Los brazos de mi padre - una canción-


Aquí en Argentina -y en varios países más- el tercer domingo de junio se celebra el Día del Padre.
Mucho puede discutirse, claro está: que es una fecha comercial, que es impuesta desde otra cultura, que podría ser otro día... Para muchos, tal vez el día del padre es cada día.

Con todo y a pesar de todo, hoy celebremos en clima pleno de gratitud.

Muchos hemos sido bendecidos con la infinita gracia de los hijos -oficio que nuncse aprende del todo, y que aún así es maravilloso-.
Otros tantos rinden tributo desde los afectos y la ternura a ese padre que se expande en los nietos.
Otros recordamos con cierta tristeza, algo de nostalgia y agradecimiento profundo y encendido a ese papá que ha partido a las pampas de Dios, un Dios muy parecido a él, un Dios que es papá y también es mamá, como supo revelarnos Jesús de Nazareth.

Hombres sencillos que edificaron la vida con mil esfuerzos, abanderados silenciosos de la decencia y la honestidad, a los que ha menudo se los ha injuriado con el destrato, con salarios de hambre, con la corrupción, héroes anónimos del cuidado y el trabajo, santos florecidos en el esfuerzo cotidiano y en la ternura de todos los días, tan necesara y a veces tan escasa.

Para todos ellos, para todos nosotros, la bendición de ese Dios que nunca nos abandona y un abrazo grande desde una magnífica canción de Jorge Fandermole.

Paz y Bien

Ricardo

LOS BRAZOS DE MI PADRE

Esos tallos de metal que soportan dos jazmines,
pendulares arlequines que acompañan el andar,
que parecen cuna tibia o herramientas de combate
son los brazos de mi padre que se van a trabajar.

Una torre de Babel por los dos edificada
mostraría si sumaran sus cansancios de hasta ayer,
pero como cada piedra les fue siempre arrebatada
no les quedan más que llagas como testimonio cruel.

Pero en la cintura de mi madre
mucho antes de yo verlos como ramas fragantes
estarían prodigándome un abrazo de tarde en tarde.
Y con su fatiga silenciosa en el abrazo acunándome
y empujándome la voz
empujándome la voz
empujándome la voz para cantarles.

Si se pudiera escuchar lo que por su fibra estalla,
lo que la paciencia calla y la lengua no dirá,
los milagros bajarían a los límites humanos
en la furia de unas manos que no dejan de luchar.

Esos tallos de metal que soportan dos jazmines,
pendulares arlequines que acompañan el andar,
que parecen cuna tibia o herramientas de combate
son los brazos de mi padre que se van a trabajar.

Y allá en la cintura de mi madre
mucho antes de yo verlos como ramas fragantes
estarían prodigándome un abrazo de tarde en tarde.
Y con su fatiga silenciosa en el abrazo acunándome
y empujándome la voz,
empujándome la voz,
empujándome la voz para cantarles.

Letra y música: Jorge Fandermole

aquí puede escucharse:


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