La gran red de la inclusión



San Ignacio de Loyola, memorial

Para el día de hoy (31/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 47-53



Seguramente, muchos de los oyentes de Jesús de Nazareth en aquella ocasión de su enseñanza -que hoy nos presenta y ofrece la liturgia- asentían en silencio confiado, pues varios de ellos eran pescadores de oficio en el Mar de Galilea, aguas que brindaban sustento a ellos y a sus familias y que a su vez imprimían una dinámica económica importante a toda la zona.

Es que ellos sabían bien de qué se trataba la cuestión: estaban habituados -y la experiencia vital y cotidiana es de los mejores aprendizajes- a navegar en paralelo dos barcas que, entre sí, arrastraran una red que barría las profundidades y que recogía toda clase de peces, máxime la variada fauna ictícola que por aquel entonces bullía en esas aguas. Y ellos conocían bien que había que esforzarse en recoger todos los peces que les fuera posible: sólo al final del día, concluida la pesca, se realizaba una clasificación de los peces entre los que son comestibles, alimento y aquellos que no, que de nada sirven, que devienen inútiles.

La clave está en la red: esa red es bien amplia, amplísima, de tal modo que a ningún pez discrimina según su apariencia, su tamaño o su presunta utilidad. La red no iguala hacia abajo, pues en ella hay peces variopintos, a menudo muy distintos, pero todos ellos peces al fin. Todos y cada uno, del más pequeño al más grande cuentan, y recién al final, cuando sea el tiempo de la colecta, de la cosecha, al fin del día, de los tiempos, será el tiempo en que quedarán los peces que en verdad valen la pena que permanezcan.

Nuestro destino y vocación es como el de esos pescadores, pero pescadores de hombres. Se trata de mantener a todos los peces posibles con vida, en redes de inclusión que a nadie discriminen ni excluyan aún cuando todo indique lo contrario. Son redes católicas en el sentido literal y espiritual del término, es decir, redes universales de vida que se amplían y agrandan hasta límites asombrosos sin jamás romperse.
Pero es imperativo que ningún pez quede fuera.

A estas vasijas de barro que somos se les ha confiado un tesoro infinito, la Gracia de Dios, luz de los tiempos que revela en toda la historia el paso salvador de Dios por toda existencia.

Paz y Bien


El descubrimiento mayor


Para el día de hoy (30/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-46




Como al labriego en el campo, como al mercader de perlas, cuando se descubre algo tan valioso todo pasa a un segundo plano. Es decir, que vale la pena dejar todo atrás -venderlo todo- por ese tesoro encontrado.

Pero hay un distingo tanto en el hombre del campo y en el comerciante citadino, y es la alegría, una alegría que perdura y no mengua y que es producto primordial de ese encuentro decisivo.

En ese encuentro prima el asombro, que no el estupor. Un asombro que moviliza, que ilumina la mirada, que transforma la totalidad de la vida. Ya nada será lo mismo, lo pasado será historia y en un presente riquísimo se gesta silencioso un futuro a pura esperanza.

A las personas a las que les ha sucedido ese descubrimiento mayor se les nota en la mirada, en las palabras y en los silencios, en los gestos, en todo lo que hacen. Es gente que merced a ese crisol se vuelve, a su vez, un tesoro valioso para los demás, pues ante todo saben, conocen y ponderan desde las profundidades de su corazón el valor incalculable del prójimo.

Porque el tesoro es el Reino que se encuentra en el quehacer cotidiano, porque la perla más fina es descubrir la Gracia de Dios, el paso salvador de Dios por la historia de nuestras existencias.

Paz y Bien

Santa Marta de Betania




Santa Marta, memorial

Para el día de hoy (29/07/14) 

Evangelio según San Juan 11, 19-27



La pérdida de un ser querido a veces es incomprensible, excede por lejos cualquier intento de racionalización pues involucra al co-razón. Dolor y estupor. Los hermanos Marta, María y Lázaro conformaban una familia con raíces profundas, y en su casa de Betania el Maestro se sentía a sus anchas, como en hogar propio; quizás no haya una imagen mejor de la Iglesia, el ámbito familiar en donde Cristo se encuentra a gusto.

Pero no podemos perder de vista que el duelo por el fallecimiento de Lázaro sucede en Betania, y Betania se encontraba en plena Judea, a escasa distancia de la Jerusalem que espera, en tinieblas, que Jesús de Nazareth se haga presente para darle muerte, silenciarlo, suprimirlo. Pero el amor de Dios siempre prevalece más allá de toda previsión y de toda prudencia, y Jesús se llega allí sin vacilaciones aún a riesgo de perder la vida, condenado a muerte por hombres tenebrosos de brazo largo.

No hay mayor amor que dar la vida por los amigos, ratifica el Señor con su presencia. Porque Cristo dá su vida por los demás y dá vida. Dar la vida y dar vida.

Marta, de las hermanas, es la que se afanaba en el servicio y en las múltiples ocupaciones, quizás perdiendo de vista lo más importante. Pasional y proactiva, aún en medio del dolor sale al encuentro de ese Cristo que comparte sus lágrimas. En su dolor, le reclama al Maestro por el hermano muerto, pero no hay recriminación, hay amor y hay certeza cordial.
Marta sostiene la antigua creencia de una resurrección postrera, pero también una fé incoercible en su amigo entrañable, Jesús, el que llora con ella y con María. Precisamente, por esa confianza hará una confesión de fé arrolladora, categórica, la que se magnifica por el ambiente que conjuga dolor y peligro pero, por sobre todo, porque es una mujer quien la profesa.

Porque la fé no es la aceptación o adhesión a una idea o a una doctrina, sino la solidez de la unión y la confianza que se tiene en Cristo, Salvador del mundo y de nuestras vidas. Porque la Resurrección no es tema exclusivo de un futuro post mortem, sino que acontece aquí y ahora como la Salvación, presente perpetuo y eterno en la persona de Jesús el Señor.

Marta es modelo de fé que no puede estar escindida de los afectos, de seguir confiando a pesar de que todo indique lo contrario, de que Cristo supera todos los imposibles, de que toda lágrima ha de borrarse si Él se hace presente.

Paz y Bien

Desde lo pequeño y lo insignificante



Para el día de hoy (28/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 31-35



Seguramente, el Maestro siendo niño lo observaba con sus ojos asombrados, veía a su madre y a las mujeres de su pequeño pueblo amasar el pan, una medida de harina y una pizca de levadura que hacía maravillas, algo tan insignificante que todo lo transformaba.
Y como hijo de su pueblo, también conocía bien la vegetación circundante: así una pequeña semilla de mostaza que se pierde entre los dedos, se convierte con una fuerza escondida en un arbusto alto y frondoso.

Así, a partir de lo cotidiano Jesús revela y enseña las verdades del Reino. Desde el mismo comienzo de su ministerio suscitó controversias y rechazos, pues el acento no está puesto en los rituales formales vinculados al templo, sino que enseña y re-liga la eternidad con el tiempo humano a partir de la cotidianeidad. Y para severas almas estrechas, incapaces de lo nuevo, ello es peligrosamente secular; para colmo de males, se trata de un galileo, es decir, de un judío de segunda categoría. Y para esos orgullosos fariseos jerosolimitanos, de Galilea no ha de salir nada bueno ni nuevo.

Con todo y a pesar de todo, desde lo pequeño y lo insignificante se edifica la vida nueva, el Reino de Dios presente aquí y ahora, al alcance de todo corazón.
Reconozcamos que estamos demasiado aferrados a lo ampuloso, a lo masivo, al poder detentado. Pero ello nada tiene que ver con la Buena Noticia.

El Reino crece, humilde y silencioso, con una fuerza insospechada, con la tenacidad que sólo conocen los que aman hasta las últimas consecuencias.
Más aún, cuando todo se ensombrece, cuando los desprecios y los descartes nos ponen límites espúreos a nuestros horizontes -gravosas situaciones impuestas pero también generadas por nuestras propias miserias- nuestra esperanza se funda y re-crea en la perenne compañía del Señor y en la certeza de que podrán haber tormentas de oscuridad, pero el Reino sigue creciendo, empuje santo que todo lo transforma, que nos crece, que nos fermenta y nos compromete honorablemente desde la bondad.

Paz y Bien

El tesoro, la perla, la red, el Reino aquí y ahora




Para el día de hoy (27/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-52



Un análisis superficial razonablemente nos conduce a meditar por separado cada una de las parábolas de Jesús de Nazareth que la liturgia de este domingo nos ofrece. Ello así pues, en apariencia, varían fundamentalmente las actitudes, la proactividad, la finalidad.

Por un lado observamos al hombre en el campo: muy probablemente se trate de un jornalero que se esfuerza en campo ajeno. 
Era tenida por habitual en el siglo I -en parte por los constantes conflictos bélicos, en parte por los gravosos tributos impuestos por el Imperio- ocultar dinero u objetos de valor dentro de vasijas de barro y, a su vez, éstas enterrarlas en sitios predeterminados. Así, es muy probable que nuestro labriego se encontrase con uno de estos tesoros y que nuevamente lo esconda para no perderlo, hasta el momento en que pudo hacerse de valores suficientes para adquirir dicha parcela y ser en plenitud dueño de ese tesoro. Hablamos de un campesino, de alguien que vive con lo justo y, a vece, con menos que eso, por lo que también es dable suponer que adquirir ese terreno le ha llevado un ingente esfuerzo y una buena cantidad de tiempo.

Por otro lado, observamos también al mercader de perlas. Es muy distinto al jornalero, pues éste sólo hace su labor para ganar el sustento, no anda en busca de nada en particular. El mercader es un buscador profesional de gemas valiosas, habituado a comerciar con ellas, es decir, a comprar sus adquisiciones a un precio determinado y luego a revenderlas a un valor mayor; así, tan obviamente, edifica su fortuna. Más como buscador experto, un día encuentra una perla única y en su experticia sabe que vale la pena poner toda su fortuna para poseer esa gema incomparable. El hombre es calculador y sigue razonando en términos de valor y riqueza, y por eso mismo juega su riqueza en pos de la perla encontrada.

Sin embargo y en apariencia, la red es disímil a las dos parábolas anteriores, toda vez que asoma sin protagonistas puntuales, pues los pescadores -desde una perspectiva literaria- son actores secundarios que intervienen al tiempo de la colecta de la pesca. Lo que cuenta aquí es que es una red amplísima que todo lo recoge, peces buenos y peces malos; extrañamente, esta red opone a su extraordinaria eficacia -nada se le escapa- una cierta falla al recoger pesca estéril, pescados inútiles. Sin embargo, cuenta porque la separación acontecerá al final; en el mientras tanto la red barre el mar para que todos los peces, buenos y malos, permanezcan vivos.

Hasta aquí una comparación pobremente somera. Lo que en verdad prevalece en los tres ejemplos, en las tres enseñanzas, es el absoluto que subyace. Para el jornalero como para el mercader, se trata de transformar sus existencias, tan distintas entre sí, al encontrarse con un valor único que les otorga un sentido nuevo y por ello una ética, una praxis que se orienta a ese horizonte que irrumpe en sus días. En la parábola de la red, el absoluto amanece en todo lo que no ha de eliminarse. Tenaz y taxativamente, la red a nada ni nadie descarta, imagen del Dios de Jesús de Nazareth que aún no hemos terminado de aceptar.

Porque el Reino acontece aquí y ahora, en nuestra cotidianeidad. A todos se ofrece, por todos -justos e injustos, santos y pecadores- se deja encontrar como un valor que no perece y que todo lo transforma. En una cercanía metafórica, diremos que está tan cerca que así, está al alcance de cada corazón.

Por eso corazones renovados nada descartan de antemano, porque en cada persona, en cada acontecer, en cada instante pueden descubrirse resplandores valiosos, viejos y nuevos, por los que vale la pena abandonarlo todo, hacer historia y pasado para que el presente cambie y para que germine fuerte y pujante un futuro frutal.

Paz y Bien

La paciencia necesaria




Para el día de hoy (26/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 24-30





Jesús de Nazareth tenía por oyentes habituales a sus discípulos -varios de ellos pescadores del mar de Galilea- y a una gran multitud que se componía, en su gran mayoría, de campesinos y jornaleros, toda vez que la economía judía del siglo I era predominantemente agrícola. Es por ello que los que le escuchaban -incluidos también escribas, fariseos y herodianos- sabían bien de qué hablaba cuando les ofrecía sus parábolas, pues las parábolas son propuestas, ventanas que se abren hacia otra dimensión insospechada que es el Reino de Dios aquí y ahora, la eternidad entretejida en la cotidianeidad. 

Nosotros quizás hemos perdido esa capacidad de diálogo con las mujeres y los hombres de hoy, anunciar Buenas Noticias a partir de las cosas que le suceden a diario, y así nos perdemos en declamaciones puras y estériles, en abstracciones sin sentido.

En ese orden de ideas, el Maestro plantea la parábola de la cizaña, que con mayor precisión debería llamarse, tal vez, parábola de la cosecha.

La cizaña es una gramínea muy similar a la planta de trigo, y crece con regularidad en las zonas en donde el trigo se siembra. El crecimiento de ambos es simultáneo, y es harto difícil discriminar entre la buena planta de trigo de la mala cizaña, de tan parecidas que son. Pero esa similitud -esas gentes lo sabían con toda certeza- no exime a la cizaña de ser una maleza, que puede conferir una naturaleza tóxica a las espigas de trigo por un hongo que suele incubar en sus propias espigas; pero también, esa cizaña hará que la harina producto de ese trigo contaminado se vuelva ácida y amarga, y por lo tanto, cualquier pan amasado con ella tornará incomible, más veneno que alimento.

Sin embargo, hay un problema: la cizaña es tan idéntica al trigo, que la pretensión de arrancarla de raíz implica arrancar también el tallo de trigo, y así dejarlo morir. La solución estará en el tiempo de la cosecha, tiempo de separar malezas inútiles y malsanas del trigo noble, que tiene destino de pan que alimenta y se comparte.

Toda la humanidad, y no sólo los cristianos, tenemos destino de pan, destino frutal, destino de plenitud que se mide por esos frutos prodigados. Pero también todos tenemos las ansias de volvernos purificadores fulminantes de toda cizaña, sin reconocer tal vez que portamos buena cantidad de ella en nuestros corazones.
Por eso el aguardar a la cosecha implica paciencia, mucha paciencia, más no tolerancia ingenua o prudencia falaz que esconde cobardía. Hay cosas que no pueden ni deben tolerarse, de ninguna manera. Pero -literal y figuradamente- a través de la historia nos empecinamos en arrojar al fuego a demasiados cizañeros, todos nosotros expertos en descubrir briznas en miradas ajenas pero negadores empecinados en las vigas propias.

Porque el campo -la humanidad toda- no nos pertenece, y hemos de ser pequeños y felices labriegos. El Dueño del campo es el que decide el cuando y el cómo de la cosecha, e invariablemente, a pesar de todo y de todos, aún con toda una miríada de señales ansiosas, el destino de pan santo se ha de cumplir, y allí se enraiza orgullosamente humilde este tallo de trigo que es nuestra existencia.

Paz y Bien


El cáliz de Santiago



Santiago Apóstol, patrono de España, patrono de Bilbao

Para el día de hoy (25/07/14) 

Evangelio según San Mateo 20, 20-28


El episodio sucedido con la madre de los hijos de Zebedeo -nótese el desmedro de la mujer, son hijos de Zebedeo antes que de ella- revela un gran problema enraizado en los corazones de todos los discípulos, mucho más que las ansias, erradas o nó, de prosperidad de una madre para con sus hijos. Por eso mismo el tenor y el tono de la respuesta de Jesús será mucho más leve y comprensivo para con ella que para con el resto; al fin y al cabo, se trata de una madre que se preocupa por el futuro de sus hijos, Santiago y Juan, conocidos también como boanerges o hijos del trueno por sus caracteres usualmente bravos y encendidos.

Pero también el requerimiento de esa madre esconde una gran incomprensión de la misión de Cristo, del misterio del Reino y de la perdurabilidad de ciertos esquemas viejos a los que no permiten que sean pasado. Porque tanto Santiago como Juan y todos los demás imaginan a un Mesías glorioso y reinante, vindicante de su pueblo que aplasta a sus enemigos y que gobernará como monarca y caudillo real la tierra que Dios concedió a sus mayores.
Los otros diez discípulos se enfurecen de indignación, más no por el pedido inusual: ellos piensan del mismo modo. En realidad, están enojados porque esos dos hijos de Zebedeo se les han adelantado.

Santiago y Juan, Juan y Santiago -con mucha ligereza- se declaran aptos y seguros a la hora de confirmar que beberán el mismo cáliz de Cristo. Sin embargo, ellos siguen pensando en esas categorías mundanas de poder e imposición.
Pero el cáliz de Cristo contiene el vino bueno, nuevo y santo del Reino, vino de la vida ofrecida generosamente, vino del servicio, vino de la fraternidad, vino de la abnegación, vino del hacerse último para estar en el mismo sitio y con el mismo corazón de aquellos a los que nadie quiere, a los que nadie escucha, a los últimos entre los últimos.

Santiago finalmente, por su unión a Cristo y una amistad entrañable será un misionero tenaz y un fiel testigo de la Buena Noticia, y así su cáliz será el del Señor, amor hasta las últimas consecuencias, vida que se hace bendición para los demás.

Que Santiago el Apóstol ruegue e interceda siempre por España, y que su pueblo prospere en paz y en justicia.

Paz y Bien


Parábolas, enseñanza, invitación y desafío



Para el día de hoy (24/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 10-17



La distancia entre la infinitud de Dios y nuestras mínimas existencias es abismal. Dios es el Totalmente Otro, y nuestro lenguaje siempre será insuficiente para hablar acerca de Él: más aún, la verdad es que aún la meditación más profunda no puede expresar con precisión esas verdades divinas en lenguajes humanos. En cierto modo, somos mudos absolutos, inhábiles perpetuos cuando hablamos de Dios.

Pero ese abismo ha sido salvado por la irrupción en la historia de Cristo, Dios hecho hombre, puente bondadoso tendido a la humanidad, sacerdote cordial de nuestra redención. Dios se hace Palabra para que la humanidad encuentre el habla, el Verbo acampa entre nosotros.

Como niños pequeños, el aprendizaje del habla es progresivo, gradual. Se comienza por términos que apenas se balbucean con gracia -y con la Gracia-, vocablos que hablan de papá y mamá, del Dios de Jesús y María de Nazareth.
Por medio de las parábolas, Jesús abre las ventanas del alma a los misterios de ese Dios que se revela al hombre, y esas parábolas se nutren de lo cotidiano, pues es en el día a día en donde encontramos la esencia divina, el amor de Dios comunicado.

Pero esas parábolas, además de enseñanza, son también una invitación y un desafío.
Invitación a sumergirse en las profundidades de esa bondad que se nos ofrece a pura gratuidad. Desafío a abandonar cerrazones y oscuridades, pues está en nosotros cruzar ese puente sin peajes. El sol no puede ocultarse, sólo podemos escondernos de su reflejo.

Paz y Bien

De vid y poda



Para el día de hoy (23/07/14) 

Evangelio según San Juan 15, 1-8



La vid es una constante en los cultivos de una cultura que por siglos fué campesina y rural, y de ese modo no es aventurado afirmar que de esa cultura/cultivo, sabios y profetas la hayan utilizado como alegoría o metáfora para hablar y enseñar las cosas de Dios. Jesús de Nazareth tampoco es ajeno a esta tradición, fiel hijo de su pueblo.

Detrás de esa metodología, en una enseñanza de siglos subyace la imagen de Israel como viña del Señor, una viña o vid que a menudo, por sus quebrantos y traiciones, se ha vuelto estéril, infecunda, corrompida.
Pero la irrupción en la historia de Cristo transforma de raíz esa imagen, y es un cambio tan crucial que debe ser meditado en su enorme trascendencia: la vid ya no es Israel, sino que la vid es el mismo Cristo quien asume en su existencia, en su vida, toda la tradición de su pueblo resignificándola, recreándola, plenificándola.

La tradición veterotestamentaria acota la vid a un pueblo elegido. En el tiempo de la Gracia, con la música de la Buena Noticia, Cristo es la vid verdadera y los sarmientos serán todos aquellos que unidos a Él den frutos santos, un pueblo nuevo nacido en la Cruz por el crisol del amor, la humanidad entera.

Pero volviendo a la imagen inicial, la vid necesariamente requiere de poda, quitar lo que no dá frutos, lo que está muerto, lo estéril. La poda no es negativa o violenta aunque resulte a veces dolorosa: sin embargo, vale por su sentido teleológico, que no es otro que el brindar buenos y nuevos frutos.

Frutos de justicia, frutos de paz, frutos de compasión, frutos de misericordia, vino nuevo del Reino.

Indudablemente, en lo personal y en lo social nos anda faltando una buena poda, y antes de tomar herramientas cruentas hemos de rogar al Viñador que nos vaya purificando, plenificando, fructificando en santidad.

Paz y Bien

Santa María Magdalena, apóstol de los apóstoles



Santa María Magdalena

Para el día de hoy (22/07/14) 

Evangelio según San Juan 20, 1. 11-18



Con un destrato a veces cruel, María Magdalena se la ha encasillado en cuestiones de índole moral sin fundamento histórico, literario ni evangélico, y así se ha relativizado su enorme estatura espiritual y su relevancia fundamental para la Iglesia. Más aún, en los últimos tiempos y a partir de especulaciones absurdas se ha montado un pingüe negocio editorial y audiovisual, el que es dable razonar como intención primordial antes que ansias de verdad. Las teorías conspirativas recaudan mucho dinero sin importar certeza ni justicia.

Por otra parte, con un dócil y triste conformismo hemos aceptado irreflexivamente todos los rótulos que a ella le han impuesto -pecadora, prostituta, penitente- y de ese modo renegamos y soslayamos lo que verdaderamente cuenta, su importancia como mujer creyente, como discípula y como apóstol de los apóstoles.

Porque Santa María Magdalena es una mujer de fé que, a pesar de que todo indica lo contrario, de que campea el miedo, de que los varones cercanos al Maestro han huido y están ocultos atenazados por el miedo, permanece fiel en un amor que no se resigna ni se doblega, corazón demolido pero erguido al pié de la cruz.

En ella podemos descubrirnos cuando las sombras de la muerte y los silencios tristes nos cercan los días. En ella están todos aquellos que aún cuando porten algunas razones equivocadas, no se abandonan porque no se aferran a ideas sino que están indisolublemente ligados a Alguien. Las lágrimas que anegan su horizonte no impiden que pierda su centro, ese Maestro que supone habitante del sepulcro frío.

En el tiempo de la Gracia, ya no hay más imposibles y hay un destierro de los nunca, de los jamás, de los no se puede. Ese sepulcro al que imagina hogar de un cadáver, es hueco inútil de una muerte que está en fuga definitiva, a la que sólo le queda retroceder.
Con sus errores y confusiones, con una tristeza que parece permanente, prevalece ese amor que la moviliza en la madrugada solitaria, y es ese amor el que la hace descubrir al Maestro vivo, Cristo resucitado, encuentro y re-encuentro que salva.

No hay nada más importante, y esa prisa le pone alas a sus pies y a su corazón, y es una noticia que debe ser comunicada, mandato urgente de que Jesús de Nazareth está vivo, que la muerte no tiene la última palabra, que la vida y el amor de Dios prevalecen. 
Ella es mujer y en la sociedad de su tiempo es una nadie, alguien que no tiene derechos ni ha de ser tomada en cuenta. Ella es pequeña, de esos pequeños a los que Dios inclina su rostro y se revela en todo su esplendor. 
Ella tiene el asombroso mandato y la enorme misión de ser testigo del Cristo vivo a la Iglesia, a aquellos que se han escondido por el miedo y la desazón, por una Pascua que tienen pendiente. Ella es apóstol de los apóstoles, mensajera crucial para que ellos puedan cumplir con su misión a todos los confines del mundo.

Quiera Dios que volvamos a descubrir la importancia de todas las Magdalenas que tenaces y fieles nos siguen diciendo que Cristo está vivo, que la vida perdura, que la muerte no es el final.

Paz y Bien

Hambre de señales



Para el día de hoy (21/07/14) 

Evangelio según San Mateo 12, 38-42



La exigencia de esos fariseos -todos ellos hombres muy religiosos- no responde a un ansia de verdad, a corazones afanosos por encontrar el camino recto de Dios. En realidad, esos hombres, con sus actitudes y requisitorias esconden varias cuestiones.

Por un lado, se autoconsideran la ortodoxia en la interpretación cabal de todo lo relacionado con Dios, y de ese modo, discriminadores taxativos entre lo sagrado y lo que no lo es. En su horizonte de miras muy estrechas, es dable y razonable suponer que sus prejuicios no aceptarán siquiera lo evidente, la bondad practicada por Jesús de Nazareth como signo cierto del amor de Dios. 
En realidad, ellos exigen que ese rabbí galileo realice un milagro tal como ellos lo entienden, espectacular, pretendidamente celestial, y será a partir de esa soberbia primordial el motivo fundante que los llevará a dividir aguas, a discriminar, a ejercer violencia en nombre de Dios, una historia tristemente conocida que se repite a través de la historia.

Por otro lado, no confiaban en el Maestro y por ello rechazaban en sus corazones todo lo que Él realizaba, en la razón de que -por no encajar en sus ideas premoldeadas- los hechos de ese Mesías tan extraño eran demasiado humanos. En su mismo modo de dirigirse a Jesús, hay un velado tono de burla y desprecio: es un rabbí galileo sospechoso, un profeta campesino sin formación, y a pesar de la avidez de las gentes por beber sus palabras, no es más que un provocador más: nada de Dios hay en Él.

El hambre de señales divinas esconde el rechazo a lo evidente, y es que el Reino está aquí y ahora y enriquece, santifica y redime la condición humana y toda la creación. Por eso mismo todos los gestos de amor y ternura, de salud y fraternidad realizados por Jesús de Nazareth y los suyos nunca serán suficientes ni santos para miradas así, tan juiciosas, tan crueles, tan angostas.

Así será la asombrosa respuesta de Jesús: a esa generación per-versa -jamás con-versa- sólo se le dará el signo de Jonás y la ballena, es decir, Cristo entregado a las fauces de la muerte, que emergerá victorioso, vivo para siempre desde las mismas sombras que se aparecen como definitivas.

Porque la Resurrección es el signo definitivo del amor de Dios, de que la vida prevalece, y los discípulos de Jesús que permanecen fieles practican en la cotidianeidad una fidelidad a ese signo que es mayor a todo lo que pueda preverse. La vida está allí y aquí mismo, es menester atreverse a darse cuenta, y estamos en verdad escasos de gratitud.

Paz y Bien

 

Lo que no nos pertenece


Para el día de hoy (20/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 24-43




Con un aroma grato y perdurable, las parábolas que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece rezuman paciencia y confianza.

Pero es menester no cometer un error que se ha repetido a lo largo de la historia, el de la apropiación indebida. Con criterio espúreo, nos creemos validados para extirpar cizañas, para arrancar de cuajo malezas, para imponer criterios que no son más que vigas en los propios ojos, cizañas de nuestros propios corazones.

Porque en verdad, el campo no nos pertenece, y sin embargo nos solemos comportar como amos y señores aunque sólo somos jornaleros, obreros, viñadores que poseemos estos empleos por invitación cordial del dueño del campo. De Él es la confianza primordial, que ha depositado sin hesitar en cada uno de nosotros.
Pero esas vigas que nos enturbian los ojos no nos dejan reconocer este afecto fundante.

El Dueño del campo no se desentenderá jamás de esta tierra fértil que ama, tierra que late, tierra que anda, viña que somos. 
Aunque no querramos o podamos -en nuestras limitaciones y mezquindades- darnos cuenta, el Reino sigue creciendo, silencioso y humilde, pujante e imparable en estos páramos, aquí y ahora. Y es menester darse cuenta de sus brotes y la calidad de su buena semilla en los pequeños gestos que son sal y son luz, tan pequeños que contrastan con los grandes planes, antípodas del poder, pero que hacen que dé gusto vivir esta vida que se nos ha regalado, esta pequeña parcela de existencia que se nos ha confiado.

Y sumar. Sumar porque hay muchas mujeres y muchos hombres escondidos en lo cotidiano que son levadura, fermento, mujeres y hombres de pan que llevan en sus almas el trigo mejor de la vida plena, nuestra alegría, nuestra esperanza, un mundo completamente distinto y humano y santo que es posible si nos animamos y confiamos.

Paz y Bien

El derecho y la esperanza



Para el día de hoy (19/07/14) 

Evangelio según San Mateo 12, 14-21



Los fariseos planeaban como eliminar a Jesús de Nazareth, así de brutal, así, sin ambages ni medias tintas. Su reacción es la de hombres que han absolutizado la Ley y de la que se han autoconformado como únicos y ortodoxos intérpretes, custodios sagrados y unívocos: de repente irrumpe en la historia de Israel un galileo -un judío de segunda, un campesino sospechoso, un kelper- que les cuestiona esa pretensa autoridad con una voz nueva, con voz de profeta, con el esplendor de la verdad.

Ellos se aferran a la violencia de un modo religioso, y quizás son los peores: son hombres profundamente piadosos que son capaces de matar en nombre de Dios, fundamentalismo que no nos es para nada desconocido, comenzando por la propia fé cristiana.

Pero Cristo no es un provocador estéril ni un subversivo hambriento de poder. Príncipe de paz, profeta manso, evita a toda costa las confrontaciones que a nada llevan. Porque lo que sólo cuenta y decide es su fidelidad y obediencia absolutas al amor de su Padre, y su vida Él mismo la hará ofrenda en el momento propicio, más no cuando la voracidad de sus enemigos así lo decida.

Con todas esas ominosas amenazas al acecho, con desprecios militantes, con persecuciones y miedos impuestos, Él sigue sin desmayos en la misión del Reino, que es también nuestra misión. Para que el Reino florezca en la tierra fértil de los corazones. Para que germine la esperanza.

Pero por sobre todo, para reivindicar con firmeza y prevalezca el derecho de Dios que es la vida, plena y abundante para toda la humanidad.

Paz y Bien



Cristo, Señor del Sábado



Para el día de hoy (18/07/14) 

Evangelio según San Mateo 12, 1-8




Muy a pesar de muchas de sus actitudes, Jesús de Nazareth no era un provocador nato, un buscapleitos sin motivo. Él se mantiene firme a algo más que principios, todo lo que Él hace es por obediencia, por fidelidad a ese Padre al que está intrínsecamente unido. De allí que sus enseñanzas provocaran tantos conflictos a aquellos que tenían sus mentes estratificadas por normas y códigos religiosos que, aunque antiguos, con el tiempo habían olvidado a quien daba sentido y plenitud a todo, Dios mismo.

El pueblo de Israel, a través de los siglos, no la había pasado demasiado bien. Rodeado de naciones hostiles y enfrascado en guerras casi habituales, la derrota contra los babilonios los sumió en una perspectiva espantosa: esclavitud y exilio de la Tierra Santa.
En la lejana Babilonia, lejos del hogar de sus mayores y de su propia historia, corrían otro peligro conexo, el que su identidad única se fuera disolviendo. Por ello sus sabios reflexionaron la necesidad de afirmarse en aquello que los hacía únicos, su propia fé, sus tradiciones.

No está nada mal aferrarse a las tradiciones: los problemas comienzan cuando ellas se convierten en horizonte único, cuando son sólo un retorno al pasado, cuando se absolutizan, pues el único absoluto es Dios. Así entonces tradiciones devienen en traiciones, pues en nombre de ese Dios se establecen imposiciones harto gravosas que cada vez más se alejaban del Dios de la Liberación al que Israel siempre se dirigía.

El epítome de esas tradiciones era el Shabbat o sábado: era el día del Señor, día del descanso y reposo de todas las tareas semanales, día del reencuentro orante con su Dios, día santo. Con el correr de los años, esa santidad se fué desdibujando por un cúmulo de imposiciones y normas impuestas que apartaban al pueblo de su centro principal, Dios mismo. Los momentos son santos en tanto y en cuanto Dios se vuelve fundante, y por eso mismo humanizante, profundamente humano. No es más importante la observancia del sábado que Dios, no es más importante la rigurosidad del cumplimiento de cualquier precepto si Dios no está por delante.

La recriminación que a Cristo le enrostran esos fariseos es de carácter moral y social, pues opinan que una observancia relajada de los preceptos implica una banalización de lo religioso que los identifica; sin embargo, volvemos al postulado inicial, Jesús no era un provocador nato.
Estamos ingresando a un tiempo nuevo, a la dinámica de la Gracia, a la eternidad del amor. El centro ya no es la norma a cumplir con rigor, sino que el centro es cristológico: Señor de la historia, el centro de toda la vida -humana y del universo- es ese Cristo que es hermano y Dios. La norma no es aferrarse al código escrito sino unirse a a una Persona, Cristo Redentor, Señor del Sábado, Señor de todos los sábados que solemos construir y edificar, pues en Él se encuentra el horizonte, la clave de todo destino, la plenitud y el descanso.

Paz y Bien

De yugo y cansancio



Para el día de hoy (17/07/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Los oyentes habituales del Maestro, esa gran mayoría de gentes que bebían sus palabras y enseñanzas, eran gentes sencillas, pescadores y campesinos judíos. Muchos de ellos conocían bien los vaivenes de las aguas, los peces y las mareas. Para otros tantos, eran usuales los saberes del cultivo de la tierra, esa tierra palestina a la cual exigía un enorme esfuerzo arrancarle frutos.

Pero el Maestro, casi inadvertidamente, les enseñaba la Buena Noticia y les hablaba acerca de Dios y de la eternidad a partir de esa cotidianeidad -a veces durísima- en la que esos hombres estaban inmersos. En cierto modo, ese Cristo hablaba en sus mismos términos, con tonada similar, y especialmente a partir de lo que esas personas sabían y conocían.
Es algo que nosotros, tal vez, en nuestros afanes misioneros hemos olvidado por estériles esfuerzos eruditos. Hemos de volver a la sencillez del mensaje evangélico, hemos de regresar a conversar con la mujer y el hombre de este tiempo a partir de lo que vive, para que esa existencia se fecunde y transforme, y es mucho más que una metodología didáctica: es un servicio cordial y fraterno.

En tal sentido, esos campesinos entendían perfectamente el sentido del término yugo que Jesús de Nazareth les planteaba.  Los bueyes eran indispensables para roturar la tierra, y también como robustos animales de carga; más para conducirlos a cada objetivo -tirar del arado, transportar objetos pesados- era menester uncirlos, es decir, colocarles en sus cuellos una especie de letra u invertida, el yugo, de madera basta y gran peso que doblegaba la cerviz de las bestias, para que no se apartaran ni del surco ni del camino. Así entonces se doblegaba cualquier conato de rebeldía de los bueyes o, eventualmente, de las mulas, y es menester tener en cuenta que los yugos se diseñaban con el fin de que los animales tiraran del arado o el carro por parejas, para la eficacia de una carga mayor. A estos pares se les llama yunta.

Pero esos campesinos, a su vez, se sentían también identificados con lo que les sucedía a sus animales. Como provincia del imperio romano, la tierra de Israel estaba sometida a la humillación continua de la ocupación militar y el dominio extranjero a través de pretores y de reyezuelos locales, vasallos brutales del César. Esos campesinos debían guardar silencio, y así, sin quejas, pagar gravosos tributos que se llevaban gran parte de los frutos de su trabajo, sumiéndolos en la miseria.
En esa tierra también, lo religioso era una cuestión fundante: pero sus dirigentes a su vez habían edificado todo un sistema o corpus dogmático de estricto cumplimiento que tenía mucho de imposición que esterilizaba las almas y que muy poco o ningún espacio dejaba para el Dios de sus padres.

Por todo eso, lo que plantea el Maestro es revolucionario. Está hablándoles de liberación, de una liberación que excluye explícitamente la ingente tentación zelota, la rebelión por la violencia, el dejarse conducir a los pastos de la vida por el yugo leve de la bondad y nó de la imposición, un yugo que no doblega sino que yergue humildes pero íntegros en la alegría del amor y de la bendición a todos aquellos que se atreven a seguir a Cristo.

Paz y Bien

Escapularios



Nuestra Señora del Carmen

Para el día de hoy (16/07/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-27



Hoy celebramos el memorial de la Madre de Dios en su advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo o Nuestra Señora del Carmen.

Las hijas e hijos del árbol frondoso inspirado en Ella, los carmelitas, han brindado y continúan ofreciendo a la Iglesia y al mundo magníficos frutos de santidad, en su identidad espiritual mariana y de entrañable afecto maternal, la de María, Madre del Señor, siempre Madre, siempre presente, siempre discípula y compañera, corazón inmaculado que nos conduce al Corazón Sagrado del Hijo, que pos protege de todos los embates del mal.

Todos sus hijos se revisten con su escapulario, signo de consagración mariana pues entre el pecho y la espalda se encuentra el ámbito en donde todo se decide, el corazón.
Corazones revestidos de ese amor son corazones protegidos para siempre, corazones que celebran una Salvación que descubren en el acontecer cotidiano de sus existencias recreadas.

Ruega por nosotros, Señora del Carmen, para que permanezcamos fieles al Reino, dignos e íntegros hijos de Dios y servidores del mundo desde esta familia que llamamos Iglesia.
Y que con la ayuda de Dios, nos volvamos también humildes escapularios para nuestros hermanos más pequeños, símbolos presentes de la bondad y el amor de Dios entre el pueblo.

Paz y Bien

Con la gratitud extraviada




Para el día de hoy (15/07/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 20-24





La gratitud es fundamental, tan importante como el arrepentimiento, tan decisiva a la hora de la justicia. Conocer y reconocer el paso bondadoso y redentor de Dios en nuestras vidas, un paso a veces humilde, a veces silencioso, casi inadvertido pero siempre presente y constante.

Pero para ello es decisivo estar atentos, jamás abdicar de la capacidad de asombros ni de la posibilidad de hacernos niños, credencial de acceso al Reino.

El paso salvador de Dios en nuestras existencias acontece en el día a día, pues es un Padre y una Madre incansable en la búsqueda de nuestro bien. Quizás no encontremos demasiadas situaciones espectaculares al modo cinematográfico -aunque puede que las haya- pero el Espíritu de Dios sigue soplando para que la vida nunca de apague. Y María de Nazareth lo sabía muy bien, y por ello lo cantaba, y por ello es la más feliz.

En cambio, cuando la gratitud se nos extravía sobreviene la maldición. Pero no es una cuestión de castigos ni de justificada retribución, sino de aferrarse a las tinieblas, de renegar de la luz que se nos ofrece, de estancarse en el ceño fruncido que ignora la alegría de la Gracia. Porque todo -aún en los momentos más duros- todo, sin excepción, es bendición, es don, es misterio.

Así entonces, cuando hay gratitud latiendo hay signos concretos: los agradecidos, pase lo que les pase, suceda lo que les suceda, jamás perderán la sonrisa mansa de quien se sabe amado.

Paz y Bien

Hijo de Rey


Hijo de Rey

Señor,
¿No hay mucho despilfarro en la creación?
Los frutos no compensan
La profusión de las semillas.
Las fuentes desparraman
Cantidades de agua.
El sol expande
Diluvios de luz.

Que tu magnanimidad
Me enseñe la grandeza del alma.

Que tu magnificencia
No me deje ser mezquino.

Que viéndote pródigo,
Las manos siempre abiertas,
Generoso y bueno,
Dé sin cuento,
Sin medida,
Como un hijo de rey,
Como un hijo de Dios.

R.P. Dom Helder Camara 
Obispo Emérito de Olinda y Recife - Brasil

De cruz y espada



Para el día de hoy (14/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 34-11, 1



La literalidad es causa de todos los fundamentalismos. Y es también una maldición, pues se atiene a la pura letra del texto pero reniega del Espíritu que la inspira.
De ese modo, se han justificado acciones espantosas y brutales, entre las que destaca la pretensa imposición del Evangelio mediante la fuerza, el imperialismo omnímodo, la espada desenvainada... en especial contra aquellos que no pueden defenderse. Sería demencial en abstracto, pero es absolutamente contrario a la Buena Noticia, la espada o el poder enarbolados en nombre de Dios, más allá de cualquier razón.
Sin temor a equivocarnos, esas posturas de defender la fé es similar: como si la fé fuera cuestión de nuestros méritos y esfuerzos, y nó don de Dios, bendición, Gracia. En esos trances, olvidamos que a los que hay que defender aún a costa de la propia vida son a los propios hermanos, especialmente a los más pequeños e indefensos.

En realidad, el Maestro apela a una figura extrema para despertarnos conciencia y corazón. Es que la Buena Noticia no admite medias tintas, vidas dobles, tibiezas. Y la fidelidad al Reino -bendición y sueño perpetuo de Dios para toda la humanidad- necesariamente traerá aparejados conflictos, bravas confrontaciones incluso con aquellos que consideramos propios o cercanos.

Más que a estos riesgos concretos, hemos de temer a que nada pase, a que todo transcurra con apacible rutina de falsa calma: eso sucede cuando se renuncia a la profecía en pos de una supuesta prudencia que no es más que cobardía razonada 

Aún así, con todo y a pesar de todo, no podemos pasar por alto lo crucial: la plena y absoluta identificación de Cristo con sus discípulos, con todos y cada uno de nosotros, pequeñísimos mensajeros en mares enormes, en la lucha diaria por que la justicia y el derecho florezca, por quitar las cizañas de la muerte para que germine con su perfume único la eternidad.

Paz y Bien




Sembradores ocupados y despreocupados


Para el día de hoy (13/07/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 1-23



En la invitación y enseñanza que la liturgia nos obsequia en el Evangelio para el día de hoy, hay una constante que recorre la lectura y tal vez, de tan evidente la pasamos por alto. Esa constante es que Jesús en ningún momento habla explícita y directamente de Dios, del Reino, de discípulos y Mesías, y si no fueran palabras del Señor, nos encontraríamos frente a una secularización peligrosa, en donde lo tradicionalmente sagrado ha sido dejado de lado.

Para colmo de males, el sembrador de su parábola es, cuanto menos, extraño y desaprensivo. Sin dudas es un trabajador que se ocupa de su tarea, aunque quizás no sea puntilloso en los terrenos diversos en donde las semillas caen, y en este sentido, es un trabajador eminentemente despreocupado pues parece no darse cuenta que está desperdiciando esas semillas tan valiosas.

Sin embargo, estamos en otro tiempo, un tiempo nuevo, el tiempo de la Gracia. Y para Cristo -nos cueste lo que nos cueste- el Reino ya mismo está entre nosotros, y a lo sagrado, a Dios, se lo encuentra en la vida cotidiana. Quizás debamos volvernos buenos ladrones, y esforzarnos por quitar a Dios de tantas imágenes muertas y volver a reencontrarnos con Él en las calles, en las plazas, en el hermano. Porque si el corazón es el altar primero, la compasión y la fraternidad son culto y liturgia verdaderos.

Quiera Dios que nos volvamos así, sembradores ocupados y a la vez despreocupados, despreocupados no por desidia sino por confianza. Porque la semilla infinita y eterna que se nos ha confiado -y que no nos pertenece- ha de crecer, germinar y rendir frutos impensados, magníficos, santos.

Paz y Bien

Más allá de los miedos



Para el día de hoy (12/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 24-33



Uno de los temas principales que sobrevuela el Evangelio para el día de hoy es el miedo, el miedo de los discípulos, de los enviados, de los misioneros, es decir, de todos los que permanecen fieles a su vocación cristiana.

Jesús sabía bien las cosas y situaciones que los suyos de todas las épocas habrían de enfrentar: es que la proclamación de la Buena Noticia, que principalmente es imitar en la existencia diaria a Cristo -amar como Él amaba, vivir como Él vivía, ser fieles al Reino hasta las últimas consecuencias y más- implica riesgos severísimos. Vivir el Evangelio, hacerse Buena Noticia es un manso y humilde desafío a los poderes del mundo, poderes que oprimen, esclavizan y deshumanizan. Porque el poder que no es servicio es espúreo y se convierte en maldición.

Él conoce bien a los suyos, y entiende las cosas que se entretejen en las honduras a menudo inconscientes de nuestro ser. El miedo paraliza, socava, confunde. El miedo engaña y pervierte la prudencia, pues la prudencia excesiva es cobardía razonada.
Uno puede suponer que los poderosos reaccionan con violencia física; pero no sale de lo habitual que sus procesos se refinen, y hagan uso de descréditos, difamaciones infundadas, acosos por hambre y desempleo, ninguneos personales.

Porque es muy humano el miedo, pues todos -sin excepciones- somos mortales, frágiles y quebradizos. El problema estriba en tanto ese miedo se convierta en horizonte último.
También hemos de reconocer con durísima sensatez que el miedo ha sido religiosamente utilizado para apisonar corazones, bajo el pretexto de cielos ganados o infiernos obtenidos. Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es ni un ogro ni un verdugo cruel. Es Padre, y es Madre también.

Con todo y a pesar de todo, nuestra fuerza proviene de la confianza y el amor que el Resucitado ha puesto en cada uno de nosotros, una fé que no suele ser recíproca. Él cree y se confía de nosotros de un modo inversamente proporcional al de nuestra confianza depositada en su corazón sagrado.

Somos inmensamente valiosos a los ojos de Dios todos y cada uno de nosotros, epítome santo de todo lo creado, y es una cuestión de amor, y en esa certeza de valor que no se mide con mesuras humanas, se funda nuestra esperanza y se aligeran nuestros pasos hacia el éxodo de todos nuestros miedos, libres hijas e hijos de Dios edificando comunidad y re-creando un mundo tan inhumano e inhóspito.

Paz y Bien

Misión y profecía



Para el día de hoy (11/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 16-23




La misión cristiana es profética, pues en la raíz de su mandato está el anunciar el Reino de Dios y, a la vez, denunciar todo lo que a ese Reino se oponga, todo lo contrario a Dios, todo lo que sea injusto y por ello mismo inhumano.
La misión está signada y definida por la eternidad de la Gracia de Dios y la perpetua compañía de Cristo, protagonista real de cualquier esfuerzo de los misioneros.

Sin embargo, la misión implica riesgos, a menudo gravísimos. Toda vocación profética que se encarne en este mundo es una amenaza para los poderosos, y los poderosos reaccionan con violencia, dispensando miserias y hambres en un sistema que han edificado para su propio provecho, que nunca para la justicia.

El panorama, lógicamente, asoma desalentador in extremis. Pero no estamos abandonados a los azares de los perversos: en Dios está nuestra suerte.
La mansedumbre necesaria -es Cristo, Señor de la paciencia y príncipe de paz el que vá- exige sencillez. Esa sencillez es la transparencia de la fidelidad, la transparencia que en nada obsta a que se advierta que no es uno quien decide y actúa, sino que es Cristo el que se hace presente, el que obra, el que habla.
El Espíritu de Dios jamás nos abandonará.

Pero mansedumbre y sencillez no implica ingenuidad. Es una tontería y una mezquindad no poner al servicio de la misión todas las capacidades que tengamos, por pequeñas y limitadas que parezcan. Ser astutos como serpientes es una cuestión de inteligencia y perspicacia y nó un supuesto ético que implique moverse rastreramente.
Esa astucia lleva también a identificar a todo lobo, a los que con pieles de ovejas maquillan sus intenciones de lastimar a los hermanos. Porque los carroñeros tienen una constante: para alimentarse han de matar primero. Y los lobos -tristemente, muchas manadas caminan en los ámbitos eclesiales- son tenaces dispensadores de muerte y dolor.

No es un mecanismo de autodefensa, sino un mandato evangélico de protección de los más pequeños desde la verdad, y la humildad de sabernos frágiles.

Más aún: hay que sospechar y cuestionarse fidelidades cuando todo está tranquilo, cuando nada pase. La Iglesia es fiel al Maestro cuando es profética, y el signo de ese amor es, precisamente, la persecución.

Hay que perseverar y nunca, jamás -por ningún motivo- resignarse ni bajar los brazos.

Paz y Bien    

Misión humanitaria



Para el día de hoy (10/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 7-15




Desde sus mismos inicios, la misión encomendada por Jesús de Nazareth a los suyos -a los Doce, a los setenta y dos, a nosotros, a toda la Iglesia- ha sido motivo de controversias, escándalos, peligrosas maquinaciones del poder y crueles y demoledores análisis desmerecedores que cualquier esfuerzo.

La razón estriba en que la misión cristiana es, fundamentalmente, una misión humanitaria, y por ello es tan trascendente. No es religiosa como de modo usual puede inferirse, buscando adeptos o prosélitos, propalando doctrinas, imponiendo un culto específico. 
La misión cristiana anuncia que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que está alcance de todos los corazones. Y antes que una declamación, es una preclamación que se explicita en lo concreto, allí en donde el mal muerde y lastima a la humanidad a través del sufrimiento, el dolor y la exclusión.

Por eso los misioneros han de preocuparse y ocuparse a favor los enfermos, de los excluidos, de los alienados, de los que viven en mundos de sombras y agonizan en silencio, sepultados en vida por el olvido. Ellos han de llevar la bondadosa mano de Dios que no abandonará jamás a sus hijas e hijos, estén en donde estén, haciendo presente ese indomable deseo del Creador de que todos sean felices, plenos, totalmente humanos.

Porque religión es re-ligar, volver a unir a los hombres entre sí, separados por odios, egoísmos y olvidos, y también re-ligarlos con ese Dios que vive entre ellos, que ha llegado humildemente y se ha quedado para siempre.

Es claro que la misión entraña sus riesgos, sus repudios y rechazos. La gratuidad -signo cierto de esa asombrosa Gracia de Dios- vá a contramano de toda especulación, y de esa maldición que supone aquello de que todo tiene su precio o su interés.

Porque la solidaridad y el amor, desde y hacia Jesús de Nazareth, es visto como una peligrosa amenaza para los poderes mundanos.

Quiera el Altísimo que así de pequeños y frágiles como somos, así también nos volvamos cada día más santamente peligrosos, en la cordial dinámica del Espíritu.

Paz y Bien

Señora de las piedras blancas



Nuestra Señora de Itatí 

Día de la Declaración de la Independencia Argentina

 
Para el día de hoy (09/07/14):  
Evangelio según San Lucas 1, 39-47



Con la musical y antigua tonada guaraní -antigua, más siempre joven y viva- a Ella se la nombra con el maravilloso nombre de Che sy, mi mamá, mi madre.

Es la Madre de Jesús, Theotokos de los tiempos iniciales, Tupasy de nuestros hermanos primeros, madre desde siempre, aún cuando un sueño de pueblo y de nación apenas comenzaba a asomarse en unos pocos corazones libres, en una aldea india perdida en la periferia de una colonia imperial.
Desde siempre y para siempre, tan pequeña y sin embargo tan inmensa en su ternura, cobijando entre sus manos orantes a los pobres, a los dolientes, a los más pequeños, a todos los que se confían a su corazón inmaculado.

María Itatí -piedra blanca-, esperanza de los que no pueden más porque la Tupasy siempre está llegando a la casa de los hijos, a pesar de esos santuarios a los que concurrimos, a menudo confundidos en que vamos a visitarla. Porque Ella es siempre la que tiene su hogar en donde los hijos la reciben, che sy de los avá mansos de todo sitio y lugar.

Si la fé es primero la búsqueda bondadosa de Dios a la humanidad perdida, y la respuesta es la confianza en Alguien, sin dudas la fé cristiana se define y reconoce por la ternura de Itatí, rostro materno de ese Dios que no descansa en pos de nuestra salvación.

Muy feliz día de madre y de Patria para todos los hermanos de esta casa común con que se nos ha bendecido.

Paz y Bien


 


Jamás se vió nada igual



Para el día de hoy (08/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 32-38




Al sumergirnos en las profundidades de este pasaje, es menester tener en cuenta el ámbito en donde se desarrolla la escena: la Palabra nos sitúa en la sinagoga, en plena celebración del Shabbat. Era el día santo y el momento específico de la semana para todo varón judío que se preciara como tal, en el que se oraba en la sinagoga junto a la congregación -tal es la traducción literal del término sinagoga, congregación-, se escuchaban lecturas de la Torah y los profetas, se los comentaba y se debatía.
Las normas para la asistencia eran muy rígidas: tenían vedada la entrada los niños, pero muy especialmente los impuros, es decir, aquellos que la Ley consideraba indignos por enfermedades o acciones productos del pecado. Las mujeres tenían un reducido espacio separado, y carecían de derecho a opinar, espectadoras pasivas de la fé.

Por todo ello, que en medio de la nutrida asistencia le presentaran al Maestro a un hombre sin habla, cuya enfermedad se atribuía a un espíritu demoníaco, no sólo era infrecuente sino hasta escandaloso. Ese hombre no tiene derecho a estar allí, y mucho menos Jesús de Nazareth a recibirle como un igual y a hacer algo por él.
Como si no fuera suficiente, el amor de Dios que desborda en Cristo obra maravillas, y hay un alma purificada y una voz recuperada. Pero la infracción criticada ahora deviene, en los corazones de esos hombres severos, en afrenta intolerable. Hay que trasladarse por un momento al plano simbólico: un hombre sin habla es un hombre que no se puede comunicar con los demás, que no puede expresar lo que piensa y siente, y sobre todo, es un hombre incapaz de proclamar su fé.

Ese hombre mudo es Israel envejecido y envilecido por un cúmulo de normas estrictas y preceptos rígidos sin corazón y sin Dios. Y a veces también ese Israel es -dolorosamente- la misma Iglesia.

Pero contra todo pronóstico, es el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre, de un Dios decididamente inclinado a todas esas multitudes derrengadas de dolor, como bajas dolorosas de tantas guerras, como ovejas extraviadas por falta de cuidado, como simples objetos librados a su suerte.

Cristo es la constante referencia a desterrar cualquier adjudicación azarosa al acontecer humano. Así como no hay casualidades sino más bien causalidades, así también no vacilaremos en afirmar que en Dios está nuestra suerte y nuestro destino.

Sin embargo, la tarea es enorme. Es imprescindible la súplica por nuevos obreros, pues la mies es abundante; pero esa plegaria no es solamente el rogar por otros distintos de nosotros, sino también ponerse en la sintonía misma de Dios. De corazones dispuestos, de la escucha atenta que surge de la oración, nace y se descubre la misión.

Porque jamás se vió nada igual, pues nada hay que pueda compararse a la Misericordia ni a Aquél que es su misionero por excelencia y entrega abnegada y absoluta.

Paz y Bien

Sin acostumbrarse



Para el día de hoy (07/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La liturgia hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo en el que, en principio y en su superficie, podemos encontrar dos paralelismos muy interesantes. En ambos casos se trata de mujeres: una de ellas, degastada por una enfermedad que se la está llevando por ríos de sangre, se encuentra en las cercanías de la muerte, sin dignidad y sin futuro. La otra, es una niña que por las normas sociales imperantes está muy cerca de convertirse en mujer y madre; pero la intempestiva irrupción de la muerte la tala como a un árbol joven que aún no ha dado frutos.

A la mujer adulta, doce años de hemorragias que le llevan su femineidad y su vida. A la niña, doce años que no agregarán ni un día más. A Israel, doce tribus sometidas, sin esperanzas.

La mujer que padece las hemorragias porta una impureza ritual que deviene en ostracismo social: la Ley supone que la enfermedad es consecuencia del propio pecado -o de pecados de los padres- y esa impureza indica que no tiene permitido participar del culto y de todo contacto comunitario, inclusive familiar, pues el contacto con un impuro, en cierto modo, contagia esa impureza. Para colmo de males, es mujer, y en la sociedad del siglo I tiene muy pocos y escasos derechos, en general los que le otorga el esposo, no se le escucha ni se le protege legalmente. Además de la soledad impuesta, es una mujer que no puede tener hijos, ni vida íntima, ni salud plena, y debe languidecer en soledad, sumida también en la conciencia de una idea culposa propia.

La niña ha fallecido. Siguiendo la Ley, y más allá de cualquier ternura y dolor de los padres, se trata de un cadáver que no debe, por ningún motivo, ser tocado. La misma familia queda teñida de una aureola de impureza y ha de cumplir con los ritos mortuorios, que tienden a ahondar el dolor de la pérdida, fedatarios crueles del luto.

Pero es un tiempo distinto, nuevo y sorprendente, definido para siempre por un Dios que se ha acercado a la humanidad, tan cercano que se ha hecho hombre desde María de Nazareth, uno más entre nosotros en Jesucristo, Señor y hermano de todas nuestras penas y alegrías.
La Encarnación -misterio insondable de amor- inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre santa de salvación.

En Cristo acontecen todas nuestras esperanzas, pues a todos busca, a nadie rechaza, dador incansable de bendiciones, del amor de Dios que se derrama como lluvia buena, salud y liberación. Pues no se trata solamente de sanar cuerpos, sino también de vendar corazones heridos y enderezar razones que se extraviaron.
Pero imaginar un Cristo que hace todo, aún cuando fuera causa de nuestros asombros y alabanzas, nos quedaríamos solamente en un Mesías sanador y taumaturgo.

Se ha inaugurado el Reino de Dios, el tiempo de la Gracia, el aquí y el ahora de la Salvación, y esa Encarnación implica también una reciprocidad bondadosa y fiel del hombre. Y toda fidelidad -toda fé- se desarrolla desde la confianza, y confianza en Alguien.

En el caso de la niña y en el caso de la mujer suceden dos cuestiones fundamentales y similares: tanto la hemorroísa como el padre de la niña no se acostumbran ni se resignan a un sufrir sin sentido. A pesar de que todo -y todos- digan e indiquen lo contrario, jamás hay que resignarse al dolor y a la muerte, porque Cristo pasa, porque Cristo jamás dirá que nó y porque desde la fé todo es posible.

Porque la Resurrección ha desterrado para siempre a todos los no se puede. Alabado sea Jesucristo.

Paz y Bien
 


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