Mesas y lugares



Para el día de hoy (31/10/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11 





En la lectura que hoy meditamos, es importante tener en cuenta el ambiente en el que se desarrolla: Jesús de Nazareth se encamina a paso firme y libre a Jerusalem, a su Pasión, y unos momentos antes -como leíamos ayer- ha curado frente a esos fariseos a un hombre hidrópico, poniendo en evidencia la persistente enfermedad del alma de esas personas tan atentas a que Él se equivoque o cometa infracciones a la ortodoxia imperantes que ellos celosamente guardan y defienden.

Él esta convidado a un banquete solemne, el del Shabbat, en el que se cumplía a rajatabla un riguroso protocolo religioso: en aquel tiempo, no se trataba de mesas tales como las que conocemos hoy, sino de una suerte de divanes en donde los comensales se reclinaban, comían y conversaban. En esos banquetes, muchos desesperaban por ubicarse cerca del principal, del que convidaba, del dueño de casa que solía ser importante o notorio, porque a mayor cercanía mayor importancia y honor.
Pero también los rigores cultuales limitaban puntillosamente el acceso a los banquetes, que eran mesas para pares, para iguales, mesas en los que no hay sitio para el extraño, el extranjero, el que es distinto, el que no cumple con las estrechas pautas.

El Maestro amaba las mesas como ámbito de encuentro y celebración, de enseñanza, de vida compartida. En las mesas de Cristo siempre pasan cosas buenas. Quizás sean mesas más modestas en su conformación, pero son mesas en donde hay muchísimos convidados. O mejor dicho, en donde a nadie se rechaza, y en donde -a contramano de la lógica del mundo- el honor mayor se encuentra en el servicio, en ceder el lugar a otro, en irse hacia el fondo para que los últimos den un paso adelante. Y se invita a los que nadie, en su sano juicio invitaría.

En la mesa de Cristo la justicia y la liberación florecen y por ello se brinda, en la mesa de Cristo se celebra la vida del otro como una bendición, en la mesa de Cristo el pan compartido es signo de la vida que se multiplica porque se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien 

Salir del pozo




Para el día de hoy (30/10/15): 

Evangelio según San Lucas 14, 1-6



La medicina moderna ha establecido que la hidropesía no es propiamente una patología en sí misma, sino la sintomatología propia de otras patologías, que pueden ser cardiovasculares, renales, hepáticas, y consiste en la inflamación del abdomen, de articulaciones como los tobillos o de las extremidades por acumulación de líquidos que el organismo no elimina naturalmente.
En cierto modo, y de un modo superficial, implica la deformación de la figura humana. El hidrópico presenta un cuerpo inflado por la enfermedad que no es real.

Jesús de Nazareth está en casa de fariseos un sábado, convidado a la mesa propia de ese Shabbat, mesa solemne y celebratoria. Los asistentes lo observaban con atención, y la contraposición es total: el Maestro asiste a compartir pan y vida, los que le convidan están ahí como censores, expertos detectores de heterodoxias y errores. Esas especificaciones probablemente le impidan ver el bien y la verdad aunque ésta resplandezca ante sus ojos.

El Maestro es un perfecto conocedor de los corazones. Sabe qué se teje en las honduras de las almas de esos hombres, y por eso señala a uno de los presentes, un hombre hidrópico. La sanación de ese doliente es significativa y reveladora, no tanto de la patología que ha desaparecido, sino del mal que comprime los corazones fariseos.

Ellos, en pos de una observancia a ultranza de la Ley se han vuelto legalistas en detrimento del amor de Dios y de la compasión. Ellos están inflamados artificialmente tras una miríada de normas y preceptos que han establecido en su soberbia, y que esconde su estatura real. En ese salón en donde se comparte la mesa, son muchos los enfermos pero no precisamente el hidrópico.
Hijos de Israel, bueyes cernidos con la Ley, prefieren seguir en un mundo de sombras creado por ellos mismos.

El pozo del que reniegan salir es el pozo de las miserias y del pecado en donde solemos caer, pozo del que nos saca la mano bondadosa de Dios, mujeres y hombres restaurados al sol de la Gracia, siempre disponible, sin restricciones ni horarios, el año santo de la Salvación.

Paz y Bien
 

De buen humor y profecía




Para el día de hoy (29/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 31-35



Las razones de esos fariseos no están del todo claras: se acercan a Jesús de Nazareth, el cual se encamina decidido a Jerusalem, para advertiirle que Herodes Antipas está tras sus pasos, buscando matarle. Esa clase de gente siempre aprovecha la ocasión de que otro haga por ellos toda tarea sucia, para no contaminarse quizás; además y dada su belicosa animosidad, es improbable que intentaran proteger al Maestro de algún tipo de amenaza.
Jerusalem está cerca, muy cerca en lo geográfico pero mucho más en lo espiritual, y los fariseos allí hacen gala de su influencia. Quizás se trate en parte de ello, que Jesús apure el paso y arribe a la trampa final que le han tendido.

Aún así, y si esta última postura tuviera razonabilidad, no comprenden -tal vez nosotros tampoco- que los hechos de la Pasión acontecerán por la absoluta fidelidad de Jesús al Padre y en total libertad de su corazón. 

Al tiempo santo de la Gracia no lo definen ni lo determinan los malvados; sólo el amor de Dios.

Es por ello que la sombra ominosa de Herodes no amilana ni hace retroceder al Maestro. El tetrarca era brutal, completamente amoral, sin límites éticos a la hora de ejercer y acumular poder, y como muchos en posiciones similares, es un paranoico perpetuo que detecta amenazas por doquier. Y a las amenazas las elimina, tal como hizo con el Bautista, tal como hizo su padre Herodes el Grande con los niños belenitas.
Es por ello que la respuesta de Jesús de Nazareth a esos hombres que le advierten del peligro -que interiormente disfrutan- está revestida de una fina ironía, valiente y con un buen humor que nos quebranta algunos prejuicios. Llamar a Herodes zorro es decirle taimado pero también que es un don nadie frente a los planes de Dios; para colmo, en su propio rostro les expone su misión a modo de un horario laboral, como diciendo que saben lo que hace, cuando lo hace, dónde lo hace. Dejen de molestar o amenazar.

-a menudo confundimos solemnidad con acartonamientos, y nos cuesta adentrarnos en la grata imagen de un Cristo que ría y sonría-

Pero el buen humor es mucho más que un estado de ánimo: es signo afable de la Gracia de Dios que resplandece en la mirada y los gestos. Seguramente el Maligno retrocede espantado frente a los que en verdad saben reír, y que aún cuando acechan sombras de muerte, se mantienen firmes en una esperanza que nada ni nadie puede desalojar.

Ahora bien, ese buen humor no le nubla el horizonte. Sabe lo que sucederá. Jerusalem ha rechazado a los enviados de Dios, y Él mismo, al declararse Enviado, asume así su próximo martirio. 
Jerusalem dejará de ser el centro del universo, pues habrá un desplazamiento absoluto de Templo y Ciudad santas hacia la persona de Cristo.

La metáfora de la gallina y los polluelos estremece: nos vislumbra el rostro materno de un Dios que nos ama sin medidas, la profecía de que la vida y la esperanza siempre pueden más que la muerte.

Paz y Bien


Un pueblo nuevo




Santos Simón y Judas, apóstoles

Para el día de hoy (28/10/15): 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19




En los Evangelios, además de la fundamental inspiración divina, podemos encontrar y admirar la virtuosa pluma de los Evangelistas. 
Así en la lectura del día, San Lucas de manera magistral nos abre ventanas para que nos asomemos al insondable e infinito misterio del Sagrado Corazón de Cristo.
En verdad, Él era igual a nosotros en todo excepto en el pecado, y es menester situarnos en el contexto previo a la elección del colegio apostólico: Jesús de Nazareth ha sido rechazado de forma cruel y violenta por los dirigentes religiosos de su pueblo, aquellos mismos que desde pequeño respetó y escuchó con humildad siguiendo el ejemplo de sus padres. Esos hombres ahora dicen que es un endemoniado, un blasfemo, un loco, un borracho, un amigo de indeseables, y sin dudas esa repulsión que manifiestan hacia Él provoca un dolor inenarrable en su alma.

El Evangelista lo intuye, y por ello hay un movimiento oscilante de la noche al día, de la oscuridad al alba, de la frustración a la esperanza. La diferencia fundante, que es mucho más que la superación de un estado de ánimo, es la oración: durante toda la noche de su alma permanece unido al Padre, quien lo sostiene y por quien no pierde el sentido trascendente y eterno de su misión. 

Por ello es que será de día, renovado su temple y claro su horizonte, cuando convoque a los Doce. Ya los conocía a todos, no es una elección azarosa o fortuita, o producto de un arrebato. 
Doce son los hijos de Jacob, sobre los cuales el Dios de Israel congregará doce tribus que edificarán el pueblo de hombres libres, que su mano bondadosa libera de la esclavitud de Faraón y los conduce a la Tierra Prometida con una identidad única.
Doce pues son los discípulos elegidos para edificar con ellos un pueblo nuevo que no estará limitado por la raza, la cultura, la religiosidad, pueblo nuevo y definitivo de la liberación que será, con sus fidelidades y traiciones, su propio cuerpo, la Iglesia.

Entre esos hombres hay de todo menos lo que se espera. Pescadores, estudiosos de la Torah, severos religiosos politizados como los zelotas, repudiables sociales como Leví el publicano, un traidor mayor como el Iscariote. Otros de los que quizás no sepamos mucho más que sus nombres, pero conocemos lo fundamental: su amistad con Cristo y la elección que el Maestro hace de ellos, todo un signo de que Dios hace maravillas y milagros desde lo pequeño, lo que no cuenta, para que la humanidad no adolezca de abandono, para que impere la bondad, para que la compasión sea la rectora de todo destino.

Paz y Bien


Semillas de bondad



Para el día de hoy (27/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 18-21



La semilla de mostaza parece perderse en la palma de la mano, de tan pequeña e insignificante que es su apariencia. Nadie daría mucho por ella, y más aún, nadie se detendría un instante a observarla con detenimiento.
Pero esa ínfima semilla, tan pequeña, esconde en su interior una vida insospechada, al punto de germinar en las entrañas de la tierra, romper los terrones apretados del suelo y brotar de cara al sol, hasta convertirse en un arbusto frondoso, cobijo para tantos pájaros sin nido.

Contrariamente a los parámetros mundanos usuales, la fuerza de la semilla está en su propia debilidad. Cuando cae en tierra, se parte y germina y crece sin parar. 
Así es el Reino de Dios: una realidad humana mínima, insignificante, sin relevancia aparente, que conoce sus limitaciones pero que sabe también no confía en su propia fuerza, sino en el amor de Dios que todo lo transforma.

Lo que no cuenta a los ojos del mundo es importantísimo a los ojos de Cristo, y es a través de la pequeñez por donde irrumpe la Salvación, por donde florece la vida.

Aún con esa fuerza imparable, hay un convite inesperado: el Dueño del campo nos invita a ser labriegos, campesinos que siembran sin cesar confiados en las bondades de esa semilla que tiene por destino el crecimiento, el florecer, el ir hacia arriba. No se trata tanto de ser imprescindibles o nó, sino de la confianza que se ha depositado en nuestras manos, de la grata tarea de seguro buen final, de la comunión asombrosa entre Dios y el hombre, el milagro de la Encarnación.

Porque toda semilla de bondad, sea cual fuere su origen, vá a florecer con la savia eterna que se nos ha concedido.

Paz y Bien


Los verdaderos enfermos



Para el día de hoy (26/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 10-17



El Maestro está en la sinagoga en pleno Shabbat. No sabemos si está allí como un simple asistente, si está ejerciendo su derecho como todo varón judío a leer y comentar la Palabra, si está presidiendo la celebración comunitaria.
Lo que sí sabemos es que ejerce una autoridad inusitada que irrita a muchos y alegra a otros tantos: contra todo pronóstico, hace poner las miradas sobre una mujer enferma, encorvada su espalda durante mucho tiempo, tal vez escoliosis. Es imprescindible darse cuenta del gesto y la acción: las mujeres, en ese tiempo, tenían vedado el acceso a las sinagogas, y además, cualquier atisbo de enfermedad las volvía impuras rituales que debían ser aisladas de la vida religiosa y comunitaria. En esa mentalidad religiosa, las distintas dolencias se consideraban como castigo por los pecados propios o de los padres, y ello implicaba directamente la creencia en un Dios severo, punitivo, rápido al castigo.

Por eso hay más de un milagro allí. Está la sanación del cuerpo y el corazón de esa mujer, una espalda reestablecida recta y sin dolores, una humanidad restaurada en dignidad, cuya liberación es causa de gozo y gratitud.
Cuando parecía que no había más que el vivir doblegada, la presencia salvadora de Cristo en su existencia, plena de respeto y ternura le abre un nuevo horizonte, una esperanza concreta, una vida re-creada. Ya no es solamente una mujer, una simple condición de género, sino que es hija de Abraham, y así Cristo declara que su dignidad y sus derechos son los mismos que los de todos los hijos de Israel, los de todas las hijas y los hijos de Dios.

Allí mismo, aún con esos destellos luminosos de salud y liberación, se desencadena un corifeo disonante de aquellos que se enojan y rabian porque no se han cumplido ciertos reglamentos. Quizás, el enojo mayor se encuentre en que el Maestro se ha centrado en una mujer, y que no ha pedido permiso.
La mujer -ahora plena de vida renovada- era una doliente. Los verdaderos enfermos estaban allí, con su mirada aviesa, incapaces de descubrir los signos ciertos de la bondad de Dios, encorvados de rencor, esclavos de esquemas inhumanos, porque el culto primero es la compasión, y no debe haber excusas ni demoras en el socorro al hermano.

Paz y Bien




El fin del silencio






Domingo 30° durante el año

Para el día de hoy (25/10/15): 

Evangelio según San Marcos 10, 46-52


Jericó tiene una nutrida historia grabada en la memoria de Israel, y se encuentra a pocos kilómetros de la capital y corazón del pueblo judío, Jerusalem. Aún cuando está a treinta kilómetros, prácticamente es un suburbio jerosolimitano.

Por eso mismo, esta cercanía no es solamente geográfica sino ante todo espiritual, y es el motivo primordial de que el Evangelista Marcos nos sitúe allí: no estamos tanto a las puertas de la Ciudad Santa, estamos a las puertas de la Pasión de Cristo, el signo total del absoluto amor de Dios que expresa ese Cristo que vá hacia esa ciudad revestida de tinieblas, terror y odios.
Aún así, Jesús de Nazareth sigue a paso firme, nada lo ha de detener y será su decisión absolutamente libre y fiel la que desatará los días aciagos de la Pasión, una Pasión que es fruto de la fidelidad del Señor y no por el encono tenaz de sus enemigos.

A la vera de la ruta se encuentra un hombre ciego, sobre el manto en el que recoge las limosnas. El Evangelista nos recuerda su nombre -Bartimeo- quizás para destacar ese encuentro en clave personal y nó abstracta, un rostro concreto de un hombre que languidece a la vera de la existencia, como un accidente en el paisaje, pues la enfermedad, en la mentalidad religiosa de ese tiempo, es un estigma, una justa condena a causa del pecado, una impureza ritual que conviene evitar.

Pero este hombre, al paso de Jesús de Nazareth y sus discípulos, no se resigna y persiste firme en su confianza, a pesar del mundo oscuro en el que está inmerso.
Habitualmente, el Maestro no quería que se divulgara su identidad y misión mesiánicas: pero ya es tiempo de definiciones absolutas, el tiempo de la Pasión, y por ello no contradice al clamor de Bartimeo, que le suplica identificándolo como Hijo de David, la fórmula tradicional para nombrar al Mesías de Israel.

El momento es solemne por lo que está por suceder. Pero algunos -en aquél entonces y ahora también- confunden solemnidad con acartonamiento silencioso: solemnidad es guardar respeto e importancia en el corazón, y no acallar al hermano que sufre en mantos de indiferencia razonada.
La escena es magnífica: Bartimeo que grita y los discípulos que lo quieren callar, y Bartimeo que grita más fuerte en la medida que la censura de los otros le quiere impedir dirigirse por sí mismo al Cristo que pasa por su vida.

Es el fin del silencio. No debe ocultarse de ningún modo la identidad salvadora de Cristo, no se debe hacer silencio frente a un mundo a la deriva, con todo y a pesar de todo y de todos.
Es menester escuchar al hermano, y nunca -jamás- esconder la voz del hermano que sufre. El paso redentor de Cristo restaura la salud de Bartimeo, y por su gratitud éste se convierte en discípulo, deja todo atrás y lo sigue, hombre nuevo y pleno.

Que nosotros también supliquemos confiados al Cristo de nuestra salvación que podamos mirar y ver la tenaz ternura de Dios y su rostro, que resplandece en los pobres, los enfermos, los pequeños.

Paz y Bien

Gracia y desgracia



San Antonio María Claret, obispo

Para el día de hoy (24/10/15): 

Evangelio según San Lucas 13, 1-9




Siempre es necesario tener presente que los Evangelios no son crónicas históricas, ni es la intención de los Evangelistas presentar relatos históricamente exactos: los Evangelios son relatos o crónicas teológicas, es decir, espirituales, aún cuando en ellos puedan encontrarse datos que se correspondan con hechos puntuales. 

En la lectura a la que nos invita la liturgia del día, Jesús de Nazareth hace referencia a dos de esos hechos específicos, un hecho brutal consumado por el pretor romano Pilato y el derrumbre de una torre que causa numerosas víctimas.
Estos dos hechos probablemente no encuentren constataciones o certificaciones científico-historiográficas; sin embargo, regresamos al postulado inicial. Y es menester señalar también el plano simbólico, la invitación a ir tras la superficie, más allá de lo evidente y encontrarnos con significados trascendentes.

Uno de los hechos destacados es el homicidio de varios galileos en el Templo por parte de las tropas romanas de Pilato: ello se condice con lo que en la actualidad se conoce de Poncio, su infame brutalidad sin límites y un antisemitismo abierto y sin restricciones, que a la par del gravoso significado del dominio imperial de la Tierra Santa por extranjeros, añadía cuanta injuria se le ocurriera que pudiera ofender a ese pueblo sometido.
La ejecución de galileos, con toda probabilidad, responde a importante inserción en Galilea del movimiento zelota, aquél que propiciaba la lucha armada, violencia sin restricciones para librarse de los romanos. Todos los zelotas, por ende, eran considerados subversivos de la peor especie, y en el status de la Roma imperial la sedición/subversión se pagaba invariablemente con la pena capital. Pero aquí no se trata tanto del horror del ajusticiamiento de guerrilleros, sino del modo: el bruto Pilato no se conforma con quitar la vida a varios hombres, sino que mezcla la sangre de esos muertos con la sangre de los animales utilizados en los sacrificios sagrados del Templo. Ello constituía para un pueblo tan religioso como el de Israel una infamia insuperable: han sido ofendidos en el ámbito en donde se aferra su identidad primordial.
Por otro lado también, el Maestro menciona otro hecho luctuoso, la muerte de varios jerosolimitanos tras el derrumbe de la torre de Siloé.

Si avanzamos por uno de los postulados iniciales de estas líneas -el plano simbólico- nos encontraremos conque el cuadro global nos presenta a los duros galileos del norte y a los mansos jerosolimitanos del sur, unos siempre bajo sospecha heterodoxa por su origen periférico, otros presupuestos como respetuosos observantes de la Ley, y allí se contiene a toda la nación judía, buenos y malos, y la consecuente interpretación que se realiza frente a una muerte injusta, violenta, inesperada.
Para una mentalidad religiosa como la imperante en aquél tiempo, las desgracias son la consecuencia necesaria de actos precedentes, es decir, una muerte tal vez impredecible y horrorosa sea la consecuencia de pecados pretéritos, un castigo divino por infidelidades, una modalidad terrible del por algo será, el vislumbre de un Dios severo y punitivo que ajusta las cuentas de los deméritos de su pueblo.

El Maestro, con esta hipérbole fundada en hechos reales, parecería que quiere indicarnos que todos, sin excepciones y tarde o temprano hemos de morir, y que tal vez sea necesario enderezar la vida de acuerdo a ello. Pero hay más, siempre hay más.
No se trata de razonar o justificar las desgracias, sino más bien y ante todo de vivir conforme a la Gracia, que no es más ni menos que vivir plenos, felices, enteros de humanidad. Las calamidades son la consecuencia directa de varias miserias y mezquindades, y nó de los castigos divinos.

La verdadera des-gracia es no aceptar ni aprovechar, aquí y ahora, el tiempo santo, el tiempo de más -totalmente inmerecido- que Cristo ha pagado para nosotros con su propia vida para que podamos crecer y dar frutos, el don asombroso de la infinita paciencia de Dios.
Porque la existencia y el destino han de edificarse, no está todo escrito y definido de antemano y así somos meros espectadores, sino hijas e hijos de Dios que labran su propia historia en sintonía propia de libertad.

Paz y Bien

Augurios de eternidad y esperanza




San Juan de Capistrano, presbítero

Para el día de hoy (23/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 54-59




Jesús de Nazareth de dirige nuevamente a toda la multitud, y entre esos rostros expectantes, ansiosos y atentos quizás podamos reconocer los de cada uno de nosotros.

Su exhortación es parte de su esfuerzo ministerial porque alcancemos planos más profundos y agudos en nuestra capacidad de mirar y ver la realidad, lo que sucede y lo que nos pasa corazón adentro. 
El pueblo sabe que cuando pega fuerte el sol, hay un aguacero que se avecina. Que algunos vientos preanuncian calores y otros, fríos bravos. Que muchos árboles florecidos nos introducen certeramente en la primavera. Que cuando los políticos hablan de ajuste -de cualquier ideología, cualquier nación o cultura- se ponen serios y enhebran ajustes, se desatan inmensos sufrimientos entre los más pobres.

Por eso su enseñanza habla de esa capacidad tan humana de interpretar signos y llevarla más allá de lo evidente y superficial, porque es el tiempo del Reino y hay más, siempre hay más.
Es el tiempo fecundo del Dios encarnado, de Dios hecho hombre, vecino, pariente, de Dios con nosotros y entre nosotros.

Este tiempo, aún finito, aún plagado de tinieblas y confusos claroscuros, también rebosa de augurios de eternidad y esperanza. 
El Espíritu sigue soplando en todas partes su aliento de vida plena y libertad.

Hay que recuperar esa capacidad contemplativa de mirar y ver esos signos que se nos ofrecen, inmerecidos sí, infinitamente generosos, señales para no perder el rumbo.

Porque el Dios de la vida, en Cristo, es el Padre bondadoso que nos ha salido al encuentro y en cada esquina de la vida nos espera paciente para el encuentro y el abrazo.

Paz y Bien

El bautismo en el Espíritu y el fuego





San Juan Pablo II, Papa 

Para el día de hoy (22/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 49-53





La lectura a la cual nos convoca la liturgia para este día nos presenta a un Cristo cuya imagen no se condice con aquellas que más nos gustan o simpatizan, el Cristo que dibujamos en las estampas y en nuestras mentes con la mirada perdida en el cielo, de rostro dulcificado que entreabre sus vestiduras y exhibe su Sagrado Corazón, un Cristo a imagen y semejanza de nuestras conveniencias y nuestros miedos.

Pareciera, por ello, que el Cristo de esta lectura fuera otro, tan distinto que opuesto a ese molde preconcebido, inocuo, un placebo espiritual y abstracto de los juegos mentales que no hace ni bien ni mal, un Mesías con edulcorante.

Pero este Cristo que afirma traer fuego y división confunde, desestabiliza, nos despeina las seguridades falsas, y es menester afirmarnos en el Espíritu que inspira la lectura y nó en su pura literalidad.

El bautismo en el Espíritu y el fuego que Él viene a traernos y a la vez ansía no es un fuego destructor, el de las amenazas latentes de castigo por los pecados. 
Son las lenguas de fuego de Pentecostés, la que inevitablemente conducen a una vida nueva, a hombres y mujeres plenamente libres que pueden hacerse entender por todos los pueblos a pesar de las diferencias.
Es el fuego que despierta los corazones adormecidos, que restaura la vida en plenitud, que forja el milagro de germinar el amor en el corazón humano, amor que es servicio, que es justicia, que es fraternidad.

Simbólicamente y para todas las religiones, un bautismo implica sumergir al nuevo creyente bajo las aguas, muriendo a lo viejo, y hacerlo emerger con una vida nueva. Cristo será tragado por las fauces de la muerte y emergerá resucitado a la vida definitiva y eterna, pues la muerte no tiene la última palabra.

Un compromiso así divide las aguas con un antes y un después, éxodo nuevo que deja atrás toda esclavitud. Más el camino de la liberación no es fácil ni sencillo, y los conflictos presentes no desaparecen con sólo negarlos u ocultarlos.

Un compromiso que dejará en evidencia quien vive la radicalidad del Evangelio, la locura de dar la vida para que otros vivan, de hacerse ofrenda. Un compromiso que deja en evidencia a las tibiezas, las comodidades y que impulsa a jugarse sin reservas por el bien de los hermanos, para mayor Gloria de Dios.

Paz y Bien

Responsabilidades




Para el día de hoy (21/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 39-48




En los tiempos de las primeras comunidades cristianas se vivía la inminencia de la Parusía de un modo, digamos, natural. Ellos tenían la certeza de que el Señor regresaría en cualquier momento, y esa certeza caracterizaba el modo radical que tenían de vivir el Evangelio. 
Es razonable imaginar que los creyentes de aquel tiempo, en pos de la escatología que era parte de su cotidianeidad, reflexionaran constantemente acerca de sus responsabilidades pues estaba a sus puertas una etapa de rendición de cuentas pero también de reencuentro.

Con el transcurrir de los siglos, esa percepción se fué desdibujando, en parte claro está, por la propia acumulación de años que ponían cierta distancia de la Resurrección y de la inminencia del regreso. No obstante ello, es frecuente encontrar en la historia de los pueblos momentos en los que vuelve a estar en la palestra esa urgencia espiritual, a veces impulsada por las angustias y los sufrimientos -que el Señor vuelva para que se terminen este infierno terrenal-, y también a causa de los desvíos de la fé: el miedo en ámbitos religiosos es una eficaz herramienta de dominio para agobiar a los pequeños.

A nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, el regreso del Señor quizás se nos ha hecho abstracto, teologal sin encarnar, como si no tuviera incidencia en el tiempo que nos toque vivir. O en el mejor de los casos, refiera a una condición post mortem.
Pero en verdad, el retorno definitivo de Cristo debería ser para nosotros motivo de alegre esperanza y de horizonte que nos revista de significado y  trascendencia.

Así entonces la pregunta que Pedro le realiza al Maestro acerca del destino de su enseñanza -¿a nosotros o a todos?- cobra para todos el pueblo de Dios una trascendente relevancia.
Mucho se nos ha confiado, y más que considerar cosas, bienes o posesiones, antecede la confianza que Dios ha depositado en cada uno de nosotros, sin merecerlo siquiera, a pura generosidad, en los asombros absolutos del amor de Dios.

Deberíamos despejarnos todos los miedos y las potenciales amenazas, y adquirir plenas responsabilidades en el cuidado del hermano y de la tierra en la única sintonía agradable, ese amor infinito, generoso e incondicional que Dios nos tiene. 
Desde la Gracia de Dios y transformados por ella, como María de Nazareth, todo es posible, la justicia, la fraternidad, la alegría, pues aunque nada nos pertenece, todo está en nuestras manos, y el Señor está de regreso a cada instante, amigo y compañero fiel.

Paz y Bien
 



Una espera atenta



Para el día de hoy (20/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 35-38




En la memoria de Israel, tener ceñidas las vestiduras inevitablemente traía la memoria colectiva del Éxodo, de aquellos esclavos que debieron partir de Egipto hacia la tierra prometida, pues las ropas ceñidas no estorban, y permiten andar más rápido, con facilidad y sin tropiezos. Por ello, su mención por parte del Maestro no es fortuita, y responde a una característica principal de la identidad cristiana: se trata de vivir siempre disponibles para emprender caminos, el desinstalarse de las comodidades que nos aprisionan, alegres renegados de los conformismos porque somos peregrinos del Reino.

La lámpara encendida es la alumbra, aún con tenue llama, en medio de todas las sombras y las tinieblas, la que se alimenta del aceite de la fé, de la esperanza, del amor.

La vida cristiana es una vida de esperanza, una esperanza que ante todo es espera atenta de Buenas Noticias que, sabemos y confiamos, han de llegar, en el horizonte magnífico del Señor que regresará para hacer plenos los tiempos y la historia, en la comunión definitiva de Dios con la humanidad.

Espera atenta a la voz de Cristo y a los signos del Espíritu que siguen floreciendo entre nosotros, con la tenacidad propia de un Padre que nos ama, nos busca y no nos abandona.

Esa espera no significa abonar posturas de pura praxis, pero tampoco de abstracciones. Los términos medios y tibios tampoco tienen nada que ver con el Evangelio. Mucho más allá de una religión convencional que se acota a los ritualismos cerrados en los templos, o a las adhesiones doctrinales, la esperanza es la certeza de un destino de felicidad inscrito en los sueños de Dios para todas sus hijas e hijos, existencias transformadas y fructíferas por el paso Salvador de Cristo por sus vidas, al que esperan confiados porque saben que volverá a reunir la familia dispersa, a convidar a la mesa grande de la vida compartida.

Paz y Bien

La verdadera riqueza



Para el día de hoy (19/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 13-21




En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, en el siglo I de esa Palestina tan convulsionada, los maestros de la Ley eran doctos, es decir, voces de autoridad en lo religioso, en lo moral, en lo social y de allí y muy especialmente, en lo jurídico/legal. Es por ello que frente a un conflicto de intereses familiar acudan a Él, pues era considerado como otro rabbí y, por tanto, con la capacidad de arbitrar o dirimir en la litis que se presenta.

Es de imaginar el estupor de ese hombre que lo reclama -y el de todos los presentes- cuando el Maestro se abstiene de dictaminar y, para colmo de males, se declara rotundamente ajeno a esa disputa. No vá a intervenir en esa pelea en la que no habrá ganadores, pues es una pelea de hermanos, y cuando se quebranta la fraternidad, no hay juez alguno que pueda restablecerla, ni aún emitiendo dictámenes justos. Pero lo más importante es que la misión de Cristo no es la de establecer conceptos de justicia retributiva a la manera mundana: la más alta autoridad, el Padre, no le ha conferido un mandato de juez, sino de Redentor.
La justicia del Reino es una justicia que salva, que justifica, que redime, que no encuentra raíz en los códigos sino en los asombros y la gratuidad de un amor infinito.

Así nos invita a mirar las cosas, la realidad, desde otra perspectiva, con la mirada del Evangelio. 
No hay posibilidad de auténtica justicia mientras impere el egoísmo que profana la fraternidad, la convivencia, la paz. No se puede profanar el infinito amor de Dios sacralizando las cosas.

Porque en el altar del dios dinero se siguen realizando sacrificios humanos: en esa ara sangrienta se sacrifica sin piedad al prójimo.

El rico de la parábola no tiene otro horizonte que el de él mismo. Al elevar a lo más alto su yo, su ego, impide descaradamente la posibilidad de un Dios y de los hermanos. 
Todos hemos de morir, tarde o temprano. Lo que nos llevaremos es lo que hemos hecho y también lo que hemos omitido. Las posesiones son el lastre que nos sumergen en esos abismos de los que sólo el amor de Dios nos puede rescatar.

Porque es insensato acumular lo que perece y renegar del otro. La verdadera riqueza, la locura del Reino, es darse sin condiciones y a pura generosidad por el bien de los demás, en la misma sintonía del amor mayor expresado en la cruz.
La verdadera riqueza es aceptar la Gracia de Dios y vivir de acuerdo a ella.

Paz y Bien


Cáliz y bautismo



Domingo 29º durante el año

San Lucas, Evangelista

Para el día de hoy (18/10/15): 

Evangelio según San Marcos 10, 35-45




Jesús de Nazareth les ha anunciado a sus discípulos, con toda claridad, que iba a ser atrapado, preso, que iba a padecer como un criminal y como un criminal sería ajusticiado en el cadalso romano, y que al tercer día resucitaría. Sin embargo, sus amigos siguen sin comprender nada, ciegos y sordos a la verdad infinita que el Maestro les ha revelado en su confianza.

Así Jesús se encamina, resuelto, hacia la Jerusalem que lo espera inmersa en una sombra ominosa que sólo expresa dolor, humillación y muerte. Aún así, su decisión es libérrima, de fidelidad absoluta. Su muerte no será un éxito de sus enemigos sino fruto de la decisión de entregar su vida como rescate de muchos, es decir, de todos. 
Mientras tanto, en ese santo peregrinar, los discípulos persisten en su confusión, y están preocupados por otras cuestiones. El contraste es desolador: el Maestro en camino hacia la ofrenda de amor mayor de su vida, y los discípulos enfrascados en una dialéctica de pura ambición.

Santiago -Jacobo- y Juan, los hijos de Zebedeo, se adelantan a los otros diez, y expresan en su pedido la misma mentalidad que impera en todos: quieren que el Maestro les garantice posiciones de privilegio en su gloria, a la que suponen el reinado definitivo, la corona de Israel. Ya se imaginan gobernadores, generales, cortesanos poderosos de un Mesías mundano, que se impone mediante la fuerza a sus enemigos.

La respuesta de Jesús de Nazareth, más que reproche, expresa tristeza y soledad aún estando rodeado de los Doce. Es verdad, ellos no saben, no tienen idea de lo que le están pidiendo. Ellos deben beber el cáliz de Cristo y recibir su mismo bautismo.

El cáliz de Cristo es aceptar sin reservas la voluntad de Dios, llenarse de Dios, aunque sea un trago amargo para la sed mundana, una bebida que se evita.
El bautismo, simbólicamente, implica sumergirse y morir bajo el agua, para renacer, emergiendo a una nueva vida. El bautismo de Cristo, por ello, es sumergirse en los marasmos de la muerte ofreciendo la totalidad de la existencia en favor del prójimo. Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y más aún, que el pobre viva pleno, en definitiva restauración de su humanidad plena del amor que es Dios dándose sin reservas.

La indignación que esbozan los otros diez contra los hijos de Zebedeo no radica en el pedido fatalmente erróneo que le hacen al Maestro, sino responde a un criterio muy menor: Santiago y Juan se han adelantado, ansiosos, a las mismas expectativas de los otros respecto del poder y la gloria que anhelan.

Es menester señalar una obviedad: hay últimos, hay muchos a los que se descartan y se los oprimen porque algunos se creen primeros, por encima de los demás, con prerrogativas y derechos de dominio, de poder, de superioridad.
Pero en el tiempo de la Gracia y la Misericordia, la Buena Noticia para todos los pueblos es que el poder auténtico es el servicio generoso e incondicional, como oblación humilde de la propia existencia a cada momento, en cada instante, para mayor gloria de Dios y de los hermanos.

Cristo es nuestra vida y nuestra liberación. Prisioneros y cautivos de todas las miserias, con su inmenso sacrificio ha pagado el rescate para que vivamos plenos, para la felicidad de sus amigos y de todas las gentes, el vino bueno y nuevo de la Resurrección, de la vida que prevalece por sobre una muerte que ya no tiene la última palabra.

Paz y Bien


Reconocidos ante Dios




San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

Para el día de hoy (17/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 8-12



Los sofismas y las falacias están arraigadas de un modo tan firme en las culturas y costumbres de este mundo globalizado, que suelen tomarse por normales, y nos acostumbramos a ellas.
Así queda en evidencia una patología espiritual, y que es el escaso valor que se otorga a la palabra.

Porque en gran medida somos nuestras palabras, lo que decimos y lo que callamos, la palabra que se empeña, las palabras vanas -flatus vocis establecen los filósofos-, veleidades sin raíz que no son portadoras de verdades. Tal vez para nuestros mayores era una cuestión natural o habitual aferrarse a la palabra dada sin importar las consecuencias posteriores.
Más finalmente, no es errado señalar que en cada palabra pronunciada u omitida, en lo que decimos y en lo que escribimos nos jugamos la vida.

El Cristo de nuestra Salvación es Verbo Divino entre nosotros, Palabra encarnada en la afirmación absoluta del amor de Dios que se hace tiempo, historia, vecino, uno más entre todos en nuestros arrabales existenciales. Un Dios pariente que es saludo y alegría, presencia perpetua, fidelidad eterna, un Niño pequeño que busca frágil el cobijo de nuestros brazos.

A este Cristo, hermano y Señor, se lo confiesa abiertamente y sin ambages. No son propias del Evangelio las medias tintas, las neutralidades, los afectos rituales de domingo que se disuelven los lunes. Máxime, cuando los días se ponen bravos, difíciles, cuando arrecian los problemas en los que nos atascamos o el dolor que se nos infringe, o peor aún, cuando por esa confesión comienzan las violencias y persecuciones.
Confesión que remite nuevamente al valor de la palabra que se expresa con la voz y, muy especialmente, con cada acto y gesto de vida en la que germina y crece el Evangelio.

En términos más sencillos y que nos comprometen sin menoscabo: somos lo que somos y del modo que somos por Cristo y para Cristo.

Planes, formación y estudios son muy importantes. Pero la piedra basal es la fé, la confianza en la persona del Resucitado, y en el Espíritu que nos hace decir la verdad, aún cuando todo parezca acallarnos, en afán de olvido o de más de lo mismo.

Confiar, siempre confiar sin desfallecer, sin miedo, sin resignarse, sin bajar los brazos.

Que la Virgen le hable al Hijo de todos y cada uno de nosotros, y que en su infinita fidelidad de Madre y amiga, volvamos a descubrirnos hijos amados, reconocidos ante Dios como parte de su corazón sagrado y familia creciente.

Paz y Bien





La levadura de los fariseos




Para el día de hoy (16/10/15): 

Evangelio según San Lucas 12, 1-7



El término hipocresía proviene del vocablo griego hypokrisis que significa, literaltemente, responder con máscaras -hypo, máscara, y crytes, respuesta-, aunque se utilizaba en la Grecia clásica para designar a los actores, los cuales se colocaban las máscaras que hoy conocemos como símbolo universal del teatro y así re-presentaban un personaje. En cierto modo, la tarea actoral implica un grado de fingimiento, de aparentar ser lo que no se es frente al público.

Cuando se traslada este concepto al campo ético, se denota una persistencia del criterio original, es decir, un hipócrita es aquel que actúa o simula un papel, escondiendo tras esa máscara lo que en verdad se es, a menudo engrandeciendo valores que no se tienen ni se practican. 
Por ello, cuando Jesús de Nazareth declara que los fariseos son hipócritas, establece un durísimo juicio.    

Lo que esos hombres -profundamente piadosos, y religiosos profesionales- demostraban al pueblo era una máscara de ortodoxia religiosa, de corrección política, modelo de varones santos y veraces, de valores a imitarse, cuando en realidad imponían cargas insoportables sobre el pueblo, obligaciones insostenibles sin Dios, pues delante de todo, en realidad, estaban ellos mismos, su soberbia y su egoísmo.

En su enseñanza, el Maestro insistía a sus discípulos su vocación de levadura, de fermento en la masa, de cómo ellos, siendo mínimos y pequeños, podían con la fuerza del Evangelio transformarlo todo, así como las amas de casa preparaban el pan.
Pero a su vez también advertía severamente sobre la levadura farisea, que es esa doctrina a veces imperceptible y persistente de una fé reducida a lo cultual sin corazón ni compasión, al mercantilismo religioso que establece el intercambio de méritos piadosos a cambio de la obtención de bondades divinas, todo ello opuesto a la insondable y asombrosa Gracia de Dios, de un Dios que se brinda amorosamente por entero y sin reservas.

Aferrarse a tradiciones que en realidad son traiciones pues nos hacen descender en humanidad. La prontitud en detectar impuros y herejes, y la inexistencia de la compasión, la misericordia y la fraternidad. El elevarse por encima del hermano, el creerse más y mejor que el otro, cuando en realidad todos somos únicos, valiosísimos, exclusivamente, por la mirada bondadosa de un Dios que es Padre y para el que todos -aún los más abyectos, creyentes o incrédulos- somos sus hijas e hijos amados.

Sea entonces nuestra levadura la Gracia de Dios. Y que nos convierta en mujeres y hombres de pan santo que se ofrece para la vida de los demás. Y para mayor Gloria de Dios.

Paz y Bien

Las puertas que se cierran




Santa Teresa de Jesús, vírgen y doctora de la Iglesia


Para el día de hoy (15/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 47-54



A un profeta no se lo puede acallar, silenciar por la fuerza, por el descrédito, por las persecuciones. Un profeta anuncia las cosas de Dios y denuncia todo lo que se le opone, lo que es contrario a Dios y a la vida, y no se detendrá en floridos lenguajes de conveniencia. Por eso un profeta es molesto, incómodo, inconveniente y es una amenaza para los poderosos y los corruptos, y porque por su fidelidad, un profeta nunca callará la verdad.

Jesús de Nazareth, altísimo profeta, Cristo de Dios, lo sabía bien, y de allí sus imprecaciones, su lenguaje duro para con los escribas y fariseos. Esos hombres preferían el silencio del camposanto a la voz contundente de cualquier profeta. 

Esos hombres rendían honores en sus blancas tumbas a los profetas muertos y asesinados, pero jamás los honraban ni escuchaban cuando estaban entre ellos.

Esos hombres imponían cargas pesadísimas, intolerables, sobre las espaldas del pueblo en forma de miríadas de normas a cumplir, bajo amenaza de condenación, rechazando de plano al Dios de amor y al tiempo de la Gracia que el Maestro les traía. Aunque a menudo se oponían -por otros motivos- al ocupante imperial romano, ellos eran tanto o más opresores que las legiones y los tribunos.

Pero especialmente, escribas, fariseos y doctores de la Ley, ocultos tras un florido y erudito léxico que era habitualmente incomprensible para las gentes más sencillas, confundían al pueblo, y de ese modo cerraban las puertas de acceso a la sabiduría a los pequeños. Esa cerrazón es negar el acceso a la Palabra, a la vida comunitaria, al crecimiento personal. Pero no advertían que a la vez de denegar la entrada a tantos, se revelaba que ellos mismos se quedaban fuera de los campos veraces y sabios.

Es menester rogar al Espíritu para que estos ayes nos duelan, y nos resulten molestos, para despejar la mente y el corazón de todo lo vano, de todo lo que nos hace daño y del daño que ocasionamos, para ingresar como felices hijos a la tierra prometida de la Gracia de Dios.

Paz y Bien




Diezmos




Para el día de hoy (14/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 42-46




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth las gentes debían afrontar el pago de diversos tributos o impuestos: los tributos debidos al ocupante imperial romano, los obligados para con el gobernante local -como los tetrarcas Herodes o su hermano Filipos- y los tributos religiosos.
Estos últimos se fundamentaban desde antiguo en la propiedad de su Dios sobre la Tierra Santa: de allí que a Dios le correspondieran los frutos primeros y mejores, llamados primicias. Estos fundamentos místicos los traduce el libro del Deuteronomio para el pueblo y establece así que se debía pagar el diez por ciento -diezmo- de las cosechas con el fin de procurar el sostenimiento del culto y la manutención de sacerdotes y levitas. Ese diez por ciento se aplicaba a las mieses y también a los frutos de árboles y arbustos, grano, aceite y mosto.
En cierto modo, había un asomo de constitucuón de un erario público, pues de esa recaudación saldrían también las limosnas destinadas a los huérfanos y a las viudas. La institución era muy antigua pero, no obstante, muy importante.

Con el surgimiento del fariseísmo, se extendió la imposición a las hierbas fragantes como la menta, a las medicinales como la ruda -que crecían silvestres- y a las legumbres. Así, un pueblo agobiado por las terribles cargas romanas y locales, debía preocuparse por las religiosas de su propia gente, y no es difícil imaginarse a un ama de casa separando una ramita de cada diez de menta o de ruda, o un grano de lentejas de cada diez, imposición absurda que, no obstante, debía cumplirse a rajatabla.

El gran problema es el cumplimiento de la norma por la norma misma, el gran problema es haber olvidado al Dios que le concede sentido y trascendencia, el gran problema es olvidar la justicia y la misericordia.
Porque es válido el diezmo hasta en las cosas más pequeñas siempre y cuando lo verdaderamente importante, esa misericordia y esa justicia sean fundamentales en la relación con el prójimo y con Dios.

Esos hombres que imponían a los demás cargas intolerables, a su vez eran muy vanidosos, y se ufanaban y aplicaban sus afanes en ser reconocidos, respetados y admirados, que se les cedieran los primeros lugares en las sinagogas, los besamanos respetuosos, las alabanzas. Así suplían el culto a Dios y la compasión para con el hermano por el culto a sí mismos en aras de un poder religioso creciente que provocaba que la religión deviniera en creencia opresiva sin trascendencia ni Dios.

Habría pues que cuestionarse si nos hemos olvidado de lo verdaderamente importante, justicia y amor a Dios y al prójimo, y desde allí establecer todo lo demás. Por más que se llenen alcancías y cepillos, prevalecerá un déficit cordial que pretende expulsar la Gracia y se aceptará como normal y habitual la opresión y el dolor, en absurda reverencia al egoísmo.

Quiera Dios abrirnos la mirada y liberarnos de estas cadenas que asumimos con tanta naturalidad.

Paz y Bien    

Abluciones



Para el día de hoy (13/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 37-41





El conflicto entre Jesús de Nazareth y los fariseos era prácticamente inevitable. En la práctica, esos hombres estaban ofendidos porque un rabbí galileo, pobre y humilde -sin pergaminos ni credenciales- enseñaba las cosas de Dios con una autoridad inusitada que abiertamente los cuestionaba, y además, es de suponer que estuvieran horrorizados en cierta medida frente a la pérdida de poder y de prestigio.

Pero además, otra cuestión más raigal los situaba en veredas enfrentadas: esos hombres representaban la ortodoxia, la voz oficial de una religiosidad que suponía que mediante la acumulación piadosa y la estricta observancia de los preceptos se obtendría la Salvación y la bendición divina.
El problema no estriba en llevar una vida piadosa en todos los días de la vida, claro que nó. El problema es el aferrarse a una aritmética de la Salvación, a los méritos acumulables, a imaginar a un Dios dispensador de premios y castigos cuyo favor se obtiene a través de la escrupulosidad cultual.

Cristo ha inaugurado el tiempo de la Gracia y la Misericordia, y revela el rostro bondadoso de un Dios que es Padre, que ama a sus hijas e hijos sin reservas, que se brinda por entero, pródigo en amor y Salvación.

Esas normas estrictas implicaban, entre una miríada de obligaciones, que previamente a las comidas debían realizarse puntuales y específicas abluciones, así como también un cuidadoso y regulado lavado de los utensilios tales como las copas y los platos.
Jesús de sienta a la mesa y no las realiza, y ese fariseo que lo convida se extraña y de alguna manera también se escandaliza. No se trata de una razonable cuestión de higiene: se trata de que la verdadera purificación no es externa sino interior, comenzando por liberarnos del egoísmo que nos impide volver el corazón a Dios y al hermano, de allí la necesidad de la limosna, una limosna que no es dar lo que sobra sino más bien darse para que el hermano no pase necesidad.

Porque la ablución necesaria y el culto primero es la compasión.

Paz y Bien


Generación perversa


Nuestra Señora del Pilar

Para el día de hoy (12/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32




La escena que nos presenta el Evangelista Lucas es más que elocuente: una gran multitud rodea expectante a Jesús de Nazareth, y Él los define como generación perversa. En Él no está la conveniencia de aquellos que sólo dicen lo que agrada a las multitudes, lo que las gentes quieren escuchar. En Cristo, sólo la verdad.

Decir que una generación es perversa implica, en cierto modo, una antonimia absoluta respecto a generación conversa.
Al Maestro le requerían signos prodigiosos como reválida o certificación de su persona; en realidad ello implicaba una excusa para no tomar partido respecto de Él, para no comprometerse, para no decidirse a embarcarse en la barca de la vida nueva, y seguir empantanados en el fango de la creencia, que nó de la fé.

Cristo es la señal definitiva del amor de Dios, de Dios con nosotros, Palabra y acto, Verbo encarnado.
Más que Salomón, más que Jonás, como la ballena de esa historia será tragado durante tres días por las fauces de la muerte. La Resurrección es el signo definitivo para todos los tiempos, para todos los pueblos, para todos y cada uno de nosotros.

Perversión es la pretensión de exigir otros signos a medida, pues los signos están allí: los ciegos ven, los sordos oyen, los enfermos sanan, los cautivos son liberados, la vida prevalece y se expande en la comunidad que se reune en Su Nombre.

Conversión es transformar la vida por el paso salvador de Cristo en la propia existencia, para vivir como Él vivía, amar como Él amaba, ser fieles hasta el fin, Evangelios vivos que anuncian Buenas Noticias con vidas que expresan la alegría de la Salvación, del Reino que está aquí y ahora entre nosotros.

Paz y Bien

Lo que nos falta





Domingo 28º durante el año

Para el día de hoy (11/10/15): 

Evangelio según San Marcos 10, 17-27



La actitud de ese hombre -que por el Evangelista Mateo sabemos que es joven- es admirable en su honestidad y en su franqueza, y contrasta de manera abismal con todos aquellos que acudían al Maestro con intenciones aviesas, con interrogatorios falaces que desembocaran en declaraciones condenatorias.

A Cristo se presentaban los enfermos, los leprosos, las familias que llevaban a sus seres queridos demolidos de dolor y de muerte, los excluidos, los descartados, todos y cada uno con sus penas y angustias buscando salud y liberación en ese rabbí galileo que prodigaba el bien sin condiciones en nombre de Dios, al que llamaba Padre.
Pero este joven no está acuciado por esos pesares. Su angustia es de otro cariz, y no hay esquemas teoréticos que lo tengan confundido y que deba resolver: lo suyo es angustia existencial, personal, concreta, y la pregunta primordial del qué hacer para heredar la vida eterna se traduce en ansias de vivir la vida en plenitud. Porque el joven intuye que adolece de cierta cuestión, que algo le falta y confía en ese Maestro que pasa por su ciudad, por su calle, por su vida.

Ojalá también nosotros confiáramos así, en abierta confianza y a los pies de Cristo nuestros vaivenes y escarceos de los días que se nos pierden en el sinsentido.

El Maestro, ante todo, lo lleva cuidadosamente al centro que ha perdido, y que es Dios, y más aún, un Dios bueno, un Dios en el que sólo encontraremos bondad, raíz y destino de todo bien.
Hemos de notar que Él mismo, en cierto modo, aparta la mirada sobre Su persona, y es señal para el joven y para sus discípulos: no hay que anteponerse a Dios, la Buena Noticia es el sol del nuevo día para todas las almas, la luz de Dios que disipa todas las tinieblas.

Es claro que el Maestro habla en la misma sintonía que ese joven. Es cuestión de hacerse entender en el lenguaje del otro. Para la mentalidad religiosa del siglo I, el camino hacia la vida eterna es a través de la observancia de los mandamientos de ese Dios Bueno. 
Deliberadamente, Jesús realiza con él un memorial de los mandamientos que deben ser cumplidos, y curiosamente menciona aquellos que refieren a la relación con el prójimo, porque en el tiempo de la Gracia el rostro de ese Dios Bueno se encuentra en la mirada del hermano, y resplandece en los más pobres.

Ese joven ha cumplido fielmente los mandatos, y sin embargo no está satisfecho, no se siente completo. Algo le falta, algo nos falta.

Falta abandonar las cosas vanas a las que nos aferramos, en marasmos de egoísmo. Falta rebelarnos contra el falso dios del dinero. Falta edificar al prójimo.
Pero por sobre todo, falta darse a los demás, aferrarse a Cristo y con Él, emprender el peregrinar hacia la tierra prometida de la Salvación, en ese Reino que ya está aquí, entre nosotros, don y misterio de ese Dios Bueno que se ha llegado humildemente a nuestras vidas.

Paz y Bien

Elogio a la Madre



Para el día de hoy (10/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 27-28



Siguiendo los textos sagrados, quizás nos acostumbramos a los continuos ataques por parte de los enemigos de Cristo. Injurias e improperios, la descalificación sin fundamento con la intención de pulverizar el ascendiente que tenía sobre el pueblo, la afrenta de rotularlo como endemoniado o satánico a contrario de todo el bien que prodigaba.

Pero la lectura para este día nos cuenta que otras cosas también le decían, acordes a los asombros y a la alegría que sus acciones y su enseñaban producían en las gentes más sencillas.
Por entre la multitud que escuchaba lo que Jesús de Nazareth les dice, se eleva una voz de mujer. Sus palabras son entrañablemente femeninas, se trata de una mujer que elogia a otra en tanto que madre, por el Hijo magnífico que ha tenido y ha criado.

Aquí es menester hacer un alto: en el elogio de esa mujer hay una cuestión que a veces dejamos de lado en nuestra reflexión, y es la crianza de Jesús a la sombra bienhechora de María y José de Nazareth, niño judío y galileo de las periferias, que crece al calor humilde del cuidado de su Madre y de la protección de su padre así como se yergue varón íntegro desde la Gracia de Dios. Todo ese tiempo germinal y frutal debería ser objeto de reflexión y veneración cordial.

Sigamos.
El elogio carece de reproche alguno. Si, tal vez, la respuesta del Señor sea desconcertante, pero de ningún modo invalida o menoscaba ese elogio, que bien podrían pronunciarlo nuestras madres con toda justicia.
Esa mujer elogia la maternidad de María de Nazareth.
El Hijo, en cambio, la enaltece de trascendencia, pues son plenos de humanidad, bienaventurados, felices, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Mensaje y misión para toda la Iglesia que es fiel en tanto que se vuelve cordial, servicial, obediente a esa Palabra que está viva y nos transforma.

Como María de Nazareth, Madre por engendrar a Cristo en su seno pero antes en las honduras cálidas de su corazón inmaculado, la que guardaba todas las cosas meditándolas en su interior, Madre y discípula por confiar y creer, la primera entre todos los destinados a ser felices, toda la humanidad.

Paz y Bien


Hacia el fin de la tibieza





Para el día de hoy (09/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 15-26 



El ministerio de Jesús de Nazareth no pasaba inadvertido, de ninguna manera. Los pobres y los pequeños -los anawin del Señor- se admiraban y alegraban del bien que se prodigaba con esa infinita y asombrosa generosidad.
Otros, cegados en sus esquemas y presos de sus odios, inferían que todo lo que el Maestro hacía era a causa de un poder demoníaco. A otros parecía no bastarle las acciones de salud y liberación que acontecían ante sus ojos y exigían signos espectaculares que revalidaran el origen divino de esas acciones.
Sin embargo, es de suponer con facilidad que aunque el cielo se abriera ante sus ojos y danzaran los planetas, tampoco se convencerían, pues predominaba su prejuicio. Lo que también es claro es que se creían con derecho a exigir credenciales que ellos mismos autenticaran, en desmedro falaz de la Salvación presente y viva allí mismo.

La realidad es que el Reino está allí y aquí, entre ellos, entre nosotros, bendición en tiempo presente. Es el tiempo santo del Go'El de Dios, del más fuerte, del Libertador, ante quien no hay mal que pueda resistirse.
Ese Reino tan cercano a todos los corazones es justicia y liberación de todos los demonios que nos hacen decrecer en humanidad, que nos abren abismos ante Dios y ante los hermanos.

Pero el poder del más fuerte es un poder muy extraño, que no se condice con los parámetros mundanos que solemos utilizar como rasero que iguala hacia abajo. Es el poder de la vida ofrecida, del servicio, del amor que ofrece la vida de manera incondicional y absoluta, poder que libera, que sana, que salva.

El poder de Cristo ha sido confiado a la comunidad cristiana. Precisamente, ese poder del bien es un poder que no admite espectadores, ni confortables religiosidades de amores rituales sin compromiso ni compasión.
Frente a ello, que es invitación y misión, no hay posibilidad de tibiezas, de medias tintas.

La Buena Noticia compromete en la magnífica libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Pedir, buscar, llamar




Para el día de hoy (08/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 5-13



En un primer momento, de acuerdo a la lectura del día, pareciera que la cosa estuviera dividida. Por un lado, la conveniencia de una plegaria de petición que, sin demasiada vergüenza, reconoce a Dios como un eficaz proveedor de cosas y bondades que necesitamos, ese mágico aquietador de angustias y despejador de miradas que han perdido el horizonte, un terapeuta de nuestras limitaciones.
En ello, y aunque quizás subyace una falsa imagen de Dios, hay una confianza que debemos rescatar,

Por otro lado, y por cierta religiosidad viciada de mercantilismo, la oración como trueque piadoso y acumulativo que supone que una plegaria amplia y nutrida obtendrá a cambio el favor divino. 

Finalmente, y aunque ha de reconocerse la disciplina y la constancia, quizás nos encontremos con ese talante piadoso que reza constantemente las plegarias establecidas en los días y horarios determinados a tal fin, la producción constante de oraciones. Allí tal vez hay mucha programación pero poco corazón.

La infinita revelación que realiza Jesús de Nazareth es que Dios es un Padre que nos ama sin límites, y que todos y cada uno de nosotros tenemos un derecho adquirido por esa dignidad filial -derecho inmerecido, claro está-. Es el derecho de las hijas y los hijos de Dios, asombroso, inexplicable por fuera del amor y la ternura.
Así la insistencia de Cristo por la eficacia de la oración, que no se encarece las fórmulas sino más bien la confianza, pues ese Dios es un Padre que nunca nos abandona ni deja de escucharnos. Pedir, buscar, llamar sin desmayos. Orar siempre para estar en la sintonía infinita y trascendente de la vida en el Espíritu, nuestra herencia inagotable.

La serena felicidad de que aún siendo amigos inoportunos que siempre obtendremos el pan de Vida aún a horas intempestivas.

Paz y Bien


La ofrenda del Rosario



Nuestra Señora del Rosario

Para el día de hoy (07/10/15): 

Evangelio según San Lucas 11, 1-4


Suele suceder como en el ejemplo de Marta de Betania: la vorágine cotidiana, las múltiples ocupaciones, los devaneos de las batallas perdidas contra el propio ego, hacen que nos descentremos, y así dispersos perdamos de vista lo verdaderamente importante, lo que permanece y no perece.

El Santo Rosario, con su humilde cadencia nos restituye el andar hacia el centro valioso de la existencia, misterio cordial de una Palabra que se escucha, se reflexiona y se reza.

Salterio de los pobres al que los pequeños se aferran con tenaz esperanza, y que se corresponde con ese aferrarse a la memoria materna aún siendo viejos, porque desde la Madre nos reencontramos con el niño primordial que anida en nuestro corazón, que nos hace entrar al Reino, que nos recupera con asombrosa bondad de las heridas que la cotidianeidad nos impone, y que a menudo aceptamos con resignación.

En las pequeñas cuentas que se desgranan paso a paso por nuestras manos, se deshacen viejos odios y nuevas cadenas, y se produce el reencuentro con los misterios de la Salvación, la alegría insondable de Cristo encarnado, de Dios con nosotros, los dolores de la Pasión que no disminuyen la infinita intensidad de la vida ofrecida en clave de amor mayor, la certeza de que la muerte no tiene la última palabra sino el Resucitado, la luz que prevalece por sobre cualquier sombra.

Tan necesario e imprescindible como el respirar, el Santo Rosario es un grato pronunciar eternas palabras de ternura a una Madre que permanece de pié ante todas nuestras cruces, que jamás nos abandona -rostro materno de Dios-.

Pero ante todo, el Santo Rosario es una divina ofrenda que se nos ofrece a todos y cada uno de nosotros para volver a descubrir la mirada de María de Nazareth en nuestras pobres e ínfimas y existencias, para recordar que donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien


Hospitalidad




Para el día de hoy (06/10/15): 

Evangelio según San Lucas 10, 38-42



Como en todo su Evangelio, San Lucas orienta todo el ministerio de Jesús de Nazareth en la única perspectiva de su peregrinar hacia Jerusalem, en su absoluta libertad al encuentro de la Pasión por su fidelidad inquebrantable al proyecto del Padre. Ésa, precisamente, es la perspectiva primordial que nunca hay que perder de vista, su fidelidad hasta las últimas consecuencias, a pesar de todos los horrores que le esperan.

Aunque no haya una cita explícita, podemos inferir que el Maestro se detiene en Betania, en la casa de Lázaro, Marta y María. Betania se encuentra a escasos kilómetros de la Ciudad Santa, es prácticamente un poblado de extramuros, y es una zona peligrosa, por la proximidad de esos hombres que buscan aniquilar al rabbí nazareno, porque lo andan buscando abiertamente, hay un arresto inminente, hay un ambiente de muerte de sofoca.

Pero también en Betania hay un hogar en donde la vida crece y florece porque hay una familia y porque hay afectuosa hospitalidad. 
Ese Cristo nunca ha tenido casa propia: de niño vivió en el hogar paterno de José, carpintero nazareno, y ya adulto se ha marchado a los caminos a anunciar la Buena Noticia. A veces se alojaba en Cafarnaúm, con toda probabilidad en la casa familiar de Simón Pedro y Andrés, y a menudo su mesa era aquella en donde lo convidaban, en donde lo invitaban a quedarse, en donde le hacían espacio.

Cristo no tiene otro hogar que aquél en donde sus amigos le reciben, y es símbolo de la Iglesia, el ámbito cordial en donde Cristo se siente a gusto, en paz, en donde todos son reconocidos en su plena dignidad, en donde los reproches se desvanecen con rapidez porque prima otro interés trascendente, nada más ni nada menos que el amor que allí prevalece.

No hay aquí una alusión a un ambiente bucólico o idílico. Por el contrario, y aunque Cristo es el centro de todas las atenciones, quienes llevan la voz cantante son las mujeres.
En esa época, era impensable que algún rabino enseñase la Torah a ninguna mujer. La mujer no tenía otros derechos que los concedidos por su padre o por su esposo, y debía limitarse a parir, a cuidar casa e hijos, a callarse. Pero con Cristo hay un tiempo nuevo de hermanas y hermanos, todos hijas e hijos de Dios con la misma dignidad y derechos, y para escándalo de muchos y alegría de otros, es tiempo también de discípulas.

María, a los pies del Maestro escuchando lo que Él enseña, es la imagen exacta de los que escuchan con atención la Palabra, la reflexionan, la atesoran en su corazón para luego dar frutos. La escucha atenta de la Palabra, identidad primordial del discípulo, es el tesoro mayor que nada ni nadie podrá quitar, lo más valioso, lo que prevalecerá siempre.

Marta se des-vive sirviendo, en los trajines de un hogar que recibe con calidez y gratitud a quien está de paso. No se trata solamente de ollas, sartenes y platos: se trata de la diaconía, de trata del servicio que todo lo transforma. Y aquí hay un énfasis especial, porque quien sirve y quien tiene mucho para decir es una mujer.
A veces en los afanes del servicio, de la praxis, uno se dispersa. Y solamente en Cristo uno se reencuentra, se vuelve a unificar en la trascendencia de una Palabra que nada tiene de abstracta, sino que es Palabra viva que transforma la existencia.

Cada día debería ser memorial afectuoso y agradecido por todas las Martas y las Marías del servicio y la contemplación, que humildemente hacen de la Iglesia casa cordial para Cristo y los hermanos, que son nuestro orgullo y nuestro tesoro.

Paz y Bien 



A imagen de Cristo, a imagen de Dios




Para el día de hoy (05/10/15): 

Evangelio según San Lucas 10, 25-37



El talante del doctor de la Ley que le realiza la pregunta a Jesús de Nazareth es quizás más propio de un docente que examina y califica a un alumno de modo inquisitorial que el de un genuino buscador de la verdad. Hay en su discurso cierto tenor de exigencia velada que no es casual: constantemente, quienes detentaban el poder religioso oficial buscaban en las cosas que hacía y en la enseñanza que predicaba el Maestro fallos, errores y aseveraciones heterodoxas que tuvieran la suficiente gravedad para, en primer lugar, desacreditarlo ante el pueblo, y en segundo lugar, obtener elementos para un juicio sumario que anticipaba una segura condena.

No obstante ello, la inquietud que presenta tenía para la religiosidad de la época una relevancia fundamental, pues la Ley establecía 248 mandamientos o mitzvot positivos, y 365 mitzvot prohibitivos o negativos: 248 por lo que se creía eran la totalidad de los huesos del cuerpo humano y 365 por cada uno de los días del año, y así, simbólicamente, englobaban la totalidad de la existencia humana. Por ello, exégesis y casuística buscaban producían hondas reflexiones acerca de la prevalencia de ciertos preceptos por sobre otros, y de allí, tal vez, una de las causas de la pregunta.
Pero por otra parte, la postura farisea exigía la observancia absoluta de la totalidad de los 613 mandamientos, lo cual era causal de opresión de las almas más sencillas, pues sobreabundaba la aritmética piadosa en desmedro del Dios que le otorgaba sentido.
Así entonces Jesús de Nazareth condensa la Ley y los profetas en un mandamiento con dos brazos frutales, el amor a Dios intrínseca e inseparablemente unido al amor al prójimo, y para enseñarlo se vale de una parábola, la llamada parábola del Buen Samaritano.

Aquí es menester hacer un alto para recobrar la atención: no se trata la parábola de una construcción literaria efectista ni de un relato articulado de tal manera que se pueda arribar a una moraleja, es decir, a una conclusión de carácter moral.
Se trata de algo más profundo y raigal, se trata de revelación, se trata de transformación de la propia vida y de la vida de la Iglesia desde la eterna perspectiva del Reino.

El samaritano, a imagen misma de Dios, revela pues los eternos sentimientos del Creador de amor por la humanidad que es bien concreto, y que se detiene en compasivo auxilio hacia el caído a la vera del camino, al costado de la existencia, en la banquina donde se suelen depositar a los descartados de la vida.

El samaritano, a imagen misma de Cristo, es un despreciado, un sospechoso, que a pesar de todo y de todos hace presente y eficaz el amor de Dios que salva, que sana, que restaura y levanta, aún cuando otros pasen de largo arguyendo prohibiciones o apuros vanos.

El samaritano también se compromete con todo su ser -lo que pagará si esos denarios que deja no alcanzan- al regreso. No es una pasada furtiva lo suyo, le importa el ahora y le importa el después, y es el Cristo que regresará al final de los tiempos, a las heridas sanadas, al caído restablecido y pleno que nunca olvidará porque ahora lo alberga en la posada de su corazón sagrado.

El samaritano cuida al herido con óleo y con vino, óleo y vino que ahora son de una Iglesia que tiene, desde el sueño de Dios vocación samaritana, que cede monturas en sus mulas a veces flacas para los que ya no pueden andar.

Una Iglesia que somos todos y cada uno de nosotros, con nuestras pobres moneditas de misericordia, y que por poco que parezcan, son indispensables.

Paz y Bien

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