San Andrés








San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/16):  

Evangelio según San Mateo 4, 18-22





El dato puede ser visto como una mera anécdota, un rabbí pobretón y provinciano caminando a orillas del mar de Galilea, quizás aliviando un poco el intenso calor de la zona con la brisa que le llega. 
Pero es necesario ir más allá, mar adentro del significado. Ese Cristo que camina a la vera del mar es el que se arrima a la orilla de la vida, de las existencias de cada uno de nosotros, sin imposiciones pero con invitaciones fuertes, definidas, sin ambages, un Cristo que quiere ser parte de la vida, un encuentro que acontece en la cotidianeidad revistiéndola de milagro, de Gracia, de eternidad. Hay que estar despiertos y atentos.

Allí hay dos hermanos inmersos en su oficio, Simón y Andrés. Otra vez, el dato simple nos indica un vínculo biológico, familiar. Sin embargo, estos hombres están llamados a ser hermanos más allá de cualquier previsión, pues lo bueno y nuevo que acontece, el Reino, será tarea fraterna, que nó individual, de hermanos congregados por un mismo Padre.

Ellos son pescadores, expertos en su oficio de arrojar redes y recoger los frutos del mar, procurarse el sustento a horas inverosímiles, el esfuerzo cotidiano que suele comenzar en plena noche, cuando bullen los peces.
El Maestro los invita a seguirle para convertirlos en pescadores de hombres. Ellos serán expertos en ese oficio misericordioso, ante todo, por Aquél que los ha convocado y por el empeño misericordioso que pongan en la tarea, una tarea de fé, una tarea cordial, una misión vital pues implica que muchos peces pequeños librados a su suerte en las anchuras de un mar que los devora, permanezcan con vida en redes nuevas.

La invitación es tan decisiva que se vuelve conminatoria, urgente. Ya nada será igual, y la respuesta implica dejar atrás lo viejo, la vida anquilosada, los esquemas perimidos, las viejas redes inútiles y emprender nueva marcha con nuevos bríos, a puro impulso del Espíritu. 

Cristo no ha buscado sabios, poderosos, guerreros, personalidades destacadas bajo los falaces criterios mundanos. Sólo hombres y mujeres que transforman su vida comenzando por la cotidianeidad que saben y conocen, y que siguen los pasos del Maestro, humildes pecadores que se vuelven pescadores por esa Gracia que no merecen pero que sobreabunda más que cualquier miseria.

Conocemos bien a Simón, Pedro para todos nosotros, su amistad abierta y extrovertida, su carácter a menudo voluble, sus idas y vueltas, su fidelidad como roca para sus hermanos. la Iglesia.

De Andrés, los datos son más escasos. Pero posee ciertos visos que equilibran el carácter encendido de su hermano, cierto talante reflexivo y muy, muy cercano al corazón y la confianza del Maestro.

Pero es el que comunica a otros que ha encontrado al Mesías, el que se afirma en su fé y en el servicio, buscando en Cristo las respuestas que su razón no atina.

San Andrés, amigo y obrero del Señor que nos vuelve a decir que hemos de encontrarnos con el Mesías que llega como un Niño pequeño a nuestras orillas.

Paz y Bien

Dios de los pequeños









Para el día de hoy (29/11/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 21-24



Los setenta y dos discípulos regresaban de cumplir con la misión que Jesús de Nazareth les había encomendado: habían recorrido pueblos y ciudades galilea, con los mandatos del Reino, y el mal había ido en retroceso. Expulsaron demonios, liberando mentes de toda alienación, y sanaron enfermos, agobiados por múltiples dolencias y por criterios culposos.
Estaban felices y satisfechos de todo lo que habían hecho, pero también sobrevolaban los peligros de la euforia, los tóxicos parámetros de éxito y fracaso.

El Maestro se estremece de gozo, de profunda alegría, y el Espíritu Santo que lo moviliza es la señal cierta de que aquello que dirá es expresión misma de Dios.
Él se alegra con los suyos porque el Reino se hace presente, especialmente entre las gentes más sencillas y los humildes. Él alaba a su Padre porque se revela en los pequeños.

Es menester detenernos por un momento. La mención a los pequeños no refiere tanto a los niños, ni es una contraposición entre adultos y pequeños: la distinción correcta es entre sabios y pequeños.
Pequeños son los que no cuentan, los que siempre son dejados al margen de todo, los que no tienen relevancia, los que apenas son una variable más en siniestros escritorios, los que posiblemente tengan una formación religiosa deficiente o incompleta, los que a menudo tienen un léxico acotado pero que confían y esperan, porque saben que en Dios siempre hay respuestas, que Dios es un Padre que nunca falla ni los abandona, los que en todo dependen de los demás, los que se reconocen mínimos, frágiles, pobres en espíritu y en medios pero que a pesar de todo no se resignan.

Seguramente Cristo se estremece porque Él mismo los conoce y se reconoce allí, Dios que se abaja, Dios que se anonada humildemente en el seno de una muchachita judía de una aldea ignota, un Dios que se hace un bebé santo, un Dios tan parecido a cada uno de nosotros y que por ello mismo es tan inconveniente, interpelante, maravilloso.

Abbá Padre de Jesús y de todos es un Dios amorosamente parcial, que inclina su rostro y su corazón hacia los pequeños, los que no cuentan para el mundo pero que son su tesoro y el motivo de su ternura.

Que este Adviento nos renueve en pequeñez y en humildad, como el Niño que nos llega, felices por la fé que se nos ha dado, felices por creer, felices por esperar.

Paz y Bien

El valor de la palabra






Para el día de hoy (28/11/16):  

Evangelio según San Mateo 8, 5-11




En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, actuaban en Palestina dos tipos de tropas: por un lado, los soldados romanos, legiones estacionadas habitualmente en Cesarea que obedecían a sus mandos naturales y cuya cabeza política era el pretor -por ejemplo, Pilatos-. Por otro lado, los mercenarios contratados por el tetrarca de turno -Herodes en nuestro caso- que actuaban como fuerza policial y represiva, y soporte militar para el cobro de tributos.
En ambos casos, se trataba de estructuras jerárquico-militares conformadas en su totalidad por extranjeros y, por lo tanto, paganos. Ello es decisivo a la hora de considerar los rígidos criterios de pureza e impureza, de inclusión y exclusión religiosas imperantes. Todo judío observante escapa al contacto social con cualquiera de esas personas, y además está la cuestión nacionalista: unos y otros son represores, fuerzas de ocupación que humillan a la nación judía, aún cuando el padre de Herodes haya edificado el Segundo Templo.

Por todo eso, un militar está condenado de antemano como réprobo por su origen gentil y pagano, y además porta la carga de resentimiento que se tiene con su persona. Pero sus dioses paganos no dan respuesta a sus prisas -el criado que agoniza en su enfermedad- y le está vedada la fé de Israel.
Aún así, por oficio y praxis es un hombre decidido y práctico, un hombre con pocas dudas, un hombre acostumbrado a ordenar y a obedecer, y en esos menesteres a menudo se juega la vida de los otros.

Seguramente, al Maestro lo precedía su fama de taumaturgo milagroso, pero también su talante tan asombroso como extraño de no rechazar a nadie, de aceptar a todos por igual, sin distinción.
El centurión, con sus urgencias y sus miserias al hombro, dá el primer paso de la fé que es confiar, confiar en ese Cristo que pasa. Más aún, hay en ese soldado una confianza mayor que la de los mismos discípulos. Hasta le reconoce como Kyrios, Señor.

El auxilio de Cristo nunca se demora para los que creen y confían. El Maestro tampoco retacea bendiciones discriminando entre propios y ajenos, y es algo que tantos siglos después no terminamos de entender, la extraordinaria amplitud infinita del amor de Dios, un amor que no se calcula, un amor tan generoso como desbordante de expectativas. Así entonces el Maestro se dispone, sin más, a ir a la casa -o al cuartel?- del centurión a sanar a su criado doliente.

Sin embargo, ese soldado no tiene un ápice de tonto y es humilde. Él porta una condición habitual por la que se reconoce indigno de la presencia bondadosa de Cristo, pero además sabe que sometería al rabbí galileo a un escándalo mayor. No, así no, nada de eso.
Ese hombre, acostumbrado a mandar, a dar órdenes, conoce como nadie el valor de las palabras. Por eso mismo le basta conque el Señor pronuncie una palabra que alivie sus penas y su mal. 
Ese hombre reconoce el valor de la palabra y más todavía, el valor de la Palabra de Cristo.

Posiblemente nosotros no tanto, pero nuestros padres y nuestros abuelos reconocían y valoraban el valor de la palabra, de la palabra prometida y empeñada, el impostergable compromiso de la palabra dada a los demás. Al fin y al cabo, y a pesar de tantos sofistas empedernidos y tanta propaganda vacua y tóxica, somos en gran medida nuestras palabras, las palabras que pronunciamos, las que callamos, las que omitimos.

El Dios del universo de hace palabra, palabra de Vida y palabra viva, para que la humanidad recupere el habla y la capacidad de comunicarse entre sí y con Dios. Dios es palabra que se hace historia, Verbo que se encarna en un Niño en el que palpitan todos los sueños y todas las esperanzas de todos los pueblos.

Paz y Bien





Adviento, la Gracia del encuentro










Domingo 1º de Adviento

Para el día de hoy (27/11/16):  

Evangelio según San Mateo 24, 37-44




Hoy comienza el nuevo año litúrgico, y con él damos inicio al Adviento, tiempo de preparación y espera atenta a la llegada del Señor en la Navidad. 

Un Dios que se ha hecho tiempo, historia, vecino, Hijo amado.

Un Dios que jamás se desentiende se su creación. Un Dios que es inicio y que consumará la historia con su regreso definitivo. Un Dios que se llega a la existencia humana, a las vidas de todos y cada uno de nosotros silencioso y humilde, casi inadvertido, un Niño que concita todos los sueños.

Es menester abandonar literalidades, abstracciones o simples moralinas. Una liturgia y una fé escindidas de la historia nada tienen que ver con un Dios encarnado. La Palabra es Palabra de vida y Palabra viva, Dios nos habla hoy.

El Maestro menciona la historia de Noé y el diluvio, para conminarnos a estar atentos, para no abandonarnos al adormecimiento de la rutina, de los consumos mundanos, del más de lo mismo que diluye trascendencia y se traga todos los sueños.
Pero a diferencia de esos tiempos, no vendrá un diluvio terrible que arrase la iniquidad que abunda, sino más bien que hemos de esperar un tenaz rocío bienhechor que todo puede fecundar, alejarnos los desiertos, renovar toda la tierra en su esplendor y posibilidades frutales.

Aún así, no hay aviso ni calendario prefijado. La venida de Dios es nuestra certeza pero a su vez es que llega sin aspavientos ni preavisos rutilantes, y por eso la imperiosa necesidad de estar atentos, alertas, despiertos.

Hay señales que no hay que perder de vista. Cada acto de justicia. Cada gesto de compasión. Cada vida ofrecida a diario. El amor que acontece humilde y constante, signos ciertos de un Dios que es y está.

El Dios que llega rompe mansamente todas las férreas expectativas. No es un guerrero victorioso ni un rey que se impone con un poder arrollador. Sólo un Niño, tan parecido a todos nosotros que asombra y descoloca, que cuestiona e interpela.

Adviento es un tiempo bendito, un tiempo de Gracia para el encuentro con Dios y con el hermano.
Dios con nosotros, ayer, hoy y siempre.

Feliz y Santo Adviento

Paz y Bien


Atentos y despiertos









Para el día de hoy (26/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 34-36





Nuestra certeza y nuestra esperanza se fundamenta en el regreso de Cristo, Señor de la historia.
Durante el tiempo de la espera, es menester estar atentos y despiertos, alerta que no admite medias tintas, alerta completa, tenaz, alerta proactiva pues resignifica todo lo que somos y todo lo que hacemos.

Sin embargo, las advertencias del Maestro son claras.

Es claro que muchos están sometidos a las garras de esas aves negras de las drogas que embotan mentes, corazones, que demuelen familias y borran horizontes y futuros.
Otros tantos, como el epulón de la parábola, siguen en tren de fiesta falaz aún cuando a su puerta languidezca un hermano que sólo suplica migajas, banquetes -que no ágapes- orgiásticos que se perpetúan como si la vida no se terminara, como si nada más que el ego fuese lo importante.

Pero también estamos lastimados de ansiedad. Heridos por la propaganda. Socavados de violencia y miseria. Injuriados por la corrupción y la prepotencia. Menoscabados por el destrato y el descarte humano.
Esa cotidianeidad abrumadora, además de dolorosa, es peligrosa pues acota la mirada a la pertinencia de un ahora sin remedio. Y la mente, en afán de supervivencia, juega malas pasadas.

Pero hay más, siempre hay más. La Resurrección de Cristo es la firme afirmación que nos recuerda a diario que se han terminado los nunca, los jamás, los no se puede.

Seguiremos pues, con todo y a pesar de todo, atentos y despiertos. La estrella amiga de Belén también parpadea para nosotros a pura Gracia.
Arraigados en la oración, nos aferramos cordialmente a esa primavera perfecta de Dios con nosotros.

Paz y Bien
  

Veranos









Para el día de hoy (25/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 29-33




La higuera tenía una gran carga simbólica para la mentalidad y la cultura judías del siglo I. Crece tanto como arbusto en suelo rocoso o bien como árbol frondoso en terrenos más llanos, con una altura cercana a los 8 metros: la encontraban surgiendo silvestre o cultivada en muchas fincas, toda vez que sus frutos eran muy apreciados por su sabor dulce pero también por su utilización terapéutica, pues se utilizaban para morigerar los síntomas de varias patologías cutáneas.
Pero también traía a esas gentes profundas resonancias religiosas, la higuera como símbolo de prosperidad y de reflexión de la Palabra de Dios -recordamos aquí a Natanael sentado bajo la higuera, ante la vocación de Cristo-.

La higuera dá frutos en ramas viejas por el mes de junio. Lo llamativo es que ante la llegada del verano, no reverdece en hojas frondosas sino que florecen brevas nuevas, frutos deseados. Ello puede expresar, desde otra perspectiva, que la aparición de esos brotes preanuncia la llegada del verano.

Es menester abandonar miradas limitadas y, por lo tanto, mezquinas.
Los signos son inequívocos y están allí. Es necesario tener ojos de fé, la mirada de Cristo, la mirada de Dios, una mirada de trascendencia, esperanza, una mirada que se amplía por la Gracia.

Hoy, ahora mismo, hay frutos que están anunciando en silencio y humildad la llegada del verano, la presencia de un Dios Abbá presente y vivo en medio de su pueblo.

Frutos nuevos, frutos buenos de justicia, de compasión, de servicio, de solidaridad, todos frutos de un Reino que empuja la vida con tenacidad desde la pequeñez de un Niño que se abre paso desde los márgenes de la historia para nuestra salvación.

Paz y Bien

Con la frente en alto







Para el día de hoy (24/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 20-28




En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, nadie en su sano juicio hubiera pensado o siquiera imaginado que sobrevendría la destrucción del Templo, la deportación y el homicidio de miles, la ocupación militar extranjera de la Ciudad Santa.
Pero ello sucedió. Por el año 70, las legiones romanas comandadas por Vespasiano y Tito logran franquear las murallas de Jerusalem tras cuatro años de terrible asedio, ocupan la Ciudad, profanan el santuario y luego no dejan piedra sobre piedra del Templo, a tal punto que al día de hoy sólo se ha conservado una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-.

Ello supuso una hecatombe para ciertas mentalidades, y la dispersión del pueblo judío por la Diáspora, sin tierras y sin estado, el horror en sus ojos, el estupor en sus almas.
Pero también, con el correr de los años, el imperio romano a su vez caería.

No caeremos en la fácil empresa de la bravuconada que suele olvidarse de las víctimas, el espantoso tendal que dejan a su paso los opresores de todos los tiempos, y muy especialmente los de esta época, bestias monstruosas de guantes blancos y buenas maneras.

Es claro que la historia humana puede ser leída desde una sola perspectiva, y en ese marco escaso sólo veríamos violencia, guerras, cataclismos naturales -y no tanto-, la vida atropellada, la dignidad vulnerada, la injusticia como norma, la miseria razonada.
Pero hay otra historia que se gesta silenciosa, humilde y tenaz, tan frutal y persistente como el amor de Dios.

Es el kairós, tiempo santo de Dios y el hombre. El tiempo propicio de la Gracia, la misericordia, la Salvación.

Es tiempo de llevar la frente en alto, con obstinada ternura y esperanza indestructible, pues todas nuestras sombras se disipan merced a la luz que nos está llegando, en las manos pequeñas de un Niño en brazos de su Madre.

Paz y Bien

 


Esperanza inquebrantable








Para el día de hoy (23/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 10-19



La lectura que hoy nos convoca, de tono apocalíptico, no refleja solamente la dura realidad de las primeras comunidades cristianas, sino que es un llamado de atención a todos los discípulos de todos los tiempos.

La historia de la Iglesia y la propia existencia nos pueden traer referencias explícitas: la fidelidad al Evangelio necesariamente acarrea persecuciones, calumnias, odios. Inclusive, el rechazo y el gesto despectivo de los que se consideran propios, de la misma familia, la incomprensión violenta, el desmedro clasificatorio, el rótulo impuesto y definitivo.

Es que vivir la Buena Noticia, proclamarla con la voz y sobre todo con los hechos, implica ir contra corriente a los intereses mezquinos e interesados del mundo; el servicio es un humilde desafío a las ansias desenfrenadas de dominio y poder, y el amor, el amor discute mansamente la preeminencia del odio que campea en planos de sombra.

Al igual que en la vida cotidiana, el amor, la fidelidad, la amistad y la esperanza cobran real dimensión en los momentos difíciles, en los tiempos asfixiantes. 
Más aún, la fidelidad al Evangelio puede mensurarse por las persecuciones que sufra la Iglesia, una Iglesia misionera y comprometida que no se repliega sobre sí misma ni se encierra tras las puertas de falsas seguridades vanas y elitistas.

Es claro que el agobio que nos provocan las noticias y los golpes asumidos son demoledores. Desandan demasiados esfuerzos, y al acecho están los miserables, es decir, los eficaces dispensadores de miserias aún cuando tengan buenos modos.

Pero seguiremos andando. Todo se decide en la fidelidad, comenzando por la fidelidad de un Cristo que vá con nosotros hasta el fin de los tiempos, que nos hace hablar, que nos pone prisas ante las parálisis del miedo, que nos reviste el corazón con una esperanza inquebrantable, su presencia y su compañía.

Paz y Bien

Templos derribados









Santa Cecilia, virgen y mártir

Para el día de hoy (22/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-9




En la ocasión que nos presenta la liturgia del día, el Maestro no se encuentra como en otras oportunidades acompañado de una multitud, sino apenas por algunos de sus discípulos. Varios de ellos eran zelotas, es decir, combinaban una estricta religiosidad con un celo abiertamente antirromano, llegando a propugnar la lucha armada contra el opresor; sin embargo, todos ellos -en mayor o menor medida- estaban orgullosos de la belleza y opulencia del Templo de Jerusalem que en ese momento contemplaban, orgullo nacionalista que a su vez les brindaba seguridad y reafirmaba su identidad.

No es complicado adivinar el estupor que las palabras del Maestro les habrían de ocasionar: les habla de la destrucción de ese sitio sagrado, les preanuncia lo que sucederá tiempo después, alrededor del año 70, con las tropas romanas de Tito y Vespasiano.
El golpe sería tan demoledor que pondría en gravísimo riesgo la misma identidad judía.

Aún así, Jesús de Nazareth sí es un profeta, pero más que un profeta. Su enseñanza no se acota a una crónica futura de hechos puntuales y verificables, sino a los aconteceres teológicos -espirituales- que han se sobrevenir.

En mayor o menor medida, todos tenemos templos sagrados que nos brindan seguridad y certeza, templos hermosos edificados en piedra y enjaezados con todas nuestras ansias, nuestras expectativas.
Pero esos templos carecen de rocas vivas, y peor aún, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo.

Adormecidos en esos recintos escasos, hemos olvidado el carácter misionero de la fé cristiana, de puertas y ventanas abiertas, de Iglesia peregrina, samaritana, servidora. Y cuando llegan los momentos difíciles, las épocas bravas de persecuciones y peligros, nos amurallamos allí dentro.
Pero el Señor es nuestra roca y nuestra fortaleza, baluarte en donde nos ponemos a salvo.

Quiera el Espíritu que sea otro el templo que nos convoque, otro el fundamento de nuestra seguridad y nuestra certeza. Desertores felices de los tramposos, de los lobos hambrientos del poder y la sumisión sin cuestionamientos ni fraternidad, hemos de volver al Cristo pobre y servidor, el grano de trigo, Dios del pan, del vino y de la vida.

Paz y Bien

Mirar sin ver








La presentación de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (21/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 1-4





Por el Templo de Jerusalem pasaba a diario una multitud llegada desde toda la nación judía y desde la Diáspora; ese número se incrementaba notablemente en las fiestas importantes como la Pascua.
En la llamada sala del Tesoro se encontraban grandes alcancías metálicas llamadas gazofilacios que tenían una amplia boca que se iba angostando hasta desembocar en el reducto reservado donde se guardaba el dinero que allí se colocaba producto de las limosnas.

La tradición de la limosna estaba profundamente arraigada en la nación judía, y merced a ella se constituía un fondo destinado a socorrer a las viudas sin parientes y a los huérfanos, una seguridad social eficaz en estadíos históricos tempranos. Lógicamente, al ser metálicas las bocas de las alcancías las monedas caían con un repique estridente. Los ricos, con afanes de figuración, dejaban caer sus ofrendas y el clanc! que se oía era proporcional a sus ansias de ostentación.

El Evangelista Lucas nos presenta a una mujer viuda y pobre, en donde viuda no es tanto una condición civil o marital sino una adjetivación contundente.
En aquellos tiempos, una mujer sólo tenía los derechos que le otorgaba el varón que la protegía y sostenía económicamente: cuando niña, su padre, cuando adulta el esposo, al enviudar sus hijos varones. Sin embargo, una mujer -por sí misma- era alguien a quien no se tenía demasiado en cuenta, no se escuchaba y se relativizaba; en el mejor de los casos, se la trataba con torpe condescendencia.
Por ello, en ese mar de gente que viene y que vá, a una mujer así, sola y pobre se la mira pero no se la vé. Es parte del paisaje, algo menos que una cosa.

Pero el Señor la mira y la vé. Ella pone dos moneditas mínimas en la alcancía, y seguro que al caer ni hacen ruido. Aún así, en esos dos cobres se le vá su sustento. Aún así, ella confía y sin medir consecuencias brinda todo lo suyo en pos de otras viudas y otros huérfanos que la pasan mal en verdad. En esas dos monedas -que parecen tan poco pero que son un tesoro- se ha brindado ella misma por entero.

Ella es tan parecida a Abbá de Cristo... Un Dios que nada se reserva, un Dios que no hace gala de su poder, un Dios que se brinda por entero para socorrer a la humanidad que languidece en el pecado, en la miseria, en el olvido.

La ofrenda de esa mujer, anawin del Señor, es liturgia santa de la compasión en un Templo purificado de ladrones por la presencia de Aquel que es la luz, la paz y la justicia.

Paz y Bien

Rey crucificado










Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (20/11/16):  

Evangelio según San Lucas 23, 35-43



En la Fiesta que hoy celebramos nunca faltan las imágenes imponentes de Christus Rex, Christus Imperator, corona con diademas y cetro de poder. Seguramente, en esas imágenes hay mucho de afectos y piadosa devoción; pero justo es decir que no se condice con la profunda realeza de Cristo, que no es de este mundo, que no se adapta a los criterios y razones mundanas. Sin irnos demasiado lejos, ello también expresaba los deseos de poder temporal de ciertos sectores de la Iglesia.

Pero en el siglo I, la cruz era el preciso y estudiado castigo, la pena capital que imponían los romanos sobre los delitos más graves; a su vez, la tradición judía infería que un crucificado era un maldecido, un abandonado por Dios a causa del pecado.
Es decir, decir crucificado es decir criminal abyecto y maldito.

La liturgia tiene cosas extrañas, y a menudo nos embiste alegremente en nuestras comodidades: con el tempo propio del tiempo ordinario, y asomándonos a la luminosa ventana del Adviento, la contemplación de la lectura de la crucifixión nos desestabiliza, alabado sea Dios, pues aparenta estar totalmente fuera de lugar.

Así también un rey crucificado, una desubicación imposible de conjugar. Un rey que se precie muere en combate, o en su lecho rodeado de sus cortesanos luego de una extensa vida.

Este pretenso rey tiene por corte a ciegos, a leprosos, a lisiados, a publicanos penitentes, a descastados y descartados, a los irrecuperables e impresentables de siempre. Sus huestes no se imponen a la fuerza aplastando a sus enemigos; los suyos se revisten de esperanza y sólo están armados con la fé en Aquél que los envía y no los abandona, misión de liberación desde la vida ofrecida cada día.

El procurador romano pone un rótulo en su patíbulo, que es identificatorio pero también una provocación para con los dirigentes judíos: allí se lee Jesús Nazareno Rey de los Judíos. 
Rey de los judíos es burla pero también amenaza velada, como aseverando el opresor que éste es el destino horrible de cualquier asomo de soberanía judía, de corona restaurada.
Pero al destacar nombre y gentilicio, reafirma sin saberlo el núcleo de la historia de la Salvación, un Dios que se encarna, que se hace hombre y vecino desde la periferia galilea. 

Hay burlas y afrentas para con ese rey quebrantado y derrotado.
Muchos, plenos espectadores inmóviles; no hacen nada pero esa omisión los vuelve partícipes del crimen.
Otros se burlan con un -sálvate a ti mismo-, la injuria del egoísmo mayor, de abandonar al inocente a su suerte, de regodearse con la miseria y el sufrimiento del otro.

El Gólgota parece enmarcarse con las dos personas que crucifican junto al Maestro, dos malhechores -dos hombres habituales en el mal antes que dos ladrones-. Uno de ellos, agonizando, advierte en su corazón la terrible injusticia de ejecutar a un inocente, y que en ese Cristo que muere a su lado hay algo más que un simple galileo enemistado con las autoridades, o que un rabbí itinerante, y en ese reconocimiento hay conversión.
Como señal inequívoca, la misericordia no se demora aún en los tiempos más duros y difíciles. La Salvación acontece aquí y ahora, en tiempo presente.

Como felices malhechores salvados por la entrañable bondad de Aquél que ha vencido a la muerte. nosotros celebramos y rendimos humildes honores al rey crucificado.
Rey por servir, por entregar su vida sin medida ni reservas, Dios parcial que se hace hermano fiel de todos los crucificados de toda la historia, Todopoderoso porque ama y seguirá amando con todo y a pesar de todo.

Cristo nuestro hermano y Señor, Cristo nuestro Rey, Cristo nuestro Dios.

Paz y Bien

Esponsales









Para el día de hoy (19/11/16):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-40





El problema planteado por los saduceos no se corresponde con ciertas dudas respecto a la Ley de levirato ni al matrimonio, ni tampoco a una encendida búsqueda de verdad. En realidad, se trata de una dialéctica tramposa que busca el yerro de Jesús de Nazareth, desacreditarle frente al pueblo y, eventualmente, procurar una condena religiosa que lo silencie de una buena vez.

El tono conque se dirigen a Él no es respetuoso: lo llaman Maestro para maximizar el probable error frente a una casuística insoluble y ridícula.

Tengamos presente que los saduceos conformaban la nobleza laica y política, tenían una notable preponderancia en los círculos de poder y comercio y poseían las fortunas más notables de Israel. A pesar de su carácter principalmente laicista, de sus filas salieron varios sumos sacerdotes del Templo -tales como Anás y Caifás-, con lo cual su influencia se extendía también al ámbito religioso, a diferencia de los fariseos cuya influencia destacaba por entre las clases medias y bajas.

Ellos aceptaban de manera exclusiva y restrictiva la Torah, en desmedro de los libros de los Profetas y la tradición oral que rechazaban de plano. Como su lectura era lineal, literal, rechazaban cualquier idea de resurrección pues allí no estaba explícitamente mencionada: ante ello, inferían que toda doctrina que afirmara la resurrección se apartaba de la Torah y por ello era anatema.
Pero no finalizaba allí su pensamiento: las vertientes escatológicas también eran razonablemente defenestradas con importantes argumentos teológicos, aunque suponemos que la explicación es más sencilla. 
Ellos disfrutaban su status, su poder, sus riquezas sin menoscabo, a las que además consideraban una bendición divina por su pertenencia virtuosa: hombres preocupadísimos por prolongar el más acá, a los que no les interesa el más allá. Más aún, la idea de un Mesías les resultaba, en ese contexto, espantosamente inconveniente.

Sin embargo, y aunque su intención primordial es el tropiezo del Maestro, cometen varios errores garrafales, terribles. 
Primero, su soberbia interpretativa, pues sus mismos silogismos ponen en evidencia que leen y comprenden lo que quieren bajo pretexto de unicidad de la Torah.
Segundo, y más grave, es suponer -desde el argumento de las múltiples bodas de la mujer varias veces viuda y sin hijos- que la vida tal cual la conocemos se prolonga y regula lo que acontezca más allá de la muerte.

La resurrección no es cosa natural ni lógica ni razonable.

La resurrección surge de la filiación divina. Resucitaremos por ser hijos amados por Dios, porque Dios interviene en la historia, porque el Eterno se hace tiempo, vecino, Hijo querido de todos. 

Es menester ir más allá de las trampas de la psiquis, la natural tendencia a perdurar a como dé lugar, y ciertos visos de inmortalidad que suelen esgrimirse.

La resurrección sólo puede acontecer en la comunión con Dios, y es este Dios Abbá de Jesucristo quien ha celebrado esponsales con toda la humanidad, de una vez y para siempre.

Paz y Bien



Cueva de ladrones









Para el día de hoy (18/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 45-48



Jerusalem era el centro físico, político y espiritual de la nación judía, y el Templo era, precisamente, el corazón de la Ciudad. Normalmente era atravesado por miles de personas venidas de toda la nación y también de la Diáspora, y su número se incrementaba geométricamente para las fiestas, Séder Pesaj, la Fiesta de los Tabernáculos, Purim y otras tantas. 

En la religiosidad imperante en el siglo I, eran de riguroso cumplimiento las ofrendas destinadas a los sacrificios que realizaban los sacerdotes, el impuesto para el sostenimiento del Templo y la donación de limosnas -diezmos- que se destinaban al sostenimiento de viudas y huérfanos, una forma de temprana y eficaz seguridad social.
Pero esa misma religiosidad consideraba aceptables determinados animales sacrificiales -se regulaban hasta las ofrendas de los pobres- y sólo se aceptaban determinadas monedas o shekkels. Sin embargo, los peregrinos no provenían sólo de las cercanías sino a menudo de sitios muy distantes; lógicamente, traían consigo sus monedas y no viajaban con animales para el holocausto. Por eso en los patios del Templo y con la anuencia de las autoridades religiosas se había instalado una suerte de bazar o mercado en donde los vendedores de animales permitidos y los cambistas de monedas hacían su agosto, permitiéndose toda clase de abusos monopólicos y extorsivos para con los creyentes.

Cuando el Maestro derriba las mesas de los cambistas y espanta a los animales de los corrales comerciales fué motivo de grato asombro para el pueblo. En verdad, el comercio había ganado espacios que debían ser de oración y recogimiento.
Como un siniestro contrapeso, a la alegría del pueblo se correspondía el odio de los dirigentes. Lisa y llanamente, buscaban el modo de matar a Jesús de Nazareth, pues su acción tenía una doble vertiente que los ponía en evidencia y los desafiaba.
En evidencia pues esos negocios -seguramente eran parte y beneficiarios- sólo podían estar allí por su causa y con su venia. En desafío, porque lo verdaderamente grave era que bajo el imperio de la autoridad que esgrimían, imponían criterios mercantiles al hecho milagroso de la fé, como si el favor divino pudiera adquirirse siguiendo procedimientos específicos, olvidando al amor, desdeñando la oración, ignorando que a Dios se le adora en espíritu y en verdad.

Aún así, el Maestro seguía enseñando cotidianamente. Él hablaba con autoridad aunque no estuviera autorizado.

A veces, es necesario abrir la válvula de la indignación. Decir las cosas como son y por su nombre a pesar de que eso no caiga bien, que sea formalmente inconveniente, religiosamente incorrecto.
Es claro que no se trata de la torpe apropiación de la defensa de los derechos de Dios, esa soberbia de suponer que Dios deba ser defendido por la fuerza y aplastando enemigos a diestra y siniestra, dejando encendido el detector de apóstatas y herejes. En esos andares, el amor y la compasión se duelen dejar de lado.

Es menester purificar todas las cuevas de ladrones, comenzando por las que anidan en nuestros corazones, en donde todo tiene su precio, en donde todo puede trocarse, desoyendo el manso y paterno llamado de la Gracia.

Paz y Bien
 



Nuestra Jerusalem









Para el día de hoy (17/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 41-44





El Maestro está a las puertas de Jerusalem, a un paso de su Pasión, a instantes de consumar su vida en fidelidad y amor al Padre. Está acompañado de los Doce y rodeado de una multitud de seguidores y curiosos, el pueblo ansioso que lo busca.

Aún así, la imagen marca un contrapunto estremecedor: a pesar de estar rodeado de tanta gente, Jesús de Nazareth se encuentra sólo, y en esa soledad llora por Jerusalem.

La Ciudad Santa será primero cercada y asediada por las legiones de Tito y Vespasiano, y luego -tocando a degüello- ingresarán en ella y arrasarán con todo a su paso. Primero profanarán y demolerán el Templo, del cual sólo dejarán en pié sólo una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-. Como si no bastara, matarán a miles y otros tantos serán capturados y vendidos como esclavos.
Jerusalem y su Templo era faro, orgullo y fundamento de la nación judía; su pérdida y destrucción implicó que ese pueblo, durante siglos, no tuviera nación, estado, tierra y símbolos inamovibles.

Jerusalem / Yherushalaim significa Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz de Dios. Pero la paz de Dios ha sido rechazada por aquellos que no han querido reconocer a Jesús de Nazareth como Salvador, porque se afincaron en el poder, en el dominio y en la especulación. La paz no implica la ausencia de guerras o conflictos -esa pax romana que se impone- sino que se edifica a diario desde el servicio, desde el amor, desde la misericordia, desde la paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz. La paz es don de Dios que ha de cultivarse para que no se seque, para que dé frutos.

Jesús de Nazareth, ese hombre solo rodeado por muchos, llora por el rechazo violento a su mensaje de paz y de bien. Pero llora también porque ama profundamente a su patria, a su historia, a las tradiciones de sus mayores.

Nuestra Jerusalem no es física, sino más bien cordial. La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem, con vocación de humilde faro que desaloje las tinieblas y compromiso de sal para que esta vida dé gusto vivirla.
Pero también nos pasa que no sabemos llorar, que nos quedamos en la emoción vana y superficial. Y acontecen tantas cosas, que es menester llorar, llorar fuerte y con ganas suplicando misericordia, para volver a ponernos en el camino de la Gracia.

Paz y Bien

Creatividad









Para el día de hoy (16/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 11, 28



Una clave de lectura: Jesús de Nazareth está cerca de Jerusalem. Esa cercanía -nosotros ahora lo sabemos- implican los terribles días de la Pasión pero también la consumación de su existencia, en fidelidad y amor absolutos al Padre. 
En cambio, para varios de sus discípulos y muchos de sus seguidores, la cercanía a la Ciudad Santa preanuncia la toma del poder y la restitución por la fuerza de la antigua gloria, la restauración de la corona real de Israel.

Por ello el tenor de la enseñanza que nos refleja el Evangelio para este día, y el estilo literario se corresponde más con una alegoría que con una parábola. 
El Reino de su Padre no es de este mundo, no se condice con los parámetros de dominio y poder usuales.
Suplicamos que el Reino venga y el Reino sea, que en la plenitud de los tiempos sea definitivo.

Pero hay un mientras tanto, un tiempo de espera atenta y por eso mismo de esperanza, una esperanza que desoye todo llamado a la pasividad, a la conformidad, al retraimiento mórbido so pretexto de no correr riesgos. Justamente, no correr riesgos, hijos, hermanos y amigos del Buen Pastor que dá la vida por las ovejas, y que no duda en arriesgar la seguridad de las noventa y nueve por rescatar a la que se ha extraviado.

No entraremos aquí en el tortuoso andurrial de cierta espiritualidad que justifique desigualdades. A todos -sin excepción- se nos han concedido dones, potencias, posibilidades. Todos somos pequeños terrenos, tierra que anda bendita por Dios, que a pura confianza pone en nuestras manos aquello que le es propio. El hombre, merced a esa confianza y ese amor entrañable, es co-creador con el Dios de la vida.

Cuando llegue el tiempo del regreso del Señor, tiempo del comienzo definitivo que exige estar atentos, será tiempo de rendir cuentas.
Allí la creatividad marcará la diferencia, qué hemos compartido, qué hemos reservado, en qué cosas hemos florecido y brindado frutos buenos. 
La creatividad no es cosa de arrebatos o torpezas instantáneas, sino como todo lo bueno, ha de tener su tiempo de maduración, su proceso, su crecimiento, más su ausencia nos desmerece.

Cabe preguntarse si el miedo o el temor paralizan y nos vuelven tan estériles e indiferentes como nos pasa con el pecado.

En esos andares, es menester no perder nunca las raíces -de donde provenimos- y seguir andando junto a Aquél que es camino, verdad y vida. Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz.

Paz y Bien


Zaqueo y la multitud










Para el día de hoy (15/11/16):  

Evangelio según San Lucas 19, 1-10





A menudo las multitudes son peligrosas, pues el riesgo de la masificación la suele merodear. Así se disuelve cualquier atisbo de comunidad y reflexión y, peor aún, se despersonalizan rostros y voluntades.

Por todos los lugares en donde pasaba el Maestro se agolpaban las gentes, pues suscitaba no sólo interés genuino sino también lo acuciante de las necesidades, el abandono a su suerte como ovejas sin pastor, un desprecio condescendiente por parte de aquellos que debían orientarlos en la fé, y que sin embargo le imponían cargas cada vez más pesadas y opresivas, angostura de las almas.

Sin embargo, en esa multitud persistían viejos esquemas y prejuicios que salían a la superficie con la ponzoña de las murmuraciones. La multitud se creía con derechos de determinar quien era santo y quien era réprobo, arrogándose un derecho que no tenían. Suele suceder cuando el detector de heterodoxos, herejes y apóstatas permanece demasiado tiempo encendido en desmedro de la fraternidad y la compasión.

Zaqueo -cuyo nombre proviene del hebreo antiguo y significa puro- era jefe de publicanos, es decir, mandaba sobre un grupo de funcionarios recaudadores de impuestos que estaban al servicio del Imperio. Su mismo rol a menudo se aprovechaba para maniobras extorsivas que enriquecían su patrimonio.
Por ello eran fervorosamente odiados por sus paisanos, por abusivos y también por traidores, pues trabajaban para el opresor que hollaba la Tierra Santa de sus padres.

Es muy importante no perder de vista que Zaqueo, además de tener un nombre totalmente judío, se sigue considerando a sí mismo otro hijo de Israel, heredero de las promesas de su Dios. En gran parte por ello lo moviliza la llegada de ese rabbí galileo joven y pobre del que tanto hablan, y que tantas cosas suscita pues a todos recibe.

La multitud, como una pared rígida, parece bloquear todos los accesos, pero hay un impulso mayor en Zaqueo, una decisión personal que vá más allá de la curiosidad y por ello mismo toma la delantera a todas esas gentes y se sube a un sicómoro. Aparentemente era bajito, y quizás ello refiera no tanto a una cuestión de longitud sino más bien a su estatura ética y moral. Aún así, él busca a Cristo, quiere encontrarle, quiere verle.
Pero es Cristo quien lo mira y lo vé, lo conoce y reconoce y le realiza un pedido de hospedaje. La fé es, ante todo, la unión a la persona del Resucitado antes que una adhesión doctrinaria. Ese pedido expresa el insondable amor de Dios que quiere hacer morada en los corazones de los hijos.

Todo en Zaqueo es vocación y respuesta a la convocatoria a la conversión, a una nueva vida, a pesar de que la multitud diga que nó, condene de antemano, suprima en mente y corazón cualquier posibilidad de ingreso a la bendición de Dios, a la santidad, a la plenitud.

La respuesta se traduce en hechos. No hay tanto blablá de lo que se declama pero no se encarna, sino que Zaqueo dá la mitad de sus bienes: el tiempo verbal presente es taxativo y no deja lugar a dudas.
Pero hay más, siempre hay más. La retribución cuadruplicada frente a eventuales conductas dolosas está claramente especificada en la Ley, puntualmente en Ex.22, 1. Zaqueo, el jefe de los publicanos, el pretenso corrupto y traidor, vive con sinceridad la fé de sus mayores pues pone en práctica los mandatos sin perder de vista al prójimo.

El Maestro lo sabe, y por eso lo reconoce hijo de Abraham. Todos aquellos quienes profesamos la ffé lo somos, pero en casa de Zaqueo, aún con las rabias de la masa, acude, se hace presente y permanece la Salvación de un Cristo que viene a recuperar a los perdidos, a sanar a los enfermos, a hacerse hermano y pariente en nuestras existencias.

Paz y Bien

Cristo viene









Para el día de hoy (14/11/16):  

Evangelio según San Lucas 18, 35-43




Jericó se ubica a unos treinta kilómetros de la Ciudad Santa, por lo que es prácticamente un suburbio o arrabal de Jerusalem. Más aún, allí suelen alojarse sacerdotes y levitas que prestan servicios en el Templo.

Extraña y dura disonancia.
Hogar y refugio de los expertos en lo sagrado y en el culto, y sin embargo a la vera del camino, como un accidente del terreno, languidece un hombre ciego que debe suplicar limosna y mantenerse bien callado, resignado y sin molestar en su sufrimiento.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la ceguera no era infrecuente, toda vez que la arena en movimiento por los vientos y el reflejo del fuerte sol contra las rocas lesionaba las córneas. Ello implicaba que los ciegos o disminuidos visuales debían mendigar para la mera supervivencia, pues no podían ganarse su pan cotidiano. 
Pero además, los rígidos criterios de impureza ritual suponían que toda enfermedad era consecuencia directa de los propios pecados o de los padres, un tenebroso silogismo de un Dios dispensador de miserias y castigos frente a infracciones. 
Tal vez desde allí se comprenda mejor el enojo de aquellos que mandan acallar los ruegos del hombre: está bien que esté así, que le pase lo que le pasa, está plenamente pensado, razonado y justificado y por ello cállese y aguántesela sin molestar. Es así, silencio.

Pero este hombre no se doblega. A los reproches intensos corresponde con gritos aún más fuertes, con una tenacidad en su súplica que no tiene tanto de sufrimiento psicológico como de confianza en el Cristo que pasa. No hay arrebato pasajero, sino la claridad de lo que está pidiendo: ver.
Ver más allá de las sombras que aquejan sus ojos, mirar y ver a pesar de las tinieblas razonadas, mirar y ver la vida con los ojos de Aquél que viene, que se detiene, que lo escucha y siempre reconoce. Rogar sin desmayos, suplicar con tenacidad, salmodiar a los gritos si hace falta.

Cristo viene para que se dispersen las sombras, para que la Iglesia no se encierre en cegueras exclusivistas y se encienda de misericordia.
Cristo viene para que nadie más esté abandonado a la vera de todos los senderos de la existencia, para que sus amigos escuchen a todos los dolientes, para que nunca más se acalle la voz de los más pobres. 
Cristo viene para que recuperemos la vista, la esperanza que no cesa, la santidad de los días, sin imposiciones ni aplastantes condicionantes. Sólo un niño pequeño en brazos de su Madre.

Paz y Bien



Tenaz esperanza









Domingo 33° durante el año

Para el día de hoy (13/11/16):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-19





El Templo era el centro de la fé de Israel y clave en su identidad nacional: todo judío estaba orgulloso de su imponencia, de su talante fastuoso, de su engalanada belleza. En cierto modo y aunque a veces -por la Diáspora- no pudieran peregrinar, siempre tenían sus miradas orientadas hacia Jerusalem y más precisamente hacia el Templo pues era la certeza de lo perenne, de lo inmutable y de la firmeza de sus tradiciones.

Justamente allí, en las inmediaciones del mismo Templo, Jesús de Nazareth preanuncia su destrucción. La comunidad cristiana primera tndrá certeza de ello y lo recordará hacia el año 70, cuando las tropas romanas de Tito y Vespasiano, luego de un prolongado asedio, ingresan a sangre y fuego a la Ciudad Santa y arrasan con el Templo sagrado.

Pero en realidad el Maestro advierte a los suyos acerca del futuro, pues respecto del Templo y su trascendencia ya les ha enseñado bastante. El futuro como horizonte de toda la vida, el futuro como realización de la existencia, el futuro pleno de Dios.

A continuación, la descripción de los acontecimientos que han de vivir los suyos nos trae ecos desoladoramente cercanos: los falsos profetas que engañan, revoluciones y guerras, terremotos y plagas. Hoy, en este presente tan crítico en el que se juega a diario la supervivencia y todo transcurre con mórbida normalidad, podríamos decir las falsas profecías de las ideologías y la propaganda, la violencia extrema que se planifica en siniestros escritorios y se razona en los medios, los descalabros ecológicos porque no cuidamos la casa común, esta tierra, esta naturaleza de la que somos parte.

Más aún, en las persecuciones implacables, el acoso del hambre y el desempleo, las difamaciones continuas, la incomprensión de los cercanos a los afectos, en esas noches cerradas no hay que perder de vista por quien andamos, por quien somos lo que somos y como somos. Quien nos acompaña sin dejarnos librados a nuestra suerte.

Permanecer firmes en lo que prevalece y no perece, aunque todos los templos que nos edificamos como refugio tranquilo se derrumben o nos los derriben, tenaces en la esperanza en Aquél que nos impulsa, que camina con nosotros y que nos espera en un final que es el comienzo definitivo de la eternidad.

No hay noche cerrada que no deserte cuando la luz se hace presente.

Paz y Bien

Hacer justicia








Para el día de hoy (12/11/16):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8




En la parábola correspondiente a la lectura que nos ofrece la liturgia del día, predominan dos personajes.

Por un lado, el juez injusto. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los jueces tenían una relevancia fundamental en una sociedad en donde se mixturaban lo religioso y lo civil sin diferenciarse; por ello, un juez decidía, a menudo, no sólo en pleitos civiles o comerciales, sino también en la referencia de esos conflictos a la Ley de Moisés. 
Un juez, entonces, debe ser un hombre piadoso, incorruptiblemente probo y que nunca demorará el hacer justicia a los más débiles de la comunidad, porque en última instancia la justicia es cosa de Dios, no de los hombres, y de ese modo, un juez actúa en nombre de Dios porque Dios es Dios de la justicia y el derecho.

Pero en el ejemplo que nos convoca, nos encontramos a un juez que no teme a Dios ni a los hombres. Es un juez inicuo que sólo tiene en su horizonte a él mismo. Ni Dios ni prójimo, y se ufana de ello. Por aquello que se planteaba en el párrafo anterior, es un infame enemigo de Dios y del pueblo, vive sin Dios, sin Ley y sin comunidad a pesar de su responsabilidad, y para colmo de males hace aspavientos.

Por otro lado, se nos presenta la viuda. En aquellos tiempos, las mujeres carecían de derechos propios, y los mismos -aunque mínimos- los garantizaba de niña su padre, ya como mujer adulta el esposo y, en el caso de enviudar, el varón más importante de la familia. Sin varones, quedaban terriblemente desprotegidas, a merced de cualquier abusador, sin nadie que las escuche; en la tradición de Israel y los profetas, las viudas y los huérfanos -los más débiles y vulnerables- tenían notables consideraciones dentro de la Ley de Moisés, indicando las preferencias de Dios para con aquellos que, habitualmente, nadie ayuda y son dejados de lado.
Por eso, el talante inicuo del juez se agrava, toda vez que una viuda que sufre una injusticia debería concitar su atención y arribar sin demoras a un proceso justo, que garantice sus derechos.

Aunque hayan pasado tantos siglos, los clamores dolientes de millones de viudas y de tantos que son como ellas siguen subiendo al cielo, al corazón sagrado de Dios, pues sigue habiendo jueces y sistemas infames que razonan miserias y atropellan derechos sin despeinarse ni pestañear. Quizás por ello la imagen de la justicia como la de una dama de ojos vendados a veces se nos haga ajena: más real y ansiada es la imagen de una madre de familia que abre bien los ojos, que no se abstrae en tecnicismos, que pone por delante a la persona, objeto primordial y sujeto preferencial del derecho. Hoy, al igual que ayer, el profeta Amós tendría palabras durísimas de parte de Dios para todos los opresores.

Sin embargo, y contrariamente a cualquier lógica o previsión, la viuda que nos ocupa no tiene nada de dócil, de resignada a su situación y doblegada por su condición. Ella es obstinada y hermosamente tenaz, no baja los brazos ni abdica su corazón en la búsqueda de la justicia. El juez inicuo, finalmente, hace lo que debería haber hecho sin demoras ni especulaciones, pero es dable suponer que no lo hace por hartazgo, porque la viuda se ha vuelto una gran molestia.
En realidad, el juez corre peligro porque la tenacidad de la viuda lo pone en evidencia: es un hombre que debe hacer justicia, y que se ufana de no hacerlo, y precisamente allí está el riesgo mayor. No nos es del todo desconocido: los poderosos suelen revestirse de pavor cuando los pobres y los pequeños ganan las calles con gritos destemplados que claman por paz, pan y justicia, más allá de cualquier razón.

Esa viuda es muy parecida al Dios Abbá de María y Jesús de Nazareth, que se anima sin vacilaciones a pelearse con todos los jueces injustos, que interviene en la historia derribando a los poderosos, que inclina su rostro decidido en favor de los pobres y los pequeños.

Es esa mujer la que hace justicia porque jamás abandona la esperanza, porque nunca baja los brazos, porque con todo y a pesar de todo sigue confiando en cambiar las cosas, es decir, que el Reino venga y sea.

Hacer justicia es hacer las cosas que Dios ama, mirar con su mirada, actuar como Él actúa sin demoras, atento a todos sus hijos comenzando por los más pequeños.

Orar sin desmayos, tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarna en lo cotidiano, Evangelios vivos, sal y luz.

Paz y Bien


Irresponsables








Para el día de hoy (11/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 26-37




El texto que hoy nos convoca se caracteriza por un lenguaje que a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, nos puede resultar duro y extraño, toda vez que se trata de un lenguaje apocalíptico habitual en el siglo I. 

Pero su misma intensidad no tiene por objeto el suscitar miedos ni el acosarnos con temores; ello nada tiene que ver con la Buena Noticia. En cambio, es una palpitante llamada de atención para no estar sujetos a chronos -el tiempo consecutivo y mensurable-, y en cambio permitirnos vivir en el kairós, el tiempo propicio, el tiempo santo de Dios y el hombre.

El memorial es imperioso y acuciante, el reconocimiento del paso bendito de Dios por la historia humana y por nuestras mismas existencias.
Algunos, andan por la vida como si nada pasara, como si nada importara, vidas sin futuro ni sentido que sucumben frente a las pequeñas tormentas, y ni hablar frente a los diluvios.
Otros, con una fé incipiente y sin raíces, tal vez escuchen la llamada urgente, pero vuelven su mirada atrás, nostálgicos de comodidades y seguridades pasadas, estatuas de sal que se aferran a infiernos habituales pero nó cielos por conocer.

Es claro que entre esos ejemplos también solemos oscilar.

La vida es demasiado corta y muy valiosa para andarse de manera irresponsable, derrochando el tiempo en el sinsentido, un tiempo que en Cristo se ha inaugurado como tiempo de bendición, era de Salvación desde el mismo corazón bondadoso del Padre.

Contra toda lógica y a pesar de las especulaciones mundanas, es preciso perder la vida. Dilapidarla con alegría en el servicio a los demás, volcarla sin vacilaciones en la compasión, robustecernos corazón adentro en el amor, lo que prevalece y no perece, la identidad única y distintiva de las hijas y los hijos de Dios.


Paz y Bien
 

Entre nosotros








Para el día de hoy (10/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 20-25




La pregunta que le hacen los fariseos al Maestro acerca de la llegada del Reino de Dios tenía, como era usual, una intencionalidad oculta que era la búsqueda del desprestigio suyo y, también, verificar su ortodoxia: en caso contrario, obtendrían pruebas que refirieran a una probable blasfemia, delito religioso capital.

Sin embargo, es un interrogante que se ha repetido a través de los siglos. Puede ser que haya un interés genuino. Tal vez responda al cansancio frente a los reinos de este mundo que aplastan las almas, la fuga piadosa de la realidad. Un calendario de fechas precisas que indiquen el arribo espectacular del reinado divino, dando lugar a especulaciones de catástrofes, imposición del miedo y coerción frente a lo terriblemente inevitable, sin atisbos de esperanza.

Aún así, otro desvío trastoca las miradas, y es el de suponer que la expresión Reino de Dios se acota únicamente a un ámbito de interioridad. Ello es un error pues implica, solamente, que el Reino es una cuestión espiritual individual.

Pero el Reino es una realidad tangible, palpable a una mirada de fé, oculto a ojos mundanos.

El Reino está entre nosotros en la Iglesia, en su predicación, en la Eucaristía, en los sacramentos, en cada gesto de caridad que se hace realidad en nombre de Cristo, en cada signo de justicia, en los pobres y los pequeños, en la misericordia que se encarna y no se declama, en la compasión, en la fraternidad generosa e incondicional. En la Gracia.

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar.

Paz y Bien
 

Templos vivos









Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/16):  

Evangelio según San Juan 2, 13-22



Hoy la Iglesia hace memoria de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán: en el año 324 el emperador Constantino donó al Papa San Silvestre un palacio imperial situado sobre el monte Celio, en Roma, el palacio imperial de Letrán. En ese solar se edificó luego la primer basílica de la cristiandad, en cuyo frente puede leerse hoy Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la ciudad y el mundo.
El obispo titular, cuya cátedra se sitúa en esa basílica, es el obispo de Roma, primus inter pares, primero entre sus hermanos obispos en la caridad, el Santo Padre.

Además de una historia tan rica y del profundo simbolismo involucrado, la celebración nos convoca a la reflexión. Volver a preguntarnos que significa para nosotros un templo, su sacralidad, su importancia.

Lo hemos contemplado en numerosas ocasiones: al Dios que Israel encontraba en la imponente fastuosidad del Templo de Jerusalem, ahora se lo encuentra en la persona de Jesucristo. 
El Maestro nos lo enseñó: al Padre se lo adora en Espíritu y en verdad, y por los frutos se conocen la identidad. Por ello el culto primero es la compasión. Abbá Padre de Cristo quiere misericordia antes que sacrificios.

Por eso a Dios no se lo sitúa en un lugar específico, en un templo de piedra. A Dios se le encuentra en Cristo y en sus hermanos, porque la Santísima Trinidad hace morada en todos los hijos, templos vivos y latientes del Dios de la vida.

Innumerables templos andantes que no son cuidados, ni tratados con el debido respeto, templos cuya liturgia primordial es la caridad.

Pero los templos/edificios también tienen su importancia: es la casa en donde la comunidad se reune a orar, celebrar, agradecer, y a una familia se la reconoce por lo que hace y por el talante de su casa.

Que el celo empeñado en los templos de piedra se nos vuelva también un celo inquebrantable en la defensa de la vida, la justicia y la libertad.

Paz y Bien

 

Trabajadores del Reino








Para el día de hoy (08/11/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 7-10



Nuestra fé a menudo se disuelve en criterios mercantiles, una pretendida religiosidad comercial en donde se trocan piedades acumuladas por beneficios divinos.
Y suelen brotar, claro está, rotundos ataques de importancia en donde suponemos que Dios debe actuar de un modo específico, acorde a lo que inferimos, como si en ese plano mundano imaginemos a Dios como un mero deudor de nuestros días. Una fé que se per-vierte porque no se con-vierte.

Esa postura tiene también severas consecuencias en nuestra relación con el prójimo, consecuencias directas y contundentes. Si Dios es nuestro deudor, ¿qué esperar del hermano?.
La humildad ausente reniega de la Gracia e impide la fraternidad y la justicia.

Vivimos en un tiempo santo -kairós- tiempo propicio de Dios y el hombre. Hemos sido invitados a trabajar, a ser partícipes de los andares de Salvación, simples trabajadores del Reino aquí y ahora, merced a su infinita bondad y misericordia, pues mérito alguno tenemos.

Ser trabajadores del Reino implica ser considerados con asombrosa confianza, parte de su familia. Todo lo que hacemos bien, precisamente, tiene su origen allí, o mejor dicho, tiene su origen en Él.

Siervos inútiles, trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.

Trabajadores como los santos, sencillamente felices por hacer lo que debían, sin la búsqueda de aplausos o reconocimientos, en paz en el tiempo del regreso pues han hecho lo que se les ha mandado y por eso han sido plenos, felices para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

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