Hacia la orilla de la Resurrección



Primeros santos mártires de la Iglesia de Roma

Para el día de hoy (30/06/15):  

Evangelio según San Mateo 8, 23-27



El mar de Galilea en donde esos hombres navegan es en realidad un lago de agua dulce que se halla al noreste de Israel. Curiosamente, se ubica a unos doscientos metros bajo el nivel del mar, creándose una suerte de olla profunda, al encontrarse rodeado de montes y cerros. Por entre esa geografía complicada suelen filtrarse fuertes vientos que por la misma disposición del mar parecen multiplicarse y agigantarse en las olas que generan, a menudo de manera subrepticia, sin aviso previo.
Esos hombres eran en su mayoría pescadores de oficio, navegantes avezados de esas aguas, por lo cual si los gana el miedo es indicativo de que la tormenta era fuera de lo común, y que la situación había tornado brava, imprevisible, peligrosa. Y los ánimos se magnifican porque Cristo, que vá con ellos, se ha dormido en esa barca que se estremece.

Hasta aquí una lectura superficial. Es menester ahondar en las profundidades, con la confianza de que ningún esfuerzo será vano, y que también nos alejaremos del nefasto riesgo de la literalidad, de cualquier atisbo de fundamentalismo.

Esos hombres se embarcan en esa pequeña barca que se sacude y parece hundirse porque, ante todo, Jesús ha subido y los discípulos lo han seguido. Las tormentas que sobrevienen en la barca de la Iglesia son consecuencia directa y luminosa del seguimiento y el discipulado. Más aún, cuando no hay tormentas hay un indicativo tácito de que la Iglesia no sigue fielmente al Maestro.

El Cristo dormido en la cabecera de la barca es el Cristo muerto en la cruz, Cristo cercado por los oleajes inmisericordes de la muerte y la derrota. Sólo desde la fé y desde la confianza en el amor de Dios que lo levanta es posible permanecer sin perecer, sabedores de que ese Cristo se despertará y con voz fuerte hará retroceder a la muerte y a toda fuerza del mal.

Porque Él conduce a los suyos sin resignaciones a la orilla asombrosa de la Resurrección y la vida.

Paz y Bien


Pedro, nuevo nombre para una nueva misión



Santos Pedro y Pablo, apóstoles

Día del Papa

Para el día de hoy (29/06/15):  

Evangelio según San Mateo 16, 13-19




Cesarea de Filipos, cercana al monte Hermón y en donde el Evangelio para el día de hoy nos sitúa, es el espacio geográfico que no responde solamente a un ámbito geográfico sino también espiritual.
La antigua Panias -Banyas o Panion según la cultura-, originalmente edificada en honor al dios griego Pan, había sido ampliada y embellecida por Herodes Filipos -hijo de Herodes el Grande, tetrarca de la zona- en honor y homenaje al César Augusto, el emperador de gran parte del mundo elevado a la categoría de deidad, el poder ante el que se debe someterse e inclinarse y al que se le rinde culto y pleitesía. Es también símbolo de las esperanzas truncas de la nación judía, pues allí reyezuelos vasallos homenajean al opresor al que le deben su cargo y corona menor, la opresión glorificada, la decadencia política y la disolución de una identidad tan peculiar como la de Israel.

No hay casualidades ni procesos azarosos. Hay causalidades profundas, pues a pesar de todo y de todos el Espíritu de Dios sigue fecundando la historia y alentando los corazones de los hombres.
Por eso no es para nada casual que allí, en donde hay toda una ciudad que es referencia humillante del poder y la opresión y en donde se ha deificado a un César que somete a millones, un pequeño grupo de hombres humildes -casi marginales- reunidos como comunidad de discípulos, confesará abiertamente y sin ambages que Dios está con ellos y entre ellos en la persona del Hijo de Dios, y por ello, que el emperador no es dios, sólo un tirano opresor que se sostiene mediante la fuerza brutal de las legiones y el sometimiento de pueblos enteros. Por allí, por esa vía, el Reino de Dios en el que confían y por el que esperan, por allí no pasa. Llega por el Mesías, por el Redentor de toda opresión, por el Siervo manso de todas las naciones.

Simón Bar Jonás es galileo -Shimón Bar Iona, Simón hijo de Jonás-, probablemente de Betsaida, pescador de oficio. Como se verá a través de los Evangelios, es un hombre de un carácter voluble y apasionado, a menudo torpemente tozudo en reafirmaciones vanas. Lo ganan las pasiones y también lo doblegará el miedo, al punto de negar con fiereza cualquier cercanía al Cristo preso en manos de sus enemigos, un Cristo por el que horas antes había jurado luchar y morir.
Pero es precisamente ese hombre débil el que confiesa sin vueltas y taxativamente a Jesús de Nazareth como Cristo, Hijo de Dios vivo. La contundencia de su afirmación estremece, y es la pacífica y firme contundencia del Espíritu de Dios que se expresa por la fé de los creyentes.

Simón, desde ese momento, tendrá un nombre nuevo, Cephas en arameo, Petrus en la cultura grecolatina, piedra y roca sobre la que Cristo edificará la asamblea de los fieles, comunidad a la que llama Iglesia.
Es Cristo el que edifica junto a los hombres, porque de Cristo son las primacías, piedra angular de todo destino. Y la Iglesia es por sobre todo comunidad de fé que no será arrollada por temporales de muerte, pues sus cimientos se encuentran en Cristo, quien es la vida misma.

Nuevo nombre para una nueva misión, misión definitiva signada por la fé y expresada en el servicio. Pedro será fiel a esa vocación cuando su fundamento sea Cristo, cuando sea el último entre sus hermanos sirviéndolos sin condiciones, cuando no descanse en la búsqueda de la unidad de sus hermanos.

Primus inter pares en la caridad, a Pedro se le han confiado las llaves del Reino, llaves talladas a mansa fuerza de compasión y misericordia.
Tendrán sus manos el asombroso poder del perdón, que desata los nudos del odio y del rencor que aprisionan corazones y existencias, y que a su vez vuelven a anudar en fraterna libertad a los hermanos que por diversas miserias se han alejado o separado. Es misión religiosa, pues religión es re-ligar, re-unir a los hombres entre sí y con Dios.

La tarea es enorme y ha sido confiada en manos de hombres débiles, que se agigantan en el servicio porque es Cristo quien los sustenta y el Espíritu quien los alienta.

Paz y Bien

Talitá kum




Domingo XIII durante el año

Para el día de hoy (28/06/15):  

Evangelio según San Marcos 5, 21-43




La lectura que nos ofrece la liturgia para el día de hoy nos sitúa en tierras judías nuevamente: Jesús ha regresado de la otra orilla del lago Tiberiades, ha llevado la Buena Noticia al área de la Decápolis, tierra contaminada por extranjeros, mirada siempre con la sospecha de la peligrosa heterodoxia y la impureza cultual, como si allí la bendición de Dios estuviera restringida.
La frontera es mucho más que una línea en el mapa o puestos divisorios aduaneros: la frontera es ante todo causada por la dureza cordial de quienes, desde la misma Palabra de Dios, han decidido benditos unos, malditos los otros, propios algunos, ajenos otros tantos.
Se trata, especialmente, de una geografía teológica o espiritual en donde Cristo se mueve con una libertad asombrosa. No terminamos de comprender que nuestros límites no se le imponen, porque la Salvación se ofrece a todas las gentes, a todos los pueblos.

Al Maestro lo sigue una abigarrada multitud. Su fama de taumaturgo lo precede y es creciente. Lo masivo no necesariamente es prolífico, o favorable. Quizás aquí debamos inclinarnos por una tendencia negativa en la redacción de San Marcos, pues afirma que esa masa de gente lo apretaba por todos lados: en la multitud los rostros se desdibujan, y tal vez allí haya una mezcla de intereses individuales junto a la tendencia del personaje de moda. Pero allí, a pesar de la cercanía física, el Maestro se encuentra solo a pesar de tanta gente.
Con todo, Jesús de Nazareth tiene una mirada profundísima, la capacidad de reconocer personas y situaciones aún inmerso en esos mares de gentes que se arraciman a su alrededor.

Así sus ojos descubren a Jairo. La escena es, cuanto menos, asombrosa: es el jefe de la sinagoga, principal dentro de la estructura laica de la sinagoga y muy relevante en cuanto a las decisiones y opiniones. Por su propio ministerio, Jesús está sometido a un constante hostigamiento por escribas y por fariseos, la corriente religiosa que domina el sistema sinagogal. Por lo tanto, Jairo es un enemigo y un censor empecinado del Maestro. 
Sin embargo, antes que fariseo, que jefe, que personalidad es un padre cuya hija agoniza, una niña que apenas se está asomando y cuya vida está a punto de ser cercenada sin piedad ni aviso. Todo lo que sostiene su existencia, especialmente su sinagoga, no le comunica vida y salud, no trae respuestas, sólo obligaciones insostenibles. Pero en ese joven rabbí galileo hay una fuerza vital impresionante, una luz destellante de la que es muy difícil ocultarse.
Así Jairo, abandonando cualquier pretensión y presunciones del qué dirán, se postra a los pies del Maestro, y esa confianza se corresponde con el Cristo presuroso que se vá con Jairo al rescate de la niña.

Con una maestría literaria luminosa que nos estremece por la fuerza del Espíritu que la inspira, el Evangelista nos entreteje en pleno relato otra historia, otro viso de la misma capacidad de Cristo de descubrir rostros y personas en donde todos miran hacia otro lado.
El caso es igual de grave: se trata de una mujer que durante doce años sufre de hemorragias ginecológicas sin resolución. La medicina de la época no ha avanzado mucho y a menudo es encarnizada, y a todo ello la mujer ha gastado todos sus bienes cambiando de médicos que no cambian su estado de salud. Tras esas metrorragias la vida poco a poco se le escapa. Esa mujer no podrá tener hijos, ni tampoco estará posibilitada de tener intimidad física. 
Pero lo más grave es lo que se le impone por una lectura literal de la Ley, una casuística tan erudita como tan carente de humanidad. Para la mentalidad religiosa de su tiempo, esa mujer es una impura cultual absoluta, y esa impureza se transmite a todo aquél que tome contacto con ella; por ello mismo, debe vivir aislada, sin contacto humano -ni siquiera familiar-, sin poder rezarle a su Dios en el Templo ni en la sinagoga, y con sólo unos pocos objetos que utilizará sólo ella. Parece como que la vida misma le está vedada, y debe someterse y resignarse a un duro designio de un Dios que la ha ubicado en ese nicho de soledad y desprecio.

Ella también confía en el Cristo que por allí pasa. Esa confianza la impulsa con un coraje descomunal a realizar lo impensado, es decir, a quebrantar su ostracismo y a tocar el borde del manto del Señor. Quizás en ella persista cierto pudor por su condición, y por ello es que se arrima por detrás.
De cualquier modo, el Maestro percibe lo que sucede: el símbolo de la fuerza que sale de Él significa que siempre la presencia de Cristo es sanación y liberación, fuerza pujante de la vida, y que toda su persona está volcada por entero a la atención de sus hermanas y hermanos. Todo lo percibe, en todo nos percibe, y esa mujer se salva por su fé porque esa fé es, ante todo, confiar en una persona antes que aferrarse a dogmas, preceptos creencias.

Mientras tanto, la hijita de Jairo agoniza mientras Jesús de Nazareth sigue su marcha hacia el hogar familiar. Pero el aviso del fallecimiento los interrumpe, tan habituados estamos a que las malas noticias corran veloces. En el mensaje se explicita también el abandono del Maestro, por cuestiones de fúnebre pragmatismos, pero a su vez de dejarse de molestar con ese nazareno revoltoso que empuja a hacer locuras.

Aún cuando todo parezca definitivo, cerrado, irresoluble, la invitación de Jesús surge con la mansa insolencia de los que confían y aman. Cuando en verdad se cree, los miedos retroceden y la vida se hace posible.
Allí donde parece gobernar el luto y el dolor, la voz de Cristo restituye la vida a la niña que ya no está muerta, sólo una vida que su tiempo ha adormecido. Despertarse es mandato de Dios, de un Dios que nos redime al son de Talitá kum, levantarse en humanidad, a la luz de la eternidad que nos florece.
Hay tres testigos con el Maestro, Pedro y los hijos de Zebedeo, señal también de que esa misión vital será misión de la Iglesia, despertando las almas derrumbadas de pena y doblegadas por tanta muerte.

Talitá kum para nuestra gente, Talitá kum para los que se han cansado de esperar, al menos, una noticia nueva y buena, Talitá kum para todos los pueblos.

Paz y Bien

Cristo presencia, Palabra y misericordia




Para el día de hoy (27/06/15):  

Evangelio según San Mateo 8, 5-17




Para un observador neutral -acaso si ello exista- Jesús de Nazareth tiene una presencia asombrosa e imponente especialmente en sitios en donde no se lo espera, no tanto por lo inesperado, sino porque se dá por descontado que en esos sitios nadie debe estar. 
Se trata de los ámbitos del dolor y la soledad, de la exclusión justificada, del ostracismo impuesto, del dolor asumido como acción punitiva de un Dios vengador y distante.

Él declara que viene a llevar a su cumplimiento perfecto la Ley y los profetas. Las gentes -y sus discípulos también- no terminan de entender que la plenitud de la Ley mosaica es el amor, un amor que revela la esencia misma de su Dios.
Porque el Dios de Jesús de Nazareth, el Totalmente Otro, Creador del universo, es un Dios extrañamente cercano, que se hace historia, tiempo, humanidad florecida, un Dios vecino que se hace hermano de los hombres asumiendo su mortalidad para que todos vivan, para que todos alcancen la eternidad.

Cristo asume en su persona un éxodo nuevo, de la declamación a la proclamación, de la teoría a los hechos, de los vanos discursos grandilocuentes a la sanguínea presencia de la caridad. Porque la vida se la gana plena cuando se la ofrece sin condiciones.
Así entonces, Cristo estuvo, está y estará siempre allí en donde las mujeres y los hombres corran peligro de no vivir. No hablamos aquí solamente de vidas en peligro mortal, sino de algo mucho peor, y es la mera supervivencia vegetal y dolorosa de días continuos en un gris cerrado sin amaneceres, gentes demolidas de resignación.

La presencia salvadora de Cristo, que restaura y levanta a los caídos y libera a los oprimidos, acontece en la acción eficaz de la Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva, Palabra que propicia el encuentro con una persona antes que con un corpus doctrinal.
Pero también su presencia es misericordia, alegría para los pobres que languidecen en silencio.
Misericordia significa, literalmente, poner el corazón en la miseria de los demás, en sus necesidades, y quizás se trate de la verdadera justicia de Dios, que vá mucho más allá de la mera retribución pues su fundamento es el amor, la vida ofrecida.

Misericordia que restaura al criado del centurión, misericordia que levanta a la suegra de Pedro, misericordia que transforma y libera la existencia, vidas nuevas erguidas en total humanidad.

Presencia, Palabra y Misericordia, ahora es tarea de los discípulos. Hay que ponerse gentilmente al hombro las penas de los hermanos, para que la carga no sea tan dura.

Paz y Bien

Vocación leprosa



Para el día de hoy (26/06/15):  

Evangelio según San Mateo 8, 1-4



En nuestra perspectiva de siglo XXI, la lepra probablemente no tenga un significado importante, y ello mayormente se deba a los avances médicos y tecnológicos de mediados del siglo XX en adelante. Pero su ausencia -conocimientos médicos, tratamientos, fármacos- tal vez pueda ponernos en la perspectiva de lo que sucedía con los enfermos de lepra en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, y en el ámbito de la nación y la cultura judías.

La situación para el enfermo era terrible. 
Por una parte, las consecuencias propias de la enfermedad: como patología degenerativa, deformante y necrotizante, literalmente transformaban al paciente en un desconocido de rostro incierto y espantoso, de miembros carcomidos sin posibilidad de remisión o cura conocidas. A ello se sumaban los casos conocidos -no todos- altamente contagiosos, por lo cual tendía a aislarse al enfermo.
Por otra parte, es menester ubicar estas cuestiones en el plano social y religioso de Israel de aquellos tiempos, en donde la línea divisoria entre lo social y lo religioso prácticamente no existía. 
Se entendía en general que las enfermedades eran causa directa de pecados propios o de los padres, proporcionales los sufrimientos a las faltas cometidas, convirtiendo al enfermo en un impuro ritual. Esto se agravaba en el caso de la lepra, la impureza en grado máximo, de tal modo que quien certificaba la condición de salud/enfermedad era el sacerdote, y de existir, automáticamente el enfermo era aislado de la vida comunitaria.
Se trata del contagio potencial de la lepra pero también del contagio posible de la condición de impuro, condición que el enfermo debía proclamar a los gritos, para evitar el contacto con otras personas.
El leproso prácticamente es un condenado perpetuo, y debe someterse a su estado, pues su condición es, en la religiosidad imperante, querida por Dios.

El leproso es un excluido que sólo puede andar con sus pares, pero a la vez se le exige sumisión a los preceptos.

Por ello, que un leproso se acerque a ese Cristo que pasa rodeado de una multitud es muy extraño. Para algunos, escandaloso y expresamente prohibido. Sin embargo podemos entrever una fé humilde y pujante y un gran valor. La fé es don de Dios pero también implica coraje, la valentía de confiar.
Ese leproso no pide que el Maestro le toque sus zonas afectadas para sanar: confía en el Maestro galileo que, contra todo pronóstico, no lo rechaza. Él confía en el poder liberador de Cristo, al que no se le resiste ningún mal, por fiero y arraigado que parezca.
Acontecen por la bondad de Dios más de un milagro. El Cristo que no se somete a ninguna prescripción inhumana, por sacrosanta que se declame, y que toca con afecto. El Cristo que limpia su cuerpo de las llagas que lo carcomen. El Cristo que limpia su alma de la soledad y el olvido al que otros lo han condenado, y que lo restituye nuevo, íntegro, a la vida de su pueblo. Es por ello que ese hombre, ahora sano, debe presentarse al sacerdote, para ser readmitido plenamente como hijo de Israel por los mismos que lo condenaron a la soledad, a una culpa ajena, al penar.

En cierto modo, la vida cristiana tiene vocación leprosa. Se trata de confiar en ese Cristo que pasa, que todo lo puede, que nos libera de todas las llagas que asumimos o nos endilgan.
Pero también, como el Maestro, tender una mano fraterna a tantos leprosos de cualquier índole, hermanos demolidos por la soledad y la resignación.

Paz y Bien

Las dos casas




Para el día de hoy (25/06/15):  

Evangelio según San Mateo 7, 21-29



Jesús de Nazareth enseñaba y revelaba las cosas de Dios a partir de circunstancias del acontecer diario. Es una capacidad que quizás hemos dejado en el olvido, el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde las cosas que saben y conocen, y que los oyentes y discípulos del Maestro recibían con alegría y gratitud.
Pero allí hay un significado mucho más profundo, y es que el Dios de Jesús de Nazareth se deja encontrar en el hoy, en el día a día, aquí y ahora.

Esas gentes entendían bien lo que el Maestro les planteaba: en la Palestina del siglo I las casas se edificaban con algunos adobes, barro, piedras -abundantes en la zona-, techos de paja y tal vez mezclas de arcilla y arena como fulminante para pegar ladrillos y bloques. Los cimientos hechos con rocas probablemente podrían encontrarse en las casas de las familias pudientes pues contrataban a maestros constructores; más no eran infrecuentes entre los pobres, por la abundancia de rocas. La diferentes rocas por cimiento brindaban una estabilidad incoercible, fundamento sin vacilaciones potenciales a pesar de todo el devenir del tiempo.

Pero también en la memoria de ese pueblo refulgía la imagen de su Dios como roca firme de la vida.

La casa existencia permanece firme y consistente cuando se afirma en Cristo, roca fiel de nuestra Salvación que encontramos por la fé en la Palabra y en los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la Gracia.
Más aún, la firmeza de la vida no se define por replicar con exactitud preceptos y normas, sino antes bien  compartir en todo la vida de Jesús de Nazareth.

Ello trae frutos, y por esos frutos -humildes y silenciosos- esta casa amplía su capacidad de albergar al hermano en los ámbitos del corazón.

Paz y Bien

Renuevo





Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/15):  

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80




Cuando un niño nace, y si es esperado con agradable expectación, acontecen momentos de alegría difíciles de explicar. El bebé nacido es una bendición para sus padres, para los familiares, para sus amigos. 
En los pueblos más pequeños, en donde todos se conocen, esa alegría se expande. En esos pueblos la familiariedad se traduce en una afectuosa intromisión que a veces quiere terciar en todas las cuestiones -como el nombre que ha de llevar el niño- porque ese bebé es de los padres y, a su vez, es de todos ellos.

Zacarías e Isabel eran un matrimonio justo, es decir, que ajustaban su voluntad y su vida entera a la voluntad de Dios. Su santidad era casi palpable, pero ya eran viejos, y su apellido iba a perderse sin descendencia posible. No tenían hijos, y esa manifiesta esterilidad es símbolo de un pueblo que seguía con vida pero que parecía disolverse en los pliegues de la historia, flores mustias socavadas por el paso del tiempo.

Aún así, se ha inaugurado un tiempo nuevo aunque ellos aún no lo sepan. En Nazareth, una muchachita ha dicho Sí confiando en el Dios de la Vida, y ese Dios le florece la existencia, joven frutal en donde se esconde germinal la Salvación.

Sin dudas es un tiempo extraño. El sacerdote y el guerrero han de callarse, pues han de hablar con claridad las mujeres y los niños. La Salvación se abre paso desde la debilidad humana, con una fuerza humilde que no se puede detener.
Zacarías ha sido llamado al silencio. No se trata tanto de un castigo por su incredulidad -es un hombre mayor, más un abuelo que un novel papá- sino porque hay ocasiones en que hay que callar, hacer silencio hasta que nos renazca la vida de Dios, la esperanza, la confianza. Irse al silencio para que sea Dios el que hable.

Ese niño bendito no seguirá ciertas tradiciones. No se llamará como el padre o como alguien de su familia. Él llevará un nombre distinto, Juan, que significa Dios es misericordia, indicativo de esperanza para su familia, para sus vecinos, para su pueblo, para todas las mujeres y hombres que se atreven a permanecer en la fé.

Por ese niño y por el Otro Niño santo que se gesta en el seno de su Madre, todos los niños devienen sagrados. Por ese niño Dios se hace renuevo, porque Dios nunca abandona a los suyos.

Y seguirá enviando profetas íntegros que serán para el pueblo señales certeras de auxilio en medio de cada noche.

Paz y Bien

En el lugar del otro



Para el día de hoy (23/06/15):  

Evangelio según San Mateo 7, 6. 12-14



La llamada Regla de Oro es un principio de convivencia fundamental a muchos pueblos y a casi todas las religiones. Tiene que ver con la reciprocidad, con el con-vivir, y que cuando nos adentramos en las raíces de la humanidad, los principios éticos no son diferentes entre sí. 
Jesús de Nazareth realiza un planteo similar, y tácitamente se revela que la fé cristiana se encontrará siempre profundamente enraizada en la historia, en el acontecer del hombre, en las cosas y situaciones en donde se decide y resuelve la humanidad, fecundándolas de trascendencia y eternidad. Pero el modo es algo distinto: la fórmula habitual de la Regla de Oro es no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan
Para el Maestro, no sólo debe ser de carácter positivo sino propositivo, y es un trampolín hacia el infinito que no puede ser limitado por circunstancias históricas ni por cotas morales o sociales.

Pero hay más, siempre hay más.
En el horizonte de la Gracia, no hay demasiado espacio para el vive y deja morir. Requiere esfuerzo y decisión, contra toda estructura, tendencia y pronóstico, pues se trata de convivir y se trata de concordia.
Ponerse en el lugar del otro, el reconocimiento de la alteridad, del otro como tal, es la expresión del amor de Dios, que no vive para sí, sino que constantemente vive en y por los demás. El primer paso, por ello, está en reconocer al otro como tal: desde allí es menester realizar la Pascua hacia el prójimo, aprojimarse, aún cuando el otro sea el peor de los enemigos.

Ésa es la puerta estrecha. No hay que desperdiciar lo sagrado de la vida que es don y misterio, y por eso el culto primero es la compasión y la misericordia. 

La puerta de la Salvación suele ser estrecha pues nos engrosamos fútilmente la figura con capa tras capa de egoísmo, que nos desdibuja nuestra realidad y nos impide reconocer al hermano, y por ello al mismo Dios.

Paz y Bien

Mirada evangélica


Para el día de hoy (22/06/15):  

Evangelio según San Mateo 7, 1-5




Convivir es mucho más que un acontecer biológico o social. Convivir implica vivir con los demás, con los que me agradan y con los que no, con los que soy afín  y con los que mantengo distancia, con los que discrimino entre propios y ajenos.
Es un paso más allá de la simple reciprocidad, toda vez que se encuentra implícita una demoledora obviedad, que es el derecho a la existencia del otro a su modo, con sus características, sus particularidades, su identidad. Y más aún, en el plano de la Gracia significa reconocer que allí hay un hermano, tan hijo de Dios como el que más, como uno mismo.

Juzgar al otro es tomar para sí atribuciones que no se tienen, que son propias de Dios, de un Dios es es misericordia. Juzgar es someterse a la parte nimia -la paja en el ojo ajeno- y transpolarla injustamente a la totalidad de la persona, determinando la imposibilidad de cambio y quizás reconociendo, sin buscarlo, en el otro las propias vigas, vigas que en el fondo impiden reconocer al hermano como tal.
Allí se enraizan enconadamente los prejuicios, los  resentimientos, las discriminaciones. Pero quien queda desalojada es la justicia, porque no hay espacio para la Buena Noticia.

Es menester recuperar, como hijos fieles de la Gracia, una mirada evangélica.

Recuperar al otro en tanto que tal, saber mirarnos tal cual somos, con nuestras transparencias y nuestras opacidades, nuestras fidelidades y nuestros quebrantos. Purificarnos de esas ponzoñas tan aceptadas pero tan nocivas que envenenan toda convivencia y aplastan los brotes nuevos del Evangelio.

Paz y Bien

Tormentas de olvido




Domingo 12º durante el año

Para el día de hoy (21/06/15):  

Evangelio según San Marcos 4, 35-41



A la hora de la reflexión, todos los detalles son importantes, los signos, los símbolos, los gestos -por pequeños que sean-, la geografía, los colores, los estados de ánimo. Todo ello confluye en mensajes y enseñanza de salvación, pues cada uno de esos componentes están fecundados por el Espíritu de Dios.
Así entonces implica cierto síntoma de hambre de verdad que nunca debe faltarnos, de esa verdad que nos hace libres y que es Cristo, tesoro escondido de la Gracia en la cotidianeidad.

Siguiendo al Evangelista Marcos, sabemos que Jesús de Nazareth y los suyos se encuentran en tierras judías, y que el Maestro pide cruzar hacia la otra orilla del mar -borde oriental del mar de Galilea-, territorio de la Decápolis, la confederación de las diez ciudades, región habitada mayormente por paganos y, por ello mismo, terreno extranjero.
Tras una mirada simple y literal, esto arrojaría una conclusión geográfica convencional; más también hay una geografía espiritual, una geografía de la Salvación, la decisión de Cristo de llevar la Buena Noticia a todos los pueblos y más aún, a aquellos a los que tradicionalmente se los identifica como ajenos, impuros, enemigos. Es todo un desafío a la cerrazón de sus discípulos, frecuentemente presos de sus viejos esquemas. 

El Maestro no se detiene en esas vacilaciones y se embarca, dejando atrás a una multitud que quiere coronarlo rey. Él vive permanentemente la realidad plena de su Padre, y se reviste de mansa confianza, lejos de cualquier temor. Seguramente, los trajines de su ministerio lo han agotado: la empatía y la compasión con los más necesitados suele pasar un gravoso costo de cansancio al cuerpo que es menester pagar. Y en un rasgo de humanidad sencilla y entrañable, Él se duerme con la barca por lecho. Curiosamente, se ubica a popa, cerca del cabezal. Ocupa el lugar del timonel, y allí hay un símbolo silente: hay que confiar que Cristo siempre conduce la barca que es la Iglesia, y que si lo dejamos, también guiará estas pequeñas naves de nuestra existencia.

Junto a la barca de los discípulos hay otras barcas mencionadas. Más parece que la borrasca sólo afecta a la de los discípulos; muchos de ellos son experimentados pescadores de oficio de ese mismo mar, por lo que la virulencia de la tormenta y el peligro presentido han debido ser notorios, como es notorio el reproche que le hacen al Maestro, en directa proporción al miedo que han incubado.

Más allá del viento de la zona y de las aguas que en ese mar suelen encresparse, ellos están aquejados por otro tipo de tormenta, por tormentas de olvido. La tormenta de negar que en otra orilla, por extraña que parezca, pueda haber hijos de Dios, hermanos y destinatarios de la bendición universal, temporal que desata la negación del otro.
Pero también los aqueja otro tipo de olvido, el del exclusivismo. No navegan solos, hay otras barcas allí, barcas que no escapan a la mirada bondadosa de Dios.

A veces gustamos hacer mares de pequeñas copas de agua. A veces las propias tormentas se nos hacen únicas e incomparables. Y con demasiada frecuencia, le endilgamos a ese Cristo que reposa la responsabilidad por las tormentas que nosotros mismos generamos por ausencia de fé y por carencias cordiales.

Es necesario que ese Cristo que suponemos dormido y ajeno a nuestras pretensiones y faenas despierte a los verdaderamente adormecidos, nuestros corazones. Y que suscite el milagro de navegar en busca del otro, desde una fé débil, pequeña e incipiente.
Y que nos despeje esos temores vanos que hacen tanto ruido inútil. Sólo en Cristo todo se puede, sólo en Cristo está la paz que permanece.

Paz y Bien
 

Con la sencillez y la libertad de los hijos



Para el día de hoy (20/06/15):  

Evangelio según San Mateo 6, 24-34





No es demasiado difícil representarse la escena, la mirada del Maestro reposando sobre sus amigos, con una cercanía que es mucho más que física. Él está cerca de sus corazones y de los nuestros, Palabra de vida y Palabra viva, Dios que nos habla hoy. En este preciso momento nos está mirando a los ojos, y nos está despertando de todos los letargos.
Y hay una nueva certidumbre en sus palabras, una que no quedará a la deriva de los embates mundanos ni sometida a las limitaciones de la razón, ni esclava perentoria de los estados de ánimo.

Se trata de la certeza insuperable de sabernos hijos amados por Dios. Valiosísimos, aún con todos los deméritos que enarbolamos.
No es cuestión de alternativas, ni de dogmas, ni de promesas falsas de calmas pasajeras.
Es la raíz y la clave de todo destino que ha de edificarse, pues la vida no está inscrita de antemano ni debemos ser espectadores pasivos y resignados de las cosas que nos acontecen, buenas o malas. Más que artistas, somos barro fiel en manos del Alfarero.

Por todo ello el Maestro nos lleva de regreso al sueño de Dios, el Reino aquí y ahora que es la plenitud, la felicidad para toda la humanidad, la vida que se expande, la vida que es sagrada, humanidad asumida con amor entrañable por el Dios del universo, cada hombre y cada mujer templos santos de ese Dios.
Reconocernos hijos es volver a confiar en ese Dios que es Padre, que otorga y protege la vida -todas las vidas-, que ampara la creación que florece la alegría, que a pesar de todo sigue confiando en nosotros.

Así hay siempre de fondo una tenue y persistente melodía de regreso franco, de humanidad que se recupera a partir de esa sencillez que imita al corazón sagrado de Cristo, a la humildad eterna de la Madre, al amor entrañable del Padre. 

No hay que desesperar. Es menester confiar en el valor infinito que tenemos a sus ojos. Y así, como hijos benditos, vivir en su libertad de no estar sometidos a las cosas, ni rendir culto al cruel y falso dios del Dinero.
Vivir en Dios, vivir para Dios, vivir para el hermano, vivir plenos.

Paz y Bien




Tesoros en el cielo



Para el día de hoy (19/06/15):  

Evangelio según San Mateo 6, 19-23




Jesús detestaba la pasión por las riquezas. Sabía bien que más temprano que tarde el alma se partía, y uno se volvía esclavo de un ídolo falso y cruel, y por ello sólo hay dos opciones taxativas: o Dios o el dinero. Sabía también que causante de desencuentros, de violencias y sobre todo, de injusticias, es la fiebre por el dinero, por las cosas.

La clave, quizás, pase por donde ponemos el alma, o mejor, hacia donde orientamos el corazón. Cuál es nuestro absoluto, nuestro valor mayor.
Porque no es aventurado afirmar que tras cualquier materialismo, de cualquier signo ideológico, se esconden sacrificios humanos. Ello debería causarnos el suficiente espanto para la reflexión y la conversión, pero aún así persistimos. Porque en el altar del dinero y las cosas, se sacrifica al prójimo.

Si el corazón está en las cosas, en lo que perece, no hay destino ni futuro. El pueblo a veces sabe afirmar con certeza que nada nos llevaremos, que al momento de la partida lo que se ha acumulado sin límites queda atrás.
Pero peor aún es denostar tácitamente la mano tendida que se nos ofrece de continuo, los brotes santos de la gracia. Porque lo único que en verdad permanece y no desaparece es el amor de Dios, Dios mismo entre nosotros y en nosotros.

Los tesoros en el cielo expresan vidas que tienen a Dios por horizonte y por realidad cotidiana, tesoros que se acrecientan en una asombrosa desproporción con lo que se ofrece a los demás de modo generoso, incondicional y fraterno, Cristos que se multiplican en los discípulos como rocío bondadoso del Evangelio.

Los tesoros en el cielo a menudo se forman a partir de humildes moneditas de compasión, de gestos corteses, de la escucha del hermano, de socorro, de honestidad, de transparencia, de gratitud y mansedumbre.

Paz y Bien



Padre Nuestro, las cosas de Dios, las cosas de los hermanos




Para el día de hoy (18/06/15):  

Evangelio según San Mateo 6, 7-15



Su Santo Nombre, el Reino y la Voluntad por las cosas de Dios. Plegaria por el pan y el perdón, victoria y liberación por las cosas de los hermanos.

No son dos planos opuestos, ni posturas escindidas. Todo brota de la misma raíz increíble y maravillosa de la Gracia, de un Dios que nos sale al encuentro, de un Dios tan cercano que se revela Padre y, más aún, Papá.

Esoterismos, intermediaciones legalistas y arcanos secretos se desvanecen.
Con el impulso de quien descubre la vida, con la mirada de niños abriendo los ojos a la existencia, llamamos a Dios con la primera de las palabras, Abbá!, Papá!, y esa revelación que nos regala Jesús de Nazareth abre todas las puertas y derriba todos los muros.
Por ello mismo decimos Padre Nuestro, porque no es de unos pocos selectos, sino Abbá de todos, corazón infinito poblado de hijas e hijos, Dios del universo que es el Totalmente Otro y que, sin embargo, lo sabemos cercano, tan cercano como está afectuosamente entregado incondicionalmente en Jesucristo, su sagrado corazón en la mano.

Y pedimos que sea santificado el Nombre de Aquél que es y está, no como magia ni como auxilio en nuestros mezquinos caprichos, sino reivindicando la eternidad que surge en cada existencia, que nos florece en el aquí y ahora.
Y pedimos que sea el Reino, que venga a nosotros, que acontezca en nuestra cotidianeidad, que todo el mundo se realice en plenitud según el sueño eterno del Creador, porque su voluntad es que el hombre crezca en total humanidad, en plenitud, y su Gloria es que el pobre viva.

Eso que llamamos pecado fractura todo lazo de fraternidad y separa a las gentes en islotes de injusticia y soledad, abriendo las puertas par que el mal se estacione en el mundo
Pero nuestro Dios es ante todo Abbá que nos ama, y por eso la causa de los hermanos es su causa, y por eso pedimos por el hermano y junto al hermano que no falte el sustento, que reconstruyamos la vida desde el perdón y la dignidad y que salgamos victoriosos en la lucha diaria contra el egoísmo.

No debe haber demasiadas palabras, sólo la confianza que levanta al sol a las hijas y los hijos, hermanos de Jesús de Nazareth

Paz y Bien

Fundamentos de justicia




Para el día de hoy (17/06/15):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18




En la fé de Israel, la limosna, el ayuno y la oración eran prácticas religiosas usuales, todas ellas prescritas en la Ley. 
En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la nación judía era una ignota provincia del Imperio Romano, ocupada por las poderosas legiones estacionadas en la zona; a ello, es menester añadir la influencia de pueblos extranjeros a sus puertas, como por ejemplo en la Decápolis, y la mixtura cultural que sucedía en regiones como Galilea, por la  presencia de colonos foráneos instalados allí luego de una de las tantas derrotas militares sufridas por Israel.

Todo ello preocupaba enormemente a los guardianes de la ortodoxia. La presencia gentil, la influencia de los extranjeros implicaba una amenaza directa a la fé y la identidad nacional de Israel, y por ello -a modo catequético- indicaban que esas prácticas usuales fueran bien visibles y exhibidas con gestos grandilocuentes, de modo que su ejercicio impulsara a otros a realizarlos. En cierto modo, era una reafirmación de la soberanía del Pueblo Elegido.
Sin embargo, el Maestro criticaba todo esto sin ambages, y ponía en guardia a sus discípulos en contra de tales actitudes.

Él es específico: hay que cuidarse de la hipocresía.
El término hipocresía proviene de hypokrisis, que se entiende por fingir, por actuar figuradamente, literalmente significa responder con máscaras, es decir, interpretar un papel. Es el temible riesgo de la pura exterioridad sin corazón ni conversión, que sólo busca el reconocimiento ajeno. Allí está su pago y su fin.

Quizás el mayor problema de esa pura exterioridad es el olvido de Dios y del prójimo, y el concentrarse en el propio ego.

En el horizonte del Reino, en la pura sintonía de la Gracia, es tiempo de hechos concretos y humildes, tan discretos y sencillos como la Madre del Señor, una muchacha nazarena que casi nadie vé excepto la mirada amorosa de Dios.
Porque la limosna no es dar lo que sobra para los pobres, sino ofrecer generosamente lo propio para que el hermano no pase necesidad. Y más aún, es la santa y mansa rebeldía contra la afirmación de que todo tiene precio, ofreciendo la propia existencia en favor de los necesitados, de esos hermanos en donde resplandece el rostro de Dios.
Así el ayuno también será poblar de alimentos el plato vacío de los más pobres con la propia comida, en solidaridad fraterna, afirmando en silencio que nadie debe pasar hambre, que ningún hijo de Dios ha de penar hambre y abandono.
Y la oración, corazón adentro, que nos pone en sintonía de Dios, canal por donde la vida se renueva, por donde la eternidad florece en el aquí y el ahora.

Ayuno, limosna y oración son fundamentos de justicia cristiana, en la perspectiva de Dios y del hermano.

Paz y Bien

La profunda humanidad de Dios



Para el día de hoy (16/06/15):  

Evangelio según San Mateo 5, 43-48




La enseñanza que Jesús de Nazareth explicita, pues lo hace de manera concreta y sin ambages, puede resultar atractiva, poética, hasta romántica. Quizás el término adecuado sea simpática, y todo ello habla de su carácter tan distante y utópico, con el color del ideal que nunca vá a acontecer.

Es lógico que eso suceda. Solemos, erróneamente, aplicar nuestros limitados esquemas mentales y nuestros criterios mundanos, y así -consciente o inconscientemente- procurar hacer coincidir la Palabra con nuestros ínfimos intereses particulares.
Y la verdad es que nuestra mirada no es la mirada de Dios y que Dios, a menudo, en nuestras vidas no es el Absoluto sino apenas alguien importante los domingos y algunos días especiales.

Desde la mirada de Jesús de Nazareth, que es la mirada de Dios, es imprescindible y urgente renunciar a todo lo que nos deshumaniza, lo que nos separa, lo que nos hunde en estatura interior, felices desertores de todo tipo de violencia -física, verbal, psicológica, social, religiosa-, porque ello implica, aún en aras de cierta justicia, que algunos merecen vivir y otros nó, que es lícito aplastar al opuesto, al adversario, al enemigo.

El Dios de Jesús de Nazareth es Dios Abbá, Padre dador de vida, Padre que cuida la vida de toda la creación, vida que no se reserva nada para sí sino que se expresa viviendo en los otros y para los otros, amor absoluto que reconocemos como ágape. Un amor incondicional, porque es un Dios asombrosamente miope, que sólo puede ver hijas e hijos. Nunca enemigos, jamás ajenos.
Más aún, el amor de Dios permanece firme y fiel en aquellos en aquellos en que lo humano se diluye a golpes de brutalidad, de horror, de miserias aberrantes.

Porque en verdad el separar y el dividir corre por nuestra cuenta.

En Cristo el Dios del universo desciende hasta nuestro fango, Dios que se humaniza totalmente para que la humanidad se divinice, para que sea plena, que no es otro el significado de ser perfectos.
Cristo, Dios-con-nosotros, es la eternidad que florece en el aquí y ahora a pesar de tantas sombras y de tantos enconados esfuerzos por cercenar lo humano que puja por florecer.

Quizás por ello también, el amor a los enemigos se fundamente en una Gracia que nos vaya transformando antes que en todos los esfuerzos peculiares. Desde los méritos individuales, estamos perdidos.
Pero todo lo podemos en Aquél que nos sale al encuentro.

Paz y Bien

Más allá del pacifismo



Para el día de hoy (15/06/15):  

Evangelio según San Mateo 5, 38-42




Las lecturas anacrónicas suelen partir de razonamientos o silogismos equivocados, y por ello son poco veraces; en un abordaje simple, no es acertado juzgar con ojos del siglo XXI situaciones o aconteceres que sucedieron miles de años atrás. Hay cosas que perduran, y que son inamovibles a través de la historia, la vida, la libertad, la trascendencia. Pero con el transcurrir de los siglos los valores cambian -para bien o para mal- y por eso es menester saber ver el árbol pero también el bosque a la vez, es decir, mirar al hombre en su circunstancia histórica.
Es el error habitual de confundir moral con ética, pues aquella es la explicitación histórica de ésta, y por lo tanto varía de acuerdo al contexto histórico. En resumidas cuentas, lo que es válido o aceptable en determinado lapso de la historia puede rechazarse o repugnar en otros tiempos. Pero la ética, los valores trascendentes, son los que permanecen y no perecen.

Así entonces la llamada ley de Talión -lex talis- significó para las sociedades de su tiempo un importante avance en el ordenamiento civil, el progreso en el establecimiento del derecho penal, y un enderezar las acciones hacia una justicia recíproca, igualando los derechos entre el ofensor y el agredido, morigerando los efectos de la venganza y trasladar esos criterios a toda una nación. El nombre de ley de Talión proviene de lex talis que significa, literalmente, ley del tal como. Así los sabios de Israel reflexionaron y codificaron -lo encontramos especialmente en el libro del Levítico y en Éxodo- ese criterio con el vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pié por pié, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe, fractura por fractura.
Volviendo al postulado inicial, este principio puede hoy horrorizarnos si nos embarcamos en una fútil tarea anacrónica. Por eso es menester tener una mirada más profunda.

En los tiempos de Jesús de Nazareth estas previsiones, si bien vigentes, habían decrecido en intensidad. Ciertos cambios habían mutado: podían establecerse compensaciones monetarias en lugar de la devolución recíproca de la ofensa o golpe recibido. Pero para los sectores más radicalizados, implicaba también la justificación de expulsar por la fuerza de las armas al opresor romano.

Jesús de Nazareth no aceptaba estos principios. Sabía bien que cuando comienza la violencia, se desata una vorágine que es muy difícil de detener, y que sólo provoca víctimas. Nadie gana.
Pero Él no propone una alternativa más, ni tampoco habla de pasar por alto el mal. Lo que importa es romper ese círculo violento de venganza. Desde la esencia misma de Dios, el amor, la justicia se busca y se procura de otra manera, ofreciendo la propia vida.

Se trata de ir más allá del pacifismo, el cual es de por sí muy valioso. Pero en la perspectiva del Reino, en el horizonte de la Gracia hay más, siempre hay más, y ese más allá se llama prójimo, aún cuando prójimo sea el enemigo más enconado y peligroso.
No es fácil porque para arribar a esas playas mansas hay que navegar por el mar confuso y adverso del egoísmo.

Pero con Dios todo se puede. Y más aún cuando se experimenta el paso salvador de Dios por la propia existencia, una cuestión raigal que inevitablemente ha de compartirse con propios y con ajenos que son tales porque aún no hemos hecho el esfuerzo de acercarnos, todos hijos del mismo Dios.

Paz y Bien 

Escondido en la historia



Domingo 11º durante el año

Para el día de hoy (14/06/15):  

Evangelio según San Marcos 4, 26-34





Existe un contexto importante que es menester no soslayar, y es que los oyentes del Maestro eran, en su gran mayoría, campesinos judíos del siglo I. Ello tiene dos implicancias: por un lado, una importante cuestión olvidada, y es que Jesús de Nazareth hablaba y enseñaba las cosas de Dios a partir de lo cotidiano, de lo que las mujeres y los hombres de su tiempo vivían a diario. Por otro, que ausentes los avances científicos que hoy quizás sobreabundan, esos campesinos eran mucho más permeables a lo misterioso entendido ello como lo que excede los parámetros de la razón, y quizás por ello, sean cuestiones del co-razón.

Las etapas lo sugieren: el labriego que siembra, la semilla que escondida en los pliegues de la tierra germina y crece en espigas, la cosecha inaudita, el regreso del labriego para la cosecha. Aún con toda la ciencia -que en gran medida es signo del crecimiento del conocimiento humano- hay allí algo escondido. La fuerza de la vida, y más aún, la gratuidad de la vida, su pujanza, su humilde fuerza, su asombrosa tenacidad de siempre volver a germinar. La vida que con todo y a pesar de todo sigue creciéndose aún cuando no sea perceptible y evidente.
Decimos vida, decimos Reino de Dios, porque el Reino de Dios entre nosotros es vida en abundancia, plenitud ofrecida que es toda de Dios para sus hijas e hijos, pero que requiere también de labriegos que se empeñen con confianza campesinas a la tarea.

Contra toda suposición punitiva, o de asertos terribles, la cosecha habla de un tiempo grato, feliz. Porque no decide la hoz que se aplica, sino que todo está signado por la abundancia de los frutos, producto de esa fuerza escondida de la semilla.

Con el grano de mostaza, la postura es similar. En el siglo I, las plantas de mostaza eran habituales observarlas en Palestina y Medio Oriente, y en algunos casos su talla alcanzaba más de tres metros de altura y una notable frondosidad. Allí hay una contraposición evidente, la frondosidad final contra el inicio somero y casi insignificante, pues la semilla de mostaza es pequeñísima. Más hay también una contraposición tácita, la de ciertas imágenes de árboles majestuosos e imponentes que impregnan el todo con su grandeza y su gloria.
Para Cristo, el Reino es como esa semilla tan mínima y humilde, que crece y crece con un empuje insospechado, y con un horizonte frondoso, destino de ser cobijo a muchísimos pájaros a la deriva, imagen exacta de una Iglesia universal de muchas ramas cuya savia y cuyo tronco primordial siempre es el mismo, ese Cristo y esa Gracia de Dios que vivifica.

En la historia humana, y en nuestra historia cotidiana, el Reino está escondido, y continúa creciendo. 
Ello nos renueva y recrea la esperanza. Es menester saber reconocer los frutos, y permitirse la gratitud de los asombros, pues no somos simples espectadores, sino invitados preferenciales a participar como labriegos en estas cosas de Dios que nos suceden aquí y ahora.

Paz y Bien

Inmaculado corazón de María, albergue de Dios


El Inmaculado Corazón de María

Para el día de hoy (13/06/15):  

Evangelio según San Lucas 2, 41-51




Ellos, humildes galileos -familia pobre de Nazareth- van a Jerusalem como todos los años para la Pascua. Su hijo querido ya está abandonando la niñez, tal es la cultura de su tiempo, y se está convirtiendo en hombre, en un varón con todos los derechos y deberes frente a la Ley. Tiene doce años, tiempo del Bar Mitzvah, que significa literalmente convertirse en hijo de los mandamientos.
Ellos van sin falta, cumplen al pié de la letra sus obligaciones religiosas que son también tradiciones nacionales. Es decir, van a cumplir con Dios y con su patria.

Como la Sagrada Familia, entre nosotros hay gentes así, tan necesarias, gentes humildes que nunca se detienen, presencia humilde y sagrada de Dios entre nosotros, tenaces y silentes en su fé, que a pesar de todo permanecen firmes y fieles y que no conciben la vida solos, encerrados en sí mismos. La caravana del viaje peligroso entre la provincia galilea y la capital jerosolimitana es símbolo también de esas gentes que se afanan sin desmayos por compartir con los demás la caravana de la fé, que es la caravana de la existencia vivida juntos al amparo de Dios.

El Templo es enorme, deslumbrante. El humo del incienso y de los sacrificios ofrecidos confunde quizás un poco los sentidos, y usualmente hay mucha gente de paso, peregrinos de todo Israel. Pero para la Pascua hay un mar de gentes de Israel y de la Diáspora, una multitud abigarrada en la que es frecuente que se desencuentren las familias, y especialmente los niños se extravíen.
Y a Jesús no lo encuentran. Él sabe desde jovencito que su misión es ocuparse de las cosas de su Padre.

Cuando todo parece nebuloso, cuando se nos enturbia la mirada, hay que volver a encontrarse con Cristo, precisamente, en las cosas de Dios. La vida. El amor. La justicia. La libertad. La compasión. La misericordia.

María de Nazareth es la creyente perfecta que nunca se rinde, que siempre busca, aún cuando a veces parece que todo es angustia y desesperación, María de la confianza.
Y es también signo cierto de ese Dios que no descansa en la búsqueda de los hijos extraviados, que se desvive por ellos, Dios que sale al encuentro, Dios que se deja encontrar.

Ella es, a la vez, madre, hermana y discípula de su Hijo, y su Hijo es su Dios. Bienaventurada por creer, bienaventurada por la cercanía de nombrar a su Dios desde sus entrañas, Hijito.
En esos menesteres y en muchas ocasiones, ese Hijo descolocaba su razón. Tal vez era demasiado para una mujer sencilla como ella.
Aún así, no abdicó a los devaneos limitados de la razón, y se aferró a su co-razón, y es precisamente el corazón el centro mismo de la persona, lo que expresa la totalidad de la esencia y refleja por ello la existencia.

Ella prolonga a través de la historia la luz de Belén, cobijando en las cálidas honduras de su alma la Palabra que escucha, que la nutre, que la re-crea.
En la era definitiva de la Gracia, su corazón transparente alberga a Dios, y ese Dios que hace de su alma su hogar la transforma y la florece.

En la mirada de la Madre intuímos los ojos del Hijo, porque allí en donde está la Madre, el Hijo amado se reencuentra.

Paz y Bien

Corazón de Jesús, corazón de Dios



El Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (12/06/15):  

Evangelio según San Juan 19, 31-37




En casi todas las culturas, el corazón simboliza el centro primordial de la persona, su núcleo fundacional desde donde se expresa todo lo que es y todo lo que hace,ser y existencia. En el corazón se unifican también por ello los diversos aspectos de la persona, lo biológico, lo psicológico, lo espiritual, lo ético.

Más aún: tanto el saber popular como las artes -la música, la poesía- intuyen con certeza profundidad, empatía y sentimientos y lo expresan afirmando la presencia de una persona de gran corazón, adjetivo quizás cuantitativo que implica capacidad de buenos sentimientos y, sobre todo, de integridad intachable.
Tener corazón traduce la capacidad de conocerse y reconocer a los demás, de ponerse en el lugar del otro, de asumir como propias las vivencias del otro.
Y su carencia, obviamente, es egoísmo, es falta de compasión y de escrúpulos, es renegar del otro, es tener encendido el detector de enemigos e infractores.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está feliz y fuertemente arraigada en nuestros pueblos. Fruto de esa piedad que se afirma de un modo entrañable y afectuoso, gustamos de representar al Corazón del Maestro con bellas imágenes de un Cristo resplandeciente. Ello no está nada mal, es claro, más no podemos perder de vista que la teofanía, la plena manifestación de su Corazón Sagrado acontece durante la Pasión, un escenario de muerte, de dolor y espanto tales que su verdadero sentido sólo es posible asimilarlo y percibirlo desde el plano de la fé.

Los religiosos profesionales quieren asegurarse la muerte del condenado, y exigen que se quiebren sus piernas, no vaya a ser que se contamine el Shabbat y se quebranten los preceptos. Pero ellos son los que se han sumergido voluntariamente en las tinieblas, porque ese cuerpo que agoniza en la cruz es la verdadera Tienda del Encuentro de Dios y el hombre, templo definitivo que no requiere más sacrificios que el suyo, sólo ofrendas de misericordia, el culto primero.

La crueldad de la soldadesca imperial no se limita a las burlas, al escarnio y a la tortura previa. Su brutalidad parece dominar la escena, con el vinagre del desprecio, con el lanzazo infame que parece ahogar cualquier piedad.
Pero no es un cuerpo herido el que se abre, sino su inmenso corazón, un corazón que contiene a todos, incluso y especialmente a sus torpes ejecutores. 

De la herida abierta de ese justo que ha sufrido una muerte terrible, fluye sangre y fluye agua. Es Dios quien fluye allí, un Dios que nada se ha reservado para sí, un Dios que se ofrece como víctima propiciatoria en Cristo para que no haya más crucificados, para que todos vivan y vivan en plenitud.

En ese abismo de amor insondable se renueva la esperanza, porque aún en la tiniebla más cerrada destella el rescate manso que Dios nos ofrece a pura fuerza de bondad.

Paz y Bien



Con la esperanza por equipaje




San Bernabé, apóstol

Para el día de hoy (11/06/15):  

Evangelio según San Mateo 10, 7-13



Quizás en pos de aferrarnos a los detalles específicos, pasemos por alto la cuestión primordial que es la total confianza que Cristo deposita en los suyos, su ministerio será el de ellos, nuevos Cristos anunciando buenas noticias a todos los pueblos.
Esa confianza, esa fé se sigue renovando de generación en generación, y lo seguirá haciendo hasta su regreso definitivo.

Nada llevarán consigo los misioneros. Su único equipaje es la esperanza, del resto se ocupa la Divina Providencia. 
Pero también ese desprendimiento significa identificación evangélica con el Cristo que los envía y con los pobres, destinatarios primeros de la misión, la Buena Noticia de la liberación de un Dios que ama sin desmayos ni descansos.

Es un mensaje que no les pertenece, y por ello extremarán los cuidados para no creerse nada más que obreros felices que cumplen con su deber. 

La misión tiene el sentido fundamental de hacer presente el amor de Dios, un amor que es salud y también es Salvación, desincrustando esa muerte que se aferra, purificando todos los estigmas de la exclusión que impiden la fraternidad, expulsando en el nombre de Cristo todos los demonios que asolan la condición humana. Todo bajo el signo asombroso y escandaloso de la Gracia, de la gratuidad, de lo que se ofrece -la propia vida- sin condiciones, al servicio de los demás.

Que florezca la plenitud en estos campos yertos, sueño del Dios encarnado.

Paz y Bien


El pleno cumplimiento de la Ley y los Profetas



Para el día de hoy (10/06/15):  

Evangelio según San Mateo 5, 17-19



Una mirada muy superficial de la lectura que nos ofrece la liturgia de este día nos puede presentar una flagrante contradicción en las enseñanzas del Maestro, y ello mayormente suele acontecer cuando esa mirada se sustenta en una lectura lineal, superficial. La literalidad es madre de todos los fundamentalismos, y sin importar su origen o color, todos ellos son contrarios a la Buena Noticia.

El problema de fondo es que por un lado Jesús de Nazareth afirma que Él no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darle pleno cumplimiento, y por otro lado encontramos sus posturas polémicas y conflictivas frente a ciertos preceptos impuestos, como por ejemplo la observancia del Sabado, las abluciones previas a la comida, el ayuno. 

La Ley de Moisés, en sus orígenes, implicó un gran salto cualitativo para la ética de Israel como pueblo naciente; tribus de esclavos en Egipto, al calor del desierto como crisol y mediante la Ley como instrumento redentor, esas tribus se convirtieron en nación de hombres libres. La Ley, por lo tanto, era bendición de Dios para alcanzar por ella la libertad y la identidad que surge de la convivencia comunitaria.
Los Profetas, a su vez, eran el aire puro que mantenían viva la llama de la fé. Sin demasiadas vueltas, con voz clara y rotunda, anunciaban la esperanza que siempre proviene de Dios y denunciaban aquello que se oponía a los sueños del Creador para todos sus hijos.

Con el correr de los siglos la observancia de la Ley se quedó en la pura letra y se olvidó a Aquél que la sustentaba, que le otorgaba sentido y trascendencia. La Ley como don de Dios se convirtió en una imposición a menudo intolerable, que se practicaba por miedo a represalias o castigos antes que por vínculos filiales.

Jesús de Nazareth viene a dar pleno cumplimiento de la Ley y los Profetas porque su plenitud es el amor, Dios mismo entre nosotros, Dios entre su pueblo.
La Ley y los Profetas significan un ascenso interior hacia el cielo presente del Evangelio, y es herencia para transmitir a todas las generaciones.

Paz y Bien

Comunidad de luz y sal





Para el día de hoy (09/06/15):  

Evangelio según San Mateo 5, 13-16




En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, dos vertientes se nos plantean desde la enseñanza de Jesús acerca de nuestra vocación de sal.
Por un lado, en la tradición de la fé de Israel la sal es muy importante: es el símbolo perenne de la permanencia de la Alianza entre Dios y su pueblo, de tal modo que todo sacrificio ofrecido en el Templo había de ser salado. Así también, en la memoria colectiva se recordaba que la corona davídica se instituye mediante un pacto de sal para David y sus descendientes, el trono de Israel por siempre.
Por otro lado, la experiencia cotidiana de la que Jesús se valía tan a menudo, la sabiduría que se extrae de lo cotidiano.
En el tiempo de la predicación la sal era imprescindible y por ello valiosa: se utilizaba para sazonar, para darle sabor a los alimentos, pero también para conservarlos, evitando que se degraden y corrompan, que perduren, que alcancen para más allá de lo inmediato. 

Sal que se desnaturaliza no sirve, se descarta y se tira, deviene inútil. Pero además, la sal tiene otra particularidad: una sencilla y pequeña cantidad es suficiente y eficaz para alcanzar su destino de brindar sabor o de impedir que las cosas se pudran.

La luz también tiene dos aspectos. De una parte, representa el esplendor de la presencia gloriosa del mismo Dios en medio de su pueblo, una presencia que se actualiza en Dios con nosotros, Cristo vivo y presente, Cristo hombre y Dios. 
Por otra parte, en aquellos tiempos la luz era también muy valiosa, a tal punto que las familias sólo tenían una lámpara -por el alto costo del aceite, ya que las velas eran objetos suntuarios dedicados al culto- que se ubicaba en lo alto de la monohabitación familiar para prolongar el día, para favorecer el encuentro familiar, para que no ganaran las sombras el espacio en donde todos debían convivir y crecer.

Pero lo verdaderamente asombroso es que las virtudes de la sal y de la luz ahora, de manera taxativa e indubitable, se transfieran con una sorprendente confianza a la comunidad cristiana. De allí el imperativo del ustedes o vosotros.
Esta confianza que Dios deposita en nuestras pequeñas existencias es milagrosa, producto del amor de Padre.

Por eso la vocación de la comunidad cristiana es ser sal de la tierra, para que la vida tenga sabor, para que de gusto vivirla, tal es el sueño de Dios. Pero también para que desde su pequeñez la comunidad, con una fuerza que no les propia ni le pertenece, impida toda corrupción.
Y ser la luz que lleva la Buena Noticia a todas partes, especialmente allí en donde campean las sombras de la muerte, el olvido y el dolor.

Paz y Bien

Felicidad universal




Para el día de hoy (08/06/15):  

Evangelio según San Mateo 4, 25 - 5, 12




Las multitudes llegaban a escuchar y a aprender del Maestro desde Galilea, desde la Decápolis, desde Judea, desde Jerusalem, desde la Transjordania. El detalle que el Evangelista San Mateo acerca del origen de tanta gente no es casual ni meramente descriptivo: es un mensaje de universalidad del Evangelio, Buena Noticia para todos los pueblos, para todas las gentes.
No es un dato menor: los que escuchan a Jesús de Nazareth y quieren transformar sus vidas provienen del Pueblo Elegido -la exclusiva Judea-, de la ortodoxa Jerusalem, de la Galilea de la periferia y la sospecha marginal, de la extranjera Transjordania y de la Decápolis en donde está todo combinado, en donde nada puede diferenciarse con facilidad. Allí también están nuestras naciones y ciudades, allí estamos nosotros sentados escuchando la Palabra, allí hay sitio para todo aquel que quiera venir.

Las Bienaventuranzas son camino ofrecido no como alternativa a las prerrogativas mundanas, sino con un carácter definitivo que implican utopía, sueños, ansias de Padre para con todos sus hijos. Decir Bienaventurados es decir felices, pero esa universalidad, ese convite a toda la humanidad no implica necesariamente una posición pasiva que garantice -adhesión mediante- sus efectos instantáneos. Universalidad es ofrenda e invitación generosa e incondicional a todos los pueblos y a todas las mujeres y los hombres. 
Pero no todos quieren abrazar ese tempo de eternidad que se entreteje en la historia. Bienaventuranza es involucrarse, es decidir desde el coraje a cambiarlo todo para ser felices, orientando la totalidad de la existencia y de la creación hacia Dios, en Dios y por Dios.

Las Bienaventuranzas nos revelan, como en un magnífico cuadro, un horizonte nuevo y distinto. Pero ese carácter ideal no está desencarnado de lo que nos pasa a diario. Por eso las Bienaventuranzas se expresan en tiempo presente, porque fermentan hacia un tiempo frutal, un tiempo de pan abundante y compartido.

Buena noticia hoy para los pobres. Buena noticia para los afligidos. Buena noticia para quienes respiran paciencia. Buena noticia para los que se desvelan por el hambre y la sed de justicia. Buena noticia para los que palpitan misericordia. Buena noticia para los que edifican la paz, santa tarea de hijas e hijos de Dios. Buena noticia para los que se afirman en la justicia con todo y a pesar de todo. Buena noticia para todos los perseguidos y calumniados por vivir sin reservas el Evangelio de Cristo.

Buenas Noticias aquí y ahora para todos, sin excepciones, tiempo santo de Dios y el hombre.

Paz y Bien

Corpus Christi: mesa de Dios, mesa de los hermanos




Corpus Christi - El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (07/06/15):  

Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22-25



Era el primer día de la fiesta de los panes ázimos -Seder de Pesaj- cuando se inmolaba el cordero pascual en memoria eterna del paso liberador de Dios por la historia del pueblo. 
Ese hombre joven que está a punto de morir como un criminal marginal y abyecto, ese hombre es el nuevo cordero de la Pascua, la sangre definitiva que se vertirá no como horror de verdugos sino como escándalo de vida ofrecida, para que se marquen las almas de todos los fieles, para que la muerte pase de largo sin hacerse frontera infranqueable. Es esperanza que se renovará a través de los tiempos, no habrá ningún mar bravo que no pueda atravesarse hacia la libertad, no hay poderoso que pueda interponerse frente a la decisión amorosa de Dios para con los suyos.

El pan de ese primer día -matzá- es el más sencillo de los alimentos, sólo harina y agua dría sin levadura cocido con rapidez al fuego, el pan más puro sin la intromisión del fermento. Pan puro como el amor de Dios, sin nada que pueda contaminarlo. Pan de hombres pobres y esclavos que por ese Dios que les cambia el curso del río de sus vidas, comerán ese pan como hombres libres, no subyugados sino hijos de un pueblo en ciernes.

Jesús de Nazareth se hace pan para nuestro hambre más raigal, sustento de la existencia, vida de Dios en nosotros. Pan purísimo como su Madre, pan inmaculado como su corazón sagrado, pan que se parte, reparte, comparte y siempre alcanza para todos los que se sientan a su mesa.

Este Cristo no tiene casa propia, su hogar está allí en donde se reunan en su nombre sus amigos y sus hermanos. Allí se prepara esa mesa grande -su mesa-, que es mesa de Dios ofrecida para que nadie falte, mesa de celebración de la vida plena compartida, mesa fraterna que se sustenta en la caridad, mesa en donde nos encontramos y nos reconocemos, y en donde se agradece precisamente ello, la alegría de Dios con nosotros, la bendición de que Él nos reuna.

La harina de ese pan surge del grano de trigo. Ese hombre que es Dios se ha entregado como grano de trigo que cae, muere y germina para un destino de pan eterno.
Ese vino que beberemos es su sangre, su existencia real corriéndonos corazón adentro como un río caudaloso, la savia de la eternidad de la vid verdadera.

Es ágape pues este Dios se brinda sin reservas, la vida que se concibe viviendo por y en los otros, asumiendo en libertad el morir para que otros vivan.

Más de veinte siglos después -apenas un suspiro en la historia del mundo- los amigos y hermanos del Maestro continuamos reuniéndonos en su Nombre y hacemos memoria vida de su Pasión y su Resurrección, su presencia verdadera que vivifica y que nos orienta la mirada y el navegar hacia la Salvación.

Quizás -sólo quizás- esa hostia que es pan ázimo también y que se convierte en el Cuerpo del Señor, no refiera solamente lo purísimo de su ser, de su amor brindado.
Quizás exprese en hondo silencio que no debe llevar otra levadura que la de nuestras propias existencia hechas fermento para que acontezca en nuestros arrabales ese Reino que añoramos y suplicamos.

Paz y Bien

ir arriba