Alianzas



Para el día de hoy (28/02/14):  
Evangelio según San Marcos 10, 1-12


El Evangelista Marcos nos ubica junto a Jesús y los discípulos en Judea, al otro lado del Jordán; una sencilla observación de un mapa bíblico nos remite con bastante exactitud a la región de la Perea, es decir, a los dominios del tetrarca Herodes Antipas.
No es un dato más, y posiblemente responda a una intrincada maquinación: los fariseos que se acercan al Maestro en plan de tentarlo a yerros dogmáticos, por un lado buscan desacreditarlo frente al pueblo y, a su vez, encontrar motivos para un juicio religioso mayor. Pero no olvidan que Antipas sigue estando allí, y sigue casado con Herodías, los mismos cuyo matrimonio cuestionó con severidad el Bautista y que fué uno de los principales motivos por el cual el tetrarca ordena su ejecución.

Estos hombres piadosos son astutos. Infieren que Herodes, en su extensa y paranoica memoria, no ha olvidado la afrenta que le ha conferido el Bautista, y tal vez busquen de parte del Maestro un pronunciamiento similar para lograr el mismo efecto mortal.
Extrañas alianzas tejen los hambrientos de poder, fariseos y herodianos que comúnmente no se toleraban, pero a la hora del daño se unen sin hesitar. Mientras tanto, a nosotros se nos hace hasta complicado dialogar con los propios hermanos...

Aún así, con todo y a pesar de todo, no hay discusión posible. Se discute o debate sobre un mismo tema en un mismo plano. Pero en este caso los fariseos plantean los rigores extremos de la ley mosaica y las opiniones autorizadas de ciertos rabinos -Shammai, Hillel-, mientras que Jesús de Nazareth siempre habla desde su Padre, desde su proyecto, desde la Gracia, aunque en apariencia estén confrontando acerca del divorcio.

Sin ánimos exegéticos que exceden las modestas capacidades que aquí se vierten, es menester afirmar que este Cristo hablaba del hombre y de a mujer en un horizonte de igualdad y de reciprocidad. Hombre de su tiempo y de su cultura, seguramente detestaba el reduccionismo de la mujer a un mero apéndice de los caprichos y razones del varón, y esto supera por mucho cualquier cuestión de género. Se trata, ante todo, de justicia y de misericordia.

La misericordia que sostiene al universo, la misma misericordia que poco tiene que ver con leyes y regulaciones y por sobre todas las cosas, el amor.

Somos capaces de amarnos porque Dios nos amó primero, y esos anillos o sortijas que intercambiamos cuando declaramos ante Dios y ante los hermanos el amor que nos tenemos es también signo de la alianza inquebrantable e inseparable que Dios tiene con todos y cada uno de nosotros.
Y esa alianza es indisoluble, porque el amor no se pierde. Los que nos perdemos o extraviamos somos nosotros.

Paz y Bien

Una piedra de molino al cuello



Para el día de hoy (27/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 41-50




Toda literalidad es nefasta, y engendra en forma directa cualquier tipo de fundamentalismos, en especial cuando se aplica a cuestiones religiosas. En nuestro caso particular, una lectura lineal de un Evangelio como el que se nos ofrece para el día de hoy acarrearía, en ese orden de ideas, una miríada de suicidados, de muertos violentamente, de ciegos, de mancos y de cojos.

Jesús de Nazareth es un Maestro magnífico y muy hábil. Se vale de las parábolas para adentrarnos en los misterios de Dios y del Reino, pero también utiliza hipérboles como herramientas didácticas. 
Una hipérbole es aquella figura literaria en la que se produce una exageración intencionada de la cualidad de una acción determinada, poniendo énfasis en la cualidad antes que en la acción, de tal modo de lograr en el oyente o interlocutor una imagen que sea difícil de olvidar o de pasar por alto.
Hasta aquí estos mínimos indicios literarios. Sin embargo, el uso que Jesús hace de estas formas no implica minimizar o relativizar la profundidad o gravedad de lo que está enseñando, y esa precisamente es la cuestión que hoy nos congrega.

Ante todo, Jesús de Nazareth realiza una identificación total y absoluta con los suyos, de tal modo que quien recibe o auxilia a los discípulos, recibe y auxilia al mismo Cristo, y no es una metáfora, y es rumbo y destino a tener en cuenta de este Dios con nosotros.

En esa misma sintonía, se enciende en el cuidado y protección que todos -cada uno de nosotros, la comunidad, la Iglesia- debemos brindar a los pequeños. Los pequeños son los niños, y como tales -en el status jurídico y social del siglo I- son los sin derechos, los que no cuentan, los que no son tenidos en cuenta, apenas una cosa que son propiedad de su padre. Así entonces los pequeños son los desprotegidos, los indefensos, los que nadie escucha, los débiles, los que tienen por fé apenas un mínimo brote germinado, todos los vulnerables.
Porque en la asombrosa ilógica del Reino, los pequeños y Dios se miran a los ojos, frente a frente, y sus rostros resplandecen y se espejan entre sí. En el horizonte de Cristo, la gloria pasa por los pequeños, por los insignificantes que, sin embargo, son enormes, como María y José de Nazareth.

El escándalo a evitar con todas las fuerza -desde la misma raíz de la existencia- es más que perentorio. Escándalo, literalmente, significa desde su raíz griega piedra de tropiezo, y en la protección y el cuidado de los pequeños se define e identifica el compromiso y la fidelidad de la comunidad cristiana.
Cuando los pequeños tropiezan, cuando son atropellados y abunda el silencio -porque tristemente nos hemos acostumbrado a tantos horrores- es que la Iglesia falla, es que la comunidad ha dejado de ser fiel a Aquél que la congrega y sostiene.

Por ello la imagen de la piedra de molino atada al cuello. Una muela -tal es el nombre- de esas dimensiones es imposible de portar por cualquier persona, y en el cuello de alguien arrojado al mar, irremisiblemente lo lleva a la muerte en las profundidades. Además del inmenso horror, para la mentalidad judía de aquel tiempo, no recibir adecuada sepultura al fallecer significaba una terrible maldición que debía ser evitada a toda costa.

No estamos hablando de castigos, estamos hablando de fidelidad, de las raíces mismas de una bondad que debería identificarnos, y que es preferible perder manos, ojos y pies antes que por acción u omisión revestirnos de su triste y oscuro designio.
Y es menester también cortar y apartar de nosotros ciertas ideas de castigos y punitorios divinos. El juicio comienza en el aquí y el ahora, y el compromiso -o su ausencia- marca nuestra estatura de humanidad. Cuanto más bajo caemos, más cerca estamos de perecer.

Debemos cuidarnos, entre nosotros y a los otros. Quizás aún no asimilamos que todos los pequeños son nuestros hijos, son nuestros hermanos, son Cristos, independientemente de su origen, nacionalidad, religión.

Ser sal es dar sabor a la vida para que dé gusto vivirla, y también es conservar la existencia para que la corrupción no clave sus garras en ella. Ser sal es el primer paso y el paso mayor de la paz y la justicia.

Paz y Bien

Círculo cordial




Para el día de hoy (26/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 38-40


Juan, al igual que su hermano Santiago -hijos de Zebedeo, pescadores de profesión- eran hombres de caracteres bravos, personalidades volcánicas, muy dados a las pasiones extremas. De allí que llevaran el apodo de Boanerges, que significa hijos del trueno.
Los caracteres así suelen requerir de mucha disciplina interior, tan dados a las emociones fuertes, tan proclives a actuar irreflexivamente, de un modo violento, precipitado y a veces excluyente.

En el acontecimiento que el Evangelista nos brinda en el día de hoy, tiene como uno de sus protagonistas al mismo Juan. En su peregrinar se han encontrado con un exorcista que expulsa demonios en el nombre de Jesús, pero que sin embargo no pertenece al círculo de los discípulos; es un sanador que hace el bien a partir de su confianza en ese Jesús que pasa, y que no es parte -aparentemente- de la iglesia naciente.
Basta saber ello para que Juan se incendie de indignación, y que junto a los demás trate de impedir el obrar de ese hombre, aunque la redacción del Evangelio sugiere que fué un intento nada más, un intento sin consecuencias. 

Quizás la clave radique en la misma expresión de Juan: ese exorcista/sanador no está con ellos -el grupo que conforman los discípulos y Jesús de Nazareth- antes que afirmar que ese hombre no sigue al Maestro. 
Juan ha puesto en un mismo plano ontológico el seguimiento a los discípulos que el seguimiento a Cristo, y en realidad, lo que expresa de modo tácito es una mentalidad sectaria que divide aguas entre unos pocos -escasos- nosotros y una miríada de ellos. 
Juan es uno de los tres discípulos privilegiados -junto con Santiago y Pedro- que han sido testigo directo de la resurrección de la hija de Jairo y de la Transfiguración de su Maestro.
Pero ninguno de los tres, obcecadamente, acepta ni alcanza a comprender el abismal panorama que Jesús les refiere respecto de su Pasión; por ello, en cierto momento su madre intercederá ante Jesús para que ambos, Santiago y Juan, obtengan una posición prebendaria y privilegiada en cuanto se establezca el reino que ellos, en su mundana mentalidad, imaginan.

Esos exclusivismos tristemente perduran hasta nuestros días.

Suele ser muy atractiva la idea de una Iglesia pequeña, de unos pocos elegidos, un círculo de cristianos certificados y oficiales que separa las aguas respecto del resto, que se reivindica como especial, como pura, como mejor por lo que profesa antes que por el Espíritu que la congrega. Y así, muchos otros discípulos del Señor a los que no conocemos pero están alli, haciendo silenciosamente el bien sin pedir permiso, quedan en un afuera falaz.

Pero Cristo ha trazado para los suyos -para toda la humanidad- un círculo cordial, amplio, tan grande como la red de los pescadores que no se rompe, el árbol que cobija a todos los pájaros del cielo, la mesa para todos, a pesar de las diferencias, aún con nuestras mezquindades y la saña que nos gusta enarbolar a la hora de diferenciarnos.

Pues lo que cuenta es el bien que se ofrece, y ese Dios que es el que nos congrega a un nosotros del que Él mismo es centro y parte.

Paz y Bien


Del lado de los que no cuentan




Para el día de hoy (25/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 30-37



La travesía final hacia Jerusalem ha comenzado. Jesús de Nazareth peregrina hacia la capital de la nación judía a encontrarse con el espanto, el escarnio y una muerte brutal en la cruz, como el peor de los criminales.
Él lo sabe bien -es fruto de su misión- y a pesar de ello no se escapa ni vacila. Pero también sabe la necesidad de que sus discípulos lo sepan, lo entiendan y comprendan ese sacrificio inmenso que se cierne sobre el horizonte inmediato.

Pero ellos parece que no entienden o, peor aún, no quieren entender ni aceptar lo que el Maestro les plantea. En sus esquemas no hay más que un Mesías de estirpe y modos reales que impondrá una victoria definitiva a los enemigos de Israel, restaurando con furioso poder las viejas glorias pasadas. Y ellos quieren ser parte y tener una parte de ello. No toleran a un Salvador pobre, humilde, derrotado y sometido en su mansedumbre a la ignominia mayúscula de la crucifixión y la muerte.
Es un escenario de ruptura, más no de abandono de Jesús. Ellos lo siguen oyendo pero no lo escuchan, ellos dejan de escuchar la voz de lo alto y todo deviene horizontal, dolorosamente terreno. Por eso mismo discuten entre ellos posiciones, prebendas y mayorazgos en ese pequeño grupo: prefieren abandonar la sencillez de la Buena Noticia y emigrar a una religiosidad de la prosperidad y el éxito.

Si no se decidiera un tema tan raigal, la escena tendría una comicidad hilarante ineludible; Jesús les pregunta -eximio conocedor de los corazones- acerca de qué venían hablando y discutiendo por el camino. Y ante esta requisitoria, ellos callan como adolescentes avergonzados, sorprendidos en el preciso momento de cometer alguna tropelía.

El Evangelista Marcos tiene, literariamente, una cadencia extraña pero magnífica a la vez: Jesús y los discípulos vienen a un ritmo creciente, en sus pasos y en sus almas. Pero de golpe, llegan a Cafarnaúm y se detienen en la casa, que hemos de suponer era el sitio que el Maestro había adoptado temporariamente como hogar de esa comunidad incipiente. Él se sienta al modo de los rabbíes cuando enseñan, y es un símbolo previo de la trascendencia de la enseñanza que brindará, pero también es el profundo sentido común que indica que cuando ciertas vorágines nos hacen perder el rumbo, es preciso detenerse -parar la pelota-, frenar y volver a enfocar la mirada en el horizonte para dejar de andar a los tumbos.

Él invierte todo, y re-significa ciertos conceptos firmemente arraigados en su tiempo, tanto que perduran hasta nuestros días. No se trata de una estrategia de reemplazo ideológico: en la asombrosa ilógica del Reino, quien es verdaderamente grande es quien sirve -diákonos- y más aún, aquellos que viven para servir sin buscar réditos ni relevancias.
Nosotros utilizamos el término diácono en su función pastoral y de culto, más es menester entenderlo en su faz primigenia, más relacionada a las tareas de los esclavos que a cualquier ordenación religiosa.
Es la misma raíz del Maestro que se hace servidor de todos, último entre los últimos para no dejar a nadie atrás, para impulsarnos a todos hacia adelante, aún a costa de su propia vida.

Un niño será, al igual que en Belén, la señal definitoria. Jesús lo abraza con una ternura mayor, una ternura que las atrocidades cometidas en los últimos años nos han ensombrecido de asco, de dolor y de temor. SIn embargo, ese abrazo es revelación, y no refiere únicamente a lo pueril, a la protección irrenunciable a la infancia que debemos ejercer a cualquier costo.
Tiene que ver con el entorno sociojurídico del siglo I en Palestina: un niño tiene menos relevancia que las mujeres y los esclavos -es apenas algo más que nada- y solamente se lo tiene en cuenta por ser un proyecto de adulto y por ser hijo de, es decir, propiedad cosificada de su padre.

Un niño es un sin derechos, un nadie, alguien que no es tenido en cuenta, y el abrazo y la enseñanza de Jesús de Nazareth es revelación de Dios, de un Dios que hasta para las mentes más endurecidas, se pone abiertamente del lado de los excluidos, de los nadies y más aún: Él está allí, y su rostro resplandece en los que nadie tiene en cuenta, y por eso mismo la misión de los discípulos -de todos nosotros- ha de comenzar abrazando a los últimos, hundiendo nuestros pies en el fango en donde languidecen tantos Cristos olvidados, desde el servicio y la compasión, frutos nuevos y primeros del Reino.

Paz y Bien

Cuando todo se hace posible



Para el día de hoy (24/02/14):  
Evangelio según San Marcos 9, 14-29


Al llano nuevamente.
Jesús de Nazareth se ha transfigurado frente a sus discípulos en la cima del monte Tabor; lo han visto resplandeciente, conversando con Moisés y con Elías, y la voz de Dios les ha dicho que es el Hijo amado al que deben escuchar. Pedro quiere perpetuar ese momento armando unas tiendas, pero el Maestro se niega. Es menester regresar al llano, descender de la montaña allí en donde la luz no abunda, donde campea el dolor, donde tanta falta hace la esperanza.

Allí mismo -destino inmediato de la misión- se encuentran al resto de sus discípulos en franca y encendida discusión con algunos escribas. El motivo: la incapacidad de esos discípulos de sanar a un niño que sufría los terribles golpes de lo que se consideraba posesión por un espíritu maligno, y que hoy -de acuerdo a la precisa descripción del Evangelista- identificaríamos como epilepsia en alguna de sus duras variantes.
En cuanto a la cualificación médica, quizás no sea tan importante: lo que cuenta, ante todo, es el que sufre. Pero la carga es aún mayor si nos ubicamos en la perspectiva de un concepto religioso que justificaba la enfermedad como causa directa del pecado -propio o de los padres- y a su vez desemboca en una condición de impureza ritual, de exclusión absoluta. En esa mentalidad todo está dicho y no hay retorno, y el doliente ha de quedar relegado a su suerte y su penar, y es por ello que los escribas discuten con varios de los discípulos.

Unos, enojados porque las fórmulas empeñadas no le han servido esta vez, a diferencia de los éxitos pretendidos de la misión anterior. Se descubren impotentes frente a la posesión del niño, y es una gran verdad que no terminan de entender ni de aceptar: de Dios proviene el bien, la salud, la Salvación. Ellos son mensajeros, pero el mensaje no les pertenece, y apenas confían en sí mismos, cuando en realidad deben fiarse de Otro.
Los otros, con otra clase de enojo. Escribas rigurosos que no pueden tolerar que no se les solicite autorización, que haya gentuza galilea -kelpers judíos-actuando en nombre de Dios, que no aceptan que pueda trastocarse ese orden cruel que ellos imponen y que creen de origen divino.

El Maestro se enoja. Es un enojo magnífico, porque la mansedumbre no es cobardía ni una reducción temerosa. Su enojo no se debe solamente a la falta de fé, a esa incredulidad que puede respirarse en ese sitio, sino también a la compasión que está ausente. Y es un enojo frutal, pues no se queda en la pura crítica abstracta, sino que pone manos y corazón a la obra: para el amor de Dios que se revela en Jesús de Nazareth -que se revela y se rebela- nada ni nadie puede anteponerse al que sufre.

El papá de ese niño vacila en su confianza en Jesús, pero aún así le suplica su auxilio. Porque es mucho el dolor -es dolor de un hijo, es un sufrir doble- y es de larga data. Pero esa vacilación no es una mancha, sino es signo de un alma que busca y no se resigna, y de nuestro peregrinar de fé esas dudas son bendición y crecimiento.
Porque la fé es don y misterio, y todo es posible desde esa fé que es totalmente personal. Porque no se trata de adoptar una religión, ni adherir a un sistema de ideas, sino y ante todo, de confiar en Alguien, en Jesús de Nazareth. Si queremos y confiamos, los imposibles ya no serán tales.

Y la oración opera milagros, desaloja demonios, es río santo de salud y liberación. Porque orando no repetimos fórmulas, orando nos ponemos en la misma sintonía y trascendencia de ese Dios que nos habla, y que es Todopoderoso porque ama sin límites ni condiciones.

Paz y Bien

Sentido y destinación

Para el día de hoy (23/02/14):  
Evangelio según San Mateo 5, 38-48



Comenzaremos por el final, por el indicio mayor que nos brinda el Evangelio para el día de hoy, y que es el mandato a ser perfectos como es perfecto el Padre del cielo. Este mandato es súplica, es clave y es horizonte  Toda esta enseñanza crucial que nos ofrece adquiere sentido y carácter único cuando la perspectiva luminosa de la eternidad entretejida en lo cotidiano -realidad tangible, accesible, al alcance de todo corazón- brinda destinación identificaria, de carácter y trascendencia.
-hablamos de destinación como mínimo artilugio para diferenciarnos del término destino, que a menudo se lo supone ya trazado y al cual hay que resignarse-.

Por ahora, sólo arriesgaremos que ser perfectos como Dios no implica el trazo de un abismo infranqueable, una perpetua zanahoria de utopías inaccesibles, sino más bien en la integridad de amar como Dios ama, y emigrar definitivamente a sus territorios, a la geografía asombrosa de la vida que se revela en Jesucristo.

Quizás el primer paso sea el descubrimiento del prójimo. 
La Ley mosaica dirimía la cuestión identificando al israelita y al forastero -el extranjero asimilado en tierra judía- por un lado, y por el otro el extranjero, con quien no se tiene vínculo ni condicionamiento moral, y al que es dable y deseable odiar, buscar su destrucción. Es menester, claro, ubicarnos en el contexto: el extranjero -para un judío del siglo I y antes también- era el símbolo de lo ajeno, de lo extraño, del enemigo, de la derrota, la opresión, el exilio y la esclavitud. Si se quiere, el extranjero es el que siempre está dispuesto a nuestra destrucción.
En esta perspectiva se ubica la llamada lex talionis, ley del Talión, uno de los primeros indicios universales -en toda la historia humana- de ordenamiento legal, de pautas de convivencia. Ley necesaria, pues primero morigeraba los efectos devastadores de las venganzas, y con el tiempo suplantó una lesión o daño igual al conferido por una pena equivalente -una reparación económica o una pena carcelaria, hasta la pena capital-.
La Ley del Talión. con sus evoluciones y sus adaptaciones históricas, es la idea primera de las diversas vertientes del derecho -especialmente del penal- actual, imprescindible para cualquier ordenamiento social.

Jesús de Nazareth no es un rebelde congénito que llama a ir contra Talión, sino que impulsa a ir más allá. Mucho más que un mérito, y en la vecindad de una locura sindicada como tal por el mundo, Jesús apaga el detector de enemigos. Siempre falla, y nos suele enviar pésimas señales e imágenes.
Se trata de descubrir, invariablemente, al otro como propio, y no es un sentido de posesión ni de exclusividad diferenciadora de ajenos, aún en el ámbito de la fé profesada, y precisamente allí se juega el desafío mayor.

Los clásicos -y la cultura hebrea también- traducían el término amor de tres modos distinto: como eros, como philos y como ágape.
Eros relacionado a lo romántico, a lo sexual, a lo corporal.
Philos relacionado al ámbito de la razón, de la aceptación mental de un igual o a la asimilación voluntaria de una idea -de allí filosofía, amor a la sabiduría-.
Ágape, al amor con el que Dios nos ama, a todas las mujeres y los hombres de toda la historia, de todos los tiempos, generosa e incondicionalmente, un amor que es celebración y que no se acota a ciertas limitaciones que solemos imponer. Ágape, el amor asombroso que entrega sin vacilar la vida para que otro sobreviva.

Ése y no otro es el mandamiento de este amor, y sólo puede explicarse y asimilarse desde el mismo Dios que lo inspira porque es su misma esencia. Un amor que -decía con enorme veracidad la Madre Teresa- duele, pero sin el cual la fé cristiana es una vertiente moral más, muy respetable, pero sin un distingo y sin trascendencia.

Porque todo comienza y se decide aquí, y el más allá ha de manifestarse en nosotros en el día a día.

Paz y Bien

La gran responsabilidad y tarea de Pedro




La Cátedra de San Pedro, Apóstol

Para el día de hoy (22/02/14):  
Evangelio según San Mateo 16, 13-19


Las casualidades no existen excepto en las elucubraciones que nuestra razón adjudica a procesos azarosos. En rigor de verdad, existen causalidades, conexiones, y en cierto modo, podríamos afirmar que las casualidades son esos momentos en la historia en que Dios deja su huella con un seudónimo, en silencio, invisible a miradas comunes pero evidente a los ojos de la fé.

Por ello los acontecimientos del Evangelio para el día de hoy los ubica Mateo en Cesarea de Filipo. Es la antigua ciudad helénica que rendía culto a ignotos dioses -el dios Pan-, que se edifica en honor del César y lo considera un dios, y por ello le erige un templo, es el fasto que exhiben los vasallos a los opresores de quienes depende su poder. No es una ciudad extranjera pero casi se escapa de los límites del tetrarca Filipo: es el Israel que se desdibuja por la confluencia de gentiles, es el símbolo del sometimiento a Roma, es el confuso lugar en donde se rinde culto a dioses muertos y falsos, y que se sostiene a fuerza bruta de legiones romanas.

Allí, al borde el monte Hermón -punto máximo del norte hacia el que llegará el Maestro en su ministerio- Él les pregunta a los discípulos quien dicen las gentes que es, cual es su identidad. 
Ese pueblo padecía desde hacía muchos siglos la ausencia de profetas; por ello la voz inclaudicable del Bautista les resultó tan importante, y también la del Maestro. Por ello mismo, en esas ansias que todos ejercemos, trasladamos a la búsqueda de la verdad nuestros deseos y frustraciones, y así ese rabbí galileo se les hace el Bautista redivivo, Elías, alguno de los antiguos profetas. Intuyen que viene de Dios, pero se quedan en el plano humano nomás. Porque reconocer a Jesús de Nazareth como Hijo de Dios y Salvador no es cuestión de razón sino más bien de co-razón, y ése es terreno del Espíritu de Dios que todo lo ilumina.

Simón hace una confesión tan contundente, que prácticamente no tiene parangón: sin ambages ni vacilaciones, afirma en esa ciudad enrarecida que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es Simón ben Jonás el que habla, pero es el Espíritu de Dios quien le dicta las palabras, quien le revela la verdad mayor, y Simón dejará de llamarse Simón y será Pedro -Petrus, Cephas, piedra- sobre el que el Señor edificará la Iglesia. Porque es Dios quien edifica, siempre- y nosotros somos apenas unos simples albañiles escasos.
Pedro es también piedra por cabeza dura, por aferrarse endurecido a viejos esquemas muertos, por dejarse llevar por los estados de ánimo, por pensar que puede reprender al Maestro cuando éste le revela el destino de cruz de su ministerio.

Aún así, Pedro es el que dará solidez a los corazones y confirmará en la fé a sus hermanos. Pedro y todos los Pedros que lo sucedan.

No hay casualidades. En esa ciudad en donde parpadean constantemente las luces mustias de ídolos muertos, de dioses falsos, de imperialismos y opresión, allí se abren las puertas de un ámbito nuevo, de espacio y recinto amplio, mesa para todos en donde la muerte -inevitablemente- retrocede. Se trata de la familia que llamamos Iglesia, y que es mucho, muchísimo más que una estructura, una institución, poderes establecidos. Es en donde florece el Reino, un reino extraño en donde la nobleza la encarnan los últimos, y los principales son servidores incondicionales de todos los demás.

La tarea de Pedro es enorme, y no puede con ella en soledad. Siempre lo asistirá el Espíritu del Resucitado y el auxilio y la ayuda de los otros discípulos. 
Pedro, como roca, no adquiere privilegios ni coronas, sino responsabilidades mayúsculas de servicio. La tarea de establecer lazos entre los hermanos que se han separado, hacedor de puentes de fraternidad y justicia -literalmente pontífice significa hacedor de puentes- y debe también desatar nudos, todas las coyundas que oprimen y suprimen la vida, minimizan la humanidad, impiden la alegría.

Su misión es misión de comunión, de anuncio siempre joven y nuevo, de apertura de miradas, del Reino que está ahora y aquí entre nosotros.

Dios nos cuide a Pedro.

Paz y Bien

Cuestiones de marginales



Para el día de hoy (21/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 34-9, 1


Es usual la afirmación de que cargar la cruz de cada día implique el piadoso ejercicio de la paciencia, llevando con nosotros todo aquello que nos lastima, nos hace daño, nos resulta gravoso. Ello también puede referirse a los aconteceres que nos vá deparando la existencia en el día a día -tantos dolores que se nos confieren- como así también las miserias propias en las que solemos sumergirnos. Todas ellas son señales dolorosamente mortuorias y, en cierto modo, cruces, y por ello mismo es que vivimos de este modo este pasaje del Evangelio que en el día de hoy se nos ofrece.

No está mal, es claro, porque ello supone un acto de fé, un compromiso, un atisbo de la Buena Noticia.

Más en realidad, Jesús de Nazareth siempre está a una distancia sideral de nuestras limitadas expectativas; será que toma distancia para que emprendamos la marcha con nuevos bríos hacia un horizonte que la rutina nos desdibuja.
Porque lo que el Maestro está proponiendo es que nos atrevamos a encarar el éxodo de aprendices/discípulos al de marginales para mayor gloria de Dios.

Cargar la cruz no implica necesariamente preanunciar un fin de espantos, como es la crucifixión. Cargar la cruz es asumir la condición de aquél que porta la cruz camino a cumplir su condena a muerte, la del despreciado por los mirones de la calle, de aquél cuya dignidad humana primordial es hollada y atropellada como una exhibición macabra. 
La cruz era el suplicio romano prescrito para los criminales más abyectos; para la fé de Israel, además de esta imposición legal de la pax romana, significaba también adquirir el carácter de maldito. 

Así entonces, cargar la cruz siguiendo a Jesús significa hacerse -voluntariamente- el último entre los últimos. Es renunciar a todo ego, y difuminar cualquier pretensión finalista para volverse un medio del Reino de Dios.
Es la ilógica de la abnegación, que fué, es y será motivo de asombro y escándalo, porque los que siguen de ese modo a Cristo se recubren de indignidad para ser los más dignos, se ubican al fondo de todo y serán por la Gracia los primeros, y desafiando toda lógica, afirman con cada respirar que es bueno, que es santo y que es necesario, a menudo, entregar la vida sin condiciones para que no haya más crucificados, para que otros vivan.

Seguir a Jesús es atreverse a reemplazarse uno mismo por Cristo, Dios entre nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien

Oración a Nuestra Señora de Coromoto por Venezuela


PATRONA DE VENEZUELA

Señora del Coromoto,
Patrona de Venezuela,
la más esplendente guía
en estas cálidas tierras
donde con ella no hay sombra
y sin su luz hay miseria,
donde con ella no hay sustos y zozobras hay sin ella,
Señora del Coromoto la de celestes promesas,
de ti nos venga dulzura y de ti vénganos fuerza
para hablarte del destino que la Patria te encomienda.

Patria de eternas llanuras y de montañas eternas,
Patria de proceros ríos y de líricas palmeras,
Patria de fértiles valles y de inexploradas selvas,
Patria del Ávila en roca y de Caracas en seda,
Patria del Coquivacoa y de la Guayana intensa,
del Tacarigua plateado y de las andinas sierras,
del Orinoco sin bridas y de la Parima enhiesta,
la de Coro y de San Carlos y Cumaná la primera,
de Calabozo y Barinas con mugidoras dehesas,
de Guanare y Barcelona y Maracaibo y Valencia,
de Angostura hecha de oro y de Porlamar de perlas,
ciudades para la historia en la paz como en la guerra.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
te va en nombre de la Patria esta ingenua voz poética,
y te dice en recio tono popular, Señora bella,
que la Patria de este canto no es una Patria cualquiera:
es la Patria de Bolívar, Padre de la Independencia,
la Patria de Sucre y Vargas, de Ribas y de Urdaneta,
del catire José Antonio el de la lanza perfecta,
del girondino Miranda el hombre de la Bandera,
de Eulalia Buroz la rubia y de la negra Matea.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es la Patria del glorioso sabio don Andrés de América,
varón del civismo puro, jerarca de nuestras letras
con su Oración y su Silva cual dos encendidas teas,
la Patria de Sanz y Roscio con sus flores de elocuencia
y la de Simón Rodríguez el de la mano maestra,
la de Sanoja y su antorcha de Comentarios, la buena
Patria de Cecilio Acosta con su vida y sus poemas,
la de Maitín y Lozano, de Lamas y Landaeta,
de Teresita la magna, de Rojas y Michelena,
la Patria de Pancho Lazo el ángel de los poetas
y de Arturo Celestino el querubín de la Iglesia
con su voz de hierba y lluvia y con su nombre de estrella.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la Patria de este romance no es una Patria cualquiera:
es tu Patria, la más noble, es tu Patria, la más bella,
en Barquisimeto suaves crepúsculos de leyenda,
clavellinas en Aragua y frailejones en Mérida,
la grave Patria del Guácharo en la legendaria cueva,
la Patria de los Diablitos de Yare, la pintoresca
Patria feliz del joropo en la noche parrandera
y del merengue agridulce en barloventeñas tierras,
la Patria de Cantaclaro al pie del arpa apureña
y la del sin par Delpino en la Caracas chancera.

Señora del Coromoto, Patrona de Venezuela,
la de este ingenuo romance no es una Patria cualquiera:
cuida pues de ese tesoro que a tu cuido se encomienda
y jamás en él permitas ni la más pequeña mengua.
No dejes que manos turbias entren a saco en la huerta,
ni que las manos cobardes lo pongan todo a la inversa:
sobre la rosa la espina, sobre el alma la materia,
la sombra de la ignorancia sobre la luz de la idea,
sobre el orden la injusticia, sobre el derecho la fuerza.
No dejes, linda Señora, que se acumulen riquezas
mal habidas ni se cambie decoro por desvergüenza,
ni se caliente la fama con humo de pajas secas,
ni viles estupradores acaben con la inocencia,
ni rábulas ominosos la ruta del foro tuerzan,
ni pedagogos incultos echen a perder la escuela.

Cuida, Señora, las cosas que la explotación desmedra,
las minas y los ganados, el petróleo y las maderas,
y procura que estos dones de rica naturaleza
para los pueblos y campos en bienestar se conviertan.

Que no haya niños desnudos ni madres en la pobreza,
que no haya peste en los hatos ni gusano en sementeras,
que no haya bajo los puentes destartaladas viviendas,
que no haya jefes civiles exactores en aldeas,
que la gente cante el Himno y al viento ice la Bandera
con el corazón gozoso y la conciencia serena.
Y lo principal, Señora: que por doquier se mantengan
cerradas las ambiciones y las cárceles abiertas.

Así, Señora del Día, Luz del Sol, Señora Excelsa,
serás la mejor y linda Patrona de Venezuela,

Luis Barrios Cruz
poeta guanareño


Sumamos desde aquí, desde el sur del continente, nuestra oración a la Madre de Dios en estos momentos tan duros, para que ante todo y entre sus manos la vida se proteja y se respete, en libertad, justicia y paz.
Así sea.

Paz y Bien para Venezuela

Ricardo

Imágenes de Cristo



Para el día de hoy (20/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 27-33



El Evangelista Marcos sitúa hoy el ministerio de Jesús de Nazareth en los poblados cercanos a Cesarea de Filipo, y es mucho más que un dato geográfico. 
Hasta hace poco, ha curado y enseñado en Betsaida, y se desplaza a aproximadamente cuarenta kilómetros al norte, casi al pié del monte Hermón: ese será un límite físico y también teológico -espiritual- pues no irá más allá. A partir de allí, todo será ruta hacia el sur, hacia Jerusalem, al encuentro decidido y libérrimo con el odio encendido de sus detractores, hacia la fastuosa capital, al enorme Templo y, por sobre todo, a su crucifixión y su muerte.

Cesarea de Filipo no es otra ciudad más en su periplo, sino que está cargada de gravosos símbolos. Edificada en un principio para el dios griego Pan, luego se la rebautizó Cesarea en honor del emperador César Augusto, a tal punto de edificar un templo a ese César deificado. Con el tiempo, se le añadió el término de Filipo en homenaje al tetrarca que imperaba en ese tiempo, Herodes Filipo, uno de los hijos de Herodes el Grande -hermano del conocido Herodes Antipas, asesino del Bautista-. 
Allí confluyen, entonces, rituales de deidades de la naturaleza, la divinización del César y el culto al poder y a los poderosos, y es precisamente allí en donde Jesús de Nazareth les pregunta a los discípulos qué dicen las gentes acerca de quien es Él.
Que el Bautista, que uno de los profetas, que es Elías regresado es la respuesta, y es que el Maestro suscitaba distintas reacciones entre los que accedían a sus signos y enseñanzas. Sin embargo, es obvio que cada respuesta se adecua a las expectativas personales y nó a la inversa. En la mentalidad colectiva predominaba un Mesías sucesor de la dinastía davídica que restauraría mediante el poder militar las antiguas glorias de Israel; más aún, algunos querían apurar esa llegada con un uso religioso de las armas, tal el caso de los zelotas, mientras que otros suponían que con el cumplimiento estricto y puro de la Ley -los fariseos- acortarían la espera.

Pero todas las respuestas refieren a un hombre, a un hombre extraordinario o a un súper hombre, pero a un hombre al fin. Y en su horizonte no pueden concebir a un Mesías servidor, humilde y manso que se vista de derrota, que deje las manos libres a los violentos para que se ensañen con él, un Mesías abnegado y entregado como un cordero al sacrificio.

Por ello mismo, les pregunta a los discípulos -a los Doce, a todos y cada uno de nosotros- con un énfasis inusual cual es la idea que tenemos de Él.
Pedro toma la palabra en nombre de todos, pues Pedro es la roca en donde afirma y confirma su fé la comunidad. Y Pedro está asistido por el Espíritu de Dios, y por ello confiesa que ese Jesús que comparte con ellos caminos, cansancios y pan es el Cristo de Dios, el Mesías esperado.

El Maestro manda guardar silencio acerca de esta verdad. No hay difusión ni publicidad que valga, y se acerca la noche oscura: las comprensiones se abrirán al alba de la Resurrección, y tal vez por ello quiere prepararlos para los días bravos que están por venir.
No es fácil de asimilar, pues todos tienen y tenemos moldes viejos que nos resultan costumbre diaria y comodidad, y la fé exige un salto sin red que no cualquiera se atreve a dar. Por ello mismo quizás Pedro comienza a reprenderlo, con el mismo enojo empeñoso que solemos poner cuando los proyectos de Dios no se adecuan a lo que suponemos, cuando lo que pedimos no se adapta a lo que Dios nos brinda a diario y de continuo.

Así, ese Cristo sufriente y derrotado, hermano de todos los crucificados de la historia se identifica con muchas imágenes que solemos adjudicarle. 
Un Cristo lejano y glorioso, bien del cielo y ajeno a estos andurriales del mundo. O quizás un Mesías revolucionario. O un Salvador dulcemente banal que nunca incomoda, encarnación de un Dios al que creemos manipular mediante la acumulación de actos piadosos. Tantas imágenes como ansias y expectativas le adosamos.

Jesús de Nazareth nos regala una pista asombrosa, magnífica. Se identifica como Hijo del hombre, Hijo de la humanidad, y en ese título está su misión, su ternura y su ofrenda perpetua, un Dios jamás desentendido de lo que nos sucede, un Dios que ha asumido nuestra limitadísima condición para ascender, peldaño a peldaño, a un cielo que comienza aquí y ahora.

Paz y Bien


El ciego de Betsaida



Para el día de hoy (19/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 22-26




Ese hombre estaba aquejado de una ceguera total, pero también de un acostumbrarse cotidiano, de una resignación y pasividad que lo paraliza. Sin embargo, hay otros de los que no sabemos sus nombres, pero están allí, los desconocidos del Reino, los que sin vacilaciones llevan a los oprimidos de toda cautividad a la presencia de Cristo, fuente de toda liberación, salud, Salvación.

Porque cuando hay un hermano impedido en su agobio, no puede haber demoras ni excusas.

Como siempre lo ha hecho, y movido por su inmensa compasión, el Maestro pone la totalidad de su existencia a favor del doliente, del que sufre, del que no puede más.
Antes que acciones de asombroso taumaturgo, de un poder descollante, de milagrero rutilante, priman en Jesús de Nazareth la ternura y el cuidado. Por ello el contacto respetuoso y pleno de afecto, y es ese contacto el primer paso de la sanación.

En aquellos tiempos, era imperioso no tocar a ningún enfermo por las normas de pureza ritual, bajo el riesgo de impurificarse y de volverse no apto para la vida religiosa en comunidad. Maravillosamente, el Maestro quebranta ese precepto absolutizado, con la santidad que implica rebelarse contra todo lo que deshumaniza.
Así toma de la mano al ciego y lo aleja de la muchedumbre, a las afueras del pueblo.
Las cosas de Dios son bien personales, y no deben ser sometidas al escrutinio masivo, a mesuras de espectacularidad, pues los milagros no son un show de representaciones mágicas. Estamos demasiado esclavizados a una cultura de lo inmediato, a la cruel mecanicidad de lo instantáneo que niega cualquier proceso de crecimiento y desarrollo.

Por eso, quizás, este signo del Señor nos llame la atención. No hay nada en él que denote una espectacularidad supuesta.
Sin embargo, el milagro comienza en el preciso instante en que almas nobles se preocupan y ocupan del hombre relegado a las sombras constantes.

Todo tiene su tiempo de crecimiento, y a veces -siempre- es menester permitirnos la paciencia de la semilla, que por pequeña no deja de ser eficaz.

La primer respuesta de ese hombre de Betsaida es espiritualmente consecuente: vé a los hombres como árboles que caminan. Es el reflejo fiel de estas cegueras que a menudo gustamos llevar, tanto las multitudes como los seres queridos, los vecinos, los cercanos que atraviesan nuestra vida no como una bendición, no como un ser único -reflejo del Dios de la vida- sino como cosas, árboles en movimiento.

No queremos mirar, y mucho menos ver.

Pero ese hombre dá un paso fundamental en su éxodo a la Salvación, a la salud: reconoce que aún no puede ver bien. En el ámbito médico, en el ámbito psicológico, en todos los órdenes de la vida es imperioso reconocer que algo no está bien para poder enfrentarlo y superarlo. Reconocernos enfermos y necesitados de ser sanados.

Y allí sí, el Maestro nos devuelve esa capacidad de ver al hermano, de recuperar la mirada plena, unos ojos capaces de asimilar la verdad que resplandece en las honduras de los corazones y que se expresa en el prójimo.
Entonces será tiempo del regreso al hogar. No hay que detenerse en la aldea de los subterfugios y los escapes fáciles, de la rutina y las comodidades.

Esas patrias que ansiamos reivindicar comienzan en el hogar que compartimos.

Paz y Bien

Levaduras



Para el día de hoy (18/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 13-21



La vida es una harina que con buena levadura puede hacerse pan, la levadura mejor de la Palabra de Dios que convierte existencias, pueblos, el mundo entero.

El Maestro lo aprendió en su niñez nazarena, cuando observaba atentamente a su madre y a las otras mujeres del pueblo colocando un pequeño puñado de levadura en las medidas de harina para el pan diario. Sabía de la fuerza transformadora de lo en apariencia pequeño, al igual que la semilla del grano de mostaza.

Sin embargo, les advierte a los discípulos que hay otras levaduras que no son tan buenas. Más aún, que son malsanas y corrompen ese destino magnífico de pan nutricio. Y distingue dos levaduras de las cuales han y hemos de estar en guardia, tener cuidado que no nos fermente. Hay cosas que, aunque graves y peligrosas pasan y perecen. La mala levadura es peligrosa por los efectos perdurables que ocasiona, y puede ser nefasta.

Así entonces la levadura de los fariseos. Se trata principalmente de un fermento de cariz religioso; es el puntilloso cumplimiento del precepto por el precepto mismo, es la pretendida manipulación de la voluntad divina merced a la acumulación de méritos piadosos, es la hipocresía de sostener la pura exterioridad y olvidar el corazón, es una vida estructurada en donde todo está dicho, en donde no hay posibilidad de asombrarse ni espacios para nada nuevo, es el ámbito de un dios que premia o castiga según las conductas. En esa levadura no hay sitio para el amor que es el Dios de Jesús de Nazareth.

Por otro lado, está también la levadura de Herodes. Aunque apoye sus pies en cierto sectarismo religioso, se trata de un fermento intrínsecamente relacionado con el poder, con su uso y su abuso. Es la componenda falaz, la racionalización del uso de la fuerza, la perpetuación del dominio, la justificación de los medios de acuerdo a los fines, la supresión del disidente, la corrupción como lógica primordial. En esta levadura la generosidad, el servicio y la solidaridad jamás pueden florecer.

Todos nosotros portamos algún resabio de estas levaduras. Y sólo con el fermento de la Palabra podremos convertirnos en pan para el hermano, sencillo y humilde maná que sea bendición en nuestros lugares, como Aquél que ha satisfecho el sustento ausente de tantos, y el hambre de verdad de todos.

Paz y Bien




Todo está allí, escondido a los ojos



Para el día de hoy (17/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 11-13


Ellos suben a una barca y cruzan el lago. Han regresado a la Galilea en donde todo ha comenzado, y nomás desembarcando, los severos fariseos enfrentan al Maestro con patentes ganas de confrontar, de descalificar y un ausente ánimo de encontrar la verdad.

No lo dejan en paz, y es significativo que la pelea planteada suceda en la ribera: lo estaban esperando con ese único fin avieso.
El Evangelista en ese punto es preciso: le piden a Jesús un signo del cielo para ponerlo a prueba.

De aquí podemos inferir dos cuestiones principales: por un lado, tenían la intención de que el Maestro cometiera un error y así ponerle en ridículo frente a todas esas gentes que lo seguían en un número cada vez mayor. Pero por otro lado, hay otro interés oculto, tácito, y es que a ellos les brinde una señal de esas características. Parece que lo que no es sometido a su escrutinio y a su aprobación, debe ser rechazado de plano y considerado anatema, ajeno a Dios.

En síntesis, requieren una señal milagrosa, un portento visible y descomunal que confirme la autoridad divina que ese rabbí harapiento pretende esgrimir. Sin dudas, hay cierta actitud de superioridad despreciativa: son los cultos y pulcros ortodoxos que, en el fondo, desprecian a ese galileo de aires campesinos, cuyo mismo acento lo delata, un paisano casi impuro, un kelper de la fé de Israel.

Por ello el Maestro suspira profundamente, y es un gemido y un dolor que proviene de las honduras de su alma. Esos hombres son muy religiosos, y sin embargo son unos incrédulos enconados. Para ellos ninguna señal, por evidente que fuere, será suficiente, y por eso mismo no tendrán ninguna señal al modo que ellos exigen.

Porque tanto para esos fariseos como para nosotros, todo está allí aunque se nos oculte a nuestros limitados ojos. Las señales del cielo resplandecen como estrellas de Belén que nos señalan el camino para los corazones que se animen a mirar y ver más allá de lo evidente.

Señales de fraternidad, de solidaridad, de servicio, de vidas ofrecidas. Pequeños gestos de cortesía y amabilidad. Silenciosos esfuerzos de todos los que viven vidas orante para sustento de todos nosotros, en la mansa soledad conventual. Madres como ángeles que mantienen a raya los demonios del hambre. Los hombres honestos que desertan abiertamente de cualquier corrupción. Los que cuidan a los indefensos. La serena alegría compartida. Tantos gestos y acciones concretas, tantas señales del cielo y la señal mayor, la Resurrección que es vida que no se termina, eternidad y don de Dios para toda la humanidad.

Paz y Bien

La justicia mayor



Para el día de hoy (16/02/14):  
Evangelio según San Mateo 5, 17-37


En la Palabra para el día de hoy hay continuidad y hay ruptura, y mucho tiene que ver con los esfuerzos de las primeras comunidades en integrar a los seguidores de Jesús provenientes del judaísmo y aquellos cuyas raíces eran gentiles. Ello no sólo implicó una reflexión teológica monumental, sino especialmente la transformación de estructuras y preconceptos firmemente arraigados en las mentes de esas gentes.

Hay ciertas cuestiones -como las ideologías, las estructuras religiosas, algunas tradiciones- se enquistan con tanta fuerza que se tornan inamovibles, sagradas, fines en sí mismos. Y traen como consecuencia el desencuentro con el otro y, peor aún, una parodia de la relación con Dios, pues esas construcciones propias de la mente humana se adjudican a un mandato divino.
Esa re-presentación -pues tiende a ocultar verdades- suele devenir virulenta en su reafirmación, segregacionista, tajo que divide entre propios y ajenos, nosotros y los otros y enciende en forma perpetua su detector de herejes y enemigos. Aún cuando ese nosotros sea cada vez más pequeño, más reducido y excluyente.

El problema y dilema de aquellos tiempos primeros es también, bajo otras apariencias, el mismo hoy en día. La vara que solemos utilizar es relativa, es menor y la mayoría de las veces poco tiene que ver con la Buena Noticia. Todas las cosas -buenas y malas- se encuentran primero y ante todo enraizadas en las honduras de los corazones.

Jesús de Nazareth a una justicia distinta, una justicia mayor, y su símbolo perfecto es esa cruz en el que hace ofrenda total de su ser para que todos vivan.
Esa cruz tiene un madero que apunta hacia el cielo y dos brazos que se extiende horizontalmente hacia los lados, y paradójicamente, esa cruz sin uno de los brazos deja de ser tal. Podrá ser, tal vez, horroroso patíbulo pero nunca señal cierta de amor absoluto, de vida tenaz y eterna.

Una justicia que se dirige hacia arriba y hacia los lados, hacia Dios y hacia el prójimo, desde las profundidades del corazón y desde acciones concretas que nunca han de estar escindidas de esa interioridad. Por ello mismo, espiritualidad y ética van entrelazadas en cada instante de la existencia, en el proyecto de amor y bondad de Dios para toda la humanidad.

Hace una buena cantidad de años, un pueblo nuevo peregrinaba desde la esclavitud hacia la libertad prometida, hacia a vida. Ese pueblo fue bendecido con Ley y profecía, con la voluntad de Dios expresada para encaminar los pasos de todos hacia la plenitud.
Desgraciadamente, se fueron quedando en la fórmula y progresivamente olvidaron a Aquél que le daba sentido y sustento. En cierto modo, es lo mismo que la adhesión feroz a una doctrina con una carencia absoluta de amor y compromiso; ello dá lugar a fundamentalismos, opresiones y odios variopintos.

Jesús reinterpreta la historia de su pueblo, y quiere rescatar todo lo bueno y lo santo que su historia acarrea para llevarlo a su cúlmine,a un destino luminoso, a un horizonte de libertad y felicidad -que no otro es el destino de la humanidad signado por Dios-. 
Con Él, nuestra propuesta y nuestro desafío hoy es hacer carne, vida, respirar esa justicia, como José de Nazareth, como María de Nazareth, como tantos otros que supieron ajustar su voluntad a la voluntad de Dios, abandonando todo supuesto egoístamente minúsculo, el éxodo del yo hacia el nosotros.

Paz y Bien



De pan y hambre




Para el día de hoy (15/02/14):  
Evangelio según San Marcos 8, 1-10


Hay más de una clase de hambre.
Está el hambre que se elige, a veces por motivos estéticos -una mejor figura tal vez-, a veces por motivos de salud, debido a indicaciones médicas. Y está también el hambre voluntariamente buscado, en el que la privación se transforma en gesto amoroso, en cultivo de la voluntad, en pequeña ofrenda para aliviar, aunque sea mínimamente, el hambre de otros.

Pero hay otro hambre, y es el hambre no elegido, el hambre impuesto, esa carencia del sustento mínimo que aún hoy a tantos millones de seres humanos agobia con su crueldad. Seguramente y desde distintas perspectivas y abordajes nos encontremos con diversos análisis, en ocasiones muy certeros.
Pero desde nuestro mínimo y modesto lugar no vacilaremos en afirmar que, ante todo, sus causas se originan en el corazón humano, en egoísmos y en negaciones expresas de la existencia del otro, y ése es precisamente el drama. Cada existencia socavada por el hambre, cada hija e hijo de Dios mal comidos, subalimentados o hambreados sin compasión debería ser para nosotros una afrenta intolerable a ese Dios que es Dios de la Vida, un Dios cuyo rostro resplandece en los pequeños, una vida que se angosta y menoscaba porque -debemos reconocerlo- a pesar de tantas declamaciones, nos hemos acostumbrado y, a menudo, cedimos paso a la resignación.

Una multitud había acompañado a Jesús de Nazareth, rabbí judío, durante varios días. Eran todos ellos extranjeros, y a la mirada ortodoxa de Israel impuros y despreciables enemigos de una Decápolis que poco tiempo atrás rogaba a ese galileo que se fuera. Había optado por su piara antes que por la salud del vagabundo enloquecido de los cementerios. Pero ahora la multitud se nutría de muchos enfermos suplicantes de salud, y de otras tantas almas ávidas de una Palabra nueva, sedientos de esperanza.
Seguramente han llevado algunas viandas para los primeros momentos, pero han pasado varios días y desfallecen de hambre, y corren riesgo de caer por el camino de regreso a sus hogares.
Y el Maestro se estremece de pena frente al hambre de tantos, por ese pan ausente, y por ausencia de solidaridad creativa de sus discípulos, que dan una respuesta muy racional pero que nada hacen más allá de manifestar un dictamen con apariencia definitiva.

El dolor del Maestro se multiplica porque sus discípulos tienen la respuesta, pero se obstinan en resignarse, en escapar por tangentes mundanas.

La respuesta está en ellos mismos, y se trata del compartir, aún cuando lo que haya para compartir se asome como bien poco, con patente escasez. Porque ese Cristo todo lo puede, pero en este milagro tienen mucho que ver sus discípulos.
El compartir es un escándalo maravilloso, un río de agua fresca a partir del cual florecen los milagros, y es el paso primordial de la mesa grande que soñamos y que ese Dios con nosotros nos ofrece, Eucaristía de los hermanos que por fin se han reunido.

Paz y Bien



Los desconocidos y silenciosos testigos de la Buena Noticia



Para el día de hoy (14/02/14):  
Evangelio según San Marcos 7, 31-37


Los hemos encontrado muchas veces, quizás sin advertirlos, en los Evangelios. Son seguidores de Jesús de Nazareth, en apariencia anónimos, mujeres y hombres que con mucha fé y tenaz confianza llevan hacia el Maestro silenciosamente a muchos dolientes, enfermos, oprimidos.

Estuvieron allí, por ejemplo, cuando la suegra de Pedro se encontraba postrada por la fiebre. Son los cuatro hombres empeñados en llevar a la presencia del Señor al paralítico, abriendo boquetes en el techo. Son todos los que llevaban a los enfermos en camillas y las colocaban al paso de Jesús, en servicio de Salvación, y son tantos otros aún en nuestros días.

Son seguidores del Señor, discípulos desconocidos, servidores de liberación, sal de la tierra y luz humilde de este mundo, a medio camino entre los Doce y los ángeles, y que sin embargo en su modestia y en su sencillez se afanan por pasar inadvertidos, porque lo que cuenta es la misión, y quien debe verse es Cristo, Dios con nosotros.

Son los que a tantos cautivos de toda opresión constantemente están enviando señales precisas de auxilio, heroínas de la solidaridad, héroes de la compasión, sin los cuales esta vida carecería sentido y de sabor.
Se saben mínimos y quebradizos, conocen que nadie es imprescindible, y sin embargo son importantísimos. Pasan por la existencia inadvertidamente, y se retiran en silencio, satisfechos y felices a los brazos de Aquél que los espera siempre, porque han hecho lo que debían, y no buscan premios ni recompensas pues bien cumplidos están. Nada más ni nada menos son felices por anteponer la necesidad del otro a cualquier interés personal, aún el más legítimo y básico.

Los necesitamos, y mucho, y es menester ser capaces de abrir los ojos para mirar y ver, porque siguen estando entre nosotros.
Pues aún hoy persistimos en nuestra incapacidad de oír y escuchar al otro y a Dios, y así nuestra vida deviene un monólogo absurdo e inentendible. Es preciso que el Maestro nos cure para recuperar el habla, Él mismo que es Palabra hecha uno de nosotros, Verbo encarnado, Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Paz y Bien



 


Nuestras mujeres sirofenicias



Para el día de hoy (13/02/14):  
Evangelio según San Marcos 7, 24-30



En parte porque el ambiente se había sobrecargado y podían desatarse violencias que iban mucho más allá de la mera agresión verbal, en parte por cansancio y, tal vez, para encontrar un poco de sosiego junto a sus amigos, el Maestro se retira a la región de Tiro y de Sidón, en territorio netamente pagano y que para el acervo cultural judío se corresponde con enconados enemigos. Probablemente esperaba encontrar allí algo de anonimato que le brindara alivio, pero ya es demasiada la fama bondadosa que le precede, y los extranjeros saben bien que a nadie rechaza.
El gesto supera por lejos un simple viaje: es un éxodo interior que amplia al universo el anuncio y misión de la Buena Noticia, pues la primer frontera que ha de cruzarse es la del propio corazón.

Allí se encuentra con una mujer que, además de tal, es madre, y que con humildad e insistencia suplica por su hija enferma. Y como madre, sufre lo indecible pues no hay dolor mayor que ver sufrir a un hijo y descubrirse impotente de brindar alivio. De allí su insistencia, de allí esa extraña confianza al rabbí judío que dicen, tanto bien prodiga.

Pero la primer respuesta del Maestro sorprende, y se nos hace durísima: primero deben saciarse los hijos, y no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los cachorros. No se trata de una figura simpática, nada de ello: el extranjero, y el extranjero enemigo era considerado y llamado injuriosamente un perro -y hoy es un epíteto insultante que seguimos utilizando-. Y Jesús, como judío íntegro, piensa desde las tradiciones de su pueblo, y así primero hay que llevar la Buena Nueva a los hijos, es decir, a lo propio, a lo conocido, a Israel. Y luego, si algo queda, las sobras a los perros, a los cachorros.

Pero esa mujer está impulsada por un amor entrañable a su hija y por una confianza imbatible en la bondad de ese extraño sanador judío, y por ello insiste, tenaz y sin doblez ni resignación. 
Muy lejos de cualquier silogismo, desde sus entrañas, quiere ser partícipe de esa mesa en la que han de comer los hijos pero también pueden participar conjuntamente los cachorros, aunque sea con las migas. Esa mujer intuye de manera formidable que la mesa de Dios es mesa de vida y mesa enorme, mesa para todos sin excepción, y lleva de su parte el mejor de los platos: no pedir nada para sí misma, sólo la total preocupación por la hija, por el otro, por el bien del prójimo.

El corazón de Jesús de Nazareth dá un vuelco, y por su amor y por la fé de esa mujer acontece el milagro de la salud, de la Salvación, de la misión universal de Cristo y la Iglesia.

Entre nosotros hay muchas mujeres sirofenicias, en apariencia ajenas y extranjeras a nuestros moderados y escasos ojos. Pero ellas, con su tenacidad y su ofrenda perpetua del cuidado de los demás, están allí humildes, enteras, sin bajar los brazos, para recordarnos que la mesa/vida ha de tener asientos para todos, que no hay tanto propios y ajenos sino hijas e hijos de Dios que comparten dolores y penas y que, a pesar de todo, quieren vivir felices.

Paz y Bien

Raíz y cizaña



Para el día de hoy (12/02/14):  
Evangelio según San Marcos 7, 14-23



Lo que pretende enseñar el Maestro es importantísimo, tan raigal y trascendente que llama perentoriamente la atención de los presentes, de sus discípulos y de toda esa multitud congregada en torno a Él. Ello se debía en parte a que aquellos con los que quería dialogar lo desechaban de antemano en una negación totalmente prejuiciosa -escribas, fariseos-, pero en parte también porque a menudo es necesario concitar la atención, focalizar, despertar los sentidos.
Solemos oír sin escuchar, mirar sin ver, poner cara de interés pero entre nuestros oídos pasan tormentas, más lo valioso no se queda.

La afirmación que realiza es categórica: nada de lo externo que ingrese en el hombre ha de ser motivo de mancha, de impurificación, de señal que mancille. Es tan contundente lo que dice que es revolucionario y aún hoy no hemos tomado la real dimensión de su significado.

El Maestro refiere a la dialéctica desatada a partir de las costumbres y tradiciones dietéticas impuestas durante generaciones por los escribas, esto es, los alimentos permitidos y los prohibidos, los alimentos benditos que conducen a Dios y los prescritos por impuros. Más aún porque en la historia de Israel muchos habían muerto como mártires por mantenerse firmes en esa tradición, y ante los ojos y los oídos asombrados de todos, Él derriba todas esas cosas que se daban por inconmovibles.

En realidad, vá mucho más allá del cuestionamiento a ciertas costumbres histórica y religiosamente instauradas. Si fuera solamente eso, Jesús de Nazareth sería solamente un carismático transgresor, un rebelde perpetuo pero no mucho más que eso.

Lo que está en juego, lo que se decide -aún a precio de su misma sangre- es el universo infinito de la Gracia, el amor de Dios, la Salvación.

No se trata de discutir la validez o nó de ciertas costumbres que pueden llegar a tener sus razones fundadas, y hasta un santo carácter devoto. 
Se trata de desertar de ese mundo en el cual al Dios de la Vida se lo manipula mediante la acumulación puntillosamente piadosa de actos específicos, actos que están en condiciones de cumplir unos pocos y que, a la vez, son causa de humillación, condena y dolor para tantos.
Se trata de renegar de la imagen de un dios que premia a algunos y castiga a muchos, porque ese no es el Dios de Jesús de Nazareth.
Se trata de darse cuenta que en las honduras del propio ser, de la misma existencia -eso que llamamos corazón- anida todo lo que nos define, nuestros horizontes, nuestras estaturas, sueños, borrascas, cielos regalados o infiernos elegidos. Y que, indefectiblemente, siempre ha de referir a cómo nos portamos con el prójimo, con los demás, nuestras buenas y malas acciones y especialmente nuestras omisiones.

En nuestros corazones puede crecer la humilde y asombrosa semilla del Reino, de la vida, de la felicidad que es siempre compartida. Pero también se nos puede crecer una cizaña que todo lo ahogue, y es por eso que hay que dedicarse al cuidado de ese pequeño jardín que se nos ha confiado.

María de Nazareth lo sabía bien, y todas las cosas -aún las que no comprendía- maduraban al calor de su inmenso corazón, y por ello la más pequeña es la más grande y la más feliz entre todas las mujeres y hombres de toda la historia humana.

Paz y Bien





La otra purificación



Nuestra Señora de Lourdes

Para el día de hoy (11/02/14):  
Evangelio según San Marcos 7, 1-13



Luego del regreso del pueblo de Israel del destierro en Babilonia, sucedieron dos acontecimientos importantes: por una parte, y de manera progresiva, los profetas fueron desapareciendo -y por ello es tan notoria e influyente la figura de Juan el Bautista en su irrupción en el momento justo-. Por otra parte, surge un grupo de estudiosos y eruditos exégetas de la Palabra de Dios, cuya actividad exclusiva es el estudio y la interpretación cabal de la Ley, y varios de entre ellos, a su vez, pertenecían a la corriente o secta de los fariseos. Eran muy respetados por el pueblo, y ante la ausencia de profetas y su creciente influencia, con el correr de los años se transformaron en la voz canónica y oficial en la lectura de la Ley y, por ende, de la voluntad de Dios.

El Evangelista, como en el día de ayer, continúa situándonos en el valle de Genesaret, en donde el ministerio del Maestro es tan amplio, masivo e irrestricto. Por ello, sumado a las voces ferozmente críticas de los fariseos locales a sus acciones y enseñanzas, que bajen desde la misma capital Jerusalem en un viaje de más de cien kilómetros unos escribas es un signo ominoso. El peligro se percibe en el ambiente, y refiere a la preocupación de las autoridades religiosas por la influencia y el prestigio crecientes de ese rabbí galileo.
En cierta manera, se hace presente el martillo rápido y eficaz de la ortodoxia, dispuesto a suprimir sin vacilaciones los desvíos, las sub-versiones de la fé del pueblo de Israel.

Es menester señalar que a través de décadas, estos doctores de la Ley -así también eran conocidos- habían pergeñado un cúmulo de normas, preceptos y rituales, interpretaciones de interpretaciones de la Torah que a través del tiempo se convirtieron en una sólida tradición, tanto o más importante que la misma Palabra.

En esa tradición, cumplían un rol fundamental las abluciones, es decir, los ritos de purificación de las manos previos a la ingesta de los alimentos, así como también la limpieza de los objetos anexos a tal fin. Ello no respondía a cuestiones higiénicas o sanitarias, sino que eran puro ritual que separaba estrictamente puros -es decir, meritorios de la bendición de Dios- de los impuros -es decir, malditos o pecadores-. En es orden de ideas es que critican la actitud de varios de los discípulos, que omiten dicho lavado de manos, y la crítica es un tiro por elevación a Jesús de Nazareth en su condición de Maestro.

Hemos de mencionar también el fervor piadoso de escribas y fariseos. Ellos se aferraban con tesón a las cosas de su Dios, lo que jamás ha de ser censurable en cualquier ámbito religioso. Más el problema mayor, lo verdaderamente grave es que en esos afanes, suplantaron la Palabra Viva de Dios por tradiciones netamente humanas, deificando y sacralizando costumbres que sólo remiten al gesto externo pero que reniegan de lo que bulle en los corazones y, peor aún, se alejan de Aquél que todo ilumina e inspira. Esas tradiciones son traiciones pues pretenden en su soberbia rebajar la eternidad de un Dios que se comunica con el hombre.

Es una hipocresía, una máscara que se adecua y se quita según conveniencia, y el Maestro no se calla. 

Porque es el tiempo santo de la Gracia, y para nuestros asombros y todas las maravillas del universo, la purificación no se obtiene mediante la acumulación de actos y gestos puntillosamente piadosos: los corazones se transparentan por la insondable e infinita acción de la Misericordia de Dios en conjunción amorosa con la fé del creyente.

Dios tiene las primacías, siempre se acerca, siempre está en nuestra búsqueda.

Por eso quizás lo santo comience por honrar, en cada día de nuestras escasas existencias, esa vida que se nos ha concedido. Cuidar y engrandecer lo que es humano -imagen de Dios-, proteger la vida, sembrar la alegría y la esperanza. Porque el culto verdadero y el ritual primordial es la compasión.

Paz y Bien

El borde del manto de Jesús



Para el día de hoy (10/02/14):  
Evangelio según San Marcos 6, 53-56



Jesús ha navegado en la noche junto a los discípulos, varios de ellos pescadores y navegantes avezados. Previo a ello, ha dado de comer a una multitud, y han sorteado -no sin un agudo temor- una tormenta brava, y perdura aún en sus ojos el Maestro caminando sobre las aguas de sus espantos.
Finalmente llegan a Genesaret, que es una planicie muy fértil de aproximadamente cinco por dos kilómetros, ubicada entre Tiberiades y Cafarnaúm en la orilla oeste del Mar de Galilea, y esa gran planicie se transforma en un patio gigantesco.

La imagen estremece a todo corazón que pueda portar, al menos, un mínimo de sensibilidad: cientos de personas comienzan a congregarse allí, llevando a sus enfermos y dolientes porque saben o se ha corrido la voz de que se encuentra allí Jesús de Nazareth. Muchos de los enfermos son trasladados en rústicas camillas, y ello es indicio no sólo de su postración sino de que se encuentran muy graves. Son gentes en su gran mayoría librados a su suerte, considerados culpables de su enfermedades por ideas de pecados y castigos, cuya última esperanza es ese rabbí que camina entre ellos mansamente.

Allí, en los caminos, en cada pueblo y aldea ponen a los enfermos cerca, al paso de Cristo, porque confían en que tocando los bordes de su manto quedarían sanados, y así sucedía invariablemente.
Por ello es menester detenerse en ese detalle, el borde del manto de Jesús, que posee un significado profundo y explica ese enorme acto de fé de todas esas personas.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los hombres utilizaban cuatro prendas de vestir: una túnica larga y suelta que les cubría casi todo el cuerpo, una tela anudada o turbante que les cubría la cabeza y parte del cuello, sandalias en los pies y un manto de tela, cuadrado y sin costura, que se colocaba por sobre la túnica y se llamaba tallit
Todo varón judío debía, de acuerdo a la ley de Moisés, anudar a los cuatro extremos del tallit cuatro extremos sobresalientes con borlas -tzitzit-, flecos especialmente anudados que representaban el sagrado Nombre de Dios, YHWH -Num 15, 38-39-. Este mandato también tuvo su correlato histórico: durante los largos años de peregrinación en el desierto a la tierra prometida, dado que la tienda de Moisés no era suficiente para la gran cantidad de hombres de las tribus, cada uno de ellos extendía su tallit y aferrado a sus flecos inauguraba un nuevo templo santo, sitio íntimo de oración y encuentro entre el creyente y el Altísimo.
Con los años, estos extremos o flecos reflejaban también la autoridad de quien los portaba.

Por todo ello, las gentes -que en los rincones de su memoria tenían viva esa antigua tradición- ansiaban tocar los bordes del manto de Jesús, como ya también lo había hecho la hemorroísa en otra ocasión. Tocar los flecos del manto de Jesús es aferrarse con fervor al nombre Santo de Dios, tocar esas borlas es reconocer la autoridad del Maestro que manda retroceder todo el mal que asola cuerpos y almas.
Tocar el borde del manto de Jesús es reconocer que ese Cristo vive en comunión total con Dios, que mora a su sombra y bajo su alas infinitas de Padre y Madre.

Para nosotros tiene varias direcciones, y tal vez no solamente una referencia epocal. Los Evangelios no son crónicas históricas, sino narraciones teológicas, es decir, espirituales y que poseen el color único de un presente perpetuo. La Palabra -Dios mismo- nos habla hoy.
Por ello no podemos demorarnos en llevar a los enfermos y caídos al paso de ese Cristo que está entre nosotros, para que cada gesto -por pequeño que parezca- sea un acto de fé, que al igual que la oración, es una respuesta al llamado amoroso de un Dios que jamás se cansará de buscarnos y de llamarnos, un Dios que dispensa salud, que regala Salvación sin condiciones previas, a pura generosidad y bondad y, sobre todo, abandonar el temor de acercarnos, de pedir, de encontrar liberación y eternidad aferrados a su Nombre.

Paz y Bien

Las ausencias que se hacen notar


Para el día de hoy (09/02/14):  
Evangelio según San Mateo 5, 13-16



Siempre nutre más la observación atenta de las circunstancias y costumbres - a menudo desapercibidas- que se suscitaban en el tiempo y durante el ministerio de Jesús de Nazareth, pues muchas de esos aconteceres culturales e históricos de la Palestina del siglo I nos ensanchan el horizonte magro de la razón.

En aquel tiempo, la sal tenía una gran importancia, mucho mayor quizás que la actual. Porque no siempre habían salinas de donde extraer los bloques para obtener el condimento de las mesas judías, y porque -precisamente- tenía otro uso tanto o más importante que la sazón de los alimentos. Era tan importante que en ocasiones se utilizaba como moneda de intercambio para pagar el jornal de los campesinos...y de allí que al pago del trabajo lo llamemos salario. Por otra parte, el sentido común nos indica su importancia al sazonar las comidas: sin la presencia de la sal, los alimentos se vuelven insípidos, y por ello difíciles de saborear y de distinguir y disfrutar sus cualidades.
Pero también cumplía un rol clave: estamos en el siglo I, en Medio Oriente, tierra de altas temperaturas durante gran parte del año y, con ello, la gran dificultad para conservar los alimentos frescos sin que se pudran, se echen a perder y se vuelvan incomibles y malsanos, y allí terciaba la sal. Las carnes se deshidrataban y curaban al sol y con sal, lo que prolongaba su integridad y utilidad durante meses; en varias regiones de Latinoamérica lo hemos realizado durante siglos, llamándole con la voz quechua charqui -conocida éste habitualmente como cecina-.

Si la sal faltaba o se degradaba comenzaban los problemas, en parte serios por la carne que se pudría, y en parte porque comer se vuelve algo desagradable, rutinario y carente de sentido, inclusive provocando algunos problemas de salud. Y la sal que se degradaba se utilizaba junto a otros residuos para tapar los baches en los caminos, pequeños montículos que se iban aplanando con las pisadas de los caminantes.
Curiosamente, la acción de la sal es bien modesta, a diferencia de otras especias y condimentos -a los que los pobres rara vez accedían-. Por ello mismo se nota tanto su importancia cuando está ausente.

Así también, en aquella época, sucedía con la luz. El aceite de las lámparas era muy caro, tanto que las familias solían tener una sola lámpara que utilizaban durante la noche para desplazar la oscuridad cerrada; los hogares familiares solían estar compuestos de una sola habitación grande que hacía las veces de comedor y de dormitorio común. Por ello la única lámpara -insistamos en lo costoso del combustible- se colocaba en el lugar más alto posible para que toda la familia se beneficiara con algunas horas de luz, prolongando el día y acortando la noche. 
Aquí su ausencia implica, lisa y llanamente, que si no hay luz al atardecer la vida se apaga hasta el otro día, la vida se adormece obligada, se paraliza, no hay posibilidad de hacer más nada ni de compartir lo vivido durante el trajinar diario.

El Maestro se dirige con mandato de ser sal de la tierra y luz del mundo a sus discípulos, y entre ellos estamos todos y cada uno de nosotros hoy, ahora mismo- 
Cuando está presente la sal del Reino -de la alegría, de la justicia, de una vida cada vez más plena, más humana, más feliz- uno se enamora de la existencia. Dá gusto saborearla, dá gusto vivir. Y hay otra cuestión que no es menor: cuando esta sal comienza a latir en los corazones, los mortales embates de la corrupción retroceden. Porque la sal preserva y protege la vida.
Y cuando no somos capaces de encendernos, en esos fuegos de bondad que provienen del Espíritu que sopla en todas partes, la noche y las oscuridad devienen interminables, un alud ineludible que parece haberse tragado al día.

Esta misión y este mandato son también modestos. El exceso de sal hace daño a la salud, el exceso de luz encandila y es peor que la oscuridad. Y no hay espacio para abstracciones ni cómodas teorizaciones: se trata de hechos y gestos concretos, la mayoría de las veces silenciosos y humildes, pero a la vez imprescindibles. Y cuando están ausentes, se nota y mucho -claro que sí-, y la vida viene con un signo menos.

Quizás -sólo quizás- si abrimos el corazón como el Maestro lo hacía, encontraremos en muchos sitios impensados a muchas mujeres y hombres de sal y de luz, mujeres y hombres que nada quieren saber de cuestiones religiosas, pero que hacen que esta vida sea digna de ser vivida. Gente imprescindible, asombrosos y magníficos hermanos nuestros y de Jesús. Porque la familia es mucho más grande de lo que nuestras acotadas razones suelen calcular.

Paz y Bien

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