Visitación, encuentro y profecía






Visitación de la Virgen María

Para el día de hoy (31/05/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-56





La escena estremece: una joven de provincias -casi una niña-, con un embarazo de tres meses, recorriendo a pié y con cierta urgencia más de cien kilómetros, de Galilea a las montañas de Judá, de Nazareth hacia Ain Karem por la ruta de Samaria, solita ella, indefensa, con todos los riesgos en esas rutas pobladas de salteadores.

Ella parte sin demoras al encuentro de Isabel, esposa del sacerdote Zacarías. La compasión y la solidaridad nos ponen prisas y hacen que la necesidad del prójimo se revista con una urgencia impostergable.
Pero estamos en el tiempo santo de la Gracia, kairós de Dios y el hombre, y los pasos que no se retrasan de esa muchacha galilea expresan la visita definitiva que Dios hace a su pueblo, Dios con nosotros, un Dios pariente de la humanidad, Papá, buen amigo y buen vecino, un Hijo que amamos.
Hay un éxodo bondadoso en la Visitación, señal de un Dios que renueva la vida e inaugura un comienzo definitivo desde la periferia hacia el centro, desde lo pequeño hacia lo grande, desde lo que no cuenta pero que está grávido de Salvación.

Son dos mujeres muy pero muy distintas. Una de ellas jovencísima, esposa de un artesano de aldea ignota, humilde y pobre. La otra, entrada en años es casi una abuela, y su esposo es un sacerdote que integra la ortodoxia de Judá, la centralidad religiosa que es tan altanera respecto a los demás; una se esconde, la otra sale abiertamente a los caminos con la vida que le crece en su seno. Aún así, en esas disimilitudes nos conocemos y re-conocemos, y es precisamente ese encuentro el que se vuelve comunión, alegría por el otro, profecía en ciernes. Y a ellas la bendición de un hijo próximo las enciende como mujeres que serán madres, un maravilloso secreto que sólo ellas comprenden.

María de Nazareth lleva consigo al Redentor, plena del Espíritu, y es el Espíritu, el Señor que la visita quien reverdece el viejo corazón de Isabel a pura profecía, a grata alabanza, señal para todos nosotros también: donde está la Madre, está el Hijo, y tal vez no hagan falta demasiados discursos o nutridas palabras. Sólo un corazón agradecido que se atreva a saltar de serena felicidad porque se terminan los imposibles y se inauguran los asombros, porque ya no tendrán mucho que decir los guerreros, los religiosos profesionales, 
los poderosos. Es tiempo de mujeres y de niños.

Como en todo encuentro en el que acontece el nosotros, hay una reciprocidad y un eco, música conjugada y compartida. Por eso María canta, porque lo que sucede es cosa de su Dios, ese Dios que la ama y que no abandona a su pueblo, el Dios de los pequeños, de los humildes, el que derriba a los poderosos, el que se impone por la fuerza de su amor, el que hace renacer la justicia y el derecho, el que mantiene siempre sus promesas, Dios magnífico, Dios liberador que recrea la historia humana comenzando por Israel, desde la enorme pequeñez de esa mujer de fé con la que cantamos la gloria de un Dios tan cercano.

Paz y Bien



Pobreza y confianza de Dios





Para el día de hoy (30/05/16):  

Evangelio según San Marcos 12, 1-12




La enseñanza que nos brinda la lectura del día continúa enmarcada en la encendida polémica que se había desatado en la Ciudad Santa entre los dirigentes religiosos -sumos sacerdçotes, escribas y notables/ancianos- y el rabbí de Nazareth tras la purificación del Templo, la ocasión en que Él voltea las mesas de los cambistas y espanta los rebaños que se vendían allí mismo, en el Atrio de los Gentiles. El motivo es que un lugar sagrado se había convertido en una feria, un bazar, y se menoscababa su sentido primordial de casa de oración.

Una doble vertiente encendía las furias de esos hombres poderosos y peligrosos: por un lado, su autoridad casi absoluta -limitada sólo por el pretor romano- estaba cuestionada gravemente frente a un pueblo que debía inclinarse en señal de sometimiento. Por el otro, un pingüe negocio que los enriquecía quedaba baldado. De allí la recriminación que cuestiona la autoridad del Maestro, y no se trata solamente de un enojo virulento, sino de una velada amenaza que irá in crescendo hasta la Pasión.

La lógica indica, por lo tanto, que es mejor irse o bien disminuír la intensidad de la discusión. Es poco razonable echar más combustible a esa peligrosa hoguera que consume los corazones de esos hombres furiosos.
Pero la fidelidad al Padre y a la verdad prevalecen por sobre cualquier razonabilidad y cualquier prudencia justificada, y por eso el Maestro les habla de ese modo, sin temor. La parábola de los viñadores homicidas está dirigida sin ambages hacia ellos, aunque el orgullo y la soberbia a menudo enceguecen y ensordecen a los poderosos, que como es usual, en el fondo son temerosos del pueblo al que no sirven, y del que se valen como una propiedad que se usa y se descarta.

Si ahondamos en la parábola más allá del conflicto con las autoridades, dos cosas refulgen como perlas escondidas: la ausencia del Dueño de la viña y su pobreza.

La ausencia implica que el Dueño se vá lejos, y que arrienda la viña que ha plantado y edificado con sus manos a unos viñadores. En cierto modo, la ausencia del Dueño es la ausencia de Dios que solemos percibir en los momentos críticos o difíciles; sin embargo, esa ausencia no es un desentenderse, el alejarse a un cielo-país inaccesible, nada de eso. Se trata, por sobre todo, de una confianza que no merecemos. El Dueño ha dejado en nuestras manos torpes el cuidado de la viña que trabajosamente constituyó, y esa confianza es asombrosa, inconmensurable y fundante, revelación amorosa del Dios de Jesús de Nazareth, Dios que se encarna y que inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre.

La pobreza tácita e implícita es demoledora: todavía le quedaba alguien, su Hijo, el Dueño se ha despojado de todo -de sí mismo- en favor de esa humanidad de la que está profundamente enamorado. El envío del Hijo es el compromiso definitivo de un tiempo signado por el nosotros y bendito por ese Dios de amor, y la viña puede rescatarse y ser esplendorosa si se recibe al Hijo humilde y servidor que viene a estos lagares que nunca, jamás, han sido olvidados ni librados a su suerte.

En verdad, cuando se deshecha por mil razones la piedra angular que sostiene la edificación, Cristo de nuestra Salvación, todo se derrumba, como también se caen todas las falacias amontonadas tras el poder y las ideas vanas que olvidan lo importante, Dios con nosotros.

Paz y Bien 






Corpus Christi: compartir el pan, compartir la vida





El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (29/05/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 11b-17





Con una profunda carga simbólica y a su vez como entrañable enseñanza, el hecho narrado teológicamente en el Evangelio de esta Solemnidad acontece en un descampado, lejos de la pompa y el boato de un Templo que es rigurosamente piadoso pero que ha olvidado a Dios, que ha dejado de ser casa de oración y se ha convertido en cueva de ladrones. Pero hay más, siempre hay más. 
El hecho fundamental de la vida cristiana se celebra en un ambiente sospechosamente secular, y los ritos son tan pero tan humanos que una mirada superficial los puede suponer profanos. Sin embargo, no se trata de una rebelión al status religioso establecido, sino del tiempo nuevo de la Gracia en el que cada hombre y cada mujer son templos vivos y palpitantes del Dios de la vida.
A Dios no se le encontrará en el monumental templo de piedra sino en la persona de Cristo, y por Él, en cada uno de sus hermanos más pequeños y en la comunidad, que es la familia reunida alrededor del ágape de amor, mesa del Reino.

Más que un milagro en el sentido tradicional, los gestos y acciones del Señor nos educan y guían para que nosotros, mínimos obreros de ese Reino que yá está entre nosotros, seamos canales milagrosos del amor de Dios en este mundo a menudo tan cruel e inhumano, comenzando por ese Cristo que se ofrece Él mismo, totalmente y sin reservas como pan para nuestro hambre y para todos los hambres de la humanidad.

Los discípulos, frente al ímprobo desafío de alimentar a una multitud inverosímil -miles de personas- se adentran por las veredas usuales. En principio, quieren abandonar a esas gentes a su suerte, alejando de sí mismos el problema que los descoloca, el usual no me corresponde, no a nosotros, que otro se haga cargo. Luego, como vía de solución intentan comprar los alimentos que faltan. El error es mayor; el dinero no es solución, y peor todavía, hay cosas que no tienen precio, que no pueden comprarse.

La acción del Señor tiene la ilógica del Reino, la maravillosa locura del amor, de un Dios enamorado de sus criaturas. A nuestras limitadas mesas exclusivistas de confort y comodidad, de mirarnos el ombligo, opone la mesa inmensa de los hermanos, del servicio, de la fraternidad, mesa creciente de la vida que se ofrece incondicional para que otros vivan.
Aún cuando entrañe ciertos riesgos a ojos mundanos, en la mesa de los hermanos no hay intrusos ni hay extraños, sino lugares reservados y pan abundante para los que aún no han llegado.

Para los discípulos, se inaugura la misión, llevar a todos los hambrientos soles de justicia concreta, encarnada, y el pan de la vida eterna que es Cristo Eucaristía. Nos alimentamos del cuerpo y la sangre del Señor, pan y vino transubstanciados, en grato memorial que ofrecemos desde nuestra pequeñez, que nos compromete y transforma porque no solamente saciamos la necesidad del cuerpo, sino que nos alimentamos de la existencia misma de Cristo para amar como Él, vivir como Él, ser fieles como Él.

Es dable entonces suplicar alegremente el hambre, el hambre que nos hermane al caído a la vera de la vida, al olvidado en todas las periferias, al que se suele enviar a arreglárselas como pueda en su miseria, para que todos den un paso adelante hacia la justicia desde la solidaridad y la compasión, el Cristo que compartimos y nos convoca.
Somos pequeñísimos, apenas unos panes y unos pescaditos, pero que se vuelven bendición y signo cierto del amor de Dios para el hermano.

Paz y Bien


Poder y autoridad





Para el día de hoy (28/05/16):  

Evangelio según San Marcos 11, 27-33




La escena que nos relata el Evangelio de este día se desarrolla otra vez en el Templo de Jerusalem, inmediatamente de la purificación del templo que realiza el Maestro, expulsando a vendedores y cambistas del atrio de los gentiles.
Allí, sumos sacerdotes, escribas y notables increpan a Jesús. El derribo de las mesas de los cambistas y los animales espantados de los corrales es inconcebible e intolerable, y son varias las causas que desatan la controversia furibunda. Frente al devenir humano, frente a la historia es menester tener una mirada amplia, pues nunca se trata de hechos unívocos, sino más bien de circunstancias multicausales.

De esa manera, podemos advertir ciertas cuestiones que motivan las iras de los enemigos del Señor. Por un lado, su autoridad queda en entredicho frente al pueblo que les obedece y les teme -terrible cosa la de gobernar mediante el miedo-. Su poder frente a las gentes es omnímodo e incuestionable, bajo el constante apercibimiento de pena capital en caso de rebeldía.
Por otro, y aunque no sea del todo explícito, estamos hablando de hombres eruditos pertenecientes a una larga tradición de hombres instruídos en renombradas escuelas rabínicas, que ahora ven tambalearse el orden que los favorece por ese hombre joven, pobre y cuyo acento lo vende como provinciano, un galileo siempre sospechoso al que desprecian por autonomasia, quizás por no ser como ellos.

Sin embargo, otras dos cuestiones están en danza: la ominosa presencia del pretor romano y las legiones estacionadas en la zona, garantes del poder imperial. Actos de rebeldía no controlados por los dirigentes implicarían directamente la irrupción militar supresiva romana.
Y otro dato, aunque parezca demasiado mundano, revela también su gravitación: al voltear las mesas de los cambistas y finiquitar el tráfico de animales para el sacrificio, Jesús de Nazareth arranca sin vacilaciones un accionar profano del ámbito sagrado del Templo. La enorme afluencia de peregrinos a Jerusalem, principalmente en las grandes fiestas, suponía el ir y venir de miles y miles de personas de toda la Diáspora, que necesitaban cambiar el dinero de su lugar de origen por los shekels habilitados para el pago de las ofrendas normadas, a lo que se debe añadir la compra de los animales kosher para los sacrificios y holocaustos ofrecidos. Todo ese pingüe negocio, el nefasto monopolio comercial de la fé, respondía precisamente a la dirigencia religiosa de su tiempo, y de allí también la furia encendida sin apaciguamiento, el cuestionamiento acerca de donde proviene la autoridad de Jesús de Nazareth para hacer lo que hace. Ellos no lo autorizaron, y es una constante tristemente repetida, andar pidiendo permiso para hacer el bien.

El trasfondo es el concepto de autoridad que sobrevuela esas rígidas estructuras religiosas. En boca de esos hombres, el cuestionamiento de la autoridad del Señor es una provocación que ahonda el abismo que los separa por su exclusiva responsabilidad. El silogismo es vano y falaz, internarse por allí es sumergirse en un fangal sin destino, del mismo modo que mediante ciertas vetas dialécticas los poderosos de turnos pretenden embarcar al pueblo en batallas sin sentido, peleas que no son tales y que desvían la atención y la vida de lo verdaderamente importante.
El abismo es tal que la pregunta no amerita respuesta. Para esas gentes el poder y la autoridad refieren dominio, fuerza demoledora, potencia ejecutoria, juicio sobre los demás.

Nada tan distinto ni tan en las antípodas. En el tiempo de la Gracia, el Reino entre nosotros, el poder es el servicio y la autoridad surge de la identidad de hijos de Dios, una autoridad que no cercena los asomos distintivos sino que hace surgir cosas nuevas, brotes santos de una vida que se renueva generosa, palpitante, humilde y tenaz.
De allí la invocación a la figura de Juan el Bautista: el bautismo de Juan es un punto de partida, camino de identidad filial y conversión de corazones que quieren vivir según Dios, desde el amor y la libertad.

Paz y Bien



Oratio pro summo Pontifice






V: Oremus pro Pontifice nostro Francísce.

R: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

      Pater Noster, Ave Maria.

Oremus:

Deus, omnium fidelium Pastor et Rector, famulum tuum Francísce, quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, proficere: ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum, Dominum nostrum. Amen.



V: Oremos por nuestro Pontífice Francisco.

R: El señor le conserve, y le de vida, y le haga bienaventurado en la tierra, y no lo entregue en manos de sus enemigos.

      Padre Nuestro, Ave María

Oremos:

Oh Dios, Pastor y Rector de todos los fieles, mira propicio a tu siervo Francisco, a quien  has querido elegir para pastor de tu Iglesia: haz, te suplicamos, que aproveche, con la palabra y el ejemplo, a aquellos a quienes preside, para que llegue, junto con la grey a él confiada, a la vida sempiterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amen.



V. Let us pray for Francis, our Pope.

R. May the Lord preserve him, and give him life, and make him blessed upon the earth, and deliver him not up to the will of his enemies.

   Our Father, Hail Mary.

O God, Shepherd and Ruler of all Thy faithful people, look mercifully upon Thy servant Francis, whom Thou hast chosen as shepherd to preside over Thy Church. Grant him, we beseech Thee, that by his word and example, he may edify those over whom he hath charge, so that together with the flock committed to him, may he attain everlasting life. Through Christ our Lord. Amen.

El templo estéril, la vida sin frutos





Para el día de hoy (27/05/16):  

Evangelio según San Marcos 11, 11-25






La lectura que nos ofrece la liturgia del día posee un profundo diálogo alegórico entre la higuera y el Templo, y es precisamente este diálogo el que no debe perderse de vista a la hora de contemplar la enseñanza del Maestro, que entra y sale del Templo de Jerusalem, que vá hacia Betania a horas intempestivas cuando parece ser demasiado tarde. Ese movimiento es motivo de nuestra esperanza, un Cristo que siempre está en nuestra búsqueda, que se llega a la cotidianeidad de nuestras existencia, que a veces toma distancia pero siempre regresa, jamás nos deja solos.

En el imaginario colectivo de Israel, la higuera representaba la imagen de sí mismo, árbol frutal cuidado por Dios; de acuerdo a lo que enseñaban los profetas, especialmente Jeremías, la higuera era fértil, daba buenos frutos cuando se mantenía fiel a su Dios, cuando seguía sus mandamientos. 
Pero basta notar en nuestra lectura que esta higuera tiene un distingo anterior a la cuestión de los frutos, y es que se trata de una higuera con hojas. Sin demasiado esfuerzo, la imagen nos remite a Adán y Eva, al paraíso perdido, a las hojas que se utilizan para cubrir la vergüenza del pecado, la desnudez que es mucho más que la falta de vestidos sino más bien una vida que discurre lejos de la mirada bondadosa del Creador, el desamparo de una vida sumida en esa miseria elegida que llamamos pecado.
Por eso mismo cobra relevancia la actitud de Jesús: es evidente que esa higuera ha desertado de su destino frutal, de allí las hojas. Aún así, Él tenazmente busca algo más, sabe que es posible reverdecer más allá de la apariencia y aún cuando no sea época de cosechas. Es así nuestra existencia, a pesar de que solemos quedarnos a la intemperie de nuestros quebrantos.

Sin embargo y regresando al primer párrafo, no hemos de perder de vista al Templo de Jerusalem. La expulsión de los mercaderes del Atrio de los Gentiles define el inicio de un éxodo definitivo. La que debía ser casa de encuentro y oración se convirtió en escenario mercantil, la compra y venta de piedades, y allí ya no es ámbito para mujeres y hombres de fé sino una cueva de ladrones que se apropian de lo que no tiene precio, la Gracia de Dios. Así entonces opera el desplazamiento fundante: a Dios no se lo encuentra en lugares sacralizados, sino en la persona de Jesús de Nazareth, y por su amor infinito y re-creador, cada hombre y cada mujer hermanos suyos son también templos vivos y palpitantes del Dios de la vida.

En ese Templo se ha abdicado del verdadero culto a Dios. Se repiten fórmulas pero no se reza, se cumplen reglamentos pero no se ama. Hay muchas hojas bellas, pero ningún fruto nutricio.
No así el destino y la vocación a la que se nos invita.
A frutos de compasión y piedad. A una vida que renazca, de la mano de Dios, en el perdón y en aprojimarse al hermano que se ha alejado, desde el vínculo filial conque se nos ha bendecido sin merecerlo.

Paz y Bien

Bartimeos de todo tiempo




Para el día de hoy (26/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 46-52





Ante todo, la especificación geográfica: Jericó se encuentra a unos 30 km de la Ciudad Santa. En la ruta hacia Jerusalem, Jericó deviene en un suburbio suyo, y no es un dato menor: la enseñanza de hoy transcurre a las puertas de la Pasión, y por lo tanto cobra relevancia y se ilumina en perspectiva de cruz y amor mayor.

En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las patologías visuales eran demasiado usuales, toda vez que la arena lesionaba las córneas tanto como el reflejo del fuerte sol sobre las piedras blancas. De ese modo, muchas personas terminaban ciegos o con una gran disminución de su capacidad visual, y esa condición les impedía llevar una vida normal, especialmente trabajar para ganar el sustento de su familia.
Pero el problema no se acotaba a ello: por las rígidas normas de pureza ritual, se percibía a toda enfermedad como un justo castigo de Dios por los pecados cometidos -o por los pecados cometidos por los padres-, de tal modo que dentro de la mentalidad imperante, la enfermedad era oprobiosa y el enfermo debía resignarse a su triste condición. Desoladora imagen de un Dios dispensador de castigos, miserias y resignaciones en donde se abdica toda esperanza.

Desde la perspectiva del párrafo anterior, se comprende la ubicación del hombre ciego de la lectura de este día. Está a la vera del camino mendigando como muchos lo que se pueda para apenas sobrevivir, la miseria tolerada que se acepta como usual, corriente, tolerable, y que no se permite cualquier alteración del desorden establecido. 
Pero cuenta también la resignación que se espera del doliente, el silencio, la parálisis que no moleste a los que discurren por la vida sin complicaciones porque se han vuelto incapaces de mirar a los costados.
El Evangelista rescata el nombre de ese hombre que está a la vera del camino: tiene un rostro concreto, un nombre con raíces, y es humilde señal de un Dios que nos conoce y nos ama tal como somos, en nuestra identidad única. Y más aún, los que sufren no son abstracciones a resolver en pretéritos escritorios sino hombres y mujeres concretos, de carne y hueso que suplican auxilio.

Sin embargo, Bartimeo no se resigna. La falta de luz que reconoce es el segundo paso para restablecer su salud, una palabra hermana de otra, Salvación; el primer paso es el Cristo que camina, que lo busca, lo llama, no lo rechaza.
Quizás más que la incapacidad visual se destaque que ese hombre está sumido en un mundo uniforme, oscuro, sin matices ni posibilidades. Así, todos somos en cierto modo Bartimeos, mendigos de misericordia que suplicamos una pequeña brizna de luz, para ver y vivir.

A ese hombre ha llegado el amor de Dios, la misericordia que sana, restaura y libera. El manto que simbolizaba su existencia demolida vuela alegremente por los aires, y es la vida vieja -una no-vida- que se hace pasado, porque cuando Cristo se hace presente todo es posible. Lo verdaderamente definitivo es el amor de Dios, todo lo demás es pasajero, hasta lo más gravoso. Hay que saber pedir, y pedir con confianza, aún cuando todo diga que nó, aún cuando las voces circunspectas de los razonadores de dolor y miserias quieran esconder a los que sufren, acallando el sufrimiento como quien esconde residuos bajo las alfombras de lo cotidiano.

Allí hay un hombre que tenía una discapacidad visual y que es sanado por el amor de Dios que se expresa en Cristo, pero son muchos los ciegos que, aún con sus ojos capaces, se han vuelto incapaces de descubrir a Dios en el rostro del hermano que sufre.

Paz y Bien

Yoísmos





Para el día de hoy (25/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 32-45




La lectura que nos presenta la liturgia del día tiene como marco y color principal el anuncio de la Pasión que realiza el Maestro frente a los discípulos: se trata de su vocación mesiánica y su fidelidad, que sólo puede comprenderse desde esa cruz asumida en libertad.

Como un contraste doloroso e inmediatamente luego del anuncio de la Pasión, Juan y Santiago -Jacobo- los hijos de Zebedeo, se acercan al Maestro con una petición que tiene mucho de exigencia personal cargada de ambición. En aquél tiempo, la diestra del rey era, símbólicamente, el sitio de mayor honor tras el monarca, y la izquierda el inmediato siguiente; obviamente, no es solamente una cuestión ornamental sino de poder que pueda ejercerse, puestos y autoridad. 
En realidad, entre el anuncio de la Pasión y la exigencia de los dos hermanos hay un abismo. No han comprendido nada acerca de Cristo y su Reino, siguen aferrados a los esquemas de poder mundano, de dominio, de autoridad contundente.

En cierto sentido, el pedido/reclamo de Juan y Santiago tiene mucho de oración que reniega de Jerusalem, del amor mayor expresado en la cruz que es don y misión. 
Nuestra oración a menudo se embarra en esos lodazales; pedimos mucho -no está nada mal, es claro- pero olvidamos glorificar y agradecer. Pedimos para que prevalezcan los yoísmos que nos constituyen, es decir, primero yo, luego yo y por último yo; allí no hay lugar para el Dios de amor y Gracia de Jesús de Nazareth ni tampoco se abre el horizonte para el hermano.
Probablemente ello pueda también ejemplificarse con esas espiritualidades que articulan la prosperidad como dones de Dios, la teología de los primeros lugares, la religiosidad del trueque de piedad a cambio de bendición. Aunque la postura es tentadora, nada tiene que ver con la Buena Noticia, con el Reino, con la generosidad, con el amor incondicional, con el Dios que nos ama sin descanso ni excepciones.

En el epítome del pedido de los hijos de Zebedeo se encuentra la opresión: todo poder que no se sustente en el servicio, invariablemente conducirá al dominio y explotación del prójimo, ámbitos excelentes para que florezca y medre la corrupción.

No sea así entre ustedes les enseñaba el Señor, y es el mensaje que hoy nos resuena en las honduras de los corazones, para que nos despertemos al compromiso y la profecía del servicio, imantación y seguimiento de Aquél que ha salido en nuestra búsqueda y que ofrenda su vida por nuestra salvación.

Paz y Bien



     

Dejarlo todo






María, Auxilio de los Cristianos

Para el día de hoy (24/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 28-31




La Beata Madre Teresa de Calcuta hablaba con meridiana verdad cuando afirmaba: ni siquiera Dios puede poner algo en algún corazón que ya está lleno. Es que las cosas, los bienes, suponen un insalvable obstáculo para la relación con Dios -es decir, para la plenitud- si éstas pierden su carácter instrumental y ocupan el centro de la escena, de la existencia. 

En estos tiempos, el materialismo se ha vuelto sutilmente tramposo, desvía la atención quizás hacia el céntuplo prometido y nó hacia el amor de Aquél que lo sustenta, que a todo brinda destino y sentido. Así el materialismo razona actitudes y justifica miserias con la calma falsa del que se compromete cuando le conviene, con los espacios críticos cedidos a los poderosos.

Pedro se enrieda en su afirmación: le afirma al Maestro que éste conoce lo que los apóstoles han dejado atrás, mujer, familia hijos, toda una vida en el seguimiento de Cristo. Sin embargo esa afirmación no es gratuita. Tiene que ver con una religiosidad trocal, de intercambios piadosos que infiere que hay cosas que se le dan a Dios a cambio de procurar su bendición, y se ubica en la misma lógica que aquella ocasión en que la madre de los hijos de Zebedeo suplica para Juan y Santiago lugares de privilegio en un eventual corona mesiánica del Señor. De ese modo, el sacrificio de Pedro y los otros espera a cambio una retribución exponencial, y el error es grave pues es renegar abiertamente de la Gracia, del amor incondicional de Dios. 

Aún así, el Maestro no reprende. Desde los errores de los hombres Dios también edifica salvación y abre espacios de bondad, con la asombrosa fecundidad del amor, la misma que sacia a la multitud hambrienta y llena doce canastas, la que reanima la fiesta de bodas que se apaga y llena seis tinajas del mejor vino.
Los discípulos han dejado todo, y en esa renuncia por seguir a Jesús se han vuelto ligeros de corazón, tienen amplios espacios vacíos en su alma que serán colmados por Aquél que en todo florece vida y alegría.

Dejarlo todo será la humilde ofrenda de los que aman y confían, los que persisten tenazmente en la esperanza, los que saben que todo es posible para ese Dios que se pone abiertamente del lado de los pequeños, los pobres, los que no cuentan. Dejarlo todo para que Dios sea todo en todos.

Dios bendiga especialmente a nuestras hermanas y hermanos que se hacen ofrenda en su vida consagrada, anticipando en sus existencias el Reino aquí y ahora.

Paz y Bien

Camellos asombrosos




Para el día de hoy (23/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 17-27



La imagen de Jesús de Nazareth caminante, y del encuentro con el hombre rico es significativa: a Cristo se lo encuentra en el camino de la vida, en los senderos de la existencia, y siempre hay una invitación encendida para seguir sus pasos. Está en nosotros seguirle o quedarnos, porque la fé tiene mucho de movimiento cordial, un ir hacia como el amor.

En ese hombre hay una gran sinceridad, aunque quizás tácita; no era fácil ni sencillo en ese tiempo acercarse con ánimos de aprender y con un respeto venerable a ese rabbí galileo, tan denostado como odiado por las autoridades religiosas. Pero a su vez podemos intuir una fé incipiente cuyo distingo primordial se basa en la confianza puesta en la persona de Jesús.
Sin embargo, se dirige a Él como un maestro que puede revelarle arcanos y facilitarle el acceso a secretos que le faltan para completar sus días, para plenificar su existencia; de allí seguramente el elogio -maestro bueno-. De allí la respuesta del Señor, pues aunque nosotros sepamos que Él es Maestro y es bueno, en esta circunstancia lo que importa es que ese hombre dirija su mirada al Dios que ha brindado a su pueblo la Ley de Moisés, los mandamientos que ordenan la vida.

Esos mandamientos han sido concienzudamente guardados por ese hombre desde su juventud. Curiosamente, cuando el Maestro los enumera omite deliberadamente los referidos a la relación con Dios, y pone el énfasis en aquellos que tienen que ver en la relación con el prójimo, respuesta exacta a la praxis que el hombre no descubre, la ética que es camino de eternidad; en nuestra relación con el hermano ha de florecer la voluntad de Dios.
Aún así, ello no es todo, pues la sola enumeración reduciría los mandamientos a un cumplimiento reglamentario que ese hombre ha observado. Hay más, siempre hay más, y es menester ahondar en el misterio de Aquél que los sustenta, que les brinda sentido, que nos busca sin cesar. 

Las riquezas de ese hombre simbolizan todos los gravámenes que nos impiden tener un corazón liviano, todo aquello a lo que nos aferramos, y también sustituir al Dios de la vida por las cosas, por la falsa seguridad de los bienes que solamente tienen un carácter instrumental.
Tal vez, el error primordial de ese hombre se centre en que la eternidad pueda obtenerse o procurarse mediante ciertas acciones o actitudes piadosas, y así desertamos de la Salvación como don y misterio de amor de Aquél que morirá para que nosotros permanezcamos con vida.

En cierto modo, todos tenemos diversos grados de riqueza a la que nos aferramos con fervor, cosas, dinero, ideas. Ego. Los discípulos lo intuían bien: nadie puede por sí mismo salvarse, todos portamos la carga terrible de nuestras miserias y quebrantos.

Pero la Salvación nos vuelve camellos asombrosos que podrán pasar felices por todos los ojos de la aguja de la existencia. La gracia de Dios, el amor de Cristo, inaugura el tiempo de los imposibles, el fin de los no se puede, de los nunca, de los jamases, para seguir con el corazón ligero tras sus pasos.

Paz y Bien
 

Celebramos la Santísima Trinidad



Santísima Trinidad

Para el día de hoy (22/05/16):  

Evangelio según San Juan 16, 12-15




Hoy la Iglesia celebra el misterio central de la fé cristiana que es el misterio trinitario: celebramos la Santísima Trinidad.
Quizás el distingo principal de esta solemnidad debiera ser el silencio atento, la contemplación de un misterio que sobrepasa toda razón, descalzarnos el corazón frente a la presencia sagrada que nos salva. Ello implica despojarnos de preconceptos, antropomorfismos, ingratitudes, ruidos, y disponernos a la escucha de ese Dios que nos está hablando.

La liturgia expresa la pedagogía cordial de la Iglesia, y por ello esta celebración se ubica en el Domingo siguiente al del bautismo eclesial, la Solemnidad de Pentecostés, Dios que nos habla, nos busca, nos acompaña y siempre se está brindando sin excepciones ni reservas.

En verdad, Dios es un inmenso misterio del que nada podemos decir; a pesar de todos los miles de años de recorrido, seguimos siendo niños balbuceantes. Entre Dios y las creaturas/criaturas hay un abismo insalvable para el hombre.
Aún así, un puente se ha tendido para nuestro bien, Cristo sacerdote, Señor y hermano nuestro.
 
Nos hemos caído del paraíso y no exactamente por accidente. A pesar de ese quebranto inicial y de todos los quebrantos posteriores, el Creador constantemente ha tendido su mano, nos ha salido al encuentro en cada recodo de la historia para el regreso, porque por nuestro propio esfuerzo no llegaríamos a ninguna parte.
Por eso celebramos la Santísima Trinidad. Celebramos a Dios con nosotros, a Dios por nosotros, a Dios en nosotros.

Dios es familia, Dios es comunidad de amor que se comunica constantemente, misterio de amor eterno al que nos conduce el Espíritu de Aquél que vive en comunión absoluta con el Padre y que nos hace partícipes de esa eternidad, verdad que nos salva y nos libera.

Paz y Bien

Hacerse niños, puerta del Reino



Para el día de hoy (21/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 13-16




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth los niños no tenían relevancia alguna: sin ser hombres enteros, eran apenas un apéndice de los padres. Mejor dicho, una propiedad, una cosa sin relevancia desde el punto de vista jurídico que carece de voz propia, que estará relegado de todo hasta que no ingrese a la vida adulta, un ser indefenso que en todo depende de su padre.
Así a los niños no se les enseñaba la Ley de Moisés, toda vez que se consideraba una pérdida de tiempo cuando no una afrenta a las tradiciones, y por ello también no era correcto ni razonable dispersarse en cuestiones pueriles. Precisamente ése es el motivo del rechazo de los discípulos cuando traen a la presencia del Señor unos niños para que Él los bendiga.

Contrariamente a toda especulación, el Señor se comporta siempre de acuerdo a su obediencia y fidelidad al Padre, y nó conforme a nuestras escasas previsiones y ansias mundanas, y allí está su enojo encendido. Nadie debe oponerse a que los niños se acerquen a Dios, y menos aún ser piedra de tropiezo para los niños y para los que son como ellos.

La revelación es revolucionaria. El Dios de Jesús de Nazareth se muestra abiertamente del lado de los niños y de los pequeños, los indefensos, los que en todo dependen de los demás, los que nadie tiene en cuenta, los que poseen una fé germinal e incipiente, los que no han perdido su capacidad de asombro y de gratitud.
Los niños y los pequeños llevan escondido en sus corazones un gratísimo secreto, las puertas del Reino.

Hacerse niños significa recuperar una mirada amplia, la confianza en el Padre, la capacidad de descubrir los regalos, lo dado, las bendiciones fruto de la Gracia, del amor de Dios antes que el producto de los esfuerzos y redescubrir el tesoro inmenso de un Dios que se nos ha revelado como Abbá de todos.

Paz y Bien

Matrimonio, espacio de plenitud




Para el día de hoy (20/05/16):  

Evangelio según San Marcos 10, 1-12




Desde hace bastante tiempo hemos perdido el valor de la palabra, la relevancia de lo que decimos, de las expresiones. Poco a poco la importancia de la palabra dada, de la palabra que se empeña ha pasado a un ignoto estante del pasado y a su vez ha ganado terreno los sofismas y las banalidades sin sentido ni compromiso. Por ello quizás también hayan perdido significación tanto la poesía como la metafísica.

Así, siguiendo el postulado esbozado en el párrafo anterior, podemos descubrir que la expresión matrimonio se origina en voces latinas que combinan la raíz matris/mater (madre) con el elemento monium, que a su vez refiere a status jurídico: visto desde esa perspectiva adquiere una relevancia notoria pues entonces matrimonium expresa el establecimiento y el reconocimiento legal de los derechos de la mujer como madre y mujer casada, especialmente en el mundo antiguo -y en ciertos aspectos actual- en donde la mujer se encontraba relativizada y subsumida respecto del varón, de sus decisiones, careciendo de derechos y voz propia. Dentro de la misma familia fonética, los derechos del varón se expresan desde un término similar, patrimonium, los bienes familiares sobre los que tiene tutela el pater familias.
Más allá de torpes cuestiones de género, patrimonio refiere a las cosas y matrimonio a la vida que se gesta y se cuida.

Sin embargo, otra expresión se utiliza con frecuencia para la referencia al vínculo entre un hombre y una mujer, y es la de cónyuges. Su raíz etimológica la encontramos en congiungere, que significa precisamente lo que su sonido sugiere, conjugados, dos vidas que confluyen para formar una nueva desde el amor, amor que responde a la propia esencia de Dios.
No se trata tanto de emparejar, de igualar hacia abajo, y de allí la espantosa costumbre de utilizar el término pareja para la unión amorosa de un hombre y una mujer. Nada de eso. Se trata de ofrecer esto que nos identifica, con las particularidades propias, y en la donación de la propia existencia edificar nuevos mundos, vida que se expande, desde el amor que involucra el corazón, la piel, la mente, los huesos, todo esto que somos, todo lo que podemos ser juntos.

Siguiendo la lectura de este día, al Maestro se acercaban esos hombres con intenciones aviesas, es decir, con las ganas -no tan ocultas- de que Jesús de Nazareth se tropiece con rulos dialécticos, se enrede en falaces argumentos y desde allí ridiculizarlo, menoscabarlo, desmerecerlo frente a las autoridades religiosas y frente al pueblo. 
La Ley de Moisés era clara respecto al matrimonio; el problema radicaba en las diversas casuísticas aplicadas sobre esos criterios que son, ante todo, espirituales. Es la legalización jurídica de la fé, la subordinación a los reglamentos antes que a la caridad, y cuando ello acontece, Dios se vá por otros lados. De allí el problema que le plantean: para sus duros conceptos, sólo el hombre poseía derechos, y no así la mujer, con lo cual un libelo de divorcio estaba sujeto a los caprichos del varón sin que la mujer fuera escuchada ni respetada. 

El Maestro desecha esos postulados. Esos hombres aplican escasos conceptos mundanos a cuestiones amadas por Dios, y la postura debe ser, precisamente, contemplar todo desde la mirada de Dios.
Y desde esa mirada bondadosa de Padre, el matrimonio es un medio santo para edificar desde el amor recíproco el espacio de plenitud que se expande en la familia. Ésa es la raíz definitiva de toda indivisibilidad, porque el amor no se divide por cánones o reglamentos, se lo vive en el respeto, el cuidado del otro y la grata donación de la existencia.

Lamentablemente, solemos embarcarnos en las vanas naves reglamentarias, que aunque importantes tienen solamente un carácter instrumental. Y cuando por los golpes de la vida o los avances de las miserias ese amor fundante se quebranta, es menester dar paso a la compasión antes que al juicio, al igual que el Dios de Jesús de Nazareth, infinitamente rico en misericordia.

Paz y Bien

Con la humildad de la sal





Para el día de hoy (19/05/16):  

Evangelio según San Marcos 9, 41-50




El Evangelio para este día nos convoca con enseñanzas del Maestro en las que resulta distintiva la puesta en valor de las cosas sencillas, de los pequeños gestos, de lo que quizás por extraviarnos en las locuras mundanas solemos pasar por alto. 

Hay en el mensaje una tremenda oscilación, pues quien enseña es el mismo hombre que se encamina enteramente libre a Jerusalem a entregar su vida. Ese mismo hombre, Jesús de Nazareth, y a pesar de ello, pone el acento en algo tan pequeño como un vaso de agua ofrecido con generosidad; allí también podríamos tranquilamente pensar en los gestos de cortesía, alguna sonrisa cordial, la escucha atenta del prójimo, todos brotes crecientes de una vida de raíces profundas, brotes por donde se asoma la caridad, en donde quizás es posible comenzar a imaginar otro mundo, pequeñísimos ladrillos imprescindibles para edificar la existencia.

A la vez, el Maestro realiza una declaración asombrosa, y es su plena identificación con los suyos, con sus discípulos y seguidores, sus hermanas y hermanos, todos y cada uno de nosotros. Así nos descubrimos inmensamente valiosos, más no por méritos propios, sino por el entrañable amor y confianza de Cristo puestas en nuestros corazones, en todo esto que somos.

De entre todos sus hermanos, el corazón sagrado del Señor se inclina con abierta preferencia por los pequeños, y por pequeños -es claro- debemos considerar ante todo a los niños. En vista a todo lo que acontece, dolorosamente se nos vuelve más que razonable la admonición de la piedra de molino para quienes quebrantan esas vidas en ciernes, la inocencia que crece, la indefensión que es imprescindible proteger por todos los medios. Pero pequeños son también los que no cuentan, los que son invisibles a los ojos del mundo y muy especialmente aquellos que tienen una fé frágil, incipiente, en crecimiento.
Por eso la contundencia de sus palabras, la virulencia de su advertencia, que de ningún modo ha de leerse literalmente; si ello fuera así, sinceramente, viviríamos en un mundo de ciegos y mancos. Se trata de estar atentos a no vulnerar de ninguna manera la vida, los sueños y la fé de nuestros hermanos más pequeños, a quienes ante todo debemos servir.

Se trata de un humilde destino de sal. 
Por sí misma, la sal es apenas algo más que nada, un polvillo que se dispersa con cualquier viento. Sin embargo la sal es imprescindible para dar sabor, y a su vez de preservar de la degradación.
Humilde misión impostergable, que de gusto vivir esta vida, que no prospere la corrupción que mata y destruye, signos ciertos de Dios con nosotros, del Reino presente aquí y ahora.

Paz y Bien

Amigos y defensores de Dios




Para el día de hoy (18/05/16):  

Evangelio según San Marcos 9, 38-40




Las personalidades de los apóstoles era diversas, variopintas, no había en ellos una uniformidad sin distingos, sino más bien que desde caracteres muy distintos el Maestro forma una nueva familia, un nuevo pueblo, unidad en la diversidad. 
Teniendo presente el sencillo postulado precedente, Juan y su hermano Santiago -Jacobo-, hijos de Zebedeo, son llamados tradicionalmente Boanerges o hijos del trueno: religiosamente fundamentalistas y portadores de bravos esquemas elitistas, de rechazo furibundo y violento de lo ajeno, de lo extraño. En cierta ocasión podemos recordarlos sugiriendo a Cristo arrasar con una lluvia de fuego a una aldea samaritana que se había negado a recibir al Maestro.
La lectura que nos presenta la liturgia del día tiene mucho de eso: los celos egoístas, el rechazo nervioso del que se supone extraño, la apropiación errónea de tornarse defensores de los derechos de Dios. Como si algunos tuvieran, precisamente, la vana arrogancia escrupulosa de los que se apropian de la autenticidad religiosa, pretensos delegados exactos del Creador -como si el Dios del universo requiriera defensa alguna-.

En realidad, esas posturas esconden terribles inseguridades por un lado, y por otro el alambrado de sus propios espacios acotados, relativos, mínimos. Para esas tendencias a menudo tan contundentes, la asombrosa libertad del Espíritu es en todo inconveniente, pues infieren que por simple pertenencia -por portación de ciertas credenciales- el Espíritu de Dios ha de estar a disposición de sus criterios y caprichos, la exclusividad de la bendición divina acotada a una élite.

En el Evangelio de este día todo ello se despeja. Es cierto que no todos los gestos pertenecen a Cristo, pues sólo es en verdad suyo lo que se hace en Su nombre, el bien que se propaga como rocío bienhechor.
Ello abre una ventana enorme, a menudo descartada. La mesa de los hermanos es mucho más grande que la que solemos tender.

Es cuestión de amistad, de profunda confianza en Aquél que no nos abandona. Los verdaderos amigos de Dios no se asustan, se alegran cuando descubren esos gestos en toda acción de bondadosa liberación realizada en el nombre del Señor.

Paz y Bien

Cristo, casa y camino




Para el día de hoy (17/05/16):  

Evangelio según San Marcos 9, 30-37 



Un paso importante en toda reflexión es la superación de la pura letra, de la literalidad superficial. Adentrarse en el mundo de signos y símbolos implica también la decisión de desertar de cualquier fundamentalismo, y en tal sentido signo es una señal inequívoca que nos dirige la mirad, mientras que símbolo -desde esa perspectiva- es una ventana que se nos abre y nos permite asomarnos a la trascendencia.

Siguiendo ese orden de ideas, ciertas cuestiones que se nos ofrecen en la lectura de este día pueden escapar a la impuesta limitación de esa literalidad. Así, casa y camino serán para nosotros mucho más que espacios específicos, y remiten a una realidad mucho más profunda.
En numerosas ocasiones podemos encontrar al Maestro enseñando tanto dentro de una casa como en el andar junto a los suyos por un camino; el Señor tenía especial preferencia tanto por la casa como por el camino como  ámbitos de revelación y encuentro con la realidad de Dios.

La casa será entonces el ámbito familiar de calidez hogareña en donde se espeja la Iglesia -nueva familia, nuevo pueblo-, en la casa surgirá el nuevo culto alrededor del pan compartido y el servicio, la vida que se ofrece. Cuando el Maestro es execrado del sistema sinagogal, ese culto se desarrollará en ese espacio familiar, quizás porque el culto verdadero no pasa por el sitio y las fórmulas sino por los corazones, y es al calor de los corazones donde florece la vida nueva. No podemos pasar por alto, como gratos ejemplos, al hogar familiar de Pedro y Andrés, la restitución de la salud de la suegra de Pedro, las gentes que se agolpaban en la puerta, hambrientas de verdad; tampoco podemos olvidarnos del hogar de Lázaro, María y Marta de Betania en donde el Maestro estaba a sus anchas.
Jesús de Nazareth no tenía casa propia: de niño y de adolescente, su casa era la de su padre carpintero. Ya hombre, su casa será el hogar de sus amigos, allí mismo en donde lo reciban con calidez.

El camino responde a otras aspiraciones más universales; su referencia explícita al movimiento está íntimamente asociada a lo vital y, por contraposición, opuesto a cualquier parálisis mortal. El Señor, que se revela Él mismo camino, abre las aguas, y camino no será solamente la ruta que se anda, sino la existencia que se transforma junto a Su persona.

Casa y camino son decisivos. Las ambiciones erróneas de los discípulos los empujan a equivocar la huella, veredas de poder, de dominio, del ego sin mesura. Aún así, en el nuevo tiempo de la Gracia no se trata de refutar esas posturas, sino de imaginarse mundos nuevos, desde otra mirada amplísima, la mirada de Dios.
Por eso el poder verdadero será el servicio, y esta nueva familia se edifica desde el amor, desde la alegre renuncia al egoísmo, desde la oblación de la propia existencia para el bien de los demás, teniendo por centro de importancia y gravitación de esa familia a los pequeños, a los que no cuentan, a los que nadie vé ni tiene en cuenta. No hay en la familia del Maestro otro privilegio que el de amar y servir.

Paz y Bien
 

María, Madre de la Iglesia




María, Madre de la Iglesia

Para el día de hoy (16/05/16):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27 






María, la Madre del Señor, es mujer que no tiene casa propia. El Evangelio según San Juan es claro al respecto, y más claro aún al indicar que el hogar verdadero de la Madre es aquél en donde los hijos la reciben con fé que se encarna, con algo más que cordial hospitalidad.

Los vínculos filiales son persistentes: en los gestos de los hijos se reconoce el carácter de los padres.
Así la Iglesia tiene una semejanza filial con la Madre pues constantemente engendra hijos desde la predicación de la Palabra y los sacramentos que administra, y es la pila bautismal el seno santo del que brotan los hijos nuevos, hijos plenos desde la fé que se le ha concedido, la fé que custodia y alienta la Madre del Señor.

El Hijo no es solamente la cabeza del cuerpo eclesial, sino el hombre definitivo que inaugura una nueva humanidad congregada tras los desencuentros de Babel, que habla el lenguaje universal del amor por el Espíritu que todo re-crea.

La Madre del Señor alumbra al Hijo desde el Espíritu de Dios que la fecunda, pero ese parto no es único sino el primero de muchos que a su vez se espejarán en el nacimiento del Salvador, vida nueva que se decide al calor de la fé.

Como en las bodas en Caná de Galilea, la Madre estará siempre atenta a las necesidades de los hijos, al vino de la existencia que se les agota, a los brindis sin esperanza, a las celebraciones que se duermen, y Ella intercede ante el Hijo para que la vida no se termine, no se apague, permaneciendo firmes, atentos y fieles a todo lo que Él nos diga.

Como hijos de esa Madre presente en Pentecostés y en cada instante de nuestro peregrinar, supliquemos recuperar su identidad, confiados en su misericordia sin límites, en su corazón sagrado redentor, en su presencia que es causa de todas las alegrías, en ese Dios que inclina su rostro bondadoso hacia los pobres, los humildes y los pequeños.


Paz y Bien

Pentecostés, una nueva comunidad, una nueva humanidad




Pentecostés

Para el día de hoy (15/05/16):  

Evangelio según San Juan 20, 19-23




Los discípulos estaban encerrados, tapiados de temor y demolidos de desconcierto. Suponían que en ese espacio limitado estarían a salvo de las persecuciones, protegidos de las posibles derrotas, y es un espejo de una Iglesia cómoda en sus falsas seguridades, que cierra puertas y ventanas replegándose sobre sí misma por temor al mundo, a la globalización, a lo extraño.

Pero es menester contemplar la historia desde la mirada de Dios que siempre sueña amaneceres para todos sus hijos, aún cuando parezca la noche inalterable. No hay portón ni blindaje que impida la llegada del amor de Dios, y esos discípulos encerrados en sus miedos son también como una arcilla que se moldea y que por el aliento de Dios se yergue como un nuevo ser, una nueva creación crecida al soplo del Espíritu.

A menudo, la dura persistencia del sufrimiento impide la capacidad de descubrir novedades gratas, como si se nublara la vista a toda positividad y se mira con desconfianza y escepticismo cualquier hecho bondadoso. Incluso muchos argumentan que la fé es producto de los miedos, de pretensas apariciones fantasmales, trampas de una psiquis zarandeada por los cimbronazos que suele dar la vida. 
Pero la fé cristiana no es una ilusión conciliadora de dolores, sino que se afirma en las marcas del dolor infringido, en las llagas de la cruz, en las heridas de la Pasión, en el Cristo que muere rotulado un criminal abyecto pero que contra toda razón y pronóstico ha derrotado a la muerte, ha resucitado y vive para siempre.

Los discípulos liberados del miedo viven la verdadera paz que no es la ausencia de conflictos sino la presencia de Cristo que les renueva todas las esperanzas. 
Para muchos, esta vida nueva de los hermanos es señal de una ebriedad que se desprecia; razones no faltan, pues se comportarán con distinta actitud, a contramano del usual sentido común del mundo, avieso y calculador. Pero desde el servicio fraterno que han aprendido del Maestro se forjan vínculos nuevos, y el Espíritu Santo forja desde la mansa fragua del amor una familia nueva y creciente. Ya no son un grupo de individualidades que se amontonan, son una nueva comunidad común unión viva que palpita buenas noticias.

Babel significó el desencuentro de los pueblos por el olvido de Dios y la ambición desatada, los edificios monstruosos sin cimientos. Por eso Pentecostés es amable respuesta de Dios a todas las confusiones, a la dispersión sin destino.
Pentecostés inaugura también una nueva humanidad que se puede vincular a través del lenguaje universal del amor, para encontrarnos todos los pueblos y reconocernos hijos de Dios, hermanos por una bendición que persiste amorosa y tenaz.

Paz y Bien

Letanías al Espíritu Santo -una canción-



LETANÍAS AL ESPÍRITU SANTO


El Espíritu es como el viento,
sopla donde quiere y oyes su voz,
pero no sabes de dónde viene ni adónde va.
Hay que ser como hoja seca y dejarse lle--var.

Espíritu Santo, ven  a nosotros... (ven  a nosotros...)
Don del Amor, ven  a nosotros... (ven  a nosotros...)
Fuente de gracia, ven   a nosotros... (ven   a nosotros...)
Consolador, ven   a nosotros... (ven   a nosotros...)
Santificador, ven  a nosotros... (ven  a nosotros...)
Alma de la Iglesia, ven  a nosotros... (ven  a nosotros...)

Ven, Espíritu, a nuestras almas,
quema nuestros corazones con el fuego de tu amor.
Ayúdanos a amarnos de verdad.
Haz del nuestro un Pueblo Santo que viva en la unidad

Ven a nosotros, alégranos,
haz que vivamos en el amor.

(Ven a nosotros, alégranos,
haz que vivamos en el amor.)


Hna. Mariana Gómez Carrillo
Misioneras Diocesanas



aquí la podemos escuchar:

 

Como Jesús amaba






San Matías, apóstol

Para el día de hoy (14/05/16):  

Evangelio según San Juan 15, 9-17




La enseñanza que nos brinda la lectura de este día es nodal, crucial para la vida humana y cristiana pues se establece desde la medida y perspectiva del amor.
Esta enseñanza no puede abstraerse de la perspectiva principal que es la cruz como ofrenda suprema, en contraposición total de aquellos que todo lo regulan -hasta la vida de Dios- mediante códigos y reglamentos específicos, recetas de santidad y pureza ritual que nada tienen que ver con el amor asombrosamente gratuito y absoluto de Aquél que nos ha amado primero de manera incondicional, un amor que es escandaloso para los traficantes espirituales, para los que comercian con méritos religiosos, para todas las mezquindades opresoras del mundo.

Se trata de amar como Jesús amaba.

El amaba de ese modo único y revolucionario pues conocía en su propia existencia el amor del Padre, un amor creador que no tiene reservas y que se encarna, se hace historia y tiempo, vecino, hijo querido. 
Jesús de Nazareth obedece hasta la muerte al Padre, pero esa obediencia no es una subordinación de hacer venias sin pensar, de autómata sin corazón, sino en el sentido más profundo y auténtico de la expresión -ob audire- que significa escucha atenta. Escuchar atentamente para permanecer fiel, servicial obrero de la misericordia que restaura y levanta la creación.

En demasiadas ocasiones pretendemos acotar el amor al escaso tamaño de nuestra vida, a la insignificancia de nuestras existencia, y por eso andamos dispersando a cada paso tanta escasez. Sea entonces la real medida del amor cristiano -el amor humano- el amor de Cristo que se expresa en el servicio, en la gratuidad, en su infinita amplitud que no conoce menoscabos ni restricciones.

Amar como Jesús amaba implica a-pasionarse por el bien de los demás, enamorarse de la vida con todo y a pesar de todo, amarla de tal modo que nos volvamos capaces de entregar sin miramientos la propia para el bien de los demás. Palpitar la urgencia de la compasión, y el carácter único y distintivo de un Mesías que nos ha elegido amigos entrañables.

Sacrificio, en términos sencillos, es hacer sagrado lo que no lo es. El amor de Dios -sacrificio cotidiano- que encarnan los discípulos es señal de santidad que renueva, por la fuerza del Espíritu, la faz de la tierra.

Paz y Bien

Las tres etapas de Pedro





Nuestra Señora de Fátima

Para el día de hoy (13/05/16):  

Evangelio según San Juan 21, 15-19



Hoy y mañana se corresponden a los últimos dos días del tiempo litúrgico pascual, pues el próximo Domingo celebraremos Pentecostés: a diferencia de los días previos, en los que contemplábamos la Última Cena, hoy nos situamos a orillas del lago de Genesaret, ámbito de la aparición del Señor Resucitado a siete de los discípulos. La escena de hoy se define por el diálogo entre Simón Pedro y el Maestro.

Respecto de Pedro, los Evangelistas -tanto en los Evangelios como en los Hechos de los Apóstoles- nos brindan varios datos que bosquejan un retrato fiel de su personalidad temperamental, afable y generoso a veces, volátil y quebradizo otras. Pero lo importante es enfocarnos en lo que el Maestro conoce de Pedro y, más aún, lo que imagina para él, pues nadie mejor que Cristo sueña todo lo que podemos llegar a ser, a pesar de nuestras limitaciones actuales, a pesar de nuestros quebrantos y traiciones.

Así entonces tres grandes etapas podemos descubrir en la vida de fé del pescador galileo.
La primera etapa es el llamado, la vocación del Maestro a Pedro a orillas del mar de Galilea, en donde él desarrollaba su oficio cotidiano, una invitación a ser pescador de hombres en su seguimiento y compañía. Esta etapa tendrá mucho de fervor voluntarista, idas y vueltas de un hombre tan franco como complicado que a menudo no logra comprender el carácter mesiánico de Jesús, de profundo y amistoso afecto pero a la vez de quebrantos y enojos y los devaneos de una conversión demorada, incompleta.

La segunda etapa es la maduración de esa semilla en germen del llamado, en donde su vocación y su fé serán puestas a prueba, Pedro el bocón/bocazas que declama muchas lealtades pero reniega con fatal velocidad ante la irrupción del miedo, Pedro el que discute con el Maestro el propio carácter de Él, Pedro que lo reconoce como Hijo del Dios vivo.

La tercera etapa es netamente pascual. Hay un regreso de Simón Pedro al ambiente añejo, a la pesca galilea. Hasta el viejo oficio parece querer regresar, noches infructuosas de esfuerzo sin frutos.
Quizás haya en Pedro una gravosa carga por la triple negación de la noche del arresto, negación que se magnifica por la fidelidad declamada instantes antes y no encarnada. 
Pero está el Señor. La presencia del Resucitado es perdón y salvación para el amigo dolido, porque Pedro -al igual que todos los discípulos- es para Cristo, ante todo, un hermano y un amigo, familia que se elige y edifica desde los afectos por vínculos cordiales. Grave es el quebranto de Pedro, pero mucho más grande y poderoso el amor de Dios expresado en Cristo Resucitado.
Así, a la triple negación se corresponde con ese amor incondicional de Dios que descubre desde la triple pregunta, que a la vez es una afirmación expresa: tú también.

Pedro se afirmaba en sus esquemas y en la espada de su enojo, y eso lo confinaba a derrumbes estrepitosos.
A partir del encuentro con el Resucitado, Pedro se afirmará en ese Cristo que sigue confiando en él, que lo quiere con todo y a pesar de todo, y desde esa confianza entrañable será roca firme para sus hermanos, servidor de paz y consuelo, obrero fiel de la misericordia.

En la vocación de Pedro todos nos podemos espejar. Cada existencia tiene mucho de ida y vuelta, y es menester atreverse a descubrir a ese Cristo de nuestras orillas, el Cristo vivo que siempre nos busca y nos espera para nuestra liberación, que nos imagina plenos, que jamás deja de soñarnos felices, que siempre celebra nuestro regreso.

Paz y Bien


Común unión





Para el día de hoy (12/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 20-26




A las puertas de la muerte, cuando todo parecerá quedar atrapado por la vorágine del odio y la violencia, el Maestro suplica por todos los que han de creer, es decir, por todos los creyentes de todos los tiempos -nosotros mismos-. El gesto de Jesús levantando los ojos al cielo nos indica su solemne intención, su entrañable deseo de paz y bien para aquellos que crean sin verlo, para los que se conviertan a partir del testimonio apostólico, del anuncio de la Buena Noticia.

El núcleo de su ruego será la unidad, la comunión de los creyentes, común unión entre sí y con Dios, en vínculos mucho más allá de una simple reciprocidad, y será reflejo fiel del modo amoroso en que se relacionan las Personas de la Santísima Trinidad.
Ahora bien, esa unidad no implica uniformidad, ni tampoco una definición puntual de estructuras institucionales o modelos eclesiales, que si bien son importantes son más bien consecuencias del hecho fundante de la comunidad. 
Así el Señor desde sus entrañas suplica para los suyos una unidad que exprese de manera evidente el amor, esencia de Dios. La comunidad cristiana entonces se fundamenta en la común unión con Dios, en Dios y por Dios, extendida como abrazo fraternal al prójimo al que nos acercamos porque es un hermano, porque dejamos atrás afanes de disolución de identidad y personalidad, de dominio o de ajenidad y le reconocemos como otro hijo amado del Padre de todos.

La comunidad cristiana es diversa en su multiplicidad de rostros y colores porque, ante todo, es conversa, converge en Dios y en el hermano.

Tiene -tenemos- también un horizonte actual y futuro de gloria. Lamentablemente, ciertas posturas antropomórficas y ciertos criterios estrictamente mundanos nos conducen a fangosas confusiones, oscilando entre lo rutilante y poderoso hasta las pretéritas aureolas de acuerdo al sino propio del arte religioso. Nada de eso. 
La gloria de Dios, donación absoluta del Padre al Hijo y del Hijo a todos nosotros, es vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba, permanecer fieles y obedientes al Padre como el Maestro; allí, en esa eternidad que nos florece en lo cotidiano, se encuentra la santa raíz de la justicia, la paz, la fraternidad, la liberación. Esa gloria poco tiene de refugio contra los problemas -una psicologización de lo divino-, algo así como adorar a un falso dios aspirina o calmante que nos escuda contra todo conflicto.
Por el contrario, significa permanecer firmes con todo y a pesar de todo, y por más que campee la noche, en lo profundo de los corazones resplandece la brasa del Dios que nos habita, el Espíritu Santo que vivifica y renueva, que nos vuelve sal de la tierra y luz del mundo.

Paz y Bien

 

Verdad, unidad y mundo




Para el día de hoy (11/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 6a. 11b-19




Continuamos hoy contemplando y meditando la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. 
La plegaria del Señor es vehemente, fervorosa y entrañable por los suyos, por sus amigos, por los Once y por aquellos que le seguirán a través de la historia. 
No es un dato menor que sus afanes, aún cuando la sombra ominosa de la Pasión parezca tragarse todo, que su principal preocupación sea el bien y la plenitud de los suyos, referencia y signo exactos de donación, de amor incondicional.
Así, su oración se volcará en tres ríos caudalosos que llevan la misma agua pura de la Salvación, quizás en reflejo cordial de la Trinidad de amor: que sus amigos sean consagrados en la verdad, que permanezcan unidos y que estando del mundo no sean poseídos por él, pues sólo son de Dios.

Consagrados a la verdad, en la atenta escucha de la Palabra de Dios que se encarna y se pone en práctica, se hace vida cotidiana, verdad que es luz entre tantas tinieblas, verdad que es liberación, la sagrada libertad de los hijos de Dios.

Que los discípulos permanezcan unidos entre ellos, espejo fiel de la unidad indivisible y amorosa entre el Padre y el Hijo, porque se trata de una familia creciente y nó de islotes individuales, y porque esa unidad también expresará el firme arraigo a la verdad. Unidad para crecer, unidad que prevalece a pesar de lo diverso porque tiene un grato distingo converso, de encuentro con Dios y con el hermano, de ceder el el paso al último, del único poder que es el servicio.

La fidelidad a la verdad y la tenaz unidad vuelve a los discípulos ajenos y repudiables por un mundo estructurado a través del poder, del dominio, de adjudicar a cada uno un precio -negación falaz de la Gracia-. Por su rostro fiel, el mundo los expulsará y terminará odiándolos con fervor, pues su sola presencia, aún cuando sea silenciosa y humilde, pone en evidencia la monstruosa máscara inhumana que suele solazarse en los más débiles. De allí que los discípulos estarán en el mundo sin ser de él, sin ser de lo que es ajeno a Dios y a la plenitud de la humanidad, y de allí se comprende la misión de sal y luz, misión para que en estos campos a veces tan yertos florezca la vida, la justicia y la paz, para que no campeen las tinieblas sino que la esperanza de nuevos amaneceres nos engalane el corazón.

Paz y Bien  
 

Gloria y misión





Para el día de hoy (10/05/16):  

Evangelio según San Juan 17, 1-11a




En este día la liturgia nos invita a contemplar un fragmento de la oración sacerdotal de Jesús. Ésta tiene un carácter que está mucho más allá de la razón, o sea, que ha de contemplarse desde el co-razón: es su entrañable plegaria, la súplica confiada de un hombre que está a punto de sufrir una muerte espantosa, revestida de la ignominia que tratan de imponer sus enemigos, pero que aún así se mantiene firme, fiel y libre pues sabe y conoce que su fidelidad y su amor prevalecen por sobre todo horror, por sobre la muerte.

Él sabe lo que le espera en breve, y sabe también lo que se anida en las almas de sus amigos. Ellos quedarán mareados en su confusión, y estarán demolidos de miedo, desesperanza y derrota, y Él no quiere abandonarlos a su suerte. 
Esa preocupación comienza en los Once y se extiende a todos los discípulos de todos los tiempos -nosotros mismos también- para que nadie se pierda, para que en todos resplandezca la Gloria de Dios.

En la oración del Señor hay un distingo que no puede pasarse por alto, y es que el centro y fundamento de su plegaria es el Padre, es decir, que no se inscribe en un yo rotundo sino que se fundamenta en un tú, que aquí es su Padre. El otro es quien dá sentido y en quien nos espejamos, el tú es quien posibilita el nosotros y mediante el cual renegamos alegremente de todo egoísmo.
Y cuando ese Tú es el mismo Dios, todo adquiere una relevancia inusitada, en la ardua tarea y el desafío que plantea un mundo chato, sin trascendencia y con la vida en retroceso.

Mirando en su propia historia, el Maestro imagina futuro. En sus raíces está Dios, y a ese Dios regresa, un Dios que no se reviste de celestial inaccesibilidad, sino que abre las puertas de su inmensa casa-corazón a todos los hombres, un puente tendido para siempre a través de Cristo sacerdote. Por eso la gloria de Dios es la eternidad que se prodiga en toda la historia como rocío bienhechor por la amorosa paternidad suya, vida sin límites que florece en la cotidianeidad.

Esa, precisamente, ha sido la misión salvadora del Señor, y desde su partida y hasta su regreso será la misión de los discípulos: que el mundo conozca al único Dios verdadero y a su Hijo Jesucristo, que se descubra en gestos, palabras y presencia el amor misericordioso de Dios, conociendo y dando a conocer el paso salvador por cada historia personal, comunitaria y humana.

Paz y Bien


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