vida humana. Es el misterio amoroso de la Encarnación -urdimbre santa de Dios y el hombre- ratificado en la Cruz y hecho definitivo en la Resurrección.

Por eso, cada vez que se ama sin reservas, que se ofrece la vida por el bien de los otros, que se vive en cada latido la Buena Noticia, se alaba y glorifica a Dios, y recíprocamente, como es siempre el carácter dialógico de ese amor que es Dios, Dios glorifica al mundo, y renueva la faz de la tierra.

Porque eso que llamamos cielo es don y es misterio, pero comienza aquí y ahora y por ese afecto y esa confianza incondicional que se nos ha brindado, se nos invita a edificarlo en el día a día, a cada instante, en todos los rincones de la tierra y el universo.

La gloria de Dios es que el hombre viva en plenitud, una vida que no tenga fin, y comienza humilde y fiel cuando el pobre se yergue como un hombre digno e íntegro, más allá de la mera supervivencia, con el rostro vuelto al sol de la vida, Cristo, Señor de la historia y hermano nuestro.

Paz y Bien



Vencer al mundo




Para el día de hoy (02/06/14) 

Evangelio según San Juan 16, 29-33



En el ambiente cargado de sentimientos de la Última Cena confluyen varias posturas.

Por un lado, el miedo, la confusión y la tristeza que ya sienten los discípulos. Ellos no suponían de ningún modo que el Mesías esperado fuera como su Maestro, un hombre pobre y humilde que, contra todas sus expectativas, se iba a entregar voluntariamente a las manos de sus enemigos, al horror y a la abyección de la cruz, un Mesías derrotado y muerto, un Maestro que les enseña a amar y amarse por sobre todo, en la locura imposible de amar también a esos enemigos que buscan su mal y su destrucción.

Pareciera que en estas contradicciones -extremándolas, agudizándolas con esas ansias deshumanizantes que tantos esgrimen- se ubicaría Jesús de Nazareth. Él predica un reino que no es de este mundo porque sólo acepta al poder como servicio, y por ello mismo cualquier ansia de dominio,de prebendas y glorias nada tienen que ver con la Buena Noticia que respira y que es su horizonte fiel. 

Él les afirma con su misma existencia en ese suplicio inminente que morirse por lo demás está bien, que es bueno, que es necesario para que todos vivan, que no hay que desanimarse ni abdicar de cualquier esperanza porque Él, aún antes de los espantos de la Pasión, ya ha vencido al mundo.

Porque vencer al mundo es confiarse en ese Cristo, en espejo a esa confianza desmedida e inusitada que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, mujeres y hombres poco fiables y quebradizos en nuestras miserias. 
Vencer al mundo es afirmar cada día que morirse para que otros vivan y pervivan no es derrota por la muerte sino afirmación tenaz del amor, dar la vida de una vez, dar vida a cada día, con paciencia, con obstinación solidaria, con generosidad que no busca otro salario que el deber cumplido.

Vencer al mundo es permitirse la esperanza, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Ascensión del Señor: don, misterio y misión



La Ascensión del Señor

Para el día de hoy (01/06/14) 

Evangelio según San Mateo 28, 16-20



Ellos son Once discípulos, y ese número preciso señala el paso abyecto de la traición por esa comunidad incipiente. Es símbolo exacto de una Iglesia quebradiza e imperfecta que aún así, con esas limitaciones y miserias, de la mano de Cristo cumplirá con su destino misionero y será capaz de todos los imposibles, de acciones humildemente maravillosas.

El punto de encuentro entre el Resucitado y los suyos es el monte, y es en Galilea.

Del monte no sabemos el nombre y quizás la importancia no es cartográfica, pues responde a una geografía teológica, a un punto concretamente espiritual: el monte como sitio en donde Dios se revela y manifiesta, en donde la altura representa a esa divinidad que es el Totalmente Otro.

Pero han de encontrarse en Galilea, y esto es clave y decisivo: en Galilea todo comienza, en la Galilea sospechosa y marginal, teñida de contaminación heterodoxa, en esos bordes mismos de la existencia comienza el ministerio y misterio de la Salvación, y es por ello mismo que es imperioso que todos regresemos a todas las Galileas de los bordes, para que la vida amanezca de una vez por todas.

Los Once oscilan entre el asombro, la fé y las vacilaciones de sus dudas. Es comprensible, pues a sus razones -tan limitadas como las nuestras- se les presenta este Cristo Resucitado de un modo novedoso, liberado definitivamente del abrazo oscuro de la muerte. Son hombres sencillos -varios de ellos rudos pescadores- y ninguna experiencia los ha preparado para lo que están viviendo. 
Sin embargo, sean sus dudas también las nuestras y a la vez motivo de todas nuestras esperanzas: Dios no ha confiado la misión primordial a los ángeles o a hombres perfectos, sino que se confía, con todo y a pesar de todo, de mujeres y hombres capaces de alabar pero también que a menudo se tambalean en sus inseguridades.

La bendición ha de llegar a todos los rincones del universo desde una comunidad imperfecta que está en marcha por la fé que la congrega y el Espíritu que la anima.

Cristo asciende a los cielos y la naturaleza humana asumida por Dios en Él se plenifica hasta el infinito, a pesar de la muerte.
Es don inmenso que se ofrece generoso e incondicional a toda la humanidad, y es un misterio insondable de amor, de un Dios que al suplicio, al sufrimiento y a todos los desprecios responde con vida plena y perdurablemente eterna.

Pero también es misión. Cristo asciende para que todos podamos llegar a esa plenitud, pero no se vá. Se queda presente a través de los suyos, de todos nosotros, y la misión es precisamente ésa, anunciar que el cielo está aquí y ahora entre nosotros, volvernos docentes en el servicio, obreros en la bondad, compañeros en todos los caminos pues no tenemos otro mandato que el amor, que edifica la Iglesia, que transforma toda la tierra, con la fuerza y la constancia que brinda el saber que nunca jamás iremos ni estaremos solos.

Paz y Bien

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