Palabra, principio y fin









Para el día de hoy (31/12/16):  

Evangelio según San Juan 1, 1-18





Palabra, Alfa y Omega, principio y fin. 

Luz en las tinieblas, palabra de amor que crea y re-crea. Palabra eterna, Verbo de Dios. 

Palabra que traza humildes caminos a través de toda la historia humana, y cuyos ecos escuchamos en la lejanía cordial de Abraham, en los sueños de José, en los combates de Jacob, en los andares de Israel por el desierto bajo el cayado de Moisés. 

Palabra que se anuncia por los profetas. Palabra que se clama en el Bautista. Palabra que se hace carne, tiempo, historia, un bebé en brazos de su Madre y habita entre nosotros.

Verbo que se hace tiempo para que recuperemos el habla, la capacidad de decirle cosas a Dios y al hermano, corazones que sepan escuchar y comprender.

Palabra que crea y re-crea.

En el desierto, el pueblo de Israel se afirmaba en la Tienda del Encuentro, encrucijada santa de Dios con su pueblo.
En Tierra Santa, el vórtice se encuentra en el Templo.

En estos tiempos y para siempre, el punto de encuentro definitivo es Cristo, Señor y hermano nuestro, hijo de María, hijo de Dios.

Que Cristo sea tu comienzo, tu transcurrir, tu destino. Que el Niño en pañales en brazos de su Madre -señal fundamental de la Gloria de Dios- signe tu camino y alumbre tus tinieblas. Y que tengas un magnífico año en Dios.

Paz y Bien

Regreso a Nazareth












La Sagrada Familia de Jseús, María y José

Para el día de hoy (30/12/16):  

Evangelio según San Mateo 2, 13-15. 19-23




La respuesta de José de Nazareth tiene un distingo muy específico, y es su prontitud, su urgencia que excede el peligro inminente que se cierne sobre su Niño. 

El ángel lo anoticia en un plano de sueños, ámbito bíblico de revelaciones, pero también carácter primordial de los hombres que se aferran a la vida, que tienen proyectos, los hombres que por ningún motivo dejan de soñar.

Pero José no vacila ni se demora. En su humilde corazón servidor y fiel la vida halla refugio, en su constancia la Madre y el Niño estarán seguros, en su constancia Dios se explaya y se cumplen las promesas, tiempo santo de Dios y el hombre.

Se han tenido que ir a toda prisa por los celos de poder de un gobernante inescrupuloso. Es un títere de Roma que a su vez es bruto e infame, rápido para matar y para justificar cualquier muerte en pos de ese poder que detenta sin menoscabos. 
José, su esposa y el Niño emprenden el camino del exilio egipcio, aún cuando él no sepa ni tenga en claro cuanto tiempo deberá quedarse allí.

Egipto está al sur de Israel; más allá de los ladrillos y la esclavitud de las tribus, fué un refugio afable para los perseguidos de Israel a través de los siglos, y hay en esas tierras una colonia judía importante. Seguramente allí es atendida la Sagrada Familia, pero ello no exime la dureza de la patria que se abandona por motivos políticos, una cultura ajena, otro idioma, ganarse el sustento como sea trabajando de cualquier cosa. Hay algo de morirse al emigrar a la fuerza, pero hay también un Dios absolutamente solidario con las cosas de los hombres, y especialmente de los perseguidos, asumiendo en sus huesos esos dolores, urgencias y pesares. Ese Dios nunca se desentenderá de la historia humana, siempre serán lo humano parte de su corazón sagrado.

Cuando el peligro parece haber menguado, la familia emprende el regreso a su querencia. Sin embargo, en Judea -provincia en donde está Belén, tierra natal de José- reina ahora uno de los hijos de Herodes -Arquelao-. Éste es tanto o más brutal que el padre, y ni siquiera es rey: su título correcto, dado por los romanos, es el de etnarca. Sus atrocidades acumuladas llevan a los pocos años a que el emperador lo derroque e imponga un gobernador o pretor romano para Judea, tal como Poncio Pilatos. De ese modo, la sagrada familia no se queda en Judea sino en Nazareth de Galilea.
Se cumplen antiguas profecías, pero también hay un símbolo silencioso: Galilea es la tierra sospechada de impureza perpetua, de heterodoxia intolerable, del mestizaje inadmisible, el lugar de la periferia de donde nada bueno puede esperarse.
Precisamente allí se establece José, María y el Niño Jesús.

Es necesario y hasta impostergable regresar a Nazareth, al calor manso que expresa la esencia amorosa de un Dios que también es familia. Allí donde todo es amor y servicio. Allí donde se protege la vida, se cultiva la esperanza y se celebra como una asombrosa bendición el estar juntos. Volver a Nazareth en donde todo comienza, en donde fructifican las flores primeras del Evangelio.

El Niño Santo ha nacido en Belén, en parte, por capricho político del emperador Augusto. Emigra a causa de la voracidad de Herodes. Regresa a Judea pero tampoco allí puede afincarse, pues el etnarca reinante es otra bestia sedienta de sangre. Finalmente, se establece en Nazareth en donde nada se espera, un pueblito perdido en medio de la nada.

Con todo y a pesar de todo, el Dios de Jesús, de José y de María de Nazareth cumple siempre con sus promesas y teje la Salvación aún en las horas crueles y tormentosas de la existencia.
Nos reencontraremos con la Gracia en Nazareth, allí donde el Niño crece a la sombra hermosa de sus padres.

Paz y Bien
 




Nunc dimittis








Para el día de hoy (29/12/16):  

Evangelio según San Lucas 2, 22-35




Los datos crudos y lineales nos dejan sólo en un plano limitado, el de una joven pareja de provincias con un bebé en brazos, que concurren al Templo de Jerusalem a cumplir con las prescripciones estrictas de su religión y con las tradiciones de sus mayores. Son judíos hasta los huesos, pero a su vez son muy pobres y el acento delata que vienen de esa zona galilea de donde nada bueno se espera.

Un bebé tan chiquito en un Templo tan grande e imponente, y ellos como unos granitos de arena en el mar de gente que viene y vá, el aroma del incienso y el humo de la grasa de los animales que se quema en los sacrificios.
El Dios del universo que llega a santificar verdaderamente a ese templo de piedra pero nadie lo vé.

Se presentan por dos ritos puntuales, la purificación de la madre y el rescate del hijo. Bajo las rígidas normas de impureza ritual, las parturientas devenían en cultualmente impuras, y cuarenta días luego del parto debían ofrecer un sacrificio cerca de la Puerta de las Mujeres. Por otra parte, los primogénitos de Israel pertenecían a Dios y debían dedicarse al servicio del Templo: por ello los padres ofrecían un sacrificio o pago como rescate de ese niño. 
Extraño tiempo en donde la más pura concurre humildemente a ser purificado, y Aquél que es nuestro redentor y nuestra liberación es llevado en brazos para ser rescatado.

El abuelo Simeón es un hombre profundamente piadoso, de vida orante, esas vidas tenaces que nunca, jamás, abdican la esperanza. Un hombre que reza y confía tiene una mirada extensa y profunda aún cuando el desgaste de los años le complique las cosas. Un hombre así -laico, viejo, gastado- es un profeta aunque no se lo reconozca como tal, amigo de su Dios y fiel vocero de sus cosas.

Un detalle fundamental: Simeón está en Jerusalem pero nó en el Templo, pues su templo se ubica en las honduras de su corazón. Él se dirige a esa construcción imponente movido por el Espíritu de Dios, y se deja conducir por Él. Simeón es un hombre justo que espera contra toda lógica, justo por ajustar su voluntad a la voluntad de Dios.

Cuando el hombre confluye en su alma y sus acciones en las cosas de Dios acontecen los milagros. 
Simeón, profeta y abuelo cordial, ingresa al mismo tiempo en que la sagrada familia nazarena se hace presente allí, fiel a la fé y las tradiciones de sus mayores.
No los sacerdotes ni los escribas ni los levitas se dan cuenta de lo que pasa. Pero los ojos cansados de Simeón se encienden a pura profecía.

Ese bebé en sus manos es Aquél que su pueblo espera con ansias, el que fué prometido desde siempre por su Dios, el que rescataría a los suyos, el que revestiría de Gloria a Israel y derramaría bendición a todas las naciones. 
Ese bebé santo se vuelve plegaria de gratitud y paz en sus brazos, y él podrá irse en paz porque en Su presencia, su vida ha sido colmada y plena.

Ese niño colma los corazones de las mujeres y los hombres de buena voluntad que se mantienen en su fé, y a la vez será señal de contradicción y hasta dolor para su Madre, Con Él todo saldrá a la luz.

Paz y Bien


Cristo emigrante








Los Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/16):  

Evangelio según San Mateo 2, 13-18



Muchas discusiones y estudios se han planteado acerca de la exactitud histórica de la matanza de los Santos Inocentes. 
Por un lado, muchos estudiosos lo niegan pues no hay mención alguna en las obras de Flavio Josefo, testigo privilegiado de aquella época y profuso cronista de todo lo relacionado con Herodes; sin embargo, así como es prolífico en muchos detalles, sospechosamente guarda silencio frente al surgimiento de Cristo y las primeras comunidades cristianas, al menos por su impacto social.
A su vez, otros eruditos hablan de una construcción literaria que apunta a una épica pero que poco tiene de historicidad.
Por otro lado, la brutalidad habitual de Herodes justifica ampliamente la posibilidad de hechos tan espantosos como los que el Evangelio menciona.

Es necesario también tener en cuenta que en ese tiempo -siglo I- Belén es un villorio de aproximadamente mil habitantes, por lo cual los niños afectados por el edicto mortal herodiano han debido ser veinte o treinta niños. Más allá del número, un horror y una tragedia insoslayable.

Aún así, no hemos de perder de vista que los Evangelios no son crónicas históricas sino teológicas, es decir, espirituales. 

En ese plano cordial, podemos contemplar la brutalidad de ese rey vasallo de los romanos, que supone en un pequeño niño una amenaza a su corona; la información que le brindan esos extraños sabios llegados de tan lejos fué contrastada con un repaso de las Escrituras y las profecías, y la certeza se hizo patente. El Niño nacido en Belén se correspondía con el Mesías anunciado por los profetas de Israel.
Más allá de esta certeza, hay un dato incontrastable, y es la de los expertos religiosos brindando elementos a un poder político omnímodo y paranoico, la Palabra de Dios utilizada para la masacre de los niños belenitas.

La Sagrada Familia debe emigrar rápidamente. El destino es Egipto, no tan distante al sur y habitualmente frontera permeable y tierra amistosa con los exiliados por razones políticas y religiosas.
En esa decisión inmediata que no admitía demoras -el anuncio del Ángel es perentorio- destaca la figura de José de Nazareth. 
El carpintero nazareno es obediente: escucha con atención y actúa en consecuencia. No ha debido ser nada fácil, aún cuando Egipto tenga cierta pátina afable para con los extranjeros. Se trata de dejar atrás y de golpe lo conocido, irse a otra cultura y otro idioma, una travesía difícil para una madre reciente y un bebé por el desierto, trabajador golondrina de cualquier cosa para ganar el sustento de los suyos.

Bendito y santo José: Dios le confía el cuidado y la bondadosa custodia de su Hijo, y él, en silencio y humildad, resguarda al Niño Santo en esa nueva comunión que es la urdimbre de Dios y el hombre, los gratos tiempos de la Salvación. Quizás no mensuramos la figira de José en toda su dimensión.

El Cristo que emigra también asume los caminos de su pueblo como un nuevo Moisés: el primero es salvado del exterminio merced a un truco con canastas en el río. El nuestro, por la acción decidida de su padre carpintero, y desde tierras egipcias, a orillas del Nilo, regresará a Nazareth para iniciar su ministerio de Salvación. La tierra prometida de Cristo es la Gracia asombrosa e infinita del amor de Dios.

Pero también el Cristo emigrante es el Cristo que asume en carne propia todo lo que nos pasa, especialmente las cosas más dolorosas, las que nos desdibujan la personalidad y nos quitan identidad propia, un Cristo que prevalecerá sobre los prepotentes, los cultores de la muerte, las miserias y el exilio, y que regresa siempre trayendo liberación para todos los pueblos.

Paz y Bien

Canción de los desterrados -la huída a Egipto / Nestor Gallego-


CANCIÓN DE LOS DESTERRADOS

Por las arenas ardientes
marchan María y José
llora el Niñito en sus brazos
torturado por la sed.

Huyen de aquel prepotente
que ambicioso de poder
degüella a los inocentes
para matar a su Rey

Lejos, lejos nos vamos
del filo del puñal
Herodes sangre divina
querría ver derramar


No habrá pañuelo que enjugue
las lágrimas de Raquel
cruzando tierra extranjera
María llora también

Mientras apoya su mano
sobre el hombro de José
y el Niño sigue llorando
torturado por la sed.

Lejos, lejos nos vamos
del filo del puñal
Herodes sangre divina
querría ver derramar

Lejos, lejos nos vamos
del filo del puñal
Herodes sangre divina
querría ver derramar


Padre Néstor Gallego

aquí puede escucharse:




El Discípulo Amado









San Juan, apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (27/12/16):  

Evangelio según San Juan 20, 1-8





En los tiempos del ministerio del Señor, era creencia popular que el espíritu del fallecido permanecería en los alrededores de la tumba por tres días y por ello los deudos visitarían la tumba solamente en ese lapso. El dato es costumbrista, pero nos abre otra perspectiva también al tercer día que anunciaba Cristo para su Resurrección. 
Sin embargo, aquí cuenta para referirnos a la mención que realiza el Evangelista acerca de la presencia en la tumba de María Magdalena: ella llega el primer día de la semana. Las rígidas normas religiosas vigentes en su tiempo impedían que en pleno Shabbat se desarrollara cualquier actividad, y menos aún acudir a una tumba por razones de impureza ritual, ante lo cual María de Magdala sólo podría haber ido el sábado al caer el sol -luego de la primer estrella-, y nó antes. Pero nada dice de que haya ido el tercer día post crucifixión: la construcción es simbólica, pues en verdad se trata de un nuevo día que no es tanto cronológico sino fundante del tiempo definitivo de la Salvación, de la victoria de Cristo sobre la muerte.

Un nuevo día. Todo estaba sumido en las sombras, en una oscuridad que refleja la tristeza de María, la luz de la fé que está ausente, y será Cristo quien la iluminará. Cristo enciende todas las luces en nuestras noches. 
Ella vé que la enorme piedra que obtura el acceso a la tumba nueva está corrida; piensa -con razón- que como una afrenta postrera, los enemigos del Maestro han robado el cadáver, quizás también en la idea de negarle a sus seguidores un sitio de encuentro y veneración, y así su tristeza dá paso a la desolación, al horror. 
Que ella corra a dar parte de lo ocurrido a Simón Pedro y al Discípulo Amado tiene una gran importancia, pues es el símbolo de la comunión eclesial que debe permanecer firme aún en los momentos más difíciles. Pero hay más, siempre hay más.

Ella es mujer, y como tal carece de voz y de derechos legales. De ese modo, los dos apóstoles -Pedro y el Discípulo Amado- haciéndose presentes en la tumba vacía será importantísima: ellos dos conformarán los extremos jurídicos requeridos para que un testimonio sea veraz, la verdad de una tumba que es inútil, que ya no es hogar de la muerte porque la muerte ha sido vencida.

La noticia les pone prisas. Ellos corren como nunca lo han hecho, pero el Discípulo Amado se adelanta, llega primero. Quizás ello delate que es más joven que el pescador amigo del Señor, roca de la comunidad. Pero en verdad se trata del amor, que llega siempre antes y con mayor profundidad que cualquier razón. 
El Discípulo Amado mira la tumba vacía, los lienzos que hacían de mortaja apartados, inservibles porque no hay un cuerpo muerto que contener. El Discípulo Amado no ingresa a la tumba vacía, pero mira, vé y cree. Su mirada se aclara y se vuelve profunda desde la fé.

Tradicionalmente se ha asociado al Discípulo Amado con el Evangelista Juan, hermano de Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé, y razones no faltan. Algunos exégetas, en cambio, lo identifican con Lázaro de Betania, amigo del Señor.
Sin embargo, hay un dato significativo: el Discípulo Amado no tiene, en esta lectura, un nombre que lo identifique. Allí pueden estar los nombres de cada uno de nosotros, y por ello el Discípulo Amado es la comunidad cristiana, testigo fiel de la resurección de Cristo.

Del pesebre pobre y humilde de Belén nada se esperaba.
De la tumba sólo se supone muerte y final. Pero el Padre de Jesús de Nazareth empuja la vida con su Gracia en un pesebre en donde todo comienza y en una tumba inútil en donde todo amanece de manera definitiva.

Paz y Bien

San Esteban, de Belén al Gólgota







San Esteban, protomártir

Para el día de hoy (26/12/16):  

Evangelio según San Mateo 10, 17-22




La liturgia nos lleva a contemplar el martirio de San Esteban protomártir, el primer mártir. La contraposición es durísima, la mansedumbre luminosa del pesebre, noche humilde y gloriosa, y ahora -de golpe- la terrible ejecución del diácono Esteban por obra de hombres que pretendían actuar en nombre de Dios y defender sus derechos. Un espanto que se agiganta frente al perdón que expresa Esteban para con sus verdugos, al igual que su Maestro al que permanece fiel hasta el fin.

Ciertas pautas culturales que suelen imponerse nos hacen asociar un Belén bucólico, ingenuo, tranquilamente conveniente que se reviste de emociones que se disuelven luego de los brindis de medianoche. Pero en realidad, sobre el Niño de Belén, casi inmediatamente de nacido, se cierne la sombra horrenda de la persecución de un bruto homicida, y por ello sus padres deben emigrar a Egipto en espera de tiempos mejores. 
Porque ese Niño es la absoluta fidelidad del amor de Dios por la humanidad, un manso desafío que despierta a las conciencias adormecidas. El Niño Santo es Dios que asume nuestras debilidades, lo frágiles que somos, un Dios que nos conce mejor que nadie pues se hace uno de nosotros, un Dios que revierte la historia desde la pobreza y la ternura.

Muchos han permanecido fieles a la ternura de Belén aún cuando esa entereza los conduzca al Gólgota. Se aferraron a esa verdad fundante de Cristo que resplandece en sus corazones y renegaron de toda violencia. Testigos perennes del amor de Dios, mártires frutales de una vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Dios en la historia








Natividad del Señor

Para el día de hoy (25/12/16):  

Evangelio según San Juan 1, 1-18



Todo pasa, todo se desvanece, sólo Dios permanece.

La humanidad andaba a los tumbos, en torpes pasos porque campeaban las tinieblas y abundaban las miserias. Y las miserias no son azarosas, son causadas por hombres miserables.
La verdad, nos caímos del paraíso, rompimos todo lo que no se debía, renegamos amistades, nos comió el corazón la soberbia y el egoísmo.

Aún así, el Creador no nos abandona a pesar de sumergirnos en las aguas amargas de la muerte.

Un largo camino recorrimos, idas y vueltas y rotundos extravíos. La promesa de rescate nunca se quebrantó, y aún cuando aconteció un peregrinar de siglos,  el tenaz amor de Dios persistía en indicarnos en rumbo a tierras mejores, tierra buena, tierra sin mal, la tierra prometida de la Gracia.

Balbuceantes y llorosos, ´habíamos perdido la capacidad de expresarnos, de hacernos entender y de comprender al otro y al Totalmente Otro.

Desde siempre y para siempre, Dios es y Dios está.
Dios se hace Palabra para que recuperemos el habla, para salir del silencio mortal, para la Salvación.
Dios se hace ternura, Verbo que se encarna, Niño que se adormece en los brazos de su Madre.

Cristo, el hijo de María de Nazareth, verdadero Dios y verdadero hombre es la señal definitiva del amor que Dios nos tiene. Que la historia ha cobrado un nuevo rumbo a pesar de todos los esforzados dispensadores de dolor y los concienzudos proveedores de penas.

La historia está fecunda de Dios y es menester volver la mirada al cielo, buscando una estrella amiga que nos reencuentre con el Bebé Santo de Belén.

Muy Feliz Navidad para todos.

Paz y Bien


PD: hoy se cumplen 8 años de esta mínima tarea en este blog. Gracias a todos los compañeros de camino, a los amigos siempre presentes, a los que acompañan en silencio, a la comunión por la Palabra. Y a Dios, por su infinita paciencia. Paz y Bien

Pregón de Navidad -Calenda-



Pregón de Navidad

“ Les anunciamos, hermanos y hermanas, 
una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo.
Escúchenla con corazón gozoso:

Miles y miles de años habían pasado
desde que en esta tierra,
como consecuencia de una maravillosa evolución
querida por Dios, surgió la vida.

Habían pasado miles de años
desde el momento en que Dios quiso
que aparecieran en la tierra el hombre y la mujer,
hechos a imagen y semejanza de Dios,
para colaborar en la obra de la creación.

Dos mil años hacía que Abrahán,
obedeciendo la llamada de Dios,
partió hacia una tierra desconocida
para dar origen al pueblo elegido,
heredero de las promesas.

Hacía unos 1250 años que Moisés
hizo pasar a pie enjuto por el  Mar Rojo
a los hijos de Abrahán, para que aquel pueblo
dejara la esclavitud y abrazara la libertad.

Hacía unos mil años que David, humilde pastor,
fue ungido por el profeta Samuel
como gran rey de Israel.

Hacía  unos setecientos años que Israel,
infiel a la alianza
y sordo ante los mensajeros de Dios,
fue deportado de su tierra.

En medio de los sufrimientos del destierro,
el pueblo de Dios deseó la venida 
de un Salvador que lo librase de la esclavitud
e inaugurase un reino de paz, justicia y libertad.

Finalmente , durante la Olimpíada 94,
el año 752 de la fundación de Roma,
el año 42 del imperio de Octavio Augusto,
hace ahora 2016 años,
en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel,
tierra ocupada entonces por los romanos,
en un establo, porque no había sitio en la posada,
de santa María la Virgen, esposa de José,
nació Jesús, el salvador.

Alégrense, hermanos.
Ésta es la buena noticia del ángel:
“ Les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.


Pastores de Nochebuena











Misa del Gallo

Para el día de hoy (24/12/16):  

Evangelio según San Lucas 2, 1-14





En el siglo I y en Palestina los pastores estaban muy mal vistos. Sindicados habitualmente como amigos de lo ajeno, era rechazados por todas partes.

Los campesinos y labradores, sumados a esa creencia general de que eran pequeños rateros, le tenían encono pues solían llevar los rebaños que cuidaban a pastar a campos que le estaban vedados, y esos campos sufrían las consecuencias.

Los religiosos de observancia estricta los tenían a menos, pues no se destacaban por el estricto cumplimiento de la Ley. Viviendo al pairo del frío y la noche, el cuidado de los rebaños implicaba que estuvieran en contacto con las heces de los mismos, y a veces con corderos que se les morían, todos causales de impureza ritual. Ni hablar de sus obligaciones sabáticas, y acontecía una dura paradoja: esos hombres debían vigilar los rebaños a su cuidado día y noche, de lunes a lunes, incluso los sábados, rompiéndose la espalda apenas por el pan, mientras los dueños del ganado participaban activamente en las celebraciones sinagogales.

Como sea, se ubicaban bien abajo en la consideración social y religiosa, y nadie en su sano juicio los invitaría a su mesa. 

Esa noche, en humildad y silencio, la historia humana cambia de rumbo. Dios interviene personalmente para que todo cambie, para que se santifique el tiempo. Dios se amanece en la vecindad misma de los hombres como uno más, un Bebé Santo que llora frío y hambre y que se adormece en los brazos de su Madre.

Precisamente a ellos, a los innominados e impresentables de siempre, se dirige el Mensajero de Dios para anunciarles en primer lugar y antes que nadie es noticia maravillosa del Dios con nosotros, del Mesías tan cercano.

Ellos nada tienen, ellos son pobres de toda pobreza, de ellos nada se espera y nadie confía en ellos y por eso mismo el anuncio glorioso transforma la dura cotidianeidad nocturna en Noche Buena, un aviso asombroso, una enorme alegría para todo el pueblo, para todos los pueblos comenzando por los más pobres.

Nadie los tiene en cuenta, sus vidas transcurren como un tosco accidente del terreno, y nadie los había anoticiado de ese misterio de infinita ternura: Dios los quiere y los busca, los convoca a ese pueblito perdido en Judá, a un refugio de animales, un Dios envuelto en pañales.

En cierto modo, tenemos mucho de esos pastores. Las fatigas cotidianas nos hacen perder de vista la Gracia de Dios presente por el Cristo que nos nace. Nos anda faltando escuchar a los Mensajeros que ese Dios bondadoso nos envía para despejarnos los miedos y renovarnos de esperanza.

Y en gloria de compromiso, volvernos también mensajeros de ese amor y esa ternura de Dios que se encarna para nuestra Salvación.

Feliz Navidad para todos

Paz y Bien





El sol que nace de lo alto








Misa del día

Para el día de hoy (24/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 67-79



Por todo lo que había pasado, y por todo lo que no les había pasado, parecía que todo estaba cerrado y sellado para Isabel y Zacarías. Aún así, y a pesar de todas las razones y todas las obviedades, no morirían de viejos sino que por la bondad de Dios se convertirían en noveles padres.

Al recibir la asombrosa noticia de parte de un Mensajero, Zacarías enmudece. Lo que le anuncia Gabriel excede los las posibilidades de su razón y vulnera sus esquemas. Por eso mismo enmudece, pues su respuesta no es una respuesta de fé. 
A veces el silencio, por doloroso que fuera, es más que necesario. Callar para oír y escuchar, callar hasta que se recupere la Palabra, tiempo de maduración, de crecimiento, de humilde reencuentro. 

Pero cuando llega el hijo, ese bebé de sus sueños, el viejo sacerdote parece despertar de su vejez y canta con voz fuerte y rejuvenecida al Dios bendito que ha hecho misericordia con sus vidas y con su pueblo.

Zacarías, en plenitud del Espíritu, se vuelve capaz de releer la historia de Israel, su propia historia, el paso de Dios por sus existencias.
El sabe bien -su maravilloso hijo adormeciéndose en sus brazos es la señal exacta- que su Dios no se ha desentendido de la suerte de Israel. Dios siempre es nuestra suerte y nuestro destino.

Su Dios interviene abiertamente en la historia a favor de los suyos. No se queda en tren espectador lejano y celestial, sino que se entreteje con su fidelidad en las cosas de los hombres. Es un  Dios liberador que no abandona a su pueblo.
El Dios que suscita una fuerza de Salvación en sus mismas entrañas, desde la casa de David.
Los antiguos profetas, hombres de mirada profunda, lo han anunciado con certeza de siglos. Y Dios cumple siempre con la palabra que empeña, y paga al contado sus compromisos. Palabra empeñada, Dios mismo se hace Palabra para nuestra Salvación. Dios que nos salva de nuestros enemigos, Dios que nos espanta los odios, Dios que nos reviste de coraje y esperanza. Dios infinitamente fiel. Dios que teje amor y salvación a través de los siglos, desde el pastor de Ur hasta nuestros días, libres del temor, felices por creer, libres para comprometernos y servir. La verdadera liberación es el paso del al servidumbre al servicio.

Ese niño que acuna en sus brazos será un enorme y frondoso profeta para su pueblo, luz en las sombras, señal de auxilio para los que ya no aguantan más.

Porque el Dios que lo bendice con ese hijo maravilloso -todos los hijos son una bendición infinita- allanará caminos y almas para El esperado.

Su Dios es misericordia entrañable que suscita un nuevo amanecer, un amanecer definitivo de Salvación para todas las naciones, el sol que nace de lo alto, Dios con nosotros, un Niño en brazos de su Madre.

Paz y Bien

Niño santo








Para el día de hoy (23/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 57-66



No hay calendarios ni tabulaciones para las cosas profundamente humanas. Cada persona es un universo único, y todo tiene un tiempo particular de crecimiento, de maduración, de paciente espera de frutos; cuando se plantean soluciones instantáneas o sanidades mágicas, es más que saludable desconfiar.

El anciano sacerdote Zacarías había enmudecido frente al anuncio del Ángel, que le comunicaba una noticia maravillosa, una bendición de Dios: a pesar de la avanzada edad de la esposa y la suya propia, serían -contra toda lógica- papás de un niño luminoso, señal de esperanza para su pueblo.

Isabel se oculta en su hogar varios meses; la joven María de Nazareth sale a los caminos con otro embarazo asombroso, sin esconderse. El tiempo propicio de Dios, kairós, parece que se decide con las mujeres y los niños.

Finalmente, llegó el tiempo del parto y por todo el contexto, se realza el simbolismo del término alumbramiento. Ese niño es una bendición y una alegría para sus padres que se contagia a sus parientes y vecinos.
Todo niño que nace debería ser motivo de serena celebración y gratitud: es importantísima la defensa de los no nacidos, tan importante como la protección de la vida que asoma, su crecimiento sano y en paz.

Esa alegría contagiosa se extiende a los vecinos y a la parentela. Con cierta picardía, quieren imponer sus criterios acerca del nombre que ese niño asombroso e inesperado debe llevar, quizás Zacarías como su padre.
Isabel los detiene: su nombre es Juan, que significa Dios es misericordia. En silente comunión, ella lo sabe por Zacarías, nombre que le ha revelado el Mensajero del Altísimo.

Por cierto, en el cordial ánimo de esas personas hay también una tácita valoración de lo antiguo, del aferrarse a lo conocido, a lo viejo. Además, un hijo no es una prolongación de sus padres, ni quien deba superar las frustraciones paternas. Un hijo es una bendita vida nueva que debe tener vuelo propio.

Nombrar a un hijo, ponerle el nombre que habrá de llevar es crucial, a pesar de las tendencias a adaptarse a modas y a banalidades. Un nombre revela carácter y denota misión vital. Por ello la decisión que se está por tomar allí es tan importante. 
Zacarías lo reafirma, escribiéndolo en una tabla: su nombre es Juan. No habla, pero no ha perdido la Palabra.

El tiempo se había cumplido para Isabel pero también para Zacarías. Había madurado desde el silencio. El hijo que les ha llegado es un niño santo, un niño que asombra e interpela al pueblo, pues la mano de Dios está con él.

Niño santo que revela la misericordia de Dios en su gestación, en su nacimiento, en su nombre y en toda su vida. Niño santo que será profeta y precursor del Mesías. Niño que llamará a los fieles al regreso a los caminos de bondad y justicia.

Otro Niño, en poco tiempo, viene a convocarnos a la Salvación.

Paz y Bien

 
 

El Dios de María de Nazareth








Para el día de hoy (22/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 46-55



El Magnificat, canción de María de Nazareth que hoy contemplamos en la Palabra del día, posee profundas reminiscencias veterotestamentarias. Con relativa facilidad podemos rastrear el cántico de Ana, la madre de Samuel -que el pueblo judío rezaba con frecuencia- y que alaba a un Dios que nunca se desentiende de las cosas que le pasan a los suyos, un Dios involucrado con su pueblo, un Dios que cumple sin vacilaciones lo que promete.

Aún así, aún cuando la Antigua Alianza le aporte toda su poesía, la música es completamente nueva, novísima, música de la Gracia. En el gozoso canto de María ya percibimos las Bienaventuranzas del Hijo y unavisión de la historia que estremece y sacude preconceptos, producto de la profunda vivencia de su Dios, un Dios que crece y madura en su seno y que se ha hecho realidad primero en su corazón inmaculado.

Esa alegría tan maravillosamente contagiosa expresa, ante todo, la emoción de su alma y el motivo de ese gozo, su magnífico Dios que ha inclinado su rostro hacia su pequeñez, su humildad y su pobreza, un Dios que dá y se dá, un Dios que plenifica, un Dios que acrecienta la vida. Un Dios asombrosamente parcial para con los pequeños.

Por ello y por creer aunque todo diga lo contrario, todas las generaciones la reconocerán feliz, bienaventurada, mujer creyente, Madre, hermana y discípula, con una alegría trascendente que viene del Altísimo y se dirige a Él, pues no se agota en resoluciones de problemas mundanos. Santo y alabado sea el nombre de Dios.

Ella lo sabe bien: en su interior crece el Hijo de sus amores, carne de su carne y motivo de su fé, hacia quien se ordena toda la historia de la Salvación. La historia y el universo convergen hacia el Hijo que crece en su interior, Cristo, un Hijo que es rey del universo. Pero su reino no es de este mundo.

El Reino del Hijo tra señales inequívocas del amor de un Dios profundamente enamorado de su creación y que jamás se desentiende de sus hijas e hijos, de las cosas que le pasan, un Dios que exalta a los humildes, que dispersa a los soberbios y a los arrogantes, Dios defensor de los pobres que derriba a los poderosos de sus tronos, un Dios que colma de bienes a los hambrientos y despoja a los ricos, porque el Dios de María de Nazareth es justicia para con los anawin que sólo confían en su misericordia, un Dios que es motivo de todas las esperanzas, impulso para nuestras cobardías, compromiso para nuestras omisiones.

El Dios de María de Nazareth es un Dios de amor, de misericordia y ternura que inaugura el tiempo santo entre Él y la humanidad. Ella lo vive en su fé y lo siente crecer en su interior y con Ella atesoramos Su Presencia en la nuestras existencias para que retrocedan todas las miserias y se santifiquen la tierra y los tiempos, tenaces y humildes obreros de la Gracia y del Reino del Hijo.

Paz y Bien




Arca de la Nueva Alianza









Para el día de hoy (21/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-45



Siempre es necesario animarse a ir más allá de la pura letra e internarse mar adentro de lo simbólico, de la trascendencia que nos ofrece la Palabra, ventanas al infinito.

Los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas tienen profundas reminiscencias veterotestamentarias, y es menester no pasar por alto esas señales.

En los tiempos antiguos, el rey David desplaza por Judá el Arca de la Alianza, que contenía las Tablas de la Ley -señal inequívoca de la alianza de Dios con su pueblo-. Quiere llevarla a Jerusalem para hacer sagrada la Ciudad y para reafirmar su corona. En ese viaje, ha de pasar primero por la casa de Obededón, quien vive en el cerro.

María parte presurosa de Nazareth -en los llanos galileos- hacia la región montañosa de Judá, donde según la tradición se ubica la casa familiar de Zacarías e Isabel, en Ain Karem.

David se estremece frente a ese Arca que tanto representa para su pueblo y sobre la que él descubre la presencia de lo sagrado. Isabel también se conturba frente a la presencia de la joven muchachita nazarena, pues se sabe frente al Señor que palpita en el reciente embarazo de la joven galilea.

Frente al Arca, David salta y danza alegre, en alabanza al Dios que permanece fiel a la promesa. Frente a María de Nazareth, el hijo de Isabel -Juan- salta de gozo en su seno, frente a la presencia de su Dios que se crece en María de Nazareth.

En casa de Obededón el Arca permanece tres meses, derramando bendiciones a toda la familia. En casa de Isabel, María de Nazareth permanece, también, tres meses hasta que se cumplan los tiempos del nacimiento, de la nueva vida que bendice asombrosamente la esterilidad y la ancianidad de los dos venerables esposos.

María de Nazareth, madre y hermana, amiga y discípula fiel, la más feliz por haber creído en las promesas, ha recorrido un peregrinar de amor que sólo pueden encarar aquellos que calzan sandalias de humildad.
Ella es el Arca de la Nueva Alianza, porque lleva en sí a ese Dios que se hace Palabra para que el mundo recupere el habla, para que el mundo se salve, señal definitiva de un Dios que paga al contado lo que ha prometido, signo de una fidelidad sin mella, fidelidad cordial que se hace alegría, presencia, compañía perpetua en el tiempo santo de Dios y el hombre.

Nosotros también portamos en nuestros corazones y en nuestras procesiones a María de Nazareth, porque Ella nos conduce a la liberación que trae su Hijo, porque Ella abre todas las aguas cerradas, porque el camino de la Gracia es el camino del nuevo tiempo, de Dios con nosotros.

Paz y Bien 



El saludo de Dios a la humanidad








Para el día de hoy (20/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38



El estilo redaccional de San Lucas nos lo advierte desde un comienzo: Nazareth es una ciudad galilea, un villorio perdido de provincias. No trae reminiscencias bíblicas, no se encuentra en el centro geográfico de Judá -como por ejemplo Ain Karem, en donde viven Zacarías e Isabel- ni tampoco en el centro religioso y político de Israel, Jerusalem. Muchos de los eruditos declaman con seriedad que nada bueno puede salir de allí, zona sospechosa de impureza, el borde mismo de la periferia.

Como en un contrapunto, la anunciación a Zacarías acontece entre la sagrada imponencia del Templo de Jerusalem, mientras que la Anunciación a María se desplaza a una aldea polvorienta que casi nadie conoce, y ese desplazamiento nos despierta cierta intuición: parece que lo sagrado -representado por el Ángel- está dejando el ámbito esplendoroso del Templo hacia la humildad de esa muchacha galilea, niña que es un templo vivo y latiente de la Gracia de Dios.

El Ángel llega a Nazareth y llega a su casa: el detalle es muy importante. En aquel tiempo, las mujeres no tenían otro derecho que el que les llegaba por los varones de la familia. Realmente, su hogar debía ser la casa paterna, y sin embargo el Evangelista señala con precisión que el Mensajero llega a su casa, signo ineludible de un Dios que llega y se hace morada en los corazones de los creyentes.

María de Nazareth es una pequeñísima flor del campo, silvestre, que casi ni se vé, por ser pobre, provinciana y mujer. Ella es transparente de tan pura y es tan hermosa en su humildad que un Dios asombroso se enamora de ella con la misma intensidad conque ama a su creación.
La esposa primera, Israel, ha sido tenazmente infiel y obstinada en su esterilidad. En María y con María, Dios celebra esponsales definitivos con la humanidad.

Ella se conmueve y seguramente se ruboriza. Es una niña que ingresa al mundo de los adultos con rapidez, y ese saludo cordial la conturba como lo hacen los humildes frente a la presencia de Dios. 
Agraciada -plena de Gracia- se descubrirá feliz porque el Todopoderoso la ama y porque ha puesto su mirada y su ternura en su pequeñez.

La entonación del Ángel trasunta un tenor de respeto y cordialidad que es infrecuente, que no se condice con nuestras ganas de creer en un Dios que impone deseos sin preguntar.
Con todo y a pesar de todo, Ella dirá Sí! desde un corazón inmaculado, desde un alma sin mancha, desde su pequeñez que se completa y magnifica por el amor de Dios, el mismo amor que le hace crecer un Bebé santo en su seno.

El Hijo que vendrá se llamará Jesús -Dios salva-. Por su padre legal, José, será descenciente de David y por ello reinará sobre la casa de David, corona judía; a su vez reinará también sobre la casa de Jacob, el reino del Norte, y ello es fundamental: unificará en su reinado al pueblo elegido, quebrantado por las guerras y por luchas intestinas, y desde allí proyectará su luz a todos los pueblos y todas las naciones en un Reino sin fin.

La Anunciación del Señor, Anunciación a María, es el saludo cordial de Dios a toda la humanidad. De un Dios que se inclina decididamente a favor de los pequeños, que exalta a los humildes, que se hace tiempo, historia, vecino, Hijo queridísimo en nuestros brazos para la Salvación, merced al Sí1 confiado y creyente de esa muchacha de sol.

Paz y Bien

Anunciación a Zacarías








Para el día de hoy (19/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 5-25



En los Evangelios suele haber ciertos signos, no tan evidentes, a los que es menester prestarle atención para contemplar toda la riqueza de la Palabra: así, cuando los Evangelistas abundan en detalles precisos, están marcando la relevancia de lo que comunican y una carga simbólica que se revelará decisiva.

El marco de referencia parece ser el gobierno de Herodes: recordemos que era un rey de origen griego -repudiado por muchos de sus súbditos- y cuya corona dependía por entero del respaldo de la potencia imperial romana que ocupaba Palestina y la sometía a un vasallaje sin límites. En ese entorno opresivo, las esperanzas de redención del pueblo se magnifican pero también se confunden en ilusiones y construcciones parciales.
Zacarías pertenece a la clase sacerdotal de Abías, e Isabel es descendiente de Aarón, por lo cual el niño que nacerá, Juan, tendrá todos los derechos y el carácter de sacerdote de Dios según Moisés. Será puente / pontífice entre Dios y los hombres, y señal de auxilio de Dios para su pueblo.

En el Templo de Jerusalem, en donde Zacarías prestaba servicio, había dos altares, el del incienso y el de los holocaustos. Ante el Santuario y en ese altar, Zacarías quema incienso, señal de que nos encontramos frente a lo sagrado, en presencia de Dios, de un Dios al que se le rinde culto en espíritu y en verdad. Misericordia quiero, que no sacrificios.

Zacarías e Isabel son justos y viven según la Ley: según los criterios bíblicos, justo es aquel que ajusta su voluntad a la de Dios. Ambos son de avanzada edad pero no han podido tener hijos, porque Isabel era estéril, símbolo del resto del antiguo pueblo que permanece fiel pero que ya no puede dar frutos, porque nadie dá frutos por sí mismo. 
En aquellos tiempos en que la enfermedad solía asociarse al pecado como consecuencia de éste, la esterilidad era, en el mejor de los casos, deshonrosa, ignominiosa. Isabel y Zacarías eran justos, pero esa esterilidad los humilla frente a los demás, y expresa que la estirpe de Zacarías desaparecerá tras su muerte cercana, y que Israel se achicará porque no habrá renuevos jóvenes.

El pueblo aguarda en oración mientras el sacerdote ofrece el incienso. Pueblo que reza, pueblo que no abdica nunca de sus esperanzas. En el ámbito sagrado del Templo, un Mensajero le lleva a Zacarías una noticia asombrosa: a pesar de ser casi un abuelo, a pesar de que todo diga que nó, finalmente serán junto con Isabel padres de un hijo maravilloso. Ese hijo será grande, restaurará las familias y preparará los caminos a Aquél que todos esperan. Ese hijo será pleno en el Espíritu de Dios. Ese hijo se llamará Juan, que significa Dios es misericordia.

Acaso porque está atado a los dictámenes de la razón, tal vez porque sus horizontes sean tan estrechos como el tiempo que le quede por vivir, por esas causas la fé de Zacarías vacila. Y con la vacilación, llega el enmudecimiento.

Como en una sinfonía con hermosos contrapuntos, la abuela Isabel se contrasta frente a la jovencísima María de Nazareth. Ella sale presurosa, mientras que su parienta se oculta varios meses, tal vez con ciertos pruritos moralistas -una abuela embarazada!-. El sacerdote calla, y la muchacha del campo canta jubilosa la grandeza de su Dios.

Siempre Dios, el Dios de Jesús y María de Nazareth, tiene buenas noticias para nosotros que nos llegan a través de sus mensajeros y de los profetas. A veces, doblegados por las durezas cotidianas, esas noticias no nos parecen tan buenas ni tan nuevas.

Como Zacarías, a veces es necesario guardar silencio, aguardando que las cosas maduren, que haya espacios en los corazones para la misericordia que nos llega. A veces es menester callar hasta que nos volvamos capaces de alabar y agradecer con palabras claras y desde la Palabra que está entre nosotros.

Paz y Bien

Dios en la historia










4° Domingo de Adviento

Para el día de hoy (18/12/16):  

Evangelio según San Mateo 1, 18-24




El Evangelio de Mateo tienen un carácter especialmente josiano, en contraste con el Evangelio de Lucas cuyo talante es preponderantemente mariano. Ello así porque San Mateo escribe, en primer lugar, para los cristianos provenientes del judaísmo, para quienes la ascendencia davídica del Mesías es esencial.

Por eso la lectura que hoy nos convoca debe ser reconocida, con toda exactitud, como la Anunciación de San José teniendo en cuenta la importancia decisiva que tendrá el carpintero de Nazareth en el plan de Salvación.

José es descendiente directo del rey David, y esa descendencia que le otorga José al niño que vendrá es fundamental: Jesús seerá también -según la antigua forma de expresarse- hijo de David y por ello legítimo heredero de la corona de Israel, tal como sería el Mesías prometido. Más aún, por el vínculo de José de Nazareth, en Jesús se cumplirán acabadamente todas las profecías de su pueblo.

La lectura tiene un planteo extraño, desacostumbrado pues nos refiere acerca de las dudas de José, pero sobre el embarazo santo de María no quedan dudas pendientes. Ella espera un bebé, y lo hace por obra del Espíritu Santo.
Por aquellos días, los esponsales judíos constaban de dos etapas: una, la celebración propiamente dicha que implicaba legalmente que un hombre y una mujer -según nuestros criterios actuales, una niña- estaban formalmente casados, y la otra, que luego de transcurrido un año de los esponsales el esposo conducía de manera solemne a la esposa al hogar familiar, inaugurando la convivencia y la consumación. Así pues el embarazo de María acontece, justamente, en ese lapso en el que los esposos aún no conviven.
Según los rígidos criterios imperantes en ese entonces, un embarazo que se gestara antes de la convivencia de manera casi indefectible conduciría a inferir adulterio, y la pena para ese pecado era capital, la lapidacón a las afueras de la ciudad. Pero hay más, siempre hay más.

San Mateo lo advierte: José de Nazareth era justo, y esa justicia implica a un varón que observa la Ley -o sea, que vive según su Dios-, pero más todavía, que ajusta su voluntad a la voluntad de Dios. Se trata de un tiempo nuevo, y en José hay una superación de la Ley que sólo sucede en el ámbito de la caridad y la compasión. Esa necesidad de un repudio silencioso responde, en parte, al amor a su esposa y a sus ansias de no provocarle un daño irreparable o una injuria pública.
Pero el hijo que se crece en María de Nazareth viene de Dios, y José está ante un misterio divino que lo excede y lo sobrepasa. Los justos actúan ai, sienten de esa manera, no soy digno de que entres en mi casa, quién soy yo para que me visites, apártate de mi que soy un pecador.

José duda, pero esas dudas no son por María, sino sobre sí mismo, y por ello quiere irse. 

La voz de un Mensajero -voz misma de Dios- le aclara el horizonte durante el sueño. Nunca, jamás y por ningún motivo hay qye dejar de soñar.

Por José de Nazareth Jesús será descendiente de David y en Él encontrarán razón y ratificación todas las profecías. Por José de Nazareth Jesús tendrá una clara identidad como hijo de su pueblo y heredero de la fé de sus mayores, y nó un oscuro niño sin padre ni historia. 
Nosotros tal vez hemos perdido la real dimensión, pero otorgarle el nombre a un hijo es importantísimo: un nombre revela carácter, identidad y misión y proyecto en la vida. El niño que se está gestando y que llegará en breve revela su trascendencia desde el nombre que su padre le otorga, Jesús: Dios Salva.

Por José de Nazareth Dios ingresa a la historia humana en urdimbre milagrosa, tiempo santo de Dios y el hombre. 
Dios prodigará salvación con la fiel participación de los hombres que esperan y confían.

Paz y Bien

Genealogía espiritual








Para el día de hoy (17/12/16):  

Evangelio según San Mateo 1, 1-17



Un acercamiento historiográfico a las dos genealogías de Cristo presentes en los Evangelios pueden llevar a confusión. Mientras la de Lucas es ascendente hasta Adán, la de Mateo desciende hasta Abraham; ambas difieren especialmente en la cantidad de generaciones y en algunos nombres. Bajo el mismo criterio de aproximación, podría inferirse que se trata de una construcción poética o literaria que intenta justificar en ambos casos el origen real de Jesús de Nazareth y, por ende, su derecho natural a reclamar la corona de Israel.

Ése, precisamente, es el primer error. Los Evangelios no pretenden en ningún momento exhibir rigor de crónica histórica, sino que son más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales. Por ello su acercamiento veraz es a través de la fé.

En el caso que nos ofrece la liturgia del día, la genealogía de Mateo es aúm más extraña. En aquella época, los árboles familiares se definían por los varones de la familia, quedando las mujeres relegadas a sus vínculos con ellos.
Aquí nos encontramos con cinco mujeres que son un hito fundamental en esta paciente urdimbre de siglos: Tamar, Rahab, Rut y Betsabé, que como ríos caudalosos desembocan en María de Nazareth.

Asombroso dibujo de Dios. La historia parece que no la deciden los reyes y guerreros, y sí en cambio las mujeres y los niños.

Tamar engaña a Judá, y concibe un hijo de esa relación ilegítima. Ese hijo portará la promesa de su Dios para con su pueblo.

Rahab, la prostituta de Jericó, sin la cual las fuerzas judías no podrían haber ingresado a la tierra prometida.

Rut la moabita, la extranjera que ama y es fiel, y merced a la ley de Levirato se convertirá en abuela del Rey David.

Betsabé, la esposa de un alto oficial del ejército judío, seducida brutalmente por David. Aún así, será la madre del rey Salomón.

Deliberadamente Mateo se olvida de las grandes y gloriosas matriarcas de su pueblo como Esther, Sara y Rebeca, sugiriéndonos una tendencia extraña en la voluntad de Dios.

La Madre del Señor, descendiente de David -rama del tronco de Jesé- es una muchachita, casi una niña, de aldea polvorienta a la que casi nadie vé. Pero el Dios del universo de ha enamorado de ella, y Ella con su sí inaugura los tiempos definitivos, los tiempos de la Gracia, los tiempos de la Salvación.

El Redentor llega a la historia humana por caminos extraños, por caminos muy humanos, tan humanos que a menudo están teñidos de sombras, senderos desviados por el pecado y las miserias.

Desde los mismos márgenes de la existencia, la vida de Dios se abre paso tenaz, obstinada, amorosa y fiel.

Paz y Bien


La lámpara que resplandece








Para el día de hoy (16/12/16):  

Evangelio según San Juan 5, 33-36



Las autoridades religiosas habían enviado a sacerdotes y levitas desde Jerusalem para estudiar e indagar a Juan, su encendida prédica a la conversión, su bautismo prodigado a tantos que en verdad querían regresar a Dios. 
Envían expertos e inspectores con un único cometido, que es determinar la posible patología o tal vez la blasfemia del Bautista. Se estaba volviendo demasiado influyente y  por eso mismo peligroso, y esa inspacción buscaba silenciarle mediante la imposición de rótulos de locura o de heterodoxia. No debe de extrañarnos, pues a menudo, frente a la fresca irrupción de un profeta, se despachan veloces tamizadores de ortodoxias que suelen esgrimir la espada del silencio pero nunca el abrazo de la misericordia. Detectores feroces de todos los errores, las apostasías y los dogmas vulnerados, soberbios defensores de Dios.

La diferencia es demoledora. La misión de Juan es iluminar en medio de las sombras, resplandecer para que las miradas se enfoquen en el Cristo, y la misión de Cristo es la salvación de todos los hombres y todos los pueblos. La misión de esos hombres es suprimir a los profetas y censurar las voces jóvenes, buenas y nuevas.

El Maestro insiste en ello reiterando el término testimonio: esto es crucial. Para la legislación judía vigente en su tiempo, la veracidad de un testimonio había de sustentarse mediante el concurso de dos testigos. 
La verdad de la misión redentora del Señor, para esa mentalidad, se sustenta mediante el testimonio de Juan el Bautista y del mismo Cristo mediante sus obras, que hablan por sí mismas del amor de Dios. De allí la afirmación del Maestro: su misión no requiere -para nada!- de la argumentación de apólogos o abogados, pero en este caso se trata de la salvación de esos hombres severos y presos en sus esquemas mezquinos. Son sin dudas el enemigo, pero el corazón sagrado del Señor sangra por ellos también, por su redención.

Juan era una lampara resplandeciente en medio de tantas sombras, de tantas angustias, de tantas esperanzas resignadas, manteniéndose como señal de auxilio para el pueblo que anda en sombras.
Hoy también otros tantos, humilde y tenazmente, se encienden de fidelidad y servicio. Hoy también se desconfía de ellos, se los desprecia, se los censura con inusitada rapidez por romper los moldes, porque la humildad molesta, porque la verdad lastima ciertos oídos rígidos e incomoda a los poderosos. Profetisas de cocinas para los pobres, sacerdotes del humilde y paciente servicio, religiosas de  la oración cotidiana, profetas de barrio, todos los mensajeros que nos sostienen en la esperanza. Un hermano queridísimo que hoy lleva las sandalias de Pedro.

Que Dios nos siga encendiendo testigos fieles y obstinados.

Paz y Bien

Elogio del Bautista








Para el día de hoy (15/12/16):  

Evangelio según San Lucas 7, 24-30




Estamos en los umbrales de la Navidad. Es tiempo propicio y urgente, y la Palabra nos ubica en una disyuntiva tal que no queda otra que hacer opciones fuertes, definirse, ubicarnos del lado de aquellos que se saben pecadores y necesitados de conversión y de regreso a Dios o bien en la vereda de aquellos que por ciertas prácticas religiosas o por mera pertenencia eclesial se consideran exclusivos adjudicatarios de las bondades divinas, y así -autosatisfechos con sus existencias- no se consideran necesitados de nada, frustrando el plan de salvación que Dios sueña para cada uno de nosotros, para todos.

El elogio del Bautista que expresa Jesús de Nazareth tiene que ver con su vocación profética, con su fidelidad sin mella, con su inquebrantable estatura ética, con su talante humilde, con su voz clara que hoy mismo sigue allanando corazones, preparando la llegada del Salvador.

Una caña era el símbolo del poder herodiano que se reflejaba en las monedas que en su época se acuñaban; a su vez, una caña oscilante refleja las veleidades torpes de los que se aferran al poder temporal, los que acumulan dominio y oprimen al prójimo, el poder a cualquier costo y de cualquier manera, los que se doblegan ante las vanas tentaciones del mundo, que apabullan pero que suelen diluirse con rapidez, lo que no permanece y perece.
Juan es firme como un roble y no se inclina ni aún en las mazmorras herodianas, mientras se trama su homicidio. Juan sólo se inclina ante su Dios y en Él está su seguridad y su fortaleza.

Juan no se deja esclavizar por las apariencias ni es devoto de la pompa y el boato de los poderosos. Juan es pobre de medios, pues el tesoro de su corazón está en otro lado.

Juan es fiel y coherente con su fé hasta las últimas consecuencias. Un profeta y más que un profeta, el Precursor que prepara los caminos del Señor, la voz de Dios que clama en el desierto que es encuentro y profecía.

Juan es humilde. Su fuerza, su alimento y sus certezas están en Dios, y aún cuando vacile su razón, no abandona su misión ni se resigna.

Es menester, en este tiempo santo, volver al contemplar el bautismo en su vertiente de muerte y renacimiento a una vida nueva, converger hacia Dios y hacia el hermano en la ternura de un Niño que es nuestra Salvación.

Paz y Bien

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