Encasillamientos




San Ignacio de Loyola, presbítero - Fundador de la Compañía de Jesús

Para el día de hoy (31/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 54-58



Encasillar a una persona es pensarla y juzgarla a partir de un molde o preconcepto que se le imponga de antemano. Sucede con las cosas, con las personas, con Dios. Y cuando no se adecue o encaje en esos preconceptos, comienzan los problemas, los cuestionamientos, los prejuicios devienen en juicios que a su vez desatan enojos y a veces violencia.

No es tarea fácil abandonar esquemas, zonas mentales confortables y exentas de riesgos. 
Sin dudas, algo de ello sucedió con los paisanos nazarenos de Jesús.
Lo habían visto crecer, un niñito judío en brazos de su madre que poco a poco jugaba con otros niños del poblado en las calles polvorientas, el muchacho pobre y humilde que aprendía desde que tenían memoria el oficio de su padre, tekton o artesano -no solamente carpintero-, y del que se esperaba una continuación de la tradición familiar, del apellido. Que forme una familia para la grandeza de Israel y para que el nombre no se extinga.

En cambio, Él se largó a los caminos a hablar de Dios de un modo tan novedoso y distinto a lo habitual, que muchos quedaban estupefactos. Él también, en nombre de ese Dios al que llamaba Papá, sanaba enfermos, abrazaba intocables, se sentaba a comer con los despreciados y descastados de todos los sitios. Y para colmo de males, por todo ello se enfrentaba abiertamente con las autoridades religiosas de su tiempo, a tal punto que varios de sus parientes llegan a considerarlo un loco, fuera de sus cabales.

Así Jesús se convierten en motivo de escándalo, en el sentido primigenio del término. Skandalon significa, literalmente, piedra de tropiezo, y esas gentes tropezaban de bruces frente a veredas artificiales de prejuicios que ellos mismos habían establecido, y que a nada conducían. Ese Jesús les trastocaba los pasos.

Los encasillamientos suelen enquistarse y perduran en la historia. Quizás en nuestra historia particular, por esas mismas anteojeras opacas, no hemos podido escuchar la voz de Dios en una vecina, en un amigo, en un transeúnte con el que nos cruzamos, y así la profecía se nos escurre como arena entre los dedos.

Porque lo cierto es que Dios nos sigue buscando todo el tiempo, todo los días, a cada momento, y es menester dejarse sorprender.
Todo comienza allí, cuando nos atrevemos a confiar. Allí, merced al inefable amor de Dios, se inaugura el tiempo de los milagros.

Paz y Bien

Redes católicas




San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (30/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 47-53





Algunos de los discípulos de Jesús eran experimentados pescadores de oficio, Pedro y Andrés, Juan y Santiago, quizás Felipe. Y seguramente, entre las multitudes que lo seguían con persistencia también otros tantos podrían encontrarse: la cercanía del mar de Galilea es el indicio y de su importancia, de su gravitación social y económica. El mismo Jesús se vale de ejemplos de aquello que Él también conocía de cerca, y es dable imaginarse los rostros de esos hombres asintiendo en silencio cuando Él tomaba como ejemplos circunstancias que los tocaban a diario. 
Ello no es solamente una propedéutica o metodología de enseñanza: es el misterio de la eternidad que se esconde en el acontecer diario, el cómo resignificar de modo trascendente aquello que consideramos rutinario y habitual.

Desde aquel entonces muchos siglos han pasado, muchos cambios geológicos y climáticos han dejado su huella, mucha polución ha saturado la zona. Pero en el siglo I, esas aguas bullían de una fauna ictícola multiforme, muy variada, y esos hombres entendían perfectamente lo que el Maestro les planteaba.
No era una acción deportiva o lúdica de caña y anzuelo, sino del esfuerzo común que robustecía la tarea: ellos debían barrenar esas aguas a la mayor profundidad posible, y recogiendo en sus redes todos los peces posibles.
Sólo al finalizar la pesca, se discriminaría entre pescados comestibles o nó, entre pescados útiles e inútiles, entre pescados buenos y malos. Más aún, unos cuantos se arrojarán de nuevo a las aguas pues serán demasiado pequeños, y es mejor que crezcan a nado. Otro tiempo de pesca será el adecuado.

Las redes que el Maestro nos invita a portar, como símbolo magnífico del Reino, son redes católicas. 
Quizás el título que encabeza estas pobres líneas induzca a engaño, tenga una trampa menor: sin embargo, las redes de Cristo son católicas, no tanto por pertenencia eclesiástica, sino por su universalidad que no discrimina entre peces buenos y malos. Todos son objetos -mejor dicho, sujetos- del infinito y escandaloso amor de Dios.

Ningún pez, por pequeño e insignificante o por grande y fiero ha de quedar fuera de esas redes.
Hay un detalle tan obvio que con toda probabilidad se nos escurra de la reflexión: los peces en las redes son tales pues están con vida.
Sólo finalizada la pesca, sólo fuera de su ambiente se convierten en pescados, es decir, en peces muertos.

Las redes son redes de vida, y aunque cueste su comprensión y su encarnación cotidiana, nuestro destino y vocación es la de pescadores de hombres, servidores de todos, de buenos y malos, todos hijos del mismo Dios de la vida.
Sólo a Él le corresponde el juicio, no a nosotros. A nosotros la justicia del Reino, que es la misericordia.

Paz y Bien

Marta de Betania, palabras de amigos




Santa Marta, memorial.

Patrona de las amas de casa

Para el día de hoy (29/07/15):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27




En Betania, pequeña localidad cercana a Jerusalem, había una familia compuesta por tres hermanos, Lázaro, María y Marta. Cada vez que se reunía con ellos, en un clima de profunda amistad, Jesús se sentía tan a gusto que el hogar de Lázaro y sus hermanas se transformaba en su propio hogar, y es precisamente un espejo espiritual de la Iglesia, una familia reunida junto a un Amigo, en donde Dios se encuentra a sus anchas.

Quizás porque se preveía, no sólo por la razonabilidad de la vida sino por una enfermedad grave, Jesús de Nazareth no está presente cuando el fallecimiento de Lázaro. Él trae algo más que la elusión de la mortalidad. Él trae la vida ofreciendo la suya, vida abundante, vida eterna.

No son difíciles de imaginarse las miradas y los rostros. Marta -tan inquieta y proactiva, tan dada a servir a los demás, aún a riesgo de extraviar de a ratos lo más importante- se dirige a Jesús con palabras propias de amigos, con la confianza de mirarse a los ojos y decirse las cosas como son, sin ambages pero sin lastimarse.
Es un momento de intenso dolor por la pérdida, una pérdida que se magnifica por el luto de los otros. Aún así, Marta sale al encuentro del Maestro, abandonando por un momento ese ambiente enrarecido por el llanto, por las sombras de la muerte.
Cuando nada se vé, cuando el horizonte no indica nada más que tristeza, es preciso abrir la puerta e ir al encuentro de los amigos, y del Amigo fiel que siempre se llega allí en donde nos demolemos de angustia.

Entre ellos dos, Marta y Jesús, hay amistad y hay ternura. Y desde allí surge la fé y acontecen los milagros. Porque a pesar de todo y de todos, Marta sigue confiando en el poder asombroso de ese Amigo que no se priva de llorar abiertamente por Lázaro que ha muerto.

Un Dios que nos llora por amor entrañable no suele estar en nuestras estampitas interiores.

Marta porta en su mente viejas ideas, conceptos férreos esgrimidos por los mismos que condenarán a muerte a Cristo, y que proyectan su sombra ominosa desde la cercana Jerusalem.
La precisión y la ortodoxia son importantes, pero más importante es la fé, la confianza en ese Cristo que es la Resurrección y la vida.

Porque contra todo pronóstico, Marta intuye y sabe en las honduras de su alma que nada el Padre deniega a lo que el Hijo le pida.

Esa amistad es también signo para nosotros de que la fé no es una abstracta cuestión doctrinaria. Hay afectos, razón, co-razón,  piel, sangre, huesos, toda la existencia transformada por el encuentro con el Salvador, que es hermano, es Dios y es Amigo fiel por siempre.

Paz y Bien

Trigo y cizaña




Para el día de hoy (28/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 36-43



Nunca es suficiente la reiteración del mismo concepto: Jesús de Nazareth se valía de situaciones e imágenes de la vida cotidiana que compartían sus oyentes, para enseñarles y revelarles las verdades de Dios, es decir, hablaba en el mismo idioma y con los mismos códigos que esas multitudes que le escuchaban. Nosotros quizás hemos olvidado eso, precisamente el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde la fé y a partir de las cosas que a todos nos pasan.

En el caso puntual de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, el Maestro utiliza una imagen campesina, rural, muy cercana y conocida para todos sus congéneres, la que también estaba cargada de contenido simbólico.
El trigo era importantísimo para la alimentación de las familias judías en la época de la predicación de Jesús: la dieta principal se componía de pan y de los eventuales peces que se obtuvieran de la pesca. Asimismo, la elaboración del pan estaba puntillosamente prescripta y determinada por la ley mosaica, variando su conformación de acuerdo al tiempo religioso que se atravesara.

Pero volvamos al trigo: esas gentes conocían bien que junto con el trigo crecía también la cizaña -lolium temulentum-, una gramínea cuya apariencia es muy parecida a la del trigo, tan parecida que era menester tener muy buen ojo para poder discriminar entre la planta de trigo bueno y la de la cizaña peligrosa. Ésta última era similar en apariencia solamente, pues sus granos eran tóxicos, de tal modo que si ellos se mezclaban con los de trigo y se producía harina, el pan producido iba a producir vómitos y a enfermar a quienes lo consumiesen.
Pero la cizaña posee otra particularidad decisiva: las raíces de la cizaña son profundas y fuertes, y por ello se entremezclan en la tierra junto a las raíces del trigo. Si se decidiera a arrancar la cizaña, inevitablemente se arrancaría y aniquilaría al trigo útil y eficaz.

El Maestro nos vuelve a decir con decisión y con la intensidad de su Palabra que nunca, por ningún motivo, podemos arrogarnos la pretensión de establecer -mediante rigorismos excluyentes- una Iglesia pura y sin cizañas ni contaminantes/contaminados. En todo caso, se podrán compendiar pecados, vicios y virtudes. Pero no somos ni el Dueño del campo ni tampoco el cosechero.

Sin embargo, la cizaña presente en nuestros corazones y en nuestras sociedades no nos exime de responsabilidad ni nos relega a una esperanza postrera y resignada. 
Es importante tener buen ojo cordial para reconocer trigo y cizaña, y muy especialmente, para proteger a tantos hermanos trigales que se hacen pan compartido para todos nosotros. Es compromiso de justicia, es compromiso del Evangelio, es tarea encomendada por ese Cristo que no nos abandona, cuyo rostro resplandece en tantas mujeres y hombres justos y santos, silentes y humildes, que el Espíritu nos florece aquí y ahora.

Paz y Bien

Humilde, silencioso, imparable



Para el día de hoy (27/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 31-35



En pos de un Cristo glorioso y celestial, lejano en ornados altares -productos todos ellos de la piedad, claro está- solemos olvidar una imagen que debería ser carísima a nuestra memoria y nuestros afectos, la de un Jesús niño pobre, criado en una pequeña aldea de la periférica Galilea, a la sombra bienhechora de su abba José, al calor de su imma María. 
Es un niño tan común, tan parecido a cada uno de nosotros que cualquier esfuerzo racional por encasillar a ese niño como un Dios es tarea vana. Por el contrario, a través de la fé que se nos ofrece, allí nos estremecemos frente a un Dios que se hace historia, tiempo, pariente, vecino, uno más entre nosotros.

Así no es difícil imaginar a ese niño mirando con grandes ojos poblados de asombro a su madre y a otras mujeres del poblado tomar un puñado de levadura -una pizca, una nada- mezclarla con una medida de harina y luego de un tiempo, ver como ese bollo amasado crecía y se levantaba y se transformaba en el pan cotidiano. 
También, como hijo de su pueblo conocía bien la flora del lugar; en Palestina es habitual que crezca la planta de mostaza, amplia, frondosa, nacida a partir de una semilla pequeñísima, tan insignificante que se pierde entre los dedos. Y sin embargo, esa semilla ínfima tiene escondida una fuerza asombrosa que crece y crece.

De todo eso que bebían sus ojos asombrados, Jesús ya hombre enseñará y revelará las verdades de Dios. Quizás por ello suscitaba tantas furias y reprobaciones, pues no se aferra a arcanos rituales acotados al culto oficial en el Templo, sino que a su Dios se lo descubre en lo cotidiano, en lo habitual, y es una cuestión -para algunos corazones estrechos- una condición peligrosamente secular. Nada bueno puede salir de Galilea, nada bueno ha de esperarse de aquellos sitios y personas que preencasillamos como marginales o sospechosos.

Pero esa es la lógica de los poderosos, la ratio de los esclavos.
La ilógica del Reino es el sentido de libertad de las hijas y los hijos de Dios, que aman la liberación que su Dios les ofrece porque es, ante todo, un Padre que ama.

La esperanza que Cristo ofrece no tiene nada de instantaneidad. Esas tendencias a resolver todo con soluciones instantáneas deberían estar lejos de nuestros corazones.
Lo que cuenta es que el Reino de Dios es un acontecer que sucede aquí y ahora, que sigue fecundando nuestro tiempo gris y vacío, que empuja hacia la luz a tantas gentes hundidas en el fango del dolor y de todas las rutinas sin destino, Reino humilde y silencioso, Reino tenaz, Reino actual de una fuerza imparable, que suele pasar inadvertido para quienes se imaginan mundos fantásticos que se imponen por la fuerza, pero que aquí se nos crece como pidiendo permiso, pero sin aflojar en esa tenacidad que no es otra cosa que el persistente amor de Dios, la Gracia que nos fecunda todos y cada uno de los días de la vida.

Paz y Bien

Hacerse pan





17º Domingo durante el año

Para el día de hoy (26/07/15):  

Evangelio según San Juan 6, 1-15


Una multitud cada vez más creciente seguía a Jesús. Él realizaba milagros por demás asombrosos, sanando enfermos que la religiosidad de la época dejaba abandonados a su suerte y dolor, en la mentalidad de considerar esos penares deseados por Dios a consecuencia de pretéritos pecados. Así, que ese humilde rabbí galileo les trajera esa bendición increíble los movilizaba de a mares.

Dable y razonable es la causa de tanto fervor. Pero los signos del Maestro -los milagros- son gestos de bondad que apuntan a otra realidad amplísima, que supera cualquier estrechez de miras, la trascendencia del amor de Dios que invita a vivir de otra manera renovada y recreada, la pascua de la conversión. Por ello es que Jesús se retira a la montaña, por todo ello pero muy especialmente por los discípulos, que discurren montados a lomos de los mismos fervores sin destino.
La dialéctica de éxito y fracaso es una tentación siempre presente pero, a su vez, es la arena movediza de un mundo que nada tiene que ver con la Gracia, con le Reino de Dios, con vidas que sigan igual, sin modificarse, sin convertirse, sin solidaridad ni justicia.

Las Escrituras nos ofrecen niveles de profundidad, para asomarnos paulatinamente a la inmensidad del misterio de Dios. Por ello cualquier lectura lineal -causa primera de los fundamentalismos- o superficial supone dejar de lado prejuicios o preconceptos, y permitir/nos que los símbolos allí ofrecidos, que son ventanas al infinito, nos vayan iluminando los pasos.

Así, los cinco panes de cebada y los dos pescaditos ofrecidos por el muchacho -humilde comida de pobre-, refleja en silencio el número siete, que para la memoria ancestral judía representa la totalidad, plenitud. Y las doce canastas llenas que sobran reflejan también a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles, espejo primordial de un nuevo comienzo para todos los pueblos.

Los discípulos oscilaban entre los viejos esquemas de gloria y poder y las cosas que el Maestro les enseñaba. Allí, frente a la multitud hambrienta, unos esgrimen la lógica habitual de que todo puede resolverse mediante el dinero, y sin dudas no hay suficiente para una comida para miles. Pero no todo se puede comprar, ni tampoco hay que someterse al dinero como a un ídolo cruel que todo lo decide.
Otros como Andrés, el hermano de Simón Pedro, avizoran que hay otro modo querido por Jesús, pero se quedan en los umbrales; por ello los panes y los pescados compartidos por el niño se le hacen nada, una irrelevancia.

Pero esa ofrenda generosa de algo tan pequeño -un humilde almuerzo- puede ser el comienzo que todo lo transforma. La solidaridad fué, es y será gratamente escandalosa.
Los milagros son una mixtura santa entre la confianza del hombre y el amor de Dios.

Y en ese monte, frente a esa multitud sentada, el milagro es mucho más profundo que los miles que se sacian. El verdadero milagro es que si es el Señor quien alimenta, el hambre retrocede, el hambre desparece y más aún, no habrá más hambre.

Desde el pan compartido, por la acción bondadosa de Cristo, el pan que se comparte y reparte alcanza para todos y se guarda en cantidades siempre generosas para los que todavía no han llegado.

Porque esos panes y esos pescados son señales. Lo que verdaderamente cuenta es hacerse pan para el hermano hambriento, como ese Cristo que es el Pan de vida para todas las existencias.

Paz y Bien



El privilegio del servicio, el cáliz de la cruz





Santiago Apóstol, patrono de España, patrono de Bilbao

Para el día de hoy (25/07/15):  

Evangelio según San Mateo 20, 20-28





El pedido de la madre de los hijos de Zebedeo no escapa a la lógica de los demas discípulos, y de una gran mayoría de cristianos a través de los tiempos, y es el suponer que, a través de Cristo, se accede a posiciones de prestigio, de poder, de privilegios de carácter mundano. Ello implica no entender que ese Cristo es un Mesías extraño, un Dios que no cuadra con los moldes y esquemas que solemos preestablecer.

Aún así, es menester rescatar otros detalles, quizás imperceptibles frente a un error tan grosero.
Por un lado, la mentalidad de considerar a la mujer varios escalones por debajo del varón: son los hijos de Zebedeo antes que de ella misma para la sociedad. Ello no resuelve una cuestión de género, sino más bien una raigal cuestión filial y fraterna, de hijas e hijos iguales por el amor del Padre.
Por otro lado, y a pesar de todo, hay una confianza incipiente que debe madurar, y se advierte en el fervor del pedido, en ponerse a los pies del Maestro. Ése, quizás, sea el indicio de un nuevo comienzo para nuestra religiosidad, una fé de rodillas, confiada, humilde, que no tenga miedo en la súplica y que no olvida jamás la gratitud.

Sorprendentemente, no hay invectivas ni recriminación para esa mujer. Es una madre que suplica por el bien de sus hijos, hay un amor que se desvía pero que es amor al fin.
Los otros discípulos se indignan, pero su enojo no responde al pedido de la mujer, sino a que alguien se les adelantó, y a cierto grado de envidia: ellos pensaban igual, en un Reino impuesto por la fuerza, glorioso, en el que ellos serían gobernantes privilegiados de Israel.

Santiago -Jacobo- y Juan, ambos de bravos caracteres, se apresuran en afirmar su disposición a beber el mismo cáliz del Señor. Compartir el pan y beber el vino con alguien significaba correr su misma suerte, compartir la vida misma. Pero no escapan de la lógica del mundo.

Más el Reino de Cristo no es de este mundo.

Beber su cáliz es atreverse a ser crucificado, a dar la vida por otros, a asumirse como un abyecto y marginado criminal -el último de los últimos- para que no haya más crucificados. Si ello pudiera simbólicamente graficarse, significa hacerse último desde la caridad para que, precisamente, quien esté en la periferia absoluta y baldía dé un paso adelante hacia la vida, hacia la humanidad plena.

Y en el tiempo de la Gracia y la misericordia, el verdadero privilegio es el servicio, la feliz negación de uno mismo para el bien de los demás, para mayor gloria de Dios, haciéndose bendición desde el Espíritu que nos anima.
Ése es el privilegio de Santiago y de Juan, ése es el distintivo primordial de la comunidad cristiana, la vida propia ofrecida incondicionalmente, desde la generosidad, desde el mismo Dios que es amor.

Que el Apóstol Santiago, santo hermano nuestro, ruegue por España, por todo el pueblo español, por toda la Iglesia.

Paz y Bien


La buena tierra, la semilla asombrosa, los frutos abundantes




Para el día de hoy (24/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 18-23



En los afanes de racionalizar la parábola del sembrador, nos solemos detener en los problemas que se plantean luego de sembrada la semilla. Ciertos sentimientos culposos y justificados nos llevan a identificarnos con las situaciones planteadas por el Maestro en la parábola, todas las veces que nos hemos dejado embarcar en las euforias nimias, el pedregullo de la superficialidad. La cizaña de las tentaciones mundanas que impiden que la semilla del Reino crezca y se vuelva árbol frondoso. Las raíces sin profundidad, que arrancan de cuajo el humilde brote ante el primer ventarrón.

Pero es menester ahondar en la Palabra, tal como hace la semilla, que muere en lo profundo para que nazca una vida nueva, pujante, imparable.
Quizás sea tan evidente que nos sobresaturemos de obviedades. Pero lo importante es que en todos nosotros -en toda persona- hay un reducto de buena tierra, parcela santa en donde se espeja el rostro de Dios. Porque con todo y a pesar de todo, la creación y las creaturas son buenas y santas.

Así, somos tierra que anda, tierra que late, y tenemos una infinita invitación a ser tierra santa de la Salvación, en las honduras de los corazones.
Todo es posible cuando se mixturan en el cáliz de la fé la confianza cordial del hombre y el amor infinito y paternal de Dios.

La semilla es asombrosa, pues nadie repara en ella, tan pequeña y humilde que resulta. Sin embargo tiene una fuerza increíble, pujante, que no ceja en su germinar y en su crecer.

Tiempo santo de Dios y el hombre es el tiempo inaugurado por Cristo.

Por esa semilla asombrosa y desde la libertad de ofrecer esta pequeña parcela de buena tierra que somos, frutos santos y abundantes, frutos que son bendición pues se agigantan como un magnífico tesoro en tanto se comparten.
Hombres y mujeres de trigo con destino de pan santo.

Paz y Bien

Ventanas a la eternidad



Para el día de hoy (23/07/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 10-17



Más que una técnica pedagógica o una metodología de enseñanza, las parábolas eran el medio del cual el Maestro se valía para revelar a las multitudes la realidad absoluta del Reino de Dios presente ya entre ellos.
Así, mediante ejemplos tomados de la vida cotidiana -todas cuestiones que esas gentes vivían a diario-, el Maestro les iba abriendo paulatinamente ventanas a la eternidad.

Por eso nadie hablaba como Él, con tal autoridad que refería a la trascendencia amorosa de Dios. Pero a su vez, mediante las parábolas nos vamos desprendiendo de cualquier presunción vana de automaticidad..
Todo tiene su tiempo, su crecimiento y su maduración, y aunque no haya lapsos tabulados, en cambio sí hay momentos de crecimiento que no se replican cuantitativamente pero nos igualan en humanidad, en ascenso más allá del fango.
La realidad de Dios es demasiado inmensa y abrumadora como para observarla de frente, como al sol, a riesgos de enceguecernos. Cristo es el puente por el que podemos entrever el rostro pleno de Dios.
Toda semilla ha de crecer a su debido tiempo, para brindar frutos buenos. Así sea la Palabra con nosotros.

Sin embargo, los discípulos se extrañaban de que a la multitud Jesús les enseñara mediante parábolas, y a ellos nó. Ellos bebían de las fuentes mismas del misterio.
Porque ser discípulo es, ante todo, compartir el pan y la vida con Cristo, la propia existencia transformada y fecunda por el paso salvador de Dios.
 
De cualquier modo, las parábolas siguen estando allí como ramas fragantes del árbol santo de la salvación, pues la Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva, y continúa el Maestro, ofreciéndonos ventanas extraordinarias para asomarnos al infinito.

Paz y Bien

Santa María Magdalena, discípula y apóstol




Santa María Magdalena

Para el día de hoy (22/07/15):  

Evangelio según San Juan 20, 1-2. 11-18



Son demasiadas las cosas que se han afirmado acerca de María de Magdala, en la mayoría de los casos sin ningún asidero evangélico, y así también una utilización tendenciosa de su figura.
Cierta tradición difusa -y sin dudas misógina y con visos degradantes- la encasilla como una mujer de vida licenciosa, una prostituta redimida por Jesús, y de esa condena perdonada el surgimiento de su amor fervoroso.
Otros, en un plano exegético, la identifican con la mujer pecadora que lava los pies del Maestro con sus lágrimas y los seca con sus cabellos. Pero ello acontece en Betania, y es precisamente María, la hermana de Lázaro quien lo hace, y por ello se gana el reproche severo del Iscariote.
En ciertos sectores, por la poca o nula voz que tuvo la mujer en la vida de la Iglesia durante siglos, la reivindican como bandera feminista, al borde de una torpe ideología de género.
Y otros pícaros, inventando falaces romances y teorías de conspiraciones infundadas, arman un fabuloso negocio editorial y fílmico. A veces, sin darnos cuenta, esos negocios son una injuria al pueblo creyente que venera con amor y respeto a los suyos, y por eso nos lo permitimos con cierto acostumbramiento mórbido.

Sin embargo, los Evangelios nos brindan un valiosísimo boceto de su alma.
De ella se afirma que Cristo le expulsa siete demonios: en la cultura y religón judías del siglo I, siete es, simbólicamente, un número expresa totalidad. Ello expresa que Jesús sana a María Magdalena en la totalidad de su ser, haciendo de ella una nueva y feliz creación, primicia de toda la Iglesia, flor de la Gracia como María de Nazareth.
Sabemos también que acompaña, junto a otras mujeres, al Maestro en todo su ministerio, por apoyo material y fraternal anunciando la Buena Noticia.
En los momentos terribles de la Pasión, frente a la incertidumbre del horror y de la muerte, María y unas pocas mujeres más permanece firme al pié de la cruz, aún cuando los Doce han traicionado o se han escondido temerosos de las posibles represalias. Firme en las buenas y más firme en las malas, afecto y presencia que no se derrumba a pesar de la tentación de la resignación.

Por la escucha atenta de la Palabra que ha escuchado del Maestro, por la vida nueva que ese Cristo le ha regalado, ha florecido en ella un amor tenaz, un amor férreo, un amor que es más fuerte que la muerte.
Por eso es que aunque su razón le diga otra cosa, ella vá al alba hacia la tumba. Es el alba el comienzo de un día que será definitivo, el amanecer de la Resurrección, de la tumba vacía y al muerte vencida.

Ella, aún cuando esté anegada de lágrimas, se descubre reconocida por el Señor, porque Dios nos reconoce como hijos, como familia por nuestros nombres y apellidos, rostros concretos.
En la vida renacida no hay espacio para el llanto, sino sólo para la esperanza y la alegría.
Y sólo los discípulos, los que tienen un vínculo personalísimo con Aquél que los conduce a la tierra prometida de la vida eterna, pueden reconocer al Maestro como tal.
Pero es el Resucitado, y se han quemado las naves, y no hay vuelta atrás. Por eso María de Magdala no debe retener a la antigua imagen del rabbí galileo, sino que ahora se trata del Cristo Resucitado.

Por ser discípula, por seguir creyendo, por ser testigo de la Resurrección se convierte en la primer apóstol, y más aún, apóstol de los apóstoles, con la misma tenacidad del amor que la impulsa, a pesar de que no le den mucha importancia y le crean a medias o casi nada. Ella permanece firme abrazada al Cristo que vive y nos llama.

Santa María Magdalena, ruega por nosotros y por toda la Iglesia misionera.

Paz y Bien

Discípulos y familiares




Para el día de hoy (21/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 46-50



Probablemente, la escena que nos brinda el Evangelio para el día de hoy deba ser considerada en un marco mayor, más amplio. Es que Jesús de Nazareth asombraba y escandalizaba a propios y ajenos, no se comportaba de la manera que todos esperaban que lo hiciera; los dirigentes religiosos, que se sometiera dócilmente y sin cuestionamientos a su autoridad omnímoda, ortodoxa, excluyente, que no inventara más patrañas nuevas como las que propalaba y que cada día más se acercaban a la pena capital por blasfemo.

Pero sus parientes -su tribu nazarena, su clan- también lo miraban desconcertados: si bien de niño siguió a pies juntillas los pasos de su padre en el trabajo y la vida familiar, en cuanto se hizo hombre se largó a los caminos, a hablar de Dios de una manera asombrosa, a sanar enfermos, a rescatar excluidos e intocables, a decir las cosas sin ambages aún cuando ello supusiera exponerse a potenciales y terribles represalias por parte de las autoridades. Además de todo, no había en Él ningún deseo de prosperar, permanecía tan pobre o más que cuando se fué, voluntariamente se abstiene del amor de una mujer y del matrimonio y no quiere establecer una familia, sus esfuerzos nada aportan al villorrio.
Así, oscilando entre los enfrentamientos con los poderosos y la negación pertinaz de las tradiciones familiares, es dable inferir que sus parientes supongan que ese hombre esté fuera de sus cabales. Por lo general, a los que no comprendemos les adjudicamos cierto grado de patología. Su presencia a las puertas de esa casa en Cafarnaúm es por demás elocuente: no están allí para dialogar y razonar, están allí para reclamar pertenencia y hasta propiedad. Ese Jesús es de ellos y de nadie más, y por más fervores que palpite la multitud, Jesús no les pertenece.

Pero frente a esa presencia de reivindicación exclusivista, no hay invectivas ni recriminaciones por parte del Maestro. Él no se separa de los suyos, especialmente de su Madre, que quizás esté confundida pero que tenazmente cobija todas las cosas en las honduras cálidas de su corazón.
Son otras las cuestiones que verdaderamente le importan al Maestro, son otras las cosas que quiere establecer y escapar de los limitados parámetros sociales y hasta sanguíneos.

Porque la convocatoria del Dios de la vida trasciende esos lazos familiares, ampliándolos infinitamente y haciéndolos plenos. Son lazos familiares y espirituales los que quiere ofrecer Cristo, de familia inmensa, fruto de la paternidad amorosa de un Dios incansable.
Por eso mismo, señala a los suyos y los refiere como discípulos antes que apóstoles. Apóstol es el carácter que adquirirán por la misión conferida. Discípulo no es sólo el aprendiz, sino aquel que comparte pan y vida con Cristo, y que por la cercanía del Señor su existencia se transforma y su corazón se amplía de forma tal que en su alma pueden habitar sin problemas multitudes de hermanos.

Porque ser discípulo es volverse, por la Gracia, padre y madre, hermano y hermana, familiar muy cercano del mismo Dios.

Paz y Bien

El signo del desconcierto



Para el día de hoy (20/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 38-42



La actitud de la dirigencia judía de aquel tiempo para con el joven y humilde rabbí galileo era severísima, furibunda, a menudo encendida de rabia. Ése hombre cuestionaba lo incuestionable, y según ellos, se arrogaba una cercanía a Dios -lo llamaba Padre- y una autoridad inusitada e intolerable. Por ello lo ubicaban como un peligroso blasfemo, pues el pueblo respondía con gratitud a los hechos de bondad que dispensaba sin condiciones y a la enseñanza novedosa que les brindaba.
Pero no debe descartarse otra cuestión, también valedera: ese rabbí provenía de la periferia siempre sospechosa de Galilea, no exhibía pergaminos académicos como ellos, no pertenecía a ninguna escuela rabínica de prestigio, era extremadamente pobre y seguramente tenía acento provinciano. En síntesis, no era un par y en su actitud para con Jesús había una gran cuota de desprecio social y personal. No era ni sería nunca uno de ellos.

Porque ellos creían en un dios severo, verdugo eficaz, a menudo un ídolo cruel rápido para los castigos y, a la vez, infinitamente distante. Esa distancia era perfectamente manipulable por ellos, de tal modo que la religión que detentaban se convertía en un fin en sí mismo, y el poder ejercido en la justificación necesaria.
De allí que le exigieran perentoriamente que realizara un signo portentoso: el término Maestro con el que se dirigen a Jesús de Nazareth es una burlona simulación, un insulto velado tras una mueca de respeto.

Pero Cristo como nadie lee los corazones, y lo que en sus honduras se incuba. Por eso esa generación -esos hombres- son malvados y adúlteros. Malvados pues imposibilitan por todos los medios que florezca el bien y la justicia. Adúlteros, porque se han desposado con sus propios egos, negando la vida de Dios en ellos, de un Dios fiel hasta el extremo, un Dios que con todo y a pesar de todo los ama, un Dios enamorado de la creación.

Así, Él les hablará de antiguas señales como la de la Reina de Saba, que abandona toda pretensión nacional para imbuírse de la sabiduría del rey Salomón.
Pero más aún, les anuncia que les dará un signo que sólo les provocará desconcierto, y es el signo o señal de Jonás.

Como en el vientre de la ballena, Cristo será tragado por la tierra, en una tumba inquieta que cobijará su cuerpo con la Resurrección por horizonte cierto. En la estrechez cordial de esos hombres, sólo pueden imaginarse a un Mesías revestido de gloria y poder, que impone el Reino de Dios mediante una fuerza aplastante.
Un Servidor sufriente que se entrega libremente a la muerte es un escándalo y una locura para aquellos que no son capaces de dejarse guiar por el Espíritu, por una fé que reconoce en los horrores de la Pasión el signo del amor mayor de Dios con nosotros.

Paz y Bien

Cristo, Pastor y Rey





16º Domingo durante el año

Para el día de hoy (19/07/15):  

Evangelio según San Marcos 6, 30-34



Con algunas referencias indirectas, la escena nos enfrenta a la enormidad de la misión confiada a los apóstoles. Su misión es misión de Salvación, de compasión y misericordia, y ello implica involucrarse hasta los huesos. Asumir en la propia existencia el dolor y las miserias del prójimo tiene sus costos físicos y psicológicos, pues todo lo que hacemos -y dejamos de hacer- influye directamente en todos los ámbitos de la vida misma.
Y a veces ese cansancio no se despeja solamente durmiendo lo necesario y comiendo para restituir las energias consumidas.

Jesús de Nazareth se reencuentra con sus amigos, a los que había enviado en misión, y que regresados quieren contarle todo lo que habían hecho y enseñado. 
Hay en el Maestro un claro interés en que los discípulos descansen de veras. La tarea es urgente e ingente, y puede socavarlos aún cuando no se den cuenta. Pero también quiere que no pierdan de vista lo más importante, pues corren el peligro de sumergirse en la dialéctica vana y falaz del éxito y del fracaso. Por eso mismo la necesidad de llevarlos a un lugar apartado y calmo, para que reposen, para que vuelvan a centrarse.
Es significativo que el Evangelista llame por primera vez a esos hombres apóstoles, es decir, enviados y mensajeros. Para ser apóstol es menester primero ser discípulo, compartir pan y vida con Cristo, y luego llevar a todas las naciones un mensaje que no nos pertenece, que es por entero de Dios.
Y no está demás el preguntarnos si cuidamos con la misma dedicación a nuestros misioneros, o si los dejamos librados a su suerte, pues la misión acontece por las primacías de Dios pero es cuestión de toda la comunidad cristiana.

Lo que sucede a continuacion es signo cabal del ambiente general: Jesús y los apóstoles no tenían tiempo ni de comer, tales eran las urgencias de las multitudes a la deriva. Cristo no se molesta por la interrupción, a veces intempestiva y exigente.
Cristo se compadece de ese mar de gente, y es esa compasión el rasgo preponderante de su mensaje y su vida, el amor de Dios que se hace historia.

La expresión de ovejas sin pastor tiene referencias bíblicas veterotestamentarias y una profunda resonancia mesiánica.
Las ovejas como pueblo de Israel, los pastores aquellos hombres a los que Dios ha confiado el cuidado y la guía de su rebaño. Recordamos aquí la súplica de Moisés, para que Dios envíe a un pastor varón que saque sus ovejas del desierto y las conduzca a los prados fértiles de la libertad en la tierra prometida, para que no queden como ovejas sin pastor, a merced de los lobos y de sus propios extravíos.
En su tiempo, parte de estas funciones las asume Josué, conduciendo a las tribus a la tierra nueva y bendita.
Pero los profetas sabían bien que Dios brindaría a su pueblo un pastor definitivo que cuidaría a todas las ovejas, a las sanas y a las enfermas, a las que engordaron y a las que languidecen, todas ellas a la deriva sin rumbo ni destino.
Ese pastor es el enviado de Dios en tiempos mesiánicos, definitivos, los tiempos de Dios y el hombre, los tiempos de todos los reposos, de Dios mismo conduciendo a los suyos.

Es Cristo ese pastor.
El que alimenta, consuela, enseña y conduce a los pastos buenos del Reino a su pueblo. Por sobre todas las cosas, el que conserva con vida a sus ovejas, arriesgando sin vacilar la propia para rescatar a las que se han perdido.

Que ese Cristo pastor reine también en nuestras vidas. Es un rey extraño, un rey humilde y pobre sin coronas, que condece sin condiciones y a pura generosidad su bien mayor, la Salvación, bendición infinita del amor de Dios para todos los pueblos.
Que reine en nuestras vidas, porque no se impone, sino que desde la libertad que se nos ha otorgado, le permitimos establecer su Reino definitivo en donde verdaderamente cuenta, en las honduras de los corazones.
Él, nuestro descanso y nuestra paz.

Paz y Bien


Ruptura y encuentro




Para el día de hoy (18/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 14-21


La escena con la que nos encontramos hoy en el Evangelio del día sucede a continuación de la sanación del hombre de la mano paralizada por parte del Maestro, en pleno Shabbat.
Esa acción bondadosa, que es signo del amor de Dios, es tomada por las autoridades religiosas como una afrenta y una blasfemia, por lo que esos hombres empiezan a buscar la forma de acabar con el Maestro. Más aún, por el Evangelista Marcos nos enteramos que a esos trajines se suman también los herodianos, es decir, la religión y la política se mancomunan para arrancar de cuajo la vida de ese rabbí galileo.

Ello significa, en la práctica, su excomunión y la ruptura definitiva entre Jesús de Nazareth y el sistema sinagogal de su tiempo, dominado por una ortodoxia que a todos quiere someter y que se aferra, entre otras cosas, a la idea de un dios violentamente severo, distante, dios de unos pocos puros que desparrama a miles de impuros cultuales.

Precisamente, al encuentro de todos esos dispersos y excluidos sale el Señor, Dios mismo que interviene en la historia al rescate de los pequeños, de los olvidados, de los descartados.
Esas multitudes tan grandes como doloridas lo saben, y lo siguen. Y Él a nadie deja ir sin su bendición, su salud, su Salvación.

El mandato estricto de no propalar o difundir estas acciones responde a varias cuestiones raigales.
Por un lado, todo corazón debe crecer y madurar en la fé para reconocer al Cristo, al Salvador en Jesús de Nazareth. Lejos de su corazón sagrado quedan los exitismos vanos, las exaltaciones propias de la euforia pasajera.
Por otro lado, ha de cumplirse el tiempo propicio, ni antes ni después, en el que el Hijo del Hombre sea elevado a puro amor en la cruz, y que resucitará de entre los muertos. No será el odio que le profesan sus enemigos los causantes del momento cúlmine, sino su libertad absoluta y su entera fidelidad al Padre.

Hombres con mirada profunda, los profetas, supieron atravesar los velos de los siglos y descubrir que ese tiempo santo llegaría, la Salvación aquí y ahora entre nosotros, un juicio de Dios que antes que castigo significa ofrenda de eternidad para todas las naciones, que se restaurarán en la justicia y en la esperanza, fuentes santas de la paz.

Paz y Bien

Espigas de misericordia



Para el día de hoy (17/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8




La religión oficial en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era muy estricta en todos sus aspectos. Estricta en los preceptos a cumplir, rotunda en el acceso y las formas del culto, incólume en la ortodoxia detentada por escribas y fariseos.
Ello, de por sí y en una mirada superficial es loable, a sabiendas de los perjuicios que causa en todos los ámbitos los relativismos y las moralidades laxas. Pero el problema estribaba en que esos rigores habían perdido su sentido primigenio, el vínculo con el Dios que inspiraba esa fé, y así ley, normas, preceptos devenían en fines en sí mismos, sin trascendencia ni referencia a una eternidad que le brinde sustento.
A ello se añadía una lectura literal de las Escrituras, que es causa de todos los fundamentalismos, y todo ello se combinaba en un espeso ambiente opresivo que solía demoler y agobiar las almas más sencillas.

Pero la Encarnación de Dios inaugura un tiempo santo -kairós-, tiempo de Dios y el hombre, de la humanidad asumida por ese Dios para levantarla hacia la plenitud y la eternidad a puro empuje bondadoso del amor que se expresa en todas las enseñanzas, gestos y acciones de Jesús de Nazareth. Lo divino, entonces, no se desliga por ningún motivo de lo humano pues Cristo tiende un puente irreductible entre la inmensidad de Dios y la pequeñez del hombre, sacerdote eterno que acampa entre nosotros.

Ese día, un sábado, el Maestro y sus amigos atravesaban a pié un trigal. Algo tan elemental y tan humano como el hambre se hace presente, y ellos toman algunas espigas entre sus manos, y las frotan para poder comerse los granos, y así quizás engañar un poco esa langudez que empieza a dolerles.

Al instante, surge la crítica virulenta, y no por tomar espigas de un sembrado que no les pertenece, sino por quebrantar las normas del Shabbat.
Pero el Maestro no retrocede. Con paciencia trata de razonar con esos hombres furiosos, intentando que comprendan que desde la misma Palabra se arriba a ese puerto, y que el Shabbat es a favor del hombre, que el deseo de Dios es el bien de todos los hijos.
Quizás el Shabbat hubiera sido más pleno si se rindiera culto a Dios desde la libertad y desde la compasión.

Porque Jesús de revela como Señor del Sábado, y más aún. En la historia de Israel, Dios se encontraba con su pueblo en una tienda elegida que habitaba en el desierto, y luego el Templo de Jerusalem pasó a ser el lugar sagrado por excelencia.
Sin embargo hay un desplazamiento definitivo: a Dios se le encuentra en la persona de Cristo, templo vivo y peregrino de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones, y por el que cada mujer y cada hombre se vuelven también templos santos del Dios de la vida.

En esos templos latientes es en donde se rinde el culto primero, que no está codificado pues es la compasión.
Quiera Dios que florezcan entre nosotros espigas de misericordia que alimenten tantos estómagos doloridos y tantas almas vacías de sentido, espigas de Dios que hemos de cuidar como tesoro preciado que son, la Gracia entre nosotros.

Paz y Bien

De yugo y descanso



Nuestra Señora del Carmen

Para el día de hoy (16/07/15):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30



Tanto para el arado como para el transporte de cargas pesadas, el yugo era fundamental; consistía en una pesada pieza de madera que, doblegando los cuellos de los bueyes -bestias de cargas por excelencia- o de las mulas, mantenía sus cabezas unidas y bajas para que quien lleve el látigo y las riendas los dirija a voluntad. 
Simbólicamente, la imagen es dura, sobrecogedora. Es lo que se impone a la fuerza, la opresión, las almas aplastadas. Peor aún, implica que unos pocos se arrogan el derecho absoluto de conducir a la fuerza a muchos, a menudo en flagrante desprecio de unos por sobre otros, el poder no limitado por la ética y habitualmente justificado en nombre de Dios.

En los tiempos del ministerio del Maestro, esto era bien conocido por Jesús de Nazareth. Una multitud incontable vivía sometida a los dictados de una pequeña élite religiosa, que les imponía una miríada de preceptos casi imposibles de cumplir, a lo que se sumaba una mirada excluyente y despreciativa de escribas y fariseos a todos esos labriegos, pescadores, campesinos y artesanos pobres a los que consideraban varios escalones por debajo de la dignidad de los hijos de Israel, impuros, malditos a los ojos esquivos de un dios cruel y vengativo. Ellos eran, precisamente, los pequeños a los que Jesús hablaba y llamaba con inefable ternura, revelando que Dios es un Padre que ama y que tiene un amor preferencial hacia esos pequeños que no tienen voz, que nadie escucha, mucho más allá de cualquier clasificación ideológica o social.

Esos hombres trabajaban de sol a sol, y conocían bien el cansancio. Pero ese cansancio se disipa comiendo bien y durmiendo las horas necesarias.
Sin embargo hay otro cansancio más profundo que no ceden tan fácilmente. Son los agobios de las almas, los cansancios de los corazones derribados en la desesperanza, ahogados de rutina, carentes de novedades buenas.

A esos corazones -que también son los nuestros- les habla el Señor. Su yugo no es una opción más, su yugo ligero es grato, es la mano bienhechora de Dios que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios, a la paz verdadera, al reconocimiento del prójimo, a la restauración y sanación que nos trae su perdón.

En el día de Nuestra Señora del Carmen, nos revestimos del escapulario de la Gracia, de la fidelidad, del asombroso e infinito amor de Dios que nos confiere descanso y vida nueva y recreada.

Paz y Bien

Preferencias de Dios




San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (15/07/15):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27



La lectura que la liturgia para el día de hoy nos brinda es corta pero muy intensa, y podríamos, sin dudar,  afirmar que allí se revela una cristología fundante. 
Allí está el núcleo del Evangelio: sólo el Hijo es quien puede en verdad y plenitud revelar el rostro de Dios, Señor de la tierra y el universo, creador y Padre.

Y este Dios, Padre de Jesús, tiene abiertas, flagrantes y magníficas preferencias por los humildes y por los pequeños. María de Nazareth lo sabía bien y lo cantaba feliz.

Jesús de Nazareth, en identidad plena como Hijo de Dios, reconoce a los sabios y prudentes en las élites de la ortodoxia intelectual y religiosa del Israel de su tiempo, en especial escribas y fariseos, contumaces en negar los signos que realizaba y sordos a la palabra clara del Maestro. Esos mismos hombres que se revestían de erudición y se aferraban a una prudencia rayana en el fanatismo y en cierta cobardía tácita, rabiaban cuando este rabbí galileo abrazaba y levantaba a los intocables de aquel entonces, y en especial cuando proclamaba buenas noticias para los pobres.
De allí que cuando el Señor habla de los pequeños -por contraposición- no se refería a los niños, por quienes tenía especial predilección. El se refería a aquellos que tan bien conocía, los campesinos pobres de Galilea, de Judea, de Samaria, esos mismos que no hablan muy bien porque su léxico es limitado, los que no tienen habilidad dialéctica y carecen de esa formación que sobreabunda entre los doctos, y que por todo ello son fervorosamente despreciados por esos sabios y prudentes hombres. 
En su desprecio razonado y justificado, toda esa multitud de pequeños tenían de hecho vedado el acceso a las cosas del culto, y y rotulados como indignos e impuros, para los que cualquier bendición divina se suponía denegada, y para los que la miríada de estrictas normas y preceptos a observar era sólo una causa de corazones oprimidos y doblegados.

Es menester detenerse y reflexionar, pues la tentación del acotarnos a lo ideológico o a lo sociológico está ahí nomás. Pero el Maestro habla de la Gracia de Dios, de un amor asombroso que se inclina abiertamente hacia los que nadie tiene en cuenta, hacia los que todos descartan, una mirada bondadosa de Padre que interviene en la historia humana para fecundarla y transformarla con amor y mansedumbre desde las periferias de la existencia.

Paz y Bien


Tierra de olvido



San Camilo de Lelis, presbítero

Para el día de hoy (14/07/15):  

Evangelio según San Mateo 11, 20-24



Corozaín o Corazin, Betsaida y Cafarnaúm era ciudades galileas y costeras del lago de Genesaret. Todas ellas eran bien conocidas por Jesús de Nazareth, eran parte de la Galilea en donde se había criado y en donde con afectuosa dedicación y empeño había volcado los esfuerzos de su corazón generoso en su ministerio, el anuncio del Reino de Dios mediante palabras, obras y signos.

De hecho, Cafarnaúm se convirtió en su segundo hogar, toda vez que se aloja allí -presumiblemente, en la casa familiar de Pedro y Andrés- al regreso de cada viaje misionero.

Pero a su vez. esas ciudades tenían cada una de ellas sus centros intelectuales/religiosos dominados por la religiosidad farisea imperante, una mentalidad cerrada a cualquier novedad, que se aferraba a duros prejuicios no exentos de velado desprecio. Al fin y al cabo, Jesús era un rabbí campesino sin formación ni pergaminos, pobre y humilde cuyas enseñanzas les hacía poner los ojos en blanco de furia y de espanto ortodoxo, todo un jardín mustio de tradiciones muertas.
Lo peor de todo fué que se negaban a mirar y ver lo evidente, el Reino de Dios entre ellos: los ciegos ven, los lisiados caminan, los sordos oyen, los endemoniados son liberados, la Buena Noticia se anuncia a los pobres.

Todo ello les auguraba un porvenir oscuro, no tanto como castigo post juicio, sino por la propia disolución de su sinsentido. 

Nuestras ciudades no son demasiado distintas. Otras son las soberbias y otros los olvidos, pero las negaciones furibundas se repiten. Los materialismos que domestican, la inhumanidad que deviene en picadoras de carne, la vida de los pequeños que se compra y se vende como una cosa, los signos santos humildes y siempre presentes que se ignoran y desprecian, y esos ayes de Cristo, esos lamentos de su corazón sagrado han de estremecernos pues son dolorosamente presentes, actuales.

Quiera Dios que no nos volvamos como esa ciudades tierra de olvido. Se nos ha ofrecido la fé, el Pan y la Palabra, y en aras de la costumbre dejamos pasar de largo todo el bien que Dios hace de continuo por nosotros, su paso salvador por nuestras existencias.

La ingratitud es un clavo más que hiere al Crucificado.

Paz y Bien

De espada y cruz




San Enrique, memorial

Para el día de hoy (13/07/15):  

Evangelio según San Mateo 10, 34-11, 1


Durante mucho tiempo -y persiste en algunas mentes- se asoció invariablemente la espada y la cruz, es decir, la espada como medio necesario para imponer la cruz, el uso del poder para imponer la religión. Amplios razonamientos se han articulado, realizando una mixtura espuria de los intereses mundanos con las cuestiones del Reino. Y la Iglesia no ha sido ajena a estas cuestiones.

Pero religión que se impone no tiene nada que ver con la fé, jamás. La fé es don y misterio y aceptación libre y confiada en una Persona, la experiencia transformadora de la vida de Jesucristo en la propia existencia. 

También es habitual adaptar la Palabra a las propias necesidades, de tal modo que se encuentren justificativos a todas las acciones y situaciones en las Escrituras, una Palabra cómoda o light que no interpele, ni desestabilice ni conmueva. Quizás un ejemplo sea la lectura que la liturgia del día nos ofrece: la tentación estriba en imaginar a un Cristo impositivo, que zanja violentamente las cosas del Reino.

Pero nada es más ajeno a la Buena Noticia que la violencia ejercida sobre el prójimo, menos aún en los afanes de expandir la base religiosa. Esas son puras cuestiones de sumisión y dominio de almas, el poder religioso teñido de ratio ideológica de cualquier época.

Sin embargo vivir el Evangelio en fidelidad y plenitud es en cierto modo aceptar que no hay visos ambivalentes o melosos, a tono con nuestras miserias. La vida cristiana si es tal debe ser radical, porque a Cristo se lo sigue totalmente, no a medias, no cuando conviene, no cuando no hay conflictos. 
Más aún, las persecuciones a causa de la fé son, efectivamente, señales inequívocas de esa fidelidad hasta el fin, al igual que el Maestro para con el sueño de su Padre y la vida de sus hermanos.

Cristo es el nuevo y definitivo Moisés que abre las aguas del ego y de los relativismos, dejando atrás la vida esclava del pecado, de las sombras, para caminar confiados hacia la tierra prometida y cumplida de la Salvación. Y no hay vuelta atrás, por más tentación que insinúe la vieja comodidad de la esclavitud anterior.
Porque en esta vida que se nos ofrece y no se nos impone, el único absoluto debe ser Dios.

Así también la cruz. Los crucifijos que colgamos de nuestros cuellos han de estar grabados pecho adentro, en las honduras de nuestros corazones. No es fiel y poco tiene que ver con el Evangelio que la cruz se convierta en un mero objeto decorativo y, en ocasiones, declarativo.
Porque no declamamos la cruz, la proclamamos. Y cargar la cruz es, al igual que Jesús de Nazareth, dar un salto enorme y sin redes, atreverse por amor a Dios y a los hermanos a ser un marginal, despreciado, o un criminal abyecto, sabiendo y confiando que esa cruz de dolores que portamos y asumimos no es símbolo mortal sino signo cierto del amor mayor, que es justicia y liberación, para que no haya más crucificados, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Pueblo nuevo, misión de liberación




15º Domingo durante el año

Para el día de hoy (12/07/15):  

Evangelio según San Marcos 6, 7-13


Nada en los Evangelios es simple producto literario ni, mucho menos, casual. En todos los casos hay una causalidad, una teleología y una teología profundas que se entreven a través de los símbolos que nos ofrece la Palabra.
Porque en la Palabra se revelan, por el Espíritu que la inspira, misterios de Dios sobre los cuales el lenguaje humano jamás es suficiente, apenas se trata de balbuceos menores.

Así entonces no es casual que el Evangelista Marcos inaugure esta lectura afirmando que Jesús de Nazareth llama a los Doce, y a su vez los envía de dos en dos con una autoridad inusitada, su propia autoridad.

La comunidad apostólica primera -Iglesia naciente y creciente- se conforma con doce hombres, un número muy caro a la memoria de Israel que refiere a las doce tribus, los doce hijos de Jacob.
Esas doce tribus dispersas, al calor matricial del desierto, conformaron una nación, pueblo erigido desde una pequeñas tribus de esclavos de Faraón. Esas doce tribus son un movimiento de edificación prudente y tenaz de un pueblo, pero a su vez son un acontecimiento de fé: se erigen como nación a partir de la fé de Jacob en su Dios, y el patriarca ya no será llamado por su nombre histórico sino por ese nombre adquirido por la fé que profesa, y se conocerá a través de los tiempos como Israel.
Por ello son doce esos hombres: la estructura sinagogal devino estéril y brutal, y son tiempos maduros y propicios para que un pueblo nuevo porte la llama encendida de la promesa infinita, el insondable amor de Dios, pueblo nuevo que no se vincula por la cultura, la sangre o las fronteras, sino por los lazos trascendentes del creer.
La Iglesia es el pueblo nuevo que lleva la señal de auxilio para todos los pueblos en todos los tiempos, y es que Dios nos quiere y nos ama.

De dos en dos son enviados. La misión no se desliga de lo humano más elemental, no es una cuestión teórica o declamada, sino bien concreta, carnal y sanguínea si se quiere. 
En primer lugar, andar un camino en soledad es difícil, cuando no improbable. Hombro con hombro se hace más llevadero, cruces y miedos que se comparten, esperanzas que no se licuan en el miedo.
En segundo lugar, que todo testimonio es de carácter comunitario: la Iglesia cuando misiona dá testimonio de la fé que profesa como pueblo y familia, no es cosa de individualidades, jamás.

Pero hay más, siempre hay más. Para el derecho judío, un testimonio es veraz cuando se ratifica mediante dos testigos; de allí que el envío de dos en dos es un testimonio que se anticipa veraz, misión de verdad que se ratifica con la propia vida, porque la verdad es la fuerza de Dios que nos hace libres.

Esa misión encomendada posee otra particularidad que sin reflexión puede extraviarse tras oleadas de obviedades, y es que los apóstoles -los enviados- han de ser ante todo discípulos, aquellos que han compartido pan y Palabra con Cristo, aquellos en los que la presencia del Señor ha transformado sus cotidianeidades, sus existencias re-creadas por la experiencia de Cristo.

La misión encomendada sorprende por su sencillez y por la carencia de medios. Ello no implica despreciar planificaciones. Los planes son importantes en tanto herramientas o medios, pero lo que en verdad decide la suerte y fidelidad de la misión es la fé, la confianza en Aquél que la impulsa, guía y protege, y porque nada debe interponerse entre el mensajero y la Buena Noticia que se anuncia.
La Divina Providencia es perpetuo socorro, certeza y una seguridad que no puede medirse con limitados parámetros mundanos.

Los misioneros -todos nosotros- han de recordar que el poder que enarbolan con confianza, humildad y mansedumbre no les pertenece, les ha sido concedido. Es el poder de liberar demonios, sanar cuerpos y almas, ofrecer el asombroso beneficio del perdón, ungiendo corazones con el óleo santo del amor de Dios, y por ello su misión es misión de liberación que restaura y levanta en humanidad, para que las gentes en plenitud se reencuentren entre sí y con el Dios que los convoca.

Paz y Bien

Tan frágiles, tan valiosos





San Benito, abad

Para el día de hoy (11/07/15):  

Evangelio según San Mateo 10, 24-33



Jesús de Nazareth puso gran parte de su empeño docente en preparar a sus amigos, pues tendrán que afrontar tiempos durísimos de persecuciones, de descréditos, de infamias y calumnias, todo a causa de su Nombre.
Sin duda, los discípulos algo intuían: en la medida en que se profundizaba y crecía el ministerio del Maestro, eran cada vez más virulentos los ataques que sufría por parte de escribas y fariseos, es decir, por parte de las autoridades religiosas, de la ortodoxia oficial, con la mirada cada vez más preocupada del pretor romano, siempre veloz a la hora de reprimir díscolos y subversivos.

Porque Jesús sabía bien que esos doce hombres que le acompañaban, y los discípulos de todos los tiempos serían pasibles de los mismos castigos, de similares persecuciones, de afanosos esfuerzos por socavar honras y de violencia cruel ilimitada. La fidelidad al sueño de Dios, el Reino, la entrega de la vida en favor de los hermanos, la proclamación veraz de la Buena Noticia acarrean esas graves consecuencias, porque el Evangelio que se vive y palpita es un manso y humilde desafío a los poderosos de todo tiempo y lugar.

Aún así, no hay que bajar los brazos ni resignarse. El temor es más que razonable, pero el miedo paraliza, congela, demuele confianzas.
Quizás el primer paso sea desertar de esa imagen judicial y espantosa de Dios que suelen imponernos y que asumimos sin más. El Dios de Jesús de Nazareth, nuestro Dios, es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, tan valiosos que somos a sus ojos infinitos. Mucho más valiosos de lo que nosotros mismos nos consideramos y tenemos por tales a nuestros hermanos, la asombrosa bendición de ser amados hijas e hijos.

En un mundo tan inhóspito y tan violento, nuestra fragilidad se vuelve más evidente. No asumirla es mentirnos, internarnos en fangales nada veraces, presos de imágenes falsas. 
Pero con todo y a pesar de todo, hay que perseverar en la fidelidad porque todo lo podemos en Aquél que se ha despojado de todo, de sí mismo, de su propio Hijo, para que todos vivan.

Paz y Bien

Anuncio y profecía




Para el día de hoy (10/07/15):  

Evangelio según San Mateo 10, 16-23



El discipulado fiel de Cristo no requiere una profusa formación intelectual como rasgo primordial, aunque ello pueda ser una respetable herramienta de cultivo y disciplina. El discipulado fiel se fundamenta en una profunda y personal experiencia de Jesús.
A partir de esa experiencia, todo se transforma y ya nada será distinto. Superando por lejos lo meramente sensacional -pues la raíz misma de la existencia se vé tocada- hay un impulso decisivo hacia el compromiso con la propia vida y misión de Jesús de Nazareth, el anuncio del Reino de Dios y los signos que lo acompañan.

El compromiso naciente es anuncio y profecía. Anuncio de la Buena Noticia del Reino y denuncia de todo lo que se le opone.
La profecía y los profetas se distinguen por su voz clara, sin ambages, sin discursos velados o arcanos incomprensibles. De cualquier otro modo, hay visos de complicidad.

Pero a menudo el compromiso se expresa en silencio, un silencio por demás elocuente, que es ser sal de la tierra y luz del mundo, existencias transformadas que fecundan la cotidianeidad con destellos de infinito.
Esas vidas que se sustentan en el Espíritu del Resucitado, necesariamente, ponen en evidencia las tinieblas, la muerte, la mentira. Y ello provoca reacciones terribles, pues al mundo y muy especialmente a los poderosos les resulta gravoso que se llame a las cosas por su nombre y que haya personas y corazones que no se puedan comprar.

Las perspectivas que nos ofrece el Maestro, desde una perspectiva mundana, son espantosas. Corderos inermes en medio de lobos. Pero desde lo pequeño, desde lo que es débil, Dios se manifiesta en plenitud.
Somos testigos de Alguien que nunca nos dejará solos, que hablará por nosotros, que está, estará y regresará para congregar a todos sus hermanos y amigos.

Anuncio y profecía encuentran sus raíces en ese Cristo de nuestras esperanzas, desde una sencillez que no desdeña la inteligencia, y desde una confianza que por el amor de Dios produce milagros.

Paz y Bien

Itatí




Nuestra Señora de Itatí

Día de la Declaración de la Independencia Argentina

Para el día de hoy (09/07/15):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-47



Sy ha kuñá, Tupasy Itatí

Madre y Señora, Madre de Dios Itatí

La que no se demora. La que está siempre. La de la vida en ciernes, palpitando, vida como bendición que se hace presencia en nuestras existencias.
Porque donde está la Madre está el Hijo.

Nuestra gente sabe reconocerte en las honduras de tu corazón inmaculado e inmenso, porque nadie está sólo, siempre salís en búsqueda de tus hijos, especialmente de los más pequeños, de los que no cuentan.

Entre tus pequeñas manos está las penas y alegrías de los pobres.

En tu silencio profundo, que es tan elocuente, nos seguís diciendo con tenacidad que la Buena Noticia es alegría para todos los pueblos.

(Y mala noticia para los poderosos, porque Dios está del lado de los pequeños, tus hijos más queridos)

Muchacha soñada por Dios, Madre de todos nuestros sueños, Mamá de nuestros hermanos primeros, Reina del universo y de nuestros días, hoy ponemos a tus pies caminantes y bondadosos -incansables y fraternos- a la Patria que hoy está de cumpleaños, a los pueblos que te veneran, a todas nuestras miserias y nuestras ansias para que se las lleves a tu Hijo.

Te rogamos que nunca dejes de hablarle a Él de todos nosotros, Tupasy, Madre de Dios.

Y que la vida se transforme, que no haya más crucificados, que el tiempo se fecunde con la misma Gracia que te hizo nueva, y que podamos ser como vos, felices por creer.

¡Salve Madre de Dios! 

Taupéicha

Amén

Paz y Bien



La autoridad de los apóstoles




Para el día de hoy (08/07/15):  

Evangelio según San Mateo 10, 1-7



Los apóstoles eran un grupo extraño, disímil, desparejo si se quiere. Algunos tenían un carácter explosivo, otro era muy voluble, otro prudente, unos quizás muy cercanos a la corriente política que instaba a la rebelión armada contra el opresor romano. Unos eran pescadores de oficio; otro, recaudador de impuestos, otro, un estudioso de la Torah.
Lo llamativo era que habían sido convocados por Jesús de Nazareth allí mismo en donde acontecía su cotidianeidad.
Pero más aún, era la confianza que el Maestro depositaba cordialmente en ellos, aún sabiendo de sus quebrantos y traiciones, aún conociendo sus caracteres oscilantes.

Los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales. Así el Evangelista deliberadamente recuerda los nombres de los apóstoles, queriendo señalar la trascendencia de que el llamado -la vocación- refiere siempre a hombres y mujeres concretos, de rostros visibles, con nombre y apellido. Allí también están nuestros nombres.

En la confianza brindada a los suyos -una fé inusitada, desmesurada respecto de la fé que los apóstoles tienen en Él- el Maestro les confiere autoridad, una autoridad que debe ser comprendida en su sentido primordial que nunca es imposición, sino el grato poder de hacer crecer.

Una de las claves de lectura es que es autoridad conferida no les pertenece, les ha sido concedida con un fin, con una misión determinada.
La otra, tan importante como aquella, es que el uso de esa autoridad -llamada exousía- sólo es legítima y auténtica en relación al prójimo y desde el servicio a los demás. Fuera de ese sentido trascendente, la autoridad apostólica deviene en poder mundano, en imposición, en dominio.

Porque esa autoridad es signo cierto de que el Reino está cerca, de que es deseo infinito de Dios la salud, la paz, la alegría, la libertad, la justicia, la compasión, la plenitud de toda la humanidad. 
Los apóstoles retribuyen la confianza de Cristo desde la caridad que profesan, y cuando no pierden de vista su condición primordial de hijos de Dios y de discípulos, es decir, de los que comparten camino, pan y vino, vida misma con el Cristo de nuestra liberación.

Paz y Bien


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