Signo y presencia

Para el día de hoy (29/02/12):
Evangelio según San Lucas 11, 29-32

(Las palabras del Maestro son duras, muy duras: le exigen una señal ratificatoria de la voluntad divina, un artificio deslumbrante y mágico, que esté revestida de espectacularidad. Esa señal sería fedataria de que Jesús era el Mesías que venían anunciando de antaño la Ley y los profetas.

En sí, la exigencia es denunciada por Jesús como propia de una generación per-versa, y debemos entender el término en contraposición a generación con-versa.

Hasta la inauguración del tiempo de la Gracia y la Misericordia, las señales conocidas eran señales de llamada a la conversión bajo amenaza de divinos castigos y amenazas establecidas.
Pero Jesús de Nazareth ha revelado el rostro bondadoso de Dios Abbá , y sus signos definitivos serán vida, esperanza, liberación expresados en la señal mayor, la resurrección, el amor que derrota toda muerte.

Tal vez por ello no hay que buscar signos torvos hechos a medida de nuestras mentalidades escasas, signos de resignación o de una religiosidad que se acota al cumplimiento de preceptos, de culto sin corazón, de templo de piedra sin alma.

Están allí: los que no saben más que, humildemente, ofrendarse por el bien de los otros. Los hambrientos de justicia. Los sedientos de liberación. Esas almas nobles con las que siempre contamos -a veces si darnos cuenta- porque están silenciosamente presentes, disponibles a la mano compañera, al auxilio generoso, a la solidaridad incondicional.

Aquí hay uno más que Jonás, y uno más que Salomón dicta la justicia que se expresa en la Misericordia de Dios, en Jesús de Nazareth. Y sus hermanas y hermanos, hijas e hijos dilectos de su Padre, continúan sin estridencias siendo signo y presencia en todas nuestras noches para que lleguemos a buen puerto)

Paz y Bien


La causa de Dios, la causa de los hermanos


Para el día de hoy (28/02/12):
Evangelio según San Mateo 6, 7-15

(Nombre, Reino y Voluntad por la causa de Dios. Pan, perdón, victoria y liberación por la causa de los hermanos.

No son dos planos divergentes, ni posturas escindidas. Todo brota de la misma raíz increíble y maravillosa de la Gracia.

Esoterismos, intermediaciones legalistas y arcanos secretos se desvanecen.
Con el impulso de quien descubre la vida, con la mirada de niños abriendo los ojos a la existencia, llamamos a Dios con la primera de las palabras, Abbá!, Papá!, y esa revelación que nos regala Jesús de Nazareth abre todas las puertas y derriba todos los muros.
Por ello mismo decimos Padre Nuestro, porque no es de unos pocos selectos, sino Abbá de todos, corazón infinito poblado de hijas e hijos, Padre que es el Totalmente Otro y que, sin embargo, lo sabemos cercano, tan cercano como están los afectos en las honduras de nuestras almas.

Y pedimos que sea santificado el Nombre de Aquél que es y está, no como magia ni como auxilio en nuestros mezquinos caprichos, sino reivindicando la eternidad que surge en cada existencia.
Y pedimos que sea el Reino, que venga a nosotros, que acontezca en nuestro aquí y ahora, que todo el mundo se realice en plenitud según el sueño eterno del Creador, porque su voluntad es que el hombre crezca en total humanidad, y su Gloria es que el pobre viva.

Eso que llamamos pecado fractura todo lazo de fraternidad y separa a las gentes en islotes de injusticia y soledad.
Pero nuestro Dios es ante todo Abbá que nos ama, y por eso la causa de los hermanos es su causa, y por eso pedimos por el hermano y junto al hermano que no falte el sustento, que reconstruyamos la vida desde el perdón y la dignidad y que salgamos victoriosos en la lucha diaria contra el egoísmo.

No debe haber demasiadas palabras, sólo la confianza que levanta al sol a las hijas y los hijos, hermanos de Jesús de Nazareth)

Paz y Bien




En camino hacia el hermano


Para el día de hoy (27/02/12):
Evangelio según San Mateo 25, 31-46

(Hemos sido en muchos aspectos mal educados, y con fruición también hemos aprendido mal, por lo general de acuerdo a nuestras conveniencias.
No es entonces ajena esa postura que define la salvación o la perdición en tiempos postreros, de manos de un dios decididamente celestial y alejado que pesará en su balanza méritos y deméritos como métrica de las almas que accederán a la luz eterna o a los fuegos permanentes.

Pero la Salvación acontece hoy, en nuestro presente y devenir diarios.
Es el tiempo santo, kairos, tiempo de Dios y el hombre, y Dios ya no se revela en un pueblo, en una religión, en una ideología.
Al Dios de Jesús de Nazareth se lo encuentra en el hambriento, en el sediento, en el que no tiene con qué vestirse, en el cautivo, en el enfermo, en el migrante que está de paso y no tiene hogar. Por ello mismo Jesús, el Cristo de Dios se llamará a sí mismo Hijo del Hombre, atado por siempre en bondad a esa humanidad por la que será capaz de vivir y por la que morirá sin vacilar para que todos vivan.

Por eso mismo el culto verdadero se expresa en el cuidado del otro, en el socorro eficaz -más no declamado-, en el milagro de la solidaridad y la generosidad.

Estos días son días de conversión, de converger hacia Dios. Es tiempo de peregrinación y desierto, aunque andaríamos errados y a los tumbos al suponer que todo se acota al cumplimiento puntual de piedad puntualizada en cánones impuestos.
Cuaresma debería ser sinónimo de ponernos en camino hacia el hermano, al prójimo/próximo que está a nuestro lado y que miramos sin ver, y en búsqueda de aquel que no está en nuestro derredor, pero que está en las cercanías del corazón sagrado de Dios.

Es tiempo de regreso)

Paz y Bien

Cuaresma vida

Para el día de hoy (26/02/12):
Evangelio según San Marcos 1, 12-15

(Jesús ha sido bautizado por Juan a la vera y en las aguas del Jordán, un río con una historia cara la memoria de Israel, el río que se atraviesa para llegar a la tierra prometida de la liberación, tierra santa de Dios en donde nadie será más un esclavo.
Allí, la lógica indicaría que asumiría el liderazgo de su pueblo para que se instaure sin demoras el Reino de Dios tal como suponían Pedro y los otros, un Dios que derrota a todos sus enemigos y hace gala de un poder avasallador, el Dios de Israel pero de ningún otro pueblo.
Pero sus caminos transitan otros senderos insospechados; Jesús es empujado, llevado de la mano al desierto.

El desierto no es grato ni amistoso. No se sobrevive cargado de equipaje inútil, sólo es posible salir andando ligero y confiando en alguien que brinde auxilio seguro y agua fresca.
Son cuarenta días, y no es un dato menor: en la memoria colectiva, es la referencia directa a los cuarenta años de peregrinación y crisol de pueblo, de liberación de la esclavitud egipcia, de barro moldeado en las manos bondadosas de Dios para hacerse mujeres y hombres libres en tierras renovadas.

Son cuarenta días de sostén absoluto en el Espíritu de Vida.
En pocas palabras, el Evangelista nos regala a un Salvador tan nuestro, un Cristo tan cercano que es golpeado una y otra vez por las tentaciones y flaquezas, humano hasta los huesos como cada uno de nosotros.

En ese desierto, Satanás -cuya etimología refiere a adversario- está allí molestándolo, pero es sólo una presencia simbólica: en realidad, a través de toda su vida Jesús será tentado por las mieles engañosas del poder, del éxito, de la violencia. Serán Satanás aquellos fariseos que lo excluyen y lo tratan de blasfemo, será Satanás el mismo Pedro que lo reprende pues no tolera un Mesías sacrificado y en apariencia derrotado, serán sus parientes diciendo que no estaba en sus cabales, serán aquellos que prefieren una piara de cerdos a un enfermo sanado, serán también los que suponen la primacía de Israel en la salvación y el dejar fuera a todos los otros pueblos, réprobos y condenados por extranjeros.

El mensaje es claro: no se trata de un dios opuesto, o de una fuerza paranormal que anda confundiendo a las gentes y que es menester alejar por intermedio de ciertos expertos por la vía del exorcismo. Se trata de esas falencias, mezquindades, limitaciones enraizadas en el egoísmo y el temor que impiden la realización plena, que reniegan la instauración de la vida plena del Reino del Dios de Jesús de Nazareth.
Lo diabólico es todo lo que se opone a la vida, y contra ello pondrá el pecho el Maestro sin vacilar, y su victoria es la nuestra.

A pesar de todos los embates, de todas esas tentaciones que golpean con fiera determinación y suponen una amenaza insalvable, prevalece la mano de Aquél que nos cuida, significado aquí en aquellos ángeles que sirven a Jesús en medio del asedio de las fieras.
No estamos ni estaremos solos nunca, y a pesar de esas fieras que suelen mordernos los tobillos diarios, ese Dios que es Padre y es Madre no quiere que nos perdamos ni que caigamos en las arenas de la soledad.

El Maestro atravesará esos que moldearán su corazón. Y ese Espíritu que lo lleva al desierto lo impulsará a la Galilea de su querencia, esa Galilea de la periferia constante y la sospecha permanente, Galilea de los pobres y marginales que sólo saben de resignación, dolor y tristezas.
Allí, en donde nadie espera nada, allí anunciará la Buena Noticia del Reino de Dios, la mejor de las novedades.

Estamos en un tiempo litúrgico en donde durante cuarenta días nos vamos adentrando en las honduras de nuestros corazones, para redescubrir al amor mayor expresado en la Pasión de Jesús.
Pero no es sólo una etapa importante del año en la que volcamos nuestro fervor religioso, es mucho más que eso. La cuaresma, esos cuarenta días de golpes y esperanza, del enemigo que quiere socavarnos pero de ese Dios que nunca nos deja caer, es la metáfora de la vida misma.

Sólo desde existencias cuaresmales podemos anunciar Buenas Noticias, descubriendo que a pesar de los embates de las fieras del egoísmo, el individualismo y el poder no estamos solos, nos impulsa y sostiene el Espíritu de Aquél que nunca nos abandonará y que nos espera desde siempre en la plenitud que es nuestro horizonte)

Paz y Bien


Estas mesas nuestras

Para el día de hoy (25/02/12):
Evangelio según San Lucas 5, 27-32

(En aquellos tiempos, los publicanos era recaudadores eficientes de impuestos y tributos y acopiadores constantes del odio de sus paisanos, encarnado principalmente en escribas y fariseos.
Es que los publicanos eran funcionarios dedicados a cobrar tributos para el ocupante imperial de Tierra Santa: las furias desatadas se debían a que eran hijos de Israel que servían a paganos y extranjeros que sojuzgaban por la fuerza de sus armas al pueblo elegido, que estaban en contacto diario con dinero pagano y que, además, solían exprimir a los pobres y campesinos para quedarse con una parte de esos tributos. Muchos de ellos amasaban importantes fortunas.

En ese talante, nadie se acercaría a ellos en tren de amistad, ni mucho menos invitarlos a compartir una cena. Pero este rabbí galileo es un provocador impenitente que, evidentemente, no está en sus cabales: ¿cómo conciliar a los feroces zelotas como ambos Judas con un traidor publicano?. Sólo a un loco se le ocurriría intentar una mixtura imposible.

Nosotros estamos sentados también a nuestras mesas tributarias. Por lo general, en nuestras rutinas, en nuestras omisiones y a causa de nuestros temores también somos cómplices de la opresión de muchos; quizás, tan malo como el opresor imperial es el observador imparcial que se cruza de brazos.
Y en nuestras mezquindades y miserias, solemos ser objeto del desprecio constante de los puros de siempre, de los profesionales de la religión que suelen mirarnos desde elevadas cátedras. Aún así, pasa Jesús de Nazareth y sucede el increíble y asombroso milagro de la Gracia: sin contar méritos o máculas, nos vuelve a invitar generosamente a ir con Él.

Es esa magnífica sorpresa que transforma toda vida: vino a buscarnos con total dedicación, sin preclasificaciones, revelando el rostro de ese Dios que jamás descansa en el abrazo paterno y materno de todas sus hijas e hijos sin excepción.
Entonces, en ese amanecer de todo asombro, recuperamos el sentido profundo de aquello que llamamos penitencia y conversión: no hay otro destino escrito que el de la mansa alegría que permanece y prevalece.

Por ello, las almas renovadas, las vidas recuperadas festejan la liberación y el reencuentro en esa mesa común de los excluidos de todo tiempo, mesa grande con lugar para todos en donde nadie, por la voluntad infinita de Aquel que nos busca, ha de faltar)

Paz y Bien

El ayuno interior

Para el día de hoy (24/02/12):
Evangelio según San Mateo 9, 14-15

(La práctica del ayuno era, desde antiguo, de capital importancia para el pueblo de Israel, de tal modo que su práctica estaba rigurosamente estipulada y normatizada en cuanto a la modalidad y a los días en que debía realizarse durante el año, además de las múltiples ocasiones para las cuales estaba prescripto.

En realidad, se había absolutizado una práctica piadosa poniendo el énfasis en el rictus serio, en la apariencia dolorosa y penitencial que supone que se logran los favores divinos previo cumplimiento exacto de las reglas y tradiciones normadas.
Pero es el tiempo de la Gracia y la Misericordia, el tiempo nuevo de la generosidad y la gratuidad, el tiempo de Abbá Padre de Jesús y Padre nuestro, y su corazón no se gana con acciones puntillosas que sólo importan en la pura exterioridad.

Desde toda la eternidad el corazón sagrado de Dios está enamorado de la creación, se vuelca con pasión a todas sus hijas e hijos y tiene especial predilección y favor por los pobres y los pequeños.

Por ello mismo, los fariseos y los discípulos del Bautista se sorprenden frente a la aparente laxitud del Maestro frente a esta tradición tan cara a la historia de su pueblo. Ellos están presos de una mentalidad que no son capaces de quebrar, y que a menudo no quieren hacerlo tampoco, son tradiciones que son traiciones.

A pesar del horizonte espantoso de la cruz que se asoma cierta, la alegría no ha de ser desalojada y el espíritu luctuoso no ha de imperar entre nosotros.
La práctica piadosa por la práctica misma es estéril y suele ser hipócrita por carecer de corazón.
Quizás importe ese otro ayuno, el ayuno interior, el privarse de tanta cizaña que a menudo dejamos que nos crezca, la gravosidad del destrato y de la indiferencia frente al dolor del otro.
Tal vez por ello sea necesario ayunar por dentro, para ordenarnos este templo latiente que somos, para volvernos magro el corazón para que Él lo desborde de mansa felicidad y de plena liberación)

Paz y Bien




La vida al hombro


Para el día de hoy (23/02/12):
Evangelio según San Lucas 9, 22-25

(A menudo solemos utilizar aquello de "cargar la cruz de cada día" con la sola intención de destacar los pequeños defectos y los dolores que nos sobrevienen a diario y con los cuales debemos convivir, es decir, se resalta la índole individual con cierto fatalismo que no está exento de la militancia en la lástima.

Pero seguir los pasos de Jesús de Nazareth es más, mucho más, siempre hay más que nuestros mezquinos y limitados cálculos.

Es claro que aún nos tienta y persiste en nuestros esquemas la teología de la gloria y el éxito en donde tiene poco o ningún espacio el Servidor Sufriente, el Hijo de Dios derrotado y humillado, sojuzgado hasta morir por los poderes religiosos y políticos, despreciado como lo más abyecto. La cruz era el cadalso para el peor de los criminales, y precisamente el Maestro está hoy, ahora mismo, reivindicando ese camino manso de sacrificio.

Es atreverse a ser considerado un marginal por un sistema en donde la justicia no tiene lugar, es aceptar perder la vida para que otro viva, es renegar mansamente de toda violencia, rebelarse contra toda imposición, desterrar todo ánimo sangriento.

Es ponerse la vida al hombro, a diario, a cada momento, con nuestras miserias y mezquindades y levantar la existencia que se ha caído del hermano que ya no puede levantarse.
De a dos se puede, entre todos el milagro acontece.)

Paz y Bien



Al inicio de este viaje

Miércoles de Ceniza

Para el día de hoy (22/02/12):
Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18

(Hoy comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma; muchos tendrán hacia la tarde la cruz marcada en sus frentes, y otros tantos en sus corazones.

Esa marca de ceniza nos iguala en nuestra finitud, en nuestras limitaciones, nos descubrimos frágiles, una nada perdida en la inmensidad del universo descubriendo que la existencia no depende de nosotros mismos, sino de Alguien que está más allá de nuestros cálculos y razonamientos.

Este tiempo que comienza hoy suele referir a un rictus de tristeza y amargura, en estricta portación de colores de duelo y resignación.
Pero esa modalidad se nos hace ajena a las hijas e hijos del Dios de Jesús de Nazareth; a pesar del espanto de la Pasión, se trata del amor mayor en el horizonte, y por ello mismo habrá un mañana de Resurrección.

Es tiempo penitencial, tiempo de sanar heridas en nuestras almas maltrechas y, especialmente, tiempo de curar el daño que hemos provocado en el hermano, por nuestras acciones y por nuestras omisiones, por nuestros maltratos y nuestros destratos.

Es tiempo de conversión -metanoia-, tiempo de volver a los brazos de Dios convergiendo en el hermano, volviendo hacia el que está a nuestro lado y nos esforzamos por no ver ni mirar, pero especialmente, tiempo de salir en la búsqueda incansable de aquellos que no están, que han sido ocultados como sobrantes, como anatemas, como nadies.

La limosna que no es brindar un sobrante de efectivo, sino la disposición cordial de compartir lo poco y lo mucho para que nadie pase necesidad.

La oración que es escucha y es diálogo confiado con Aquel que siempre nos está hablando y siempre nos oye, para volver a comunicarnos entre nosotros, para reaprender el escucharnos.

El ayuno que agrada a Dios, privándonos de alimentos para que otro no pase hambre, pero fundamentalmente privándonos del egoísmo que nos impide ver al oprimido, al abandonado, al caído, al que no cuenta, ese egoísmo y ese temor que nos hace quedar de brazos cruzados.

Al inicio de este viaje intentamos convertirnos en ofrenda, signos latientes de Aquel que nada ha guardado para sí, para que todos vivamos en plenitud, desde la mansedumbre y la alegría que no se apaga)

Paz y Bien




Sacrificio, misión y servicio

Para el día de hoy (21/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 30-37

(Ellos iban caminando con el Maestro por veredas galileas, senderos de la periferia en donde no era de esperarse nada en especial, nada bueno, nada nuevo; Él les iba contando lo que tenía la certeza de que iba a sucederle, su entrega, los horrores de su Pasión, su derrota, su Resurrección.
Pero poco importaba: a pesar de hablarles con el corazón entre sus manos, ellos no lo entendían y temían hacerle preguntas.

Nosotros también tememos hacerle preguntas a Dios, porque solemos tener miedo de las respuestas con que hemos de encontrarnos.

El temor y el silencio de los discípulos radica también en que están prisioneros de una mentalidad y espiritualidad / teología de la gloria y el éxito. Seguramente para ellos y para muchos de nosotros resulta más fácil y atractivo encontrar a un dios revestido de poder que se impone, un dios glorioso que se regodea en los espacios en donde se ejerce la pompa y el poder.
Pero ése no es el rostro del Dios de Jesús de Nazareth.

Se trata de sacrificio, y en algún momento de la historia se ha oscurecido la plenitud de su significado, y se lo ha acomodado a a los criterios dominantes de cada época.
La etimología puede sernos una herramienta útil: sacro facere, hacer sagrado lo que no lo es en su sentido primero, hacer sagradas las cosas, hacer sagrada la vida desde la entrega y a partir del hecho fundante del amor.
Toda el universo se santificará a partir del sacrificio de Cristo, y la eternidad se hace presente cuando la vida se hace ofrenda en la cotidianeidad.

Los discípulos, frente a su incomprensión y desde su sordera, dejan de escuchar y de hablar con el Maestro y se embarcan en una agria discusión. No entra en un magro universo esa ilógica de derrota y mansedumbre de Jesús, por ello seguirán empecinados en sus ambiciones de primacías y prebendas, en las razones del ejercicio del poder que clasifica a las gentes en más o menos importantes, en estratificaciones jerárquicas, en convenientes inteligencias de dominio y sumisión.
El abismo es tan evidente entre Jesús de Nazareth y su postura, que sólo queda lugar para la vergüenza.

El modo de comprender lo que sus y nuestras mentes cerradas tan a menudo rechazan es aceptar en todas sus dimensiones a un niño. Es el símbolo de aquellos que están desprovistos de todo derecho, de cualquier poder, vulnerable por donde se lo busque.
Jesús lo abraza y lo pone en el centro de todas las miradas porque en cada niño resplandece el rostro del Dios del universo, porque -a pesar de todo lo que se hace y dice- los niños no cuentan, son variables económicas y estadísticas y y son pocos los que aceptan hacerse pequeños, insignificantes, pequeños de ojos plenos de asombro capaces de reconocer a su Padre con alegría incontenible.

De allí surge nuestra misión entendida como servicio. Es la misión de la diakonia, de servir la mesa grande de Aquel que a nadie excluye, servidores que quieren santificar al mundo desde la entrega de su propia existencia para que los demás vivan, servidores con espíritu de niños que no se creen nada ni nadie, pero saben que todo lo pueden a partir del escándalo mayor, increíble y maravilloso de la cruz y del amor)

Paz y Bien


Un nocivo mutismo, una cruel sordera

Para el día de hoy (20/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 14-29

(Jesús se había transfigurado en el monte Tabor, promesa cierta de plenitud y diálogo de la eternidad con la finitud humana. Es uno de esos momentos que uno desearía que nunca finalicen, que se perpetúen para siempre, congelándose como una fotografía; ese es el ánimo de Pedro y sus ganas de quedarse, de construirse cómodas tiendas.
Pero Jesús despierta todo adormecimiento, hay que bajar al llano de la vida diaria portando la mejor de las noticias, llevando esa luz que no se apaga allí en donde abundan las sombras.

Jesús, Pedro, Santiago y Juan llegan a destino y se encuentran con una encendida disputa entre escribas y los otros discípulos que no habían estado allí en la cima del monte. La amplitud de la disputa es proporcional a la vastedad de la multitud: de un lado, los profesionales de la religión, expertos en códigos y cánones que suponen la total pasividad de una humanidad que debe esperar sumisa el actuar de su Dios en un futuro incierto, cuando las pautas piadosas se cumplan puntillosamente exactas. Del otro lado, los discípulos que no admiten ese quietismo, que rebullen en pura acción pero que, sin embargo, sostienen en su interior los mismos esquemas y preconceptos de sus adversarios dialécticos.

Todo se ha desatado a raíz de un niño enfermo -todo nos indica que sufre de epilepsia- y que por los criterios de aquel entonces no está enfermo, sino más bien está poseso por un demonio bravo que lo domina. Los discípulos no han podido hacer nada por él.
El pueblo ya no cree en esos especialistas en la fé, confían en su alma en la bondad el Maestro. No obstante cometen el error de presuponer que la identidad entre Jesús y los discípulos es total.
La discusión se agrava porque es un mudo vociferándole a un sordo incapaz de oírle. La soberbia de unos y otros los incapacita para la Palabra, palabra dicha y palabra que se escucha y el resultado es que el mal permanece: el niño no se restablece y su sufrimiento continúa.

Contra todo cálculo, el Señor no cura inmediatamente al niño: es menester sanar primero los corazones. El padre de ese niño posee una urdimbre de amor paternal y fé vacilante, un tironeo interno brutal e impiadoso. Ese desgarro de su alma derrotada se expresa en las cavilaciones violentas de ese pequeño cuerpo sometido a la enfermedad.

Sólo cuando se restablece la fidelidad y la confianza todo puede cambiar, y pueden suceder los milagros, a pesar de que para ciertas miradas esa vida renovada se aparezca como muerta; tan enraizados están esos criterios de exclusión en las mentes, que cuando son extirpados producen una conmoción a menudo muy dolorosa.

¿Cómo comenzar a sanarnos?
La oración es el paso de ese éxodo, Pascua de la fé y la liberación: es volvernos capaces de escuchar a ese Dios que se ha hecho Palabra para que desterremos todo mutismo que nos separa del otro, que nos impide escucharnos y entendernos yendo al encuentro de Dios en el hermano)

Paz y Bien

Aberturas y brechas de perdón y liberación

Para el día de hoy (19/02/12):
Evangelio según San Marcos 2, 1-12

(En toda circunstancia, la clave es ponerse en el lugar del otro; este principio fundante es raíz de todo destino, esa misericordia que sostiene al universo.
Ponerse en el lugar del otro es asumir totalmente como propio el sufrimiento del hermano -eso que conocemos como compasión-, es atreverse a transformar mente y corazón, a poner el cuerpo, a jugarse la vida.

Así entonces, por un momento, podemos situarnos en ese momento específico en Cafarnaúm: no necesitamos máquinas del tiempo, espectáculos hollywoodenses o magias torpes e inciertas, pues todo está al alcance de un corazón grande.

En esa casa Jesús de Nazareth no sólo tiene un lugar desde donde partir y hacia donde regresar luego de sus pasos misioneros: en esa casa comienza a construir un espacio alternativo de comunidad y libertad, frente a la árida rigidez de la estructura sinagogal, en contrario a un Templo que ha olvidado hace tiempo a su Dios. En el ámbito aparentemente profano del hogar se vá edificando la vida nueva, significando que lo sagrado se encuentra en las honduras de cada alma, que cada hombre y cada mujer son templos santos de Aquél que es la vida, y que desde la comunidad se descubre la eternidad.

En esa alteridad sagrada, podemos mirar y ver con otros ojos a ese hombre postrado, lisiado de cualquier movimiento, condenado a observar el devenir de la propia vida como mero espectador.
Su postración es doble: su cuerpo doblegado por la enfermedad y su alma sometida por una ley cruel -y normas más inhumanas aún- que atribuyen a pecados propios o de los padres el origen de su mal. En cierto modo, en esa lógica perversa está sobradamente justificado el dolor y es necesaria la enfermedad: el por algo será encuentra su raíz allí.

Por fortuna -mejor dicho, por bendición inconmensurable- hay quienes no se resignan jamás, mujeres y hombres de fé inquebrantable que con sus impurezas y sus pequeñeces a cuesta, se atreven a abrir a lo imposible por el otro que sufre, almas imprescindibles que a diario abren brechas en los sólidos muros con que intentamos rodear a ese Cristo que es de todos, de toda la humanidad, hombres y mujeres de la compasión y el coraje capaces de ponerse al hombro, humildemente, el dolor del prójimo.

Con toda esa mentalidad espúrea de impurezas y exclusiones, Jesús declara la liberación de ese mal que oprime, es decir, que sus pecados han sido perdonados, en parte para desatar los nudos que castigan al enfermo, en parte también para que esas almas mezquinas de fariseos y escribas entiendan que es el tiempo nuevo de la Gracia y la Misericordia, que ese andamiaje que sostienen no es cosa de Dios.

La respuesta es inevitable: Jesús de Nazareth es un blasfemo porque adopta para sí la exclusiva prerrogativa de Dios de perdonar los pecados.
No les importa el hombre restituido en toda su integridad, los enfurece que no les haya pedido permiso, que haga lo que quiera, que se atreva a condonar maldades sin analizar cuidadosamente la tablatura de castigos que norma la tradición.

No serán capaces de entender mientras no acepten que no se trata de gestos determinados, de ritos preescritos: es Dios mismo quien se hace perdón como lluvia fresca que alivia nuestros desiertos de pesar.

Así entonces nos queda una invitación a ser constructores de espacios nuevos y eficaces buscadores de brechas por donde la vida y la liberación puedan correr con la fluidez increíble e incontenible de la Gracia.)

Paz y Bien

Volverse Tabor

Para el día de hoy (18/02/12):
Evangelio según San Marcos 9, 2-13

(Nada sucede por casualidad o por capricho, antes bien, los corazones dispuestos pueden encontrar la mano bondadosa de Dios escondida en cada acción y en cada gesto.
Por ello no es fortuito que a ese monte -los otros Evangelistas lo identifican como Tabor- suba el Maestro con Juan, Santiago y Simón Pedro.
Ellos tres, de los Doce, eran líderes naturales pero simultáneamente los más reacios a aceptar la Buena Noticia de Jesús de Nazareth despojados de toda su carga de preconceptos y prejuicios.

Ellos no toleran la derrota del Mesías, no entienden su mansedumbre y no aceptan la maldición de la cruz. Aún así, con todo en contra, el Maestro se los lleva con Él para que cambien su mirada.
A pesar de todos nuestros bagajes previos, de nuestras persistentes opacidades, Él busca curarnos la vista sin imponernos nada y volver a ser capaces de descubrir la verdad.

La escena es increíble: en ese monte toda la tradición de la Ley -Moisés- y de los profetas -Elías- conversan con un Jesús transfigurado, resplandeciente de trascendencia y plenitud.
Moisés y Elías no hablan con los discípulos, sólo conversan con el Maestro: es la historia que encuentra sentido a partir de Él, es nuestro tiempo que encontrará significado y plenitud en el diálogo franco y abierto con Jesús de Nazareth.

Es claro que a Pedro le falta andar, tiene pendiente gran parte de su éxodo interior: está a gusto en esa cumbre, que quiere establecerse físicamente allí, guardárselo para él mismo, acomodarse y evitar sobresaltos, un Mesías de unos pocos, un Cristo de nulo acceso para las multitudes.

Nosotros estamos escasos de éxodos personales y comunitarios también.
Quizás, antes que mensajeros hemos de volvernos mujeres y hombres Tabor, puntos latientes de encuentro en donde todo tiempo y cultura pueda encontrarse a conversar con Jesús de Nazareth, Cristo Redentor del Dios de la Vida, y desde allí no acomodarse, no adormecerse, bajar al llano en donde campean las sombras y tantos agonizan en silencio y soledad)

Paz y Bien

De cruz, pérdida y derrota

Para el día de hoy (17/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 34-9, 1

(En los tiempos de la predicación del Maestro, la cruz no era desconocida o abstracta: era el horror y el espanto concretos, bien conocida por el pueblo de Israel. A través de ella, el imperio romano ejecutaba a los criminales más marginales y abyectos, y no es un dato menor: los judíos ejecutaban a sus condenados por la lapidación, en las afueras de la ciudad.
De aquí podemos atrevernos a reflexionar acerca de las circunstancias que rodean a la crucificción del Señor, y de que también -de acuerdo a la ley- el crucificado era considerado un maldito mayor.

Por ello aceptar la cruz de Jesús y la propia implica aceptar ser un marginado, un maldecido; sin embargo, no como consecuencia única e inevitable de un destino fatal preescrito ni como voluntad fatal de un dios vorazmente sediento de sangre.

Nuestro Dios, el Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre de todos.

Habitualmente, nos horrorizan documentales y filmes históricos en donde se narran hechos de sacrificios humanos en tiempos pretéritos, efectuados para aplacar iras y conseguir voluntades de fieros dioses. Sin embargo, es una práctica demasiado actual, tristemente mantenida hasta nuestros días: en el altar del dinero y del egoísmo seguimos sacrificando al prójimo.

El camino de la Buena Noticia es un camino de pérdida aparente, de resignar todo mezquino interés personal, de buscar satisfacer las propias necesidades para asumir como propia la necesidad del otro, su dolor y su pobreza, su marginación y su miseria, para que nadie falte al banquete de la vida.
Es asumir la derrota aparente de la muerte, sabedores de que indefectiblemente la vida prevalece.

No es grato, y derriba demasiadas figuras idílicas que nos han impuesto y que hemos asumido acerca de eso que llamamos el Reino de Dios. Porque seguir los pasos de Jesús -cristianismo, Iglesia- es atreverse a la derrota, a la pérdida, a la marginación y a la cruz para que nadie más sea un chivo expiatorio, para que no haya más crucificados.
Es la irreverencia increíble de la Gracia y la fuerza imparable del amor sustentada por el Espíritu de la Vida y la libertad. No hay amor mayor que dar la vida, porque no hay vergüenza sino ofrenda generosa y desinteresada para que, al menos, uno permanezca con vida)

Paz y Bien



Contrariedades y adversarios

Para el día de hoy (16/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 27-33

(Jesús y los discípulos están en Cesarea de Filipo, y éste no es un dato menor: es la ciudad capital del reinado de Herodes, ciudad levantada en honor del emperador extranjero que sojuzga a Israel, ciudad del poder omnímodo que no respeta vida alguna, ciudad en donde un rey brutal y torpe, en nombre de su pueblo, inclina la cabeza y dobla su rodilla frente a la dominación imperial.
Precisamente allí la idea de un Mesías había de ser extrema, es decir, o bien un Mesías inexistente -figura decorativa, lejana e inaccesible-, o bien un Mesías exclusivo, un lógico Redentor nacional y exclusivo de Israel que derrote de modo flagrante a la bota romana que domina la tierra santa.

Entre estos dos extremos, hay una constante: una imagen mesiánica adecuada a cada necesidad, una caricatura adaptable a cada conveniencia, con un cariz escatológico de llegada inminente gloriosa, vencedora, teología del éxito. Por ello para algunos será el Bautista, para otros Elías, profetas de la llegada muy cercana del día de Yahveh.

De allí que frente a la pregunta del Maestro, la confesión de Pedro resuene por su contundencia: -Tú eres el Mesías-.
Pero aún así, no es suficiente, Pedro debe hacer su éxodo de Pasión y Cruz, de vida y Resurrección. Jesús de Nazareth comienza a confiar a los suyos que su misión pasará por la entrega, por el sacrificio, por la ofrenda y la mansedumbre. Será juzgado y decidida su suerte por los poderosos, por aquellos que deciden por las almas y las mentes del pueblo de Israel desde los privilegios del Sanedrín, es decir, la nobleza laica de los ancianos, el clero sacerdotal y los escribas/fariseos.

Es intolerable: no es nada fácil aceptar a un Mesías que acepta sin más la copa amarga de la derrota y la aparente hiel de los despojos, un Salvador que se entrega sin luchar a manos de sus enemigos. Ello provoca furores en Pedro, que lo lleva aparte del grupo para reprenderlo acerca de lo que está diciendo: él, al igual que muchos de nosotros, ansiamos un Mesías maleable, manipulable, un dios que nos obedezca y que responda a nuestros deseos y frustraciones, un redentor que siga nuestros pasos.

Por ello cuando predicamos a un Jesús de Nazareth -Cristo de Dios- ajeno a la realidad de la cruz, en cierta manera nos ponemos del lado de los sanedritas, consuetudinarios adversarios de todo sacrificio, adversarios del amor y del servicio.
Un Salvador lejano, celestial, coronado con oros y realeza que aplasta a sus enemigos -antes bien, a los nuestros; un Cristo revolucionario, totalmente del más acá, un Jesús ideologizado, un Maestro sanador y milagrero, un Redentor acotado a los laberintos de la razón pura exenta de todo corazón.

Es imprescindible que vuelva a calarnos hondo la pregunta, y que nos duela -y ustedes, ¿quien dicen que soy yo?-, para reencontrarnos con el eterno Servidor sufriente que derrota a toda muerte desde la entrega y la gratuidad, desde el sacrificio desinteresado por el otro)

Paz y Bien



Como árboles que caminan

Para el día de hoy (15/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 22-26

(En los sucesos de hoy relatados por el Evangelista Marcos, llama la atención la pasividad de este hombre aquejado por la ceguera. No se mueve, está sumido en la resignación de su mal, a tal punto que son otros los que ruegan por él y lo llevan ante el Maestro.
Es misión primordial de la comunidad ir en socorro y al rescate de quien ha bajado los brazos y ya nada espera.

Jesús de Nazareth no es un sanador milagrero que gusta encandilarse con el reconocimiento público, pues todos los gestos y las acciones de sanación/salvación son signos ciertos de la bondad de un Dios que es Padre y es Madre, y no prolegómenos de acciones espectaculares destinadas a ganar adeptos.
Se trata de volver a reconocernos hijas e hijos.

Por ello mismo, con especial cuidado y gran ternura lo toma de la mano y lo lleva a las afueras del pueblo, éxodo de su rutina de resignación, pascua desde la esclavitud de la oscuridad.
Para Jesús de Nazareth todo es personal, por ello también esa necesidad de reserva y silencio que garanticen un encuentro certero y profundo.

Los pasos siguientes se nos hacen una especie de tratamiento, tan condicionados como estamos por culturas de instantaneidad, éxitos envasados de acción inmediata.
Todos tenemos nuestros tiempos, nuestros desiertos pueden parecerse más nunca serán iguales, la espesura de nuestras oscuridades puede ser mayor o menor.

Sin embargo, todo debe crecer y madurar.

El Maestro hoy nos está preguntando a cada uno de nosotros si somos capaces de mirar y ver, redescubrir qué vemos y cómo lo vemos.
Seguramente, veremos a las multitudes como árboles que caminan, existencias desdibujadas en mares de anonimato, de más de lo mismo, masa informe que sólo refleja estadísticas, nunca vidas, jamás personas concretas.

Sin embargo, es el primer paso de toda liberación de estas cegueras que respiramos.

Porque en el encuentro con Aquél que es la vida y el pan, podemos recuperar a quien habíamos perdido: el rostro real y concreto del prójimo, con sus luces y sombras, mucho más que árboles que andan y que dan frutos.
Recuperar la vista implica redescubrir al otro, y junto al otro encontrar la mirada de Dios)

Paz y Bien




De levaduras y abundancias

Para el día de hoy (14/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 13-21

(Las levaduras no estaban aceptadas en la rigidez de la ley de Moisés: implicaban, como fermento, cierto principio de corrupción, de tal modo que si la masa no pasa en el justo término por el horno, se echa a perder totalmente.

Aún así, Jesús se ha asombrado desde niño -ojos plenos de asombro en la sencillez cotidiana- por los efectos de un pequeño puñado de levadura que fermenta una cantidad inverosímil de harina. Sabe que para cambiar las cosas no hacen falta proyectos faraónicos ni imposiciones multitudinarias: el Reino de su Padre crece imparable desde la humildad y la sencillez con fuerza inusitada.

Desde estos supuestos parecería plantearse una antinomia insalvable, y está bien que esto suceda: las cosas del Reino transcurren a través de una ilógica magnífica e insospechada.

Porque ayer y hoy campean las carencias, faltan el pan del sustento diario y el pan que quita el agobio de la soledad y el olvido.
Todo pasa por hacerse pan para el otro, y no es un recurso literario menor, o una mera declamación de deseos: se trata de una realidad concreta, de la vida que se hace abundante y se multiplica a partir del milagro de la solidaridad, desde lo sagrado del compartir.

El Maestro lo había dejado en claro: con pocos panes y pescados alimentó a miles, tanto en Israel como en tierras paganas. La abundancia de la Salvación no se limita a rituales, a geografías ni a pertenencias.

Sin embargo, a pesar de lo contundente de los hechos, los discípulos no terminan de entender, y al igual que ellos seguimos corruptos por ciertas levaduras que nos demuelen.
La levadura de los fariseos, la de la figuración perpetua, la de un dios manipulable a partir de ciertas prácticas piadosas estrictas, la del aferrarse a crueles normas de pureza e impureza en donde el corazón ha sido desterrado.
La levadura de Herodes, la del poder, la de la vida que se lleva por delante, la del fin que justifica los medios, la de la imposición que repudia todo servicio.

Cuando andamos con Él, un sólo pan que se comparte es más que suficiente para desalojar ese hambre que anda agobiando a tantos)

Paz y Bien


Criterios de legitimidad

Para el día de hoy (13/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 11-13

(Los fariseos eran un grupo de carácter religioso con una gran influencia política en Israel: encontraban su fundamento en el estudio exhaustivo de la Ley mosaica, en la práctica rigurosa de una piedad predeterminada y en el cumplimiento exacto de las normas de pureza moral y ritual.
Este último aspecto supone, a la vez, una teología de la gloria -un Dios muy lejano y decididamente celestial- y una espiritualidad de los méritos y la retribución, un Dios manipulable por la acumulación de actos piadosos, un Dios de premios y castigos. La conclusión necesaria es que habrá un reducido grupo de gentes más cercana a Dios que el resto, los más puros, los religiosamente correctos.

El corazón quedaba relegado al olvido, y es claro que su dios no era el Dios de Jesús de Nazareth.

Abbá es Padre y es Madre que ama por igual a todas sus hijas e hijos, y no está lejos. Por el contrario, sale al encuentro y en búsqueda tenaz del hombre, es un Dios amable que se deja encontrar en las cercanas honduras de cada corazón, en el prójimo, en los ojos de los niños, en el rostro de los pobres.

Este galileo irreverente se atrevía a decir cosas nuevas, y a cuestionar abiertamente todo lo que sus tradiciones estratificadas sostenían; para colmo de males, los parámetros que sostenía no eran mesurables, pues no tienen medida el amor, la libertad, la ternura, la salvación, la increíble y maravillosa acción de la Gracia.

Por ello mismo le piden una señal divina; no obstante, aunque se cayeran los cielos, lo seguirían rechazando. En su repudio predeterminado, en su prejuicio militante se habían vuelto ciegos y sordos a toda novedad.
Le piden ese signo como criterio y credencial de que todo lo que hace y dice es legítimo, es auténtico y está autorizado. Buscan la señal de ese dios lejano en el que creen, no pueden ni quieren aceptar al Dios que Jesús revela y que ya está entre nosotros, manifestándose en cada acto de bondad, en cada gesto de vida.

Hoy mismo los signos están allí, para todo el que sea capaz de mirar y ver, señales de que el Reino está creciendo humilde y sin pausa entre nosotros, que no es necesario buscar la receta mágica o la determinación milagrera.
Dios está, camina y cuida de nosotros)

Paz y Bien

Cuestiones de piel

Para el día de hoy (12/02/12):
Evangelio según San Marcos 1, 40-45

(La lepra es de origen infeccioso -se propaga a través de una bacteria conocida como el bacilo de Hansen-; tiene una acción progresiva y degenerativa, con una modalidad a nivel dérmico que produce máculas y nódulos bien visibles, y un estadío posterior que afecta las terminales nerviosas, produciendo también necrosis, es decir, la destrucción de tejidos.
No obstante ser una enfermedad conocida desde la antigüedad, los avances para su tratamiento y cura son muy recientes.
Si por un momento nos detenemos en el fenómeno tal como se presenta, quizás podríamos atrevernos a decir que la exclusión del leproso del tejido social responde al espanto de las huellas que deja en su piel la enfermedad, y el consiguiente miedo al contagio, y es precisamente el miedo una fuente permanente de muchos dolores y horrores antes que cualquier patología.
El distinto, el diferente, el extraño y el enfermo nos siguen espantando.

Todo se agrava cuando esa aversión se motoriza desde lo religioso, es decir, cuando la lepra es considerada consecuencia del pecado -castigo necesario de un dios severo y cruel-, y el leproso un impuro peligroso al que se le impedía la vida en pueblos y ciudades, la participación religiosa, el contacto con los demás. Como si eso no bastara, estaba obligado a mantener e indicar su condición vistiendo harapos y proclamando a los gritos su condición de impuro para que nadie se acerque.
Es claro que en tiempos de la predicación de Jesús se consideraba como leproso a cualquier persona que portara diversas afecciones en la piel -dermatitis, psoriasis, etc- y no sólo la lepra misma. Era necesario excluir de la vida diaria al leproso no como una medida profiláctica, sino como acción espiritual: el contacto con el impuro, a su vez, impurifica al que se acerca, vuelve impuro y leproso al atrevido y transgresor.

Por ello mismo, en la Palabra para el día de hoy el leproso que se pone a los pies del Maestro no pide por su curación: él suplica ser limpiado, ser purificado, implora humildemente ser readmitido a la vida comunitaria y religiosa desde donde ha sido expulsado concienzudamente.
La actitud decidida de quien se moviliza y confía desde la fé nacida en las honduras de su alma siempre es transgresora, revolucionaria y gestora de milagros.

El Maestro se conmueve, y Él también transgrede, se atreve, rompe con toda precaución y falsa prudencia: Jesús de Nazareth expresa el amor y la Gracia magnífica e increíble del Dios de la Vida que no conoce límites, ni tolera argumentos de exclusión, un Dios que abraza y cura desde el perdón y la bondad, la liberación total como fruto primero de la Misericordia.

Esa acercarse y tocar al leproso lo vuelve a Él mismo leproso e impuro.
Ha enviado a ese hombre re-creado y re-novado a presentarse al sacerdote para ser readmitido como puro y sano, con el imperativo de no contar nada de lo sucedido. No es tiempo aún, Jesús prefiere dejarse de lado y poner como asunto primordial el reconocimiento como persona del olvidado, del rechazado, del excluido. Sin embargo ¿qué puede hacerse?: la liberación y la ternura desatan la alegría reprimida, y no hay modo de contener que se cuente a otros esta novedad impresionante.
No hay manera de menguar ni de silenciar el anuncio de la Buena Noticia.

Por ello mismo, a pesar de que lo busquen multitudes, Jesús no podrá entrar en ningún pueblo ni ciudad: es el que ha tocado a un leproso, es el que se ha vuelto impuro por voluntad propia, y debe a su vez ser expulsado de la vida de Israel bajo la rigidez de normas y ley.

De algún modo, esa lógica de exclusión se mantiene firme y militante hasta nuestros días. Al distinto, al diferente, al que no nos simpatiza o nos genera rechazo lo expulsamos, lo rechazamos por portar una piel diferente, un rostro lastimado, una nacionalidad extraña, una cultura peculiar y no propia, la lepra del extranjero, del extraño, del impuro evidente a nuestros ojos mezquinos.

Y ahí está Jesús de Nazareth, paciente en su tenacidad de salud/salvación, indiferente al que dirán, obstinado en las cosas de su Padre.
Y ahí está el leproso recuperado en su dignidad, incontenible a la hora de transmitir la mejor de las noticias que acontece en cada presente.

Quizás la Iglesia sea en principio un gran peregrinar imparable de leprosos rescatados, mujeres y hombres tocados por la mano bondadosa de Dios sin miedo a volverse impuros con el olvidado, sin temor a ser expulsados de todo sitio por embarcarse en la misión mansa y humilde de la Salvación)

Paz y Bien

La multiplicación del servicio

Para el día de hoy (11/02/12):
Evangelio según San Marcos 8, 1-10

(Estamos con Jesús y sus discípulos en territorio pagano, tierras extranjeras, áreas de lo extraño y lo ajeno. Allí también las gentes buscan con denuedo al Maestro en su hambre de verdad y desde el agobio de sus enfermedades y dolencias: el dolor nos iguala, el dolor nos asemeja, el sufrimiento nos muestra no tan distintos.

Eran ya tres días que estaba el gentío junto a Él, bebiendo de su Palabra sin una queja. Pero el Maestro no es indiferente a las necesidades del otro, no mira para otro lado, lo moviliza la compasión, lo impulsa la Misericordia. Ellos podrán ser perros extranjeros, gentiles, paganos, profanos, inmigrantes ilegales, no católicos o el rótulo por el que optemos: aún así tienen sobre ellos la mirada bondadosa de Dios para el que no cuentan divergencias ni fronteras. Hay necesidad, desfallecen de hambre, hay que alimentar a todos ellos que están a la espera durante tres días, como desfallece la vida los tres días que el cuerpo de Jesús permanecerá en la casa tumba...pero ha de prevalecer la resurrección, la vida en Sus manos es mucho más tenaz de lo que solemos imaginamos.

Pero hay un distingo fundamental: el socorro y el auxilio no es privativo de un Cristo que se conmueve, sino que ha de tener color comunitario. Por ello los discípulos son parte del problema y partícipes de la solución.
El hambre es obsceno, es cruel, es ofensa grave al Creador de la vida, y todas sus hijas e hijos no podemos quedar indiferentes, ni acotarnos a simpáticas declamaciones.
Los Doce, precisamente, intentarán eso mismo: que son muchos, que están en un sitio desierto, que vayan a otro lado más amistoso en busca de pan. Sin embargo, la respuesta está en sus manos, no se puede despedir al hambriento al abandono de su suerte. Parece poco -siete panes- pero serán abundantes y desbordantes si acontece el milagro del compartir. No hay mínimos, ni siquiera esos humildes pescaditos -comida de gorriones-, todo cuenta, todo suma.

Cuando florece el compartir, brota espontánea la acción de gracias, tiempo de Dios y el hombre en plegaria y gratitud, Eucaristía de la humanidad.
Esa acción de gracias no será una oración privada del Maestro, sino que hace partícipes a los suyos, a tí y a mí, a vos y a ella, a todos nosotros.

Cuando sucede la compasión y se expresan concretamente el socorro y la solidaridad, los milagros se agolpan con un enorme aquí estoy! del Dios de la Vida, esos panes multiplicados se vuelve más que suficientes, nunca cálculo mezquino, canastas y canastas que sobran para los que vendrán.

Panes y peces se acrecientan en el altar de la misericordia y del servicio que se multiplica)

Paz y Bien

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