La cruz de Pedro




Para el día de hoy (31/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 21-27



Jesús De Nazareth camina, decidido y absolutamente libre, hacia Jerusalem. Allí acontece un punto de inflexión que cambia de manera radical su ministerio y también la misión de toda la Iglesia, y su revelación es un hito en la historia de la Salvación.

Porque les revela su condición mesiánica a los suyos. Pero es un mesianismo inesperado, sorprendente, que no se condice para nada con las tradiciones y los preconceptos de los suyos, que esperan un Mesías revestido de gloria y poder que derrote a sus enemigos y que libere a Israel de la bota romana mediante una victoria de tipo militar, restaurando un reinado judío imbatible y duradero. Más asombroso y contradictorio resulta saber de su parte que quienes detentan la autoridad religiosa y simbolizan a todas las tradiciones de su pueblo -ancianos, sumos sacerdotes y escribas- serán los principales responsables de todo lo que ha de padecer el Maestro.

Más parece que no fuera suficiente el estupor causado: Jesús formula a los Doce y a los discípulos de todos los tiempos una invitación que, tomada a la ligera, parece espantosa. Invita a seguirle cargando también, como Él, en libertad y sin condiciones, la cruz.
Ha de entenderse en su real dimensión: durante mucho tiempo la cruz es sinónimo de maldición, de justo castigo. En el tiempo del ministerio del Maestro, era el método de ejecución romano por excelencia previsto por la ley del imperio para ejecutar a los criminales más abyectos y marginales, condena para los rebeldes perpetuos de la autoridad del César. Así entonces, cargar la cruz implica hacerse ejecutable, marginal, despreciable, subversivo.

A Pedro no le agrada lo que percibe, y la contradicción lo violenta. Voluble y temperamental, quiere volver a la falsa certeza que lo tranquiliza, a la de ese mesías glorioso, muy lejano al Cristo servidor sufriente. En cierto modo, Pedro pretende indicarle a Dios hacia dónde debe rumbear, pretende un Dios a imagen y semejanza de Pedro, y no acepta de ningún modo la cruz para el Señor...y mucho menos para sí mismo.

No es grato, no es deseable, no es simpático. Tampoco es algo deseado por Dios, pues el Dios de Jesús de Nazareth no es un sádico cruel. Es una cuestión de amor, de radicalidad del Evangelio, de tomar siempre el lugar del otro para que el otro -el hermano, el prójimo- no sufra, y viva.
Y ahí sí. La fidelidad, para los mezquinos cánones mundanos, no saldrá impune. Tiene su costo, gravoso y gravísimo. La vida cuesta vida, la vida de los demás cuesta la propia vida, y es Jesús quien no vacila en encabezar el peregrinar, en volver a decirle a todos los Pedros, todos nosotros, que está bien jugarse y hasta morirse para que otros vivan, cargar los horrores de la cruz para que no haya más crucificados, y ofrecerse también por todos los sumos sacerdotes y escribas violentos de todo tiempo que imponen condenas y cadenas, y olvidan compartir la Gracia y la misericordia de Dios.

Paz y Bien



El asombroso tesoro de la Gracia




Santa Rosa de Lima, Patrona de Latinoamérica

Para el día de hoy (30/08/14) 

Evangelio según San Mateo 25, 14-30




Vayamos primero por el sendero de los símbolos.

La parábola nos habla en varias oportunidades de talentos: un talento, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, era una moneda que equivalía a seis mil denarios aproximadamente. Y un denario, a su vez, es la moneda que representa el jornal diario de un trabajador de Palestina del siglo I; un simple cálculo nos indica que los talentos repartidos a los partícipes de la parábola equivale -en el menor de los casos- a veinte años de trabajo de un jornalero. Una suma enorme, una fortuna, un tesoro.

La desproporción entre la suma otorgada y la confianza brindada es abismal. 
Pero el gran error es propiciar una lectura lineal. El Dios de Jesús de Nazareth no es un patrón exigente, que dispensa con rapidez premios y castigos, un Dios punitivo e injusto en los repartos. Tampoco es indiferente a la especulación ni al culto esclavista del dinero. El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos y cada uno de nosotros somos hijas e hijos, no empleados ni asalariados.

No obstante, tampoco portamos demasiados méritos para que se nos brinde una confianza descomunal, inconmensurable como la que simbolizan esos valiosos talentos. Con inefable certeza lo expresa el apóstol Pablo, que llevamos estos tesoros en estas vasijas de barro que somos.

Porque el tesoro es la asombrosa Gracia de Dios que se nos ha confiado, a puro amor y generosidad.

Es un tesoro extraño, que crece en tanto se brinda, se comparte incondicionalmente, vida plena, vida abundante, perdón y salud que es Salvación para toda la humanidad.
Un tesoro así no ha de ser sepultado bajo capaz de pereza ni de miedos profesados. Tampoco -jamás- debe ocultarse tras cúmulos de normas y preceptos.

La Gracia de Dios es tan asombrosa y desbordante, que vale la pena correr todos los riesgos del mundo para proclamarla, para encarnarla, para que se sepa en todos los rincones que la felicidad está ahora mismo, entre nosotros, para ser bebida y vivida, pagada definitivamente por la sangre de Aquél que todo ofrendó de sí mismo y nada se guardó para que nuestros corazones estén siempre colmados.

Paz y Bien


Hablar con claridad




Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 17-29



La escena es cruelmente infame y corrupta. En la superficie, en el gran salón, un banquete del rey con los poderosos del lugar, los notables galileos, los tribunos romanos, el culto a sí mismo con la excusa del festejo del cumpleaños. Bajo ella, en lúgubre mazmorra, languidece Juan, hijo de Isabel y Zacarías, humilde y profeta, enorme en su integridad, un varón justo atrapado por grilletes graves de fiera injusticia.

La danza sensual y erótica de la hija de Herodías, esposa de Herodes, desata las pasiones de los presentes pero muy especialmente del tetrarca. A esa muchacha que danza seductora -y que el historiador Flavio Josefo identifica como Salomé- Herodes promete todo. Más aún, promete cosas de imposible cumplimiento, como la mitad de su reino: es claro que la autoridad imperial romana, quien detentaba verdaderamente la soberanía del lugar, no iba a autorizarle ceder ni un palmo de tierra a nadie, por ningún motivo.
Pero cuando los rencores se dejan crecer, como esa cizaña que envenena todo el trigo bueno, todo lo malo puede acontecer; aquí nos encontramos frente a una situación de poder. Pues frente a la posibilidad de obtener fabulosos regalos, joyas, riquezas, tierras, Herodías -y por tanto, Salomé también- exigen que les sea entregada la cabeza del Bautista en una bandeja. Herodes no puede desdecirse, ha hecho una fervorosa promesa abiertamente delante de los poderosos del lugar. Pero ello no debe acotarse al prurito supersticioso del qué dirán de Herodes: el Bautista es un profeta que habla con diáfana claridad, que no teme denunciar todo lo que se opone a Dios, todo lo contrario a la vida, toda corrupción.
Una voz tan libre, tan santa, es una voz peligrosa. Y para los que detentan o merodean en los círculos del poder, es una voz peligrosa que debe ser suprimida.

La fotografía que podemos imaginarnos es muy cruel... y muy actual. Lo humano reducido a una cosa -una cabeza en una bandeja-, una persona como un trofeo de venganza, la muerte propinada como un ornamento del cual enorgullecerse. Esas mujeres actúan con soberano desprecio por la vida, y el soberano actúa como si fuera Dios, tomando azarozas decisiones en la ruleta cruel de su omnipotencia, con una liviandad pasmosa, la vida de los demás en sus manos embrutecidas como moneda de intercambio.

Así hemos de plantearnos el hablar con claridad, que es como habla las mujeres y los hombres de Dios, aún con todos los riesgos y peligros que se asoman. Así debemos plantearnos cual es la mesa a la que pertenecemos. Porque en la mesa de Herodes se decide la muerte del justo, y por eso se brinda entre poderosos, mientras que en la mesa del Señor hay lugar para todos, para la fraternidad, para la justicia, para que se celebre la vida.

Paz y Bien

Vigilancia, sensatez y prudencia




San Agustín, obispo y Doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/14) 

Evangelio según San Mateo 24, 42-51





Sensatez y prudencia. Dos términos que si bien no son sinónimos, son parientes muy cercanos en su raíz etimológica y significativa: el primero refiere a la capacidad de buen juicio y de percepción veraz y real de las cosas, mientras que el otro implica el obrar con cautela de acuerdo a lo que se conoce en profundidad, es decir, mirar delante de sí lo que adviene y actuar en consecuencia.

En el Evangelio para el día de hoy, el Maestro insta a la vigilancia. Vigilancia no tanto como una guardia armada, sino vigilancia en su sentido de vigilia, de estar despiertos, de abrir bien los ojos, de espera atenta. Como aguardan, expectantes, los que aman. Sólo los que aman saben esperar, porque saben que Aquél que esperan está vivo y presente, y regresará en plenitud en cualquier momento. Más aún, saben que está de regreso.

Los que aman esperan confiados y cuidan de una viña que, saben bien, no les pertenecen. Hacen las cosas movidos por ese afecto primordial que deviene en obligación cordial, más no por un pago ni un premio. Por eso vigilan con sensatez y prudencia, pues son capaces de actuar con cautela, de correr riesgos cuando hay que correrlos y a la vez, esgrimen una prudencia que es naturalmente hermana de esa providencia que es el rocío de todas las almas agobiadas.

Sin embargo, a veces la prudencia ejercida ostensiblemente sólo esconde cobardía. Hay que saber jugarse los huesos por la viña, con toda humildad. Sólo somos servidores menores, pero no obstante ello, servidores confiados que hacemos lo que debemos, porque aunque quizás no sepamos el momento exacto, conocemos que vá a ocurrir, y más aún, confiamos en que ese regreso, que es la plenitud de toda la creación, ya ha comenzado.

Paz y Bien

Sepulcros blanqueados



Para el día de hoy (27/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 27-32




Las cosas que habrá visto. Los gestos y las acciones que tanto le revelaban y que tanto lo rebelaban. De otro modo, no hay explicación para estas durísimas expresiones que el Maestro tiene para con la hipocresía de escribas y fariseos. Su voz es tan fuerte, tan contundente, tan profética que conmociona no sólo a aquellos hombres del tiempo de su ministerio, sino a todos aquellos que, a través de la historia, se internan camino adentro de esas veredas de sombra y muerte, pretendiendo encaminar tras de sí a todo el pueblo.

Sepulcros blanqueados los menta, y no es sólo una alegoría extrema. Se trata de la experiencia de la vida cotidiana que no se permite ser llamada a engaños. 

Despojémonos por un momento de lo externo, es decir, de los afectos y la piedad que portamos junto con algunas flores -como flores de caridad- cuando visitamos el sitio en donde reposan los restos de alguien querido o venerado. Una tumba, un sepulcro, es el hogar de lo muerto. Por fuera puede tener una blancura prístina, una estructura artísticamente bella, una edificación imponente, pero ello no es óbice para la cuestión naturalmente obvia: por dentro hay restos de un cuerpo muerto, hay degradación, hay corrupción biológica.

Mucho más grave es cuando esa imagen se traslada al obrar de aquellas y aquellos que desempeñan funciones sociales, políticas y religiosas de liderazgo, de jerarquía, de conducción. Sepulcros andantes que, bajo la apariencia grácil de una blancura deslumbrante, sólo albergan en su interior muerte y corrupción, vidas contínuamente degradadas, tumbas en donde se sepultan bien profundo las ansias de trascendencia de la gente más sencilla, el hambre de justicia de los pueblos, la sed de paz de tantos.
No hay otra conclusión posible: aunque nadie somos para andar juzgando a nadie, tampoco podemos renunciar a esta vocación irrevocable de profecía que nos llega al corazón por vía paterna y materna, de un Dios que es Padre y Madre, de un Cristo que es hermano y Señor. Y a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Los sepulcros blanqueados sólo son signos de muerte, y hacia ella conducen, y allí se demuelen todas las esperanzas.

Gran contradicción, grave reniego, pues desde la Resurrección sabemos que la muerte no decide ni tiene la última palabra. Por el Resucitado sabemos que ese sepulcro vacío deviene inutil, y que en cada sepulcro ha de germinar pacientemente -a pesar del dolor, a pesar de todo y todos- la certeza de la vida perpetua que no se extingue. Por ese Cristo sabemos que toda tumba deviene inútil.

En paralelo también, una admonición para nuestras existencias menores: a los sepulcros, decíamos, solemos llevar fé y afectos, flores y amores. Sin embargo, a quien se ama siempre es menester, como al hermano, rendirle culto y amor en vida, en el aquí y ahora. Nunca es tarde.

Paz y Bien
 

Horizontes estrechos



Para el día de hoy (26/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 23-26



La ley del diezmo tenía un significado místico y una importancia social para el pueblo de Israel. Así, se reconocía el derecho de propiedad de Dios sobre toda la tierra y sus bienes, y a su vez, la décima parte del producido de la tierra -de allí diezmo- se destinaba a mantener el culto del Templo de Jerusalem y a sostener a los sacerdotes. De todo ello, una parte menor también se utilizaba como fondo de limosnas, para el socorro de viudas, huérfanos y de los más pobres.
En un afán de ortodoxia y estricta observancia, escribas y fariseos -la dirigencia religiosa de la fé de Israel- extendieron la obligatoriedad del diezmo a toda la actividad económica de Israel, y puede inferirse a partir de lo que sindica el Maestro: era obligatorio el diezmo sobre la menta, el anís y el comino, bajo apercibimiento de infracción grave. Así, no es difícil imaginarse a un ama de casa tomando un puñado de perejil, de albahaca, de menta, y separando una ramita de cada diez para el pago obligado.

El problema no estriba en prestar atención a las cosas pequeñas. Por el contrario, Jesús de Nazareth tenía una mirada muy particular al respecto, y nada se les escapaba, todo era importante, los detalles hacen al todo. El problema, entonces, comienza cuando se absolutizan esas cosas pequeñas, y se olvida lo verdaderamente importante, la justicia, la misericordia y la fé. 

Se trata de imponer horizontes estrechos, mezquinos, en donde no hay Dios sino prácticas religiosas enmarcadas en una pseudosantidad. Sin embargo, no hay contraposición entre lo cultual y la vida diaria: por el contrario, hay reciprocidad y vigencia de significados. Y cuando hay ruptura, todo se complica y se cierra el corazón a la asombrosa dinámica de la Gracia.

Así contará más la purificación de objetos y manos en desmedro de la clarificación de los corazones, los que verán felizmente a Dios. Así se esconderán, bajo pretexto de piedad, ambiciones y egoísmos, y como dolorosamente podemos observar, el rigor litúrgico observado y jamás ponerse del lado de los pobres, de los pequeños y muy especialmente, del lado de las víctimas. Jamás justificar o defender a los victimarios.

Si no hay misericordia, la Gracia no se ha encarnado en nuestras existencias y lo religioso es una práctica más, por lo general acotada a lo que se hace puertas adentro de los templos, que no de los corazones.

Paz y Bien 
 

Máscaras religiosas




Para el día de hoy (25/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 13-22



Los ayes -mucho más que una crítica declamada- que Jesús de Nazareth expresa acerca de la dirigencia religiosa de su tiempo, escribas y fariseos, es durísima. Más aún, porque el Maestro entendía que no hay verdades a medias, que todo debe decirse con voz clara y sin ambages; pero a su vez, los ayes lo ponen bajo un grave riesgo, pues no es una idea volcada en un ambiente amistoso, sino en el propio rostro estupefacto de esos fariseos y esos escribas. Y como es usual, los poderosos suelen reaccionar con violencia a lo que intuyen una amenaza al poder que detentan.

Sin embargo, la raíz del problema no ha de acotarse a un tiempo histórico determinado -la religión judía en el siglo I de nuestra era- sino que en su tenor veraz se extiende interpelando a todos las autoridades religiosas de todos los tiempos.

Un término sobresale en sus palabras, que son crítica y son también expresión de dolor por esos hombres extraviados que a su vez son causa de tropiezo para muchos: hipocresía, que literalmente significa responder o discurrir con máscaras. Es decir, que bajo una pátina determinada se esconde u oculta otra de signo muy distinto, hasta contrapuesto.

Esas máscaras son máscaras religiosas; son las que prefieren la absolutización de conductas piadosas codificadas prescindiendo del Dios que las inspira. Y el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de amor y perdón.

Pero estos hombres propalan la falsa imagen -en cierto modo, una idolatría- de un dios severo, punitivo, juez y verdugo, que premia a unos pocos y excluye a una gran mayoría. Un dios así aniquila cualquier atisbo de fraternidad, de Reino, de comunidad.
Ellos también se afanan por incrementar el número de súbditos a los que regir, desbordes cuantitativos sin vínculos filiales, sin un Dios que congregue, sin prójimo, sin misericordia. Y de allí que se esfuercen en la casuística cruel del ritual sin corazón, de una pseudo fé templo adentro, de una religiosidad sin conversión, hambrientos de poder, de dinero y bienes, de juramentos vanos, dejando tras de sí una estela densa de corazones sometidos sin esperanza.

Una fé sin el amor y sin la misericordia de Aquél que nos busca con denuedo y sin descanso, no es una fé: es un cúmulo de prácticas religiosas inmanentes en las que la Salvación es otro bien a adquirir y no don, no misterio, no precio terrible pagado para siempre con la sangre de Aquél que nos amó al extremo de ofrecer a su propio Hijo en lugar de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

Atar y desatar, misión de Pedro, misión de la Iglesia



Para el día de hoy (24/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-20



La referencia geográfica es importante: la enseñanza que nos brinda el Evangelio para el día de hoy acontece en las cercanías de Cesarea de Filipos. Nos encontramos al norte de la tierra de Israel, al pié del monte Hermón -alturas del Golán-; es una ciudad con cierta historia, en la que antiguamente podía hallarse un altar del dios Baal de los cananeos, también posteriormente un altar al dios helénico de la naturaleza Pan. En tiempos del rey Herodes el Grande -aproximadamente por el año 20 a.c.-, éste erige un templo imponente en honor al César de Roma, Augusto, siguiendo la costumbre de deificar a los césares con culto propio. A la muerte de Herodes el Grande, uno de sus hijos, Herodes Filipos, renombra a la ciudad con el título de Cesarea de Filipos por dos motivos: primero, honrando desde su posición de vasallo al nuevo emperador Tiberio, y también para diferenciar la ciudad de la otra Cesarea de la costa marina.

La geografía es importante, pero no tanto en la referencia a los mapas o a la historia, sino más bien al trazado cordial: se trata de una geografía espiritual. Se trata de una ciudad en la que se ha honrado a múltiples dioses, se trata de una ciudad definida por la devoción al poderoso de turno, por elevar a la categoría de dios a un dominador imperial, por una subordinación que es ante todo interior antes que política, pues se rinde culto al poder, al que humilla naciones, al que explota y expolia a pueblos enteros.
Precisamente allí, por esos antecedentes tan específicos que parecen tan contrapuestos, sucede una de las confesiones de fé más contundentes, que a su vez -la fé es don y misterio- es fundacional, conmovedora, plena de futuro.

Jesús de Nazareth realiza una misma pregunta en dos direcciones: quiere saber qué piensa las gentes acerca de Su persona, pero más aún, que piensan los suyos, sus amigos, sus discípulos, y en la pregunta hay una afirmación velada que no ha de pasarnos inadvertida. Porque la fé cristiana, ante todo y por sobre todo, no es creer en algo, sino creer en Alguien, es una relación decididamente personal con Cristo.
Lo lógico hubiera sido escuchar -como expresaban muchas de las personas de su tiempo- que el rabbí galileo encarnaba las ansias de liberación de su pueblo, máxime en ese sitio en donde se honra al opresor, y así se lo identifique con un profeta importante o con una tonalidad mesíanica de carácter nacionalista y política.

Aún así, Simón sorprende a todos: él confiesa sin ambages que el Maestro es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esa afirmación no es producto de su esfuerzo racional, no es la consecuencia de una exactitud lógica, sino que es fruto del Espíritu que enciende su mente e inflama su corazón. Esa fé que se atreve a confesar decide una vida nueva para el pescador galileo, y el indicio de la vida nueva se corresponde con un nuevo nombre, Pedro en su forma latina, Cefas en su raíz aramea.

En aquel entonces, el Sumo Sacerdote de Jerusalem era designado con el acuerdo y a instancias de la autoridad imperial romana. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, ese rol tan importante y prestigioso fué ocupado por Caifás. La similitud no es sólo fonética, sino que adquiere la profundidad de un símbolo: Caifás es electo desde el poder por el imperio, y oprimirá a su pueblo desde la Ciudad Santa. Cefas es elegido desde la fé por Cristo, y gobernará a partir del servicio desde la misma ciudad de los césares.

Pedro ha de ser roca para sus hermanos, promontorio firme al que se aferrará la comunidad para no quedar a la deriva en los vaivenes mundanos, fundamento de una Iglesia que no podrá ser derribada porque es Cristo quien edifica, y es la fé la que brinda sustento, fé que es don de Dios y misterio de fraternidad y confianza.
Ciertamente Pedro no es perfecto: cometerá errores, traicionará, será voluble o tal vez se arrogará prerrogativas que no le corresponden: sin embargo, lo que cuenta es la fé que lo reviste y asiste, fé que confiesa y vive.

Desde esa fé tendrá una misión que en nada tendrá que ver la imposición y el ejercicio de poder al estilo del mundo: Pedro y la Iglesia tienen por misión clara atar a la humanidad entre sí, a partir de vínculos espirituales de caridad, vínculos que perduran, y también la de desatar todos los nudos que quitan el aire, que esclavizan, que atan los corazones y doblegan las almas, desde el servicio generoso y desinteresado de aquellos que nada quieren para sí, sino que todo lo hacen por Aquél que los ha llamado primero.

Paz y Bien

Una enseñanza hipócrita




Para el día de hoy (23/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 1-12




En la lectura que nos ofrece la liturgia en este día, es menester destacar algunas cuestiones.
Una de ellas, es que Jesús de Nazareth -manso entre los mansos, infinitamente humilde de corazón- tenía su carácter, y no andaba con floreos a la hora de decir verdades, quizás un Cristo muy distinto de ciertas imágenes melosas, pueriles y, tal vez, inocuas que suelen propalarse por allí y que a veces resultan tan convenientes, pues no incomodan ni interpelan.

Otra de esas cuestiones es su crítica a los dirigentes religiosos, en especial a escribas y fariseos: la dureza de lo que expresa no está motivada en tanto que dirigentes judíos, sino antes bien y especialmente en tanto que maestros y doctores hipócritas, que prescriben una moral al pueblo que ellos no cumplen, obligaciones que se imponen a los otros y que ellos mismos son los primeros en no cumplir, obligaciones tan gravosas que son causa de opresión y pesar para las almas, en especial para los más pequeños.

El Maestro se explaya respecto a la cátedra de Moisés: en la estructura de la sinagoga, es un sitial importante -por lo general, una silla- desde donde la autoridad que interpreta y educa explica la Torah y los Profetas, es decir, enseña las cosas y la voluntad de Dios desde la Sagrada Escritura. Por eso impetra escuchar con atención la Palabra, pues es en verdad lo que es eterno y prevalece siempre, pero a la vez manda a blindar el corazón de toda hipocresía, esas ganas de figurar, esas ansias de prebendas, títulos y jerarquías que no se acotan solamente a la dirigencia judía de su tiempo.

Porque Cristo es Dios entre los hombres, un Dios que se despoja para la Salvación de todas sus hijas e hijos, la humanidad entera, y que desde el misterio de la Encarnación señala el camino, camino de la Gracia, camino del servicio, de la abnegación, diaconía que es liberación, verdad, amor.
Allí comienza la raíz de toda autoridad que se precie de tal. No por lo que se imponga, sino por como se ame y por cómo se sirva a los hermanos, sin reservas, a fuerza cordial de generosidad.

Paz y Bien

María Reina




Ssnta María Reina

Para el día de hoy (22/08/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38



Debe ser en gran medida por los afectos, por cariño, por las ansias que tienen todos los hijos en todas partes de contentar y honrar a su madre. Hemos elevado su imagen en altares altísimos, la hemos engalanado con joyas portentosas, coronas, vestidos celestiales. Pero quizás -más allá que siempre los amores cuentan- en esos modos nos alejamos de de la verdad primordial.

Y la verdad primordial es que María de Nazareth era una muchacha judía muy joven, casi una niña, campesina invisible de una aldea ignota en la Galilea de la periferia sospechosa. Y a través de esa muchachita pequeñísima de corazón enorme, Dios teje una alianza definitiva con toda la humanidad. Y se hace uno más entre nosotros, urdimbre santa de tiempo y eternidad en el seno fecundo de esa mujer, la tierra sin mal de su alma transparente, que recibe, cobija y abriga a la Palabra de Dios, Verbo que se encarna por y para nosotros, Dios del universo en nuestra cotidianeidad.

En la silente humildad de su entrega generosa y confiada se inaugura el tiempo nuevo, el tiempo de todos los asombros, el tiempo que declara la finalización de los imposibles, el tiempo santo de Dios y el hombre, kairós que es ofrenda y bendición que se expande como rocío en el trigal sediento de un mundo que se aferra a campos yertos.

El Dios de María de Nazareth es un Dios magníficamente parcial, deliberadamente inclinado hacia los pequeños, los humildes, los que no cuentan, Dios que levanta a los caídos y libera a los oprimidos, que redime a los cautivos, que interviene con su corazón sagrado en la historia humana para que nadie se pierda, para que haya mesa grande, para que la tierra sea de los mansos, para que todos seamos felices.

Porque cuando la Madre está presente, seguro -sin dudas- allí está el Hijo. Y esa presencia cálida, rostro materno del Dios de la vida, siempre nos está recordando que es menester hacer lo que Jesús nos diga, para que la vida no se nos apague, que no falte el vino de la justicia, y que sea la existencia una fiesta agradecida, con todo y a pesar de todo.

María es Reina de tanto que se parece al Hijo. En la mirada y en el corazón, y el universo entero es distinto por un Sí enorme de una mujer tan sencilla. Porque la Salvación está entre nosotros, porque la Gracia fecunda la tierra.

Paz y Bien


Servidores del gran banquete



Para el día de hoy (21/08/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14





El banquete -ágape- como reunión amplia y amorosa de Dios, es la celebración de los esponsales del Hijo de Dios con la Iglesia, familia inmensa, familia humana con fecundo destino de eternidad.

Sus servidores, en parte a causa de ofensivos e ignominiosos desplantes de los invitados primeros, han sido enviados a todas las encrucijadas de todos los caminos, en todas las esquinas de la vida. Es una noticia estupenda, magnífica, asombrosa. Han de convidar a todos los que encuentren, nadie ha de quedarse sin invitación.

Pero esta misión tiene cierto color que no puede soslayarse: los servidores han de cumplir con riguroso empeño en llevar las invitaciones. Pero carecen de derecho alguno a seleccionar a los invitados: el rotular, clasificar o seleccionar quién participa y quién no lo hará es atribución exclusiva del Rey.

Para los servidores no ha de contar la bondad o maldad, la luz o la oscuridad, la belleza o fealdad de los invitados. Para los servidores lo que verdaderamente ha de contar es la sorprendente e infinita amplitud de la generosidad del Dueño de casa.

Para nosotros, pobres y pequeños servidores, ha de contar precisamente éso. Para nosotros, que cuente solamente la asombrosa Gracia de Dios.

Paz y Bien 

Una inconmensurable generosidad



Para el día de hoy (20/08/14) 

Evangelio según San Mateo 20, 1-16




Las lecturas lineales no son buenas, siempre es necesario ahondar en las profundidades al modo del buscador de tesoros que cava cada vez más profundo y sin desmayos. La literalidad se suele quedar solamente en la letra escrita o impresa e ignora el significado mayor, y es la madre de todos los fundamentalismos excluyentes, exclusivistas y hasta violentos.

Un ejemplo de este postulado es la lectura del Evangelio para el día de hoy. En la superficialidad, es claro que según los razonables parámetros que solemos manejar, esto es, nuestro criterio primero de justicia entendida como equidad, el a cada uno lo suyo. Más aún en el castigado ámbito del trabajo, en donde la humanidad tan a menudo se encuentra mancillada y menoscabada con condiciones brutales, destratos y salarios indignos. Y hablamos de salario en su sentido primordial, o sea, un trozo de sal entregado al jornalero o trabajador -en épocas del Imperio Romano- que por valioso, se entregaba como pago por una tarea específica realizada en un lapso de tiempo determinado, algo tan infrecuente como razonable que implica el mismo pago por la misma tarea.
No está mal, claro que nó, y quiera Dios que el mundo del trabajo y el trabajo en el mundo -único camino para la inclusión y la dignidad- discurra por caminos así de justos.

Sin embargo, la parábola de Jesús de Nazareth no se refiere a ello, sino más bien tiende a acentuar alegóricamente cualquier presupuesto o esquema que podamos graficarnos interiormente acerca de Dios, y de su esencia primordial, el amor. Y de su indescriptible vínculo paternal y maternal para con toda la humanidad, que supera infinitamente cualquier precálculo.

El Dueño de la viña paga muy bien a estos jornaleros; un denario es un salario altísimo para un día de labor. Y no conforme con ello, les paga primero a los últimos en llegar, a los que prácticamente no han hecho ningún esfuerzo, a los que -en esos válidos criterios humanos- no merecen el mismo salario que los que trabajan desde el amanecer.

La parábola habla de justicia, pero de la justicia de Dios que es la misericordia. Es asombrosa, es inconmensurable, es desmedida, es ilógica y no busca méritos, porque el amor de Dios en Cristo es el Reino aquí y ahora entre nosotros, para todos, sin excepción, sin visas, incondicional, generoso al extremo de no buscar nada a cambio, canastas inagotables de pan vivo para que nadie más pase hambre, la Gracia de Dios.

Paz y Bien


Camellos santos



Para el día de hoy (19/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 23-30



A simple vista, parecería que toda la enseñanza del Evangelio para el día de hoy gira alrededor del ascetismo y de la austeridad, de tener sólo lo necesario. O, si se quiere, de cierto tipo de pobrismo, la igualación hacia abajo y mil y una razones dialécticas o ideológicas -es menester volver a meditar en silencio acerca de la Hermana Pobreza que nos brindaba el hermanito de Asís-.

Pero hay una cuestión mucho más profunda y raigal, pues la Buena Noticia no admite medias tintas, tibiezas o matices morigeradores.

Del tener al ser, del desalojar del corazón todo lo que perece y muy especialmente, de renegar de la acumulación del dinero entendido como fin último y nó en su carácter instrumental. El dinero ha adquirido status de ídolo, con su liturgia inmanente y sus sacerdotes ubicuos, carece de bandera o lealtad y en su ara cruel se siguen realizando sacrificios humanos, Porque quien elige al dinero, sacrifica al prójimo, reniega de la prioridad por el hermano.

A su vez, en ese mismo sentido, cierta espiritualidad mercantilista está entrelazada a estas tendencias mundanas; es la que supone la búsqueda constante de favores divinos mediante la acumulación de actos piadosos, la obtención de bendición a cambio de promesas, un dios con minúsculas al que se puede manipular, dios que nos enoja cuando no cumple nuestros caprichos, dios antípoda del Dios Padre y Madre de Jesús de Nazareth, Dios de amor, de la Gracia, de la incondicionalidad, de la generosidad sin límites. Porque la Salvación es don y misterio a la que estamos invitados, y está en nosotros aceptar el convite.

Cuando nos sinceramos y nos revestimos de honestidad, el gravamen de nuestras faltas y de todos los pecados se asoma como insostenible. En nuestra idea de justicia retributiva, nadie está a salvo de un razonable y merecido castigo.
Así, la pregunta de Pedro es la pregunta de la comunidad, de todos nosotros cuando olvidamos al Dios que sale al encuentro del hijo perdido, de la oveja extraviada.

No se trata de méritos, se trata de la Gracia de Dios, por la cual con todo y a pesar de todo y todos, nos volvemos camellos santos que a travesamos las más inverosímiles agujas, pues la puerta permanece abierta por el amor infinito brindado por Cristo en la cruz.

Paz y Bien

Vender todo




Para el día de hoy (18/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 16-22




No puede cuestionarse la honestidad del joven rico que interpela a Jesús, de ninguna manera. Es sincero en sus planteos, y denota un hambre tenaz de plenitud, de volverse completo en humanidad, de trascendencia, de vivir para siempre.
Ha cumplido sobradamente con lo que le han enseñado sus mayores, y practica desde hace siglos su pueblo, que caracteriza su identidad única mediante la relación con su Dios: él ha cumplido con los mandamientos, los ha guardado sin ambages, pero aún intuye que hay algo más. Porque con Cristo hay más, siempre hay más.

Pero ese joven porta un problema y se afirma en un error. Su problema no son sólo los numerosos bienes que posee, sino quizás el pretender que sea más definitorio el tener que el ser. Y a la vez, su error estriba en el postulado inicial, y en el modo en que lo expresa: quiere saber el modo de acceder a la eternidad, y en todo momento habla de sí mismo.

La dinámica asombrosa de la Gracia no se ha afincado en su corazón. Porque la Salvación es, ante todo, don y misterio antes antes que premio o adquisición, acto infinito de amor, de la bondad de Dios. Y siempre está intrínsecamente relacionada a la familia, a la vida en comunidad cuando florece el nosotros, donde es más importante el tú que el yo.

Liquidar los bienes y dar el producto a los pobres es tender con confianza lazos hacia la misma sintonía de Dios. Es hacer espacio en el corazón, para desprenderse con alegría de todo lo que perece, y llenarse de los tesoros definitivos que son la compasión, la misericordia, la solidaridad, corazones capaces de poblarse de hermanos.

Y así, con el alma ligera de tantas cosas gravosas, irse tras los pasos libres del Maestro, hacia campos de plenitud.

Paz y Bien
 

Migajas de pan bueno



Para el día de hoy (17/08/14) 

Evangelio según San Mateo 15, 21-28



La región de Tiro y Sidón, si bien bajo soberanía de Israel, durante siglos fueron objetivo primario de cuanta fuerza enemiga invasora pasara en camino al combate con los ejércitos judíos. Pero además, su situación fué variando con el correr del tiempo, siendo ocupadas militarmente y colonizadas en varias oportunidades por filisteos y por fenicios, todos ellos enemigos acérrimos del Pueblo Elegido.
Ello conllevó a que los judíos más cercanos a Jerusalem y, por lo tanto, al Templo y a la ortodoxia, tendieran sobre los habitantes de esos parajes un manto permanente de sospecha, rótulos de impureza, de extranjería contaminante, de heterodoxia, y preconceptos a menudo cruelmente peyorativos. Entre esas carátulas, estaba la de cananeo, que literalmente significa -además de habitante de Canaan- traficante o mercader menor.

En el episodio que nos ofrece la liturgia en el día de hoy, acontecen algunas transgresiones escandalosas para los estándares de aquel tiempo, que bien pueden trasponerse a nuestros días.
Por un lado, el ímpetu misionero del Maestro que no conoce fronteras, que se atreve a ir abiertamente a todos esos sitios sospechosos y marginales, en donde nada bueno cabe esperarse.
Por otro lado, la actitud de esa mujer: según las normas sociales de la época, ninguna mujer se dirigiría a ningún varón desconocido, menos aún en plena calle, excepto a su esposo o a su hijo. El apartarse de tales conductas implicaba automáticamente que se prejuzgara a una infractora así como una mujer de dudosa moralidad, indecente. De allí la molestia incomodidad de los discípulos, que tienen que soportar las súplicas gritonas y esa actitud de descaro de una mujer que, para colmo de males, es una extranjera, una impura, una extraña absoluta.

Y sorprende bastante, tal vez mucho, pues es dable presumir que la mujer deba insistir en sus gritos un buen trecho. 
Jesús no es un milagrero ni un mago al que se le arrancan intervenciones espectaculares mediante acciones prefijadas, y ya está, como si nada. Es el rostro de un Dios para el que todo es personal, hay que acercarse a las puertas grandes de su corazón sagrado, por la vía cierta de la confianza. No se requiere tal vez exactitud -esa mujer lo llamaba Hijo de David, título impreciso que al Maestro no le gustaba- pero persiste con la tozudez de los que aman.

Ella intuye que ese rabbí galileo ha tendido una mesa inmensa, mucho más grande que la pequeña y exclusiva que muchos de los suyos relativizan. Ella sabe el valor de las migajas, tan valiosas en sí mismas porque provienen del pan bueno, de ese pan que a menudo olvidamos, el pan de la misericordia y la Salvación, el pan vivo bajado del cielo, Cristo, pan que ha de compartirse entre todos y que es alimento verdadero y definitivo.

Paz y Bien

Los preferidos de Dios



Para el día de hoy (16/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 13-15




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los niños tenían una clasificación social cuanto menos complicada. Estaban situados en un escalón similar a los esclavos y a las mujeres, es decir, que carecían de derechos, y a su vez se definían por ser seres incompletos. Y excepto en contadísimas ocasiones, las condiciones en que eran criados no pasaban el tamiz severo de las normas de pureza/impureza vigentes, por lo que si el Maestro les imponía sus manos, Él también se volvería un impuro, un proscrito para la vida religiosa y comunitaria.

A ello se debe, en gran parte, el reproche de los discípulos a las madres de los niños. Pero también otro enojo subyace a la par de la reprensión, y es que esos hombres -prisioneros de sus tradiciones y su cultura- no toleran en las honduras de sus corazones que los niños -tal como esclavos o mujeres- sean parte privilegiada del Reino de Dios que Cristo les inaugura y revela.

A diferencia de esa mentalidad que es tan persistente a través del tiempo, Jesús recibe, abraza y bendice a los niños. Es el signo cierto de la preferencia de Dios por los pequeños, por los que no cuentan, por los indefensos, por los que son capaces de asombrarse, por los que aún mantienen esperanzas indestructibles de mirada transparente.
Y más aún, su reclamo perentorio para que permitan que los niños lleguen a Él es también una toma de posición que no admite medias tintas y que debería también ser el carácter primordial de la comunidad cristiana.
Proteger a los indefensos, hacerse familia de los pequeños, hermanarse con los que no cuentan y muy especialmente, ponerse del lado de las víctimas, jamás buscar justificar a los victimarios.

Porque Dios tiene sus preferidos, a los que pertenece el futuro y desde donde el Reino florece.

Paz y Bien

La Pascua de María de Nazareth


La Asunción de la Virgen María, solemnidad

Para el día de hoy (15/08/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




Es una muchacha judía, casi una niña, que recorre una gran cantidad de kilómetros -Palestina, de norte a sur, de Galilea a Judea-, incluso por rutas peligrosas, con el Hijo de Dios en su seno.

María, portadora de la Salvación.

Ella llega al hogar de Zacarías e Isabel, y se desatan la alegría y el entusiasmo adormecidos. Cada vez que nos encontramos y somos capaces de conocernos y reconocer en el otro la presencia del Altísimo, todo se transforma.

María, causa de nuestra alegría.

María es consuelo, es ternura, es presencia, es servicio pero también nos cuestiona. Bendita entre todas las mujeres, nos revela el rostro materno de Dios y nos pregunta, en silencio, si también portamos en nuestros corazones la alegría del Salvador. Si somos capaces de permitir/nos que el Espíritu nos vuelva fecundos. Si nos atrevemos a descubrir el paso salvador del Dios liberador en nuestras existencias.

Feliz por creer. La fé es don y misterio, y es realidad transformada, de la felicidad definitiva que se expresa en la alegría que somos capaces de compartir.

María descubre la acción redentora de Dios en su pueblo y en todos los pueblos, Dios que libera, Dios de todas las esperanzas para los pequeños, para los cautivos, para los oprimidos, Dios inclinado a los que ya no pueden más, Dios que sostiene, restaura y levanta a los caídos, Dios al que hay que celebrar cantando las maravillas de su magnífica mirada bondadosa.

Ella nos precede en la plenitud. Su Pascua es anticipo de plenitud para toda la humanidad que se anima a creer, a amar, a reconocerse pequeños y amados por Dios.

María de Nazareth, madre, hermana y discípula, compañera de nuestras caídas, guardiana de nuestros afectos, protectora de nuestras esperanzas, socorro perpetuo de nuestros esfuerzos misioneros para que toda noticia sea buena y sea nueva.

Paz y Bien



Recalculando la misericordia




San Maximiliano María Kolbe, mártir

Para el día de hoy (14/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1



El diálogo entre el Maestro y Pedro entraña una profunda enseñanza, pues siempre hay algo más que saber y conocer, y el mejor modo es dialógico en donde la escucha sea atenta y se deje de lado esa pasión por los monólogos sordos que suelen gustarnos.
Curiosamente, parece que la iniciativa está hoy en manos de Pedro; en realidad, la cuidadosa pregunta del pescador galileo es consecuencia del ministerio y de las enseñanzas de Jesús acerca del rostro misericordioso de Dios y de ese perdón restaurador y re-creador que ha de nutrir la vida de la comunidad.

Pedro realiza una reflexión delicada y meticulosa acerca del tema en cuestión, y además se muestra en extremo generoso. Su cultura y sus tradiciones le indican que el perdón debido al ofensor debe acotarse a tres oportunidades, y sin embargo Pedro lo extiende a siete, número simbólico de la perfección, de la divinidad. Y el Maestro le responde que, en realidad, no debe perdonar siete veces sino setenta veces siete.
No es un recálculo meritorio, sino más bien ha de interpretarse como setenta veces siempre.

Porque el error primordial de Pedro no radica en la aritmética que busca perfeccionar, sino en pensar que el perdón -aún cuando en la postura del pescador sea amplio y generoso- deba limitarse.

Es el tiempo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo de desproporciones milagrosas. Pues la justicia de Dios se expresa en su misericordia: si todo se quedara en un plano retributivo, hace un buen rato que estaríamos justamente purgando las penas que lógicamente nos corresponden, sin atenuantes. Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es juez ni verdugo, es un Padre y una Madre que ama sin límites y supera cualquier extremo imaginado. 
El perdón de Dios es la rama del olivo de la paz ofrecida contínuamente, incondicionalmente, que nos levanta, nos hace nuevos, nos recrea en humanidad. El principio misericordia sostiene al universo.

Así, descubriéndonos perdonados -salvados- no podemos limitar el perdón. Siempre habrá una desproporción, una deuda impagable como una fortuna de diez mil talentos: ni en varias vidas seríamos capaces de pagar. Y por ello mismo, astillas del mismo árbol frutal, no podemos ser menos.

El perdón nos re-úne, nos re-crea, nos re-liga, nos hace mejores, más humanos, más santos, aún cuando a menudo se nos haga cuasi imposible por la gravedad de las ofensas que se confieren. Cuando dejamos espacio al rencor y a la violencia en cambio de buscar, a riesgos de la propia vida, ese perdón liberador, nos condenamos de modo flagrante, sin necesidad de pasar por ningún tribunal, pues rechazamos en la existencia ese perdón infinito por el que Cristo ha dado su vida, su sangre en la cruz ofrecida sin límites ni condiciones.

Paz y Bien  


Ámbito de perdón y reconciliación



Para el día de hoy (13/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20





Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

La otra grandeza



Para el día de hoy (12/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14



Los discípulos no podían abandonar su hambre mundano de poder y preeminencia. Y eso, a su vez, estaba profundamente entrelazado con su idea de un Mesías glorioso y vencedor de sus enemigos, que gobernaría Israel mediante la fuerza y a través de imponentes victorias militares por sobre sus enemigos.
Aún cuando siguieran por los caminos al Maestro, aún cuando lo amaran y trataran de seguir sus enseñanzas, persistía en ellos esa idea de grandeza, de preponderancia de unos por sobre otros, de una verticalidad que se decide por los rótulos y nó por lo que se hace, y es precisamente el motivo de la pregunta a Jesús acerca de quién es el mayor en el Reino de los cielos.

Y es dable suponer el estupor y el asombro de esos hombres cuando Jesús, como respuesta, pone a un niño en el medio de la reunión, como centro de la reunión, y asevera que quien no se hace como un niño, no entrará en el Reino de los cielos. Así de terminante, así de taxativo, sin medias tintas y sin ambigüedades: o hacerse como niños o no ser parte del Reino, de las cosas de Dios, de la eternidad, de la trascendencia.

Es menester aquí señalar dos cuestiones fundamentales.
Por un lado, en la Palestina del siglo I, los esclavos, las mujeres y los niños no tienen relevancia ni derechos, son débiles, carecen de poder y son en todo dependientes de los demás. Un niño solamente cuenta por sus padres, jamás por sí mismo, y a esos hombres jamás se les habría ocurrido poner a una criatura como ejemplo de esa vida nueva propuesta por el Maestro.
Por otro lado, el hacerse niño no implica una regresión a edades tempranas ni una vindicación banal de la ingenuidad.

Hacerse niño es decidirse por la otra grandeza, la grandeza del Reino, la grandeza de Cristo que es la de un Dios que se despoja de todo para asumir a pura bondad la condición humana. Es recuperar la capacidad de asombro. Es poner en el centro de todos los afanes a los más débiles, a los que no cuentan, a los que para el mundo son insignificantes. Es aferrarse a ese Dios que es Padre y es Madre. Es la abnegación, es decir, anteponer el bien del prójimo por ante cualquier interés individual.

Es la locura de salir en busca de la oveja perdida, en la santa ilógica de que todos cuentan, que todos, a los ojos de Dios, son y somos importantísimos, y que vale la pena jugarse la vida en esos riesgos magníficos.

Paz y Bien

Monedas de paciencia



Santa Clara, memorial

Para el día de hoy (11/08/14) 

Evangelio según San Mateo 17, 22-27



Jesús de Nazareth debía tener, indudablemente, miríadas de paciencia. Frente a un nuevo anuncio de la Pasión que afrontaría en libertad, fidelidad y obediencia, los discípulos se entristecen. Después de tanto andar con Él por caminos misioneros, aún se aferraban a esas imágenes viejas de un Mesías glorioso, de victoria impuesta, de poder detentado. Quizás su tristeza se deba, precisamente, a que todas sus ansias individuales se truncaban de antemano, y en menor medida a los sufrimientos que su amigo debía tolerar en breve; más ninguno de ellos atinaba a comprender que los caminos de Salvación, los senderos de Dios son bien diferentes de los nuestros, de los que solemos elegir.

Ellos, caminando por Galilea, llegan a Cafarnaúm: allí les sale al paso uno de los recaudadores de tributos del Templo, requiriendo el pago de estilo, la tasa usual. Ésta se había instaurado al regreso del exilio babilónico, de tal modo que todo varón judío había de pagar dos dracmas -una de las tantas monedas vigentes, de origen griego- para el sostenimiento del culto en el Templo de Jerusalem y de los sacerdotes. Ello aplicaba no sólo a los judíos de Tierra Santa sino también a los de la Diáspora, y en muchos casos era mirado con cierto rencor, pues muchos de los obligados a duros esfuerzos lograban apenas el sustento diario. Sin embargo, y a pesar de no ser un tributo provincial del Imperio Romano, nadie se atrevía a discutirlo ni a evadirlo pues significaba una rebeldía flagrante contra la institucionalidad de la fé de Israel.

Pero todo lo que enseñanza el Maestro parecía ir en una dirección contraria; es que en realidad, la santidad se desplaza, en el tiempo de la Gracia, desde una imponente construcción de piedra hacia una persona -templo vivo-, Jesús de Nazareth. En este vínculo nuevo no hay duras imposiciones, sino lazos filiales que hacen nuevas todas las cosas. 
Jesús de Nazareth es, de tan obediente, libérrimo. Nada puede atarlo desde fuera, desde lo impuesto; antes bien, Él voluntariamente se rebaja y pone a disposición de los demás en la entera libertad del amor.

La exigencia del recaudador de impuestos abre una encrucijada: si el Maestro no paga, es un rebelde y un apóstata de las tradiciones de su pueblo. Pero si paga, contradice todas sus enseñanzas al modo de escribas y fariseos, hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago.
Pedro es temeroso de cualquier ruptura, y se apresura a confirmar el pago.
Pero Jesús no es un provocador inútil ni un generador banal de escándalos, que habitualmente hacen bulla pero nada cambian. Y Pedro y los discípulos -todos nosotros- somos libres porque este Cristo nos ha liberado, porque ha pagado todo tributo vinculante con la eternidad al costo infinito de su misma vida, de su sangre ofrecida.

El pez con el dracma en la boca quizás sea un símbolo de humor velado, de no dar demasiada relevancia a lo que no lo tiene. Pero también, que sí es importante contribuir a uno de los bienes sociales más importantes, la paz, la concordia. Y a ese tesoro sólo se lo engrosa mediante aportes pacientes.

Como Pedro, pescador galileo y pescador de hombres, nosotros también hemos de hallar en nuestra cotidianeidad monedas de paciencia y libertad para el bien común, con la libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Ligeros, sobre los mares encrespados



Para el día de hoy (10/08/14) 

Evangelio según San Mateo 14, 22-33



El Maestro había, por fin, logrado quedarse a solas para orar, de un modo tan intenso y especial que sólo encontraremos frente a la inminencia de la Pasión, su oración en el huerto de los Olivos. Es que el Bautista había sido asesinado, y Herodes Antipas estaba enfocando todos sus sentidos en el rabbí galileo: era una situación combinada de tristeza por el homicidio de un inocente tan cercano, por la certeza del su vocación y por el peligro inminente que se cernía ominoso a su alrededor. El único modo de mantenerse firme en ocasiones así es la unión con Dios a través de la oración.

Pero las ansias de plegaria, de comunión con su Padre de Jesús se vieron truncadas por la necesidad urgente de la multitud hambrienta y a la deriva, el signo preciso de que Dios se desvive por nuestro bien.

Los discípulos reciben la instrucción del Señor de embarcarse hacia la otra orilla, pues la Buena Noticia jamás debe replegarse a fronteras geográficas, sociales, culturales ni, mucho menos, espirituales. 
Pero a ellos los sorprende la tormenta, y siguiendo ese orden de ideas, están sometidos a los vaivenes violentos de esa aguas enfurecidas. Más el peligroso trajín es a causa de haber hecho exactamente lo que Jesús les había dicho, y es la barca-Iglesia sorteando los embates de un mundo que se pone bravo cuando permanece fiel a la Palabra.

Pero esos pescadores en esa misma barca, cuando crece el miedo y decrece la confianza, tornan turbias sus miradas. No hay nada que vuelva más opaco el entendimiento y el corazón que el miedo, y es por ello que cuando Cristo se acerca sobre la tempestad en su auxilio, ellos creen ver a un fantasma, y es la Iglesia que imagina personajes diversos porque ignora a la persona real y presente del Señor.

Pedro, con cierto tono de exigencia, requiere un signo, una prueba, un milagro, renegando del milagro de estar vivo, olvidando la asombrosa persistencia de ese Cristo que nunca nos abandona.  
Y Pedro se hunde.
Está sobrecargado de soberbia, pesado de desconfianza, gravoso de orgullo banal. Por creer en sí mismo antes que en Cristo vá hacia abajo, y le renace el miedo cuando debe enfrentar la realidad en la soledad de sus limitaciones.

Somos así, a menudo demasiado pesados y nos hundimos, con taras cordiales que no admiten el vuelo libre del Espíritu alma adentro. Pero nuestra vocación es la de andar ligeros, por sobre todo mar encrespado, pero muy especialmente vivir, vivir plenamente y no solo sobrevivir apenas y a penas.
Sólo hay que ser capaces de confiar, que Dios no permitirá -contra toda terrible tempestad- que la barca de la Iglesia naufrague, y que siempre la mano de Cristo está y estará allí para sostenernos.

Paz y Bien 

El límite de los imposibles




Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, mártir

Para el día de hoy (09/08/14) 

Evangelio según San Mateo 17, 14-20




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las enfermedades mentales y las patologías neurológicas, como en el caso del Evangelio para el día de hoy la epilepsia, eran consideradas como producto de la injerencia directa o de la acción de espíritus demoníacos. Por tanto, cada enfermo y sus familias necesariamente estaban condenados al sufrimiento propio de su enfermedad y al ostracismo y la condena social.
A ello debía añadirse una cuestión no menor: según los preceptos legales-religiosos que se encontraban vigentes por aquel entonces, toda enfermedad era consecuencia del pecado propio o de los padres, castigo divino adecuado por ignotas culpas. Por tanto, el enfermo devenía en impuro, es decir, en incapaz e inhábil de participar en la vida religiosa y comunitaria, impureza que se contagiaba y transmitía a aquellos que se estaban en contacto con el impuro primario.

Así entonces veremos en varias oportunidades al Maestro retirarse de las ciudades a la soledad: ello no es únicamente por una necesidad de silencio y oración, sino que sucedía a continuación de algún signo de sanación. A Él no le importaban las consecuencias que debía soportar por sanar a tantos, por rebelarse contra esas rígidas normas que desbordaban de inhumanidad y poco o nada tenían que ver con el Dios que Él bien conocía y revelaba, el Dios Abbá de nuestra Salvación.

Pero los milagros no son solamente intervenciones espectaculares de Dios en la historia mientras el hombre observa como un mero espectador pasivo. La Encarnación inaugura el kairós, tiempo santo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, y los milagros acontecen cuando se conjuga el amor y la bondad de Dios con la fé del hombre.

El padre de ese niño, con seguridad, sufría por partida múltiple. Sufría como sufren los papás y las mamás que viven por y para sus hijos, y que no se quedan de brazos cruzados aún cuando todo le diga que no, que hay que aceptar y resignarse frente al dolor. Pero sufría también la portación de ese estigma que su hijo ni nadie debe portar ni merecer, estigma de impureza o de cualquier clase o categoría. Por eso frente a esos discípulos limitados y vacilantes que no pueden hacer nada por su niño, acude al mismo Cristo en busca de auxilio. Quizás sea un hombre sin formación, con muchos conceptos erróneos o deficientes; pero porta lo más importante, que es confiar, confiar en la persona de Jesús de Nazareth, porque sabe en su corazón que será escuchado, que Él todo lo puede, y más aún, nada pide para sí mismo, es un padre que ama y sufre y suplica por su hijo.

Y el enojo y la reprimenda del Maestro nos pueden sorprender por su fuego, por su apasionamiento. Llama a sus discípulos -y a muchos de los presentes- generación perversa e infiel, y estos términos no han de ser leídos en una perspectiva peyorativa social, sino espiritual: es una generación per-versa la que no es con-versa, la que no se atreve a creer, porque todo está allí, al alcance de cada corazón.
La comparación que les sugiere a los suyos no es, como una lectura ligera indicaría, entre la fé de los discípulos y Él mismo. Ellos deben dirigir sus miradas a ese hombre, a ese padre que cree y que merced a esa confianza obtendrá, a pura caridad, la salud/salvación de su hijo.

Porque el límite de los imposibles se corre y desdibuja cuando la humanidad, cada uno de nosotros, se atreve a creer y confiar.

Paz y Bien

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